El amor, el dandysmo y la intriga

Part 8

Chapter 84,130 wordsPublic domain

NOSTALGIAS

HIZO un par de días, mientras estuve en Cambo, deliciosos, de verano. El sol brillaba en el follaje nuevo de los árboles con una alegría, con una pompa espléndida y magnífica. Los manzanos y los perales estaban en flor; las abejas y los moscones rezongaban en el aire caliente. Este prólogo de la nueva vida tenía algo admirable y encantador.

Yo me sentía conmovido como con un acceso sentimental. Estaba a veces casi a punto de llorar. Mi cuarto, con sus muebles rococos y sus retratos antiguos, tenía un aire tan poético y al mismo tiempo tan viejo, sobre todo cuando entraba el sol de media tarde, que me llenaba el espíritu de melancolía, de una melancolía dulce y poética.

Me parecía que vivía en un aire ya pasado, con cosas muertas, que tenían un perfume marchito, como un manojo de flores guardado en un armario. Cuando salía al campo pensaba que me gustaría vivir en uno de aquellos caseríos, marchando delante de la carreta con los bueyes, yendo con el aguijón al hombro diciendo: ¡Aida! ¡Aida!, y que todas estas fantasías de intrigas políticas, de espionajes y de enredos no eran mas que estúpidas maniobras que no tenían la menor importancia...

La verdad es que este país vasco francés es encantador; más templado que el vasco español, menos montañoso y más soleado, parece hecho únicamente para dormir y soñar. Yo no he visto nada más ingenuo, más suave, ni más amable. Allí no hay grandes montes rudos y melancólicos, ni cascadas, ni castillos roqueros de aire amenazador; allí no hay preciosidades artísticas, ni gente muy rica, ni gente muy pobre; todo es alegre, pequeño, sin exageración, claro, reposado.

El campesino vasco es casi el único aldeano de Europa que tiene hoy aspecto de campesino. Cuando se le ve trabajar en su tierra con sus bueyes, está tan identificado con la naturaleza, que se funde con ella. El contemplar a estos aldeanos es para mí uno de los pocos motivos que me induce a tener respeto por ciertas formas de la tradición.

Muchas veces, contemplando el campo, recordaba aquellos versos de Elizamburu, el poeta de Sara, que fué capitán de granaderos de la Guardia Imperial de Napoleón:

Icusten duzu goicean, Arguia asten denian, Mendito baten gañian Eche tipitho aintzin churi bat, Lau aitz ondoren erdian Chacur churi bat atean Iturriño bat aldean. An bizi naiz ni paquean.

(¿Ves por las mañanas, cuando la luz comienza a alumbrar, en lo alto del monte una casa chiquita, con la fachada blanca, en medio de cuatro robles, con un perro blanco en la puerta y una fuentecilla al lado? Allí vivo yo en paz.)

Estos versos no tenían la originalidad de los de Goethe, de los de Víctor Hugo o de los de Heine; pero reflejaban dentro de su medianía admirablemente el deseo de un vasco de vivir en la tierra de los antepasados.

Elizamburu, el capitán de granaderos, que había recorrido media Europa, había sentido al escribirlos la nostalgia de su aldea, soñando con volver a su casa, blanca y pequeña, a la vida obscura del campo. Yo, que no había recorrido Europa, experimentaba un anhelo parecido.

Quizá era un anhelo intelectual, más que real, un amor por una idea, por un concepto...

No conozco yo bien la casa campesina de otros países; no sé si es mejor o peor; pero no creo que me entusiasme como la casa vasca.

No me ilusiona el cortijo o la masía en donde apenas se hace fuego, ni las porcelanas, ni los azulejos, ni los suelos de ladrillo; a mí me gusta que en el hogar haya siempre lumbre, y que una columna de humo salga constantemente de la chimenea; me gusta que en la cocina haya poca luz, que huela a leña quemada, que haya una buena vieja junto al fuego y que se oiga cerca el mugido de los bueyes...

No, seguramente Aviraneta no tenía estos ridículos accesos sentimentales. El era en sus ideas y en sus planes más constante, más tenaz; su personalidad estaba constituída de una substancia homogénea; no tenía esta heterogeneidad de mi carácter, ni tampoco este sentimentalismo mío, no sé si perruno o de capitán de granaderos.

X

FÍSICA

TENÍA curiosidad por averiguar lo ocurrido entre Delfina y Stratford, pero a ninguno de los dos me hubiera atrevido a preguntarles nada. A los tres días de nuestra estancia en Jaureguía fuimos a Bayona madama D'Aubignac, la de Saint-Allais y yo; y al llegar a casa me encontré con una carta de Aviraneta, en la que me decía que fuese a Bidart y buscase y copiase unos documentos en su archivo, y que luego fuera a Sara y me enterase del giro de los asuntos de Muñagorri.

Al día siguiente marché a Bidart y fuí a hospedarme al caserío Ithurbide, la antigua casa de Gastón de Etchepare, donde me encontraba muy a gusto.

LOS CARACOLES

El cuarto que me cedía madama Ithurbide (yo la llamaba así, aunque no fuera éste su apellido) era una sala con alcoba, la principal de la casa. Esta sala tenía un balcón corrido que daba a una duna verde que se cortaba en el acantilado del mar.

Era una sala eminentemente marina; el papel de la habitación tenía unas fragatas que navegaban a todo trapo.

En la chimenea, sobre el mármol, se veían dos ramilletes hechos de conchas y metidos en fanales de cristal; en la mampara, una estampa de color con una lancha de pescadores. Sobre una cómoda había un barco de marfil, y sobre un velador, una caja con conchas pegadas en la tapa, y varios caracoles, estrellas de mar, pólipos y corales.

Tanta concha y tanto caracol daba la impresión de que se estaba en un acuario, y que uno mismo era algún molusco o algún pólipo que por equivocación había dejado su cueva para entrar en aquel cuarto.

El primer día registré el archivo de Aviraneta, y encontré los documentos que me indicaba, y me puse a copiarlos.

Terminado mi trabajo paseaba por el arenal desierto de Bidart y contemplaba el anochecer espléndido, en que el sol se iba poniendo hacia el cabo Higuer. Luego tomé la costumbre de ir por la mañana a la playa, a primera hora, y después, por la tarde, hacia el crepúsculo.

Este mar resplandeciente con el sol de primavera, cuando lo divisaba desde encima de las lomas verdes, me daba una gran alegría.

En la casa me encontraba contento. Madama Ithurbide me hacía un potaje de judías y de verdura, que comía con gusto después de un año de comida de hotel.

Me hubiera quedado allí mucho tiempo si no hubiese sido porque tenía que seguir mi marcha.

Uno de estos días, el tercero, al salir de mi casa, por la mañana, para ir hacia el mar, pasé por delante de un jardín en donde una muchacha cantaba una canción que había oído en Laguardia:

La Pisqui, la peinadora, con excusa de peinar, le da citas al velero, y se van a pasear.

Me erguí un poco para mirar por la tapia. La que cantaba era una muchacha morena, de ojos negros.

--Muy bien--la dije--, muy bien. Veo que está usted de buen humor.

--¿Y usted, no?

--Sí, también. ¿Es usted española?

--Sí.

--¿De dónde?

--De Haro. ¿Y usted?

--Yo, de Vera.

La muchacha estaba sirviendo con una señora que tenía un niño enfermo. Allí, sola, en aquella casa próxima al mar, se aburría soberanamente. Aquel día, la señora había ido a Bayona a casa del médico.

Al pasar por la tarde volví a ver a la muchacha, que estaba cantando y tendiendo ropa al sol.

--¿Por qué no viene usted a pasear conmigo?

--¿Adónde?

--Por la playa.

--Pues, vamos.

Fuimos por la playa, charlando. Me contó su vida. Era de un pueblo próximo a Haro. Se llamaba Dolores.

Se nos obscureció. Yo estaba muy conmovido, y ella también.

Yo la abracé y la besé varias veces.

Al retornar a su casa entró ella por el jardín para ver si había vuelto la señora; pero no había vuelto.

La soledad, la noche espléndida y tibia, el ruido del mar próximo, una especie de aura erótica nos sobrecogió a los dos...

Por la mañana, cuando salí de allí, la muchacha lloraba.

--¡Qué locura! ¡Qué locura he hecho!--murmuró.

Ella no sabía por qué; a mí me pasaba lo mismo.

Al salir en el tílburi de Bidart a San Juan de Luz sentí un ligero remordimiento, pero se me pasó pronto, y olvidé rápidamente a Dolores, la riojana.

XI

MUÑAGORRI Y SU GENTE

EN San Juan de Luz visité a doña Mercedes, la madre de Corito, que me dijo que su hija vendría pronto.

De San Juan de Luz marché a Sara.

Me encontré allí con Cazalet, el bohemio, que había ido, sin duda, con alguna comisión para Muñagorri.

--¿Qué hace usted aquí?--le dije yo.

--¿Y usted, qué hace?

Nos echamos a reír.

--Lo mío no es ningún misterio--repliqué--: he venido a verle a Muñagorri.

--Yo también. Yo he estado hospedado en la misma casa en donde estuvo Don Carlos acompañado de Auguet de Saint-Silvain, titulado por el Pretendiente el barón de los Valles.

--¡Qué honor!

Entramos en una tienda, en donde había una muchacha muy guapa, que Cazalet conocía, y que se llamaba Pepita, Pepita Haramboure, y allí tomamos unas copas de vino blanco con bizcochos.

Cuando se fué Cazalet le pregunté a Pepita dónde podría ver a Muñagorri, y me dijo que tenía el campamento cerca del pueblo. Salí de la tienda y fuí a ver si lo encontraba. Vi en el camino a varios hombres, por su aspecto, soldados de Muñagorri. Le pregunté a uno de ellos dónde podría encontrar al jefe, y me señaló un caserío abandonado. Efectivamente, allí estaba, en compañía de otros dos hombres, moviendo con una gran cuchara un caldero de habas. José Antonio Muñagorri parecía un buen hombre. Era grueso, rechoncho, de cabeza redonda, de nariz aguileña, ojos negros y sonrisa amable.

--¿Ya ha comido usted?--me preguntó hablando con un canto de aldeano vascongado.

--No.

--Pues dentro de una hora comeremos aquí. Si quiere usted venir...

Le dije que Aviraneta me había enviado para que me diera ciertos datos acerca de sus futuros planes.

--¿Conoce usted a Altuna?--me preguntó.

--No.

--Pues vaya usted a verle al pueblo. Estará ahora en la fonda de Hoyartzábal.

Fuí a la fonda y lo encontré. Asensio Ignacio Altuna, el secretario de la empresa Paz y Fueros, dirigida por Muñagorri, era hombre alto, rubio, de buen color, de ojos claros, con un aire atlético.

--¿Ha comido usted?--me preguntó.

--No.

--Quédese usted a comer aquí.

--Me ha invitado también Muñagorri.

--No haga usted caso; aquí comerá usted mejor.

Me pareció poco cortés, pero, ya que el subordinado de Muñagorri me lo decía, me quedé allí. Le expliqué a Altuna el objeto de mi viaje; cómo venía de parte de Aviraneta, quien probablemente pasaría mis informes al Gobierno.

--Le daré a usted mi opinión sin ambages--me dijo Altuna--. Muñagorri es un hombre inteligente y un hombre honrado. Es un tipo que encontrará usted aquí en el país vasco, bueno, optimista, pero de esos a quienes se les ocurre una idea y ya no varían jamás. Su proyecto de Paz y Fueros le parece admirable.

Yo sabía que esta idea no era originalmente de Muñagorri, pues había sido inventada por un amigo y compañero de Aviraneta, don Juan Olavarría, y patrocinada primero por el ministerio Bardají, y luego por el ministerio Ofalia.

--Muñagorri no avanza--siguió diciendo Altuna--, porque en vez de luchar por una causa vieja y tradicional tiene que defender una causa nueva inventada por él. Para esto, no basta un talento corriente: se necesita genio.

--¿Y él no lo tiene?--pregunté yo.

--No, no lo tiene. ¿Quién lo tiene? Él no es capaz de cambiar de ideas, pero sí de procedimientos. En su misma vida ha cambiado: Muñagorri antes de ser fundidor era de profesión escribano; luego abandonó el oficio y arrendó varias ferrerías en Berastegui, con lo que ganaba mucho y daba de comer al país. Tampoco es un aventurero. Ha sido un hombre rico, condecorado con la cruz de Carlos III, y ahora con su empresa se ha arruinado, y sus ferrerías de Berastegui trabajan fundiendo cañones carlistas.

--Así, que el jefe no es malo.

--No, no es malo.

--Pues corre por el país la idea de que es un inepto.

--No, no es verdad. Lo que nos pasa a él y a los suyos, es que tenemos muchas dificultades. Usted sabe que se organizaron en Bayona juntas de las cuatro provincias para que influyesen en el país y ayudasen a Muñagorri. Estas juntas no han dado resultado. El Gobierno nos abrió un crédito de dos millones de reales en la casa Ardoin. Este dinero ha venido mermado. ¿Quién se ha quedado con él? Yo no lo sé. Al principio patrocinaron la idea algunos de nuestros políticos y varios prohombres ingleses. Lord Palmerston y sir Jorge Villiers escribieron a lord John. Hay para que nos favoreciese. Hoy ya no se acuerda nadie de nosotros, y únicamente el general Jáuregui nos alienta. El cónsul Gamboa trabaja contra nosotros. En Bayona, las autoridades del Gobierno cristino nos han tratado como criminales y desertores. El subprefecto daba noticias a los carlistas de lo que hacía Muñagorri. Al cónsul esto le parecía muy bien.

--Es que este Gobierno español y sus empleados son de una incapacidad tan extraña, que llega a lo ridículo--dije yo.

--Parecen agentes de los carlistas. No nos favorecen los liberales, y los carlistas nos odian. El general Iturbe, que estaba comprometido, se ha puesto francamente en contra de la empresa. Los carlistas han empleado toda clase de recursos contra nosotros. El canónigo Batanero ha pedido para Muñagorri y su gente la excomunión. Necesitaríamos alguien que consultara con los generales cristinos y nos indicara sus intenciones.

--Yo no puedo hacer eso.

Le dije a Altuna que, pasadas un par de semanas, tenía el proyecto de ir a San Sebastián para enterarme allá de qué pensaban los generales de la Reina de la empresa de Paz y Fueros.

--Escríbanos usted con detalles el resultado de su entrevista--me dijo él.

--Lo haré, no tenga usted cuidado.

Volvimos Altuna y yo al campamento de Muñagorri.

CANCIONES

Había concluído de comer Muñagorri con quince o veinte de sus partidarios, y un viejo cantaba una canción en honor del caudillo fuerista, que comenzaba así:

Carlos aguertu ezquero Provinci auyetan, Beti bici guerade Neque ta penetan.

(Desde que Carlos ha aparecido en estas provincias, nosotros vivimos siempre en la fatiga y en la pena. Se nos quita nuestros bienes y nunca se nos da nada.)

Esta canción lacrimosa me pareció muy propia de una empresa que marchaba tan mal.

Me despedí de Muñagorri y de Altuna y tomé a caballo el camino de San Juan de Luz. Antes de llegar a Ascaín me encontré con tres muchachos carlistas que habían estado quince días en el campamento de Muñagorri y que pensaban volver de nuevo a España, al ejército de Don Carlos. Uno era guipuzcoano, el otro navarro, y el otro francés. Se burlaban de Muñagorri y de sus planes y me cantaron varias canciones contra él. El francés llevaba un pito, con el que tocaba. El guipuzcoano cantó:

Estute aditzen soñu eder ori, Saratican elduda gure Muñagorri. Riau, riau, riau, cataplau. Gure humoria, Utzi al de batera, Euscaldun gendia.

(¿No oís un hermoso sonido? De Sara ha salido nuestro Muñagorri. Riau, riau, riau, cataplau, nuestro buen humor, dejad a un lado, gente vasca.)

Después de esta canción cantó otra más burlona, que empezaba diciendo:

Muñagorrien sarrera Españiaco lurrera, Legua guchi aurrera.

(La entrada de Muñagorri en el suelo español, pocas leguas adentro.)

El navarro a su vez cantó:

Muñagorrien gendiac Shutan ez dirade trebiac; Billa litezque obiac Seculan eztu Gauz onic eguin. Guizon gogoric gabiac Gueyenac desertoriac: Diru billa ateriac. Aditu biarcodute beriac.

(La gente de Muñagorri no es muy lista para el fuego; podría encontrarse fácilmente otra mejor. Nunca ha hecho cosa buena la gente sin ganas: la mayoría desertores. Tendrán que oír lo suyo.)

Estas canciones, mucho mejor que las palabras de Altuna, me indicaron que la empresa de Muñagorri marchaba muy mal.

XII

NUEVA TERTULIA

CUANDO llegué a Bayona a hacer la vida ordinaria, me encontré con algunas ligeras novedades. Se había instalado en mi mismo hotel González Arnao, que tenía su tertulia en su cuarto.

Solían ir a ella varios españoles, entre ellos, Eugenio de Ochoa, hijo natural del abate Miñano. Ochoa era por entonces un joven elegante, de veintitrés a veinticuatro años, muy emperifollado, muy culto y que hablaba perfectamente el francés.

También solía ir un pintor muy malo, Augusto Bertrand, entusiasta de lo más ñoño de la pintura francesa, ya de por sí un tanto ñoña. Monsieur Bertrand era gran admirador de David, de Ingres, y sobre todo de Greuze. Fuimos al estudio del señor Bertrand, que, cuando mostraba sus cuadros, daba una lente grande, como si se tuviera que contemplar la fractura de algún mineral o de algún pequeño insecto.

Otro de los contertulios fué el profesor Teinturier.

Yo, a este hombre, no le entendía. Era republicano radical, entusiasta de Barbes, de Blanqui y de Martín Bernard y de los que con ellos preparaban la revolución en las sociedades secretas, y al mismo tiempo tenía una predilección marcada por Racine y los clásicos antiguos. Sin duda aspiraba a una revolución con formas clásicas. Esto para mí era difícil de comprender. Yo me explico que los revolucionarios exaltados deseen la igualdad absoluta, el comunismo y hasta la antropofagia, pero revolucionarios con versos de Horacio y de Racine, no me caben en la cabeza. Para revolución con formas académicas, hemos tenido la Revolución Francesa, y ya basta.

Teinturier, después de muchos rodeos, me pidió que le presentase en casa de madama D'Aubignac. Le dije que hacía tiempo que no la veía a esta señora, pero que en la primera ocasión le presentaría.

Cuando fuí a casa de Delfina y se lo dije a ella, se opuso.

--De ninguna manera se le ocurra a usted traer a mi casa a ese señor--me indicó.

No repliqué nada.

--La vista sólo de ese hombre me molesta--añadió--. ¡Tiene un tipo tan vulgar! ¡Unas manos tan ordinarias! ¡Unos pies tan grandes! ¡Luego mira de una manera tan descarada!

--No crea usted. Es más bien la timidez. Está muy entusiasmado con usted.

--Pues, no; no le traiga usted aquí.

¡Pobre hombre!--pensé yo--. Para eso ha estudiado tanto, para que no lo consideren ni siquiera a la altura de uno de estos oficiales majaderos e insolentes que se lucen en los salones.

Siempre me ha chocado la poca comprensión que tienen las mujeres por cierta clase de hombres. Estos tipos de hombres fuertes, que se creen más fuertes de lo que son, que ven a la mujer como un producto débil, más débil de lo que es en realidad, este hombre toro, que parece que debía ser el ideal de la mujer femenina, lo es pocas veces, casi nunca.

CONVERSACIÓN CON DELFINA

Delfina me preguntó si le había vuelto a ver a Stratford. Le dije que le había visto un momento.

--¿No le ha hablado a usted de mí?

--No.

--Estamos reñidos.

--¿De verdad?

--Sí.

--¿Y por qué?

--Yo le tengo cariño a Jorge, le tengo por un caballero, por un hombre noble y bueno.

--Yo también.

--Yo desearía conservar con él una buena amistad, pero él no se contenta con eso.

--El quisiera ser su amante.

--No.

--Pues entonces, ¿qué quiere?

--El quisiera que yo abandonara mi casa y fuéramos juntos los dos a otro país.

--¿Y los hijos?

--El me decía que nos llevaríamos los hijos.

--¿Pero su marido de usted?

--A mí, ¿qué quiere usted? No me importa nada mi marido, pero lo que no puedo sacrificar es mis hijos. Prefiero ser desgraciada.

Hablando del asunto llegué a comprender la situación respectiva de Delfina y de Stratford. Ella le había dado a entender la posibilidad de que él fuera su amante sin escándalo, lo que ocurría en muchos hogares. El no aceptaba la solución. Nada de bajo adulterio, ocultándose del marido. Afrontar la situación desde el principio y marcharse a otro país.

--Jorge es un corazón noble y yo le admiro ahora más que antes--dijo Delfina.

Hablamos largamente y me pidió que la primera vez que le viera a Stratford le sondeara acerca de sus intenciones.

Al despedirme de ella, Delfina me dijo:

--Cuento con su discreción, Leguía, ¿verdad?

--Una vez he podido ser imprudente, pero dos, no.

--Así lo espero. Además, aquello era una niñería.

Cuando salí a la calle, todo lo que se me había ocurrido mientras hablaba con Delfina se lo dije al viento:

--Señora: usted es muy alambicada y muy cuca; quiere usted religión y libertad de pensamiento exclusiva para usted, costumbres muy severas y al mismo tiempo facilidad en las pasiones; ser muy honorable y tener un amante, tener un hombre enérgico y altivo y al mismo tiempo que se doblegue a sus necesidades y a sus caprichos. Todo esto no se encuentra mas que en Jauja o en el país de las Gangas. Yo no diré nada, pero no seré tampoco el que intervenga en sus asuntos.

XIII

VUELTA POR ESPAÑA

COMO quería cumplir el encargo de Altuna y dar informaciones precisas a don Eugenio, me preparé a ir a San Sebastián; pedí pasaportes y cartas de recomendación a González Arnao, quien me recomendó al coronel inglés Colquhoun.

Partí de Bayona para San Juan de Luz, fuí a Socoa y salí en un pailebote que marchaba a San Sebastián. Llegué a la ciudad donostiarra y me vi inmediatamente con Alzate y Orbegozo. Alzate me dijo que con quien podría enterarme bien de las intenciones inglesas con respecto a Muñagorri, sería hablando con el coronel Colquhoun, que estaba en aquel momento en Ategorrieta. Seguramente la carta de González Arnao me serviría para llegar a él. Respecto a los planes de los generales cristinos, él me daría una carta para el general Jáuregui.

A la mañana siguiente tomé un coche y fuí a Ategorrieta. Llevaba en aquel punto mucho tiempo acantonada la Legión inglesa. A la entrada del barrio había un letrero con pintura negra en una pared: Westminster Square, y en otra esquina ponía Constitution Hill (colina o cuesta de la Constitución). Este segundo letrero duró mucho tiempo; yo lo vi quince años después. Algunos supusieron que quedaba porque Hill, en vascuence, quiere decir muerto, y los campesinos vascos, en su mayoría carlistas, al leer Constitution Hill, suponían que decía Constitución muerta.

Al acercarme al barrio me detuvo un centinela, que llamó a un cabo, quien me condujo al Cuerpo de guardia. Cerca había una fila de carros, caballos y cañones.

Entramos el cabo y yo en el Cuerpo de guardia británico.

Los soldados ingleses, con sus casacas rojas, se paseaban de arriba a abajo con las manos cruzadas en el pecho, silbando o tarareando; otros, sentados en los bancos, cosían un botón o remendaban una ropa vieja. En la pared estaban colocados los fusiles, y en medio había un brasero lleno de tablas ardiendo. Había un olor fuerte a tabaco. Salió un oficial, le pregunté por el coronel Colquhoun, y me indicó una casa próxima al camino de Pasajes.

Aquellos ingleses me parecieron gente de buen aspecto, a pesar de que tenían mala fama como soldados. Se decía que eran vagabundos enrolados en los muelles y en las tabernas de Inglaterra; se añadía que desertaban a la mejor ocasión a las filas liberales o carlistas; que robaban en los pueblos, y que se emborrachaban siempre que podían.

A pesar de esto se habían batido como leones a las órdenes del general Lacy-Evans en la batalla de Oriamendi.

En la casa que me indicaron como residencia del coronel Colquhoun vi a un soldado inglés con su mujer y dos chicos en brazos. Le pregunté si sabía si vivía allí el coronel, y me dijo que sí.

Colquhoun me recibió muy amablemente, pero me dijo que no sabía nada; él influía con el comodoro lord John Hay para que no se abandonara la empresa de Muñagorri, pero no conocía los planes del Gobierno inglés.

Colquhoun me pareció un hombre amable y culto. Era matemático e ingeniero, y por la presión de lord John se había metido a politiquear y a intrigar, cosas para las cuales no tenía condiciones.

Volví a San Sebastián y fuí a Hernani, en donde me dijeron que encontraría a Jáuregui. Efectivamente, le encontré; le di la carta de Alzate, y me preguntó por mi tío Fermín, y nos hicimos muy amigos. Tenía él que ir a Urnieta; le ofrecí mi coche; aceptó, y fuimos juntos.