Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 1]
Part 19
DESDÉMONA.
¿Y yo merecia eso?
YAGO.
¿Qué, señora mia?
DESDÉMONA.
Lo que él me ha dicho.
YAGO.
¡Llamarla ramera! No dijera tal un pícaro en la taberna, hablando de su querida.
EMILIA.
¿Y todo por qué?
DESDÉMONA.
Lo ignoro. Pero yo no soy lo que él ha dicho.
YAGO.
Serenaos, por Dios. No lloreis. ¡Dia infeliz!
EMILIA.
¡Para eso ha dejado su patria y á su padre y á tantos ventajosos casamientos! ¡Para que la llamen «ramera»! Ira me da el pensarlo.
DESDÉMONA.
Esa es mi desdicha.
YAGO.
¡Ira de Dios caiga sobre él! ¿Quién le habrá infundido tan necios recelos?
DESDÉMONA.
Dios lo sabe, Yago.
EMILIA.
Maldita sea yo, si no es algun malsin calumniador, algun vil lisonjero quien ha tramado esta maraña, para conseguir de él algun empleo. Ahorcada me vea yo, si no acierto.
YAGO.
No hay hombre tan malvado. Dices un absurdo. Cállate.
DESDÉMONA.
Y si le hay, Dios le perdone.
EMILIA.
¡Perdónele la cuchilla del verdugo! ¡Roa Satanás sus huesos! ¡Llamarla ramera! ¿Con qué gentes ha tratado? ¿Qué sospecha, áun la más leve, ha dado? ¿Quién será el traidor bellaco que ha engañado al moro? ¡Dios mio! ¿por qué no arrancas la máscara á tanto infame? ¿Por qué no pones un látigo en la mano de cada hombre honrado, para que á pencazos batanee las desnudas espaldas de esa gavilla sin ley, y los persiga hasta los confines del orbe?
YAGO.
No grites tanto.
EMILIA.
¡Infames! De esa laya seria el que una vez te dió celos, fingiendo que yo tenia amores con el moro.
YAGO.
¿Estás en tu juicio? Cállate.
DESDÉMONA.
Yago, amigo Yago, ¿qué haré para templar la indignacion de Otelo? Dímelo tú. Te juro por el sol que nos alumbra que nunca ofendí á mi marido, ni áun de pensamiento. De rodillas te lo digo: huya de mi todo consuelo y alegría, si alguna vez le he faltado en idea, palabra ú obra; si mis sentidos han encontrado placer en algo que no fuera Otelo: si no le he querido siempre como ahora le quiero, como le seguiré queriendo, aunque con ingratitud me arroje lejos de sí. Ni la pérdida de su amor aunque baste á quitarme la vida, bastará á despojarme del afecto que le tengo. Hasta la palabra «adúltera» me causa horror, y ni por todos los tesoros y grandezas del mundo cometeria yo tal pecado.
YAGO.
Calma, señora; el moro es de carácter violento, y ademas está agriado por los negocios políticos, y descarga en vos el peso de sus iras.
DESDÉMONA.
¡Ojalá que así fuera! Pero mi temor es...
YAGO.
Pues la causa no es otra que la que os he dicho. Podeis creerlo. (_Tocan las trompetas._) ¿Ois? Ha llegado la hora del festin. Ya estarán aguardando los enviados de Venecia. No os presenteis llorando, que todo se remediará.
(_Vanse Emilia y Desdémona._) (_Sale Rodrigo._)
¿Qué pasa, Rodrigo?
RODRIGO.
Pienso que no procedes de buena fe conmigo.
YAGO.
¿Y por qué?
RODRIGO.
No hay dia que no me engañes, y más parece que dificultas el éxito de mis planes, que no que le allanas; y á fe mia, que ya no tengo paciencia ni sufriré más, porque fuera ser necio.
YAGO.
¿Me oyes, Rodrigo?
RODRIGO.
Demasiado te he oido, porque tienes tan buenas palabras como malas obras.
YAGO.
Ese cargo es muy injusto.
RODRIGO.
Razon me sobra. He gastado cuanto tenia. Con las joyas que he regalado á Desdémona, bastaba para haber conquistado á una sacerdotisa de Vesta. Tú me has dicho que las ha recibido de buen talante: tú me has dado todo género de esperanzas, prometiéndome su amor muy en breve. Todo inútil.
YAGO.
Bien está, muy bien; prosigue.
RODRIGO.
¡Qué está muy bien, dices! Pues no quiero proseguir. Nada está bien, sino todo malditamente, y empiezo á conocer que he sido un insensato y un majadero.
YAGO.
Está bien.
RODRIGO.
Repito que está muy mal. Voy á ver por mí mismo á Desdémona, y con tal que me vuelva mis joyas, renunciaré á todo amor y á toda loca esperanza. Y si no me las vuelve, me vengaré en tí.
YAGO.
¿Y eso es todo lo que se te ocurre?
RODRIGO.
Sí, y todas mis palabras las haré buenas con mis obras.
YAGO.
Veo que eres valiente, y desde ahora te estimo más que antes. Dame la mano, Rodrigo. Aunque no me agradan tus sospechas, algun fundamento tienen, pero yo soy inocente del todo.
RODRIGO.
Pues no lo pareces.
YAGO.
Así es en efecto, y lo que has pensado no deja de tener agudeza y discrecion. Pero si tienes, como has dicho ahora, y ya lo voy creyendo, corazon y brios y mano fuerte, esta noche puedes probarlo, y si mañana no logras la posesion de Desdémona, consentiré que me mates, aunque sea á traicion.
RODRIGO.
¿Lo que me propones es fácil, ó á lo menos posible?
YAGO.
Esta noche se han recibido órdenes del Senado, para que Otelo deje el gobierno, sustituyéndole Casio.
RODRIGO.
Entonces Otelo y Desdémona se irán juntos á Venecia.
YAGO.
No: él se irá á Levante, llevando consigo á su mujer, si algun acontecimiento imprevisto no lo impide, es decir si Casio no desaparece de la escena.
RODRIGO.
¿Qué quieres decir con eso?
YAGO.
Que convendria quitarle de en medio.
RODRIGO.
¿Y he de ser yo quien le mate?
YAGO.
Tú debes de ser, si quieres conseguir tu objeto, y satisfacer tu venganza. Casio cena esta noche con su querida y conmigo. Todavía no sabe nada de su nombramiento. Espérale á la puerta: yo haré que salga á eso de las doce de la noche, y te ayudaré á matarle. Sígueme: no te quedes embobado. Yo te probaré clarísimamente la necesidad de matarle. Ya es hora de cenar. No te descuides.
RODRIGO.
Dame alguna razon más que me convenza.
YAGO.
Ya te la daré.
(_Vanse._)
ESCENA III.
=Sala del castillo.=
OTELO, LUDOVICO, DESDÉMONA, EMILIA.
LUDOVICO.
Señor: no os molesteis en acompañarme.
OTELO.
No: me place andar en vuestra compañía.
LUDOVICO.
Adios, señora. Os doy muy cumplidas gracias.
OTELO.
Y yo me felicito de vuestra venida.
LUDOVICO.
¿Vamos, caballero? ¡Oh! aquí está Desdémona.
DESDÉMONA.
¡Esposo mio!
OTELO.
Retírate pronto á acostar. No tardaré en volver. Despide á la criada, y obedéceme.
DESDÉMONA.
Así lo haré, esposo mio.
(_Vanse todos menos Emilia y Desdémona._)
EMILIA.
¿Qué tal? ¿Se ha amansado en algo el mal humor de tu marido?
DESDÉMONA.
Me prometió volver pronto, y me mandó que me acostase, despidiéndose en seguida.
EMILIA.
¿Y por qué dejarte sola?
DESDÉMONA.
Él lo mandó y sólo me toca obedecer, y no resistirme en nada. Dame la ropa de noche, y aléjate.
EMILIA.
¡Ojalá no le hubieras conocido nunca!
DESDÉMONA.
Nunca diré yo eso. Le amo con tal extremo que hasta sus celos y sus furores me encantan. Desátame las cintas.
EMILIA.
Ya está; ¿adorno vuestro lecho con las ropas nupciales como me dijisteis?
DESDÉMONA.
Lo mismo da. ¡Qué fáciles somos en cambiar de pensamientos! Si muero antes que tú, amortájame con esas ropas.
EMILIA.
¡Pensar ahora en morirte! ¡Qué absurdo!
DESDÉMONA.
Bárbara se llamaba una doncella de mi madre. Su amante la abandonó, y ella solia entonar una vieja cancion del sauce, que expresaba muy bien su desconsuelo. Todavía la cantaba al tiempo de morir. Esta noche me persigue tenazmente el recuerdo de aquella cancion, y al repetirla siento la misma tristeza que Bárbara sentia. No te detengas... ¡Es agradable Ludovico!
EMILIA.
Mozo gallardo.
DESDÉMONA.
Y muy discreto en sus palabras.
EMILIA.
Dama veneciana hay, que iria de buen grado en romería á Tierra Santa sólo por conquistar un beso de Ludovico.
DESDÉMONA (_canta_).
«Llora la niña al pié del sicomoro. Cantad el sauce: cantad su verdor. Con la cabeza en la rodilla y la mano en el pecho, llora la infeliz. Cantad el fúnebre y lloroso sauce. La fuente corria repitiendo sus quejas. Cantad el sauce y su verdor. Hasta las piedras se movian á compasion de oirla.»
Recoge esto.
«Cantad el sauce, cantad su verdor.»
Véte, que él volverá muy pronto. (_Canta._)
«Tejed una guirnalda de verde sauce. No os quejeis de él, pues su desden fué justo.»
No, no es así el cantar. Alguien llama.
EMILIA.
Es el viento.
DESDÉMONA.
(_Canta._) «Yo me quejé de su inconstancia, y él ¿qué me respondió? Cantad el sauce, cantad su verdor. Si yo me miro en la luz de otros ojos, busca tú otro amante.»
Buenas noches. Los ojos me pican. ¿Será anuncio de lágrimas?
EMILIA.
No es anuncio de nada.
DESDÉMONA.
Siempre lo he oido decir. ¡Qué hombres! ¿Crees, Emilia, que existen mujeres que engañen á sus maridos de tan ruin manera?
EMILIA.
Ya lo creo que existen.
DESDÉMONA.
¿Lo harias tú, Emilia, aunque te diesen todos los tesoros del mundo?
EMILIA.
¿Y tú qué harias?
DESDÉMONA.
Nunca lo haria, te lo juro por esa luz.
EMILIA.
Yo no lo haria por esa luz, pero quizá lo haria á oscuras.
DESDÉMONA.
¿Lo harias, si te dieran el mundo entero?
EMILIA.
Grande es el mundo, y comparado con él, parece pequeño ese delito.
DESDÉMONA.
Yo creo que no lo harias.
EMILIA.
Sí que lo haria, para deshacerlo despues. No lo haria por un collar ni por una sortija ni por un manto, pero si me daban el mundo, y podia yo hacer rey á mi marido, ¿cómo habia de dudar?
DESDÉMONA.
Pues yo, ni por todo el mundo haria tal ofensa á mi marido.
EMILIA.
Es que el mundo no la juzgaria ofensa, y si os daban el mundo, como la ofensa era en vuestro mundo, fácil era convertirla en bien.
DESDÉMONA.
Pues yo no creo que haya tales mujeres.
EMILIA.
Más de una y más de veinte: tantas que bastarian para llenar un mundo. Pero la culpa es de los maridos. Si ellos van á prodigar con otras el amor que es nuestro, ó nos encierran en casa por ridículos celos, ó nos golpean, ó gastan malamente nuestra hacienda, ¿no hemos de enfurecernos tambien? Cierto que somos benignas de condicion, pero capaces de ira. Y sepan los maridos que las mujeres tienen sentidos lo mismo que ellos, y ven y tocan y saborean, y saben distinguir lo dulce de lo amargo. Cuando ellos abandonan á su mujer por otra, ¿qué es lo que buscan sino el placer? ¿qué les domina sino la pasion? ¿qué les vence sino la flaqueza? ¿nosotras no tenemos tambien apetitos, pasiones y flaquezas? Conforme nos traten, así seremos.
DESDÉMONA.
Adios. El Señor me ampare, y haga que el maltrato de mi marido produzca en mí virtudes, y no vicios.
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO V.
ESCENA PRIMERA.
=Calle.=
YAGO y RODRIGO.
YAGO.
Escóndete, que ahora viene; en cuanto aparezca, desenvaina la espada, y ¡á él sin miedo! Yo te guardaré las espaldas. Es cuestion de vida ó muerte. Decídete, pues, y ten resolucion.
RODRIGO.
No te alejes, por si me sale mal mi intento.
YAGO.
Estaré detras de tí. En guardia.
(_Se va._)
RODRIGO.
Del resultado no tengo confianza, y sin embargo, las razones que me da me convencen. Que muera uno ¿qué importa?
(_Se retira._)
YAGO.
Tanto me he burlado de este necio que ya empieza á conocerlo. Mate él á Casio, mátele Casio á él ó mueran los dos, siempre saldré ganando. Si Rodrigo escapa, comenzará á pedirme el dinero y las joyas que le he sacado, so pretexto de seducir á Desdémona. Y si se salva Casio, su presencia será un perpétuo acusador contra mí, y ademas el moro podrá referir á Casio lo que ha pasado entre nosotros, y ponerme en grave peligro. Muera, pues. Le siento llegar.
(_Sale Casio._)
RODRIGO.
Él es. Le conozco. ¡Muere, traidor! (_Le da una estocada._)
CASIO.
La vida me hubiera costado esta estocada, á no traer el jubon tan bien aforrado. Veamos cómo está el tuyo. (_Hiere á Rodrigo._)
RODRIGO.
¡Confesion! ¡Muerto soy! (_Yago hiere en las piernas á Casio y huye luego._)
CASIO.
¡Me han dejado cojo para siempre! ¡Asesino! ¡Favor!
(_Sale Otelo._)
OTELO.
Voz es de Casio. Yago ha cumplido bien su palabra.
RODRIGO.
¡Qué infame he sido!
OTELO.
Sí, él es: no hay duda.
CASIO.
¡Favor! ¡Luces! ¡Un cirujano!
OTELO.
Es Casio, es Casio. ¡Oh valeroso Yago, que has sentido como propia la afrenta de un amigo, tú me muestras el camino de la venganza! ¡Adúltera mujer! Ya ha sucumbido tu amante, y se acerca tu última hora. Voy á buscarte, borrando de mi corazon hasta el último recuerdo de tus hechizos y de la luz de tus ojos. Sangre de tu torpe corazon ha de purificar nuestro lecho mancillado por tí.
(_Se va._) (_Salen Ludovico y Graciano._)
CASIO.
¿Dónde está la ronda? ¿Nadie acude? ¡Favor! ¿Por qué no prendeis al asesino?
GRACIANO.
¡Oh qué desgracia! ¡Qué espanto causan en mí esas voces!
CASIO.
¡Ayuda!
LUDOVICO.
¡Silencio!
RODRIGO.
¡Infame!
LUDOVICO.
Oigo los gemidos de dos ó tres personas. ¡Infausta noche! ¿Será alguna zalagarda? Procedamos con cautela. ¿Quién se arroja á darles auxilio sin la ronda?
RODRIGO.
Socorredme, que me desangro.
LUDOVICO.
¿No lo oyes?
(_Sale Yago en cuerpo y con una luz._)
GRACIANO.
Ahí viene un hombre medio desnudo, con armas y luz.
YAGO.
¿Quién es? ¿Quién grita «asesino»?
LUDOVICO.
No lo sabemos.
YAGO.
¿No habeis oido voces?
CASIO.
¡Favor de Dios! ¡Por aquí, por aquí!
YAGO.
¿Qué sucede?
GRACIANO.
Si no me equivoco, es la voz del alférez de Otelo.
LUDOVICO.
No tiene duda. Y es Valentin tu mancebo.
YAGO.
¿Quién eres tú que tan amargamente te quejas?
CASIO.
Yago, me han acometido unos asesinos, dame favor.
YAGO.
¡Dios mio! ¡Mi teniente! ¿Quién os ha puesto de esa manera?
CASIO.
Uno de ellos está herido cerca de mí, y no puede huir.
YAGO.
¡Villanos, alevosos! ¿Quién sois? ¡Favor, ayuda!
RODRIGO.
¡Favor, Dios mio!
CASIO.
Uno de ellos es aquel.
YAGO.
¡Traidor, asesino! (_Saca el puñal y hiere á Rodrigo._)
RODRIGO.
¡Maldito Yago! ¡Perro infernal!
YAGO.
¡Asaltarle de noche y á traicion! ¡Bandidos! ¡Qué silencio, qué soledad! ¡Muerte! ¡Socorro! ¿Y vosotros veniais de paz ó en son de combate?
LUDOVICO.
Por nuestros hechos podeis conocerlo.
YAGO.
¡Ilustre Ludovico!
LUDOVICO.
El mismo soy.
YAGO.
Perdon os pido. Ahí yace Casio á manos de traidores.
GRACIANO.
¡Casio!
YAGO.
¿Qué tal, hermano?
CASIO.
Tengo herida la pierna.
YAGO.
¡No lo quiera Dios! ¡Luz, luz! Yo vendaré las heridas con mi ropa.
(_Sale Blanca._)
BLANCA.
¿Qué pasa? ¿Qué voces son esas?
YAGO.
¿De quién son las voces?
BLANCA.
¡Casio, mi amado Casio, mi dulce Casio!
YAGO.
¡Ramera vil! Amigo Casio, ¿y ni áun sospechais quién pudo ser el agresor?
CASIO.
Lo ignoro.
GRACIANO.
¡Cuánto me duele veros así! Venia á buscaros.
YAGO.
¡Dadme una venda! Gracias. ¡Oh si yo tuviera una silla de manos, para llevarle á casa!
BLANCA.
¡Ay que pierde el sentido! ¡Casio, mi dulce Casio!
YAGO.
Amigos mios, yo tengo mis recelos de que esta jóven tiene parte no escasa en el delito. Esperad un momento. Que traigan luces, á ver si podremos conocer al muerto. ¡Amigo y paisano mio, Rodrigo! ¡No, no es! Sí, sí, ¡Rodrigo! ¡Qué suceso más extraño!
GRACIANO.
¿Rodrigo el de Venecia?
YAGO.
El mismo, caballero. ¿Le conociais vos?
GRACIANO.
Ya lo creo que le conocia.
YAGO.
¡Amigo Graciano! perdonadme. Con este lance estoy tan turbado que no sé lo que me sucede.
GRACIANO.
Mucho me place el veros.
YAGO.
¿Cómo os sentís, Casio? ¡Que traigan una silla de manos!
GRACIANO.
¡Rodrigo!
YAGO.
No cabe duda que es él. Lo deploro. Venga la litera. Llevadle despacio á casa de alguna persona caritativa. Me iré á llamar al médico de Otelo. No tengais cuidado, señora. El desdichado que ahí yace muerto, fué muy amigo mio. ¿Cuál seria la causa de la pendencia?
CASIO.
Ciertamente que no lo sé. Ni siquiera le conozco.
YAGO.
(_A Blanca._) ¿Perdeis el color? Retirad el cadáver. No me abandoneis, caballeros. Mucho palideceis, señora mia. ¿No veis qué asustada y sin sosiego está? Creo que ella podria decirnos algo. Miradla, miradla de espacio. ¿No lo advertis, caballeros? La lengua calla, pero la conciencia habla á gritos.
(_Sale Emilia._)
EMILIA.
¿Qué pasa? ¡Ay, esposo mio!
YAGO.
A traicion han acometido á Rodrigo. Algunos se han escapado. Él queda muerto y Casio herido.
EMILIA.
¡Infeliz Casio! ¡Pobre caballero!
YAGO.
¡Fruto natural de la vida que él traia! Véte, Emilia, y pregunta á Casio dónde cenó esta noche. (_A Blanca._) ¿Por qué temblais, señora?
BLANCA.
En mi casa cenó, pero no tiemblo por eso.
YAGO.
¿Con que en tu casa? Pues ven conmigo.
EMILIA.
¡Mala mujer, ramera!
BLANCA.
Soy tan honrada como vos. No me insulteis.
EMILIA.
¡Tan honrada como yo! ¡Perdida!
YAGO.
Vamos á cuidar de Casio, amigos mios. Señora, venid, que pronto hablareis de otra manera. Emilia, véte á toda prisa al castillo, refiéreselo todo al moro y á Desdémona. Venid conmigo. (_Aparte._) Esta noche será la de mi felicidad ó la de mi ruina.
(_Se van._)
ESCENA II.
=Alcoba en el castillo.=
DESDÉMONA dormida. Á su lado una luz. Sale OTELO.
OTELO.
Con razon lo hago, con razon ¡alma mia! No os lo quiero contar, castas estrellas. Tampoco quiero derramar la sangre de ella, ni ajar su cútis más blanco que la nieve, y más tierno que mármol sepulcral. Y con todo eso, tengo que matarla, para que no engañe á otros hombres. Apagaré esta luz... y luego aquella. Si apago esta luz y luego me arrepiento, puedo volver á encenderla, pero si te apago á tí, luz clarísima, primor y ejemplar de la naturaleza, ¿dónde hallaré el fuego de Prometeo, para volverte á dar la vida? Si arranco la flor de su tallo, ¿cómo he de restituirla su frescura y lozanía? Necesario es que se marchite. Quiero respirar por la última vez su deleitoso aroma. (_La besa._) ¡Oh regalado aliento de su boca, casi bastas para arrancar el hierro de la mano de la justicia! Otro beso y nada más. ¡Quédate así, cuando yo te mate: que muerta y todo te he de amar! Otro beso, el último. Nunca le hubo más delicioso ni más fatal: lloremos. Mi llanto es feroz, y mi ira es como la de Dios, que hiere donde más ama. Ahora se despierta.
[Ilustración: _Muerte de Desdémona._]
DESDÉMONA.
(_Despertándose._) ¿Eres tú, Otelo?
OTELO.
Yo soy, Desdémona.
DESDÉMONA.
Esposo mio, ¿quieres descansar?
OTELO.
¿Has rezado esta noche, Desdémona?
DESDÉMONA.
Sí.
OTELO.
Pues pide á Dios perdon, si te acuerdas de algun crímen, que Dios no te haya perdonado todavía.
DESDÉMONA.
¡Dios mio! ¿Qué me quieres decir, esposo?
OTELO.
Hazlo, y pronto. Yo me alejaré entre tanto. No quiero que mueras sin confesion. No quiero condenar tu alma.
DESDÉMONA.
¿Qué? ¿Quieres matarme?
OTELO.
Sí, por cierto.
DESDÉMONA.
¡Perdon, Dios mio!
OTELO.
¡Así sea! Dilo con todas las fuerzas de tu alma.
DESDÉMONA.
Tú que así hablas no puedes matarme.
OTELO.
¿Qué?
DESDÉMONA.
Con todo eso, te tiemblo. Tu mirada me aterra. Y no sé por qué es mi temor, pues de ningun crímen me reconozco culpable. Y sin embargo, tiemblo.
OTELO.
Acuérdate de tus pecados.
DESDÉMONA.
Será el amor que te profeso.
OTELO.
Por ese amor te mato.
DESDÉMONA.
¿Matarme porque te amo? ¡Oh indigna muerte! ¿Por qué te muerdes los labios? ¡Ciega pasion te descamina! Agüeros son de mal suceso; pero yo espero que no me amenazan á mí.
OTELO.
¡Calla, calla!
DESDÉMONA.
Sí callaré, ¿pero qué pasa?
OTELO.
¿Tú diste á Casio aquel pañuelo, regalo mio y que yo tanto apreciaba?
DESDÉMONA.
¡No, te lo juro por mi vida! Pregúntaselo á él.
OTELO.
No jures en falso, amada mia, que ya estás en el tálamo de la muerte.
DESDÉMONA.
¿Tan pronto?
OTELO.
En seguida. Confiesa, pues, tus culpas, una por una, que aunque las niegues con los más firmes juramentos, no has de disminuir en un ápice mi firme conviccion. De todas maneras, morirás.
DESDÉMONA.
Entonces, Dios tenga compasion de mí.
OTELO.
Así sea.
DESDÉMONA.
Y tenla tú tambien. Jamas te falté, ni áun de pensamiento. Nunca puse mi corazon en Casio ni le dí prenda alguna de amor. Quísele sólo con la amistad que Dios aprueba.
OTELO.
¡Dios mio! ¡Y yo que he visto el pañuelo en sus manos! ¡Tú quieres volverme loco, y hacer que trueque en asesinato lo que quiero que sea sacrificio! Yo he visto el pañuelo.
DESDÉMONA.
Él lo encontró en el suelo. Yo no se le dí. Que él venga y nos declare la verdad.
OTELO.
Ya la ha confesado.
DESDÉMONA.
¿Y qué confesó?
OTELO.
Que alcanzó favores tuyos.
DESDÉMONA.
¿Ilícitos?
OTELO.
Sí.
DESDÉMONA.
Falso. No lo repetirá delante de mí.
OTELO.
No, porque Yago le ha cerrado la boca.
DESDÉMONA.
¡Ah! Tiemblo. ¿Casio ha muerto?
OTELO.
¡Ojalá hubiera tenido tantas vidas como cabellos, para que mi venganza las hubiera devorado una por una!
DESDÉMONA.
¡Calumnia, calumnia atroz, que nos ha perdido!
OTELO.
¡Infame! ¿Y te atreves á llorarle delante de mí?
DESDÉMONA.
¡Esposo mio, destiérrame de tu presencia, pero no me mates!
OTELO.
Apártate, vil adúltera.
DESDÉMONA.
Déjame vivir siquiera esta noche. Mátame mañana.
OTELO.
¿Aún te defiendes?
DESDÉMONA.
Siquiera una hora de vida.
OTELO.
La hora inevitable ha llegado.
DESDÉMONA.
Dejadme rezar una oracion.
OTELO.
Ya es tarde. (_La estrangula._)
EMILIA.
(_Dentro._) ¡Abrid, señor, abrid!
OTELO.
¿Quién llama? ¿Estará muerta del todo? En medio de todo, la tengo lástima, y no quiero alargar su agonía.
EMILIA.
(_Dentro._) ¡Abrid, señor!
OTELO.
¿Quién es?
EMILIA.
(_Dentro._) Señor, dejadme deciros dos palabras.
OTELO.
Es Emilia.—Voy á abrirla.—Ya ha muerto Desdémona.—¿Vendrá Emilia á contarme la muerte de Casio?—Aquí era el ruido.—Está inmóvil, yerta como la losa de un sepulcro.—¿Abriré? ¿Será una imprudencia?—¡Me parece que se mueve!—No es nada.—¿Qué haré? Si entra, preguntará por mi mujer. ¡Mi mujer, mi mujer!—¿Y quién es mi mujer? Yo no la tengo. ¡Hora tristísima! ¡Ojalá hubiese ahora un eclipse de sol y de luna, y se abriera el centro de la tierra!
EMILIA.
¡Abrid, señor! Que es muy importante lo que tengo que deciros.
OTELO.
Ya no me acordaba de tí, Emilia. Entra, pero despacio. Voy á cerrar las cortinas del lecho. (_Abre la puerta._) (_A Emilia._) ¿Qué nuevas traes? Dímelas.
EMILIA.
Señor, cerca de aquí acaban de matar á uno.
OTELO.
En este instante.
EMILIA.
Ahora mismo.
OTELO.
Influjos son de la luna, que anda ahora muy cerca de la tierra, y hace sentir aquí sus efectos.
EMILIA.
Casio ha dado muerte á un mancebo veneciano llamado Rodrigo.
OTELO.
¿Muerto Rodrigo? Y Casio muerto tambien.
EMILIA.
No. Casio no ha muerto.
OTELO.
¡Casio no ha muerto! Entonces ese homicidio, lejos de serme grato, me es aborrecible.
DESDÉMONA.
¡Oh muerte cruel!
EMILIA.
¿Qué grito ha sonado?
OTELO.
¿Grito? ¿Dónde?
EMILIA.
Grito de mi señora. Amparadme, por Dios. Decidme algo, señora, amada Desdémona.
OTELO.
Muere sin culpa.
EMILIA.
¿Y quién la mató?
DESDÉMONA.
Nadie. Yo me maté. Que Otelo me conserve en su recuerdo. Adios, esposo mio.
OTELO.
¿Pues cómo ha muerto?
EMILIA.
¿Quién lo sabe?
OTELO.
Ya has oido que ella misma dice que yo no fuí.
EMILIA.
Vos fuisteis. Y es preciso que digais la verdad.
OTELO.
Por la mentira se ha condenado y baja al infierno. Yo la maté.
EMILIA.
¡Ella era un ángel, vos sois un demonio!
OTELO.
Ella fué pecadora y adúltera.
EMILIA.
La estais calumniando infame y diabólicamente.
OTELO.
Fué falsa y mudable como el agua que corre.
EMILIA.
Y tú violento y rápido como el fuego. Siempre te guardó fidelidad, y fué tan casta como los ángeles del cielo.
OTELO.
Casio gozó de su amor. Que te lo cuente tu marido. ¡Oh, mereceria yo pagar mi necio crímen en lo más hondo del infierno, si antes de arrojarme á la venganza, no hubiera examinado bien la justicia de los motivos! Yago lo averiguó.
EMILIA.
¿Mi marido?
OTELO.
Tu marido.
EMILIA.
¿Él averiguó que Desdémona te habia sido infiel?
OTELO.
Sí, con Casio. Y si no me hubiera sido traidora, te juro que no la hubiera trocado ni por un mundo que el cielo hubiese fabricado para mí de un crisólito íntegro y sin mancha.
EMILIA.
¡Mi marido!
OTELO.
Él me lo descubrió todo. Es hombre de bien, y aborrece toda infamia y torpeza.
EMILIA.
¡Mi marido!
OTELO.
¿Por qué repites tanto: «mi marido»?
EMILIA.
¡Ay pobre señora mia, cómo la maldad se burla del amor! ¡Qué negra iniquidad! ¿Y mi marido te dijo que ella habia sido infiel?
OTELO.
Sí, tu marido. ¿Lo entiendes bien ahora? Yago, mi fiel amigo Yago.
EMILIA.
Pues si tales cosas te ha dicho, consúmase su alma, un átomo cada dia. ¡Ha mentido como un infame! Bien deseaba el puesto que tan caro ha comprado.
OTELO.
¡Por Dios vivo!...
EMILIA.