Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 4]
Part 6
BRUTO.--Y yo soy Bruto, Marco Bruto soy. Bruto, el amigo de mi patria. Sabed que yo soy Bruto. (_Sale cargando al enemigo. Catón el joven es vencido y cae._)
LUCIO.--¡Oh joven y noble Catón! ¿Has caído? Pues mueres tan valerosamente como Ticinio, y bien se te debe honorar como al hijo de Catón.
SOLDADO 1.º--¡Ríndete ó mueres!.
LUCILIO.--Yo no me rindo sino para morir. Toma este dinero para que me mates pronto (_le ofrece dinero_); para que te honres con la muerte de Bruto.
SOLDADO 1.º--No debemos hacerlo. ¡Un noble prisionero!
SOLDADO 3.º--¡Campo! ¡Campo! Decid á Antonio que Bruto está en nuestras manos.
SOLDADO 1.º--Daré la nueva. Aquí viene el general. (_Entra Antonio._)--¡Bruto es prisionero, señor, Bruto es prisionero!
ANTONIO.--¿Dónde está?
LUCILIO.--En salvo. Antonio, Bruto está bastante salvo. Me atrevo á asegurarte que jamás enemigo alguno cogerá vivo al noble Bruto. Los dioses le defienden de tan gran vergüenza. Cuando le encontréis, vivo ó muerto, le hallaréis digno de sí mismo, digno de Bruto!
ANTONIO.--Amigo, este no es Bruto; pero te aseguro que es una presa que no vale menos. Vela por la seguridad de este hombre y trátalo con toda bondad. Prefiere tener á tales hombres por amigos que por enemigos. Marchad y ved si Bruto está vivo ó muerto, y avísanos en la tienda de Octavio de todo lo que haya acontecido.
(_Salen._)
ESCENA V.
Otra parte del campo.
Entran BRUTO, DARDANIO, CLITO, STRATO y VOLUMNIO.
BRUTO.--Venid, exiguo resto de amigos, y descansad en esta roca.
CLITO.--Stacilio mostró la encendida antorcha, pero, señor, no ha vuelto. Ha sido cogido ó muerto.
BRUTO.--Siéntate, Clito. Muerto es la palabra. Es la cosa á la moda. Escucha, Clito. (_Le habla en secreto._)
CLITO.--¡Qué! ¡Yo! ¡No, mi señor, no por el mundo entero!
BRUTO.--Calma, pues; nada de palabras.
CLITO.--Primero me mataré.
BRUTO.--Oye, Dardanio. (_Le habla en secreto._)
DARDANIO.--¿Hacer semejante cosa, yo?
CLITO.--¡Oh, Dardanio!
DARDANIO.--¡Oh, Clito!
CLITO.--¿Qué te pidió Bruto?
DARDANIO.--Que lo matara, Clito. Mira. Está meditando.
CLITO.--Está ese noble vaso tan colmado de dolor que casi se derrama por sus ojos.
BRUTO.--Acércate, buen Volumnio, y escucha una palabra.
VOLUMNIO.--¿Qué dice mi señor?
BRUTO.--Esto, Volumnio. El espectro de César se me ha aparecido dos veces de noche: una en Sardis y otra anoche, aquí en el campo de Filipi. Conozco que ha llegado mi hora.
VOLUMNIO.--No, por cierto, señor.
BRUTO.--Estoy seguro de ello, Volumnio. Ya ves cómo van las cosas. Nuestros enemigos nos han batido completamente. Es más digno anticiparse que aguardar á ser forzado. Buen Volumnio, acuérdate de que íbamos juntos á la escuela. Pues te suplico por ese antiguo afecto, que tengas el puño de mi espada mientras me arrojo sobre ella.
VOLUMNIO.--Eso no es lo que cumple á un amigo, señor.
(_Nueva alarma._)
CLITO.--Huíd, huíd, mi señor. Es imposible quedarse aquí.
BRUTO.--Adios á vos, y á vos, y á vos, Volumnio. Strato, has estado dormido todo este tiempo. Adios á ti también, Strato. ¡Compatriotas! Mi corazón se regocija de que en toda mi vida no he encontrado un hombre que no fuese leal para mí. Más gloria tendré yo por este día de derrota que Octavio y Marco Antonio por su vil conquista. Así, adios os digo, porque la lengua de Bruto ha terminado casi la historia de su vida. La noche está suspendida sobre mis ojos y mis huesos deben descansar, ya que han trabajado sólo para llegar á esta hora. (_Alarma. Gritos adentro: ¡huíd! ¡huíd!_)
CLITO.--¡Huíd, mi señor, huíd!
BRUTO.--Aléjate. Ya te seguiré.
(_Salen Clito, Dardanio y Volumnio._)
BRUTO.--Strato, te ruego que te quedes junto á tu señor. Tú eres un mozo digno y en tu vida ha habido algún destello de honor. Ten, pues, derecha mi espada, y vuelve el rostro á un lado, mientras me arrojo sobre ella. ¿Quieres hacerlo, Strato?
STRATO.--Dadme primero vuestra mano. ¡Adios, oh mi señor!
BRUTO.--Adios, buen Strato. Está tranquilo ¡oh César! ¡No tuve para tu muerte la mitad de la buena voluntad que para la mía! (_Se precipita sobre su espada y muere.--Alarma. Retirada. Entran Octavio, Antonio, Messala, Lucilio y su ejército._)
OCTAVIO.--¿Qué hombre es ese?
MESSALA.--El criado de mi señor. Strato: ¿dónde está tu amo?
STRATO.--Libre de la servidumbre en que estáis vos, Messala. Los vencedores no podrán hacer de él sino una pira. Bruto no se rindió sino á sí mismo, y ningún otro hombre tiene el honor de su muerte.
LUCILIO.--Así es cómo debía encontrarse á Bruto. Gracias ¡oh Bruto! que has probado cómo Lucilio había dicho verdad.
OCTAVIO.--Á cuantos han servido á Bruto mantendré en mi servicio. Mozo, ¿quieres pasar tu tiempo conmigo?
STRATO.--Sí, si Messala me transfiere á vos.
OCTAVIO.--Consentid, Messala.
MESSALA.--¿Cómo murió mi señor, Strato?
STRATO.--Mantuve su espada y se arrojó sobre ella.
MESSALA.--Octavio, tomadle y que os siga, pues prestó á mi señor el último servicio.
ANTONIO.--Este fué el más noble romano entre todos ellos. Todos los conspiradores, excepto él, hicieron lo que hicieron sólo por envidia al gran César; sólo él, al asociarse á ellos, fué guiado por un pensamiento de general honradez y del bien común á todos. Su vida era pura, y de tal modo se combinaron en él los elementos, que la naturaleza, irguiéndose, puede decir al mundo: «¡Este era un hombre!»
OCTAVIO.--Tratémosle conforme á sus virtudes, con todo respeto y solemnidad en sus funerales. Sus restos descansarán esta noche en mi tienda como los de un soldado con los debidos honores. Haced, pues, que reposen las tropas y vámonos á compartir las glorias de este afortunado día!
(_Salen._)
* * * * *
COMO GUSTÉIS.
TRADUCCIÓN DE
JOSÉ ARNALDO MÁRQUEZ.
Ilustración de _E. Klimsch_.
Grabado de _Fernando Tegetmeyer_.
PERSONAJES
EL DUQUE, que vive en el destierro.
FEDERICO, hermano del duque y usurpador de sus dominios.
AMIENS } Lores que asisten al duque en su destierro. JACQUES }
LE BEAU, cortesano al servicio de Federico.
CARLOS, luchador de Federico.
OLIVERIO } SANTIAGO } Hijos de sir Rowland de Bois. ORLANDO }
ADAM } DIONISIO } Criados de Oliverio.
PIEDRA-DE-TOQUE, Payaso.
DON OLIVERIO DAÑATEXTO, vicario.
CORÍN } SILVIO } Pastores.
GUILLERMO, campesino, enamorado de Andréy.
UNA PERSONA QUE REPRESENTA Á HIMENEO.
ROSALINDA, hija del duque desterrado.
CELIA, hija de Federico.
FEBE, pastora.
TOMASA, campesina.
LORES DEL SÉQUITO DE LOS DUQUES, PAJES, MONTEROS Y OTROS CRIADOS.
ACTO I.
ESCENA I.
Huerto cerca de la casa de Oliverio.
Entran ORLANDO y ADAM.
ORLANDO.
Por lo que recuerdo, Adam, me fué legado de este modo: por testamento, sólo unas miserables mil coronas; y, como dices, encargó á mi hermano, sobre su bendición, el cuidarme bien. Y en esto principia mi desconsuelo. Tiene en la escuela á mi hermano Santiago, de quien se cuenta con gran elogio el aprovechamiento. En cuanto á mí, me mantiene en casa groseramente; ó para hablar con más propiedad, me detiene aquí sin mantenerme; porque ¿llamáis manutención para un caballero de mi nacimiento, la que no difiere del modo de mantener á un buey en el establo? Mejor criados están sus caballos; pues aparte de lo lozanos que se ven con su alimento, se les enseña y adiestra, teniendo para ello picadores pagados á alto precio.--Pero yo, hermano suyo, nada gano bajo su poder, sino la talla; por lo cual tan obligados deben estarle sus animales en sus estercoleros como yo. Fuera de esta nada que tan liberalmente me da, su conducta parece quitarme lo poco que me dió la naturaleza. Me hace alimentar entre sus criados, me priva del lugar que corresponde á un hermano, y hace cuanto puede para que la educación mine mi buen natural. Esto es, Adam, lo que me aflige; y el espíritu de mi padre, que pienso está dentro de mí, principia á sublevarse contra esta servidumbre. No la soportaré más tiempo, aunque no conozco todavía remedio eficaz para evitarla. (_Entra Oliverio._)
ADAM.--Ahí viene mi señor, vuestro hermano.
ORLANDO.--Retírate á un lado, Adam, y oirás cómo ha de atormentarme.
OLIVERIO.--¡Hola, señor mío! ¿Qué hacéis aquí?
ORLANDO.--Nada. No se me enseña á hacer cosa alguna.
OLIVERIO.--¿Pues qué dañáis, entonces, señor mío?
ORLANDO.--Por cierto, señor, os estoy ayudando á estropear por la ociosidad una de las obras de Dios: un pobre é indigno hermano vuestro.
OLIVERIO.--Por cierto, empleaos mejor, y callad algún tanto.
ORLANDO.--¿Cuidaré vuestros cerdos, y comeré bellotas con ellos? ¿Qué herencia de hijo pródigo he consumido para tener que venir á semejante miseria?
OLIVERIO.--¿Sabéis, señor mío, dónde estáis?
ORLANDO.--¡Oh! Perfectamente. Aquí, en vuestro huerto.
OLIVERIO.--¿Y sabéis en presencia de quién?
ORLANDO.--Sí; y mejor que lo que sabe de mí aquel en cuya presencia estoy. Sé que sois mi hermano mayor, y del mismo modo la consideración de una sangre generosa debería hacerme conocer de vos. Os permite preferencia sobre mí la etiqueta que rige en las naciones, por cuanto nacisteis primero; pero la misma tradición no me despoja de mi sangre, aun cuando hubieran veinte hermanos entre vos y yo. Tengo en mí tanto de mi padre como vos, aunque confieso que el nacer antes que yo os acerca más á su respeto.
OLIVERIO.--¡Qué! ¡Muchacho!
ORLANDO.--Vamos, vamos, hermano mayor, en esto sois demasiado joven.
OLIVERIO.--¿Y pondrás tus manos en mí, villano?
ORLANDO.--No soy villano. Soy el hijo menor de sir Rowland de Bois. Él fué mi padre; y es tres veces villano quien dice que semejante padre engendró villanos.--Si no fueras mi hermano, no apartaría esta mano de tu garganta hasta haber arrancado con la otra la lengua que tal dijo. Te has injuriado á ti mismo.
ADAM.--(_Avanzando._) Apaciguaos, mis gentiles señores. En nombre de la memoria de vuestro padre, tened armonía.
OLIVERIO.--Suéltame, te digo.
ORLANDO.--No lo haré hasta que me plazca. Tenéis que oirme. Mi padre os encargó en su testamento darme buena educación. Me habéis educado como á un gañán, oscureciendo y ocultando de mí todas las cualidades propias de un caballero. El espíritu de mi padre cobra fuerza en mí, y no sufriré eso más tiempo. Por consiguiente, permitidme los ejercicios que cumplen á un caballero, ó dadme la escasa suma que me fué legada en su testamento. Yo trataré de probar con ella fortuna.
OLIVERIO.--¿Y qué irás á hacer? ¿Mendigar cuando la hayas gastado? Bien, señor mío, no me molestaré por vos mucho tiempo más: tendréis alguna parte de lo que deseáis. Os ruego que me dejéis.
ORLANDO.--No deseo molestaros más de lo que exige en conciencia mi propio bien.
OLIVERIO.--Márchate con él, perro viejo.
ADAM.--¿Y es mi recompensa que me llaméis «perro viejo»? Mucha verdad es que he perdido los dientes en vuestro servicio. ¡Bendiga Dios á mi antiguo amo! ¡Jamás habría dicho él semejante palabra! (_Salen Orlando y Adam._)
OLIVERIO.--¿Con que á esto hemos llegado? ¿Principiáis á imponerme? Yo os curaré de vuestra petulancia y no por eso daré tampoco las mil coronas. ¡Hola! Dionisio! (_Entra Dionisio._)
DIONISIO.--¿Llama vuesamerced?
OLIVERIO.--¿No había venido Carlos, el luchador del duque, á hablar conmigo?
DIONISIO.--Si os place, está á la puerta y solicita llegar hasta vos.
OLIVERIO.--Hazle entrar. (_Sale Dionisio._) Será buen medio y la lucha es mañana. (_Entra Carlos._)
CARLOS.--Buenos días á vuestra señoría.
OLIVERIO.--Mi buen monsieur Carlos, ¿qué noticias en la Corte?
CARLOS.--No hay en la Corte, señor, mas noticias que las antiguas, esto es, que el antiguo duque está desterrado por su hermano menor el nuevo duque; y tres ó cuatro lores, por amor á él, se han impuesto un destierro voluntario para acompañarle; y como sus tierras y sus rentas enriquecen al nuevo duque, este les concede de buena gana permiso para que peregrinen.
OLIVERIO.--¿Podéis decir si Rosalinda, la hija del duque, es desterrada con su padre?
CARLOS.--¡Oh, no! porque su prima, la hija del duque, que se ha criado junto con ella desde la cuna, la ama tanto, que la habría seguido al destierro ó habría muerto si hubiera quedado separada de ella. Está en la Corte tan amada del duque como su propia hija, y jamás dos señoras se amaron tanto.
OLIVERIO.--¿Dónde vivirá el antiguo duque?
CARLOS.--Dicen que se encuentra ya en el bosque de Ardenas y buen número de hombres alegres con él, y que allí viven sin temor á rey ni Roque, como el antiguo Robin Hood de Inglaterra. Dicen que muchos caballeros jóvenes acuden á él de día en día y dejan correr alegremente el tiempo como allá en la edad de oro.
OLIVERIO.--¿Y váis á luchar mañana en presencia del nuevo duque?
CARLOS.--Sí, señor. Y vine á haceros saber un asunto. Se me ha dado á comprender embozadamente que vuestro hermano menor Orlando está algo dispuesto á venir disfrazado para probar contra mí sus fuerzas. Mañana, señor, lucharé por mi reputación, y el adversario mío que no saque un miembro roto, quedará bien librado. Vuestro hermano es joven y delicado, y, por el afecto que os tengo, se me haría penoso el causarle daño, como tendría que hacerlo por honor mío, si se presentara. Así, por el afecto que os profeso, he venido á haceros saber esto para que le apartéis de su intento ó para que soporte sin encono el daño á que él mismo se lanza, por cuanto es él quien lo busca y lo hace de todo punto contra mi voluntad.
OLIVERIO.--Gracias, Carlos, por tu afecto hacia mí, que verás cuán benévolamente he de recompensar. Ya tenía yo noticia del intento de mi hermano y me he esforzado secretamente para disuadirle, pero él está resuelto. Te diré, Carlos, que es el mozo más testarudo que hay en Francia; lleno de ambición, émulo envidioso de cuanto sobresale en cada hombre, y oculto y villano conspirador contra mí, que soy su natural hermano. Así, pues, procede como quieras: tanto me importa que le rompas la crisma, como que le rompas un dedo; y mejor sería que cuidaras de hacerlo, porque si sólo le infieres un daño leve, ó si él no alcanza á brillar grandemente á costa tuya, te suministrará un veneno, te atrapará en algún lazo traidor y te perseguirá hasta arrancarte la vida por cualquiera suerte de medios indirectos. Te aseguro, y hablo así casi con lágrimas en los ojos, que no hay entre los vivos uno que sea á la vez tan joven y tan vil. Hablo solamente como hermano; pues si me pusiera á analizarlo á tus ojos, tal como es en sí, tendría yo que ruborizarme y llorar, y tú quedarías pálido y atónito.
CARLOS.--Con todo mi corazón me alegro de haberme dirigido á vos. Si viene mañana, ya le daré su merecido; pues si vuelve á andar por sus piés, jamás volverá á luchar por premio. Y con esto guarde Dios á vuestra merced.
(_Sale._)
OLIVERIO.--Adios, buen Carlos. Y ahora á excitar á ese tunante. Espero que he de verle llegar á su fin; pues sin saber por qué, no hay cosa que mi alma deteste más que á él. Sin embargo, es manso, instruído sin haber tenido escuela, lleno de noble aspiración y ciertamente tan amado de todos, y en especial de mi propio pueblo, que es quien mejor le conoce, que yo soy enteramente tenido en menos. Pero esto no ha de durar; este luchador lo allanará todo. Sólo falta enardecer al muchacho para que acuda allí, y voy al instante á ocuparme de ello.
(_Sale._)
ESCENA II.
Esplanada delante del palacio del duque.
Entran ROSALINDA y CELIA.
CELIA.--Te suplico, mi dulce prima, que estés alegre.
ROSALINDA.--Más alegría demuestro, querida Celia, que la que hay en mí.--¿Y querríais verme más alegre aún? Á menos que me enseñéis á olvidar á un padre desterrado, no debéis enseñarme á recordar ningún placer extraordinario.
CELIA.--En esto veo que no me amas con tanta consagración como yo á ti. Si mi tío, tu desterrado padre, hubiese desterrado á tu tío, el duque mi padre, con tal de que hubieses permanecido á mi lado, yo habría podido enseñar á mi afecto á tomar á tu padre por mío; y así lo harías si la realidad de tu amor hacia mí fuera tan bien templada como la de mi amor por ti.
ROSALINDA.--Bien. Olvidaré las circunstancias de mi posición, para regocijarme en la tuya.
CELIA.--Sabes que mi padre no ha tenido ni es probable que tenga otros hijos que yo; y ciertamente, á su muerte, serás su heredera; porque lo que él tomó de tu padre por fuerza, te lo devolveré por afecto.--Te prometo por mi honor que lo haré, y sea yo convertida en un monstruo si quebranto mi juramento. Así, pues, mi dulce Rosalinda, mi querida Rosalinda, alégrate!
ROSALINDA.--Lo haré en adelante, prima, é idearé pasatiempos. Veamos ¿qué pensaríais de improvisar unos amores?
CELIA.--Excelente, y te ruego lo hagas para divertirte; pero no ames con todas veras á hombre alguno, ni te dejes llevar de ese juego tan allá que no puedas salir de él libre y con honra á costa de un honesto sonrojo.
ROSALINDA.--Pues entonces ¿cuál ha de ser nuestro pasatiempo?
CELIA.--Sentémonos, y con nuestras burlas echemos de su rueda á la buena matrona Fortuna, para que en adelante sus dones sean igualmente repartidos.
ROSALINDA.--Desearía que así pudiera ser; porque sus favores están harto mal colocados; y la pródiga ciega se equivoca más á menudo en sus dádivas á mujeres.
CELIA.--Es verdad; porque rara vez da la honestidad á aquellas á quienes dota con la hermosura; y da muy pobre apariencia á aquellas á quienes hace honestas.
ROSALINDA.--No. En esto equivocas la tarea de la Fortuna con la de la naturaleza. La Fortuna impera en los dones del mundo, no en los rasgos de la naturaleza.
(_Entra Piedra-de-toque._)
CELIA.--¿No? ¿Pues no puede la Fortuna hacer que caiga en el fuego una criatura á quien ha hecho hermosa la naturaleza?--Y aunque esta nos ha dado ingenio para burlarnos de la Fortuna: ¿no es esta quien envía á este necio para dar al traste con el argumento?
ROSALINDA.--En verdad que es la Fortuna demasiado dura para con la naturaleza, cuando se sirve de un natural idiota para imponer silencio al natural ingenio.
CELIA.--Quizás tampoco sea esto obra de la Fortuna, sino de la naturaleza; la cual advirtiendo que nuestro ingenio es demasiado obtuso para discurrir sobre semejante diosa, ha enviado á este idiota para estimularnos; ya que siempre la estupidez del necio es aguijón del discreto. Hola! Prodigio ¿adónde bueno?
PIEDRA.--Señora: debéis venir á donde vuestro padre.
CELIA.--¿Os tomó de mensajero?
PIEDRA.--No, por mi honor; pero se me encargó llamaros.
CELIA.--¿Dónde aprendiste ese juramento, bufón?
PIEDRA.--De cierto caballero que juró por su honor ser buenas las tortas y juró por su honor ser mala la mostaza. Ahora bien; yo sostengo que eran malas las tortas y buena la mostaza; y, sin embargo, el caballero no perjuró.
CELIA.--¿Y cómo lo pruebas, lumbrera de ciencia?
ROSALINDA.--Sí, sí. Quita el bozal á tu ingenio.
PIEDRA.--Adelantad ahora las dos: tocaos las caras y jurad por vuestras barbas que soy un bribón.
CELIA.--Sí que lo sois, por nuestras barbas si las tuviéramos.
PIEDRA.--Sí, que lo soy, por mi bribonada si la tuviera. Pero si juráis por lo que no tenéis, no perjuráis; ni más perjuró ese caballero jurando por su honor, pues jamás lo tuvo; ó si lo tuvo lo había perdido á fuerza de jurar antes de haber visto nunca aquella mostaza, ni aquellas tortas.
CELIA.--¿Y te dignarás decirme á quién aludes?
PIEDRA.--Á uno á quien ama el viejo Federico, vuestro padre.
CELIA.--Para honrarle basta el amor de mi padre. Silencio! no hables más de él. No tardará mucho el que te azoten por maldiciente.
PIEDRA.--Tanto más lastimoso, que los necios no hablen discretamente de las necedades de los discretos.
CELIA.--Á fe que dices verdad: porque al haberse impuesto silencio al poco ingenio que tienen los necios, la poca necedad que tienen los discretos ha tomado mucho vuelo.--Aquí viene Monsieur Le Beau.
(_Entra Le Beau._)
ROSALINDA.--Con la boca llena de noticias.
CELIA.--Que nos administrará como las palomas dan el sustento á sus pequeñuelos.
ROSALINDA.--Así quedaremos cebadas con noticias.
CELIA.--Tanto mejor: seremos más negociables.--Buenos días, monsieur Le Beau, ¿qué nuevas?
LE BEAU.--Hermosa princesa, habéis perdido muchos juegos interesantes.
CELIA.--¿Juegos? ¿De qué color?
LE BEAU.--¿De qué color, señora? ¿Cómo habré de responderos?
ROSALINDA.--Como lo quieren el ingenio y la fortuna.
PIEDRA.--Ó como lo mande el destino.
CELIA.--Bien dicho. Eso se ha aplicado con llana.
PIEDRA.--Y aún más. Si no mantengo mi rango....
ROSALINDA.--Estás perdiendo tu antiguo olfato.
LE BEAU.--Me admiráis, señoras. Habría querido contaros una buena lucha, cuyo espectáculo habéis perdido.
ROSALINDA.--Con todo, decidnos cómo fué.
LE BEAU.--Os contaré el principio, y si os place, podréis ver vosotras mismas el fin, porque aún falta lo mejor; y vienen aquí, donde os halláis, para ejecutarlo.
CELIA.--Bien. Sepamos el principio, que ya está muerto y sepultado.
LE BEAU.--Ahí viene un anciano con sus tres hijos.
CELIA.--Yo podría referir un cuento añejo que principia de ese modo.
LE BEAU.--Tres jóvenes apuestos, de excelente vigor y presencia.
ROSALINDA.--Con carteles en el pescuezo: «Sepan cuantos las presentes vieren.»
LE BEAU.--El hermano mayor luchó con Carlos, el luchador del duque, y en un momento fué aquel derribado y sacó tres costillas rotas, con lo cual pocas esperanzas le quedan de vida. Y otro tanto hizo con el segundo y con el tercero. Allí yacen, y el pobre anciano su padre se lamenta de tan lastimosa manera, que cuantos le ven simpatizan sollozando con él.
ROSALINDA.--¡Ay, desdichado!
PIEDRA.--Pero, señor, ¿cuál es la diversión que han perdido las señoras?
LE BEAU.--Pues es claro; la que acabo de decir.
PIEDRA.--De este modo los hombres podrán crecer en sensatez de día en día. Es la primera vez que oigo decir que romper costillas es una diversión propia de señoras.
CELIA.--Como que sí; te lo aseguro.
ROSALINDA.--¿Pero hay alguien más que tenga comezón porque le apliquen ese solfeo en los costados? ¿Hay algún otro tan apasionado al rompe-costillas? ¿Veremos esta lucha, prima?
LE BEAU.--Tendréis que verla si os quedáis; porque, he ahí el sitio destinado para la lucha, y ya están prontos los que deben tomar parte en ella.
CELIA.--Allí vienen, por cierto. Quedémosnos y veámosla. (_Preludio. Entran el duque Federico, Lores, Orlando, Carlos y séquito._)
DUQUE.--Venid. Pues el mancebo no da oído á súplicas, que su audacia responda de su peligro.
ROSALINDA.--¿Es aquél el antagonista?
LE BEAU.--Él mismo, señora.
CELIA.--¡Ay, qué joven es! Sin embargo, parece como si hubiera de vencer.
DUQUE.--¿Qué es esto, hija y sobrina? ¿Os habéis escurrido hasta aquí para ver la lucha?
ROSALINDA.--Sí, mi señor, si os place darnos permiso.
DUQUE.--Poca diversión tendréis en ella, os lo aseguro, siendo tan desiguales los luchadores. Por compasión á la temprana edad del joven, intentaría disuadirle, pero no quiere oir consejo. Habládle, niñas; ved si podéis influir sobre él.
CELIA.--Hacedle venir, monsieur Le Beau.
DUQUE.--Hacedlo. Yo me apartaré. (_El duque se va á un lado._)
LE BEAU.--Señor desafiador: las princesas quieren hablaros.
ORLANDO.--Estoy á sus órdenes con todo respeto y humildad.
ROSALINDA.--Mancebo, ¿habéis desafiado á Carlos el luchador?
ORLANDO.--No, hermosa princesa. Es él quien hace un reto general. Yo no vengo sino como uno de tantos, para probar en él la fuerza de mi juventud.
CELIA.--Vuestro valor ¡oh joven! sobrepuja con exceso á vuestros años. Crueles pruebas habéis visto del vigor de ese hombre. Si pudiérais veros con nuestros ojos, ó juzgaros con nuestro discernimiento, el recelo de vuestra aventura os aconsejaría una empresa más proporcionada. Os rogamos, por vuestro bien, que penséis en vuestra seguridad y abandonéis esta tentativa.
ROSALINDA.--Hacedlo, buen joven; que no por ello será rebajada vuestra reputación. Solicitaremos del duque que haga suspender la lucha.