El caso extraño del Doctor Jekyll
Part 3
--Perfectamente, deseamos ver su habitación--dijo el abogado--y como la mujer empezaba á manifestar que era imposible.--Bueno es que sepáis--continuó--que el señor es el inspector Newcomen del Distrito de Scotland.
Un relámpago de siniestra alegría brilló en el rostro de la mujer.--¡Ah!--exclamó--¿tiene que habérselas con la policía? ¿Qué ha hecho?
Utterson y el inspector cambiaron una mirada.
--Parece que no es hombre muy popular--observó el inspector.--Y ahora, buena mujer, permitidnos hacer un examen minucioso de la habitación.
En toda la extensión de la casa, que estaba enteramente vacía, salvo la presencia de la vieja, Hyde sólo ocupaba dos piezas, que se hallaban adornadas con lujo y buen gusto. Un armario estaba lleno de botellas de vino, la vajilla era de plata, la mantelería elegante, de la pared colgaba un buen cuadro, regalo (supuso Utterson) de Enrique Jekyll, quien era muy inteligente en pinturas, las alfombras gruesas y de colores agradables. Pero en aquel momento había en las dos habitaciones indicios numerosos de un desorden reciente y precipitado; se veían trajes en el suelo, con los bolsillos vueltos para fuera; en el hogar un montón de ceniza gris, como si hubiesen quemado muchos papeles. De entre las cenizas, calientes aún, sacó el inspector el lomo verde de un libro talonario de vales, que había resistido á la acción del fuego; la segunda parte del bastón roto se encontró detrás de la puerta; y como esto confirmaba las sospechas, el inspector se regocijó de ello. Una visita al Banco, en donde el asesino tenía un crédito de varios miles de libras, completó su satisfacción.
--Podéis estar seguro, caballero--dijo el inspector á Utterson--de que caerá en mi poder. Es preciso que haya perdido la cabeza, pues de otro modo jamás hubiera dejado aquí el trozo del bastón roto, ni el pedazo del libro talonario. No tenemos más que esperarlo en el Banco, y mandar publicar los anuncios con su filiación.
Sin embargo, esas señas no eran fáciles de dar, pues el Sr. Hyde tenía pocas intimidades; el amo de la criada sólo le había visto dos veces; no se tenía ninguna noticia respecto de su familia; jamás había sido fotografiado; y aquellas personas que pudieron describirlo, no estuvieron conformes en muchos puntos, como acostumbra suceder comunmente con los observadores inexpertos. Sólo convenían en una cosa, en esa idea vaga de una deformidad difícil de describir, que había llamado la atención de cuantos lo habían visto.
INCIDENTE DE LA CARTA.
Era ya muy entrada la tarde cuando Utterson llegó á la puerta de la casa del Doctor Jekyll, en donde fué recibido por Poole, quien lo condujo por las cocinas y atravesando un patio, que en otro tiempo fué jardín, hasta el edificio llamado indistintamente laboratorio ó gabinete de disección. El doctor había comprado aquella casa á los herederos de un célebre cirujano; pero como sus aficiones particulares le inducían más bien á la química que á la anatomía, había cambiado el destino del edificio situado al extremo del jardín. Era la primera vez que el abogado penetraba en aquella parte de las habitaciones de su amigo; examinó con curiosidad aquel edificio desaseado y sin ventanas; miró á su alrededor con extrañeza, mientras atravesaba la sala que antes se llenaba de estudiantes, y ahora se hallaba vacía y silenciosa. Las mesas estaban cubiertas materialmente de aparatos químicos, y el suelo de tarros y de manojos de paja. La luz bajaba obscura desde la cúpula, como en medio de una atmósfera nebulosa; en el extremo, unos cuantos escalones conducían á una puerta tapada con un lienzo rojo, y pasando por esa puerta, entró, en fin, Utterson en el gabinete del doctor. Era una pieza espaciosa, adornada con armarios con puertas de cristal, y entre cuyos muebles se veían un espejo grande, de cuerpo entero, y una mesa escritorio. Ese gabinete recibía luz por tres ventanas cubiertas de polvo, con vistas al patio. El fuego chisporroteaba en el hogar; una lámpara estaba colocada sobre la piedra de la chimenea, pues hasta dentro de la casa dejaba sentir sus efectos la neblina; muy cerca del fuego se hallaba sentado el Doctor Jekyll, al parecer, enfermo de cuidado.
No se levantó para ir al encuentro de su amigo, pero le alargó una mano helada, y le dió la bienvenida con voz conmovida.
--Y bien--le dijo Utterson, así que Poole se hubo marchado--¿ya sabéis la noticia?
El doctor se estremeció.
--La voceaban por el barrio--contestó.--Lo he oído todo desde mi comedor.
--Una sola palabra--repuso el abogado--Carew era cliente mío, vos también lo sois, y deseo saber lo que debo hacer. ¿Habéis sido bastante loco para ocultar á ese hombre?
--Utterson, juro por Dios--exclamó el doctor--que jamás volverán mis ojos á mirarlo. Os doy mi palabra de honor de haber concluído con él en este mundo. Todo tiene fin; y, en realidad, no necesita mi ayuda; no lo conocéis como yo; está en lugar seguro, enteramente seguro; atended bien á mis palabras, no volverá nunca más á tratarse de él.
El abogado escuchaba con tristeza; la actitud febril de su amigo no le agradaba.
--Parecéis estar muy seguro de él--le dijo--y por lo que os estimo, espero que tendréis razón. Si el asunto llega á los tribunales, vuestro nombre podrá salir á luz.
--Estoy completamente seguro de él--replicó Jekyll;--para semejante certidumbre, tengo razones que no me es posible comunicar á nadie. Pero hay un punto respecto del cual podréis darme consejo. Tengo... he recibido una carta, y estoy dudando si debo ó no enseñarla á la policía. Desearía dejarla en vuestro poder, Utterson; vos juzgaréis la cosa con saber y prudencia, estoy cierto de ello; ¡tengo tanta confianza en vos!
--¿Teméis, probablemente, que esa carta pueda llegar á hacerlo descubrir?--preguntó el abogado.
--No--contestó el doctor--no puedo decir que me preocupe lo que ocurra á Hyde; he concluído enteramente con él. Sólo pensaba en mí mismo; hasta dónde podría exponerme ese deplorable asunto.
Utterson reflexionó durante algunos instantes; le sorprendía el egoísmo de su amigo, y sin embargo, quedó en cierto modo tranquilo.
--Pues bien--dijo--dejadme ver la carta.
La carta estaba escrita con una letra extraña, casi perpendicular, y firmada: "Eduardo Hyde." Decía, en términos breves, que su bienhechor, el Doctor Jekyll, á quien desde tanto tiempo había recompensado tan indignamente las mil generosidades de él recibidas, no tenía que afligirse ni alarmarse en cuanto á su salvación, pues, para escapar, poseía medios en los cuales tenía absoluta confianza.
La carta agradó bastante al abogado, porque parecía dar un color más favorable á la amistad que existía entre Hyde y Jekyll; y se censuró interiormente por algunas sospechas que había llegado á concebir.
--¿Tenéis el sobre?--le preguntó.
--Lo he quemado--repuso Jekyll--antes de reflexionar en lo que podía contener; pero no tenía sello de correo. La carta ha sido traída á la mano.
--¿Debo guardar la carta y esperar á mañana para tomar una determinación?--preguntó Utterson.
--Os ruego que juzguéis vos mismo y que obréis como os parezca mejor--le contestó;--he perdido toda confianza en mí mismo.
--Bueno, examinaré la cosa--replicó el abogado--pero me queda todavía que haceros una pregunta. ¿Fué Hyde quien dictó las frases de vuestro testamento referentes á esa desaparición?
Pareció que una gran debilidad se apoderaba del doctor; apretó los labios y bajó la cabeza.
--Lo he sabido--dijo Utterson--tenía intención de asesinaros; ¡de buena habéis escapado!
--Pero hay algo que me ha contrariado mucho más que el peligro; ¡oh! ¡Dios mío, qué lección he recibido, Utterson!--Y se cubrió el rostro con ambas manos.
Al salir, detúvose el abogado y cambió algunas palabras con Poole.
--Decidme ¿han traído hoy una carta? ¿á quién se parecía el portador?
Poole afirmó que nada habían llevado sino por el correo, y sólo circulares.
Ante aquellas afirmaciones, Utterson volvió á experimentar sus antiguos temores. La carta habría llegado, sin duda, por la puerta del laboratorio. También era posible que hubiese sido escrita en el mismo gabinete del doctor; y en este caso, era preciso apreciarla de otro modo, examinarla con el mayor cuidado y con gran prudencia.
En la calle, los chiquillos, vendedores de periódicos, gritaban con voz ronca: "¡Edición extraordinaria! ¡Horrible asesinato de un miembro del Parlamento!"
Esa fué la oración fúnebre de un amigo y cliente; y el abogado no podía dejar de temer que la buena fama de otro de sus amigos se viese comprometida de rechazo en aquel escándalo. De todos modos, era una determinación difícil la que tenía que tomar, y aunque generalmente acostumbraba á fiarse de su propio discernimiento, comenzó á sentir la necesidad de pedir consejo á algún otro, si no directa, indirectamente.
Poco después, estaba sentado junto á la chimenea de su cuarto, y el Sr. Guest, su primer pasante, enfrente de él, teniendo entre ambos, á una distancia bien calculada del hierro, cierta botella de vino añejo, especial, que durante mucho tiempo había permanecido en la cueva de la casa. La neblina se cernía aún sobre la ciudad, y los faroles encendidos brillaban como carbunclos. En medio de los ruidos de todas clases, que las espesas nubes hacían más sordos, la vida general de la ciudad seguía su curso ordinario en las grandes arterias, imitando el rugido poderoso de un fuerte viento. Pero, gracias á la lumbre, el cuarto tenía un aspecto alegre; el vino había llegado ya al grado de calor deseado; el rojo había adquirido con los años tonos más suaves, parecidos á los colores tamizados de las vidrieras ojivales; el ardor de las calientes tardes de otoño sobre las colinas plantadas de viñas iba á poder salir de su recipiente y dispersar las neblinas de Londres. Poco á poco el abogado se fué volviendo más expansivo. No había hombre para quien tuviese menos secretos que para el Sr. Guest; y hasta creía haberle confiado demasiados. Guest había ido á menudo á casa del doctor para tratar de asuntos; conocía á Poole; era imposible que no hubiese oído hablar de la familiaridad con que el Sr. Hyde era tratado en casa del doctor; por consiguiente, debía haberse formado una idea, una opinión; ¿no era, pues, conveniente, enseñarle una carta que podía explicar aquel misterio? Y, además, siendo Guest un buen estudiante y perito en autógrafos, consideraría aquel paso como muy natural y corriente.
El pasante era, además, hombre de buen juicio; le hubiera sido difícil leer un documento tan extraño sin dejar escapar alguna observación, y según fuese ésta, podría Utterson orientar su futura conducta.
--Es un triste suceso ese de Sir Danvers--dijo el abogado.
--Sí, señor. Ha excitado vivamente el sentimiento público--repuso el Sr. Guest.--Aquel hombre debía estar loco.
--Me gustaría saber vuestra opinión sobre eso--contestó Utterson.--Tengo aquí un documento en forma de carta... esto con reserva y entre los dos, pues ignoro aún lo que haré; de todos modos es un negocio feo, pero he aquí el documento; es nada menos que el autógrafo de un asesino.
Los ojos de Guest brillaron; se recostó en la silla y leyó el documento con el mayor interés.
--No, señor--dijo--no es de un loco, pero la letra es muy extraña.
--Y según parece, el que lo escribió es también un hombre extraño--añadió el abogado.
Precisamente en aquel mismo instante, entró el criado con una carta.
--¿Es del Doctor Jekyll, señor?--preguntó el pasante;--me parece haber reconocido la letra. ¿Algún asunto privado?
--Me invita á comer, nada más. ¿Por qué? ¿Queréis ver la carta?
--Sí, permitidme por un momento.--Y el pasante colocó una al lado de la otra ambas hojas de papel, y las comparó cuidadosamente.
--Gracias, caballero--dijo al fin, devolviéndole una y otra--es un autógrafo muy interesante.
Se sucedió una pausa, durante la cual tuvo lugar una lucha en el ánimo del Sr. Utterson, que de repente preguntó al pasante:
--Guest, ¿por qué habéis comparado esas dos cartas?
--Pues bien, Sr. Utterson, hay entre ellas una rara semejanza; las dos letras son idénticas en muchos puntos; sólo difieren en su oblicuidad.
--Es cosa original, ¿verdad?
--Sí, señor, muy original--contestó Guest.
--No pienso hablar á nadie de esta carta, ¿me entendéis?--dijo el abogado.
--Sí, señor--contestó el pasante--ya comprendo.
Tan pronto como Utterson se quedó solo, se apresuró á guardar el documento en la caja de hierro, en donde permaneció siempre.
--¡Cómo!--pensó.--¿Será posible que Enrique Jekyll haya falsificado la letra de un asesino?--y la sangre se le heló en las venas.
NOTABLE INCIDENTE DEL DR. LANYÓN.
Transcurrió algún tiempo; ofreciéronse miles de libras esterlinas de recompensa, pues la muerte de Sir Danvers fué considerada por todos como un ultraje público, pero Hyde había desaparecido á pesar de las investigaciones de la policía, lo mismo que si jamás hubiese existido. Desentrañáronse, descubriéronse muchas cosas respecto de su vida pasada, y verdaderamente, el conjunto era vergonzoso. Refiriéronse historias sobre la crueldad á la vez insensible y violenta del hombre, sobre su vida abyecta, sus extraños conocidos, sobre el odio que había ido dejando tras sí; pero del momento presente, ni siquiera un indicio. Desde la mañana del asesinato, en que había dejado la casa de Soho, había desaparecido por completo; poco á poco, y con ayuda del tiempo, Utterson comenzó á reponerse de sus temores, y su tranquilidad fué aumentando. Á su juicio, la muerte de Sir Danvers se hallaba ampliamente compensada con la desaparición de Hyde. Ahora que aquella nefasta influencia no se ejercía, el Doctor Jekyll tenía una vida nueva. Dejó el encierro, reanudó las relaciones con sus amigos, volvió á ser su huésped familiar y su anfitrión, y como antes por su caridad, se hizo entonces notar por sus sentimientos religiosos. Estaba ocupado á menudo, fuera de su casa; tenía buena salud; su rostro parecía más franco, más dilatado, como si sintiese el golpe de rechazo del bien que hacía; y durante más de dos meses el doctor llevó una vida apacible.
El ocho de enero, Utterson había comido en casa del doctor en compañía de un pequeño grupo de invitados, Lanyón entre ellos; las miradas del doctor se dirigían de unos á otros, como en otro tiempo, cuando formaban los tres un trío de amigos inseparables. El doce, y después el catorce, cerróse la puerta para el abogado: "el doctor está encerrado en sus habitaciones--decía Poole--y no recibe á nadie." El quince trató otra vez de entrar, pero obtuvo igual negativa; y como durante los dos meses que acababan de transcurrir, se había acostumbrado á ver á su amigo casi todos los días, aquella vuelta á la soledad influyó en su ánimo. Cinco días después convidó á Guest á comer, y al siguiente se decidió á ir á casa del Doctor Lanyón.
Allí, á lo menos, no se le negó la entrada; pero desde que llegó junto al doctor, quedó sorprendido por el cambio operado en todo su ser. El doctor llevaba escrito en su rostro el signo de la muerte. Aquel hombre de tez sonrosada, se había vuelto pálido; sus carnes estaban caídas; distintamente se le veía más calvo y más viejo; pero no fueron sólo aquellas visibles pruebas de rápida decadencia física lo que llamaron la atención del abogado, sino más bien la mirada y la manera de ser del doctor, testimonio evidente de algún terrible espanto en su espíritu. Era poco probable que el doctor tuviese miedo á la muerte; así lo sospechó Utterson.--Es médico--pensó,--debe conocer su estado y saber que sus días están contados; y esa revelación es superior á lo que sus fuerzas le permiten soportar.--Y como Utterson le hizo notar su mala cara, el doctor con un acento de gran firmeza, le declaró que estaba perdido.
--He sufrido un choque--dijo el doctor--y no volveré á recobrar nunca la salud. Es cuestión de algunas semanas. Sí, la vida ha sido agradable; la he querido; sí, señor, tenía el hábito de quererla. Pienso algunas veces, que si lo supiésemos todo, nos iríamos con más gusto.
--Jekyll está enfermo también--indicó Utterson.--¿Lo habéis visto?
Pero el rostro de Lanyón cambió, y levantó la mano temblorosa:
--Deseo no volver á ver ni oir jamás hablar del Doctor Jekyll--exclamó con voz trémula.--Todo ha concluído entre él y yo, y os ruego que evitéis cualquier alusión á alguien á quien considero muerto.
--Veamos--dijo Utterson, después de un largo silencio:--¿puedo seros útil para algo?--éramos tres viejos amigos, Lanyón; no viviremos lo bastante para tener otros.
--No hay nada que hacer--repuso Lanyón--interrogadle más bien á él.
--No quiere verme--contestó el abogado.
--No me sorprende--añadió Lanyón;--quizá algún día, cuando yo haya muerto, sabréis, Utterson, lo fuerte y lo débil de todo esto. No puedo decíroslo ahora. Y además, si queréis permanecer sentado y hablar conmigo de otras cosas, por amor de Dios, quedáos y hablad; pero si no podéis evitar tocar ese asunto, ¡oh! entonces en nombre de Dios, idos, pues no puedo sufrir esa conversación.
Así que regresó á su casa, Utterson escribió á Jekyll, quejándose de ser excluído, de no ser recibido por él, y preguntándole la razón de su desdichada ruptura con Lanyón. Al siguiente día, recibió una larga contestación, en la cual empleaba Jekyll expresiones muy patéticas, y á veces, con intención, términos obscuros y misteriosos. La disputa con Lanyón no tenía remedio ni arreglo. "No censuro á nuestro viejo amigo--escribía Jekyll--pero pienso como él, que no debemos volver á vernos. Desde ahora me propongo llevar una vida absolutamente retirada; no os sorprendáis y dudéis de mi amistad, si mi puerta está á menudo cerrada hasta para vos. Es preciso que me soportéis dejándome seguir mi sombrío camino. Llevo conmigo un castigo y un peligro que no puedo nombrar. Si soy el principal culpable, soy, también, la víctima principal. No creía que esta tierra pudiese contener un sitio para sufrimientos y terrores tan inhumanos; y vos, Utterson, no tenéis que hacer más que una cosa, aliviar mis sufrimientos, y para ello, respetar mi silencio."
Utterson quedó pasmado; separada la nefasta influencia de Hyde, había vuelto el doctor á sus antiguas inclinaciones y amistades; hacía una semana que sus ojos se habían alegrado ante repetidas pruebas de una dulce y honrada vejez; y ahora, pocos instantes después, amistad, tranquilidad de espíritu, todo el orden de su vida quedaba roto de nuevo. Un cambio tan grande y tan imprevisto indicaba, evidentemente, locura. Pero recordando el estado y las palabras de Lanyón, debía haber en todo aquello algún misterio más grave.
Una semana después, el Doctor Lanyón tuvo que meterse en cama, y antes de los quince días, murió. La tarde que siguió á los funerales, que le afectaron profundamente, Utterson abrió la puerta de su gabinete, y sentándose junto á la melancólica claridad de una luz, sacó de una gaveta y colocó enfrente de sí un sobre que le había sido dirigido por su difunto amigo, cerrado con su propio sello. Ese sobre llevaba la enfática inscripción siguiente: _Personal. Para ser entregado en manos del mismo Sr. Utterson solamente, y en el caso de haber fallecido antes que yo, para ser destruído sin leer su contenido._ El abogado temía abrirlo. "He enterrado á un amigo hoy--pensaba--¿qué sería si esto me costase otro?" Luego, considerando ese temor como un acto poco leal, rompió el sello. Pero había un segundo sobre, sellado lo mismo que el primero, y en el cual se hallaban escritas estas palabras: _No debe ser abierto antes del fallecimiento ó de la desaparición del Doctor Enrique Jekyll_. Utterson no podía creer lo que estaban viendo sus ojos. Otra vez la desaparición; otra vez, como en aquel insensato testamento que había devuelto hacía ya tiempo á su autor, la idea de desaparición y el nombre de Enrique Jekyll estaban juntos.
Pero en el testamento, la idea de desaparición era debida á la siniestra sugestión de Hyde, estaba allí con un fin harto claro y harto horrible. Mas, en la pluma de Lanyón, ¿qué significaba aquella palabra? Una gran curiosidad se apoderó del fideicomisario; tuvo deseos de no atender á la prohibición y de penetrar hasta el fondo, en busca de todos aquellos misterios.
Pero su profesión y la confianza que tenía en su difunto amigo le imponían severos deberes; de modo que el paquete fué á descansar en el más secreto cajón de su cofre particular.
Si por una parte su curiosidad se hallaba mortificada, por otra parecía excitada con violencia; y casi puede dudarse si desde aquel momento deseó Utterson con igual vehemencia la sociedad del amigo superviviente. Pensaba en él con afecto, sin duda; pero sus ideas estaban perturbadas y eran temerosas. Fué á verlo, sin embargo; quizá se congratuló de no ser conducido hasta su presencia; quizá también, en el fondo de su corazón, prefería hablar con Poole en la escalera y en medio de la atmósfera y de los ruidos de la gran ciudad, á penetrar en aquella casa en donde reinaba una esclavitud voluntaria, y sentarse á hablar con su impenetrable prisionero. Poole, además, no tenía nada bueno que comunicarle. El doctor, al parecer, se encerraba más que nunca en su gabinete ó en el laboratorio, en donde llegaba algunas veces, hasta á quedarse dormido. Estaba muy triste; hablaba poco, no leía, y hubiérase dicho que pesaba algo sobre su ánimo. Utterson estaba ya tan acostumbrado á aquellas respuestas idénticas, que poco á poco fué disminuyendo las visitas.
INCIDENTE DE LA VENTANA.
Aconteció un domingo, que dando su acostumbrado paseo con el Sr. Enfield, la casualidad los condujo de nuevo á pasar por la callejuela; cuando llegaron frente á la puerta, ambos se detuvieron un instante para examinarla.
--En fin--dijo Enfield--esa historia ha concluído. No volveremos á ver al Sr. Hyde.
--Así lo creo--repuso Utterson.--¿Os he dicho que lo vi una sola vez y que experimenté la misma repulsión que vos?
--Era imposible verlo sin experimentar ese sentimiento--añadió Enfield.--Y sea dicho de paso ¡por cuán tonto me habréis tenido, al saber que yo ignoraba que esta puerta trasera conducía á casa del Doctor Jekyll! Y por cierto que vos habéis sido la causa de que yo buscase y de que haya encontrado.
--Habéis hallado, pues, la comunicación ¿no es verdad?--preguntó Utterson--y ya que la conocéis, ahora podríamos detenernos en el patio y echar un vistazo á las ventanas. Á deciros verdad, estoy inquieto respecto del pobre Jekyll; y hasta en mi interior siento una voz que me indica el bien que podría quizá procurarle la presencia de un amigo.
El patio era muy frío y también un poco húmedo; reinaba en él un crepúsculo prematuro, aunque el cielo estaba aún brillantemente iluminado por los rayos del sol poniente.
La ventana de el medio se hallaba entreabierta, y sentado detrás de ella, tomando el aire, con un rostro muy abatido, como el de un preso inconsolable, vió Utterson al Doctor Jekyll.
--¡Hola! Jekyll--le gritó--supongo que estáis mejor.
--Estoy muy decaído, Utterson--contestó el doctor tristemente, con voz apagada.--No será por mucho tiempo, gracias á Dios.
--Permanecéis demasiado encerrado--siguió diciendo el abogado.--Deberíais salir para hacer ejercicio, como lo hacemos Enfield y yo. Es mi primo, el Sr. Enfield, el Doctor Jekyll.--Venid, poneos el sombrero y venid á dar una vuelta con nosotros.
--Sois demasiado bueno--repuso el doctor;--bien lo quisiera; pero no, es enteramente imposible. No me atrevo. Pero, de veras, Utterson, me alegro que hayáis venido; es realmente una gran alegría para mí el veros. Quisiera preguntaros á vos y al Sr. Enfield, pero el lugar no es del todo conveniente.
--¿Por qué?--exclamó el abogado con afabilidad;--lo mejor que podemos hacer es permanecer aquí abajo, y hablar con vos desde el sitio en que estamos.