Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 1]
Part 20
Puedes matarme: será un hecho tan indigno de memoria como lo eres tú.
OTELO.
Debias callar.
EMILIA.
Áun mayor que tu poder es mi valor. ¡Necio, más estúpido que el polvo de la tierra! ¡Vaya una bravata! Me rio de tu acero. Voy á contar á gritos quién eres, aunque me cueste la vida y cien vidas. ¡Socorro, que el moro ha asesinado á mi señora! ¡Socorro!
MONTANO.
¿Qué pasa, general?
EMILIA.
¿Ahí estás, Yago? ¡Qué habilidad tienes! ¡Dejar que un infame te acuse para disculpar sus crímenes!
GRACIANO.
¿Pero qué ha pasado?
EMILIA.
Si eres hombre, desmiéntele. Él cuenta que tú le dijiste que su mujer le era infiel. Yo sé bien que no lo has dicho, porque no eres tan malvado. Habla, respóndele, que el corazon quiere saltárseme.
YAGO.
Le dije lo que yo tenia por cierto, y lo que luego él ha averiguado.
EMILIA.
¿Y tú le dijiste que mi señora no era honrada?
YAGO.
Sí que se lo dije.
EMILIA.
Pues dijiste una mentira odiosa, infernal y diabólica. ¡Poder de Dios! ¿Y le dijiste que era infiel con Casio, con Casio?
YAGO.
Sí, con Casio. Cállate, mujer.
EMILIA.
No he de callar. Es necesario que yo hable. Mi pobre señora yace muerta en su lecho.
TODOS.
¡No lo consienta Dios!
EMILIA.
Y tus delaciones son causa de su muerte.
OTELO.
No os asombreis, señores. Así ha sucedido.
GRACIANO.
¡Horrenda verdad!
MONTANO.
¡Espantoso crímen!
EMILIA.
Aquí se esconde alguna infernal añagaza... Y empiezo á sospechar... ¡Ah, sí: ya caigo!... Lo que siempre recelé... ¡Infame! ¡Me ahoga la ira! ¡Oh trama inicua!
YAGO.
¿Estás loca? Véte á casa. Te lo mando.
EMILIA.
Caballeros, dejadme hablar. Otra vez le obedeceré, no ahora. Y quizá nunca volveré á tu casa, Yago.
OTELO.
¡Ay! ¡Ay!
EMILIA.
¿Al fin lo sientes? Ruge, ruge. Has asesinado á la más santa y hermosa criatura que ha visto nunca la luz del sol.
OTELO.
(_Levantándose._) ¡Fué adúltera! No os habia conocido, tio. (_A Graciano._) Ahí teneis muerta á vuestra sobrina, y muerta á mis manos. Sé que esto os parecerá horrible...
GRACIANO.
¡Pobre Desdémona! Cuán feliz es tu padre en haber pasado ya de esta vida. Tu boda le mató: el pesar de ella bastó á cortar el hilo de sus dias. Pero si hoy viviera, y la viese muerta, pienso que habia de maldecir hasta de su ángel de guarda, provocando la indignacion del cielo.
OTELO.
¡Qué dolor! Pero Yago sabe que ella mil veces se entregó á Casio. El mismo Casio lo confesaba, y ademas recibió de ella, en pago de su amor, el pañuelo, el regalo nupcial que yo le hice, un pañuelo que mi padre habia dado á mi madre. Yo mismo le he visto en manos de Casio.
EMILIA.
¡Dios poderoso! ¡Dios de bondad!
YAGO.
¡Calla, te digo!
EMILIA.
No: no puedo callar, no quiero. Hablaré libre como el viento, aunque me condenen Dios y los hombres y el infierno. No callaré: debo hablar.
YAGO.
No digas locuras. A casa, á casa.
EMILIA.
Jamas iré. (_Yago la amenaza._)
GRACIANO.
¿Qué? ¿La espada sacais contra una débil mujer?
EMILIA.
¡Perverso Otelo! Yo encontré aquel pañuelo: yo misma se le dí á mi marido, porque con muchas instancias me habia pedido que lo robara.
YAGO.
¡Infame prostituta!
EMILIA.
¿Que ella se lo dió á Casio? No: ¡si le encontré yo, y se le dí á mi marido!
YAGO.
Mientes, malvada.
EMILIA.
No miento, no. Caballeros, no miento. ¡Bestia cruel! ¡Estúpido! ¿Cómo habias tú de poder contra esa santa?
OTELO.
¡Monstruo! ¿No hay rayos en el cielo, ó es que el trueno se los apropió todos? (_Se arroja sobre Yago, pero este hiere á Emilia y huye._)
GRACIANO.
Sin duda ha muerto á su mujer.
EMILIA.
Sí: muerta soy: colocadme al lado de mi ama.
GRACIANO.
Él ha huido dejándola muerta.
MONTANO.
¡Infame asesino! Toma tú esta espada que he quitado de manos del moro. Guardad la puerta: no le dejeis salir, aunque sea preciso matarle. Yo iré detras de ese malvado, el más abominable de cuantos existen en el mundo.
(_Vanse Montano y Graciano._)
[Ilustración]
OTELO.
Hasta el valor he perdido: un niño podria desarmarme. Pero ¿qué importa? ¡Vaya con la virtud la honra! ¡Húndase todo!
EMILIA.
Quiero acordarme de las palabras de tu canto, señora mia, óyeme, si es que aún tienes oidos. Moriré cantando como el cisne:
Cantad el sauce, y su verdor cantad.
Moro: ella fué honesta.
Moro: ella te amaba.
Verdad es: así yo me salve. Muero diciendo la verdad. Muero. (_Cae._)
OTELO.
Otra arma tengo aquí: una hoja española, reciamente templada en las aguas del Tajo. Ahora es cuando debo desnudarla, amado tio.
GRACIANO.
(_Dentro._) Vana empresa será el defenderte: no tienes armas, has de ceder.
OTELO.
Entra, y óyeme, ó embestiré desnudo como estoy.
(_Sale Graciano._)
GRACIANO.
¿Qué sucede?
OTELO.
Espada tengo, la mejor que ciñó ningun guerrero: esta hoja y este brazo han allanado obstáculos veinte veces mayores que tu resistencia. Pero ¡qué insensato alarde! ¿Quién lidia contra la fortuna? Todo ha cambiado: no me temes aunque me ves con armas. Este es el término de mi viaje, la bahía y el puerto. ¿Te retiras tembloroso? ¿A qué ese miedo? Aunque ataques á Otelo con una débil caña, Otelo cederá. ¿Y á dónde ha de ir Otelo? Déjame ver tu rostro por última vez, infeliz esposa mia. Tan pálido está como tu vestidura. Cuando los dos comparezcamos ante el tribunal divino, esa mirada tuya bastará á arrojar mi alma del cielo, y los demonios harán presa en ella con sus uñas. ¡Ay de mí, siervo del pecado! ¡Furias, arrojadme del cielo con vuestros azotes! Demonios, arrastradme en vuestro gran torbellino, hacedme hervir en azufre ó en pilas de hirviente metal. ¡Desdémona, Desdémona!
(_Salen Ludovico, Montano, Casio herido, y Yago preso._)
LUDOVICO.
¿Dónde está este infeliz temerario?
OTELO.
Aquí teneis al que fué Otelo.
LUDOVICO.
¿Dónde ese basilisco, ese horrible Yago?
OTELO.
¡Lástima que seas demonio, porque no podré matarte! (_Le hiere._)
LUDOVICO.
Desarmadle.
YAGO.
Me has herido, pero no de muerte.
OTELO.
Y no lo siento. Quiero que vivas, porque el morir es una dicha.
LUDOVICO.
Otelo, tú que antes fuiste tan bueno y generoso, ¿cómo has caido en los lazos de este traidor artero? ¿Qué dirán de tí?
OTELO.
Cuanto quieran, si así lo creeis; seré un delincuente honrado. Por honor la maté, no por odio.
LUDOVICO.
En parte ya ha confesado su crímen. ¿Los dos concertasteis la muerte de Casio?
OTELO.
Sí.
CASIO.
Y sin razon ninguna.
OTELO.
Téngolo por cierto y te pido perdon. Preguntad á ese demonio, qué motivo le pudo inducir á infernar de ese modo mi cuerpo y mi alma.
YAGO.
No me pregunteis nada, no he de responder. Todo lo sabeis. Desde ahora no he de hablar.
LUDOVICO.
¿Ni siquiera para rezar?
GRACIANO.
El tormento te obligará á mover la lengua.
OTELO.
Bien harás.
LUDOVICO.
Sabedlo todo, pues aún hay algo que no ha llegado á vuestra noticia. En el bolsillo de Rodrigo se han encontrado dos cartas. Una de ellas explica cómo Rodrigo se encargó de dar muerte á Casio.
OTELO.
¡Cobarde!
CASIO.
¡Infame!
LUDOVICO.
La otra carta contiene mil quejas contra Yago, pero se conoce que antes de enviarle Rodrigo la carta, encontró á Yago, y éste resolvió todas sus dudas y le decidió á lo que hizo.
OTELO.
¡Perro traidor! ¿Y cómo llegó á tus manos, Casio, aquel pañuelo de mi mujer?
CASIO.
Le hallé en mi aposento, y él mismo acaba de confesar que le dejó allí con este intento.
OTELO.
¡Necio, mentecato!
CASIO.
En la misma carta le echa en cara Rodrigo, entre otras mil acusaciones, el haberle excitado en el cuerpo de guardia á que riñese conmigo, de cuya riña resultó el perder yo mi empleo. Y él ha dicho antes de morir que Yago le acusó y le hirió.
LUDOVICO.
Necesario es que vengais con nosotros sin demora. El gobierno queda en manos de Casio. Y en cuanto á Yago creed que si hay algun tormento que pueda hacerle padecer eternamente sin matarle, á él se aplicará. Vos estareis preso, hasta que sentencie vuestra causa el Senado de Venecia.
OTELO.
Oidme una palabra, nada más, y luego os ireis. He servido bien y lealmente á la República, y ella lo sabe, pero no tratemos de eso. Sólo os pido por favor una cosa: que cuando en vuestras cartas al Senado refirais este lastimoso caso, no trateis de disculparme, ni de agravar tampoco mi culpa. Decid que he sido un desdichado: que amé sin discrecion y con furor, que aunque tardo en recelar, me dejé arrastrar como loco por la corriente de los celos: decid que fuí tan insensato como el indio que arroja al lodo una pieza preciosa que vale más que toda su tribu. Decid que mis ojos que antes no lloraban nunca, han destilado luego largo caudal de lágrimas, como destilan su balsámico jugo los árboles de Arabia. Contádselo todo así, y decid tambien que un dia que en Alepo un turco puso la mano en un veneciano, ultrajando la majestad de la República, yo agarré del cuello á aquel perro infiel y le maté así. (_Se hiere._)
LUDOVICO.
¡Lastimosa muerte!
GRACIANO.
Vanas fueron nuestras palabras.
OTELO.
Esposa mia, quise besarte antes de matarte. Ahora te beso, y muero al besarte. (_Muere._)
CASIO.
Yo lo recelé, porque era de alma muy generosa, pero creí que no tenia armas.
LUDOVICO.
¡Perro ladron, más crudo y sanguinario que la muerte misma, más implacable que el mar alborotado! ¡Mira, mira los dos cadáveres que abruman ese lecho! Gózate en tu obra, cuyo solo espectáculo basta para envenenar los ojos. Cubrid el cadáver: haced guardar la casa, Graciano. Haced inventario de los bienes del moro. Sois su heredero. Y á vos, gobernador, incumbe el castigar á este perro sin ley, fijando el modo y la hora del tormento. Y ¡que sea cruel, muy cruel! Yo con lágrimas en los ojos voy á llevar á Venecia la relacion del triste caso.
[Ilustración]
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ÍNDICE.
Pág.
_El Mercader de Venecia._ 1 _Macbeth._ 105 _Romeo y Julieta._ 201 _Otelo._ 329
[Ilustración]