El caballero encantado (cuento real... inverosímil)
Part 8
Comía Gil el panecillo, y no se cuidaba de abatir la petulancia del tenorio agredense don Juan Ablitas. Sucedió que a los pocos días de esto supieron los amigos, por una de las mozas, que el cura olfateó la sustracción de los panes, y cogiendo a la muchacha, sobrina o lo que fuera, con pellizcos y pescozones la puso en la apretura de vomitar sus pecados, y a lo último echó el más feo de todos, que fue dar los bodigos a un _chico de la cantera_. Desde aquella hora nefanda, Juan y Gil no volvieron a ver el pelo a la moza, y en esto, llegado el domingo, Ablitas, escupiendo por el colmillo y apretándose la faja, dijo que no pensaba ir a _la Dehesa_, ni estaba en vena de divertirse... Para que se viese que era un hombre, se plantaría en la iglesia mayor del pueblo, o en sus inmediaciones, hasta encontrarse con el cura y darle cuatro _morrás_ como para él solo...
No trató Gil de disuadir al tenorio retador, y se fue solo al paseo. Vio grupos de chicas; pero al llegarse a ellas, un estímulo fisiológico le llevó hacia la parte del monte, donde a la sombra de unas encinas y al arrimo de peñas musgosas, secreteaba consejas el chorrillo de una fuente. Como a veinte pasos del agua vio que de la fuente venía una gallarda moza con un cántaro lleno cogido por el asa. Cuando llegaron uno frente a otro, Gil lanzó una grande exclamación y extendió el brazo en ademán de detener a la joven aguadora. Y esta paró en firme, mirándole a él con enojo de que un desconocido le cortara el paso.
--Cintia, Cintia --dijo Tarsis--, no te me escapas ahora.
--Quite allá... Déjeme. No le conozco.
--¿Me negarás que eres Cintia? ¿Crees que puedo yo olvidar o confundir tus ojos divinos; tu boca, tan linda risueña como enojada, y esa frente de diosa, y esos cabellos partidos en dos bandas, y esa color de albura quebrada, y ese aire de reina, y ese...?
--Anda; está loco el hombre. Déjeme seguir.
--Un momento. Me negarás que eres Cintia; pero no me impedirás que te adore.
--¡Ya escampa!... Me llama _Cinta_, y mi nombre es Pascuala... Ea, si viene de burlas, sepa que no las aguanto.
--Mátame si quieres; pero yo digo y sostengo que eres Cintia. Si no me conoces, te diré que soy Tarsis...
La hermosa joven, cuyas incomparables facciones correspondían a la forma encomiástica con que el mozo las había descrito, le miró con fijeza y seriedad.
--Qué --dijo Tarsis prontamente--, ¿haces memoria?... ¿buscas mi fisonomía en tus recuerdos?... ¡Ah, Cintia! tú estás encantada como yo, y aún te encuentras en ese estado crepuscular de la memoria que vuelve, que quiere volver...
--Le miro a usted --dijo ella un tanto compadecida y temerosa--, porque me parece que está usted loco... y los locos me dan miedo... Vaya... Con Dios.
--Un instante, Cintia. Tengo una sed horrible... ¿Serás tan cruel que no me des un poco de agua?
Sin decir nada, la lindísima mujer alzó el cántaro y lo inclinó sobre su brazo izquierdo para que el sediento bebiese.
--¡Ay! --exclamó Gil-Tarsis después de absorber buena parte del contenido del cántaro--. Me has dado la vida. Con la emoción y la sed, ni hablar podía... No, Cintia; no estoy loco. Ya lo comprenderás si me haces el honor de concederme tu trato algunos momentos.
La guapa moza volvió a la fuente para reponer el agua, y Gil siguió diciéndole:
--Acabarás por recordarme; acabarás por reconocer al que desdeñaste, al que te amó con locura... al que te lleva en su alma vagando en estas soledades tristísimas. Si no crees lo que te cuento, admíteme como amigo, y lo que no aprecies por mis demostraciones de amor, lo apreciarás por mi respeto.
Algo más le dijo, y sus palabras sinceras y ardientes, si no penetraron hasta traspasar su alma, pasaron rozando a esta como flechas temblorosas. La que Gil llamaba Cintia no se mostró tan esquiva como en la primera embestida galante del barrenador de rocas. Le miraba muy seria, balbucía cortos y turbados conceptos, tuteándole... La arrogancia y viril hermosura del mozo la cautivaron sin duda; pero en su confusión ni aun se daba cuenta todavía de que aquel hombre le gustaba.
--¿Me permites que te acompañe hasta tu casa? --le propuso Gil con acento y ademán de profundo respeto--. No dirás que acompañarte es locura.
--No es locura --replicó ella más turbada--; pero es tontería. Vivo muy cerca... allí... ¿Ves aquella casita blanca entre árboles, orilla del río...?
--Ya veo. Pues esa tontería haré yo si me das licencia. Venga el cántaro.
Y ella, defendiendo el cántaro de las manos del galán:
--No, no: yo lo llevaré. ¡Qué dirían!
--Dirían que te sirvo como buen caballero. Dirían que hablamos como aquellos y otros que ves en _la Dehesa_, novios honrados y decentes... Vamos hacia allá.
--Hasta mi casa no --dijo la linda lugareña recelosa--. Iremos juntos un poquito no más, hasta la entrada de la alameda. Después no.
--Sigamos sin miedo. Nadie nos mira. Pasamos junto a las mozas y mozos sin que ninguno nos mire. Es que no nos ven, Cintia.
--De veras parece que no nos ven... --observó ella con pasmada ingenuidad--. Nadie se fija... Pues te diré que antes de ahora no me conocías, como yo no te conozco a ti... He querido recordar y nada: no he visto tu cara antes de ahora.
--La última vez que te vi fue dentro de un espejo --afirmó Gil dejándose llevar del arrebato de su fantasía--. Era un espejo maravilloso, donde uno se miraba y no se veía, al contrario de lo que sucede en todos los espejos. Yo me miré, y te vi a ti, Cintia. Créemelo como este es día.
Y ella:
--Cosas muy raras ve una en los espejos: yo me miré una noche, y vi a mi madre, que murió lejos de mí.
Y él:
--Tu madre murió en Buenos Aires.
Y ella, con asombro y risa:
--¿Qué estás diciendo?
Y él:
--Si me niegas que eres americana, no he dicho nada.
Empleando de nuevo la burla campesina, la hermosa hembra declaró que no podían seguir juntos si él no ponía freno a sus dislates, y terminó con esta saetilla:
--Explícame, hombre de Dios, cómo puede ser americana la que ha nacido, como yo, en Matalebreras, lugar a dos leguas de aquí, camino de Soria.
--¿Qué nacido puede asegurar el lugar de su nacimiento? En cuanto al nombre, si el mundo engañado te conoce por Pascuala, para mí, desengañado, Cintia eres y Cintia te llamaré.
--No es feo nombre. Yo he notado que suelen ser bonitas las cosas falsas. ¿Y a ti cómo debo llamarte?
--Mientras estemos en este destierro expiatorio, llámame Gil.
--Gil, Gil --repitió la bella con sorpresa y susto--. Hace dos tardes pasé por la cantera y vi a los hombres trabajando... Me parecieron demonios. Por la noche soñé cosas horribles... Soñé que era yo piedra, y que me estaban barrenando en el corazón. Desperté al dolor de mis carnes taladradas por el hierro. ¡Ay, qué susto al despertar, y qué sudores de muerte! Oía los graznidos de una bandada de cuervos, y los cuervos decían _Gil, Gil_... y eso mismo, _Gil_, estuvo sonando en mis oídos aquella noche y todo el siguiente día.
--Oías mi nombre... Era el anuncio de que hoy nos encontraríamos en la fuente y seríamos novios.
--No sé... --dijo la moza; y mirándole de hito en hito, agregó un comentario mudo, guardado dentro de sí como impúdico secreto: «¡Y qué guapo es!... ¿Será verdad que he visto a este hombre en alguna parte?... ¿Dónde, Señor, dónde?»
Al llegar a la alameda, Cintia o Pascuala, como se quiera, dio orden de parar.
--De aquí no se pasa.
Y Gil sintetizó su comedido anhelo en esta pregunta:
--¿Estás conforme en que hablemos?
Y ella, embebiendo su mirada en la de él, contestó con doble frase, una saliente, que fue:
--Bien, hablaremos.
Y otra entrante y no articulada: «¿He visto antes a este hombre?... ¿lo he soñado?... En sus ojos tiene toda la simpatía del mundo. ¿Me querrá de veras? Si su locura es de amor, en buen hora venga.»
Las últimas expresiones fueron para determinar dónde podían verse y hablarse. Puntualizó ella los sitios que creía mejores para la aproximación honesta de los presuntos novios, y Gil la vio partir embelesado de su airoso andar y gentileza. Dos veces volvió ella la cabeza para mirarle. Gil la seguía con mirar certero. Quería que sus ojos la llevaran hasta la puerta de la casita blanca; pero mucho antes de llegar a esta, la figura de Cintia se desvaneció como una luz que se apaga.
XI
Donde brillan con toda claridad la ternura y discreción de la hermosa Cintia.
Enloquecido quedó el buen Gil con el encuentro de la divina mujer a quien sin vacilación diputaba como la propia Cintia, transmutada de señora en villana por la mano hechicera que le había transformado a él. Pasó la noche en inquietos delirios, y a poco de amanecer aplicaba al trajín de la piedra su fuerza muscular, cual máquina emancipada del pensamiento. No tenía Gil amigo de confianza con quien comunicarse. El famoso burlador don Juan de Ablitas estaba en la cárcel, por haberle salido su aventura diametralmente al revés de como la hubo pensado. Fue al pueblo con la caballeresca ilusión de pegarle al cura, y este, que era un hombracho como un castillo, le ganó velozmente la acción, destrozándole con recios bofetones toda la cara, pateándole después, y de añadidura requiriendo a la autoridad para que le metiera en la cárcel, como se hizo, procesándole por agresión sacrílega.
La segunda entrevista de Gil con la que ya era su novia fue poco después de anochecido, en una plazoleta próxima a la casa de ella; casa honestísima ciertamente, como lo era también la plazoleta, formada de una parte por la casa-cuartel de la Guardia civil, y de otra por un convento de monjas reclusas. Comprendió Gil que su novia disfrutaba de cierta libertad. En la vaga conversación sabrosa iba dando a conocer su vida y parentela, y diversas circunstancias que el mozo apreció como favorables para los incipientes y ya formales amores. Pascuala manifestaba su alma con graciosa sinceridad, y era honesta sin gazmoñería, honrada y pura sin la menor afectación. Gil se confirmaba en que tenía delante a la propia Cintia por un signo infalible, rasgo saliente y luminoso de la hermosa colombiana, que era la sana y dulce alegría, el sonreír largo que dejaba ver la más perfecta y blanca dentadura. Era Cintia; solo Cintia sabía decir conceptos delicados y conceptos comunes con aquella boca de ángel...
Ya en el encuentro o aparición en _la Dehesa_ había notado Gil que el lenguaje de la moza no era el habla tosca del pueblo campesino; se expresaba con limpia dicción y con notoria pureza gramatical. El enigma quedó aclarado con estas palabras de Pascuala:
--Soy maestra. En Zaragoza, donde he vivido cinco años con mi tío don Bruno Borjabad, procurador, hice mis estudios, y tengo título... ¿Qué te creías? Ahora estamos esperando a que don Feliciano Gaitín, que es el mandón de estos lugares, nos cumpla lo prometido: darme una escuelita de párvulos en cualquier pueblo de esta comarca. Buena falta nos hace, porque mis tíos, con quienes vivo, andan atrasadillos por las malas cosechas y lo perdido que está todo.
Completó Pascualita su historial con estas referencias:
--Vivo con mis tíos Saturio Borjabad y su mujer Baltasara, y esta casita es de unos primos míos por parte de madre, llamados aquí los _Almuerzos_, porque son de la sierra de este nombre, y se dedicaban al negocio del carbón. Ahora viven en Soria. Mi madre se llamaba Pilar Arabiana; dicen que era un poquito noble. Mis tíos los Borjabades tienen en Suellacabras dos o tres telares, y allí viven mis primos, que fabrican sayas y capotillos de jerga. Conque ya tienes ante ti todo el mapa de mi familia. Al ponértelo delante, me río como ves... En mi parentela hubo nobles y plebeyos; hoy todos son pobres. Algunos viven de ilusiones, otros emigran, algunos trabajan como negros... Yo, que en pobreza no tengo a nadie que me aventaje, les alegro a todos con mi alegría.
--¡Qué encanto de mujer! A Dios bendecimos y alabamos por haber hecho esa boca. Y a Dios le basta eso para ser grande.
Terminó Pascuala la segunda entrevista despidiendo a Gil con la más dulce de sus risas, un empujoncito y esta frase donosa:
--Vete ya, que no quiero enojar a los tíos... Me dan licencia de un ratito, y el ratito se va volviendo _ratón_.
¡Ay, Gil, en qué soñador arrebato vivías! Y machacando piedras, dejabas que tu espíritu rodara por los espacios, chocando con estrellas y soles... Muy fuertes habían de ser los tirones de la realidad para que a ella volvieses... A la ya referida cita con Pascuala siguieron otras en el propio sitio, o en un bosquecito de acacias frontero al pórtico de las monjas. En aquellos ratos de dulce intimidad, el fuego de amor prendía con flamear gracioso en los corazones. La idea, nunca olvidada por Gil, de que se conocieron antes, en otra misteriosa y lejana vida, prendió también en la mente de ella, y a menudo decía:
--Sí, Gil: yo llevaba en mí hace tiempo tu cara y tu ser todo.
Se confiaban sus pensamientos sin faltar a la pureza y corrección. Si él, llevado de su fogoso temple, acortaba la distancia honesta, ella le contenía con ademán grave y con su inefable sonreír, que valía por un mandato. Separábanse contentos, gustando de antemano un porvenir dichoso... Pero a la cita cuarta o quinta, que en el número no concuerdan los autores, Pascuala llegó junto a su amado con cara triste.
--Esta noche --le dijo--, te traigo malas nuevas. Ya ves que no me río... y cuando no me ves reír, ya comprenderás que hay procesiones por dentro.
--Dime lo que hay --replicó Gil, disimulando su alarma--, que seguro yo de tu amor como tú del mío, podemos reírnos de toda procesión, aunque sea la del _Corpus_.
--No pasa el _Santísimo Corpus Christi_ --dijo Pascuala--: lo que pasa es que tendremos que separarnos pronto... Mis tíos han resuelto que nos vayamos a Suellacabras, porque aquí está todo muy malo... Allí no nos faltará un pedazo de pan, y además...
--¿Además, qué?
--Que el señor Gaitín ha dicho que está a caer mi nombramiento de maestra. ¿Para qué pueblo? Eso... de Soria nos lo dirán...
--Pues no veo la procesión... Sí la veo... Te veo a ti marchando a Suellacabras con tu familia, y yo detrás... Dejaré mi trabajo y cuanto hay en el mundo por seguirte. ¿Cuándo nos vamos?
--¡Ay, Gil de mi vida! Tu falsa alegría no me sacará de mi tristeza. ¿No adviertes que esta noche no me he reído ni tan siquiera un poquito? Pues cuando mi boca olvida la risa, ¡cómo estará mi alma!... Te contaré todo; verteré de mi alma a la tuya todo el amargor que llevo dentro. Pensaba dártelo a traguitos; pero ¿a qué traguitos si es mejor decírtelo de una vez? Mi tío Saturio ha sabido que tú y yo... nos queremos. La tía se enteró y fue con el cuento al tío... Llamáronme a juicio esta mañana, y yo, que llevo siempre mi conciencia en la cara, saqué de mi intención toda la verdad antes de abrir la boca... Porque soy así, Gil... Díjeles que sí, que no tengo por qué ocultarlo, que te quiero y me quieres, y estamos los dos en la idea de casarnos... Así, clarito... ¡Vieras a mi tía cómo se puso!... Que es una deshonra para la familia... que habrá que oír a los _Almuerzos_ cuando lo sepan. Y mi tío Saturio, con el temblorcillo de quijada que le da cuando se incomoda, y abriendo un ojo más que el otro, salió con esta sinrazón: «Una joven de tu mérito, Arabiana por parte de madre, y por tu padre de los Borjabades de Medinaceli, casarse con un peón rústico, un casca-piedras y rasca-lodos... ¡oh ignominia!...» Y luego la tía, saltando de la ira al sentimiento, lloriquea y me dice: «Pascuala, por cincuenta coros de ángeles te pido que no hables más con ese bruto. ¿Quieres tú que nos muramos de pena? ¿Para qué están en el mundo tus tíos más que para buscarte un marido de circunstancias y ser todos felices?»... En fin, que me han vuelto loca, sin que hayan conseguido rendirme. De esto que te cuento ha salido la idea de alejarme de ti...
Maldecía el enamorado su suerte, trinaba y vociferaba mezclando las burlas con la ira:
--¡Alejarte de mí! ¿Y no han discurrido esos tiorros impedir que salga el sol, y que los ríos se encaramen en los montes?
--Espérate un poco. Hace algún tiempo que Saturio y Baltasara se ilusionan con la idea de casarme a su gusto. Dos novios para mí tienen puestos en remojo. El uno es un señorito de Soria, que usa cuellos muy altos, y corbatas de colorines, hijo único de viuda rica, según dicen; otro es un chico de Almazán, que empezó estudiando para cura en El Burgo, y luego lo dejó, y se ha hecho perito agrónomo... Todo esto te lo digo para que te vayas enterando. ¡Ay, Gil de mi alma! ¿qué haré yo para ponerme ahora en contra de esta mala corriente de mis tíos; qué haré para desobedecerles sin perder el respeto y la gratitud que les debo?
--El amor es antes que todo, Cintia... Hoy te llamo Cintia porque con este nombre estás más unida a mí que con el de Pascuala. Y cuando tus tíos feroces te digan: «Pascuala, ven», tú responderás: «No sé quién es esa que llamáis.»
--¡Ay de mí! --gimió agobiada la sin par mujer, inclinando su cabeza casi hasta tocar el hombro del cantero--. Hoy estoy muy triste, hoy no me río. Dime locuras; oiga yo tus locuras para que se me quite esta pena.
--¿Locuras? Pues tengo un martillo muy grande. Con él he roto las piedras más duras; con él partiré las cabezas de esos tíos sin entrañas, tíos peores que sobrinos de Satanás.
--Matar no... No me hables de muertes... Otras locuras has de decirme para que yo...
--Pues oye esta que otra vez oíste y te tentó a la risa. Yo no soy lo que parezco. He pertenecido a una sociedad superior, y por fines de enseñanza o de castigo he sido rebajado a esta condición plebeya en que me ves.
--Pues ahora no me río, no me río nada... Lo que hace tu Cintia es recordar que ayer mi amiga Felipa, la hija del mandadero de estas monjas, me dijo que tú tienes aire de persona principal, y que se te puede tomar por un conde con ropa y manos de peón.
--Ya te dije anoche que Felipa me parece una mujer de gran agudeza.
--Algo hay en ti --dijo Pascuala sin perder su triste serenidad--, algo que... no sé decirlo.
--Pues yo lo diré, aunque te me pongas incrédula y burlona. Estoy encantado... Siendo quien soy, aparento condición distinta de la que me dio mi nacimiento... No me mires con esos ojos alelados, que no por quedarse lelos son menos bonitos que el sol. No me mires así, que ahora voy a decirte algo que te asombrará más. Encantada estás tú también, Cintia; pero no has llegado al punto de conocer tu propio encantamiento. Lo sospechas no más. La primera vez que te vi, en la fuente, te lo dije y me tuviste por loco... Ahora no piensas lo mismo.
Dio Pascuala un gran suspiro, dejando caer sus miradas al suelo. Sin levantarlas, murmuró esta pregunta:
--Dime, Gil: ¿estar encantada es lo mismo que estar enamorada?
--No es lo mismo; pero hay gran parentesco entre el encanto y un vivo amor. Como aquella tarde te dije, estás en el crepúsculo de tu memoria, del recuerdo de tu ser tal como fuiste antes de ser traída al estado presente.
La actitud hondamente pensativa de Pascuala era como la de quien exprime con ahinco su memoria para obtener de ella una imagen, una luz. Por fin, suspirando con más fuerza, como bebiéndose y expulsando todo el aire que la rodeaba, dijo así:
--Por momentos paréceme que algo recuerdo; por momentos que no recuerdo nada.
--Ya recordarás, ya te convencerás.
--Pero dime: ¿en tal estado nos hallamos porque a él nos traen?
--Sin duda.
--¿Quién?... ¿hechiceros?...
--O seres divinos, que con ello no quieren hacernos daño, sino mucho bien.
Pascuala cruzó dedos con dedos, y enlazadas fuertemente las dos manos, las puso sobre el hombro de Gil, cargando sobre él el peso leve de sus brazos y el grave de su busto. En tal actitud puso su penetrante mirada en los ojos de él, y con intensa seriedad le dijo:
--Pues quien nos ha encantado que nos desencante, Gil. ¿Quién puede hacerlo?
--La Madre.
--¿Qué Madre es esa?
--La tuya y la mía, la de todos...
--Pero esa Madre, ¿dónde está? Yo no la veo.
--Es nuestro ser castizo, el genio de la tierra, las glorias pasadas y desdichas presentes, la lengua que hablamos...
--¿Dónde está esa Madre?
--Aquí, en todas partes. Vendrá... se dejará ver si la llamamos con la voz piadosa de nuestro amor.
Oído esto, Cintia se levantó. Era hora de volver a su casa. Pasándose la mano por la frente y recogiendo de ella ideas quiméricas, las cuales arrojó al viento con gesto de diosa que se personifica en materia humana, expresó la triste orden de separación:
--Mira, Gil: que las últimas palabras tuyas y mías que hemos de decir esta noche, sean para fijar nuestro destino.
Juntaron sus cuatro manos. Gil dijo así:
--No necesitas jurar. Mándame que te siga, y basta.
--Quiero y mando. Sabrás por Felipa el día que salga con mis tíos. Si no cambian de ventolera, partiremos pasado mañana a la hora del alba. Aquí no nos veremos ya.
--Pero allá sí... Yo debo jurar, Cintia. Por la Madre tuya y mía, te juro que, encantados o desencantados, serás mi mujer. Adiós.
Se besaron como los ángeles, y la oscuridad de la noche asumió las dos figuras... una por acá, otra por allá.
XII
Del conocimiento que hizo Gil con el industrioso mercader Bartolo Cíbico.
Trabajando en la cantera con desordenado empuje, el buen Gil dejó que las manos se entendieran solas con las piedras, sin el gobierno de la voluntad, y ardía en estos y otros coloquios consigo mismo: «Buscaremos a la Madre... Madre, ¿dónde estás? ¿Te has subido al Moncayo, que es tu más alto trono, de donde puedes mirar a Castilla y Aragón?... Pero si allí estás, ¿cómo hemos de subir a la cima de ese monte mi Cintia y yo, que somos criaturas mortales, aunque encantadas?... Pensando, Madre, pensando dónde podríamos encontrarte, se me ha ocurrido que tú no solo habitas en las cumbres geográficas, sino en las cumbres históricas. ¿Estarás en Numancia, quiero decir, en lo que fue Numancia, que si algo queda de ella tú sabrás dónde está? He oído que cerca de Soria yace soterrado el cuerpo glorioso de aquella ciudad. Allá, allá iremos a buscarte.»
A la hora de comer, le llevó Felipa el recado de que Pascuala saldría con sus tíos al amanecer del siguiente día; y sabido esto, Gil no fue a la cantera más que para despedirse. Sorprendió a los compañeros y al capataz la despedida del mozo, a quien todos querían por su trato sencillo y buena conducta. A las explicaciones que se le pidieron, contestó que su oficio era modelador de yeso y estuquista, y que de Soria, donde tenía parientes, le habían propuesto trabajar en una obra de la Diputación, con jornal de cuatro pesetas para arriba... Antes de ir al parador, enterose bien del camino que había de seguir; y recogida y bien liada su ropa en el hatillo con correas, se puso en marcha. Si los tíos de Pascuala partían al alba, él les tomaría la delantera, saliendo de Ágreda antes de media noche, y así les ganaba camino para igualar en lo posible la diferencia de andadura, pues los Borjabades iban en carro y él no tenía más coche de ruedas que el de san Francisco.
Caminando ya con firme paso por la carretera de Soria, sus pensamientos pueden ser verbalizados de esta manera: «Parece que tengo libertad y no soy libre... Dentro de mí siento el hierro, siento la coraza del encantamiento, que no me impiden correr hacia la ideal Cintia para unirme con ella; pero que no me dejarían seguir otra dirección si tomarla quisiera. Encanto y amor van unidos, lo que es doble esclavitud y dulzura doble. Confortado por el amor, no temo los duros trabajos, ni la humillación, ni la miseria. Concédame la Madre vivir con Cintia en el hueco de una peña, como los aborígenes que vinieron acá con mi abuelito el hijo de Japhet, nieto de Noé. Viviremos en salvaje independencia, ignorados e ignorantes del mundo... Criaremos un rebañito de cabras; yo seré cazador... Domesticaré halcones y gerifaltes para resucitar la muerta y olvidada caza de cetrería... ¡Oh encanto de encantos!...»