Part 3
--¿Y usted lo cree? Parece mentira que tenga usted más de sesenta años. Pues yo digo y repito que ese endiablado D. Mauro me parece un farsante hipocritón. Yo, en lugar de usted, les mandaría a paseo.
--Yo soy pobre, hijo mío; ellos son ricos: Inés se irá con ellos. En caso de que la traten mal, la recogeremos otra vez.
--No la tratarán mal, no --dije muy sofocado--. Lo que yo temo es otra cosa, y eso no lo he de consentir.
--A ver, muchacho.
--Usted sabe como yo lo que hay sobre el particular: usted sabe que Inés no es hija de Doña Juana; usted sabe que Inés nació del vientre de una gran señora de la Corte, cuyo nombre no conocemos; usted sabe todo esto, y ¿cómo sabiéndolo no comprende la intención de los Requejos?
--¿Qué intención?
--Los Requejos despreciaron siempre a Doña Juana; los Requejos no le dieron nunca ni tanto así; los Requejos ni siquiera la visitaron en su enfermedad; y ahora, Sr. D. Celestino de mi alma, los Requejos lloran recordando a la difunta; los Requejos echan la baba mirando a su sobrinita, y no puede ser otra cosa sino que los Requejos han descubierto quiénes son los padres de Inés; los Requejos han comprendido que la muchacha es un tesoro, y ¡ay! no me queda duda de que el Requejo mayor, ese poste vestido, trae entre ceja y ceja el proyecto de casarse con Inés, obligándola a ello en cuanto la pille en su casa.
--Sosiégate, muchacho, y óyeme. Puede muy bien suceder que la intención de los Requejos sea la que dices, y puede muy bien que sea la que ellos han manifestado. Como yo me inclino siempre a creer lo bueno, no dudo de la sinceridad de D. Mauro, hasta que los hechos me prueben lo contrario. ¿Qué sabes tú si de la mañana a la noche verás a Inés hecha una damisela, paseando en magnífica carroza, con dos caballos empenachados y un encartonado cochero? Sí: verasla rodeada de lacayos y pajes, llena de diamantes como avellanas, y viviendo en uno de esos caserones que hay en Madrid más grandes que conventos.
--¡Bah, bah! Eso es como cuando yo quería ser Príncipe, Generalísimo y Secretario del Despacho. A los diez y seis años se pueden decir tales cosas; pero no a los sesenta.
--Viviendo conmigo, Inés ha de estar condenada a perpetua estrechez. ¿No vale más que se la lleven los parientes de su madre, que parecen personas muy caritativas? En todo caso, Gabriel, si la muchacha no estuviera contenta allí, tiempo tenemos de recogerla, porque a mí, como tío carnal, me corresponde la tutela.
--¿Y por qué la deja usted marchar?
--Porque los Requejos son ricos... ¿lo comprenderás al fin?... porque Inés en casa de esa gente puede estar como una princesa, y casarse al fin con un comerciante muy rico de la calle de Postas o Platerías.
--Alto allá, señor mío --exclamé muy amostazado--, ¿qué es eso de casarse Inés? Inés, Dios mediante, no se casará más que conmigo. Sí, ¡vaya usted a hablarle de comerciantes y de usías!
--Es verdad: no me acordaba, hijito --dijo el cura con algo de mofa--. ¡Casarse a los diez y siete años! ¿El matrimonio es algún juego? Y además, hazme el favor de decirme qué ganas tú en la imprenta donde trabajas.
--Sobre tres reales diarios.
--Es decir, noventa y tres reales los meses de treinta y uno. Algo es; pero no basta, chiquillo. Ya ves tú: cuando Inés esté en su sala con cortinas verdes de ramos amarillos, y se siente en aquellas mesas donde hay siete pavos por Navidad, y todas las noches cena de perdiz por barba... ya ves tú, no sé cómo podrá arrimarse a ella un pretendiente con noventa y tres reales al mes, en los que traen treinta y uno.
--Eso ella es quien lo ha de decir --repuse con la mayor zozobra--; y si ella me quiere así, veremos si todos los Requejos del mundo lo pueden impedir. En resumidas cuentas, señor D. Celestino, ¿usted está decidido a que Inés se vaya esta tarde con D. Mauro?
--Decidido, hijo mío: es para mí un caso de conciencia.
--¿Y quién le dice a usted que con noventa y tres reales al mes no se puede mantener una familia? Pues a mí me da la gana de casarme, sí, señor.
--¡Casarse a los diez y siete años! Uno y otro debéis esperar a tener los treinta y cinco cumplidos. La vida se pasa pronto: no te apures. Para entonces podréis casaros. Sois a propósito el uno para el otro. Casar y compadrar cada uno con su igual. Veremos si de aquí allá te luce más el oficio.
--¿Y no puedo yo buscar un destinillo?
--Eso es como cuando se te puso en la cabeza que te iba a caer un principado.
--No: un destinillo de estos que se dan a cualquier pelón, en la contaduría de acá o en la de allá.
--¿Pero crees tú que un empleo es cosa fácil de conseguir?
--¿Por qué no? --respondí enfáticamente--. ¿Pues para qué son los destinos sino para darlos a todos los españoles que necesitan de ellos?
--Hijo, las antesalas están llenas de pretendientes. Ya recordarás que a pesar de ser paisano y amigo del Príncipe de la Paz, estuve catorce años haciendo memoriales.
--Pero al fin... Visita usted a S. A. y le trata; de modo que si le pidiera para mí una placita, no creo que se la negara.
--¡Ah! --exclamó D. Celestino con satisfacción--. El día que visité a S. A. fue para mí el más lisonjero de mi vida, porque oí de sus augustos labios las palabras más cariñosas. Si vieras con cuánto agasajo me trató; ¡y qué amabilidad, qué dulzura, qué llaneza, sin dejar por eso de ser Príncipe en todos sus gestos y palabras! Cuando entré, yo estaba todo turbado y confuso, y la lengua se me quedó pegada al paladar. Mandome S. A. que me sentara, y me preguntó si yo era de Villanueva de la Serena. ¿Ves qué bondad? Contestele que había nacido en los Santos de Maimona, villa que está en el camino real, como vamos de Badajoz a Fuente de Cantos. Luego me preguntó por la cosecha de este año, y le respondí que, según mis noticias, el centeno y cebada eran malos; pero que la bellota venía muy bien. Ya comprenderás por esto el interés que se toma por la agricultura. En seguida me dijo si estaba contento en mi parroquia, a lo cual contesté afirmativamente, añadiendo que me tenía edificado la piedad de mis feligreses. Al decir esto no pude contener las lágrimas. Bien claro se ve que al Príncipe le interesa mucho cuanto se refiere a la Religión. Hablele después de que entretenía mis ocios con la poesía latina, y notifiquele haber compuesto un poema en hexámetros, dedicado a él. Enterado de esto, dijo que _bueno_, en lo cual se demuestra palmariamente su desmedida afición a las letras humanas; y por fin, a los diez minutos de conferencia, me rogó afectuosamente que me retirara, porque tenía que despachar asuntos urgentísimos. Esto prueba que es hombre trabajador, y que las mejores horas del día las consagra puntualmente a la administración. Te aseguro que salí de allí conmovido.
--¿Y no vuelve usted?
--¡Pues no he de volver! Supliqué a S. A. que me fijara día para llevarle el poema latino, y mañana tendré el honor de poner de nuevo los pies en el palacio de mi ilustre paisano.
--Pues yo iré con usted, Sr. D. Celestino --dije con mucha determinación--. Iremos juntos, y usted le pedirá un destino para mí.
--¡Estás loco! --exclamó el sacerdote con asombro--. No me creo capaz de semejante irreverencia.
--Pues se lo pediré yo --dije, más resuelto cada vez a entrar en la administración.
--Modera esos arrebatos, joven sin experiencia. ¿Cómo quieres que te presente sin más ni más al Príncipe de la Paz? ¿Qué puedo decir de ti, cuáles son tus méritos? ¿Conoces acaso por el forro los versos latinos? ¿Has saludado siquiera el _Divitias alius fulvo sibi congerat auro_, el _Passer delitiœ meœ puellœ_, o el _Cynthia prima suis me cepis ocellis_? ¿Estás loco? ¿Piensas que los destinos están ahí para los mocosos a quienes se les antoja pedirlos?
--Usted le dice que soy un chico pariente suyo, y yo me encargo de lo demás.
--¿Pariente mío? Eso sería una mentira, y yo no miento.
Así disputamos un buen rato, y al fin, entre ruegos y razones, logré convencer al Padre Celestino para que me llevara a presencia del Serenísimo señor Godoy. Mi tenaz proyecto se explica por el estado de desesperación en que me puso la visita de los Requejos y su propósito de cargar con la pobre Inés. La viva antipatía que ambos hermanos me inspiraron desde que tuve la desdicha de poner los ojos sobre ellos, engendró en mi espíritu terribles presentimientos. Se me representaba la pobre huérfana en dolorosa esclavitud bajo aquel par de trasgos, condenada a perecer de tristeza si Dios no me deparaba medios para sacarla de allí. ¿Cómo podía yo conseguirlo, siendo, como era, más pobre que las ratas? Pensando en esto, vino a mi mente una idea salvadora, la que desde aquellos tiempos principiaba a ser norte de la mitad, de la gran mayoría de los españoles, es decir, de todos aquellos que no eran mayorazgos ni se sentían inclinados al claustro: la idea de adquirir una plaza en la administración. ¡Ay! aunque había entonces menos destinos, no eran escasos los pretendientes.
España había gastado en la guerra con Inglaterra la espantosa suma de _siete mil millones_ de reales. Quien esto derrochó en una calaverada, ¿no podía darme a mí cinco mil para que me casara? Por supuesto, el pretender casarse entonces a los diez y siete años, era una calaverada peor que la de gastar siete mil millones en una guerra. Aquella idea echó raíces en mi cerebro con mucha presteza. A la media hora de mi conferencia con D. Celestino, ya se me figuraba estar desempeñando, ante la mesa forrada de bayeta verde, las funciones que el Estado tuviera a bien encomendarme para su prosperidad y salvación. Atrevido era el proyecto de pedir yo mismo al poderoso Ministro lo que me hacía falta; pero la gravedad de las circunstancias y el loco deseo de adquirir una posición que me permitiera disputar la posesión de Inés a la temerosa pareja de los Requejos, disminuía los obstáculos ante mis ojos, dándome aliento para las empresas más difíciles.
No disimuló la huérfana, al hablar conmigo, la repugnancia que le inspiraban sus tíos: tal vez hubiera yo logrado impedir el secuestro; pero D. Celestino repitió que era para él caso de conciencia, y con esto Inés no se atrevió a formular sus quejas: ¡tan grande era entonces la subordinación a la autoridad de los mayores! La escrupulosidad del buen sacerdote no impidió, sin embargo, que yo hablara mil pestes de los dos hermanos, criticando sus fachas y vestidos, y comentando a mi manera aquello de los siete pavos y capones, con la añadidura de las perdices por barba en la hora de la cena. También me reí con implacable saña de los tratamientos que se daban hermano y hermana, pues, según el lector observaría, se llamaban simplemente _este_ y _esta_. D. Celestino me dijo que tratase con más miramientos a dos personas respetables que habían sabido labrar pingüe fortuna con su trabajo y honradez, y, entre tanto, Inés preparaba de muy mala gana su equipaje.
No tardó la casa del cura en verse honrada de nuevo con las personas de los Requejos, que llegaron a eso de las cuatro, haciendo mil ponderaciones de las tierras adquiridas cerca de Ontígola; y su contento al ver que Inés se disponía a seguirles, fue extraordinario.
--No te des prisa, pimpollita --decía Don Mauro--, que todavía hay tiempo de sobra.
--Su impaciencia por emprender el viaje --añadió Doña Restituta, plegando de un modo indefinible el forro cutáneo de su cara-- es tan viva, que la pobrecilla quisiera tener alitas para salir más pronto de aquí.
--Eso no --dijo D. Celestino algo amoscado--, que su tío no le ha dado malos tratos para que así se impaciente por abandonarle.
Inés se arrojó llorando en brazos del cura, y ambos derramaron muchas lágrimas. Por mi parte, tenía interés en que los Requejos no conocieran que un antiguo y cordial amor me unía a Inés; así es que disimulé mi sofocación, y acechándola fuera, cuando salió en busca de un objeto olvidado, le dije:
--Prendita, no me digas una palabra, ni me mires, ni me saludes. Yo me quedo aquí; pero descuida, pronto nos hemos de ver allá.
Llegó por fin la hora de la partida; el coche se acercó a la puerta de la casa. Inés entró en él muy llorosa, y los Requejos tomaron asiento a un lado y otro, pues aun en aquella situación temían que se les escapara. Jamás he visto mujer ninguna que se asemejara a un cernícalo como en aquel momento Doña Restituta. El coche partió, y al poco rato nuestros ojos le vieron perderse entre la arboleda. D. Celestino, que hacía esfuerzos por aparentar serenidad, no pudo conservarla, y haciendo pucheros como un niño, sacó su largo pañuelo y se lo llevó a los ojos.
--¡Ay, Gabriel! ¡Se la llevaron!
Mi emoción también era intensísima, y no pude contestarle nada.
VI
Al día siguiente llevome D. Celestino al palacio del Príncipe de la Paz. Era el 15 de marzo, si no me falla la memoria.
Aunque no tenía ropa para mudarme en tan solemne ocasión, pues la que llevaba a Aranjuez era la mejorcita, con una camisa limpia que me prestó el cura, quedé en disposición, según él mismo me dijo, de presentarme aunque fuera a Napoleón Bonaparte. Por el camino, y mientras hacíamos tiempo hasta que llegara la hora de las audiencias, D. Celestino sacaba del bolsillo interior de su sotana el poema latino para leerlo en alta voz.
--Quizás el señor Príncipe --decía-- me mande leer algún trozo, y conviene hacerlo con entonación clásica y ritmo seguro, mayormente si hay delante algún embajador o general extranjero.
Después, guardando el manuscrito, añadió con cierta zozobra:
--¿Sabes que el sacristán de la parroquia, ese condenado Santurrias... ya le conoces... me ha puesto esta mañana la cabeza como un farol? Dice que el señor Príncipe de la Paz no dura dos días más al frente de la Nación, y que le van a cortar la cabeza. Esto no merece más que desprecio, Gabrielillo; pero me da rabia de oír tratar así a persona tan respetable. Pues ¿qué crees tú? he descubierto que ese pícaro Santurrias es jacobino, y se junta mucho con los cocheros del Infante D. Antonio Pascual, los cuales son gente muy alborotada.
--¿Y qué dice ese reverendo sacristán?
--Mil necedades: figúrate tú. ¡Como si a personas de estudios y que tienen en la uña del dedo a todos los clásicos latinos, se les pudiera hacer tragar ciertas bolas! Dice que el señor Príncipe de la Paz, temiendo que Napoleón viene a destronar a nuestros queridos Reyes, tiene el propósito de que estos marchen a Andalucía para embarcarse y dar la vela a las Américas.
--Pues anoche --dije yo--, cuando fui al mesón a decir a los arrieros que no me aguardaran, oí decir lo mismito a unos que estaban allí, y por cierto que hablaban de su amigo y paisano de usted con más desprecio que si fuera un bodegonero del Rastro.
--No saben lo que se pescan, hijo --replicó el cura--. Pero o yo me engaño mucho, o los partidarios del Príncipe de Asturias andan metiendo cizaña por ahí. Ello es que en Aranjuez hay mucha gente extraña y... ¡quiera Dios!... Ya me notificó esta mañana Santurrias que su mayor gusto será tocar las campanas a vuelo si el pueblo se amotina para pedir alguna cosa; pero ya le he dicho --y al hablar así D. Celestino se paró, y con su dedo índice hacía demostraciones de la mayor energía--, ya le he dicho que si toca las campanas de la iglesia sin mi permiso, lo pondré en conocimiento del señor Patriarca para lo que este tenga a bien resolver.
Con esta conversación llegó la hora, y nosotros al palacio de S. A. Atravesamos por entre varios guardias que custodiaban la puerta, porque ha de saberse que el Generalísimo tenía su guardia de a pie y de a caballo, lo mismo que el Rey, y mejor equipada, según observaban los curiosos.
Nadie nos puso obstáculo en el portal ni en la escalera; pero al llegar a un gran vestíbulo, en cuyo pavimento taconeaban con estrépito las botas de otra porción de guardias, uno de estos nos detuvo, preguntando a D. Celestino con cierta impertinencia que a dónde íbamos.
--S. A. --balbució el clérigo muy turbado-- tuvo el honor de señalarme... digo... yo tuve el honor de que él señalara el día de hoy y la presente hora para recibirme.
--S. A. está en palacio. Ignoramos cuándo vendrá --dijo el guardia dando media vuelta.
D. Celestino me consultó con sus ojos, y también iba a consultarme con sus autorizados labios, cuando se sintió ruido en el portal.
--¡Ahí está! S. A. ha llegado --dijeron los guardias, tomando apresuradamente sus armas y sombreros para hacer los honores.
Pero el Príncipe subió a sus habitaciones particulares por la escalera excusada que al efecto existía en su palacio.
--Quizá S. A. no reciba hoy --dijo a Don Celestino el guardia que poco antes nos había detenido--. Sin embargo, pueden ustedes esperar, si gustan, y él avisará si da audiencia o no.
Dicho esto, nos hizo pasar a una habitación contigua y muy grande, donde vimos a otras muchas personas que desde por la mañana habían acudido en solicitud del favor de una entrevista con S. A. Entre aquella gente había algunas damas muy distinguidas, militares, señores a la antigua, vestidos con históricas casacas y cubiertos con monumentales pelucas, y también algunas personas humildes.
Los pretendientes allí reunidos se miraban con recelo y mal humor, porque a todo el que hace antesala molesta mucho el verse acompañado, considerando sin duda que si el tiempo y la benevolencia del Ministro se reparten entre muchos, no puede tocarles gran cosa. Un ujier se acercó a nosotros y preguntó a D. Celestino quiénes éramos, a lo cual repuso el buen eclesiástico:
--Nosotros somos curas de la parroquia de... quiero decir, soy cura de la parroquia, y este joven... este joven gana noventa y tres reales en los meses de treinta y uno; y venimos a... pero yo no pienso pedirle nada al señor Príncipe, porque este picarón (señalando a mí) no se morderá la lengua para decirle lo que desea.
Cuando el ujier se alejó, dije a mi acompañante que tuviera cuidado de no equivocarse tan a menudo; que no anunciara anticipadamente nuestra comisión pedigüeña, y que no había necesidad de ir pregonando lo que yo ganaba; a lo que me respondió que él, como persona nueva en antesalas y palacios, se turbaba a la primera ocasión, diciendo mil desatinos. Uno de los señores que aguardaban se nos acercó, y reconociendo al cura, se saludaron ambos muy cortésmente, diciendo el desconocido:
--Sr. D. Celestino, ¿qué bueno por aquí?
--Vengo a visitar a S. A. Ya sabe usted que somos paisanos y amigos. Mi padre y su abuelo hicieron un viaje juntos desde Trujillo a la Vera de Placencia, y un tío de mi madre tenía en Miajadas una dehesa donde los Godoyes iban a cazar alguna vez. Somos amigos, y le estoy muy reconocido, porque a la munificencia de S. A. debo el beneficio que disfruto, el cual me fue concedido en cuanto S. A. tuvo conocimiento de mi necesidad; así es que desde mi primer memorial hasta el día en que tomé posesión, solo transcurrieron catorce años.
--Se conoce que el Príncipe quiso servirle a usted --afirmó nuestro interlocutor--. No a todos se les despacha tan pronto. Hace veintidós años que yo pretendí que se me repusiera en mi antigua plaza de la Colecturía, del Noveno y del Excusado, y esta es la hora, señor D. Celestino. A pesar de todo, yo no me desanimo, y tengo por seguro que la semana que viene...
--No todos son tan afortunados como yo --dijo el optimista D. Celestino--. Verdad es que, como paisano y amigo de S. A., estoy en situación muy favorable. De mi pueblo a Badajoz, cuna de D. Manuel Godoy, no hay más que trece leguas y media por buen camino, y estoy cansado de ver la casa en que nació este faro de las Españas. Así es que en cuanto supo mi necesidad...
--Pero diga usted --preguntó bajando la voz el señor de _la semana que viene_--, ¿tenemos viaje de los Reyes a Andalucía o no tenemos viaje?
--¿Pero usted cree tales paparruchas? --dijo D. Celestino--. Esa voz la ha corrido Santurrias, el sacristán de mi iglesia. Ya le he dicho que si tocaba las campanas sin mi permiso...
--Todo el mundo lo asegura. Ya sabe usted que ha venido mucha tropa de Madrid, y por las calles del pueblo se ve gente de malos modos.
--¿Pero qué objeto puede tener ese viaje?
--Amigo, ya Napoleón tiene en España la friolera de cien mil hombres. Ha nombrado general en jefe a Murat, el cual dicen que salió ya de Aranda para Somosierra. Y a todas estas, ¿hay alguien que sepa a qué viene esa gente? ¿Vienen a echar a toda la Familia Real? ¿Vienen simplemente de paso para Portugal?
--¿Quién se asusta de semejante cosa? --dijo D. Celestino--. Pongamos por caso que vengan con mala intención. ¿Qué son cien mil hombres? Con dos o tres regimientos de los nuestros se podrá dar buena cuenta de ellos, y ahí nos las den todas. Como S. A. se calce las espuelas... Eso del viaje es pura invención de los desocupados y de los enemigos de S. A., que le insultan porque no les ha dado destinos. Como si los destinos se pudieran dar a todo el que los pretende.
No siguió esta conversación, porque el ujier se acercó a nosotros, haciéndonos señas de que le siguiéramos. S. A. nos mandaba pasar. Cuando los demás pretendientes vieron que se daba la preferencia a los que habían llegado los últimos, un murmullo de descontento resonó en la sala. Nosotros la atravesamos muy orgullosos de aquella predilección, y mientras D. Celestino saludaba a un lado y otro con su bondad de costumbre, yo dirigí a los más cercanos una mirada de desprecio, que equivalía al convencimiento de mi próximo ingreso en la administración de ambos mundos.
Pasamos de aquella sala a otras, todas ricamente alhajadas. ¡Qué bellos tapices, qué lindos cuadros, qué hermosas estatuas de mármol y bronce, qué vasos tan elegantes, qué candelabros tan vistosos, qué muebles tan finos, qué cortinajes tan espléndidos, qué alfombras tan muelles! No pude detenerme en la contemplación de tan bonitos objetos, porque el ujier nos llevaba a toda prisa, y yo me sentía atacado de una cortedad tal, que se disipó mi anterior envalentonamiento, y empecé a comprender que me faltarían ideas y saliva para expresar ante el Príncipe mis anhelos. Por fin llegamos al despacho de Godoy, y al entrar vi a este en pie, inclinado junto a una mesa y revisando algunos papeles. Aguardamos un buen rato a que se dignase mirarnos, y al fin nos miró.
Godoy no era un hombre hermoso, como generalmente se cree; pero sí extremadamente simpático. Lo primero en que se fijaba el observador era en su nariz, la cual, un poco grande y respingada, le daba cierta expresión de franqueza y comunicatividad. Aparentaba tener sobre cuarenta años: su cabeza, rectamente conformada y airosa; sus ojos vivos, sus finos modales y la gallardía de su cuerpo, que más bien era pequeño que grande, le hacían agradable a la vista. Tenía sin duda la figura de un señor noble y generoso: tal vez su corazón se inclinaba también a lo grande; pero en su cabeza bullían el desvanecimiento, la torpeza, los extravíos y falsas ideas acerca de los hombres y las cosas de su tiempo.
Nos miró, como he dicho, y al punto Don Celestino, que temblaba como un chiquillo de diez años, hizo una profunda cortesía, a la cual siguió otra hecha por mi persona. A mi acompañante se le cayó el sombrero; recogiolo, dio algunos pasos, y con voz tartamuda habló así:
--Ya que V. A. tiene el honor de... no... digo... ya que yo tengo el honor de ser recibido por V. A. Serenísima... decía que me felicito de que la salud de V. A. sea buena, para que por mil años sigamos haciendo el bien de la nación...
El Príncipe parecía muy preocupado, y no contestó al saludo sino con una ligera inclinación de cabeza. Después pareció recordar, y dijo:
--¿Es usted el señor chantre de la catedral de Astorga, que viene a...?
--Permítame V. A. --interrumpió D. Celestino--, que ponga en su conocimiento cómo soy el cura de la parroquia castrense de Aranjuez.
--¡Ah! --exclamó el Príncipe--, ya recuerdo... el otro día... se le dio a usted el curato por recomendación de la señora Condesa de X, (Amaranta). ¿Es usted natural de Villanueva de la Serena?