El amor, el dandysmo y la intriga

Part 9

Chapter 94,076 wordsPublic domain

Me dijo que O'Donnell y él pensaban hacer un reconocimiento en Vera, y que le iba a ver en aquel momento al general para ponerse de acuerdo en los detalles de la expedición.

--¿Cree usted que yo le podría hablar a O'Donnell?--le pregunté a Jáuregui.

--¿Acerca de qué?

--Acerca de la actitud que piense tener con relación a Muñagorri.

--No le contestará a usted nada.

--¿Está usted seguro?

--Segurísimo. O'Donnell es un hombre impasible, impenetrable; le oirá a usted muy amablemente, le preguntará lo que usted opina, le escuchará con mucha atención, y cuando usted intente averiguar lo que cree él de esto o de lo otro, sonreirá y pasará a otro asunto. Además, esa cuestión de Muñagorri es un punto que no le gusta tratar.

--Entonces no le preguntaré nada.

--¿Usted es de Vera?--me preguntó Jáuregui.

--Sí.

--¿Quiere usted venir al reconocimiento que vamos hacer en su pueblo?

--Con mucho gusto.

--¿Dónde para usted?

Le di mis señas en San Sebastián.

--Bueno, yo le avisaré a usted.

Llegamos a Urnieta. Urnieta tenía todavía las huellas de la batalla dada por O'Donnell el otoño pasado, que había costado el incendio casi total del pueblo. Dejé a Jáuregui en una casa próxima a la iglesia, y entré yo en una taberna, donde pedí una botella de sidra. En la taberna había un hombre manco y tuerto, con una blusa larga, que llevaba un montón de papeles bajo el brazo. Tenía el hombre aquel cierto aire de sacristán y una voz un poco aguda. Hablamos.

--¿Viene usted aquí de paseo?--me preguntó.

--Sí; ¿y usted?

--Yo, por el comercio.

--¿Por qué comercio?

--Vendo canciones.

--¡Hombre! ¿A ver qué canciones tiene usted?

--Son canciones carlistas.

--Muy bien. Yo soy liberal, pero eso no me importa. ¡A ver, cante usted!

El manco empezó a cantar, con su voz aguda, una canción sobre O'Donnell y la quema del pueblo, que empezaba así:

Orra nun den Urnieta, Ez ta besteric pareta, Malamentian erreta.

(Ahí está Urnieta, no quedan más que las paredes, malamente quemadas.)

O'Donnell generala Zubela aguintzen Fanfarroi zebillen Etchiac erretzen. Solamente jauna ori Ez da gaitz itzuzen, Chapela galdu eta; Hernani sartu zen.

(El general O'Donnell mandaba y andaba muy fanfarrón quemando las casas. Solamente ese señor es difícil de asustar; perdió el sombrero y entró en Hernani.)

Chapela galdu eta Gañera saldiya, Beste bat artu eta Iguesi abiya, Guezurra gabetanic Esango det eguiya, Traidoria da eta Cobarde aundiya.

(Perdido el sombrero y además el caballo, tomando otro para correr más deprisa, sin mentira diré la verdad, porque es traidor y cobarde.)

Santo Tomás eguneco, Amar terdiyetan, Etsagon atseguin Ategorrietan. Pechotican eztuta Caqueguin galzetan. Orra sein cobardiac Dirade beltzetan.

(El día de Santo Tomás, a las diez y media, no estaba muy tranquilo en Ategorrieta. Con el pecho oprimido y ensuciados los calzones. Ahí se ve lo cobardes que son los negros.)

Luego, el manco cantó otras canciones que, a pesar de ser primitivas y bárbaras y casi siempre incoherentes, no dejaban de tener gracia. Una de ellas, contra los extranjeros, comenzaba así:

Francesac ta inglesac berriz Cecen icusten dabiltz Barrera gañetic irritz, Arriya tira escua gorde Eguindigute bost alditz, Au consideratzen balitz. Baliyoco luque aunitz Buru gogorric ez balitz.

(Los franceses y los ingleses de nuevo están viendo los toros desde la barrera, riéndose; tiran la piedra y esconden la mano; nos lo han hecho muchas veces. Esto lo comprenderíamos muy bien si no tuviéramos la cabeza tan dura.)

Este reconocimiento de la dureza de nuestra cabeza vasca me hizo reír a carcajadas.

Después de la rabia contra los extranjeros venía el rencor contra los castellanos y los hojalateros, que querían que continuara la guerra:

Orien votoz necazariyac, Pasabiarcodu dieta. Erdealdunaren copeta. Morralac ondo beteta Guero iguesi lasterta.

(Por el voto de esos, los trabajadores tendrán que vivir a dieta. ¡Qué tupé el de los forasteros! Llenan bien el morral y luego echan a correr.)

Después de estas imprecaciones y cóleras el manco cantó una canción filosófica que comenzaba así:

Aurten eztegu izango Fortuna charra; Bici galdu ezquero, Acabo guerra.

(Este año no tendremos mala fortuna; perdiendo la vida, se acabó la guerra.)

Le compré al cantor varias de sus canciones y volví a San Sebastián, y esperé a que me avisara Jáuregui para ir a Vera. En tanto, pedí a Bayona un libro que había comprado meses antes, que se titulaba _Campañas de 1813 y de 1814 sobre el Ebro_, _los Pirineos y el Garona_, por Eduardo Lapene. Cuando me lo mandaron leí la parte que hablaba de combates entre franceses y aliados en el Bidasoa y en las proximidades de Vera.

Aquellos días de lluvia charlé bastante con el antiguo amigo de Aviraneta, el cabo de chapelgorris, Juan Larrumbide, Ganisch, en la taberna del Globulillo, de la calle del Puerto de San Sebastián, quien me dijo que iba a ir también en la expedición a Vera.

El día primero de abril me avisó Jáuregui y fuimos a Oyarzun.

A mí me dieron un hermoso caballo, y, como llevaba un magnífico impermeable y un sombrero también impermeable, llegué sin mojarme a Oyarzun.

Ganisch, que conocía todos los rincones de la provincia, me llevó a un caserío de Arichulegui, donde comimos admirablemente y donde dormimos igualmente bien.

Por la mañana, nos levantamos, y, a la hora de la diana, tomé yo mi caballo, y, con mi impermeable y mi sombrero de hule, seguí a la comitiva de Jáuregui. Nos encaminamos hacia la peña de Aya, pasamos por la ermita y la ferrería de San Antón, por el mismo camino por donde fueron las tropas de Wéllington y donde murieron despeñados muchos soldados y oficiales ingleses. A media tarde llegamos a los montes próximos a Vera, y allí se acampó.

Ganisch me llevó al barrio de Zalaín, próximo al Bidasoa, al caserío del cabecilla Gamio.

Gamio fué el capitán de una partida liberal que, en una correría a Zugarramurdi, mató al coronel carlista don Rafael Ibarrola. Al volver de la expedición, el mismo día, Gamio fué visto por una patrulla carlista cuando descansaba, a la puerta de un caserío, con sus partidarios, y le soltaron una descarga cerrada y lo mataron. En Vera se había confundido el hecho y se creía que la muerte de Ibarrola era debida a mi tío Fermín Leguía, que por entonces estaba en Cuenca.

Me recibieron muy bien en el caserío de Gamio, el hijo y las hijas del partidario liberal. Cenamos espléndidamente, y tuvimos baile después de cenar. Por la mañana me presenté en una chavola de Alcayaga, en donde estaban reunidos Jáuregui, O'Donnell y otros jefes.

--¿Qué ha hecho usted?--me preguntó Jáuregui.

Le conté cómo había pasado la noche.

--Es usted un hombre de suerte.

No acababa de decir esto cuando una granada dió en la puerta de la chavola y la hizo polvo, y uno de los cascos pasó por encima de mi cabeza.

Nada; no tenía duda. Era un hombre de suerte.

Los carlistas sabían ya dónde estaban los generales enemigos, y disparaban allí.

Salimos fuera; O'Donnell, Jáuregui y los oficiales del Estado Mayor montaron a caballo, y yo hice lo mismo, y lucí mi impermeable y mi sombrero de hule.

El tiempo estaba malo: llovía y venteaba.

El Bidasoa venía muy crecido.

--Vamos a ver--me dijo Jáuregui--, ¿cómo pasaremos mejor el río?

--¡Supongo que no querrán ustedes forzar el puente!

--No.

--El hacerlo costó mil bajas a los franceses en 1813 y la pérdida del general Vander-Maesen, que murió aquí.

--¡Tantas bajas hubo!--exclamó Jáuregui--. No lo sabía. Por entonces, yo estaba herido en Cestona; por eso no pude tomar parte en la batalla de San Marcial.

--Por lo que he leído, si no murió más gente francesa fué porque un jefe del batallón, Lunel, se colocó en esta orilla y cañoneó esas dos casas de enfrente y el fuerte de ese alto, llamado Casherna.

--Es curioso. Desechada la idea de forzar el puente hay que intentar atravesar el río por otro lado. ¿Por dónde le parece a usted mejor?

--Por aquí, aguas arriba, se puede ir hasta el puente de Lesaca, por donde pasaron los ingleses de Wéllington en 1813. El puente quizá esté fortificado por los carlistas.

--Sí.

--¿Y el de Endarlaza?

--Lo mismo.

--Entonces, creo que lo mejor es que algunos de sus hombres vayan a Zalaín, saquen la barca, que quizá la tengan escondida los campesinos, y vayan pasando y fortificándose en la otra orilla.

Jáuregui conferenció con O'Donnell; decidieron esto y fué marchando hacia Zalaín un grupo y después una compañía de chapelgorris, que cruzó luego el río.

La situación respectiva de carlistas y liberales era ésta; ellos tenían algunas fuerzas en el pueblo, varios tiradores en dos casas situadas no muy lejos del puente, una de ellas llamada Dorrea, y otra que era una antigua hospedería de peregrinos de Roncesvalles; tenían fortificado el puente, unas compañías en un fortín de un alto llamado Casherna y patrullas en el monte de Santa Bárbara. Los nuestros estaban en un barrio de Lesaca, de nombre Alcayaga, y diseminados por el monte Baldrún y por la orilla del río.

Para distraer a los carlistas se hizo un simulacro de atacar el puente y se enviaron varias compañías hacia Lesaca. Se cambiaron cañonazos de un lado y de otro y, al mediodía, los chapelgorris se apoderaron de las primeras casas del pueblo.

Entonces empezaron a pasar más soldados por la barca de Zalaín y comenzaron a aparecer y avanzar por la orilla del río. Los tiradores de las dos casas, Dorrea y la hospedería de peregrinos, se opusieron a su avance; las cañones de O'Donnell bombardearon las casas hasta que las desalojaron.

Al ocupar las dos casas próximas al río los liberales, los tiradores carlistas del puente se vieron mal y lo abandonaron. El puente estaba libre de enemigos, pero lleno de obstáculos, y los que fueran a quitarlos se exponían a ser cazados.

Entonces los soldados de Jáuregui cogieron dos carros con hierba y los fueron llevando por el puente, y, avanzando detrás, quitaron los obstáculos, y los nuestros comenzaron a pasar y a marchar al pueblo.

Un grupo de veintitantos carlistas, al mando de un sargento, quedó rodeado en la plaza por los chapelgorris y los soldados cristinos, y los veintitantos subieron a la torre de la iglesia y se fortificaron allí. Por la noche bajaron de la torre con una cuerda y se escaparon.

Al anochecer, Ganisch y yo y un liberal del pueblo, al que llamaban Laubeguicoa, fuimos a una posada de Illecueta y cenamos con unos carlistas; pasamos parte de la noche cantando, y dormimos muy bien.

Por la mañana volvimos a la plaza de Vera. Le conté a Jáuregui dónde habíamos estado, lo que le siguió pareciendo un exceso de suerte.

Al día siguiente de entrar en el pueblo los liberales, tenían las casas, la iglesia y el calvario; los carlistas estaban en un alto enfrente de Vera, en un fuerte, con un cañón que lo disparaban a cada paso. Lo que me hizo gracia es que los cornetas del fuerte carlista, de cuando en cuando, tocaban la jota navarra, como para demostrarnos a nosotros que no nos temían.

Yo le dije a Ganisch que alguno de nuestros chapelgorris tocara con la corneta _Andre Madalen_ y _Ay ay, mutilla_.

Los carlistas, como ofendidos al oír nuestra música, dejaron de tocar la jota.

Yo me acerqué varias veces, a caballo, con mi esclavina y mi sombrero de copa, al reducto de Casherna, y oí silbar las balas cerca de mi cabeza.

En dos días, a fuerza de zambombazos, quedó desmontado el cañón enemigo, desmoronado el fortín, y los carlistas abandonaron los alrededores de Vera.

Toda esta acción, en mi pueblo, no me pareció muy diferente de una pedrea de chicos. Al menos, en ingenio, no había gran superioridad de los militares profesionales sobre los chicos. La única superioridad que se podía encontrar era que en esta lucha de soldados había muertos de verdad; hombres con el pecho agujereado y las piernas rotas.

Pensé varias veces, aunque, naturalmente, no me atrevía a decírselo a nadie, que esto de la guerra, como ciencia, es una verdadera tontería; yo creo que la guerra es una cosa instintiva; así se comprende que un cura, o un maestro de escuela, metido a guerrillero, pueda tener en jaque a cualquier general: que un moro desharrapado haga maniobrar a su gente como el más perfecto táctico.

El 5 de abril, O'Donnell y Jáuregui se dispusieron a volver a sus campamentos; yo me uní a unas tropas francesas que habían avanzado desde el lado de Oleta a Vera, y fuí con ellas hasta la frontera, y luego, solo, a San Juan de Luz.

La acción a la que había asistido me pareció poca cosa y me afirmé en la idea de que si alguna vez tenía que tomar parte en la guerra, no sentiría el menor miedo. Mi dandysmo estaba por encima del peligro de las balas.

TERCERA PARTE

NUEVOS CONOCIMIENTOS

EN SAINT-MORITZ

CADA nueva parte de mi libro la voy escribiendo en distintos lugares. Ahora he venido a Saint-Moritz, sitio de moda, por el que tenía alguna curiosidad, pero pienso pasar poco tiempo. Este hotel, grande como un cuartel, con tanto millonario, me ha dejado espantado.

El enorme edificio está lleno de judíos, de americanos, de japoneses, casados con francesas e inglesas, y hasta de chinos.

¡Qué decadencia la de nuestro continente! Por todas partes no se ven mas que amarillos, negros y achocolatados. ¡Qué pisto! Dentro de algunos años, en Europa no quedará un europeo de verdad: todos serán mestizos y habrá una extraña mezcla de sangre de todas partes.

Entonces, esta vieja Europa, que no tiene ya ideales, no tendrá tampoco razas un poco limpias, y la común basura humana será el patrimonio de sus ciudades y de sus campos.

La contemplación de la naturaleza no me compensa del desagradable espectáculo de esta jaula de micos que me parece el hotel.

Es curioso el poco entusiasmo que siento por la naturaleza alpina. Acostumbrado al país vasco, con sus montes pequeños y claros, estas enormes montañas me cansan, me abruman, me parecen extrahumanas y casi desagradables.

El resplandor de las manchas de nieve en los montes, como trozos de porcelana sobre el cielo azul, me hace daño a la vista.

Esta naturaleza grandiosa no la encuentro atrayente. Es una naturaleza de aire cósmico, nada humanizada, monótona de de color, que se ofrece, como una virgen selvática, al hombre joven y fuerte, y que desdeña la debilidad y el cansancio.

Creo que el artista no debe encontrar grandes inspiraciones en estos paisajes, que son para el turismo y la fotografía más que para la literatura y el arte.

Me dicen que aquí puede haber una inspiración de algo grandioso y colosal. Yo cada vez tengo más antipatía por lo grandioso y por lo colosal. No creo en nada colosal. El hombre es, como decía el filósofo griego, la medida de todas las cosas. Lo que pasa de nuestra medida no es nada, al menos para nosotros.

Yo me contento con lo que abarca la medida humana; creo que hay en sus límites materia bastante con que llenar el corazón y la cabeza de un hombre, y no aspiro a más.

I

PARÍS Y MADRID

A la primera ocasión que tuve fuí a París.

El París de entonces no era el de ahora, este París enorme, cortado por grandes avenidas con árboles. Era todavía un pueblo de calles estrechas, misterioso, en donde todo parecía posible. No había este cuadriculado policíaco actual de la vida, que hace en una inmensa ciudad como París, Londres o Berlín, se conozca a la gente casa por casa y cuarto por cuarto.

Eugenio de Ochoa me sirvió de cicerone; pero me enseñó, sobre todo, aquello que le podía dar lustre a él. Al cabo de quince días volví a Bayona.

Muy poco tiempo después, al comienzo de la primavera, don Eugenio me escribió diciéndome que sería conveniente que fuese a Madrid.

Me alegré mucho; tenía curiosidad de ver algo del interior de España.

Me ofrecí a mis amigos y conocidos bayoneses por si querían algo para Madrid. Gamboa me dió un paquete para que lo entregara al secretario del infante don Francisco, el brigadier Rosales, y dos cartas: una para don Ramón Gil de la Cuadra, y otra para don Martín de los Heros, políticos amigos suyos.

Eugenio de Ochoa me dió también una carta de presentación, para Usoz del Río.

A mediados de mayo marché a Santander, en barco, y de Santander, con grandes dificultades, a Madrid. Ya en el viaje me chocó la confusión y el desorden que había en todo, y me asombró, al entrar en Castilla, la cantidad de páramos y de desiertos que atravesamos.

Don Eugenio me esperaba en la Aduana, a la bajada de la diligencia, y me llevó a una casa de huéspedes de la calle del Lobo, donde vivía él.

Verdaderamente, Madrid me pareció feo y destartalado. La Puerta del Sol era una encrucijada sin importancia; todo lo encontraba muy polvoriento y descuidado.

--La verdad es que esto, al lado de París--le dije a don Eugenio--, parece poca cosa.

--¡Ah! ¿Tú también vas a ser de esos imbéciles que porque han estado unos días en París creen que han de despreciarlo todo?

Me callé, dispuesto a hacer las observaciones para adentro.

No es que yo despreciara Madrid, al revés; para mí, naturalmente, era más interesante que París, porque en París no podía ver nada mas que paredes y calles, y en Madrid hablaba con gentes de cosas que me interesaban. Cierto que entonces todavía tenía ese pobre entusiasmo de admirar una calle ancha y recta, o un monumento muy grande, como si por eso fuera uno más feliz; pero, aun a pesar de eso, como español, Madrid me interesaba más que París.

Yo comprendía claramente que ante la vida europea los españoles éramos muy poca cosa, que no pesábamos apenas nada. Madrid no llegaba a ser mas que un barrio pobre de París.

¡Y la gente! ¡Qué mal aspecto! ¡Qué aire de miseria, de mala alimentación!

--Esta pobre España tan enteca, tan mal dotada, ¿cómo ha podido hacer tanta cosa?--me preguntaba yo--. Ha sido el brío, la confianza, la ilusión, la que ha hecho levantarse estos Escoriales en medio de nuestros páramos. Hemos sido arquitectos con cañas, hemos construído sin medios; así ha resultado todo tan inconsistente.

En el tiempo en que yo he vivido, y sin ofrecer la historia española un interés universal, ¡qué tipos ha tenido nuestra época!, ¡qué fuerza y qué gallardía! Mina, el Empecinado, Zurbano, Zumalacárregui, don Diego León... Si hubiera habido entre nosotros un poeta, estos hombres hubiesen llegado a ser universales, no por su ideología, que era seguramente mísera, sino por su brío y su prestancia. Yo en Madrid disentía un tanto de la opinión de las gentes; me hablaban mal del clima de la corte, que a mí me parecía magnífico, y me elogiaban cosas que yo no encontraba tan admirables. La Puerta del Sol, este pequeño foro, con sus militares, sus intrigantes, sus cesantes, sus rateros, sus mozos de cuerda, sus desharrapados políticos, sus sablistas y sus aguadores; todos estos grupos de hombres harapientos, con manta y calañés, y de señores con capa y sombrero de copa; las manolas de rumbo que pasaban a pie o se mostraban en las calesas; los chicos que corrían descalzos, vendiendo papeles y hojas volantes; toda esta gusanera revolviéndose al aire me interesaba mucho.

Paseé en el Prado con sus lechuguinos, sus damas aristocráticas, sus jóvenes oficiales; vi a la Reina Madre con Muñoz en su landó, y a la Reina niña, en un coche, tirado por seis mulas grises.

Pasé el tiempo en los cafés obscuros, llenos de humo, con los espejos manchados por las moscas, los divanes, que olían a terciopelo arratonado; los mozos, que servían de mala gana; frecuenté la Fontana de Oro, la Cruz de Malta, el Café Nuevo, el de Venecia, el de San Sebastián; y vi en ellos tipos de todas clases, militares de las varias guerras españolas de la Península y de las Colonias, exclaustrados, masones, etc., etc. Leí _El Guirigay_ y _El Fray Gerundio_, y los folletos anónimos y los papeles que corrían de mano en mano.

Estuve también en los toros a ver a Paquiro Montes, y hablé con él un momento en el Café Nuevo.

Pasaba poco tiempo en la casa de huéspedes. Tenía en ella un cuarto bastante grande, blanqueado, un tanto obscuro, con una cama de madera, y en las paredes, estampas de Atala y de los Incas, con la leyenda en castellano y en francés. Siendo el cuarto tan triste y estando la calle tan alegre, ¿cómo quedarse en casa? La misma reflexión debían hacerse la mayoría de los madrileños, a juzgar por la gente que andaba por las calles.

Por la mañana, el criado que cepillaba las botas me despertaba cantando canciones liberales:

Guerra, guerra a muerte, a tiranos y a esclavos,

o aquello de

Viva, viva, viva, viva la nación; viva eternamente la Constitución.

El oír estos _guerras_ o estos _vivas_ era señal de que había que levantarse. Efectivamente, me levantaba, y ya no volvía a casa hasta la hora de comer, si no comía fuera.

Hice mis visitas.

Primeramente fuí a ver a los amigos de Gamboa, don Martín de los Heros y don Ramón Gil de la Cuadra.

Estos dos señores, los dos vizcaínos, de Valmaseda, vivían en la misma casa de la calle de Cantarranas, hoy Lope de Vega, donde también había vivido Argüelles. La casa era un antro de progresismo. En la visita a Gil de la Cuadra tuve el maligno placer de hacerle hablar de Aviraneta, diciéndole que Gamboa había estado muy preocupado con la estancia de don Eugenio en Francia.

Gil de la Cuadra habló pestes de Aviraneta: dijo que era un miserable intrigante, traidor a la masonería, difamador, enemigo de todas las personas sensatas, y a quien debían poner a la sombra. Noté que no podía decir contra don Eugenio nada en concreto.

También visité a Usoz del Río, a quien encontré en compañía de don José Somoza. Los dos eran tipos raros y extravagantes. Somoza tenía la preocupación de la metempsícosis, y Usoz, la del protestantismo.

A Usoz le volví a ver años después en San Sebastián, de vuelta de Inglaterra, ya declaradamente cuáquero.

Usoz no era, como dice Menéndez Pelayo, en _Los Heterodoxos_, nacido en Madrid, sino americano, de familia navarra. El no me lo dijo, porque no hablaba nunca de sí mismo, pero encontré su filiación en las notas policíacas del _Livre Noir de Delaveau y Franchet_, hechas en tiempo de Carlos X. La primera vez que le vi, Usoz estaba preparando un viaje a Londres. Usoz me presentó al escritor inglés Borrow, y me llevó a casa del embajador de Inglaterra en Madrid, sir Jorge Villiers; luego, lord Clarendon, hombre que tenía por entonces una gran importancia en la política española.

Fuí también a casa del infante don Francisco, y hablé con su secretario, el brigadier Rosales. Este me preguntó mucho acerca de lo que se decía en Bayona.

De pronto el brigadier me dijo:

--El otro día le vi a usted en el café hablando con un sujeto que se llama Aviraneta. ¿Le conoce usted?

--De vista, nada más.

--Pues tenga usted cuidado con él. Es el mayor revolucionario de España, hombre muy peligroso. Su alteza real el infante don Francisco y yo le conocemos mucho, por desgracia.

Estando hablando con Rosales vino el general Minuissir, y me presentaron a él. Yo tenía curiosidad por este hombre, y le pregunté algo acerca de las conspiraciones del tiempo de Fernando VII.

Minuissir no quiso hablar; ya no tenía ningún entusiasmo por los revolucionarios. Pocos años después, cuando el proceso de don Diego León, Minuissir fué fiscal de la causa, y se habló mal de él por haber pedido con energía la muerte del reo. Se dijo que había exagerado el servilismo con Espartero; que era hijo de un cocinero italiano, y que cuando, como premio a su sumisión, le pidió a San Miguel la faja de general, éste le dijo: Sería una faja manchada de sangre.

Cuando le conté a don Eugenio mi visita a Rosales, se rió:

--¿Así que Rosales dice que yo soy hombre peligroso? Más peligroso ha sido él para mí, que me ha propuesto varias veces conspirar a favor del infante don Francisco.

--¿Es hombre revolucionario ese militar?