Ejercicios

Part 1

Chapter 13,977 wordsPublic domain

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su modernización.

* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

EJERCICIOS

[Ilustración: BENJAMÍN JARNÉS]

BENJAMÍN JARNÉS

EJERCICIOS

[Ilustración]

MADRID 1927

PROPIEDAD RESERVADA

Imp. de la Ciudad Lineal.—Madrid.—Teléfono 50.018.

Cae a tierra el grano rubio, mientras el viento mece y esparce las briznas de paja amarilla, desdeñada. Y todos los granos, envidiosos, quisieran también piruetear sobre las palmas del viento. Pero solo unos pocos se deciden a lanzarse a la risueña aventura. Solo unos pocos tejerán, a la orilla de las eras, un felpudillo verde para que duerman en él las margaritas. Por esta locura de los granitos impacientes se vestirá el sendero de fino plumón, y, al verano, de espiguillas generosas. Otros granitos rubios se dispersarán por los nidos del contorno, para ser banquete de pájaros recién nacidos.

Me gusta ver al margen de las eras estos granitos locos, envidiosos de las briznas de paja, glorificados por el sol. Tienden su cunita fresca para que allí se enrosquen los gusanillos, para que los ojos del viajero reposen en la tierna seda verde tejida por la gozosa aventura.

I

Toda idea, claramente engendrada, nace vestida con su propia túnica verbal. La vaga forma de expresión arguye siempre balbuceos del pensamiento.

Pero la palabra es materia, en lucha tenaz con el espíritu. Transfigurar valores ideales en el puñado de monedas de la prosa, es siempre entablar una penosa escaramuza. Concebir es placentero, realizar arguye muchas resistencias vencidas. El idioma es un antiguo enemigo, más temible cuando se nos acerca lamiéndonos las manos. _Cave canem_ escribiríamos en el dintel de esos libros donde la frase devino tan dócil y el estilo tan «fluido» —según la vieja adjetivación retórica—. Fluidez equivale hartas veces a facilidad, a hemorragia incontenida: algún tropel de palabras ya solo nos sugiere la intención de cerrar el arcaduz.

Por sus delitos de elocuencia, el tribunal del arte condenó a la prosa a trabajos forzados. No puede ya salvarla ni la música, ni la decoración. Solo escucharemos al que sepa hacer de la estrofa o del período no el chorreante cangilón de noria, sino el bello fanal. Pasó el tiempo del sublime torbellino. Ni gárgola, ni surtidor, ni catarata. Queremos agua filtrada en un vaso muy limpio de cristal.

La idea nace vestida, pero es preciso ajustar bien los paños y recortar los arambeles; imantar los hilos más robustos de la trama, haciéndola metálica y vibrátil armadura; polarizar los bordes, haciéndolos engarces del pensamiento —y del período— venidero. Y escamotear vocablos puentes, cuando no podamos hacer de ellos finas pasarelas.

Entre frase y frase, dar alguna vez un ágil salto, aunque la cadena lógica sufra el peligro de quebrarse. Bueno es burlar alguna vez al implacable centinela que nos lanza su alerta, invitándonos a rastrear por el foso. Brota el pensamiento como un proyectil: no es preciso señalar todos los puntos del trayecto. Más nos interesa el certero impacto.

II

Hay palabras eslabones y palabras gemas. La prosa escoge buena porción de los primeros, dejando al verso cofres casi intactos de brillantes. El verso puede crear aéreos engranajes, metáforas sutilmente engarzadas por voluptuosos contactos. La prosa —menos afortunada— no logró nunca prescindir de serviles engranajes sintácticos. Tampoco el tren de unidades más ricas y bellamente iluminadas, puede nunca desdeñar las cadenas oscuras, rechinantes, que hacen de él, en medio de la noche, un compacto y espléndido alud.

Se deben terminar los dibujos y las frases. Cada período limita cierta zona verbal íntegra, aislable, donde se cumple una intención del artista. Y debe ser trabajado como la columna en un peristilo. Que el aire y la luz discurran a su antojo por entre los fustes, refloreciendo la gracia del contorno, arañándole toda granalla intersticial, desnudándole de toda hiedra retórica. Pero en la prosa, muchas palabras han de resignarse a su función de esclavos.

Para que florezca más gallardo el haz de palmas en la bóveda ojival, es preciso que quede a la intemperie un botarel.

Brota del gracioso vientrecillo de cada capitel la rama flexible, armoniosa, que se lanza a recoger el ímpetu de otra rama; pero la onda de savia venía ya del humilde zócalo, aunque solo en la copa cincelada se desborde. Solo el oscuro enlace de las raíces, mantiene erguida la más aérea arquitectura.

III

Por fin, crear el ritmo de los pliegues. Que el viento no arrastre la túnica por el barro, ni la hinche de humo y de nube, haciendo de ella ese globo grotesco, que da tumbos risibles por los aleros.

No crear huecos para incrustar palabras recién venidas, sino seguir el surco con el arado vigilante por si la reja hace sonar la caja metálica del tesoro. Cuando surja el hallazgo, recogerlo sin detenerse mucho, y dejar bien arado el bancal. Quede la fruición para el lector. El buen creador solo goza del deleite de engendrar.

Y, menos, detenerse en el modismo —falso hallazgo—, banco de ripios a flor de tierra, donde choca el arado sin que estalle el haz de chispas. Allí el ímpetu armonioso se quiebra y el período se entumece. Todo modismo es cierta petrificación del idioma; y suele ser el léxico del sentido común. Si salta el ingenio, nunca se apoye en el idioma sino en la idea. Que, al apartar las ramas del florecido arabesco, reposen los ojos en una serena, en una profunda perspectiva. Es penoso hundir las manos en la fronda, asomar los ojos y no hallar nada detrás.

Una rica maraña oscurece bellamente el contenido; pero, a veces, suele disimular el caos.

IV

La sorpresa pierde su alta jerarquía estética al convertirse en _leit-motiv_.

V

Se habla de una gran «amplitud de onda», y es cierto que todo movimiento vibratorio del espíritu produce ondas indefinidas. También lo es que la amplitud crece con el ímpetu de la masa vibrante. Pero no nos importe seguir la sucesión, la multiplicación, de las ondas. Basta con el encanto de la primera, la más cercana al diapasón mental. A medida que los círculos se ensanchan, van perdiendo sugerencia; van muriendo, olvidados, en el confín.

Lo que importa es repetir el ímpetu armonioso. Que la campana no cese de lanzar sus guijarros al viento. Así la viva ondulación se renueva y al eco borroso que envía el aro de montañas, sale a recibirlo un nuevo tañido. Que otra nota explote en las cuerdas, y nadie siga el viaje monótono de las ondas.

Hay libros donde solo unos pocos guijarros han roto el diáfano silencio. Todo el resto es amplitud de onda, sucesión, multiplicación de onda. Libros que no provocan un solo comentario, porque, aun los más lejanos y difusos, ya están allí, como enormes nimbos retóricos, en torno al guijarro hundido y perdido en el cauce.

Se habla —aún— de la «llama de la inspiración». Los enemigos del puro contorno sienten la voluptuosidad de sumergirse en el agua y en el fuego. La refracción y el humo desfiguran bien toda impureza de líneas. Y ni la llama ni el torrente purifican nada. O dejan esqueletos y cenizas de las cosas, o ciegan de lodo y despojos de suburbio el cauce limpio y luminoso. Un chisporroteo de hoguera hace mover, sí, las figuras, pero el incauto afirma que viven, cuando solo oscilan.

Brasa, brasa lenta del esfuerzo cotidiano; fuego escondido de disciplina, para que el arte madure y la prosa se dore como un fruto en la rama ofrecida al sol.

VI

Se habla de la flecha que rasga el aire. Pero hay parábolas rasantes que apenas se comban sobre la ruta, y es preciso elevarse para no perder la gracia. La línea del arte es la espiral.

Y huir del tedio: La línea curva es la más corta entre dos puntos.

VII

No todo libro puede ser manantial, y el lector insaciable ha de acudir muchas veces a la cisterna —libro muerto— que presume de serenidad u hondura y solo contiene turbios residuos de ruidosos meteoros. Y es bueno amar el claro estanque bien nutrido de acequias vivas.

Asomados al aro verde que lo ciñe, nos volvemos niños, nos complacemos en seguir la curva de ideas ya gozadas, en sorprender la cuna de algún personal hallazgo que zigzaguea —pececillo verde o rojo— bajo el cristal.

VIII

El libro estanque nos hace pensar siempre en un laborioso Montaigne, _homo plurimorum librorum_, sumergido en esa multitud, tan sujeta al barómetro como todas, que se apiña en los estantes. Paradójica soledad. Y nociva cuando no está bien arraigado el instinto de eliminación.

Quería Tolstoy, aún muy joven, elaborarse un estilo con dos sumandos: buen empleo del tiempo y un cuaderno. Bastan para formar un erudito. Pero el escritor acaso necesita algo menos. Y algo más.

IX

Hay una prosa dócil, maleable, amante otoñal que conoce su inminente ruina. Otra dura, huidiza, virgen huraña que se resiste al beso. Moldear carne tan macerada es fácil. Trabajar en mármol virgen es muy penoso.

Hay prosa instrumento y prosa forma. Medio y fin. Estilo común y estilo singular.

X

Se suele fustigar al mal escritor, sin advertir que el mal escritor no existe, al menos como objeto de crítica. Sí existe el estilo común, es decir, el estilo del que no lo tiene. En arte es nada el mal escritor y solo es atendible la turba compacta, el engrudo aglutinante de la masa. Porque un grito más bronco solo determina una mayor capacidad para el insulto, una alusión más procaz es solo cierto afán mal embozado de cotizar deprisa su vehemencia.

La turba espesa del estilo común merece atención como dolencia, como veneno lento del ingenuo lector. Suprimido en las letras el estado llano, el lector llegaría siempre al estilo singular, es decir, al individuo-escritor. Primero habría asombro. Luego, labor comprensiva. Por último, fruición de haber gustado buena fruta mental.

Ahora, la gran masa de lectores llega a la masa-escritora que escribe «llanamente», es decir, sin relieve alguno, y, primero, siente la fruición de tropezar con un igual, luego la gratitud que reclama un sujeto resignado a sacrificar su individualidad por escribir en el estilo común de su lector.

XI

El beso y la palabra —se ha escrito— se secan siempre en unos labios mercenarios. Solo el amante y el artista pueden hacerlos reflorecer. Apurar el zumo de un beso, como sorber la médula de una palabra, es algo fuera del comercio. Por eso hay prosa industrial y prosa de lujo. La prosa de lujo debe ser siempre un regalo.

Hay otras prosas, como hay otros besos. Prosa decorativa, ornamental, besos de protocolo, emoción de cancillería. Y prosa «castiza» donde cada palabra se provee, para entrar en la frase, de un pasaporte firmado por el inspector de policía del idioma.

Hay también la prosa dócil de la ciencia que se resigna a su papel de instrumento, a andar siempre de bata. Si alguna vez quiere endosarse la levita, se ve que le ha quedado estrecha. Mientras el sabio engruesaba, se iba la levita estilizando.

Queda incluido entre los sabios el filólogo. Y el gramático, el cronista puntual... Todos son fieles servidores de la palabra. Unos la visten y otros la acicalan. Unos la administran y casi todos —solapadamente— la cortejan.

Solo el artista la desnuda, y, amorosamente, la posee.

XII

En todos los escrutinios hay una ventana. Nosotros —tenaces inquisidores de nuestra propia obra— debemos arrojar por ella todo lastre inútil. Primero, el cofre de los símbolos —¡ya hay abiertos al gran público bazares enormes!—: luego, todos nuestros ficheros, para ir aprendiendo a pensar en soledad.

Y parte de nuestro arcón metafórico, que aún creemos nuevo, debemos regalarlo a los sencillos fabricantes de género bordado. (Ellos aún construyen telas «recamadas» para cubrir la «desnudez de la realidad». Velos de «fantasía», a precios económicos).

No hay que bordar, sino tejer. Y con hilos de la propia entraña. Hilos con que trenzar la red caliente y armoniosa de un poema, tan vivos como los de un pentagrama. Y tan pronto salte en las cuerdas el loco chisporroteo de un trino, como un reflexivo y lento bordoneo las combe. Siempre ondule la emoción, derramada a lo largo de las fibras en copas de imágenes.

XIII

Bajo la ventana, el estanque, no la hoguera.

«La llama es bella». El fuego purifica y glorifica. Si arrojamos a la hoguera nuestros libros envejecidos, nuestras olvidadas estampas, el suplicio hará, de todo, antorchas.

Hay que destruir muchas cosas, pero escogiendo bien el arma y el patíbulo. La tea es grande. Tiene un bello sentido trágico. Pira es tanto como altar. Es mejor el agua. Es mejor un estanque. Ni siquiera el mar: un plácido estanque. Y, barquitos, ¡barquitos de papel!

Una mañana quedará limpia nuestra mesa de todos esos libros y papeles que hicieron de nuestro cerebro un bazar. Todo lo llevaremos a orillas del estanque. Allí vendrán los niños. Mientras llegan, iremos descosiendo los volúmenes. Hojas en cuarto, para barcos de vela; hojas en octavo para góndolas. Con los folios de grandes revistas, haremos lindos trasatlánticos.

Cuando los niños lleguen, se apoderarán de los barquitos, y lanzarán su juguete al agua quieta o levemente rizada. Pronto, unos barquitos se perderán de vista; otros se hundirán, al ser botados. No importa. Seguiremos construyendo escuadras. Y los niños, sin pensar que cada barquito lleva dentro un gran ensueño o una vanidosa norma, irán arrojando al agua sus lanchitas, sus góndolas. Luego, una ráfaga hundirá el último poema o el último sistema de filósofo. El agua borrará dulcemente todo rastro de lo pintado o escrito. Sin chisporroteos, sin trágica apoteosis, todo habrá terminado.

XIV

La llama se precipita. Va muy deprisa y siempre olvida algo. Todo no se quema en la hoguera. Siempre queda intacto ese trozo de carta que el detective se apresura a examinar cuando el ladrón huyó después de quemar los papeles. Todo no se borra en la hoguera.

El agua, sí, lo borra todo. Es más serena, más inflexible. Mansamente lo destruye todo. Es la gran niveladora. Y no deja en pie dramáticos esqueletos, ni risibles armazones. No entiende de tragedia, ni conoce la ironía. Como los niños, es risueña e implacable. Engulle lo mismo un costoso acorazado que un barquito de papel. Después, queda tan reposada, tan azul.

Dulce muerte la de una metáfora, la de una teoría que se disgrega silenciosamente, una mañana, sumergida en el estanque, entre risas de niños. Leve ataúd para la momia de una emoción, este gracioso velero.

Nada de hogueras, Glosador amigo, nada de hogueras. Tal vez no puede hacer Nerón lo que bien puede hacer un niño.

Barquitos, ¡barquitos de papel!

XV

La buena prosa no ordena ya sus huestes a la luz de ajenos reflectores: Bruñe cada vocablo, y, a su propia luz, alza los muros de la frase.

El alerta más vibrante para lanzarlo contra la sofística penumbra del concepto, el clarín más sagaz para ir rasgando el velo que encubría tantas viejas tablas de valores. En los recodos del idioma solo deben ya ocultarse esas ideas vestidas de harapos, o esas ideas desnudas, de raquítica o deforme anatomía. El pensamiento de gran contorno, de lozano contenido, desnudo o vestido con la túnica polícroma de las imágenes, no pide escolta alguna retórica o erudita. Así, en el ejército de conceptos desnudos no habrá otra jerarquía, no se saludarán otros valores, que la bella y ágil musculatura o la clara emoción de una virilidad potente.

No es ya la palabra cierta cifra mágica. Pasó el tiempo de la cábala y del símbolo, refugios del cerebro estéril. Solo el pobre rezagado, o el humilde filólogo necesitan excavar al pie del tronco para sorprender en el subsuelo las últimas raíces, ya que las ramas no se encienden para ellos en graciosas floraciones ni en jugosos frutos.

Es preciso alzar una valla entre el maravilloso universo que la intuición crea y recrea en cada hora, y toda fatigosa labor de esteva, de pesquisa de marañas subterráneas, de redes jeroglíficas de sencillo filólogo. Para estos, del manojo verbal nunca salta el pájaro de la sorpresa. Ven en la palabra, no un hallazgo, sino copia de ciertos originales mohosos y dormidos en los museos del idioma. Para ellos, la palabra tiene un valor de papel moneda, que oscila con el montón escondido en las criptas del Banco emisor.

Y la palabra no es ese arrugado papel, límite de complicadas manipulaciones financieras, sino un disco luminoso, de calidad independiente, con el cual podremos adquirir el buen regalo de la imagen, el vino delicioso de la emoción pura, en las posadas del azar.

XVI

Ironía: Algo que suelen escribir, al margen de un texto, quienes no saben escribir el texto.

Ironía: Amargura dorada. Insulto de frac. No podréis verle de frente, porque nunca da el rostro. Como todos los débiles, apela a su propia impotencia. Esparce humaredas en torno de las cosas para borrar contornos. Quiebra las líneas de las cosas para que inspiren lástima o risa. Ya que no puede herir, araña. No canta ni grita, su voz es delicada. Prefiere la sordina y el color de la niebla.

Ironía: Primor intelectual, negación de genialidad. El arte verdadero rechazará siempre la ironía, pero esta forcejea por asirse del coche y dictar desde allí sus últimos primores.

Ironía: Invención de un hombre raquítico que sintió de pronto su lamentable desnudez.

XVII

Va finando el tiempo de los cultos idolátricos. Nadie vendrá al templo a contemplar atónico los pesados tapices, a bañarse en el espeso torrente melódico de los monumentales órganos, sino a quemar incienso ante el dios verdadero, si en el templo ha surgido la divina «claridad». Desconfiemos de las capillas en sombra, donde se apelotonan lienzos y tapices, como de los torbellinos orquestales. La melomanía en el arte es siempre infantil.

Los anchos tapices y la gran trompetería son buenos para el absorto feligrés que recuerda ante los muros historiados todo lo aprendido en las aulas, y en la turbia catarata musical halla idénticas emociones a las gozadas junto al río doméstico, bajo «la luna de plata» neurasténica. Él ve en un tapiz que Benjamín y José se abrazan, como en el texto emocionado, y en otro a la mujer de Lot trocada en bloque de sal. En uno Andrómeda es liberada por Perseo, y en otro salta de la espuma el pez dorado de Afrodita. También conoce el ronco estruendo del mar tempestuoso, y gusta de que se lo repita, infantilmente, un violón.

XVIII

La prosa, entre las manos del artista se convierte de instrumento en creación. El pensamiento es la maroma tensa, vibrátil —acaso de alambre robusto de acero— que mantiene enhiesta la arquitectura de la frase; pero de uno al otro extremo se entrelazan armoniosamente las cintas paralelas de la imagen. No de otro modo, la voluptuosa ligazón de los colores nos hace olvidar toda intención temática del pintor.

El error académico estriba en engrosar infantilmente un acervo de vocablos para mejor disponer la aparatosa epifanía de un trivial concepto. En la vaga región de la fantasía brotan borrosas intenciones inútiles para el arte. En el oscuro subsuelo se dan la mano muchas «ideas poéticas» —hay zonas del sentimentalismo abiertas al sabio y al mozo de cordel—. Pero nada de eso existe, mientras no logre su bella y peculiar estructura. Con la forma comienza a vivir la intención.

Otros hicieron de la prosa cierto sudoroso remero que empuja penosamente la nave: Prosa ancilaria que el arte desdeña. De la obra, aun de la lograda con más fatiga, debe restañarse toda gota de sangre y de sudor.

Lo mejor es hacer de la prosa una ágil góndola empujada por el aliento de la idea. Y si el viento «sopla donde quiere» y cuando quiere, que halle siempre a su paso esa cuna primorosa donde marcar el contorno de su ritmo invisible, de su voluptuosa ondulación. Solo la ciencia cruza las ondas, muy a cubierto de la inquietud de los meteoros, encerrada en monótonos camarotes, o sentada entre fardos y emigrantes. La ciencia prefiere a la gracia de un velero, la pesadez de un acorazado.

Pocas veces surca la alta serenidad esa deliciosa góndola bergsoniana, trayendo a bordo, entre mástiles y festones encendidos, el arcón bien labrado del pensamiento.

XIX

Hay una suerte de prosistas —de exploradores del idioma— que cazan sinónimos para sustituirlos por otros menos gastados. Cambian un traje viejo por otro de bazar.

Tiene la palabra un valor de moneda viva que desaparece rodando. No vale hacerla retroceder. Ya se acuñarán otras nuevas, más resplandecientes. Jugar siempre con las que están a nuestro alcance. La obra del artista no pide muchas excursiones a los museos del idioma. Mejor es que el arte tenga dentro su troquel.

No necesita el idioma sacerdotes ni orfebres; a estos los fue agotando el ochocientos, y apenas queda de ellos algún diácono o aprendiz canijo. Gustan las palabras de esas manos que las hacen saltar al viento, hasta que el milagro de un choque arranque de ellas el haz de chispas; hasta que la frase vibre y en su diáfano torbellino se torne incandescente.

El sacerdote —el académico— y el orfebre cuidaron con pulcra solicitud de embalsamar las palabras, de forjar féretros suntuosos para incrustarlas, de cincelar demasiadas piedras tumulares. Aún quedan en la feria muchas «frases lapidarias»... lapidables. El período fue entonces un pobre cuerpo ligado, con fajas de seda o de cáñamo, tal vez con hilos de oro, pero siempre rígido y mudo.

Y la frase ha de ser ese cuerpo vivo, que brinca y retoza por un prado vestido de tiernas humaredas verdes; que unas veces corre tras el choque luminoso y otras se sumerge en el agua clara, para atrapar en el fondo las floraciones coralinas del pensamiento.

Si cada frase ha de gozar de su singular contorno y organismo, el estilo será moverlas graciosamente en la danza del período, hallando para todas las hermanas un ágil engarce. O, quizá el agua clara, purísima, a la que nos asomamos para contemplar el rítmico ir y venir de las ideas.

XX

Es preciso forjar una prosa que solo pueda ser leída a media voz.

XXI

Bueno es llamar a las cosas por sus nombres, pero es mejor hallar para las cosas nombres bellos.

XXII

Los que cantan al compás de un aristón —o de una pianola— el himno clásico al arte petrificado —al arte «eterno», según ellos—, quedan invitados a asistir a una misma farsa, en dos tablados diferentes.

Se trata de dos jóvenes desdeñados por su amante: tema ni trascendente ni pueril, porque en arte el tema es nada, o casi nada. El primer doncel se adelanta, desmelenado, hasta la batería, y nos recita cinco páginas de endecasílabos chorreantes de amargura. Si es discreto, nos recita una sola, pero en ella nos habla de los mares, de los cielos, de los montes y del mismo eje de la tierra que «podrá romperse como un frágil cristal» sin que por eso se apague el fuego de aquel amor infortunado. El otro novio, que espera en vano la visita de la mujer frívola, _se limita_ a cruzar por la puerta del cabaret donde ella ríe y bebe, y a escrutar un momento en su interior. Después, abatida la cabeza, con un solo y definitivo gesto dramático, desaparece.

El impetuoso torrente que en el primer enamorado —Bécquer— nos salpicaba con su abanico de románticas espumas, en el segundo —Charlot— se va apretando, adelgazando, hasta fundirse en un hilo tembloroso, porción refinada de materia vibrante de donde el arco genial arranca la clara frase patética que todos conocemos. Un poeta de hoy, Pedro Garfias, nos referiría la escena de este modo:

«Entre el cortejo de tus risas, pasa mi voz enlutada».