El caso extraño del Doctor Jekyll

Part 2

Chapter 23,927 wordsPublic domain

Veía primero los espacios inmensos de una ciudad alumbrados por faroles; luego la forma de un hombre caminando rápidamente; después la de una criatura que volvía corriendo de la casa del médico, y en fin, su encuentro, y aquel diablo (Juggernaut) de apariencia humana, pisoteando á la niña y marchándose sin que le detuviesen sus gritos. Su visión continuaba: veía un cuarto, en una hermosa casa, en donde dormía su amigo, soñando y sonriendo á sus sueños, abrirse la puerta del cuarto, separarse los cortinajes, despertarse su amigo, y frente á él presentarse una forma que tenía el poder, aun en aquella hora indebida, de hacerle levantar y darle órdenes. Aquella forma con dos rostros tan distintos persiguió el espíritu del abogado toda la noche, y si lograba dormirse algunos instantes, seguía viendo la forma deslizarse disimuladamente á lo largo de las casas cerradas, ó caminando rápidamente, más rápidamente aún, hasta caer desvanecida, á través del laberinto de una ciudad alumbrada, iluminada, y luego, en la esquina de cada calle, pisotear á una criatura y abandonarla á pesar de sus lamentos y sus gritos. Y aquella forma no tenía jamás un rostro que permitiese reconocerla; hasta en sueños no tenía una cara conocida, ó la que tenía se ocultaba y desvanecía cuando quería mirarla; y así fué, gracias á ese sueño, como creció y creció en el ánimo del abogado aquella curiosidad verdaderamente extraña, casi extravagante, de conocer la fisonomía del verdadero Sr. Hyde. Pensaba que, si alguna vez llegaba á fijar sus ojos en él, se aclararía el misterio, desapareciendo en absoluto, como sucede con todo lo sobrenatural cuando se examina de cerca. Hallaría sin duda alguna razón para explicar la extraña preferencia ó esa esclavitud de su amigo (llámesele como se quiera), y también las cláusulas sorprendentes de su testamento. Sea lo que fuere, no cabe duda de que el rostro valía la pena de ser visto; ese rostro de un hombre cuyas entrañas no tenían compasión ni piedad ninguna, era rostro que sólo con presentarse había logrado inspirar en el ánimo del insensible Enfield un sentimiento de odio profundo.

Desde aquel instante, Utterson se puso á examinar frecuentemente la puerta de la callejuela de las tiendas. Por la mañana antes de la hora del escritorio, al mediodía cuando los negocios estaban en plena actividad y teniendo escaso tiempo, por la noche á la luz de una luna velada por la niebla, en una palabra, con todas las luces y á todas horas, solo ó en medio del gentío, podía verse el abogado en aquel sitio.

Al fin, su paciencia se vió recompensada. Era una noche hermosa y apacible; helaba, y las calles estaban tan limpias como el piso de un salón de baile; los faroles, cuyos mecheros no agitaba ni el más ligero soplo de aire, daban la cantidad de luz y de sombra requerida.

Hacia las diez, cuando todas las tiendas estuvieron cerradas, la callejuela quedó desierta y silenciosa, sin oirse más que el ruido sordo de sus alrededores. Del otro lado de la calle se percibían los movimientos, las idas y venidas en el interior de las casas, distinguiéndose los pasos de los transeuntes mucho antes de verlos. Hacía algunos minutos que Utterson estaba en su puesto, cuando llamó su atención un paso ligero y extraño que se aproximaba. En el curso de sus nocturnas peregrinaciones había llegado á acostumbrarse á distinguir en medio de los zumbidos y de los ruidos más diferentes de una gran ciudad, los pasos de una persona sola, lejos aún, y que venía bruscamente á él, pero nunca se había sentido su atención tan excitada ni tan fija como en aquel momento definitivo, y poseído de un presentimiento absoluto y supersticioso de un buen éxito, se ocultó en la entrada del callejón.

Los pasos se acercaban rápidamente, haciéndose más y más distintos en el recodo de la calle. El abogado, mirando desde su escondite, no tardó en ver con qué clase de hombre se las tenía que haber. Éste era pequeño, vestido con sencillez; su exterior, aun á aquella distancia, no fué enteramente del agrado del observador. El hombre fué derecho á la puerta, atravesando el arroyo para ganar tiempo, y sin dejar de andar, sacó una llave del bolsillo, como quien llega á su casa.

El Sr. Utterson atravesó la calle y le tocó el hombro cuando pasaba, diciendo:

--¿El Sr. Hyde, si no me equivoco?

Hyde retrocedió vivamente, y su respiración pareció cambiarse en un silvido. Pero su temor sólo fué momentáneo, y aunque no podía ver el rostro del abogado, contestó con sequedad:

--Ese es mi nombre. ¿Qué me queréis?

--Veo que vais á entrar--repuso el abogado.--Soy un antiguo amigo del Dr. Jekyll;--Utterson, de la calle Gaunt.--Debéis haber oído mi nombre, y encontrándoos tan á propósito, he pensado que tendríais la bondad de recibirme.

--No hallaréis al Dr. Jekyll; no está en su casa--replicó Hyde soplando en el cañón de la llave, y luego, de repente, sin mirar al abogado, añadió:--¿Cómo me habéis conocido?

--Ahora os toca á vos--dijo Utterson--¿queréis concederme un favor?

--Con mucho gusto--contestó Hyde--¿de qué se trata?

--¿Queréis dejarme ver vuestro rostro?--preguntó el abogado.

Hyde pareció vacilar; luego, impelido sin duda por alguna reflexión súbita, se volvió enseñando el rostro con cierto aire de provocación ó desafío, y ambos se miraron fijamente durante algunos segundos.

--Ahora os reconoceré--dijo Utterson--lo cual puede ser conveniente.

--Sí--replicó Hyde--no me disgusta que nos hayamos encontrado; y, á propósito, os daré las señas de mi casa--y le dijo un número de una calle en Soho.

--¡Dios mío!--pensó Utterson--¿se habrá acordado también él del testamento?--Pero guardó sus temores para sí, y murmuró algunas palabras como para agradecer las señas dadas.

--Bien, veamos--dijo Hyde--¿cómo me habéis conocido?

--Por una descripción--fué la repuesta.

--Una descripción, ¿de quién?

--Tenemos amigos comunes--añadió Utterson.

--¿Amigos comunes?--repuso Hyde como un eco y con voz ronca.--¿Quiénes son?

--Jekyll, por ejemplo--dijo el abogado.

--Jamás os ha dicho nada--exclamó Hyde con un movimiento de cólera.--No os creía capaz de mentir.

--Algo dura me parece esa palabra--replicó Utterson.

Hyde lanzó una estrepitosa carcajada, y con una rapidez extraordinaria, levantó el pestillo de la puerta y desapareció dentro de la casa.

El abogado se quedó inmóvil y desconcertado al ver la desaparición de Hyde. Al cabo de un rato echó á andar calle arriba, deteniéndose á cada paso y llevándose una mano á la frente, como un hombre preso de la mayor perplejidad. El problema cuya solución buscaba, según iba caminando, era de aquellos que rara vez la tienen. El Sr. Hyde era pálido y de pequeña estatura; producía la impresión de lo deforme sin que fuese posible designar esa deformidad con una palabra exacta; tenía una sonrisa desagradable; se había conducido con una mezcla criminal de timidez y de audacia; había hablado con una voz ronca, que silvaba por momentos, y algo cascada. Todos estos detalles le eran contrarios, pero aun reunidos no bastaban para explicar la repugnancia, el odio y el miedo con que los consideraba Utterson. Debe de haber algo más, se dijo perplejo. Hay algo más; si pudiese darle á eso un nombre. ¡Ese hombre apenas se parece á un ser humano! Tiene algo del troglodita. ¿Será esto como la antigua historia del Dr. Fell? ¿Ó es únicamente el simple reflejo é irradiación de un alma mala que pasa á través de él y que altera ó desnaturaliza su envoltorio corporal? Porque, ¡oh, mi pobre viejo Enrique Jekyll, si alguna vez he leído la firma de Satanás puesta en un rostro, ha sido en el de vuestro nuevo amigo!

Precisamente al doblar la esquina de la calle, había un grupo de antiguas y grandes casas, en su mayor parte ya muy deterioradas, divididas en pisos con habitaciones separadas que se alquilaban á hombres de todas clases y condiciones, grabadores, arquitectos, abogados sin clientes, y agentes de negocios dudosos. Una de aquellas casas, sin embargo, la inmediata á la de la esquina de la calle, se hallaba ocupada por un solo inquilino, y á la puerta de aquella casa, que tenía cierto aspecto de comodidad y de riqueza, aunque medio sumida en la obscuridad, porque únicamente la alumbraba un farol interior, fué donde se detuvo Utterson, y á la que llamó. Un criado anciano y de buen porte abrió la puerta.

--Poole, ¿está en casa el Dr. Jekyll?--preguntó el abogado.

--Voy á ver, Utterson--contestó Poole, haciendo entrar al jurisconsulto en un extenso recibimiento bajo de techo y embaldosado, adornado con hermosos armarios de roble, y calentado, al estilo de las casas de campo, por un gran fuego que ardía en una chimenea abierta.

--¿Queréis esperar aquí junto al hogar, caballero, ó preferís pasar al comedor?

--Aquí, gracias--contestó el abogado, aproximándose al fuego.

Aquella habitación, en la que se quedó solo por unos momentos, era la predilecta de su amigo el doctor, y el mismo Utterson tenía costumbre de hablar de ella como de la más agradable de Londres. Pero aquella noche Utterson se hallaba en una situación excepcional; el rostro de Hyde no se apartaba de su memoria; sentía (cosa rara en él) como disgusto de la vida, y su espíritu entristecido le hacía ver como una amenaza en los reflejos de las llamas sobre las partes brillantes de los armarios, y en los oscilantes movimientos de las sombras del techo.

Cuando Poole regresó y anunció que el Dr. Jekyll había salido;--he visto al Sr. Hyde entrar por la vieja puerta del gabinete de anatomía, Poole--le dijo el abogado--¿es eso natural no estando en casa el Dr. Jekyll?

--Completamente natural y regular, Sr. Utterson--repuso el criado.--El Sr. Hyde tiene una llave de aquella puerta.

--Vuestro amo, Poole, parece tener la mayor confianza en ese joven.

--Sí, señor, es verdad--contestó Poole--todos tenemos orden de obedecerle.

--No creo haber encontrado aquí jamás al Sr. Hyde--dijo Utterson.

--¡Oh! de seguro que no; nunca come aquí--añadió el ayuda de cámara.--En realidad pocas veces oímos hablar de él en este lado de la casa; casi siempre entra y sale por el laboratorio.

--Bien, buenas noches, Poole.

--Buenas noches, Sr. Utterson.

Y el abogado emprendió el camino de su casa con el corazón oprimido. ¡Pobre Enrique Jekyll! (decía hablando consigo mismo) tengo el presentimiento de que va por mal camino. Era libertino cuando joven, hace tiempo, es verdad, pero según la ley de Dios, siempre, tarde ó temprano, llega para cada uno el castigo de sus pecados. Y debe ser algo así; el espectro de algún antiguo pecado, el cáncer roedor de alguna vergüenza oculta, cuyo castigo viene cuando años después la memoria ha olvidado la falta y el amor propio la ha excusado.

Asustado por sus mismas ideas, recordó su pasado, buscando y escudriñando en todos los rincones de su memoria, temeroso de que algún antiguo pecado se mostrase en plena luz. Su pasado era bastante limpio y sin tacha; pocos hombres hubieran podido leer las páginas de su vida con menos temor y aprensión, y sin embargo, sentíase como profundamente humillado á causa de las numerosas malas acciones que creía haber cometido, al mismo tiempo que se gozaba con el recuerdo de las que había sabido evitar.

Volviendo al asunto que le preocupaba, tuvo un rayo de esperanza.

Si se pudiera profundizar en el estudio de ese Hyde.... dijo para sí--debe tener grandes secretos; secretos siniestros, á juzgar por su cara; secretos ante los cuales las peores acciones del pobre Jekyll serían como brillantes rayos de sol. Pero las cosas no pueden seguir así. Se me hiela la sangre cuando pienso que ese ser se arrastra como un ladrón hasta el lecho de Enrique; ¡Pobre Enrique, qué despertar el tuyo! Y lo más peligroso de todo eso es que si el tal Hyde sospecha la existencia del testamento, tendrá prisa por heredar. Es preciso que yo me ocupe de este asunto--si Jekyll quiere permitírmelo--añadió--si Jekyll quiere dejarme obrar--pues una vez más vió ante sus ojos escritas, con igual claridad que en el papel, las extrañas cláusulas del testamento.

EL DR. JEKYLL ESTABA TRANQUILO.

Quince días después, por una feliz casualidad, el doctor daba una de sus alegres comidas á cinco ó seis antiguos amigos, hombres inteligentes, respetables y conocedores del buen vino; el Sr. Utterson, que era uno de ellos, se arregló de modo que permaneció allí después de haberse marchado los demás. No fué aquello un hecho fortuito, porque ya había ocurrido otras veces. En donde querían á Utterson, lo querían de veras. Los anfitriones se complacían en retener al austero abogado, cuando los demás convidados, con la lengua suelta y el corazón alegre, habían traspasado el umbral de la puerta; les era grato permanecer algún tiempo en su discreta compañía, comenzando así á acostumbrarse á la soledad en que iban á quedar, y habituando el espíritu al silencio, pasada la exuberante alegría producida por el banquete. El Dr. Jekyll no era una excepción de esta regla; y sentado en el lado opuesto al fuego, él, hombre de unos cincuenta años, bien constituído, de rostro barbilampiño, con un aspecto quizá algo disimulado, pero de apariencia inteligente y bondadosa, daba á entender que experimentaba por Utterson una amistad tan viva como sincera.

--Deseaba hablaros, Jekyll--comenzó diciendo el Sr. Utterson--¿recordáis aquel testamento vuestro?

Un atento observador hubiera podido notar que el asunto no era agradable al doctor, pero lo acogió alegremente, al parecer.

--Mi pobre Utterson--le dijo--sois desgraciado tratándose de un cliente como yo. Jamás he visto á un hombre tan turbado como vos cuando mi testamento, excepción hecha del intratable pedante, el Doctor Lanyón, cada vez que habla de lo que llama mis herejías científicas. ¡Oh! bien sé que es un excelente compañero--no tenéis necesidad de fruncir el entrecejo--sí, un excelente compañero, y cada día deseo verlo más á menudo; pero, á pesar de todo es un intratable pedante; un pedante declamador é ignorante. Nunca me ha contrariado tanto un hombre como Lanyón, ni me he equivocado con otro, como con él.

--Ya sabéis que jamás he aprobado vuestro testamento--dijo el Sr. Utterson, volviendo al tema de su conversación.

--¿Mi testamento? Sí, ciertamente; lo conozco--añadió el doctor algo contrariado--ya me habíais hablado de eso.

--Pues bien, os lo vuelvo á decir--continuó el jurisconsulto--he sabido algo respecto del tal Hyde.

La ancha y hermosa cara del Doctor Jekyll palideció, y un círculo negruzco se dibujó alrededor de sus ojos.

--No deseo oir nada más--exclamó;--pensaba que no volveríamos á hablar de esa cuestión, según lo teníamos convenido.

--Lo que he sabido es horrible--dijo Utterson.

--No puedo variar nada; no comprendéis mi situación--replicó el doctor, con cierta incoherencia.--Mi situación es penosa, Utterson; mi situación es verdaderamente extraña; muy extraña. Es uno de esos asuntos que no se pueden arreglar con palabras.

--Jekyll--dijo Utterson--me conocéis; soy hombre en quien se puede confiar y á quien todo se puede decir. Decidme toda la verdad en confianza, y tengo la seguridad de poder sacaros de esa situación.

--Mi buen Utterson--repuso el doctor--lo que hacéis es bueno, es francamente una gran bondad de vuestra parte, y no puedo hallar expresiones suficientes para daros las gracias. Os creo en absoluto, me fiaría de vos antes que de cualquiera otro hombre, antes que de mí mismo, si tuviese que escoger; pero no es lo que os imagináis; no es tan malo; y para tranquilizar vuestro buen corazón, os diré una cosa, y es que en el instante mismo que yo quiera, podré librarme, desembarazarme del Sr. Hyde. Dicho ésto, he aquí mi mano; gracias otra vez. Sin embargo, quiero añadir una palabra, Utterson, y estoy persuadido de que no la llevaréis á mal: ese es un asunto privado, y os ruego que lo dejéis dormir.

Utterson reflexionó un momento, mientras seguía mirando al fuego del hogar.

--No dudo que quizá tengáis razón--dijo, en fin, levantándose.

--Pues bien, ya que hemos hablado de este asunto, y por última vez, según lo espero--siguió diciendo el doctor--hay un punto que desearía haceros comprender bien. Tengo, realmente, grandísimo interés por ese pobre Hyde. Sé que lo habéis visto; me lo ha dicho, y temo que haya sido grosero. Pero tengo afecto, muchísimo afecto por ese hombre; y si llego á perecer, Utterson, deseo que me prometáis sufrirlo y hacer valer sus derechos. Creo que lo haríais si lo supiéseis todo, y aliviaríais á mi espíritu de un gran peso si me lo prometiéseis.

--No puedo asegurar, á pesar de todo, que llegue á quererle--dijo el abogado.

--No es eso lo que os pido--contestó Jekyll, como si defendiese una causa, y apoyando la mano sobre el brazo de Utterson--no os pido más que justicia; os pido que le ayudéis por amor á mí, cuando yo no esté aquí.

Utterson no pudo impedir que se le escapase un profundo suspiro.

--Bien--dijo--lo prometo.

EL CASO DEL ASESINO DE CAREW.

Un año después, poco más ó menos, en el mes de octubre de 18**, la ciudad de Londres quedó horrorizada por un crimen que demostraba una brutalidad poco común, siendo el hecho más ruidoso aun á causa de la alta posición de la víctima. Una criada que vivía en una casa situada cerca del río, subía á acostarse hacia las once. Aunque la neblina había cubierto á la ciudad durante las primeras horas del día, la noche estaba clara, y la callejuela á la cual tenía vistas la ventana del cuarto de la criada, se hallaba brillantemente iluminada por la luz de la luna llena. Nuestra mujer tenía ideas románticas, pues se sentó sobre su baúl, que estaba colocado precisamente al lado de la ventana, y se entregó por completo á sus ensueños.

Jamás--acostumbraba á decir, derramando lágrimas, cuando refería después el acontecimiento--jamás se había sentido tan en paz con todos los hombres, ni había tenido ideas tan buenas acerca del mundo. Hallándose sentada así, vió á un caballero de edad, de buen porte, con el pelo blanco, que caminaba casi rozando la pared de la callejuela; á su encuentro fué otro caballero, de pequeña estatura, en quien no había reparado ella al principio. Cuando llegaron bastante cerca uno de otro para poder hablar, el hombre de más edad se inclinó, acercándose al otro con la mayor deferencia.

No pareció que el objeto de su pregunta fuese de grande importancia; y, según su manera de hablar, podía suponerse que sólo preguntaba el camino; la luna se reflejaba en su rostro mientras hablaba, y la muchacha se alegraba de verlo, porque parecía indicar un carácter ingénuo, con un no sé qué de altivo, y como de amor propio bien fundado.

En esto, los ojos de la joven se volvieron hacia el otro personaje, y le sorprendió reconocer en él á un Sr. Hyde, que había una vez visitado á su amo, y cuya presencia le desagradó. Tenía en la mano un pesado bastón, con el cual jugaba; no contestó, y parecía apartarse con una impaciencia mal contenida. De pronto tuvo un terrible acceso de cólera, pateando, blandiendo el bastón y agitándose como un loco (según los términos mismos empleados por la criada). El señor anciano retrocedió un paso, como sorprendido y ofendido; pero el Sr. Hyde, arrebatado, le acometió á palos y lo derribó. Al mismo tiempo, y con la furia de un mono, pateó el cuerpo, y le descargó una lluvia de golpes bajo los cuales se rompían los huesos, rodando la víctima hasta el arroyo. Viendo aquellos horrores y oyendo los golpes, la muchacha perdió el conocimiento.

Eran las dos de la madrugada cuando volvió en sí y fué en busca de la policía. El asesino había huído hacía ya tiempo, y la víctima yacía en medio de la callejuela, horriblemente mutilada. El bastón que sirvió para cometer el delito, aunque de madera dura, rara y pesada, estaba roto por la mitad á causa de los golpes dados con una ferocidad insensata; uno de los pedazos había quedado allí, y el otro debió, probablemente, llevárselo el asesino. Al registrar á la víctima, se le encontraron una bolsa y un reloj de oro, pero ninguna tarjeta ni papeles, salvo un sobre cerrado y sellado que iba, sin duda, á echar al correo y en el cual estaban escritos el nombre y las señas del Sr. Utterson.

Aquel sobre fué llevado al abogado al día siguiente por la mañana, antes de que se levantase; así que lo vió y supo las circunstancias en que había sido encontrado, sus labios se contrajeron.

--Nada diré hasta haber visto el cadáver--exclamó--esto puede ser muy serio. Servíos esperar á que me vista. Y con la misma cara impasible tomó su desayuno, y partió en coche hasta el vecino puesto de policía en donde se encontraba el cadáver.

Tan pronto como entró en la celda, inclinó la cabeza y dijo:

--Sí, le reconozco. Tengo el sentimiento de decir que es Sir Danvers Carew.

--¡Dios mío! ¡será posible! caballero--exclamó el agente de policía. Y sus ojos brillaron con el fulgor de la alegría del oficio.--Este asunto hará ruido, y quizá podáis ayudarnos á encontrar al asesino.--Luego refirió rápidamente lo que había visto la criada, y enseñó el pedazo roto del bastón.

Utterson se había extremecido ya al oir el nombre de Hyde; pero cuando le enseñaron el bastón no le quedó la menor duda; roto y todo, lo reconoció, por habérselo regalado hacía muchos años á Enrique Jekyll.

--¿Es Hyde--preguntó el abogado--persona de pequeña estatura?

--Es pequeño, y tiene muy mala mirada, según ha declarado la criada--añadió el agente.

Utterson reflexionó; luego, levantando la cabeza, dijo:

--Si queréis venir conmigo, en mi carruaje, creo poder llevaros á casa del asesino.

Serían, entonces, las nueve de la mañana, y era el primer día de gran neblina de la estación. Un inmenso velo sombrío cubría la ciudad, pero el viento rompía de cuando en cuando aquellas nubes de vapor, y como el coche caminaba con precaución, Utterson pudo presenciar á su sabor un continuo cambio de sombras y de luz; pues ya la obscuridad era como al anochecer, ya se veía, por el contrario, una claridad viva como la que proyecta un incendio, y ya, por fin, la neblina se desvanecía completamente, y un descolorido rayo de luz penetraba por entre los torbellinos de nubes.

El triste barrio de Soho, visto á través de aquellos rápidos claros, con sus calles enfangadas, sus transeuntes sucios, sus faroles encendidos para poder luchar contra aquella invasión de obscuridad, parecía en la mente del abogado como la parte de una ciudad presentada en una pesadilla, entrevista en sueños. Sus pensamientos, además, eran lúgubres, y al volver la vista hacia su vecino de coche, sintió algo de ese temor que inspiran siempre la ley y sus representantes, y que puede experimentar hasta el hombre más honrado.

Cuando el carruaje llegó frente al número indicado, la neblina se disipó un poco y le dejó ver una calle sucia, una taberna, una casa de comidas de precio ínfimo, una tienda en donde vendían periódicos á cinco céntimos y lechugas á dos cuartos, muchos niños harapientos acurrucados en las puertas de las casas, y numerosas mujeres de distintas nacionalidades que iban y venían, llevando en la mano las llaves de sus cuartos, de donde salían para ir á tomar el trago de la mañana. Poco después, la neblina volvió á ser intensa, y se halló separado de todos aquellos desagradables cuadros.

Allí estaba la residencia del favorito de Enrique Jekyll, de un hombre que debía heredar la cuarta parte de un millón de libras esterlinas.

Una mujer de edad, de rostro pálido y cabello blanco, abrió la puerta. Tenía mala cara, aunque suavizada por la hipocresía, pero sus modales nada dejaban que desear.

--Sí--dijo--aquí vive el Sr. Hyde, pero no está en casa.

Añadió, que había llegado por la noche, muy tarde, y que había vuelto á salir haría poco menos de una hora; nada de particular había en eso; sus costumbres eran muy poco uniformes, y estaba á menudo ausente; en prueba de ello, dijo que hacía dos meses que no lo había visto, hasta la tarde del día anterior.