El aprendiz de conspirador

Part 8

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La discusión siguió así, en el mismo tono extremado y agresivo. Los demás oían y callaban, presenciando el duelo. Estaban frente a frente el torero y el toro, el cazador y la fiera, la violencia impulsiva de Zurbano ante la energía serena de Aviraneta.

No era posible dar una idea de la actitud y de las palabras de Zurbano; acostumbrado a mandar, la resistencia le irritaba; hablaba, accionaba, daba puñetazos en la mesa, se revolvía furioso; quería oir y, al mismo tiempo, acogotar al contrincante.

Aquel hombre era un admirable ejemplar de la violencia ibérica; su alma inquieta, tumultuosa, tenía algo de volcán en perpetua erupción.

Era el fiero cántabro, violento, exaltado, con un valor que llegaba a la temeridad, a la tendencia suicida, con una confianza grande en su estrella.

Esta confianza le hacía emprender aventuras absurdas. Una de ellas se la contó Mecolalde a Leguía en un alto de la discusión.

Unos meses antes, en Noviembre del año anterior, habían salido de noche unos doscientos hombres del batallón de Zurbano, desde Vitoria.

Al llegar cerca de Salvatierra, Zurbano dejó el grueso principal de la fuerza en una altura, viendo que el terreno que se presentaba ante ellos era pantanoso, y con veinte jinetes y doce infantes se metió sigilosamente en Zalduendo, ocupado por los carlistas. Zurbano sabía dónde estaba alojado el general Iturralde, y solo, envuelto en el capote, se dirigió hacia la casa. «Buenas noches», le dijo el centinela. «Buenas noches», le contestó el soldado.

Zurbano entró en el portal, subió la escalera, recorrió un pasillo y llegó a un cuarto donde unos veinte hombres, la mayoría oficiales carlistas, estaban jugando al monte.

El banquero tenía suerte: iba acumulando delante de sí una gran cantidad de plata y de billetes. Dió las cartas, y viendo que Zurbano no apuntaba, le dijo:

--¿Y usted no juega, compañero?

--Yo copo--dijo Zurbano; y se levantó y extendió la mano sobre la mesa.

--¿Quién es este hombre?--gritó Iturralde.

--¡Soy Martín Zurbano! Todo el mundo queda preso. Y sacó un trabuco que llevaba escondido debajo del capote.

Los jugadores quedaron sorprendidos; Martín, valiéndose de su sorpresa, se asomó al balcón y dijo a Mecolalde: «¡Eh, vosotros, venid arriba!»

Así prendió Zurbano al mariscal de campo del ejército carlista don Francisco Iturralde, a su mujer, a su hijo, a cinco oficiales y a cincuenta y cuatro personas más.

Estas gatadas eran frecuentes en el guerrillero riojano, que vivía sólo para la guerra, para la emboscada, para la sorpresa.

Aquel hombre, por lo que dijo Mecolalde, era insensible a los placeres materiales; no comía ni dormía. Era de una austeridad furiosa y salvaje.

Para que su genio fuera más irascible, padecía del estómago, y la enfermedad daba a su rostro, largo y fino, unas arrugas de melancolía; sus ojos, grises y azulados, brillaban con furor; la boca, de labios pálidos y rectos, denotaban un carácter de crueldad y de energía.

Siempre vibrante, siempre amenazador, Zurbano hablaba con un fuego extraordinario, con una elocuencia incorrecta, y a veces incoherente.

En aquel duelo de palabras entablado en el comedor de la fonda, Aviraneta se batía a la defensiva; parecía un aguilucho resistiendo las embestidas de un jabalí.

De pronto, los dos contrincantes se pusieron de acuerdo, pensando en la patria futura. Zurbano entreveía en el porvenir un mundo de justicia y de bondad, sin guerras, sin enemigos, sin violencias; Aviraneta estaba conforme; pero, para acercarse a aquel ideal, los dos consideraban que había de seguirse distinto camino. El uno creía que era indispensable marchar de frente, aniquilando las torpezas y las mentiras dejadas por el pasado; el otro pensaba que había que tomar por el atajo y atacar al enemigo de soslayo, cuando no se pudiese cara a cara.

IV

CONSEJO DE AMIGO

LA discusión se interrumpió por la entrada de un viejo.

Este viejo venía a saludar a Zurbano. Era un hombre alto, de bigote cano, facciones duras. Por sus actitudes parecía militar.

--¡Hola, Varea!--le dijo a Zurbano; porque muchos le llamaban por el nombre del arrabal de Logroño donde había nacido.

--¿Quién es usted?--preguntó Zurbano, bruscamente.

---¿No te acuerdas?... ¿No se acuerda usía de Caparroso, aquel cabo de Carabineros que un día le mandó parar a usía, amenazándole con el fusil, y que usía...?

--¡Rediós! ¿Eres tú?

--Sí, vivo aquí, donde está casado mi hijo.

--¡Cuánto me alegro de verte!

EL CABO CAPARROSO

Zurbano se levantó, se acercó al viejo y estuvo hablando con él. Mecolalde, que conocía muy bien la vida de su jefe, contó a Leguía y a Aviraneta lo ocurrido a Zurbano con aquel hombre.

El recién llegado había sido cabo de Carabineros y perseguidor de Zurbano en sus tiempos de contrabandista. El cabo Caparroso tenía fama de templado, y como Zurbano se le escapaba de entre las uñas, juró prenderle cuando le echase la vista encima. Un día, el carabinero lo vió en el monte, con dos mulos cargados de mercancías. Amartilló el fusil, y, saltando por entre las zarzas, se plantó delante de Zurbano, y, echándose el arma al hombro, gritó: «¡Alto! ¡Ríndete!» «Bueno, me rindo», dijo el contrabandista. «Hala. Tira para adelante», añadió el cabo. Martín comenzó a marchar con sus mulos hacia el pueblo. Al llegar a un recodo, la carga de uno de los machos se inclinó hacia un lado; Zurbano fué a arreglar la alforja, y con un movimiento rápido sacó un trabuco de debajo de la manta, y, apuntando al carabinero, gritó: «Ríndete tú ahora, o disparo.» El cabo Caparroso dijo al contrabandista que le perdonaba, que se fuera; pero Zurbano, riendo, contestó: «¡Ca!; ahora toma tú del ramal a las caballerías y llévalas hasta la cuadra de mi casa. Yo voy detrás.»

El cabo y Zurbano llegaron a Varea, y allí, Zurbano le ofreció al carabinero una buena cena y se hicieron amigos.

EL EMPECINADO Y ZURBANO

--Algo parecido le sucedió al Empecinado--dijo Aviraneta.

--¿Cuándo conoció usted al Empecinado?--preguntó Mecolalde.

Le conocí el año 13--contestó Aviraneta--. Peleé con él y con el cura Merino en tiempo de la guerra de la Independencia; luego luché, con una partida suelta, contra Merino, el año 23, y fuí, durante algún tiempo, secretario de campaña del Empecinado.

Todos los comensales se le quedaron mirando atentamente. A pesar de que aquel hombre no era viejo aún, pertenecía a otra generación: a una generación que en menos de treinta años había tomado un carácter legendario.

--¡El Empecinado!--exclamó Zurbano, que se había despedido del antiguo cabo de Carabineros y volvía a su sitio a la mesa--. He oído decir que fué siempre hombre de gran corazón y gran liberal.

--¿Era como Martín?--preguntó Mecolalde, a quien le gustaba sacar a relucir, siempre que podía, a su jefe.

--No, no.

Zurbano torció el gesto.

--Eran muy diferentes--siguió diciendo Aviraneta, mirando a Zurbano con su impasibilidad habitual--. Este Martín y aquel Martín, los dos han nacido guerreros, con el sentimiento de las sorpresas y de las emboscadas. En esto únicamente se parecen; en lo demás, muy poco. El Empecinado era como una encina de Castilla, robusta, fuerte, achaparrada; éste es como un pino alto y delgado; el Empecinado era más tosco, más pueblo; éste es... más fino, más aristócrata.

--¡Aristócrata yo!--exclamó Zurbano, sorprendido, y lanzó una blasfemia que hizo persignarse a todas las mujeres de la casa--. Sólo a ti se te ocurre decir esto.

--Sí, aristócrata. A pesar de tu rudeza aparente y de tus palabras, eres un aristócrata.

--¡Yo, que no llevo ni siquiera las insignias de mi grado!

--Por eso, porque eres aristócrata.

--¡Bah!

--El Empecinado era más humano; éste es más duro, más implacable; el Empecinado era francote, sencillo; éste es un zorro.

--Sin duda; porque desciendo de vascongados--replicó Zurbano con malicia, sabiendo que Aviraneta lo era.

--Quizá por eso. El Empecinado era como un niño, y lo hubiera sido siempre; éste es como un viejo; aquél no tenía ambición; éste la tiene; aquél era sano; éste, no.

EL HORÓSCOPO

Zurbano, que había seguido la comparación con cierta ansiedad disimulada, como hombre que oye un horóscopo en el que cree, quedó pensativo.

--¿De dónde sabes que yo no estoy sano?--preguntó.

--No lo sé. Lo supongo nada más. Cuando uno es un rabioso, un violento, es que no está sano.

--Eres inteligente, Aviraneta.

--Me tengo por tal; quizá sea una equivocación.

--Ves a los hombres por dentro; pero no progresarás.

--Lo sé.

--Comprenderás a la gente; pero eso no te servirá de nada. Alguno dirá: «Ese hombre tiene talento, tiene valor, tiene perspicacia...» Pero te sobra una cosa: la personalidad; eres demasiado Aviraneta; no sabes pensar en los demás; te falta otra: la suerte. Detrás de ti no irá nunca nadie; tendrás que estar siempre a las órdenes de un hombre que valga menos que tú: el inteligente te temerá, el no inteligente te despreciará.

--¿Es mi horóscopo?--dijo Aviraneta.

--Parecido al tuyo.

--¿Y qué debo hacer, según tú?

--Retirarte de la vida activa.

Aviraneta quedó pensativo, y una sonrisa de tristeza frunció sus labios.

--¿Te ha molestado?--dijo Zurbano, riendo y poniendo la mano en el hombro de su interlocutor.

--No; ¿por qué? El destino está por encima de los hombres.

--Pues véngate, pronosticándome alguna desgracia.

--¿Desgracia? No sé si la tendrás, Martín. Por lo pronto, desconfía de tu carácter. Eres un militar, un buen militar. Has hecho lo más difícil de tu carrera. Si prosperas, como prosperarás, querrán hacer de ti un político, y entonces...

--Y entonces, ¿qué?

--Entonces fracasarás, y podrás llegar a perder todo lo que has ganado, si no pierdes también la vida.

Realmente, Zurbano era de esos tipos en cuya frente parece leerse un destino trágico.

--Son ustedes pájaros de mal agüero--exclamó Mecolalde--; dejemos esto, y que traigan café.

EL ENTUSIASMO LIBERAL

Estaban tomando el café cuando delante del parador la charanga del regimiento de Zurbano comenzó a tocar el himno de Riego.

Zurbano, Aviraneta, Leguía, Mecolalde y los oficiales salieron al balcón.

Soldados y gentes del pueblo se habían amontonado delante de la casa. Uno de los soldados llevaba en la cabeza un sombrero de teja, grande, y repartía bendiciones, entre las carcajadas de los demás.

Cuando los jefes aparecieron en el balcón cesó el tumulto.

--¡Viva Zurbano!--gritó un hombre del pueblo con voz furiosa, levantando un garrote blanco en el aire.

--¡Viva!--repitieron varias voces, igualmente frenéticas.

Zurbano se estremeció; parecía un caballo encabritado.

--¡Riojanos!--exclamó con voz vibrante, agarrándose con las dos manos al hierro del balcón--. ¡Viva la reina!

--¡Viva!

--¡Viva la Constitución!

--¡Viva!

--¡Viva la libertad!--gritó Aviraneta.

--¡Viva!

La charanga volvió a tocar el himno de Riego aun con más brío.

Pello quedó asombrado al mirar a Aviraneta. Estaba pálido de la emoción, con las lágrimas en los ojos.

--Maestro, está usted emocionado. El aire de la Libertad le emborracha.

--Sí; es verdad.

--¡Si le llegan a usted a ver en el balcón las Piscinas!--añadió Pello, burlonamente.

Aviraneta sonrió, y tuvo que limpiarse disimuladamente los ojos.

V

POR EL CAMINO

ZURBANO y sus oficiales habían salido camino de La Bastida. Hasta un par de horas después, Aviraneta y Leguía no tuvieron la silla de postas preparada.

Montaron a la puerta del parador, y comenzaron a bajar de prisa el cerro de Laguardia.

El día, de Junio, era claro, con sol, pero fresco; algunas nieblas suaves, ligeras, iban corriendo por el aire y deshaciéndose sobre la falda obscura de los montes.

Al pasar por cerca de Samaniego se encontraron a Mecolalde, con una compañía, que iba a retaguardia. Habían detenido un landó, ocupado por una señora y un caballero, y a dos vagabundos de malas trazas que se habían escondido en un viñedo al ver a la tropa. En ellos reconoció Leguía al hombre de la zamarra y al Raposo.

--Ahí tiene usted a dos de los asaltantes de anoche--dijo Pello a Aviraneta.

--¿Son esos?

--Sí.

El hombre de la zamarra, al ver a Aviraneta volvió la cabeza rápidamente.

--¿Han cogido ustedes gente sospechosa?--preguntó Aviraneta a Mecolalde.

--Sí.

--¿Qué clases de tipos son?

--Estos son espías de los carlistas.

--Entonces, mala les espera.

--Martín ordenará lo que haya que hacer con ellos.

La silla de postas avanzó por entre los soldados; al pasar por delante del landó detenido, Aviraneta echó una mirada hacia el interior del coche y se estremeció.

--Va dentro una mujer muy guapa--dijo Leguía, que había mirado también.

Aviraneta no dijo nada; pero poco después mandó al cochero de la silla de postas que se detuviese; se paró la silla de postas en medio del camino, y pasó por delante de ella el landó, rodeado de soldados.

Detrás del caballo de Mecolalde venían el Raposo y el hombre de la zamarra con las manos atadas.

En esto se vió aparecer a Zurbano, al galope, seguido de un ayudante. Mecolalde se acercó a él, y los dos jefes hablaron. Mecolalde explicó, sin duda, a Zurbano lo que ocurría.

--A los dos vagabundos y al caballero, que los fusilen delante de esta tapia--gritó Zurbano--. A la señora llevadla al depósito.

Dos soldados abrieron el landó e intimaron a los viajeros para que bajasen. Salieron del interior un caballero y una señora. El caballero era un hombre de unos cuarenta años, delgado, esbelto, de bigote corto; la señora, una mujer morena, de poca estatura, pero de arrogante presencia.

Aviraneta se acercó disimuladamente a Zurbano.

--Martín--dijo--: una palabra.

Zurbano se inclinó desde su caballo.

--¿Qué quieres?--preguntó.

--Esta mujer ha sido mi mujer--dijo Aviraneta.

--¿Tu mujer?

--Sí. ¿No podrías dejarla en libertad?

--Lo haré por ti.

--Y por los otros, ¿puedes hacer algo?

--Nada. Dile a esa señora que se vaya. No hago la guerra ni a las mujeres ni a los niños; no soy ningún Cabrera.

Aviraneta le rogó a Pello que comunicara a aquella señora las palabras de Zurbano. Leguía se acercó a la dama y se descubrió.

--Señora--dijo--: el coronel Zurbano, como favor especial, le permite a usted marcharse libremente.

--¿A mí sola?

--A usted sola.

--¿Y mi esposo?

--Quedará prisionero.

--Pues dígale usted a ese bruto--replicó la dama, con aire orgulloso e insultante--que no me separo de mi marido.

--Pero, señora...

--Nada, nada.

Leguía se inclinó, y, acercándose a Aviraneta, le contó lo que pasaba.

--¿Es su marido?--preguntó Aviraneta, con cierto asombro.

--Sí.

Aviraneta habló nuevamente a Zurbano, y le convenció de que sería mejor interrogar a los prisioneros.

--Bueno; vamos a entrar en esta casa. Se celebrará un juicio sumarísimo.

La casa que había indicado el coronel tenía un ancho zaguán y una columna de piedra en el centro; pusieron junto a ésta una mesa; Zurbano se sentó en medio; a su derecha, Mecolalde, y a su izquierda, un capitán.

--Que entren los prisioneros--dijo Zurbano.

Rodeados de media docena de soldados y de varios oficiales entraron la señora, el caballero, el Raposo y el hombre de la zamarra.

VARGAS

--Interrógueles usted, capitán--dijo Zurbano.

--¿A quién primero?

--Al señor.

--¿Cómo se llama usted?--preguntó el capitán.

--Don Fernando de Vargas--contestó el caballero, esforzándose por aparecer sereno y tranquilo.

--¿De dónde viene usted?

--De Valladolid.

--¿Adónde iba usted?

--A Francia.

--¿Es usted carlista?

--Sí, señor.

--¿Lleva usted alguna misión de su partido?

--No, señor.

--¿Qué parentesco tiene usted con esa señora?

--Es mi esposa.

--¿Conoce usted a estos dos hombres?

--A éste--y señaló al de la zamarra--lo conozco. Ha sido criado mío; pero hace ya muchos años que no le veía. Al otro no le conozco.

--Está bien. ¿Sigo el interrogatorio?--preguntó el capitán a Zurbano.

--No; empiece usted con el otro.

EL HOMBRE DE LA ZAMARRA SE DEFIENDE

El capitán comenzó a interrogar al hombre de la zamarra; pero éste, por exceso de astucia, quiso hacerse el tonto. El capitán se picó al ver que el mendigo se le escabullía por entre los dedos, y fué acorralándole a preguntas. A veces, las contestaciones maliciosas y los subterfugios del viejo hicieron arrancar una carcajada a los oficiales.

En esto, abriéndose paso por entre los soldados, se presentó ante el tribunal un hombre con facha de labriego. Ni Aviraneta ni Leguía le reconocieron; era uno de los que habían estado la noche anterior en el parador del Vizcaíno, el compañero del asesinado por la banda del hombre de la zamarra.

--¿Quién es usted y qué quiere?--preguntó Zurbano, al verle.

--Vengo a declarar--dijo el labriego--. Ayer noche, un compañero mío, tratante en granos, y yo fuimos al parador del Vizcaíno, de Laguardia. Nos pusieron a los dos a dormir en el mismo cuarto. A media noche me desperté sobresaltado, y me encontré con cinco hombres que me ataron y me amenazaron con las navajas si daba un grito. Aquellos hombres acababan de matar en la cama a mi compañero; entre los asesinos estaban estos dos.

--¡Miente!--gritó el hombre de la zamarra--. Ese día yo no estaba en Laguardia.

--Digo la verdad--afirmó el labriego.

--¿Los reconoce usted a los dos? ¿Tiene usted la seguridad de que son ellos?--preguntó Zurbano, señalando al de la zamarra y al Raposo.

--Sí, señor; la seguridad absoluta.

--Está bien. No hay más que hablar. Retírese usted, buen hombre. Se hará justicia. La señora y el caballero, que vayan escoltados al depósito de Logroño. A estos dos granujas pegarles cuatro tiros delante de esa tapia.

El hombre de la zamarra, al oir esto, dió un salto y se echó para atrás; derribó a tres o cuatro soldados; pero no pudo salir y cayó al suelo. Allí se defendió como una fiera, pateando, mordiendo, hasta que le sujetaron y le ataron los brazos. El Raposo, sin que nadie se diera cuenta, se escabulló como una rata y comenzó a correr a campo traviesa. Los soldados le dispararon una descarga y cayó a cuarenta o cincuenta metros; pero poco después se levantó y echó a correr.

El hombre de la zamarra presenció la fuga de su compañero. Cuando le mandaron avanzar por la carretera, para fusilarle, estaba transfigurado. Se veía vencido; pero esto le daba una gran energía.

--¡Canallas! ¡Cobardes! Por mucho que me matéis yo he matado más de los vuestros--gritaba.

--¡Anda! ¡Anda! Que te vamos a dar para vino--le decía un soldado joven, riendo.

Al pasar por delante de Aviraneta, el hombre de la zamarra le miró fijamente y exclamó:

--Señor de Aviraneta. Cada cual trabaja por sus ideas, a su manera, ¿verdad?

Aviraneta no dijo nada.

La patrulla que llevaba al que iban a fusilar se alejó.

Al poco rato se oyó una descarga; poco después un tiro suelto, y luego, otro.

--Ya lo han rematado--dijo un soldado viejo a Leguía.

--En fin, un enemigo menos--murmuró Aviraneta.

Aviraneta y Leguía montaron en la silla de postas y cruzaron por entre los soldados de Zurbano.

--¿Habrá usted presenciado muchas escenas de éstas, eh, don Eugenio?--preguntó Leguía.

--¡Figúrate! Cuando estemos tranquilos, y si no te aburre, te contaré algunos episodios de mi vida.

--¿Aburrirme? ¡Nada de eso! Le escucharé a usted con mucho gusto.

La silla de postas marchó a tomar la carretera de Haro, y de allí siguió en dirección a Miranda de Ebro.

LIBRO SEXTO

LA INFANCIA DE UN CONSPIRADOR

I

EL ARCHIVO SECRETO

UN año después, una tarde de invierno, Aviraneta y Pello marchaban, en un tílburi, por la carretera de Bayona.

Habían salido de Irún después de comer, y pensaban detenerse en Bidart.

Bidart es una aldea de la costa vascofrancesa que está entre San Juan de Luz y Biarritz; tiene una iglesia, con su cementerio alrededor; unas cuantas casas agrupadas, constituyendo el pueblo, y otras varias diseminadas por las dunas próximas al mar y cubiertas de hierba verde.

Estas dunas forman parte del acantilado que comienza en Hendaya y acaba en Biarritz.

La tarde estaba lluviosa y gris. Entre la niebla apenas se veía. Pello iba dirigiendo el tílburi, obedeciendo las indicaciones de Aviraneta.

--El tiempo se nos mete en aguas--murmuró Aviraneta.

--Sí; parece que sí.

--A ti eso no te preocupa; pero a mí, mucho.

--¿Por qué?

--Por el reúma.

--Pero ¿tiene usted reúma, de veras, o es que dice usted que lo tiene cuando le conviene, don Eugenio? Porque voy viendo que cuando no quiere usted hacer algo, padece usted de reúma.

--¡Qué opinión estás formando de mí! Lo que es si a ti te encargaran mi biografía, ¡me he lucido!

--Yo supongo que no sólo engañará usted a los carlistas, sino que engañará usted también a los amigos.

--Eres un granuja, Pello. Eres indigno de mi amistad.

--Insúlteme usted, y soy capaz de ir con el tílburi al mar y empezar a marchar por encima, como Neptuno.

--¡Neptuno, sí; buen tuno estás hecho tú!

--¡Hombre, don Eugenio! No juegue usted con el vocablo de una manera tan vulgar; eso no está a su altura.

--¡Hay que descender a veces, amigo Pello!

EL CASERÍO ITHURBIDE

Habían pasado Guethary, y marchaban entre la carretera y la costa. Pronto encontraron un punto en donde el camino se bifurcaba.

--Tira por la izquierda--dijo Aviraneta--; ya te diré dónde tienes que parar.

El tílburi tomó el camino de la izquierda, que se iba acercando al mar, y que subía en una pendiente suave. Antes de llegar a la cima, Aviraneta mandó hacer alto delante de una casa rústica.

Era una casita con ventanas verdes y dos galerías por el lado del camino, cubiertas con una parra que iba dejando sus hojas marchitas al viento; por el lado contrario, hacia el mar, tenía un prado y un pequeño jardín.

La puerta del caserío estaba abierta, y Aviraneta y Leguía entraron en el zaguán. Una vieja, muy arrugada, les salió al encuentro con dos chicos de la mano. Aviraneta cambió con ella algunas palabras en castellano y en francés, dió unas monedas de cobre a los chicos y comenzó a subir la escalera seguido de Leguía.

Llegaron al piso segundo; Aviraneta entró en un cuarto y abrió las maderas de un gran balcón que daba al mar.

La tarde, lluviosa, iba obscureciendo rápidamente; la noche se venía encima; apenas llegaba a verse algo en el interior de la casa.

--Mira, a ver si por ahí hay un quinqué--dijo Aviraneta.

--Sí, aquí hay uno--contestó Pello.

--Bueno; tráelo. También habrá por ahí una maquinilla de espíritu de vino y una botella con petróleo.

Leguía buscó, a tientas, en un vasar, y encontró las dos cosas pedidas.

Aviraneta se puso a limpiar la lámpara, la llenó de petróleo y la encendió. Después cerró las maderas del balcón; abrió un armario y sacó un bote de café y un molinillo.

--Ahora, mientras yo enciendo la estufa y hago el café--dijo Aviraneta--, di a la mujer del caserío, madama Ithurbide, yo la llamo así por ser éste el nombre del caserío, que nos prepare la cena, y de paso mira a ver si han metido el caballo en la cuadra y le han dado pienso.

--Bueno; todo se hará.

Leguía desapareció por la escalera, y Aviraneta, renqueando por el reúma, limpió la estufa, golpeando el tubo con un hierro para que saliera el hollín, la cargó con astillas y pedazos de carbón de piedra y le dió fuego con unos periódicos viejos. Después se puso a moler el café.

Unos minutos más tarde volvió Leguía.

--¿Ya tenemos fuego, maestro?--dijo.

--Sí, ya tenemos fuego. ¿Qué hay de los encargos?

--He conferenciado con madama Ithurbide. Larga negociación. Hemos llegado a este resultado: primero, sopa de coles; segundo, un par de huevos fritos con jamón; tercero, un pollo guisado; cuarto, una cola de merluza con salsa a la mayonesa, y quinto, arroz con leche. Como vino, hay uno de Beziers, bastante aceptable. Se puede alternar con sidra. No he podido conseguir más en mi negociación diplomática.

--¿Todo eso que has dicho piensas comer?--preguntó Aviraneta.

--Ya lo creo. Las emociones me desgastan mucho el organismo.

--Eres un tragón. ¿Has visto si el caballo está en la cuadra?

--Sí; está comiendo su pienso.

--Bueno; pues acaba de moler el café, que yo voy a dejar la mesa libre.

Leguía cogió el molinillo y comenzó a dar vueltas al manubrio mientras Aviraneta limpiaba la mesa con un trapo.