Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 4]
Part 5
CASIO.--No negué. El que os trajo mi respuesta fué un imbécil. Bruto ha desgarrado mi corazón. Un amigo debería soportar los defectos de sus amigos; pero Bruto exagera los míos.
BRUTO.--No lo hago, sino cuando me hacéis sufrir por ellos.
CASIO.--No me tenéis afecto.
BRUTO.--No me gustan vuestras faltas.
CASIO.--El ojo de un amigo nunca podría ver tales faltas.
BRUTO.--No las vería un adulador, aunque son tan grandes como el monte Olimpo.
CASIO.--¡Venid, Antonio y joven Octavio, venid y vengaos sólo de Casio! Porque Casio está cansado del mundo; odiado por aquel á quien ama; retado por su hermano; oprimido como un siervo; observadas todas sus faltas y anotadas en el libro y divulgadas y aprendidas de memoria para arrojárselas al rostro. ¡Oh! ¡Podría llorar el alma por los ojos! Aquí está mi puñal: he aquí mi pecho desnudo. Dentro hay un corazón más valioso que la mina de Pluto, más rico que el oro. Si es verdad que eres un romano, tómale. Yo que te he negado oro, te entrego mi corazón. Hiere como hiciste con César; yo sé que cuando más lo aborreciste, lo amabas aún más que lo que nunca amaste á Casio.
BRUTO.--Envainad vuestro puñal. Montad en cólera cuanta os plazca: ya tendrá libre campo. Haced lo que os plazca: el deshonor será mal humor. ¡Oh Casio! Estáis uncido con un cordero que soporta la cólera como el pedernal soporta el fuego; y que sólo cuando se le fuerza mucho, despide una chispa rápida y se enfría al momento.
CASIO.--¿Ha vivido Casio solamente para servir de diversión y risa á su Bruto, cuando el pesar y la sangre enardecida le irritaban?
BRUTO.--También estaba yo irritado cuando hablé así.
CASIO.--¿Confesáis esto? Dadme vuestra mano.
BRUTO.--Y mi corazón también.
CASIO.--¡Oh Bruto!
BRUTO.--¿Qué hay ahora?
CASIO.--¿No tenéis por mí bastante afecto para tolerarme, cuando ese violento humor que me dió mi madre, me hace olvidarlo todo?
BRUTO.--Sí, Casio. Y en adelante, cuando seáis demasiado exaltado con vuestro Bruto, él pensará que es vuestra madre quien regaña y os dejará así. (_Ruido dentro._)
POETA.--(_Adentro._) Dejadme entrar á ver á los generales.--Hay un resentimiento entre ellos.--No está bien dejarlos solos.
LUCILIO.--(_Adentro._)--No tendréis entrada.
POETA.--Nada me detendrá sino la muerte. (_Entra el poeta._)
CASIO.--¿Qué hay ahora? ¿qué sucede?
POETA.--En nombre de la vergüenza, generales, ¿qué intentáis? Amaos y sed amigos cual cumple á dos hombres como vosotros. Porque estoy cierto de haber vivido más años que vosotros.
CASIO.--¡Ha! ¡ha! ¡Qué detestablemente rima este cínico!
BRUTO.--¡Fuera de aquí, villano! ¡Mozo impudente, fuera!
CASIO.--Tened paciencia con él, Bruto. Es su manera.
BRUTO.--Yo sabré soportar su genialidad, cuando él sepa escoger la ocasión.--¿Qué tiene que hacer la guerra con estos necios danzantes?--¡Camarada, fuera!
CASIO.--¡Fuera! ¡fuera! Marchaos. (_Sale el poeta._)
(_Entran Lucilio y Ticinio._)
BRUTO.--Lucilio y Ticinio, encargad á los jefes que se preparen á alojar sus tropas.
CASIO.--Y regresad inmediatamente trayéndonos á Messala. (_Salen Lucilio y Ticinio._)
BRUTO.--Lucio. Una taza de vino.
CASIO.--No pensé que podíais haber estado tan encolerizado.
BRUTO.--¡Oh Casio! Me tienen enfermo muchos pesares.
CASIO.--No usáis de vuestra filosofía, si dáis importancia á males accidentales.
BRUTO.--Ningún hombre soporta mejor la aflicción.--Porcia ha muerto.
CASIO.--¡Ah! ¡Porcia!
BRUTO.--Es muerta.
CASIO.--¡Y habéis podido no matarme cuando os contrarié tanto! ¡Oh! pérdida conmovedora é insoportable! ¿De qué dolencia?
BRUTO.--Impaciente por mi ausencia, y pesarosa de que el joven Octavio y Marco Antonio se hayan hecho tan fuertes (pues con su muerte llegó esa nueva), perdió la razon, y en ausencia de sus servidores, tragó fuego.
CASIO.--¿Y murió así?
BRUTO.--Así.
CASIO.--¡Oh dioses inmortales!
(_Entra Lucio con vino y bujías._)
BRUTO.--No hableis más de ella. Dadme una taza de vino. En esto sepulto todo resentimiento, Casio. (_Bebe._)
CASIO.--Sediento está mi corazon de esa noble promesa. Llena, Lucio, llena hasta que se derrame la taza. Nunca beberé demasiado del afecto de Bruto. (_Bebe._)
(_Vuelven á entrar Ticinio y Messala._)
BRUTO.--Entrad, Ticinio. Bienvenido, buen Messala. Sentémonos ahora bien junto á esta luz y examinemos nuestras necesidades.
CASIO.--¡Porcia! ¿Y eres ida?
BRUTO.--Basta. Os lo ruego. Messala, he recibido aquí cartas anunciando que el joven Octavio y Marco Antonio avanzan sobre nosotros con fuerzas poderosas, y que dirigen su marcha hacia Filipi.
MESSALA.--También tengo cartas del mismo tenor.
BRUTO.--¿Con qué adición?
MESSALA.--Que por proscripciones y mandando poner fuera de la ley, Octavio, Antonio y Lépido han hecho matar cien senadores.
BRUTO.--No están acordes nuestras cartas en ese punto. Las mías hablan de setenta senadores muertos por sus proscripciones, siendo Cicerón uno de ellos.
CASIO.--Cicerón?
MESSALA.--Sí. Cicerón ha muerto por esa orden de proscripción. ¿Son de vuestra esposa esas cartas, mi señor?
BRUTO.--No, Messala.
MESSALA.--¿Ni cosa alguna escrita en esas cartas acerca de ella?
BRUTO.--Nada, Messala.
MESSALA.--Paréceme extraña cosa.
BRUTO.--¿Por qué lo preguntáis? ¿Habéis sabido algo de ella en vuestras cartas?
MESSALA.--No, mi señor.
BRUTO.--Pues sois romano, decid la verdad.
MESSALA.--Pues bien: sobrellevad como romano la verdad que digo. Muerta es en verdad y de extraña manera.
BRUTO.--Adios, pues, Porcia. Tenemos que morir, Messala; y reflexionando en que ella había de morir un día, encuentro paciencia para sufrir esto ahora.
MESSALA.--Así es como los grandes hombres deben sobrellevar las grandes pérdidas.
CASIO.--Tengo tanto de ello en teoría como vos; pero mi naturaleza no podría sufrirlo así.
BRUTO.--Bien. Á nuestra obra viva. ¿Qué pensáis de marchar inmediatamente á Filipi?
CASIO.--No me parece bien.
BRUTO.--¿Qué razón tenéis?
CASIO.--Esta. Es mejor que el enemigo nos busque. Así gastará sus recursos y cansará á sus soldados, dañándose á sí propio; mientras que nosotros permaneciendo inmóviles estamos descansados, fuertes para la defensa y activos.
BRUTO.--Las buenas razones han de ceder, es claro, ante las mejores. El pueblo entre Filipi y este campo permanece en una adhesión forzada, pues nos ha dado de mala gana la contribución. El enemigo, marchando entre ellos, llenará con ellos sus filas y vendrá refrescado, acrecido y más animoso.--Le quitaremos esta ventaja si vamos á Filipi á hacerle frente, dejando este pueblo á nuestra espalda.
CASIO.--Escuchadme, buen hermano.
BRUTO.--Con vuestro permiso. Debéis advertir, además, que hemos procurado obtener de nuestros amigos lo más que era posible. Nuestras legiones están del todo completas y nuestra causa ha llegado á su madurez. El enemigo aumenta cada día. Nosotros, que nos hallamos en la cima, estamos expuestos á declinar.--Hay en los negocios humanos una marea que, tomada cuando está llena, conduce á la fortuna; y omitida, hace que el viaje de la vida esté circundado de bajíos y miserias.--Flotando estamos ahora en ese mar, y tenemos que aprovechar la corriente cuando es favorable, ó perder nuestras probabilidades.
CASIO.--Así, pues, como lo deseáis, seguid adelante. Nosotros nos pondremos en marcha y los encontraremos en Filipi.
BRUTO.--La alta noche ha avanzado mientras hablábamos. La naturaleza tiene que obedecer á la necesidad, y la satisfaremos, aunque mezquinamente, con un breve descanso. ¿No hay más que hablar?
CASIO.--No más. Buenas noches. Madrugaremos mañana, y en camino.
BRUTO.--Lucio, mi túnica. (_Sale Lucio._)--Adios, buen Messala. Buenas noches, Ticinio. Buenas noches y buen reposo, noble Casio.
CASIO.--¡Oh querido hermano! Esta noche ha tenido un mal principio. Que jamás semejante disensión surja entre nuestras almas! No dejéis que suceda, Bruto.
BRUTO.--Ya está bien todo.
CASIO.--Buenas noches, mi señor.
BRUTO.--Buenas noches, buen hermano.
TICINIO.--Buenas noches, Bruto, mi señor.
BRUTO.--Adios á cada uno. (_Salen Casio, Ticinio y Messala.--Vuelve á entrar Lucio con la túnica._)--Dame mi túnica. ¿Dónde está tu instrumento?
LUCIO.--Aquí en la tienda.
BRUTO.--¡Qué! ¿Hablas medio dormido? Pobre bellaco, no te culpo: has vigilado con exceso.--Llama á Claudio y algunos otros de mis hombres. Los haré dormir en mi tienda sobre almohadones.
LUCIO.--¡Varro y Claudio! (_Entran Varro y Claudio._)
VARRO.--¿Llamáis, señor?
BRUTO.--Os ruego, señores, acostaros en mi tienda y dormir. Acaso os despierte más tarde para asuntos con mi hermano Casio.
VARRO.--Con vuestro permiso quedaremos en pié esperando vuestras órdenes.
BRUTO.--No lo consentiré. Acostaos, buenos señores. Quizás podré variar de pensamiento. Mira, Lucio, aquí está el libro que busqué tanto. Le puse en el bolsillo de la túnica.
(_Se acuestan los sirvientes._)
_Lucio_.--Estaba seguro de que su señoría no me lo había dado.
BRUTO.--Ten paciencia conmigo, buen muchacho; soy muy olvidadizo. ¿Quieres abrir por un rato tus ojos soñolientos y tocar uno ó dos trozos en tu instrumento?
LUCIO.--Sí, mi señor, si os place.
BRUTO.--Me place, muchacho. Te fatigo demasiado, pero tienes buena voluntad.
LUCIO.--Es mi deber, señor.
BRUTO.--Yo no exigiría tu deber más allá de tus fuerzas. Sé que las sangres jóvenes anhelan la hora del descanso.
LUCIO.--He dormido ya, mi señor.
BRUTO.--Has hecho bien; y volverás á dormir. No te retendré mucho rato. Si vivo, seré bueno para ti. (_Música y un canto._)--Es un tono soñoliento. ¡Maldito
sueño! ¿Has dejado caer tu maza de plomo sobre mí, muchacho, que así hace música para ti? Buenas noches, gentil siervo. No te haré el daño de despertarte. Si cabeceas romperás tu instrumento. Te lo tomaré, y, buen muchacho, buenas noches. Vamos. ¿No está doblada la hoja donde dejé la lectura?--Paréceme que es esta. (_Se sienta.--Entra el espectro de César._) ¡Qué mal arde esta bujía! ¡Ah! ¿Quién viene aquí? Pienso que la debilidad de mis ojos da forma á esta monstruosa aparición. Viene hacia mí. ¿Eres algo? ¿Eres algún dios, ángel ó demonio, que haces helarse mi sangre y erizarse mis cabellos? Dime lo que eres.
ESPECTRO.--Tu mal genio, Bruto.
BRUTO.--¿Por qué vienes?
ESPECTRO.--Á decirte que me verás en Filipi.
BRUTO.--Bien. ¿Entonces he de verte otra vez?
ESPECTRO.--Sí: en Filipi. (_Se desvanece el espectro._)
BRUTO.--Pues bien: te veré entonces en Filipi. Ahora que he recobrado mi serenidad te desvaneces. Mal espíritu, querría hablar más contigo. Muchacho! Lucio! Varro! Claudio! Despertad! Claudio!
LUCIO.--Las cuerdas, mi señor, están destempladas.
BRUTO.--Piensa que todavía se ocupa de su instrumento. Lucio, despierta!
LUCIO.--¿Mi señor?
BRUTO.--¿Estabas soñando, Lucio, para haber gritado así?
LUCIO.--Mi señor, no sabía que hubiese gritado.
BRUTO.--Sí, por cierto. ¿Viste algo?
LUCIO.--Nada, mi señor.
BRUTO.--Vuelve á dormir, Lucio. Siervo Claudio! Mozo, despierta!
VARRO.--¿Mi señor?
CLAUDIO.--¿Mi señor?
BRUTO.--¿Por qué habéis gritado, señores, en vuestro sueño?
VARRO Y CLAUDIO.--¿Hemos gritado, señor?
BRUTO.--Sí. ¿Visteis alguna cosa?
VARRO.--No, mi señor, nada he visto.
CLAUDIO.--Ni yo, mi señor.
BRUTO.--Id y saludad por mí á mi hermano Casio. Decidle que ponga en movimiento sus fuerzas con anticipación, y nosotros seguiremos.
VARRO Y CLAUDIO.--Se hará así, mi señor. (_Salen._)
ACTO V.
ESCENA I.
Los llanos de Filipi.
Entran OCTAVIO, ANTONIO y su ejército.
OCTAVIO.
Ahora se realizan, Antonio, nuestras esperanzas. Dijisteis que no bajaría el enemigo, sino que se mantendría en las colinas y tierras altas. Resulta no ser así; el grueso de sus fuerzas está muy próximo, y su intento es anticipársenos aquí en Filipi, buscándonos antes de ser buscados.
ANTONIO.--Bah! Penetro bien su ánimo, y sé por qué lo hacen. Ya se contentarían con ir á otros lugares; y si descienden con arrogante intrepidez, sólo es para inspirarnos por medio de tal apariencia la idea de que tienen valor. Pero no es verdad. (_Entra un mensajero._)
MENSAJERO.--Generales, preparaos! El enemigo viene en bizarro orden marcial. Está levantado su sangriento estandarte y hay que tomar alguna medida inmediatamente.
ANTONIO.--Octavio, haced avanzar vuestras fuerzas sin precipitación sobre la izquierda del terreno llano.
OCTAVIO.--Yo iré á la derecha: conservad vos la izquierda.
ANTONIO.--¿Por qué me contrariáis en este trance?
OCTAVIO.--No os contrarío; pero haré como he dicho. (_Marcha.--Tambor. Entran Bruto, Casio y su ejército. Lucilio, Messala y otros._)
BRUTO.--Hacen alto, y quieren parlamentar.
CASIO.--Manteneos firmes, Ticinio. Nosotros tenemos que ir y hablar.
OCTAVIO.--Marco Antonio, ¿daremos la señal de la batalla?
ANTONIO.--No, César. Responderemos á su ataque. Avanzad. Los generales querrían decir algo.
OCTAVIO.--No os mováis hasta que se dé la señal.
BRUTO.--Antes las palabras que los golpes. ¿No es así, compatriotas?
OCTAVIO.--No porque nos agraden más las palabras, como á vosotros.
BRUTO.--Buenas palabras son mejores que malos golpes, Octavio.
ANTONIO.--En vuestros malos golpes, dáis buenas palabras, Bruto. Dígalo, si no, el agujero que hicisteis en el corazón de César, gritando: «Salve, viva César!»
CASIO.--Antonio: de cómo dáis golpes, nada se sabe todavía; pero en cuanto á vuestras palabras, parecen haber quitado á las abejas toda su miel.
ANTONIO.--Y su aguijón también.
BRUTO.--¡Oh, sí! y su zumbido; porque hacéis ruido como ellas y muy discretamente amenazáis antes de punzar.
ANTONIO.--No lo hicisteis vosotros ¡villanos! cuando vuestros viles puñales tropezaban uno con otro en los costados de César! Mostrabais los dientes como monos, y hacíais fiestas como perros, y os inclinabais como siervos para besar los piés de César, mientras que el infernal Casca, como un miserable hería por la espalda el cuello de César! ¡Oh aduladores!
CASIO.--¡Aduladores! Agradecedlo á vos mismo, Bruto, que, á haber dominado Casio, esa lengua no habría ofendido hoy así.
OCTAVIO.--Venid, venid á la causa. Si la discusión trae gotas de sudor, la prueba de ella las traerá más coloridas. Mirad. Desnudo la espada contra conspiradores: ¿cuándo pensáis que volverá á la vaina? Nunca, mientras no queden bien vengadas las veintitres heridas de César, ó hasta que otro César se añada á la carnicería hecha por la espada de los traidores.
BRUTO.--César, no morirás por manos de traidores, á menos que los traigas contigo.
OCTAVIO.--Así lo espero. No nací para morir por la espada de Bruto.
BRUTO.--¡Oh! Si fueras el más noble de tu raza, no podrías, joven, recibir más honrosa muerte.
CASIO.--Un impertinente muchacho de escuela, indigno de tal honor, unido á un jaranista enmascarado.
ANTONIO.--¡Silencio, viejo Casio!
OCTAVIO.--Venid, Antonio. Fuera! Os lanzamos el reto al rostro, traidores! Si os atrevéis á combatir hoy, venid al campo. Si no, cuando hagáis el ánimo.
(_Salen Octavio, Antonio y su ejército._)
CASIO.--Pues bien: ahora, sopla ¡oh viento! Hínchate, ola; boga, barca; que está encima la tormenta, y todo está en manos del acaso.
BRUTO.--Ea! Lucilio. Tengo que deciros una palabra.
CASIO.--Messala?
MESSALA.--¿Qué decís, mi general?
CASIO.--Messala, hoy es mi cumpleaños; pues Casio nació en este mismo día. Dame tu mano y sé testigo de que contra mi voluntad, como sucedió en Pompeya, me veo forzado á aventurar en el éxito de una batalla todas nuestras libertades. Sabéis que tuve en grande estima á Epicuro y su doctrina. Ahora, pienso de otro modo, y en parte creo en cosas que son presagios. Viniendo de Sardis, cayeron sobre la enseña de nuestra vanguardia dos vigorosas águilas y en ella se posaban, y se alimentaban de manos de nuestros soldados que nos acompañaron aquí á Filipi.--Esta mañana volaron y se fueron, y en su lugar vuelan sobre nuestras cabezas cuervos, milanos y buitres que miran hacia nosotros abajo, como si fuéramos una presa moribunda.--Sus sombras parecían el más funesto pabellón extendido sobre nuestro ejército próximo á perecer.
MESSALA.--No creáis tal cosa.
CASIO.--No lo creo sino en parte; porque tengo el espíritu despejado, y resuelto á afrontar los peligros con toda constancia.
BRUTO.--Lucilio también.
CASIO.--Ahora, muy noble Bruto, los dioses nos son favorables, para que amándonos en paz, dejemos correr los días hasta la vejez. Pero desde que son siempre tan inciertas las cosas humanas, discurramos sobre lo que puede acontecer de peor. Si perdemos esta batalla, seguramente es esta la última ocasión en que hablaremos juntos.--En tal caso ¿qué contáis hacer?
BRUTO.--Seguiré la norma de aquella filosofía en cuyo nombre censuré á Catón por haberse dado la muerte. No sé por qué, pero encuentro que es cobardía y vileza anticipar el término de la vida, por temor á lo que pueda acontecer. Me armaré de paciencia para sobrellevar los decretos de los altos poderes que gobiernan las cosas de aquí abajo.
CASIO.--¿Es decir que si perdemos esta batalla, estaréis contento con ser llevado como trofeo del vencedor por las calles de Roma?
BRUTO.--No, Casio, no. Ni pienses tú, noble romano, que Bruto se dejaría llevar cautivo á Roma. Tiene el alma sobrado grande. Pero este mismo día debe concluir la obra principiada en los idus de Marzo, y no sé si volveremos á encontrarnos. Recibid por tanto un último adios. Adios, Casio, por siempre jamás! Si volvemos á encontrarnos ¡bien! será con una sonrisa. Si no, habremos hecho bien de despedirnos ahora.
CASIO.--¡Por siempre jamás, adios, Bruto! Si volvemos á encontrarnos, ciertamente que sonreiremos. Si no, en verdad, que esta despedida habrá sido oportuna.
(_Salen._)
ESCENA II.
La misma.--El campo de batalla.
BRUTO.--Corre á toda brida, Messala, corre, corre, y da estas órdenes á las legiones en el otro lado. Que avancen al instante porque percibo tibieza en el ala de Octavio, y un ataque repentino los derrotará. Corre, corre, Messala. Que vengan todos.
(_Salen._)
ESCENA III.
La misma.--Otra parte del campo.
Toque de alarma.--Entran CASIO y TICINIO.
CASIO.--¡Oh, mirad, Ticinio! Mirad! Los cobardes! Huyen! Yo mismo he debido volverme enemigo de los míos. Ví que retrocedía mi enseña. Maté al cobarde y la tomé de sus manos.
TICINIO.--¡Oh Casio! Bruto dió la señal demasiado pronto. Había alcanzado alguna ventaja sobre Octavio, y la asió con demasiada precipitación. Sus soldados se dieron á buscar botín, mientras que nosotros estamos rodeados por todas partes por Antonio.
(_Entra Píndaro._)
PÍNDARO.--¡Huíd á más distancia, mi señor, huíd á más distancia! Marco Antonio está en vuestras tiendas. ¡Huíd, noble Casio, más lejos!
CASIO.--Esta colina está bastante lejos. Mira, mira, Ticinio. ¿Son mis tiendas aquellas donde diviso un incendio?
TICINIO.--Ellas son, mi señor.
CASIO.--Ticinio, si me amas, monta en mi caballo y sepulta tus espuelas en sus ijares, hasta que hayas llegado á aquellas tropas, allá arriba, y estés de regreso aquí, á fin de que pueda yo estar seguro de si son nuestras ó del enemigo.
_Ticinio_.--Estaré de vuelta en un abrir y cerrar de ojos.
(_Sale._)
CASIO.--Píndaro, sube más arriba, á aquella colina. Mi vista fué siempre débil. Mira bien, Ticinio, y dime lo que observes en el campo. (_Sale Píndaro._)--En este día exhalé mi primer aliento. El tiempo se acerca, y donde principié tengo que acabar. Está llena la medida de mi vida.--¿Qué noticias?
PÍNDARO.--¡Oh, mi señor!
CASIO.--¿Qué noticias?
PÍNDARO.--Ticinio está cercado de jinetes que avanzan sobre él á escape tendido, pero él sigue adelante. Ya están á su alcance. Ahora se apean algunos. ¡Oh! Él se apea también. Le han cogido. (_Aclamación._) Y ¡oíd! Dan vítores de alegría!
CASIO.--Baja: no mires más. ¡Oh cobarde de mí, que vivo hasta haber visto á mi mejor amigo apresado en mi presencia! (_Entra Píndaro._)--Ven acá, siervo. En Parcia te hice prisionero, y me juraste como precio de tu vida, que siempre tratarías de hacer lo que yo te mandase. Pues bien: cumple tu juramento! Sé ahora un hombre libre; y con esta buena espada que atravesó las entrañas de César, busca mi seno. No te detengas á replicar. Ea! Toma la empuñadura, y cuando haya cubierto mi rostro, como ves que ya lo está, hiere! ¡César, estás vengado con la misma espada con que te dí muerte!
(_Muere._)
PÍNDARO.--Así, soy libre. No lo habría sido de este modo, si me hubiese atrevido á hacer mi voluntad. ¡Oh Casio! Píndaro huirá lejos de este país, adonde ningún romano se pueda acordar de él. (_Sale.--Vuelven á entrar Ticinio y Messala._)
MESSALA.--No es más que un cambio, Ticinio, porque Octavio está derrotado por el ejército del noble Bruto, como las legiones de Casio lo están por Antonio.
TICINIO.--Estas nuevas darán no poca satisfacción á Casio.
MESSALA.--¿Dónde le dejasteis?
TICINIO.--Quedó lleno de desconsuelo en esta colina con Píndaro su siervo.
MESSALA.--¿No es él quien yace allí en tierra?
TICINIO.--No yace como los que viven. ¡Oh dolor!
MESSALA.--¿No es él?
TICINIO.--No: éste era él, Messala; pero Casio ya no existe. ¡Oh sol poniente! Como tú envuelto en tus rojos rayos te sepultas en la noche, así Casio está envuelto en su roja sangre! Se ha puesto el sol de Roma! Se ha acabado nuestro día! Venid, nubes, lluvias y peligros. Nuestros hechos están consumados, y de este fué causa la desconfianza de que yo alcanzara buen éxito.
MESSALA.--La desconfianza del éxito ha causado este hecho! ¡Oh odioso error, engendro de la melancolía! ¿Por qué presentas á la mente de los hombres cosas que no son? ¡Oh error! Prontamente concebido, jamás alcanzas un nacimiento feliz; sino que matas á la madre que te concibió!
TICINIO.--¡Hola, Píndaro! ¿Dónde está Píndaro?
MESSALA.--Búscalo, Ticinio, mientras voy á encontrar al noble Bruto y á fulminarle esta noticia. Y digo bien fulminarle, porque el agudo acero y los dardos envenenados serían mejor recibidos por Bruto que la noticia de este espectáculo.
TICINIO.--Id, Messala, que entre tanto yo buscaré á Píndaro. (_Sale Messala._)--¿Á qué enviarme, valiente Casio? Pues ¿no encontré a tus amigos? ¿No pusieron sobre mis sienes este laurel de victoria invitándome á que te lo diera? ¿No oíste sus aclamaciones? ¡Y todo lo interpretaste en daño tuyo! Pero toma este lauro para tu frente. Tu Bruto me encargó dártele y cumplo su encargo. Bruto, acercaos un tanto y ved cómo he considerado á Cayo Casio. Con vuestro permiso ¡oh dioses! esto es lo que cumple á un romano. Ven, espada de Casio, á encontrar el corazón de Ticinio.
(_Muere.--Alarma. Vuelven á entrar Messala, con Bruto, Catón el joven, Strato, Volumnio y Lucilio._)
BRUTO.--¿Dónde, Messala, dónde yace su cuerpo?
MESSALA.--Un poco más allá; y Ticinio lo acompaña.
BRUTO.--Ticinio, yace de espaldas.
CATÓN.--Ha muerto.
BRUTO.--¡Oh Julio César! ¡Aún eres poderoso! ¡Tu espíritu nos persigue y hace tornar nuestras espadas contra nuestras propias entrañas!
CATÓN.--¡Valiente Ticinio! ¡Mirad cómo ha coronado á Cayo Casio muerto!
BRUTO.--¿Hay todavía entre los vivos dos romanos como estos? ¡Adios, oh tú el último romano! ¡Jamás, jamás podrá producir Roma uno igual á ti! Amigos, debo á este hombre muerto más lágrimas que las que me veríais derramar. Ya encontraré tiempo, Casio, ya encontraré tiempo. Venid, pues, y enviad su cuerpo á Fhasos. No debemos hacerle funerales en el campamento, por no desalentar las tropas. Venid, Lucilio y joven Catón, vamos al campo. Labeo y Flavio, avanzad con vuestras fuerzas. Son las tres, y á fuer de romanos, probaremos fortuna antes de la noche en un segundo combate.
(_Salen._)
ESCENA IV.
Alarma. Entran combatiendo soldados de ambos ejércitos. En seguida BRUTO, CATÓN, LUCILIO y otros.
BRUTO.--¡Ea, compatriotas, erguid la cabeza, erguidla aún!
CATÓN.--¿Qué cobarde no lo hará? ¿Quién quiere seguirme? Proclamaré mi nombre por el campo. ¡Oh! ¡Soy el hijo de Marco Catón! ¡Enemigo de los tiranos y amigo de la patria! ¡Soy el hijo de Marco Catón! ¡Oh!
(_Carga sobre el enemigo_).