El caballero encantado (cuento real... inverosímil)
Part 22
--Sí --significó el otro--. Soy su pariente en décimo grado por la rama de Aragón. Las confianzas que tiene conmigo no las tiene con nadie... Aquí se nos presentó anoche. Yo dormía. Me despertó un ruido de catarata... Salté, salí... Encontré a mi Señora en este mismo sitio donde ahora estamos... Con interés vivo me preguntó por ti... contome lo del alumbramiento de tu mujer, a quien tiene en grande estimación por su talento y virtudes... Luego hacia ti resbaló la conversación... Dice que eres de buen natural, con el grave defecto de arrebatarte fácilmente. Te dará de alta cuando la _cura del silencio_ te haya secado la vena del decir ocioso. Yo abogué por ti... Vaciló nuestra Señora... Por fin, cediendo a mis ruegos, diome licencia para llevarte mañana conmigo...
--¡Mañana!... ¡salgo mañana de esta redoma! --exclamó Gil, si exclamar es abrir la boca extremando la elasticidad de los labios--. Tanta dicha me trastorna, querido Azlor... No podré contener las ganas de alzar el grito, de cantar un himno a la libertad...
--¡Silencio... por los clavos de Cristo, silencio! Sigue mi ejemplo, querido Tarsis. Ya ves que soy muy callado.
--Ya lo veo.
--Condición precisa impuesta por la Madre: saldrás conmigo si poniendo un punto en tu boca demuestras haber ganado borla de doctor en la Facultad del buen callar... A esta triste morada vienen los que por hablar demasiado ahogaron en océanos de palabras la voluntad y el pensamiento de la vida hispánica. Casi todos los que ves aquí son oradores... Hablaron mucho y no hicieron nada. Maestros son algunos de la palabra altísona, fascinadores públicos, que con la magia de su arte y la diversidad de sus retóricas convirtieron la torre de la elocuencia en torre de Babel... Y el más notado de nuestros compañeros, ese que llamas _el Conde de Orgaz_, tres veces fue dado de alta, y otras tantas volvió acá, por reincidencia en el vicio que le devora. No es propiamente orador, sino hablador. Su elocuencia consiste en despotricar con gracia y facundia, refiriendo vida y milagros de cuantas damas y caballeros hay en la Corte, y aderezando su maledicencia con chistes sangrientos y reticencias traperas. Entiendo yo que ese no se curará jamás. Por su vejez en cierto modo gloriosa en el ciclo picaresco de nuestra raza, es el único a quien se concede aquí el uso de los naipes. Se pasa los días sinódicos, que son meses, haciendo solitarios...
--No quisiera verme en tan duros castigos --dijo Tarsis--; y para que me saquen pronto de aquí, y no vuelvan a traerme, pondré en mi boca cuantos puntos y puntadas sean menester... Da pena ver a estos que fueron habladores convertidos en pececillos, sin otra señal de vida que el ondear perenne en las curvas del cristal, sin otro lenguaje que el abrir y cerrar de bocas, como un signo confesional de la religión del bostezo... Ya rabio por salir... Dime cómo se sale y cómo cambiamos de ropa, pues con este empaque pisciforme no podríamos volver al mundo sin que nos apedrearan.
No fueron muy explícitos los informes que el caballero Azlor dio al caballero Tarsis acerca de la salida de la reclusión. Primero dijo que los absueltos eran sacados con un aparato de pesca; después, que se escabullían subiéndose al techo de una de las habitaciones, o que en la circular tapia cristalina del jardín había una puertecilla, un torno, una trampa... La propia indeterminación se advierte en el relato del fraile franciscano tan descalzo como erudito. El santo varón quiere describir el cómo y dónde de la salida, y se hace un lío... En un pasaje de su cronicón asegura que vio salir a muchos con el traje fresco que usaba nuestro padre Adán en el Paraíso, y en otro habla de que los echaban con un aparato de noria, vestidos con la ropa que trajeron al entrar. Forzoso es prescindir de estas referencias equívocas en lo accidental, y atenernos a las fundamentales aseveraciones del reverendo; que si el tal dejó fama de _trolista_, inventor de cuentos para la infancia, también la tuvo de gran teólogo y comentador de los sagrados libros.
Bajo la fe y autoridad del religioso cronista, puede afirmarse que a media mañana de un claro día (no hay indicación de fecha ni cosa que lo valga) se encontraron Azlor y Tarsis fuera del cristalino palacio, y que lo primero que se les vino a las mientes fue cambiar de ropa, pues aún llevaban las sotanas de color purpúreo, de tela suave y escamosa. El caballero Azlor propuso, con buen acuerdo, que se encaminaran a su finca, camino de Añover de Tajo, donde fácilmente se limpiarían de aquella piel ictínea, pues no era decente presentarse en el mundo como escapados de un _aquarium_. Dicho y hecho. En tres cuartos de hora llegaron a las posesiones de Azlor, donde hallaron abrigo, comodidad y servidumbre hacendosa. Como ambos caballeros tenían la misma talla y carnes, con ropa del uno se vistieron elegantemente los dos.
--Al cumplir mi condena --dijo el que ya no se llamaba Gil--, no me sentiré dichoso si no logro complementar mi vida. Y te aseguro que me estorban estos cuellos y esta corbata, y el traje todo que envuelve mi humanidad. Cree que me siento celtíbero... Espero con ansiedad la impresión que ha de causarme la gente que hace tiempo perdí de vista. Sus ideas entiendo que han de parecerme extrañas y en pugna con las mías.
--En igual situación me encuentro --replicó el otro--. Puedes creer que me cargan los guantes. Me siento visigodo... Pero ya nos arregostaremos, como se dice por allá... ¿Y qué hacemos ahora? La Madre me ordenó que volvamos a nuestras viviendas, como si de ellas hubiéramos salido ayer. En tu casa y la mía encontraremos lo que dejamos, y nuestra ausencia no habrá sido notada. Esto excede al desatino de los más locos ensueños; pero así ha de ser... quien manda, manda. Vayamos a Madrid penetrándonos de que esto no es más que un despertar, un abrir de ojos, que nos pone delante el mundo que desapareció al cerrarlos por cansancio... o del sueño.
--Así es --dijo Tarsis, ya metidos los dos en el automóvil y corriendo hacia la Sagra--. Pero fíjate en una cosa, Pepe. Lo primero que tenemos que hacer, para que no se rían de nosotros, es enterarnos bien del día en que vivimos. ¿En qué fecha estamos, en qué mes, en qué año? La estación parece otoñal. Están rompiendo la tierra en los barbechos... Por Dios, Pepe: pregúntale a tu _chauffeur_. Es ridículo no tener idea del tiempo que hemos pasado en presidio.
--Ya buscaré yo un discreto modo de hacer la pregunta sin que parezcamos tontos o desmemoriados insubstanciales --dijo Azlor--. Si he de decirte la verdad, creo que no debemos preguntar nada, y esperar a que la conversación corriente nos descifre el enigma.
--¡Pero el año, Pepe, el año...!
--Lo sabremos por los primeros almanaques que nos salgan al rostro... Todos los años son iguales a un año cualquiera.
A medida que avanzaban hacia la Corte, en el cerebro de uno y otro iban recobrando su casilla las ideas que dispersó el interregno vital. Diríase que eran ideas proscriptas que volvían al hogar patrio. Esto que ocurre cuando regresamos de un largo viaje, en aquel caso fue como un despertar del ensueño a la realidad, lo que no siempre es grato. Así lo pensaba el buen Tarsis, que se entristeció sintiendo entrar en su memoria los nombres e imágenes de todos sus amigos y relaciones de antaño, y viendo resurgir su anterior y nada meritoria existencia... Arrastrados por la fogosa gasolina, pasaron como huracán por Illescas, Torrejón de la Calzada, Parla, Getafe. Acortando marcha, hicieron su entrada en Madrid por el puente de Toledo, y esquivaron la puerta y calle del mismo nombre, torciendo por las Rondas en dirección de las barriadas del Este... En la imaginación de Tarsis, todo lo que veía se le representó como cosa despintada, como artificio que funcionaba torpemente, como semblante triste mal embadurnado de alegría.
--¡Oh, Madrid, patria mía! --exclamó--. Con más gusto entré en Boñices.
XXVII
Con el desencanto de _Asur_ terminan, por hoy, estas locas aventuras hispánicas.
Avanzando por los Paseos del Botánico, Prado y Recoletos, ambos caballeros empalmaban rápidamente la realidad con sus desencantadas personas.
--No olvides --dijo Azlor--, que mi tía nos espera esta noche. Allí iremos a pasar un rato.
--¡Ah! sí: la Ruy-Díaz --murmuró Tarsis atormentado por su memoria, la memoria del vivir nuevo--. Hemos resucitado en el punto donde fenecimos. En casa de tu tía estuve la noche anterior a mi encantamiento. Esto es despertar en la misma postura en que nos dormimos... Pues no me disgusta esta manera de anudar el hilo roto de la existencia normal. De la casa de tu tía conservo dulces remembranzas. Allí conocí a personas que se me metieron en el corazón, y en él moran todavía. Allí, si mal no recuerdo, tuve el gusto de ver a una dama distinguidísima, de cabellos blancos, tan seductora por su talento como por su exquisito trato, la Duquesa de Mío Cid...
--Es mi tía en décimo grado, por la rama de Aragón. No sé si estará en Madrid. Viaja de continuo, y las ruedas de su automóvil se saben de memoria todo el mapa de España. Su _chauffeur_ es un espíritu genial, engendrado por el tiempo en las entrañas de la Historia... ¿Qué haces, Tarsis? ¿Te duermes?
--Cerrando los ojos comprendo mejor lo que dices... ¿Dónde estará en este momento tu excelsa tía en décimo grado?
--Me figuro que está en tierras de la Coronilla, a la parte de allá del Moncayo.
--Ayer dormía en aguas del Tajo; hoy se solaza en los brazos del Ebro.
--Son sus maridos... son sus amantes predilectos... Cada día le nacen mil hijos... los cría en los dorados trigales, en los barbechos fríos, a una y otra banda de Mulhacén, de Gredos, de Peñalara, de Montesdeoca, y en el sin fin de pueblos ricos o miserables; aquí mismo, en este Madrid picaresco, los cría y los mata... Yo también me duermo, Carlos; yo me meto en la hondura del pensar que ennoblece...
--Salgamos, sí, del árido pensar que nos vulgariza. Tu tía nos ha enseñado la ciencia compendiosa del vivir patrio. Hagamos honor a sus lecciones. Seamos hombres, no muñecos de resortes gastados.
Hablando así, llegaron a la casa de Tarsis, donde este se quedó, mientras el amigo a la suya, no lejos de allí, se encaminaba. Quedaron en reunirse de nuevo a las ocho para comer en el Viejo Club, desde donde se irían tranquilamente al palacio de Ruy-Díaz. En su vivienda entró _Asur, hijo del Victorioso_, y supo disimular su emoción, afectando ante la servidumbre la frialdad de los actos corrientes, y el donoso ajuste del hoy con el ayer. Todo lo encontró tal como lo dejara en una fecha remota, cuya distancia en los renglones del tiempo no podía precisar... Algunas cartas vio en la mesa de su despacho, y entre ellas una que le hizo el efecto de un tiro... hay tiros de júbilo. En el sobre reconoció la fina, correcta y elegante letra de la maestra de párvulos de Calatañazor. Con garra de león rasgó el sobre; con ojos ávidos leyó lo siguiente:
«Caballero Tarsis: ya sé que está usted libre, y que ha dejado en las orillas del Tajo su fingida personalidad de salmonete para recobrar su verdadero ser y estado social. Mi enhorabuena. Yo también he soltado en el claro Henares mi rusticidad y pobreza; ya me han traído a lo que fui, bien corregida de mi orgullo, y del desprecio con que miré a los que no poseían caudales como los que por herencia, no por trabajo, poseo yo... Al venir de mis galeras no he venido sola. He tenido un hallazgo precioso que quiero mostrar al caballero _Asur, hijo del Victorioso_. Quien sigue los pasos de _Asur_ me ha dicho a dónde va esta noche. Allí me encontrará y hablaremos. Se ríe en las barbas de usted su amiga, la desdeñosa americana, -- _Cintia_.»
Fulgurante de alegría Tarsis exclamó:
--Madrid mío, ¡qué bello eres! Dentro de un rato me darás la compensación de las horribles noches de Sigüenza y Pitarque.
A las diez dadas, entraban Azlor y Tarsis en el palacio de la Duquesa de Ruy-Díaz, morada tan espléndida como artística; todo era allí rico sin chillería, de suprema distinción, en el tono justo de la verdadera elegancia. La Duquesa, ya bien entrada en la madurez de la vida, perfecto tipo de la modestia señoril, recibía y obsequiaba a sus amistades con gracia exquisita y afable naturalidad. No lejos de ella, la Duquesa de Mío Cid contaba en un grupo de señoras las peripecias de sus últimos viajes por abandonadas tierras de nuestra España, y las picardías y desafueros de unos gigantes malignos que llaman Gaitanes, Gaitines y Gaitones... Vio Tarsis muchedumbre de damas elegantes, las unas bonitas y jóvenes, las otras de mediana edad, bien compuestas y restauradas de rostro y talle; vio caballeros de distintas cataduras, esbeltos, gordos, esmirriados, profundamente serios o superficialmente festivos.
A los más fue saludando Tarsis con frase afectuosa de etiqueta corriente. Su imaginación exaltada reprodujo en algunas figuras otras de muy distinta esfera que había visto y tratado en su azarosa vida penitencial. Una de las damas era propiamente la _Usebia_ de Aldehuela de Pedralba, adobada la belleza campesina con blanquetes cortesanos, enmendado el talle bárbaro con cincha de ballenas. El prurito de las semejanzas llevó a Tarsis al delirio. Entre los caballeros vio la procerosa estampa de don Alquiborontifosio rediviva en la figura de un académico melenudo y cegato. Observando aquella gente, sin sentir hacia ella menosprecio ni aversión, llegó a posesionarse de la síntesis social, y a ver claramente el fin de armonía compendiosa entre todas las ramas del árbol de la patria.
Explorando con avidez la muchedumbre, el caballero distinguió a Cintia en un grupo lejano, rodeada de lindas jóvenes y galancetes empalagosos. Si aún fuera lícito aplicar a esta verídica narración los fenómenos de picaresca hechicería, podría decirse que Tarsis vio la celestial risa de su amada antes de ver su rostro. Pero estas licencias hiperbólicas no cuelan ya. La vio; fue hacia ella en momento propicio para un discreto coloquio. La selecta concurrencia se agolpaba con cierto desorden en el Salón de Música, donde un famoso pianista extranjero, de copiosa pelambre y maravillosos dedos, había de idealizar la reunión con sonatas clásicas. El caballero español y la gentil americana lograron situarse juntos en un rincón distante del _Pleyel_. Las teclas del admirable instrumento y las manos del _virtuoso_ eran trama y urdimbre del sublime tejido musical en que se prendía y enganchaba la sutil atención de todos los presentes.
Gran psicólogo es Beethoven y portavoz ecualitario del humano dolor, exhalado de las almas humildes como de las que se tienen por linajudas... Abandonando sus oídos a la onda musical, y dejándolos que en ella se anegaran, Cintia y su caballero a un tiempo tocaban y oían la música de sus almas. Sin molestar a los circunstantes hallaron modo de secretear cuanto quisieron, y de comunicarse con susurro _pianísimo_.
--Ya sabía yo --dijo él-- que al volver usted de las galeras, no ha venido sola.
--Caballero Tarsis --replicó Cintia sofocando su risa con graciosos morritos--, ¿cómo se atreve usted a ofender mi delicadeza ... mi pudor, mejor dicho, hablándome de un asunto que debiera confundirme... que debiera avergonzarme?
--Antes que me lo indicara en su carta, sabía yo que se ha traído usted un precioso chiquitín.
--Bueno, bueno... dejo a un lado el rubor; recobro mi sana franqueza; declaro que es cierto lo de la criatura, y que ella es mi felicidad...
--Seamos ambos sinceros, como nos lo ha enseñado nuestra Madre, y tú por tú, hablémonos como en las dichosas horas del parador de Atienza. Pareció la ardilla del gran Cíbico; ha parecido también la verdad que buscábamos, y la culminante verdad no puede ser otra que el amor nuestro... nacido antes del encantadijo, alentado con fuego pasional en los días de penitencia y expiación... en la _Dehesa_ de Ágreda, en Numancia gloriosa, en Calatañazor de triste memoria, en...
--Basta, caballero Tarsis... --dijo Cintia contraída en dulce seriedad--. Pues hemos vuelto a la vida normal, cesen las bromas. Sin reírme, digo que el niñito lo tuve de un mozarrón muy bruto que trabajaba en la cantera de Ágreda... Fui su mujer en cuantito me sacó del cautiverio de los Gaitines.
--Pues el bruto soy yo. Me llamo Gil.
--Y yo soy Pascuala. Nuestro chiquitín parece que viene muy listo. Pronto le enseñaré yo a decir _che, i, ene: chin_.
--Nació en Sigüenza... Debemos gratitud a la madre de Regino...
--Ella fue la madrina.
--¿Qué nombre le pusiste?
--_Héspero_, en memoria de nuestra Madre.
--Muy bien. ¿Has visto a la Madre? Aquí está.
--La vi... Hablamos un momento. Me dio un recadito para ti... Que me quieras mucho... que velará por nosotros. ¿Y tú, has visto a tu pariente Torralba de Sisones?
--Sí: nos hemos saludado. Yo me digo: ¿por qué a la Madre benéfica no se le ha ocurrido encantar a ese idiota?
--Los perversos y los tontos rematados no son susceptibles de encantamiento. La Madre impone su corrección a los hijos bien dotados de inteligencia, y que sufren de pereza mental o de relajación de la voluntad. En la naturaleza corregida de estos elementos útiles, espera cimentar la paz y el bienestar de sus reinos futuros.
--Bendita sea mil veces.
--Otra cosa tengo que decirte... ¿Sabes que mi tío Borjabad, aquel gaznápiro que fue mi arráez en las galeras, encontró al fin la mina que buscaba?
--¿De veras?
--Espérate un poco. El hombre _ajondaba_, como decía Cíbico, y _ajondando_ llegó hasta la capa terrestre de mi patria, Colombia. La mina era de plata, y apareció en mis dominios. Soy ahora más rica que antes.. Tú, según dice la Madre, eres más pobre. ¿Pero qué nos importa? Nuestros bienes son comunes, y entre nosotros no puede haber ya _tuyo y mío_... Haremos grandes cosas, ¿verdad?
--Desecaremos las lagunas de Boñices, y sobre la pobre aldea edificaremos una gran ciudad.
--Construiremos veinte mil escuelas aquí y allí, y en toda la redondez de los estados de la Madre. Daremos a nuestro chiquitín una carrera: le educaremos para maestro de maestros.
--Y en la plaza de Nueva-Boñices pondremos la estatua de Alquiborontifosio de las Quintanas Rubias.
--Y a Cíbico le traeremos a nuestro lado...
--Y al gran Becerro nombraremos archivero mayor de todos los reinos descoronados... con un sueldo que asegure su existencia estudiosa...
--Y a la ardilla de Cíbico la nombraremos monja honoraria de todos los conventos.
--Y convertiremos en barrenderos o en repartidores de periódicos a todos los Gaitanes, Gaitines y Gaitones...
--Eso y mucho más haremos... Cuidado... parece que termina el concierto...
--Sí... aplaudamos. No digan que somos insensibles a la buena música.
--Yo aplaudo a rabiar.
--Ahora, vida y alma mía, despidámonos... tú primero, yo después... y quedemos de acuerdo para salir juntos. ¿Tienes en la calle tu coche?
--Sí... saldremos juntos. ¿A dónde iremos? ¿A tu casa o a la mía?
--Por de pronto a la tuya, Cintia. Esta noche cantaremos el _Gloria in excelsis_, y adoraremos a nuestro Niño Dios.
--Está bien. Vámonos a mi casa, Gil, que ya es tuya, como la tuya es mía... Y mañana...
--Mañana y siempre juntos... Despídete... Aquí te espero.
--Ya me he despedido... Ahora tú... Nos encontraremos en la antesala...
--Ea, ya estamos en franquía. Te doy el brazo para bajar la escalera...
--Ya bajamos... Despide tu automóvil... ya entramos en mi coche... Abracémonos y besémonos cuanto nos dé la gana...
--Ya era hora... Llegamos a tu casa.
--Ya subimos... Entra... Verás a _Héspero_... Pasa... Aquí le tienes dormidito...
--Ya lo veo: ¡qué ángel! Es mi retrato...
--Boca y nariz, tuyas... La frente y ojos son de la _Madre_.
--El alma tiene de ella... Cintia, cenaremos.
--Cenaremos, descansaremos...
--Descansaremos... Siento aquí la presencia invisible de nuestra Madre que nos manda repoblar sus estados...
FIN DE EL CABALLERO ENCANTADO
~Santander-Madrid, julio-diciembre de 1909.~
ÍNDICE
Páginas.
I.--De la educación, principios y ociosa juventud del caballero. 5
II.--Que trata de las amistades y relaciones del caballero. 12
III.--Donde se verá el interesante coloquio del caballero Tarsis con sus amigos. 22
IV.--Cuéntase la rigurosa desdicha del caballero, seguida de sucesos increíbles. 36
V.--Siguen los prodigiosos y disparatados fenómenos, hasta determinar lo que es final y principio. 49
VI.--Donde verdaderamente empiezan las verdaderas e inverosímiles andanzas del caballero encantado. 57
VII.--De la venida de don Gaytán de Sepúlveda, con otros inauditos sucesos que verá el que leyere. 70
VIII.--Prodigiosa y familiar conversación que tuvieron el caballero y la Madre desconocida. 84
IX.--Continúa el coloquio entre Gil y la Encantadora. 97
X.--De la blanda vida pastoril, pasa el caballero a vida más dura. 108
XI.--Donde brillan con toda claridad la ternura y discreción de la hermosa Cintia. 121
XII.--Del conocimiento que hizo Gil con el industrioso mercader Bartolo Cíbico. 130
XIII.--Prosiguiendo en su vaga peregrinación, el encantado caballero va camino de Numancia. 145
XIV.--De la increíble presencia del espíritu de Becerro en las gloriosas ruinas, y de sus hechos y dichos. 156
XV.--De lo que vio el caballero en el osario de Numancia. 168
XVI.--Refiérense nuevas aventuras y desventuras del caballero peregrino. 183
XVII.--De las extraordinarias visiones, y del feliz encuentro que tuvo el caballero en su retirada de Calatañazor. 199
XVIII.--Refiérese lo que el caballero vio y oyó en el mísero y olvidado lugar de Boñices. 212
XIX.--Donde se cuenta el terrible encuentro del caballero con un desaforado gigante, y cómo luchó con él y le dio muerte, con otros sucesos interesantes. 230
XX.--De cómo pasaron el caballero y sus amigos de la esclavitud de los Gaitines a la no menos insolente y dura de los Gaitones. 245
XXI.--Donde se verá cómo principió el espantoso vía-crucis y horrendo calvario del caballero sin ventura. 258
XXII.--Refiérense, con el vía-crucis del caballero, las escenas de pobretería en el corral de Pitarque. 276
XXIII.--De cómo las picantes aventuras se vuelven dolientes y trágicas. 293
XXIV.--Allá van los peregrinos, de tierra en tierra, de río en río. 307
XXV.--Cuéntase lo que le pasó al caballero en la redoma de peces, con otros raros sucesos y visiones. 320
XXVI.--Del encuentro que tuvo _Asur_ con otro aristócrata, y de lo que hablaron por señas previniendo su desencanto. 331
XXVII.--Con el desencanto de _Asur_ terminan, por hoy, estas locas aventuras hispánicas. 340