El caballero encantado (cuento real... inverosí­mil)

Part 18

Chapter 183,886 wordsPublic domain

--A tal miseria han venido a parar mis cincuenta y más años de magisterio en Aliud primero, después en Torreblascos, y por fin en el moribundo lugar de Boñices. Vea usted el premio que dan a una vida consagrada a la más alta función del Reino, que es disponer a los niños para que pasen de animalitos a personas... y aun a personajes, que yo con documento puedo atestiguar... carta canta... que en Buenos Aires, en Méjico y en otras partes de las Indias, viven ricachones que fueron desasnados por mí, y que bajo mi palmeta, hoy en desuso, aprendieron a distinguir la _e_ de la _o_. Y en esas Cortes o Senados de Madrid, en que tanto se parla, algunos hay que llegaron cerriles a mis manos, y de ellas salieron bien pulidos de lectura y escritura, con algo de aritmética. Nadie me ha favorecido en este vía-crucis doloroso. Dos generaciones de Gaitines han pasado delante de mí con los oídos tapados a mis quejas, y solo me atendieron a medias y de mala gana cuando reclamaba yo dos años de atrasos, dos años de paga, ¡Señor! que me debía el Ayuntamiento. Los Gaitines han favorecido más la fábrica de aguardiente que la fábrica de ilustración. Y heme aquí errante, sin hogar ni más ropa que la puesta y esta manta, atenido a la caridad pública, rodando como las hojas muertas que lleva el viento, sin encontrar ni protección, ni pan, ni siquiera sepultura, pues cuando menos lo piense caeré muerto en lugar salvaje donde las bestias me pisen y los buitres me coman. ¡Oh, buitres, comedme y hartaos de mi carne podrida, y que os aproveche y hagáis buena digestión! Seréis más dichosos que yo lo fui. ¡Oh, niños, niños mil a quienes saqué de las tinieblas, al daros luz hice una generación de hombres ingratos!

Al terminar, limpiose una lágrima y siguió comiendo. Con la conversación del improvisado amigo fue recobrando el pobre viejo su normal temple, y _de sobremesa_ propuso a Gil que, pues habían yantado con sosiego, que compensaba la triste frugalidad, quedáranse buena parte del día en lugar tan apacible, recogiendo y almacenando en sus cuerpos el calorcillo de la hoguera, para tener reserva con que hacer frente a los fríos y desmayos que les esperaban. Así lo hicieron. Echose Gil a dormir, y a media tarde reanudaron su vida errante, llevándose don Quiboro en sus hondos bolsillos las patatas medio asadas y medio carbonizadas que sobraron del festín.

Caminando encontraron una pareja de mendigos: él, caduco y patizambo, con un voluminoso morral al hombro; ella, jovenzuela, canija y andrajosa, con un morral chico y una bandurria vieja. Trabaron conversación, y el hombre, que era muy parlero y comunicativo, les dijo así:

--Yo me voy a pasar la noche a Pitarque, que es alivio del pobre en esta tierra desamparada.

No había oído don Quiboro tal nombre, y pedidas explicaciones, el pordiosero las dio muy claras:

--Bien se conoce que no son ustés de por acá. Pitarque es un conventorro viejo de franciscos o dominiscos... no sé qué. Desde tiempo memorial está caído... la iglesia sin techo, lo demás apañado para casas de labor y lo consiguiente. Comprolo por pocos riales un granjero de Torremocha, que le llaman José Corvejón, y allí ha puesto taberna, algo de parador para personas y bestias naturales, lonja de bacalao y piensos... A la mano acá del monasterio hay un patio grande que fue mismamente claustro, donde salían a regoldar los frailes, acabado el refitorio. José Corvejón, que es hombre cristiano de suyo, porque, según dicen, vivió antes en necesidad, nos deja a los probes entrar en el patio, y nos da sarmientos y otras leñas comustibles para que hagamos lumbre y nos calentemos, y las más de las noches nos reparte la bazofia que sobra de los yantares de la posada... Si no tenéis vos mejor corral donde albergaros, venid con nosotros y lo pasaréis tan ricamente, que también suele haber quien eche al aire las penas con algún desperezo de seguidillas y danza...

--Sí, sí --dijo don Quiboro con desentonos de chochez infantil--. Iremos allá. ¿No piensa lo mismo el amigo? Si hay lumbre, un rincón para dormir, y alegría del pueblo, ¿qué más podemos desear?

Arreando a prisa, llegaron los cuatro cristianos vagabundos, ya de noche, al caseretón llamado Pitarque, donde ocurrieron sorprendentes sucesos y casos de risa y llanto, que conocerá el que tenga paciencia para seguir leyendo.

XXII

Refiérense, con el vía-crucis del caballero, las escenas de pobretería en el corral de Pitarque.

Cuando Gil, don Quiboro y la pareja de mendigos entraron en el corralón, de traza y vestigios de claustro, ya había en este gente pobre. En uno de los grupos reconoció Gil a los volatineros que había encontrado en el camino de Matalebreras; mas por el pronto no quiso darse a conocer. Formaban ruedo junto a su carro, en actitud de preparar la cena. Luego se hizo cargo del local paseando en redondo, y vio desde fuera la taberna, lonja y demás aposentos. Al volver junto a don Quiboro, recogiéronse, por indicación de este, en el ángulo más próximo a la puerta, donde unos sacos de paja les brindaban cómodo asiento. Liándose en su manta, el maestro dijo a su incógnito amigo:

--Aquí estamos como en atalaya. Por causa de mi corta vista no veo más que el resplandor de las hogueras que algunos encienden ya para guisar. Sirvan los buenos ojos de usted para descubrir ollas o sartenes, y ver si hay entre tanta gente un alma buena que nos convide.

--Sí habrá, señor don Quiboro --replicó el caballero--, y en último caso, nos convidaremos nosotros.

Antes que terminara la frase, fue tocado en el hombro por un sujeto, en quien al punto reconoció a su compañero de la cárcel de Sigüenza, Tiburcio de Santa Inés, el cual, soltando el chorro de su locuacidad, contó que se había escapado de la prisión por un patio interno, al cual pasó aprovechando descuidos del alcaide, y favorecido por un empleado del Ayuntamiento, amigo suyo. No creyó Gil prudente explicarle el cómo, dónde y cuándo de su recobrada libertad. A la pregunta de don Quiboro, «¿quién es este señor?» respondió Tiburcio:

--Yo soy una víctima de la justicia; a mí me han despojado de mis bienes los infames Gaitones, plaga de esta tierra, valiéndose de leyes retorcidas y aplicadas al mal... Antes de contarles mi caso, si quieren oírlo, dígame, señor anciano, si es usted de la curia, pues tal me ha parecido por sus gruñidos, sus guedejas y el metal apagado de la voz. Si es de la justicia, _abrenuncio_ y me voy al lado de enfrente.

--Cálmese, buen hombre --dijo con hueca voz don Alquiborontifosio--. Yo no soy de la justicia; soy de más abajo; pertenezco a la última fermentación de la podredumbre del Reino... Ya ve usted por mi pelaje cómo acaban los que, enseñando a la infancia, allanamos el suelo para cimentar y construir la paz, la ilustración y la justicia... Siéntese a nuestro lado y cuéntenos lo que quiera, sin dejar de echar una miradita a las ollas y calderos, que a mi parecer ya están puestos a la lumbre. Si esto es ilusión, no me la quiten los hombres de buena vista.

En los sacos de paja se sentó Tiburcio, a quien mejor que a nadie cuadraba el mote de _Pobrecito hablador_, y con fácil vena dio principio a su cuento, que no es fábula muerta, sino historia viva:

--Una huertecilla heredé de mi padre, y un prado muy bueno, y con ambos predios lindaba otra huerta de mayor cabida, perteneciente a Zacarías Escopete, consuegro de don Crisanto Gaitón... Hace un año dio Zacarías en la tecla de que yo le había de dar paso por mi huerta al carro que le llevaba el abono para la suya... Me resistí; no había memoria de tal servidumbre. Los amigos me aconsejaban que cediera, pues de no hacerlo, el vecino me causaría mayor perjuicio, por ser yo pobre y él un ricacho que hace de la justicia lo que le viene en gana... En mal hora me resistí, parapetándome en mi derecho. El parapeto de nada me sirvió, y el maldito Escopete me puso la demanda... Todos los vecinos se prestaron a declarar que en ningún tiempo habían visto que mi huerta fuera paso de servidumbre para la del otro... De nada me valió el testimonio de medio pueblo, y el juez municipal nombrado, como toda autoridad, por el Gaitón, a quien parta un rayo, sentenció condenándome a dar paso al carro y pagar las costas.

--¡Vaya por Dios! --exclamó don Quiboro--. Con apelar usted al juez de primera instancia, que forzosamente había de revocar sentencia tan absurda, estaba usted salvado.

--¡Que si quieres! Eso es lo justo; pero váyale usted con justicias a los hombres malos que sin más ley que su egoísmo oprimen al pobre.

--Tiene usted razón. Por eso ha dicho la sabiduría popular: _No vive el leal más que lo que quiere el traidor_. Siga.

--El juez de primera instancia, que es también hechura del Gaitón, fue y ¿qué hizo? Pues confirmar la sentencia y condenarme también en costas... Encontreme, como el otro que dice, con la soga al cuello. Del Juzgado me avisaron que fuese a pagar las costas, que eran doscientas treinta y tantas pesetas... ¡Ay, Dios mío, qué apuros! En la casa del labrador pobre suele haber frutos para ir comiendo; pero tal cantidad de pesetas no las hay sino en contados días... Dejé pasar el tiempo en espera de la fiesta del pueblo... buena ocasión para vender unos novillos... Cuando más descuidado estaba yo, el juez municipal recibe un oficio del otro juez más alto, ordenándole que me embargara las fincas por valor de quinientas pesetas, y el hombre no anduvo perezoso para la diligencia. Vino a mi casa y me embargó el huerto, y por si no era bastante, el prado... Nada, que por caridad no me embargó los zapatos y la camisa... ¿Qué hice? Pues salir a buscar quien me prestara dinero para levantar el embargo... ¡Qué dinero ni qué niño muerto, si el poco que hay lo tienen los ayudantes del verdugo, es decir, los criados del cacique! Viendo este desamparo, me dije yo: «Esperaré a la feria del _Corpus_, donde podré vender con estimación mis dos novillos»... ¡Que si quieres! No se me arregló el negocio, y esos villanos sacaron mis propiedades a subasta. Acudieron licitadores, echados a socapa por el consuegro del Gaitón, y pujando, pujando, elevaron el valor de mi huerto y prado a mil cincuenta pesetas, más del doble de lo que el Juzgado había pedido. Nunca mandan embargar de menos, sino de más, con idea de que sobre lo que se ha de comer la curia. Pero el juez municipal consultó al de primera instancia si desde luego debía entregar al embargado la demasía... A todo esto, yo, algo consolado, decía entre mí: «Si has perdido dos finquitas, te queda dinero para vivir a gusto una temporada...»

--Inocente era usted, amigo. Como si lo viera, el juez grande ordenó al chico que le mandara todo el dinero, inspirándose en aquel aforismo que dice: _Cobra y no pagues, que somos mortales_.

--Así fue... Venga el dinero, y luego, si algo sobra, se devolverá. Esto dijo el juez grande.

--Pero usted reclamaría...

--¡Oh, sí! reclamar es el oficio del español. Reclamé, y más me valdrá no haberlo hecho. Pasa tiempo. Viendo que nada me devolvían, fui y dije al secretario del juez municipal si algo sabía de mi asunto. Respondiome que no, y que me avistara con el escribano del Juzgado... Yo, tan tonto, me fui a Sigüenza... ¡pero qué tonto! El escribano me dijo que viera al otro escribano, que este acaso tendría el dinero sobrante... Vi al otro, y me dijo que no sabía nada... Volví al primer escribano... nada sabía tampoco... Y con toda mi paciencia me fui a ver al señor juez, el cual no recordaba el caso. Insistí. Díjome al fin que reclamara _en forma_. Corrí en busca de un abogado, el cual puso un escrito con muchas retóricas y perfiles, pidiendo que se hiciera tasación de costas, y pagadas estas con el importe de los bienes vendidos, ¡atiza! se me devolviera, ¡vuelve por otra! el remanente, _etcétera_...

»Disparado este cañonazo, me volví a mi pueblo, Rebollosa de Jadraque, y aguardé... naturalmente sentado... y en muchos días no supe nada. Preguntábanme los amigos, y yo les respondía como los escribanos: no sé nada, y no sabiendo nada estuve no sé cuánto tiempo. Así se trata en España al buen ciudadano, después de zarandearle para que vote, para que pague, para que grite: ¡viva el Rey, viva la Constitución!, a quien debemos llamar _la Pepa_, por lo que ella vale, y ¡viva la Libertad!, que también es buena castaña pilonga... Después de muy larga espera, un día veo entrar en mi casa al secretario del Juzgado municipal. Me brincó el corazón... Ya estaba yo viendo las quinientas pesetas pasando de sus manos a las mías. ¡Jesús! tan me lo creí, que pensé convidarle a unas copas... Y como le vi meter mano al bolsillo, echeme a reír de gozo, y... Nada, que si apuesto a tonto, no hay quien me gane... Pues lo que sacó del bolsillo aquel perro fue un papel de uno de los escribanos del Juzgado grande, en que le decía que hiciera el favor... ¡para favores estábamos!... que hiciera el favor de decirme que a la mayor brevedad... ¡a prisita que llueve!... me presentase a pagar veintinueve pesetas más sobre el importe de la tasación de costas pedida por mí... y que si no iba pronto... ¡ni que fuéramos a sofocar un fuego!... que si no iba pronto, me embargarían otra vez... Y aquí se acabó mi cuento. _Colorín colorao._.. Y se acabó, porque la pillería de los Gaitones y Escopetes me despojó de mi propiedad, ayudada de la Justicia, que aquí es la máscara que se ponen los malos para que el latrocinio parezca ley. Así los lobos se disfrazan de pastores, y los cepos y trampas están hechos con trazas legales para que fácilmente caigamos, y en ellos dejemos hacienda y vida. ¡Ay, señores, de la pena que tengo, ya ni llorar sé!

Oyó este triste lamentar don Alquiborontifosio con grave actitud de meditación, cerrando los ojos, y pasado un ratito dejó caer de sus labios esta opinión estoica:

--Si sobre las propiedades perdidas, señor mío, tuvo usted que poner veintinueve pesetas de añadidura para que le dejaran en paz, es usted fiel intérprete de la doctrina de Jesucristo, que dijo: _Al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también la capa._ (_San Mateo._)

--¿Eso dijo Nuestro Señor Jesucristo? --replicó Tiburcio pasmado y confuso--. Pues ahora me entero. Vea usted cómo es uno santo sin saberlo.

--Santos sin saberlo somos muchos acá --dijo don Quiboro con amargura que le salía del alma--, y entre ellos me cuento, sin alabarme. Santos somos por la resignación, y porque no hacemos daño a nuestros enemigos.

--No soy yo de esos tan puros --dijo Santa Inés--. Acúsome, señor, del pecado de ira. Una piedra tiré al Gaitón que me despojó de lo mío; mas como no le acerté en la cabeza, poco mal le hice. Ayer, recobrada mi libertad, me acogí al sagrado de los Padres Recoletos, que tienen su casa entre Sigüenza y Baides. Recibiéronme con cariño; me ofrecieron hablar al señor Gaitón, y conseguir de él que me perdone la pedrada, con lo que basta para echar tierra al proceso. Los buenos Padres me protegerán para que tenga yo un modo de vivir. Haranme santero de un Niño Jesús muy milagroso que han traído de Roma. Vea usted cómo: ponen el Niño en una linda urna, vestidito de raso con lantejuelas. La urna es también cepillo; por encima tiene una hendidura para meter los cuartos; por de dentro una cajita escondida entre florecicas de trapo. Yo voy por los pueblos con mi Niño Dios y las personas buenas o atribuladas que desean algo se lo piden con devoción, y echan luego el memorial, que es perra grande o chica, cuando no peseta, metiéndolas por la raja de arriba... Bueno: pues de la limosna, los Padres me dan tercia o cuarta parte, según sea la recaudación, y siempre que yo vaya al convento a rendir cuentas, comeré con los legos en la cocina... y ha de saber usted que se dan buen trato.

--¡Oh, feliz mortal! --exclamó don Alquiborontifosio, mostrando en risa franca sus desdentadas encías--. ¡Qué bien te viene el sabio dicho popular: _Al cornudo, Dios le ayuda_!

En esto, Gil, que alejádose había del grupo, atraído de una visión y esperanza de condumio, volvió alegre con un platón de migas y cuchara, y mostrándolo al maestro le dijo:

--Ya nos ha favorecido la Providencia. Esto debemos a las buenas almas de aquellos volatineros que conocí en el camino de Matalebreras.

Gozoso y agradecido cogió don Quiboro el plato con una mano, y con la otra lo bendijo, echando sobre las calientes migas estas palabras sacerdotales:

--_Dios ayuda al cornudo y al testarudo_... Comamos, hijo, y participe usted también, señor santero del Niño Jesús.

Y el caballero, mientras los tres comían pasando la cuchara de mano en mano, celebró así el hallazgo de las migas:

--Buenas son y sabrosas, aunque no tanto ni tan abundantes como las que catamos usted y yo en aquella casa de Boñices... ¿No se acuerda?

Quedó un rato suspenso el buen don Quiboro, y de su asombro resultó este vivo diálogo:

--Dijo usted que me había visto en Boñices; mas no mentó la cena de migas en casa de la Fabiana. ¿Era usted de los mozos que alborotaron con jarana y demagogia? Como apenas veo, no he podido retener su fisonomía.

--Yo no alboroté, don Quiboro. Fíjese bien en mi cara, y me reconocerá como el escudero de doña María.

--¿Por qué no me lo dijo antes?

--Porque no vino a pelo, ni yo quería envanecerme como servidor de tan alta Señora.

--Y ahora, según creo, ha dejado usted el servicio de doña María, como los demás hidalgos y campesinos que vivían a su lado. Mejor que yo sabrá usted que a la gran Señora no le ha valido su nobleza y santa condición. Los renegados gobernantes hanla echado del castillo de Clavijo porque, al decir de ellos, no le correspondía vivir allí.

--Dispense, don Quiboro, si me río de usted por su ignorancia en lo tocante a mi Señora. Doña María no vive en Clavijo, y tiene por vivienda la redondez de la tierra española. Y como todo es suyo, los mandones no pueden echarla de ninguna parte si no es de sus propias almas, que a eso tiran ellos. Daránle mil pesadumbres y le amargarán la vida; pero no pueden decirle: «Madre, ahí te quedas», o «Madre, pasa de largo.»

--Por mi fe, que no lo entiendo. Habla usted como un demente, o esa Madre que nombra no es nuestra doña María. Yo le aseguro, porque lo he visto, que la Señora que cenó con nosotros en Boñices anda hoy errante por caminos y atajos, como usted y como yo. Salí de Boñices huyendo del hambre y la muerte, y a media legua más acá encontreme con doña María, acompañada de dos labradores que me obsequiaron con mendrugos y una sardina de cuba que sacaron de sus morrales. La Señora, compungido el rostro y encorvadita de cuerpo por la carga de sus penas, me contó lo que ha días viene padeciendo por las ingratitudes de sus desatinados hijos, que a la cuenta son un sin fin de hijos, y por la porquería dominante en lo que ella denomina sus reinos o estados, que eso no lo entendí, ni sé lo que puede significar, así me maten... Un rato seguí con ellos charloteando de nuestras desdichas. Por lo tardo de mi andadura tuve que quedarme atrás. Ellos siguieron... Esto pasó ayer tarde, horas antes de llegar a Guijosa, donde usted y yo nos hemos conocido.

Tal confusión produjo en la mente del caballero lo que acababa de oír, que no sabía si creer al honrado vejete, o tenerle por donoso embustero. Por momentos llegó a pensar que era un genio maléfico de orden inferior, de estos que tienen poder para desfigurar someramente las cosas, y secundar con hechicerías a la menuda las obras transcendentes de los grandes encantadores. Pensó que invitándole a unas copas, podría obtener de él revelaciones interesantes, con su poquito de magia blanquinegra. Instintivamente echó mano al bolsillo del pantalón, donde creía tener una bellota, con la cual pudiera comprar el vino, y los dedos ¡oh caso estupendo! encontraron buen número de ellas, que el tacto apreció en la docena mal contada. «Ya no puedo dudarlo --se dijo--: mi Madre está cerca... tal vez aquí.»

Con loca impaciencia recorrió en un instante todo el patio, examinando los grupos de hombres y mujeres. Metiéndose después en la taberna, miró todas las caras. Dos ancianas vio, y ninguna era la suya. Compró un jarro pequeño de vino, con casco y todo; añadió salchichón y medio pan, y al salir y cruzar frente al portalón, vio que por este entraban tres hombres atados codo con codo, conducidos por una pareja de la Guardia civil. Tembló a la vista de los tricornios; pero no viendo en ninguno de los guardias cara conocida, recobró su tranquilidad. Y examinados al punto los tres presos, solo uno hirió con fulgurante rayo su atención. Era Becerro, el gran erudito, el evocador de la Historia, el prodigioso mágico y demiurgo, por quien las cosas pasadas vinieron a lo presente, y el hoy anticipó las visiones de un mañana remotísimo.

¡Oh, Pepe Augusto! ¿qué fatales vicisitudes te llevaron al estado de abyección en que te vio tu amigo en el corral de Pitarque? El caballero no daba crédito a sus ojos, y pensó que la presencia del sabio, atraillado con criminales por la Guardia civil, era un caso de mentirosa hechicería... Corrió a llevar a don Quiboro el jarro de vino, el pan y salchichón, y no se detuvo a recrearse con la sorpresa y alegría del pobre viejo, que se apresuró a reparar su organismo dando parte a Tiburcio de Santa Inés... Viendo Gil que los guardias penetraban en la taberna, llevando por delante la cuerda viviente, allá se fue, con idea de interrogar a Becerro y cerciorarse de la realidad de su persona. Los de la Benemérita tomaban un bocado y bebían, sin perder de vista a los presos, que en un banco se sentaron, obsequiados caritativamente por el fámulo que allí despachaba. Metiendo el cuerpo entre los curiosos, llegó Gil hasta su amigo, y tocándole en el hombro, así le dijo:

--¿Cómo usted aquí, señor Becerro, atado y entre guardias?

Mirole el sabio, receloso y desconfiado. No le conoció. Gil pudo observar la escualidez hipocrática del rostro de su amigo, que más parecía momia semi-viva que persona moribunda. De sus ojos manaban lágrimas rojas, y en sus mejillas, lívidas manchas e hinchazones revelaban la mano y cinceles duros de algún escultor de _ecce-homos_. La cabeza descubierta mostraba en desorden los cuatro pelos que le reservaba Naturaleza, y el vestido que mal cubría su esqueleto era todo andrajos y jirones recamados de lodo. Contestando al desconocido piadoso, así habló el ínclito Becerro: