El aprendiz de conspirador

Part 7

Chapter 74,072 wordsPublic domain

Varios hombres aparecieron en la sala, y al mismo tiempo sonaron dos tiros. Al instante, Aviraneta y Leguía retrocedieron a la alcoba, cerraron la puerta y sujetaron el picaporte con la cuña.

Alguno de los asaltantes debió quedar herido, porque se oyó un grito de dolor y de rabia.

--Hay más de uno--dijo la voz chillona del Caracolero.

--Y están bien armados--murmuró el Raposo.

--No importa. Son nuestros--gritó el hombre de la zamarra--; y nos la van a pagar.

El hombre de la zamarra intentó mover el picaporte; pero estaba fijo. Leguía, con la ayuda de Aviraneta, colocó la tranca en la puerta.

Los asaltantes la empujaron con el hombro; pero la puerta no se movió ni cedió lo más mínimo.

--Está admirablemente--dijo Aviraneta, y llevó la lámpara encima de la mesa de noche, y a la luz cargó el fusil y la pistola con el mismo cuidado y minuciosidad que si estuviera en una escuela de tiro. Después abrió la ventana y ató en uno de los pernios el cordón de seda.

El silencio de los de dentro alarmaba a los que intentaban entrar. De pronto se notó que la vela se les había consumido y apagado, y empezaron a encender fósforos.

Uno de los asaltantes comenzó a introducir un formón por la juntura de la puerta a golpes de martillo; pero la puerta de la alcoba era de roble, de una pieza, y se notaba, además, que el pulso del que martilleaba no estaba muy seguro.

AVIRANETA PIDE AUXILIO

--Creo que vamos a poder dormir aquí--dijo Leguía, frotándose las manos.

Acababa de decir esto cuando se oyeron pasos en la alcoba próxima, y después sonaron tres o cuatro puñetazos en el tabique. Alguno lo sondeaba, sin duda, suponiendo que sería más fácil entrar por él en el cuarto, abriendo un agujero. Aviraneta, de pronto, cogió la lámpara y se acercó a mirar las paredes. Luego dejó la luz en el velador, y rápidamente tomó el fusil, salió a la ventana y disparó al aire. En aquel momento se oyó el alerta de un centinela.

El hombre de la zamarra y su gente debieron quedar sorprendidos por el disparo.

El centinela de la muralla lanzó un grito de alarma y disparó también.

Leguía le miraba a Aviraneta, asombrado. Aquel hombre parecía haber perdido de repente su sangre fría.

--Habrá que descolgarse--dijo varias veces.

Aviraneta esperó unos segundos; luego, sacando el cuerpo por la ventana, comenzó a gritar:

--¡Sargento! No son más que tres o cuatro. Que rodeen la casa, y los cogen.

Los asaltantes se creyeron presos; echaron las herramientas, bajaron las escaleras y huyeron. Aviraneta salió del cuarto y desde el balcón del comedor les disparó un tiro. Tardó más de media hora en llegar la patrulla. Venía un pelotón de treinta soldados con un sargento. Aviraneta salió a recibirlos, y volvió poco después a la sala, donde había quedado Leguía.

--La verdad--dijo Pello, al verle--, no he comprendido esta última maniobra.

--¿No?--preguntó Aviraneta, sonriendo y liando su cordón de seda verde sobre la hoja afilada del puñal.

--No. ¿Para qué pedir auxilio sin necesidad? ¿No nos bastábamos nosotros para defendernos? Creo que ha hecho usted una tontería, don Eugenio.

Aviraneta no respondió. Cogió la lámpara e invitó a Leguía a entrar en la alcoba interior, contigua a la que habían estado ellos; luego penetró hasta el fondo del cuarto, se acercó a la pared, dió un empujón y abrió una puerta de escape que comunicaba las dos alcobas.

--¿Y cómo ha notado usted que había esto?--dijo Pello.

--Cuando uno de ellos comenzó a golpear el tabique, inmediatamente se me vino la idea de si habría alguna comunicación; cogí la luz, y vi el marco de la puerta rebozado de cal; antes de que el que golpeaba llegara al fondo de la alcoba con su sondeo y notara la puerta, disparé. Me pareció mejor que descolgarse y andar por el campo cogiendo el relente.

--Retiro lo de la tontería, don Eugenio. Es usted un hombre de recursos.

Aviraneta sonrió, satisfecho.

LOS DOS HUÉSPEDES

El pelotón de soldados que acababa de llegar, al mando de un sargento, reconoció la casa. La criada y el ama, encerradas en su cuarto, estaban muertas de miedo.

Al ver a Aviraneta, el ama exclamó:

--Creí que le habrían matado a usted, don Eugenio.

Pues ya ve usted, todavía vivo. Y los dos huéspedes de anoche, ¿están en casa?

--Sí.

--No creo que tengan el sueño tan duro que no se hayan despertado con este alboroto.

Fueron al cuarto de los dos huéspedes, y se encontraron con un espectáculo horrible: uno de los hombres estaba muerto, cosido a navajadas, en la cama; el otro, en el suelo, desnudo, atado y amordazado. Le quitaron las ligaduras, y pudo contar lo ocurrido. Se había despertado y encontrado con cinco hombres desconocidos que le ataron y amordazaron. Al mirar hacia la cama de su compañero le vió muerto y bañado en sangre.

Se quedaron doce soldados y un cabo en la casa, y los demás hicieron un reconocimiento por los alrededores de la muralla y por los viñedos próximos; pero no encontraron a nadie.

--Bueno. Esto se ha concluído--dijo Aviraneta--. Dormiremos un rato, ¿eh?

--Me parece una buena idea--contestó Pello.

Y el uno en una alcoba y el otro en la otra se tendieron en la cama.

V

UNA PROPOSICIÓN

AL día siguiente, Aviraneta se levantó temprano. Abrió el balcón de la sala para que entrara la luz, y estuvo contemplando las huellas del combate de la noche anterior; una de las balas se había incrustado en la pared; la otra, hecho trizas un espejo.

En el suelo quedaban manchas de sangre.

Aviraneta salió al pasillo de la casa; en un cuarto del fondo, alumbrado con cuatro velas, estaba el cadáver del hombre asesinado por la noche.

Aviraneta volvió a su cuarto, impresionado.

--Se va uno haciendo viejo--murmuró--. Estas cosas ya me hacen efecto.

Aviraneta se acercó a la alcoba donde se había acostado Leguía, y quedó asombrado al verle dormir tan profundamente.

--¡Cómo duerme! A éste no le preocupa mucho que haya un muerto en la casa.

LA FILOSOFÍA DE PELLO

Aviraneta se lavó y se afeitó, y al dar las ocho llamó a su compañero.

--¡Eh, Pello! Ya has dormido bastante.

Leguía, desde la cama, entre dos bostezos, dijo:

--¿Qué hora es?

--Las ocho han dado ahora mismo.

--Habrá que vestirse.

--¡Claro!; no te vas a estar todo el día en la cama. Además, ten en cuenta que pueden venir los verdaderos huéspedes de este cuarto.

Pello se sentó en la cama.

--A ese pobre hombre le han matado por equivocación--murmuró Aviraneta, en tono sentimental.

--¿A qué hombre?

--Al de ayer. ¿A cuál va a ser?

--¡Ah!

--¿Ya no te acordabas?

--Sí. ¿Y dice usted que le han matado por equivocación?

--¡Claro! El golpe iba dirigido a mí.

--¡Pse! Yo creo que todo el mundo muere igual--replicó Leguía, con indiferencia, mientras se ponía los pantalones.

--Veo que eres un bárbaro, Pello.

--Hay que ser filósofo. A uno también le tocará su hora, y por eso no se estremecerán las esferas.

--Esa indiferencia en un muchacho joven como tú me parece horrible. Si ahora eres así, ¿qué será cuando tengas mi edad?

--Seré una especie de Aviraneta--replicó Leguía con viveza.

--Eres un cínico, Pello.

--Y usted un intrigante y un incendiario, como ha dicho el hombre de la zamarra.

--Voy a mandar que te fusilen, Pello.

--Yo voy a hacer que le cojan a usted los jesuítas por masón.

--Eres un bárbaro, Pello.

--Y usted un bandido.

--Muy bien; le diré a Corito que me has insultado.

--Yo le diré que quien me ha insultado ha sido usted.

--No te creerá.

--Ya la convenceré.

EL DIABLO TENTADOR

--¿Qué vas a hacer ahora?

--Voy al almacén, a casa de mi tío.

--Espera un momento. Te voy a hacer una proposición.

--Venga la proposición.

--¿Quieres venir conmigo, sí o no?

--¿A qué?

--Eso te lo explicaré más tarde. Si vienes conmigo, trabajaremos juntos, intrigaremos juntos, quizá tengamos que defendernos juntos...

--Muy bien; nos defenderemos juntos...

--Yo no, porque soy viejo...

--¡Hombre, no es usted viejo!

--Tengo cuarenta y seis años, y he vivido bastante. Yo, no; pero tú puedes llegar a ser lo que quieras: general, ministro, archipámpano... Yo te ayudaré... ¿te conviene?

--Me conviene. ¿Me protegerá usted también para casarme con Corito?

--Eso es cosa tuya y de ella; pero, en fin, si eres buen chico, se te protegerá.

--Entonces no hay que decir más. Soy de usted en cuerpo y alma.

--Muy bien. Está hecho el pacto. Venga esa mano.

--No vaya usted ahora a convertirse en algún demonio y empezar a echar llamas de azufre, señor de Aviraneta.

--No tengas cuidado, Pello. Soy un buen diablo. Vete a despedirte de tus amigos, y ya sabes, a la tarde nos vamos.

Leguía se contempló un momento en un trozo de espejo, se caló el sombrero de copa y salió del parador.

LIBRO QUINTO

UN SOLDADO AUDAZ

I

EL OFICIAL DE LA BOÍNA BLANCA

MOMENTOS antes de las doce se presentó Leguía en el parador. Aviraneta, sentado en el zaguán, contemplaba las gallinas que picaban en el estiércol y a dos perros que retozaban, ladrando.

--Está uno dispuesto para la marcha--dijo Pello--; he concluído las despedidas.

--¿Qué te han dicho?

--Nada. Mi tío lo ha sentido. Su familia y él me tenían afecto.

--Y a Corito, ¿la has visto?

--Sí.

--¿Qué dice?

--Dice que la voy a olvidar si me marcho por ahí.

--¿Y serás bastante granuja para eso?

--¡No! ¡Ca!

LOS IDEALES DE PELLO

--Realmente, hago mal en sacarte de este pueblo. Aquí tienes amigos, personas respetables que te estiman..., que te quieren... Creo que es un disparate que salgas de Laguardia.

--¿A usted le parece buena esta vida, de verdad?

--Sí, ¡ya lo creo!; la mejor.

--Pues nada, nos quedamos los dos. Rezaremos el rosario por la tarde; iremos a casa de las Piscinas; usted hablará con don Juan de Galilea acerca del sistema constitucional, y con las marquesas de Valpierre de que Laguardia está perdido...

--Creo que te permites burlarte de mí, Pello.

--No, nada de eso; no hago más que empezar a desarrollar los encantos de la vida tranquila. Además de que don Juan de Galilea es hombre muy ameno, sobre todo cuando dictamina y encuentra que esto no empece para lo otro.

--Sí, sí, búrlate.

--¡Yo burlarme! ¡Yo, que he aguantado a pie firme discursos de dos horas seguidas, sin desmayar!

--¿De manera que lo que tú quieres es conspirar, intrigar, andar a tiros?

--Robar algo bueno si se tercia.

--Seducir infelices doncellas...

--Desvalijar las iglesias...

--Asaltar los conventos...

--Comer bien...

--Beber mejor...

--Jugarse las pestañas...

--Pello, permíteme que te lo diga, eres un bandido.

--Y usted otro.

--¿De manera que para ti la moral no es nada?

--¡La moral! Es una cuestión de estómago, don Eugenio.

--¿Cómo de estómago?

--Sí; de estómago. Se tiene el estómago malo, pues es uno moral, porque no tiene uno apetito; pero se tiene buen estómago, y es uno inmoral necesariamente.

--Y ¿tú eres inmoral?

--En este momento, sí, porque tengo apetito.

--¡De manera que para ti la moralidad es un catarro gástrico... ¡Qué teorías! Eres un pagano, Pello. Bueno, vamos a comer.

Entraron en el comedor. Aviraneta se sentó en la cabecera y Leguía a su lado.

--Tendrán ustedes que esperar un rato--dijo la dueña de la casa.

--¿Por...?

--Porque van a venir unos militares.

Leguía torció el gesto.

--¡Demonio! Nos van a fastidiar. Tardarán mucho?

--No, no; ahora mismo van a llegar.

SE RECONOCEN

Aviraneta, para hacer tiempo, sacó un plano del bolsillo y comenzó a estudiar el itinerario que tenían que seguir, en coche, hasta Santander. Leguía se puso a silbar, mirando el techo.

Un momento después se oyeron pisadas fuertes en la escalera, acompañadas de un murmullo de voces, y entraron cerca de veinte hombres en el comedor.

Aviraneta no levantó la cabeza del plano.

Leguía contempló indiferente a los oficiales que entraban. Eran tipos atezados, negros por el sol; de aspecto enérgico y decidido. El jefe, sobre todo, llamaba la atención por su mirada profunda y fuerte. Hombre más bien bajo que alto, fornido y macizo, tenía esos movimientos lentos y al mismo tiempo seguros del hombre del campo.

Llevaba zamarra de piel al hombro, a manera de dolmán; boína blanca, grande, que le sombreaba los ojos; el pulgar de la mano derecha apoyado en la cadena del reloj. Debajo de la zamarra se veía la faja azul; a los lados, dos pistolas y el sable al cinto.

No se podía saber la graduación de aquel oficial, porque no llevaba insignias de mando; andaba de un lado a otro, como un lobo, y en su paso había la decisión del hombre que cree que no puede encontrar obstáculos en su marcha.

De pronto el jefe, apartándose de sus oficiales, que estaban de pie a la entrada del comedor, quedó mirando fijamente a Aviraneta.

--Algún otro conflicto tenemos--pensó Leguía.

El jefe se fué acercando a Aviraneta y le puso la mano en el hombro. Aviraneta levantó los ojos y dejó la lente sobre la mesa.

--¡Demonio! ¡Martín!--exclamó--. ¡Tú por aquí!

--¡Aviraneta! ¡Eugenio de Aviraneta! Ya sabía yo que te conocía. ¿Qué vienes a hacer por Laguardia?

--Estoy de paso. Voy a Francia.

--A intrigar, ¿eh?

--Parece que lo sabes.

--Me lo figuro. ¿A favor de los carlistas o de los liberales?

--Soy más liberal que tú, Martín--replicó Aviraneta--, aunque no tan bárbaro.

--Sólo a ti te permito decir esas cosas. Si fueras otro, te mandaría fusilar delante de la muralla.

--Lo creo.

--¿Me consideras cruel?

--Lo eres.

--Mala opinión tienes tú de mí, Eugenio.

--Peor la tienes tú de mí, Martín.

--Es que no te veo claro.

--No lo soy cuando no lo puedo ser.

--¿Ni con los amigos?

--Ni con los amigos. Cuando mis secretos no son míos no se los comunico a nadie.

--Está bien. ¿Sabes que me han hecho coronel?

--Lo sé--dijo Aviraneta--; lo sabía antes que tú.

--A ver, explica cómo puede ser eso.

--Un ministro que tú conoces me dijo, hace meses: «Le vamos hacer coronel a Martín, al amigo de usted. ¿Qué le parece a usted?» Yo le contesté: «¡Muy mal!»

El jefe y sus compañeros quedaron asombrados. Aviraneta, cuando pasó un momento, añadió:

--¡Muy mal!--le dije--; creo que le deben ustedes hacer general.

La actitud de los oficiales cambió por completo, y algunos se echaron a reir a carcajadas.

--A éste no le conocéis--dijo el coronel, señalando a Aviraneta--; éste es el granuja más granuja que hay en el mundo.

--Y el liberal más liberal de todos los españoles.

--¿Qué piensas hacer, Aviraneta?

--Pienso comer.

--¿Y luego?

--Luego tomar el coche y marcharme a Santander.

--¿Irás por Miranda?

--Sí.

--Pues hasta Labastida te acompañaré.

--Bueno. ¿Os falta alguno para venir a comer?

--No.

--Pues entonces, manda que traigan la comida, porque este amigo y yo estamos ya con hambre.

--¡Patrona! A ver esa sopa.

Aviraneta y Leguía habían conservado los puestos que ocupaban en la mesa.

El jefe se sentó a la derecha de Aviraneta, y los demás oficiales se fueron acomodando donde les vino bien.

--¿Este joven es amigo tuyo?--preguntó el jefe a Aviraneta.

--Sí, es mi secretario; Pedro Leguía. Pello, este coronel es el famoso Martín Zurbano, terror de los carlistas.

Leguía se levantó; Zurbano hizo lo mismo, y se estrecharon la mano gravemente.

II

HISTORIAS RETROSPECTIVAS

REZO el Benedícite?--preguntó Aviraneta, tomando una actitud compungida, de cura.

Zurbano contestó con una blasfemia.

--Déjalas para el final--advirtió Aviraneta--; ahora estamos en la sopa.

La conversación se generalizó en seguida. Zurbano era muy ocurrente; tenía gran repertorio de anécdotas y de cosas vistas, y salpimentaba sus relatos con interjecciones riojanas y blasfemias de todas las regiones.

Al oirle se comprendía la fama terrible del guerrillero liberal. Para una persona circunspecta y religiosa, un hombre como aquél, tan exaltado, tan furibundo, tan bárbaro, que exponía la vida a cada paso, que obligaba a pagar contribuciones a los conventos y quemaba sin escrúpulo las iglesias, que hablaba blasfemando e insultando, tenía que parecer un energúmeno, un monstruo vomitado por el infierno.

ZURBANO CUENTA CÓMO CONOCIÓ A AVIRANETA

--Siempre recuerdo cómo le conocí a este hombre--dijo Zurbano, refiriéndose a Aviraneta.

--¿Cómo fué?--preguntó Mecolalde, el segundo de Zurbano, a quien las historias y anécdotas de su jefe interesaban extraordinariamente.

--Pues veréis. El año 23 los franceses venían a acabar con la Constitución y la libertad de España, al mando de un duque que no recuerdo cómo se llamaba...

--El duque de Angulema--dijo Aviraneta.

--Eso es; el duque de Angulema. Por entonces nos reuníamos en Logroño, en un mesón cerca del puente, unos cuantos nacionales y algunos paisanos patriotas. Era por la primavera, no recuerdo qué mes. Se hablaba de que los absolutistas, que venían de vanguardia con los franceses, se acercaban. Mandaba en Logroño los regimientos constitucionales el brigadier don Julián Sánchez, uno de los guerrilleros de más fama de la guerra de la Independencia. Una noche, dos hombres a caballo se apearon en el mesón. Eran un capitán de Caballería y su asistente. Sin quitarse el polvo del camino fueron a casa del gobernador militar y volvieron al poco rato. El capitán venía acompañado de un sargento de nacionales y de algunos patriotas. «Vamos, vamos», nos dijeron a todos. Entramos en el comedor del mesón, y nos reunimos treinta o cuarenta. El mesonero vino con dos candiles y los colgó de las vigas del techo. Entonces el capitán se subió en una silla, y llamándonos «ciudadanos» comenzó a hablar, a explicarnos la situación en que se encontraba España. Era un hombre joven, flaco, con los ojos vivos y la voz áspera. Nos dijo que la Constitución y la Libertad estaban en peligro, que los generales nos hacían traición, que las autoridades estaban en tratos con los franceses y los realistas, y que el rey jugaba con el país. A pesar del fuego con que hablaba aquel hombre, la gente estaba fría y poco decidida. Al último dijo que había que nombrar inmediatamente una Junta para la defensa de la ciudad, buscar armas y repartirlas entre los patriotas.

Después del discurso, el sargento y el oficial se sentaron en una mesa, y con la ayuda de los nacionales comenzaron a hacer una lista de los individuos que debían de formar la Junta. El primer nombre de la lista fué el del oficial, luego hubo otros cuatro o cinco; los demás no quisieron comprometerse, y la Junta no se formó. Al día siguiente, los franceses entraban en Logroño; el brigadier Sánchez caía herido de una lanzada en el costado. Al capitán aquel que había hablado la noche anterior le vi luchando en medio de un grupo de nacionales acorralados por los franceses. ¿Sabéis quién era aquel oficial? Este hombre que tenéis delante: Eugenio de Aviraneta. Muchos años después, un amigo mío recibió una carta de Aviraneta, firmada en Zaragoza, recomendándole que apoyara en unas elecciones a Mendizábal.

--Buen premio me dió ese cocodrilo llorón--murmuró Aviraneta.

--Al ver la firma--siguió diciendo Zurbano--me acordé yo, y dije: «Es aquél». Luego me indicaron que estaba en Logroño, y no paré hasta encontrarle. Este ha sido uno de los hombres que más me han llamado la atención.

AVIRANETA CUENTA CÓMO CONOCIÓ A ZURBANO

--Pues yo supe de ti--dijo Aviraneta--de una manera menos trágica.

--¡Hombre! A ver, ¿cómo fué eso?

--Estaba a la puerta de ese mesón de Logroño de que tú has hablado, con el sargento y otro miliciano, cuando pasaste tú. «Si hubiera muchos como éste--dijo el sargento--, se podría hacer algo.» «¿Quién es ése?», pregunté yo. «Martín Zurbano, un contrabandista de Varca». Y me contó un sucedido tuyo, que no sé si es verdad o mentira.

--¿Qué fué?

--Parece que estabais una patrulla de nacionales en Montalvo, y que hacía tanto frío, que se helaban las palabras, y que tú dijiste: «Esto no es nada; vamos a desnudarnos y a volver a Logroño a caballo y en cueros.» Los demás dijeron que era una barbaridad; pero tú, empeñado, te desnudaste y anduviste tomando el fresco unas cuantas horas por encima de la tierra helada. ¿Es verdad esto?

--Sí. Es verdad. Era uno joven y fuerte. Hoy no lo podría hacer.

--¡Bah! ¿Qué importa? Mientras haya entusiasmo y calor en el corazón.

--Eso no falta.

--Lo mismo me ocurre a mí--dijo Aviraneta.

--¿De verdad?--preguntó Zurbano, con la brutal franqueza que le caracterizaba.

--Parece que lo dudas.

--¡Y eres político!

--¿Y qué?

--Yo dudo del entusiasmo y de la buena fe de todos los políticos.

III

VIOLENCIA CONTRA VIOLENCIA

HUBO un momento de silencio.

--Creo que te engañas, Zurbano--dijo Aviraneta, secamente.

--El que se engaña eres tú, Aviraneta--replicó Zurbano.

--Suponer que la mala fe está sólo en los políticos es un absurdo.

--¿Piensas tú que los políticos españoles son buenos?

--No. ¡Cómo voy a pensar eso! Sé que son malos; pero sé que tienen muchos de ellos tanta buena fe como los de los demás países.

--Entonces no comprendo por qué lo hacen mal.

--Lo hacen mal porque en España es imposible hacerlo bien. Los políticos son malos cuando el país es malo.

--No, no. España no es peor que otra nación.

--No será peor individualmente; lo es colectivamente.

--No entiendo eso. Me parece lo que dices una de esas frases de político que no quieren decir nada.

--Un hombre puede ser buen hombre y mal ciudadano.

--Cuando se es mal ciudadano se es mal hombre--contestó Zurbano, dando un puñetazo en la mesa.

--No. Un Cristo que viviera entre nosotros, sería un buen hombre, sería un mal ciudadano.

--Argucias.

--Razones.

--Di lo que quieras. Yo estoy convencido de que son los políticos los que nos matan. ¿Por qué no se acaba la guerra civil? Por ellos.

--Por ellos y por los generales, que se odian--replicó Aviraneta--. Hace unos meses estaba yo en Arcos de la Frontera, y veía cómo dos generales del ejército liberal, Alaix y Narváez, no sólo no se ayudaban nunca, sino que hacían lo posible para que los carlistas de Gómez derrotasen a las tropas de su compañero y rival. Y esto de las rivalidades es lo más digno que pasa entre ellos. No hablemos de lo más indigno.

--Y ¿por qué no se habla claro en ese Congreso?--preguntó Zurbano--. ¿Por qué no se dice la verdad? Eso no es un Congreso; es un charco de ranas.

--Aunque fuera un estanque de cisnes sería lo mismo.

--Aquí se necesita un hombre, Aviraneta.

--Aquí se necesita un pueblo, Zurbano.

--Yo estoy convencido de que en España, hoy, lo mejor sería una dictadura militar, una dictadura de un hombre justo, valiente, que supiese sentar las costillas a todo el que quisiera salirse de la ley.

--No, Martín--contestó Aviraneta--; no estoy conforme. España no necesita más que una dictadura: la de la justicia, la de la inteligencia, la de la libertad. Nada de fuerza, nada de soldados que quieran imitar a Napoleón. El Poder civil debe estar siempre por encima del Poder militar. El Ejército no debe ser más que el brazo de la nación, nunca la cabeza.

AVIRANETA HABLA DE SÍ MISMO

--No estoy conforme--y Zurbano dió un puñetazo en la mesa--. Los soldados somos tan ciudadanos como los demás. Ciudadanos que exponen su vida. ¿Podéis decir lo mismo los políticos?

--¿Lo dices por mí, Martín?

--Lo digo por todos vosotros.

--He peleado en la guerra de la Independencia con don Jerónimo Merino--contestó Aviraneta fríamente.

--Queréis ganar batallas desde los rincones de los ministerios.

--He hecho cuatro campañas.

--Aspiráis a mandar con vuestras intrigas; no sois tan liberales como nosotros los militares.

--He peleado el año 23 con el Empecinado; el año 30 tomé parte en la expedición de Mina; hoy sigo luchando contra los facciosos.

--Sí; pero queréis tenerlo todo en vuestra mano; no queréis que el mundo sea libre.

--He guerreado con lord Byron por la independencia de Grecia.

--No os preocupa más que lo que pasa en Madrid; no sois patriotas.

--Tomé parte en Méjico en la expedición del general Barradas.

--No dudo de que seas un valiente; pero, créeme, Aviraneta, sólo un hombre de puños, capaz de fusilar a todo el que no ande derecho, puede salvar a España.

--Sería necesario que cuando acabara de fusilar a todos hubiera otro hombre de puños que lo fusilara a él--replicó Aviraneta.

ZURBANO EL IBERO