El abuelo (Novela en cinco jornadas)
Part 10
EL MÉDICO, ~pensando que no es pertinente manifestar el deseo ni menos el propósito de llevarle a Zaratán~.
El señor Conde no gustará quizás del excesivo regalo y _confort_ que allí tendría.
EL CURA
Seguramente no. Los monjes le tratarán con demasiado mimo, y el mimo y los agasajos excesivos pugnan con el carácter rudo y llanote del Conde de Albrit.
EL CONDE
Según y conforme, amigos míos. ~(Con sutil malicia.)~ Antes de resolver nada en este delicado punto, la primera persona con quien debo consultar es Venancio, a quien debo generosa hospitalidad... Venancio, acércate. ¿Has oído? Sí, tú todo lo oyes. ¿Qué te parece? ¿Debo ir a Zaratán?
VENANCIO. ~(Oportunamente aleccionado por el Médico y el Cura, contesta todo lo contrario de lo que tan ardientemente desea.)~
Señor, en ninguna parte está usía como en su casa.
EL CONDE, ~con finísima marrullería~.
Ya veis... ¡Cómo he de desairar yo a este hombre tan bueno para mí... que me hace la limosna con cristiana delicadeza!... Ea, hablemos de otra cosa.
EL CURA, ~contrariado de que el Conde desvíe tan bruscamente la conversación~.
Pero esto no es óbice para que el señor Conde reciba al Prior...
EL MÉDICO
Ni para que le pague la visita. Iremos todos. Yo quiero que se haga cargo de la organización admirable de Zaratán.
NELL, ~gozosa~.
¿Iremos, abuelito?
DOLLY
D. Carmelo... ¿iremos nosotras?
EL CONDE, ~impaciente por pasar a otro asunto~.
Veremos esa maravilla... Gregoria. ~(Adelántase Gregoria.)~ Ven acá, mujer... Quiero felicitarte delante de todos por la excelente cena que nos has dado. Sin necesidad de que yo te lo advirtiera, te has esmerado esta noche, porque tenemos dos buenos amigos a nuestra mesa. Así me gusta. El régimen de sobriedad y economía se guarda, naturalmente, para cuando estamos solos las niñas y yo.
GREGORIA, ~azorada~.
Señor...
EL CONDE, ~envolviendo su sátira en formas exquisitas~.
Yo alabo tu arreglo, y me parece muy bien que, cuando como solo con estas, no se conozca que eres buena cocinera, ni que tu despensa está bien surtida, ni que posees vajilla elegante y manteles limpios. Decidido a dejarme educar por vosotros en la sordidez y en la miseria, que tan bien cuadran a este tristísimo fin de mi vida, os daría la satisfacción, si lo quisiérais, de comer con vosotros en la cocina... ~(Mutismo enojoso de Gregoria y Venancio. Este traga saliva muy amarga. El Cura y el Médico no saben qué decir.)~ Yo te felicito una y otra vez, porque distingues, con claro talento, entre mi persona humilde y la de mis amigos. Nos debemos a la sociedad. ~(Gregoria recoge las migajas y el servicio del postre sin decir una palabra. La procesión va por dentro. Venancio se retira.)~ Y estoy bien seguro, porque te conozco, de que el café de esta noche será excelente, como tú sabes hacerlo cuando no estamos en familia, en la santa llaneza a que os obligan vuestros escasos recursos...
GREGORIA, ~tragándose la ira~.
El Sr. Angulo toma té, ¿verdad?
EL MÉDICO
Sí: el café me desvela.
EL CURA
A mí, no: venga café.
DOLLY
Lo serviremos nosotras.
NELL, ~levantándose~.
Ponlo en aquella mesita.
GREGORIA, ~poniendo el servicio donde se le indica~.
Aquí está.
~(El Cura saca su petaca, y da un cigarro al Conde. Ambos encienden. El Médico no fuma.)~
EL CONDE
Chiquillas, servidnos ya.
NELL, ~vivamente~.
Yo le sirvo al abuelo.
DOLLY
Le sirvo yo.
NELL
Yo...
DOLLY
A mí me corresponde.
NELL
¿A ti, por qué?
DOLLY
Porque no me senté a su lado. De algún modo se ha de compensar...
NELL
No me conformo. ~(Disputan con cierto calor sobre cuál servirá al abuelo.)~
EL CURA
Vaya, no reñir, niñas. ¿Qué más da?
DOLLY, ~testaruda~.
Sí da.
EL MÉDICO
Pues que lo echen a la suerte.
NELL
Eso es: dos pajitas.
EL CURA
Vaya... A la suerte. ~(Coge rabillos de guindas que han quedado en la mesa.)~ Una pajita grande y otra chica. ~(Las prepara y las da al Conde.)~ En manos del _león de Albrit_ está la suerte.
EL CONDE
Sea. Chiquillas, venid, y aquí tenéis la solución de vuestro destino.
~(Van las niñas, y de los dedos del abuelo cada una saca un palito.)~
NELL, ~con alegría~.
Yo gané. ~(Muestra la pajita grande.)~
DOLLY, ~retirándose corrida~.
Ha habido trampa.
NELL
¿Qué?
DOLLY, ~con ligereza, sin saber lo que dice~.
El abuelo ha hecho trampa.
EL CONDE
¡Que yo hago trampas!
DOLLY
Porque no me quiere.
EL CONDE, ~meditabundo, hablando solo~.
¡Qué innoble! No hay duda, es la falsa, la mala, la intrusa.
~(Las niñas llenan las tazas.)~
EL CURA
¡Si os quiere a las dos! Dolly, no te enfades.
DOLLY
Yo no me enfado. ~(Se ríe.)~
EL CONDE, ~para sí~.
¡Se ríe... qué descarada... después de ofenderme!
NELL, ~llevando al abuelo su taza~.
Abuelo... ahí lo tienes como te gusta, amarguito.
EL CURA
Dolly me sirve a mí. Ya sabes: pónmelo dulzacho.
DOLLY
Ahí va. Ahora el té para el doctor.
EL CONDE, ~para sí~.
¡Y aún se ríe!... Carece de delicadeza... No le hacen mella los desaires. Epidermis moral muy gruesa... extracción villana. ~(Alto.)~ ¿Qué tal os sirve la pintora?
EL CURA
Divinamente.
EL CONDE
Siempre juguetona y atropellada.
EL MÉDICO
Señor Conde, un poquito de ron. ~(Ofreciéndole de una botella que acaba de traer Gregoria.)~ Es riquísimo; le probará bien.
EL CONDE
No me sientan bien los alcoholes. Pero si te empeñas... Y parece muy bueno. ~(Catándolo.)~ ¡Qué guardadito lo tenías, Gregoria! Así se hace: estas cosas ricas para las ocasiones.
EL CURA, ~después de servirse ron~.
Ahora, chicuelas, un poquito para vosotras.
NELL, ~retirando su copa~.
No, no... ¡qué asco!
DOLLY
Yo, sí... póngame media copa, D. Carmelo.
EL CURA, ~riendo~.
Te emborrachas unas miajas, y a la camita.
EL CONDE, ~para sí, mirándola beber~.
¡También eso!... ¡Qué ordinaria! ¡Buena diferencia de esta mía, que en todo revela su origen noble!... ~(Bebe de un trago, y al instante siente desvanecimiento en su cabeza.)~
EL MÉDICO, ~observando que cierra los ojos, y articula palabras ininteligibles~.
¿Qué... qué es eso?
EL CONDE
Nada... se me va un poco la cabeza... Ya te dije... los alcohólicos... ~(Se confunden sus ideas; aléjase la realidad; ve a los comensales y a sus nietas como sombras esfuminadas, y oye sus voces como un murmullo distante de hojas secas que arrastra el viento.)~
EL CURA
Parece que se aletarga.
EL MÉDICO, ~sacudiéndole suavemente el brazo~.
Sr. D. Rodrigo...
NELL
Está fatigado. ~(Llamándole.)~ ¡Abuelito!
EL CONDE, ~volviendo en sí, y pasándose la mano por los ojos~.
Lo he soñado.
DOLLY
¡Pero si no has tenido tiempo de soñar nada! Ha sido un instante.
EL MÉDICO
Medio minuto.
EL CONDE, ~mirando detenidamente a todos~.
Lo he soñado... ¡Qué imitación tan perfecta de la realidad!
DOLLY, ~asustada~.
¿Qué dices?
EL CONDE
Le he visto... como ahora te veo a ti.
NELL
¿A quién?
EL CONDE
A tu padre... Entró por aquella puerta. No le veíais, yo sí... Acercose a la mesa, y se sentó junto a Dolly... sin decir nada... A mí solo miraba.
~(Vuelve a pasarse la mano por los ojos. Dolly, medrosa, no acierta a pronunciar palabra alguna. Venancio y Gregoria espían desde la puerta.)~
NELL, ~abrazándole~.
Papaíto, debes retirarte... Estás rendido.
EL CURA
Sí, sí: a la cama.
EL MÉDICO
Vamos. ~(Dispuesto a llevársele, le coge del brazo.)~ Sr. D. Rodrigo, a dormir.
EL CONDE, ~levantándose con dificultad, ayudado de Nell y de Angulo~.
No tengo sueño ya... Pero, pues tú lo quieres, Nell, vamos... Tú mandas, hija mía...
NELL
Señores, mi abuelito les pide permiso para retirarse.
EL CURA
Sin cumplidos... ¡No faltaba más!
EL MÉDICO, ~viendo que el Conde suelta su brazo~.
¿No quiere que le acompañe a su dormitorio?
EL CONDE
No es preciso. Gracias, querido Salvador. Estoy bien... muy bien. Carmelo, buenas noches.
DOLLY, ~despidiéndose del Cura y del Médico~.
Buenas noches. ~(Va tras de su abuelo, que, apoyado en Nell, avanza lentamente hacia la puerta.)~
EL CONDE, ~volviéndose hacia ella bruscamente~.
No vengas. ~(Con displicencia.)~ Acompaña a estos señores. Aprende a ser cortés. ~(Pausa.)~
~(Retíranse despacio el Conde y Nell. Dolly vuelve al centro de la estancia, se sienta, apoya en la mesa los codos, la cara en las palmas de las manos.)~
EL CURA
¿Qué tienes, chiquilla?
EL MÉDICO
También la marea el ron.
DOLLY, ~sollozando~.
El... abuelo... no me quiere.
ESCENA XII
~Dormitorio del Conde. Es de noche. Una lamparilla de aceite, puesta en una rinconera, alumbra la estancia; la luz es chiquita, tímida, llorona, un punto de claridad que vagamente dibuja y pinta de tristeza los muebles viejos, las luengas y lúgubres cortinas del lecho y del balcón. Profundo silencio, que permite oír el mugido lejano del mar como los fabordones de un órgano. El viento, a ratos, gime, rascándose en los ángulos robustos de la casa.~
EL CONDE, ~solo. (Después de un sueño breve y profundo, se viste precipitadamente, y se sienta en el borde de la cama.)~
Bien despierto estoy, no puedo dudarlo... En vela, paréceme que duermo; dormido, veo y toco la realidad. ¿Qué es esto? Tan cierto como esa es luz, yo vi a Rafael entrar en el comedor, acercarse a la pequeña y... La primera vez no hizo más que mirarme... movimiento, ninguno: no tenía brazos. La segunda vez, Rafael tenía brazo derecho y mano... nada más que un brazo y una mano. No sé qué arma era la que llevaba. Solo sé que así, así... de un golpe, mató a Dolly. La pobre niña no dijo ¡ay! Murió calladita y risueña... como un ángel, cumpliendo la ley del destino, que ordena que las hijas paguen las culpas de las madres... ~(Tratando de despejarse, da algunos pasos.)~ Sueño ha sido; mas no debemos despreciar los sueños como obra caprichosa de los sentidos, ni creer que estos, al dormirnos, se sueltan, se embriagan, se dan a la imitación burlesca y desenfrenada de los actos normales dictados por el juicio... No, no son los sueños un Carnaval en nuestro cerebro. Es que... bien claro lo veo ahora... es que el mundo espiritual, invisible, que en derredor nuestro vive y se extiende, posee la razón y la verdad, y por medio de imágenes, por medio de proyecciones de lo de allá sobre lo de acá, nos enseña, nos advierte lo que debemos hacer... ~(Se pasea vacilante, sin guardar la línea recta en sus idas y venidas.)~ ¡Cómo suena esta noche la mar! ¡Y yo, durmiendo, creía que ese _bum-bum_ eran mis ronquidos!... ¡Y es el mar el que ronca! ~(Detiénese a escuchar.)~ ¡Qué silencio en la casa! Todos duermen: las niñas también, ignorantes de que urge expulsar a la intrusa. Ley de justicia es. No he inventado yo el honor, no he inventado la verdad. De Dios viene todo eso; de Dios viene también la muerte, fácil solución de los conflictos graves. Tiene razón Laín: el que usurpa, debe morir, debe ser separado... Rafael y yo separamos, apartamos lo que por fraude se ha introducido en el santuario de nuestra familia. ~(Coge maquinalmente su palo, por costumbre de andar con él.)~ Esto es más claro que la luz. Siempre lo has dicho, Albrit; siempre lo has dicho. La causa de que las sociedades estén tan podridas, la causa de que todo se desmorone es la bastardía infame... el injerto de la mentira en la verdad, de la villanía en la nobleza... Tú lo has dicho, Albrit; tú debes sostenerlo, Albrit...
~(Sale de su cuarto cautelosamente, y tentando las paredes avanza por un largo pasillo. La claridad de la luna le permite llegar sin tropiezos insuperables basta una puerta, por cuyos resquicios se filtra luz. Es el cuarto donde duermen Nell y Dolly. Aproxímase, procurando evitar todo ruido, y aplica el oído a la cerradura.)~
No duermen... Parece que rezan. Oigo confusas sus dos voces, que no son más que una. ~(Con súbita emoción afectiva.)~ ¡Oh, Dios! ¡Si me parece que las amo a las dos; que no puedo separarlas en mi amor; que la falsa se agarra a la verdadera y se hace con ella una sola persona...! Esto no puede ser; esto es una cobardía... Albrit, mira quién eres: la justicia, la verdad están en tu mano... ¡Oh! ahora distingo mejor las voces... ~(Poniendo toda su alma en el oído.)~ No, no hay cántico de ángeles que iguale a sus vocecitas... No rezan; ahora hablan. Nell parece que quiere consolar a Dolly... Oigo mi nombre... «el abuelo...» Dolly solloza... sin duda se aflige porque la reñí, porque le manifesté despego, diciéndole que no viniera conmigo, como de costumbre. ~(Con desesperación muda.)~ ¡Señor, Señor, haz que las dos sean legítimas!... Pero ni Dios, con todo su poder, puede impedir que Dolly sea falsa... La denuncia su carácter villano... es el contrabando infame introducido en mi casa por esa ladrona de mi honor... ~(Asaltado de una idea terrible, se clava en el cráneo las uñas de la mano derecha.)~ ¡Y si las dos son falsas, si las dos son...! ~(Pone la mano en la puerta, con intención de abrirla suavemente. Espantado de sí mismo, se aleja.)~ No, no, Albrit; tú no puedes, no sabes... no sirves para la ejecución de estas obras crueles, por más que sean justas... ~(Volviendo a la puerta.)~ ¿Y de qué modo se amputa y arroja la maleza, si una ley torpe, inicua, ampara el fraude? ~(Nueva indecisión. Su voluntad, turbada, gira rápidamente a impulsos de un huracán.)~ ¡Pobrecitas, se asustarán si entro tan a deshora!... Y Nell me dirá... de seguro me lo dirá... «Abuelo, no mates a Dolly.» Tú lo has dicho también, Albrit; tú lo has dicho: «Todo ser humano que tiene vida debe vivir.» Dios se la dio... nosotros no debemos quitársela... ~(Se aleja pausadamente.)~ Hasta podría ser... sí... podría suceder que la espúrea, que es Dolly, fuera buena... buena y espúrea, ¡qué sarcasmo!... ¡Así anda el mundo, así anda la justicia!... Pero de eso no tenemos culpa los pobres mortales: es el de arriba quien tiene la culpa, el que permite la rareza extravagante de que salga buena la falsa... ~(Avanza. En mitad del pasillo es sorprendido por Venancio.)~
ESCENA XIII
~EL CONDE, VENANCIO; después GREGORIA y CRIADOS~
VENANCIO, ~con malos modos~.
¿Por qué está levantado el señor Conde?
EL CONDE, ~arrogante~.
Porque quiero... ¿Quién eres tú para interrogarme en esa forma descortés?
VENANCIO
Nada tiene que hacer usía a estas horas en los pasillos obscuros, rondando como alma en pena.
EL CONDE
Si tengo o no tengo que hacer, eso no es cuenta tuya.
VENANCIO, ~con autoridad~.
Entre usía en su alcoba.
EL CONDE
¡Lacayo!... ¿te atreves a mandarme?
VENANCIO
Me atrevo a guardar el orden en mi casa, y a no permitir...
EL CONDE, ~furioso~.
Vil... vete de mi presencia.
VENANCIO
Estoy en mi casa.
EL CONDE, ~que devora su ira, apretando los dientes y los puños~.
¡En tu casa, sí!... Pero eso no es razón para que te insolentes con tu señor.
VENANCIO
No hay señor que valga. A mí solo me manda una persona, la señora Condesa de Laín.
EL CONDE, ~con intenso coraje reconcentrado~.
Es cierto... Eres un villano que dice la verdad... y yo estoy aquí de limosna... Pues bien: quiero mandar un recado a tu ama, dignísima reina de tal vasallo.
VENANCIO
¿Qué?
EL CONDE
Un mensaje de gratitud... ~(Con rápida acción enarbola el palo, y con la fuerza que le imprime su insensata cólera, lo descarga sobre la cabeza de Venancio, sin darle tiempo a esquivar el golpe. Es palo de ciego, palo nocturno. Formidable acierto.)~ Toma... De mi parte.
VENANCIO
¡Ay!... ¡Maldito viejo!
GREGORIA, ~que acude en paños menores; tras ella, dos criados con un farol~.
¡Sujetarle!... Ese hombre está loco.
EL CONDE, ~cuadrándose fiero~.
¡Villanos, al que se atreva a poner la mano en _el león de Albrit_, al que manche estas canas, al que toque estos huesos, le mato, le tiendo a mis pies, le despedazo!
~(Inmóviles y mudos, no se atreven a llegar a él. Dirígese Albrit impávido a su estancia, y penetra en ella sin mirarles.)~
VENANCIO, ~mientras se restaña con un pañuelo la herida, de que brota sangre~.
¡Encerrarle, encerrarle!
~(Un criado da vuelta a la llave y la quita.)~
FIN DE LA JORNADA TERCERA
JORNADA CUARTA
ESCENA PRIMERA
~Terraza en la Pardina.~
~GREGORIA, disponiendo la mesa para servir al Conde su desayuno; VENANCIO, con la cabeza vendada; SENÉN, que entra por el fondo con una maletita de mano.~
SENÉN
Aquí me tenéis otra vez.
VENANCIO, ~abrazándole~.
Senén de todos los demonios, te juro que me alegro de verte.
GREGORIA
Muy pronto has vuelto de Verola.
VENANCIO
¿Qué?... ¿traes instrucciones de la Condesa?
SENÉN
Sí... lo primero, que me alojéis aquí... Descuidad: os molestaré muy poco.
GREGORIA
Te pondremos en el cuartito de arriba.
VENANCIO
Próximo al del Conde. Sin duda la señora quiere que nos ayudes a quitarle las pulgas al león.
GREGORIA
¡Y qué pulgas, Senén!
SENÉN, ~fijándose en la venda de Venancio~.
Ya, ya llegó a Verola la noticia de tu descalabradura. Una caricia de la fiera.
VENANCIO, ~renegando~.
¡Que uno aguante esto!
SENÉN
Es un viejo de cuidado. A los setenta años conserva los músculos de acero de sus buenos tiempos, y la voluntad de bronce. No hay quien le amanse. Te digo que más quiero verme ante un tigre hambriento que ante el Conde de Albrit irritado.
VENANCIO, ~dando patadas~.
Pues yo le juro que de mí no se ríe. Un hombre libre, que vive de su trabajo y paga contribución, no está en el caso de sufrir esas arrogancias de figurón de comedia.
SENÉN
Poco a poco, Venancio. La señora Condesa me encarga te diga que... tengas paciencia.
VENANCIO
¿Más paciencia, jinojo?
SENÉN
Y que sigáis guardándole las consideraciones que se le deben por su rango, por sus desgracias, sin perjuicio de vigilarle...
GREGORIA
Y si nos mata, que nos mate.
VENANCIO
Por si acaso, desde ayer le vigilo... con un revólver.
SENÉN
Calma... ~(Receloso, mirando.)~ ¿Vendrá por aquí?
GREGORIA
Me ha mandado que le sirva el desayuno en la terraza.
SENÉN
Pues le espero.
VENANCIO
¿También traes instrucciones para él?
SENÉN
No; pero necesito... sondearle. Ya sabéis: soy muy largo; me pierdo de vista. Conque... me tenéis de huésped.
GREGORIA, ~cogiendo la maleta~.
¿Vienes a tu cuarto?
SENÉN
Luego. Me atrevo a suplicar a mi simpática patrona que en el cuidado de esta maleta ponga sus cinco sentidos. La quiero como a las niñas de mis ojos.
VENANCIO
¿Qué traes ahí?
GREGORIA
Pues pesa, pesa...
SENÉN
Es mi relicario. Recuerdos, cositas que solo para mí tienen interés. Y juro por mi honor, que no la estimaría más si la trajera llena de brillantes del tamaño de almendras. En fin, Gregoria, usted me responde de ese tesoro.
VENANCIO, ~mirando por la derecha~.
El _león_ viene.
GREGORIA
Voy por el café.
ESCENA II
~VENANCIO, SENÉN, EL CONDE, GREGORIA~
EL CONDE
Buenos días... Hola, Senén, ¿qué traes por aquí?
SENÉN
¿Qué ha de traer el pobre más que las ganas de dejar de serlo?
EL CONDE
Y con las ganas, la decidida voluntad de enriquecerte. Eres joven; tienes estómago de buitre, epidermis de cocodrilo, tentáculos de pulpo: llegarás, llegarás... ¿Y tú, Venancio?... ¿Cómo va esa herida? Vamos, hombre, no es para tanto. Poco mal y bien quejado. Ya estarás bien.
VENANCIO
Todavía, todavía... El señor tiene un genio imposible.
EL CONDE
Sí, sí... Y tú crees que la miseria debe ser mordaza y grillete para este genio maldito que me ha dado Dios. No sé, no sé: gran domadora es la pobreza; pero soy yo muy bravo. Me propongo contenerme dentro de la humildad y sumisión; pero llega un momento de prueba... un insensato que con frase agresiva me ofende, echándome al rostro mi humillante miseria, y entonces... ¡ay! no soy dueño de mí, pierdo la cabeza...
GREGORIA, ~poniendo en la mesa el servicio de café, que se compone de piezas de latón y loza ordinaria~.
Aquí tiene, señor.
EL CONDE, ~sentándose~.
Pero no tardo en recobrar mi serenidad de persona bien nacida y bien educada; vuelvo a sentir la hidalga benevolencia con que he tratado siempre a los inferiores, y... ya tienes al león aplacado, y pesaroso de su fiereza...
VENANCIO
Pensara el señor esas cosas antes de levantar el palo...
EL CONDE
Es mi manera de aleccionar a los que quiero bien... En fin, Venancio, hoy, como ayer, te pido que me perdones. Yo no te faltaré... pero has de guardarme, fíjate bien en esto, la consideración que me debes... ~(A Senén.)~ ¿Quieres café?
SENÉN
Mil gracias, señor Conde. Me desayuné con aguardiente y buñuelos en el parador.
EL CONDE, ~examinando el servicio con repugnancia~.
¿Pero qué servicio es este?
GREGORIA, ~para sí~.
Fastídiate, viejo regañón.
EL CONDE
¿Qué habéis hecho de la cafetera y del jarrito de plata en que me servísteis estos días?
VENANCIO
Mandamos que los limpiaran, y...
GREGORIA
Y para no hacer esperar al señor...
EL CONDE
¿Y aquellas tacitas de porcelana fina...? En fin, con tal que el café esté bueno... ~(Se sirve.)~ ¿Lo has hecho tú?
GREGORIA
Con muchísimo cuidado... Veremos si hoy está a su gusto.
EL CONDE, probándolo.
¿Qué es esto? ~(Con asco.)~ ¡Agua indecente de achicoria... y recalentada... y fría!... Vamos, las sobras del café de anoche, que ya era malo adrede... ~(Cogiendo el pan y tratando de partirlo.)~ ¿Y de dónde habéis sacado esta piedra que me dais por pan?... Con ser tan duro, no lo es tanto como vuestros corazones.
VENANCIO
Culpa del panadero, señor...
EL CONDE
Culpa de vuestra sordidez villana. ~(Les arroja el pan.)~ Echad esto a vuestros perros, y dadme a mí lo que para ellos tenéis, pues de fijo les dais trato mejor que a mí. Guardad esta preciosa vajilla, no se os deteriore, no se os desgaste en mi servicio. ~(Arroja al suelo todas las piezas de loza y latón.)~ ¡Queréis aburrirme, queréis hacerme imposible la vida! Al último pastor de cabras, al último mendigo que llegara con hambre a vuestra puerta, le haríais la limosna sin humillarle. ¿Por qué, ingratos, me humilláis a mí?
VENANCIO, ~que aterrado, lo mismo que Gregoria, no sabe por dónde salir~.
Se servirá otra vez... Nosotros...
EL CONDE, ~con arrogancia~.
No quiero. Me quedaré en ayunas.
SENÉN
Eso no. Mandaré traerlo del café...
EL CONDE
No te molestes... ~(A Venancio y Gregoria, con majestuosa indignación.)~ No tenéis ni un destello de generosidad en vuestras almas ennegrecidas por la avaricia; no sois cristianos; no sois nobles, que también los de origen humilde saben serlo; no sois delicados, porque en vez de dar un consuelo a mi grandeza caída, la pisoteáis, vosotros que en el calor, en el abrigo de mi casa, pasásteis de animales a personas. Sois ricos... pero no sabéis serlo. Yo sabré ser pobre, y puesto que con vuestras groserías me arrojáis, me iré de esta casa, en que no hay piedra que no llore las desgracias de Albrit.
SENÉN, ~con afectada gravedad y adulación~.
Los deseos de la Condesa son que se prodiguen al señor todas las atenciones que merece por su categoría...
EL CONDE
Ya lo veis: esa mujer liviana y sin pudor es más cristiana que vosotros, y más generosa y delicada.
VENANCIO, ~turbadísimo, tragándose la ira~.
La Condesa no puede mandarme... yo... digo, la Condesa es mi señora... dueña de todo...
GREGORIA, ~vivamente~.
De la Pardina no.
VENANCIO
La Pardina es mía.
EL CONDE, ~arrogante~.
Sea de quien fuere, y en tanto que decido si me quedo o me voy, no quiero veros. Idos de mi presencia.
VENANCIO, ~dudando~.
Decídalo pronto, porque...
EL CONDE, ~despidiéndoles con gesto de autoridad~.
Pronto.
VENANCIO, ~saliendo con Gregoria~.
Sufrámosle un día más, un solo día.
GREGORIA
Y es mucho... ¡jinojo!
ESCENA III
~EL CONDE, SENÉN~
EL CONDE, ~serenándose~.
Siéntate aquí, Senén... Tengo que hablar contigo.
SENÉN, ~con fatuidad, sentándose~.
Nada más temible que esta plebe hinchada, señor; estos patanes hartos de bazofia, que porque han logrado reunir cuatro cuartos se atreven a medirse con las personas _comilfot_...
EL CONDE
La villanía es perdonable; la ingratitud, no... En mi cuarto había un lavabo bastante bueno, muy cómodo para mí. Ayer me lo han quitado esos viles, poniendo una palangana de latón de este tamaño, como las que hay en los asilos...
SENÉN, ~afectando indignación~.
¡Qué atrocidad!
EL CONDE