Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 1]
Part 14
Dame una tea. Apártate: no quiero ser visto. Ponte al pié de aquel arbusto, y estáte con el oido fijo en la tierra, para que nadie huelle el movedizo suelo del cementerio, sin notarlo yo. Apenas sientas á alguno, da un silbido. Dame las flores, y obedece.
PAJE.
Así lo haré; (_aparte_) aunque mucho temor me da el quedarme solo en este cementerio.
PÁRIS.
Vengo á cubrir de flores el lecho nupcial de la flor más hermosa que salió de las manos de Dios. Hermosa Julieta, que moras entre los coros de los ángeles, recibe este mi postrer recuerdo. Viva, te amé: muerta, vengo á adornar con tristes ofrendas tu sepulcro. (_El paje silba._) Siento la señal del paje: álguien se acerca. ¿Qué pié infernal es el que se llega de noche á interrumpir mis piadosos ritos? ¡Y trae una tea encendida! ¡Noche, cúbreme con tu manto!
(_Entran Romeo y Baltasar._)
ROMEO.
Dame ese azadon y esa palanca. Toma esta carta. Apenas amanezca, procurarás que la reciba Fray Lorenzo. Dame la luz, y si en algo estimas la vida, nada te importe lo que veas ú oigas, ni quieras estorbarme en nada. La principal razon que aquí me trae no es ver por última vez el rostro de mi amada, sino apoderarme del anillo nupcial que aún tiene en su dedo, y llevarle siempre como prenda de amor. Aléjate, pues. Y si la curiosidad te mueve á seguir mis pasos, júrote que he de hacerte trizas, y esparcir tus miembros desgarrados por todos los rincones de este cementerio. Más negras y feroces son mis intenciones, que tigres hambrientos ó mares alborotadas.
BALTASAR.
En nada pienso estorbaros, señor.
ROMEO.
Es la mejor prueba de amistad que puedes darme. Toma, y sé feliz, amigo mio.
BALTASAR.
(_Aparte._) Pues, á pesar de todo, voy á observar lo que hace; porque su rostro y sus palabras me espantan.
ROMEO.
¡Abominable seno de la muerte, que has devorado la mejor prenda de la tierra, aún has de tener mayor alimento! (_Abre las puertas del sepulcro._)
PÁRIS.
Este es Montesco, el atrevido desterrado, el asesino de Teobaldo, del primo de mi dama, que por eso murió de pena, segun dicen. Sin duda ha venido aquí á profanar los cadáveres. Voy á atajarle en su diabólico intento. Cesa, infame Montesco; ¿no basta la muerte á detener tu venganza y tus furores? ¿Por qué no te rindes, malvado proscrito? Sígueme, que has de morir.
ROMEO.
Sí: á morir vengo. Noble jóven, no tientes á quien viene ciego y desalentado. Huye de mí: déjame; acuérdate de los que fueron y no son. Acuérdate y tiembla, no me provoques más, jóven insensato. Por Dios te lo suplico. No quieras añadir un nuevo pecado á los que abruman mi cabeza. Te quiero más que lo que tú puedes quererte. He venido á luchar conmigo mismo. Huye, si quieres salvar la vida, y agradece el consejo de un loco.
PÁRIS.
¡Vil desterrado, en vano son esas súplicas!
ROMEO.
¿Te empeñas en provocarme? Pues muere... (_Pelean._)
PAJE.
¡Ay, Dios! pelean: voy á pedir socorro.
(_Vase. Cae herido Páris._)
PÁRIS.
¡Ay de mí, muerto soy! Si tienes lástima de mi, ponme en el sepulcro de Julieta.
ROMEO.
Sí que lo haré. Veámosle el rostro. ¡El pariente de Mercutio, el conde Páris! Al tiempo de montar á caballo, ¿no oí, como entre sombras decir, á mi escudero, que iban á casarse Páris y Julieta? ¿Fué realidad ó sueño? ¿O es que estaba yo loco y creí que me hablaban de Julieta? Tu nombre está escrito con el mio en el sangriento libro del destino. Triunfal sepulcro te espera. ¿Qué digo sepulcro? Morada de luz, pobre jóven. Allí duerme Julieta, y ella basta para dar luz y hermosura al mausoleo. Yace tú á su lado: un muerto es quien te entierra. Cuando el moribundo se acerca al trance final, suele reanimarse, y á esto lo llaman el último destello. Esposa mia, amor mio, la muerte que ajó el néctar de tus labios, no ha podido vencer del todo tu hermosura. Todavía irradia en tus ojos y en tu semblante, donde aún no ha podido desplegar la muerte su odiosa bandera. Ahora quiero calmar la sombra de Teobaldo, que yace en ese sepulcro. La misma mano que cortó tu vida, va á cortar la de tu enemigo. Julieta, ¿por qué estás aún tan hermosa? ¿Será que el descarnado mónstruo te ofrece sus amores y te quiere para su dama? Para impedirlo, dormiré contigo en esta sombría gruta de la noche, en compañía de esos gusanos, que son hoy tus únicas doncellas. Este será mi eterno reposo. Aquí descansará mi cuerpo, libre de la fatídica ley de los astros. Recibe tú la última mirada de mis ojos, el último abrazo de mis brazos, el último beso de mis labios, puertas de la vida, que vienen á sellar mi eterno contrato con la muerte. Ven, áspero y vencedor piloto: mi nave, harta de combatir con las olas, quiere quebrantarse en los peñascos. Brindemos por mi dama. ¡Oh, cuán portentosos son los efectos de tu bálsamo, alquimista veraz! Así, con este beso... muero. (_Cae._)
(_Llega Fray Lorenzo._)
FRAY LORENZO.
¡Por san Francisco y mi santo hábito! ¡Esta noche mi viejo pié viene tropezando en todos los sepulcros! ¿Quién á tales horas interrumpe el silencio de los muertos?
[Ilustración]
BALTASAR.
Un amigo vuestro, y de todas veras.
FRAY LORENZO.
Con bien seas. ¿Y para qué sirve aquella luz, ocupada en alumbrar á gusanos y calaveras? Me parece que está encendida en el monumento de los Capuletos.
BALTASAR.
Verdad es, padre mio, y allí se encuentra mi amo, á quien tanto quereis.
FRAY LORENZO.
¿De quién hablas?
BALTASAR.
De Romeo.
FRAY LORENZO.
¿Y cuánto tiempo hace que ha venido?...
BALTASAR.
Una media hora.
FRAY LORENZO.
Sígueme.
BALTASAR.
¿Y cómo, padre, si mi amo cree que no estoy aquí, y me ha amenazado con la muerte, si yo le seguia?
FRAY LORENZO.
Pues quédate, é iré yo solo. ¡Dios mio! Alguna catástrofe temo.
BALTASAR.
Dormido al pié de aquel arbusto, soñé que mi señor mataba á otro en desafío.
[Ilustración: _Muerte de Romeo y Julieta._]
FRAY LORENZO.
¡Romeo! Pero ¡Dios mio! ¿qué sangre es esta en las gradas del monumento? ¿Qué espadas estas sin dueño, y tintas todavía de sangre? (_Entra en el sepulcro._) ¡Romeo! ¡Pálido está como la muerte! ¡Y Páris cubierto de sangre!... La doncella se mueve.
(_Despierta Julieta._)
JULIETA.
Padre, ¿dónde está mi esposo? Ya recuerdo dónde debia yo estar y allí estoy. Pero ¿dónde está Romeo, padre mio?
FRAY LORENZO.
Oigo ruido. Deja tú pronto ese foco de infeccion, ese lecho de fingida muerte. La suprema voluntad de Dios ha venido á desbaratar mis planes. Sígueme. Tu esposo yace muerto á tu lado, y Páris muerto tambien. Sígueme á un devoto convento y nada más me digas, porque la gente se acerca. Sígueme, Julieta, que no podemos detenernos aquí.
(_Vase._)
JULIETA.
Yo aquí me quedaré. ¡Esposo mio! Mas ¿qué veo? Una copa tiene en las manos. Con veneno ha apresurado su muerte. ¡Cruel! no me dejó ni una gota que beber. Pero besaré tus labios que quizá contienen algun resabio del veneno. Él me matará y me salvará. (_Le besa._) Aún siento el calor de sus labios.
ALGUACIL 1.º (_dentro_).
¿Dónde está? Guiadme.
JULIETA.
Siento pasos. Necesario es abreviar. (_Coge el puñal de Romeo._) ¡Dulce hierro, descansa en mi corazon, mientras yo muero! (_Se hiere y cae sobre el cuerpo de Romeo._)
(_Entran la ronda y el paje de Páris._)
PAJE.
Aquí es donde brillaba la luz.
ALGUACIL 1.º
Recorred el cementerio. Huellas de sangre hay. Prended á todos los que encontráreis. ¡Horrenda vista! Muerto Páris, y Julieta, á quien hace dos dias enterramos por muerta, se está desangrando, caliente todavía. Llamad al Príncipe, y á los Capuletos y á los Montescos. Sólo vemos cadáveres, pero no podemos atinar con la causa de su muerte.
(_Traen algunos á Baltasar._)
ALGUACIL 2.º
Este es el escudero de Romeo, y aquí le hemos encontrado.
ALGUACIL 1.º
Esperemos la llegada del Príncipe.
(_Entran otros con Fray Lorenzo._)
ALGUACIL 3.º
Tembloroso y suspirando hemos hallado á este fraile cargado con una palanca y un azadon; salia del cementerio.
ALGUACIL 1.º
Sospechoso es todo eso: detengámosle.
(_Llegan el Príncipe y sus guardas._)
PRÍNCIPE.
¿Qué ha ocurrido para despertarme tan de madrugada?
(_Entran Capuleto, su mujer, etc._)
CAPULETO.
¿Qué gritos son los que suenan por esas calles?
SEÑORA CAPULETO.
Unos dicen «Julieta», otros «Romeo», otros «Páris», y todos corriendo y dando gritos, se agolpan al cementerio.
EL PRÍNCIPE.
¿Qué historia horrenda y peregrina es esta?
ALGUACIL 1.º
Príncipe, ved. Aquí están el conde Páris y Romeo, violentamente muertos, y Julieta, caliente todavía y desangrándose.
PRÍNCIPE.
¿Averiguasteis la causa de estos delitos?
ALGUACIL 1.º
Sólo hemos hallado á un fraile y al paje de Romeo, cargados con picos y azadones propios para levantar la losa de un sepulcro.
CAPULETO.
¡Dios mio! Esposa mia, ¿no ves correr la sangre de nuestra hija? Ese puñal ha errado el camino: debia haberse clavado en el pecho del Montesco y no en el de nuestra inocente hija.
SEÑORA CAPULETO.
¡Dios mio! Siento el toque de las campanas que guian mi vejez al sepulcro.
(_Llegan Montesco y otros._)
PRÍNCIPE.
Mucho has amanecido, Montesco, pero mucho antes cayó tu primogénito.
MONTESCO.
¡Poder de lo alto! Ayer falleció mi mujer de pena por el destierro de mi hijo. ¿Hay reservada alguna pena más para mi triste vejez?
PRÍNCIPE.
Tú mismo puedes verla.
MONTESCO.
¿Por qué tanta descortesía, hijo mio? ¿Por qué te atreviste á ir al sepulcro antes que tu padre?
PRÍNCIPE.
Contened por un momento vuestro llanto, mientras busco la fuente de estas desdichas. Luego procuraré consolaros ó acompañaros hasta la muerte. Callad entre tanto: la paciencia contenga un momento al dolor. Traed acá á esos presos.
FRAY LORENZO.
Yo el más humilde y á la vez el más respetable por mi estado sacerdotal, pero el más sospechoso por la hora y el lugar, voy á acusarme y á defenderme al mismo tiempo.
PRÍNCIPE.
Decidnos lo que sepais.
FRAY LORENZO.
Lo diré brevemente, porque la corta vida que me queda no consiente largas relaciones. Romeo se habia desposado con Julieta. Yo los casé, y el mismo dia murió Teobaldo. Esta muerte fué causa del destierro del desposado y del dolor de Julieta. Vos creisteis mitigarle, casándola con Páris. En seguida vino á mi celda, y loca y ciega me rogó que buscase una manera de impedir esta segunda boda, porque si no, iba á matarse en mi presencia. Yo le dí un narcótico preparado por mí, cuyos efectos simulaban la muerte, y avisé á Romeo por una carta, que viniese esta noche (en que ella despertaria) á ayudarme á desenterrarla. Fray Juan, á quien entregué la carta, no pudo salir de Verona, por súbito accidente. Entonces me vine yo solo á la hora prevista, para sacarla del mausoleo, y llevarla á mi convento, donde esperase á su marido. Pero cuando llegué, pocos momentos antes de que ella despertara, hallé muertos á Páris y á Romeo. Despertó ella, y le rogué por Dios que me siguiese y respetara la voluntad suprema. Ella desesperada no me siguió, y á lo que parece, se ha dado la muerte. Hasta aquí sé. Del casamiento puede dar testimonio su ama. Y si yo delinquí en algo, dispuesto estoy á sacrificar mi vida al fallo de la ley, que sólo en pocas horas podrá adelantar mi muerte.
PRÍNCIPE.
Siempre os hemos tenido por varon santo y de virtudes. Oigamos ahora al criado de Romeo.
BALTASAR.
Yo dí á mi amo noticia de la muerte de Julieta. A toda prisa salimos de Mántua, y llegamos á este cementerio. Me dió una carta para su padre, y se entró en el sepulcro desatentado y fuera de sí, amenazándome con la muerte, si en algo yo le resistia.
PRÍNCIPE.
Quiero la carta; ¿y dónde está el paje que llamó á la ronda?
PAJE.
Mi amo vino á derramar flores sobre el sepulcro de Julieta. Yo me quedé cerca de allí, segun sus órdenes. Llegó un caballero y quiso entrar en el panteon. Mi amo se lo estorbó, riñeron, y yo fuí corriendo á pedir auxilio.
PRÍNCIPE.
Esta, carta confirma las palabras de este bendito fraile. En ella habla Romeo de su amor y de su muerte: dice que compró veneno á un boticario de Mántua, y que quiso morir, y descansar con su Julieta. ¡Capuletos, Montescos, esta es la maldicion divina que cae sobre vuestros rencores! No tolera el cielo dicha en vosotros, y yo pierdo por causa vuestra dos parientes. A todos alcanza hoy el castigo de Dios.
CAPULETO.
Montesco, dame tu mano, el dote de mi hija: más que esto no puede pedir tu hermano.
MONTESCO.
Y aún te daré más. Prometo hacer una estatua de oro de la hermosa Julieta, y tal que asombre á la ciudad.
CAPULETO.
Y á su lado haré yo otra igual para Romeo.
PRÍNCIPE.
¡Tardía amistad y reconciliacion, que alumbra un sol bien triste! Seguidme: aún hay que hacer más: premiar á unos y castigar á otros. Triste historia es la de Julieta y Romeo.
[Ilustración]
OTELO.
TRADUCCION DE D. M. MENENDEZ PELAYO.
Ilustracion de _Eugenio Klimsch_ y _Fernando Piloty_. Grabados de _H. Käseberg_ y _G. Treibmann_.
PERSONAJES.
DUX DE VENECIA. El senador BRABANCIO. GRACIANO, su hermano. LUIS, su pariente. Varios Senadores. OTELO, moro al servicio de la República. CASIO, teniente suyo. YAGO, su alférez. RODRIGO, caballero veneciano. MONTANO, gobernador de Chipre antes que Otelo. Un criado de Otelo. DESDÉMONA, hija de Brabancio y mujer de Otelo. EMILIA, mujer de Yago. BLANCA, querida de Casio.
UN MARINERO, UN NUNCIO, UN PREGONERO, ALGUACILES, MÚSICOS, CRIADOS, etc.
[Ilustración]
ACTO I.
ESCENA PRIMERA.
=Una calle en Venecia.=
RODRIGO y YAGO.
RODRIGO.
No vuelvas á tocar esa cuestion, Yago: mucho me pesa que estés tan enterado de eso tú á quien confié mi bolsa, como si fuera tuya.
YAGO.
¿Por qué no me ois? Si alguna vez me ha pasado tal pensamiento por la cabeza, castigadme como os plazca.
RODRIGO.
¿No me dijiste que le aborrecias?
YAGO.
Y podeis creerlo. Más de tres personajes de esta ciudad le pidieron con la gorra en la mano que me hiciese teniente suyo. Yo sé si valgo como soldado y si sabria cumplir con mi obligacion. Pero él, orgulloso y testarudo se envuelve en mil retóricas hinchadas y bélicas metáforas, y acaba por decirles que no, fundado en que ya tiene su hombre. ¿Y quién es él? Un tal Miguel Casio, florentino, gran matemático, lindo y condenado como una mujer hermosa. Nunca ha visto un campo de batalla, y entiende tanto de guerra como una vieja. No sabe más que la teoría, lo mismo que cualquier togado. Habilidad y práctica ninguna. Á ese ha preferido, y yo que delante de Otelo derramé tantas veces mi sangre en Chipre, en Rodas y en otras mil tierras de cristianos y de gentiles, le he parecido inferior á ese necio sacacuentas. Él será el teniente del moro, y yo su alférez.
RODRIGO.
¡Ira de Dios! Yo mejor seria su verdugo.
YAGO.
Cosa inevitable. En la milicia se asciende por favor y no por antigüedad. Decidme ahora si hago bien ó mal en aborrecer al moro.
RODRIGO.
Pues entonces, ¿por qué no dejas su servicio?
YAGO.
Sosiégate: le sigo por mi interes. No todos podemos mandar, ni se encuentran siempre fieles criados. A muchos verás satisfechos con su condicion servil, bestias de carga de sus amos, á quienes agradecen la pitanza, aunque en su vejez los arrojen á la calle. ¡Qué lástima de palos! Otros hay que con máscara de sumision y obediencia atienden sólo á su utilidad, y viven y engordan á costa de sus amos, y llegan á ser personas de cuenta. Éstos aciertan, y de éstos soy yo. Porque habeis de saber, Rodrigo, que si yo fuera el moro, no seria Yago, pero siéndolo, tengo que servirle, para mejor servicio mio. Bien lo sabe Dios: si le sirvo no es por agradecimiento ni por cariño ni obligacion, sino por ir derecho á mi propósito. Si alguna vez mis acciones dieran indicio de los ocultos pensamientos de mi alma, colgaria de la manga mi corazon para pasto de grajos. No soy lo que parezco.
RODRIGO.
¡Qué fortuna tendria el de los labios gruesos, si consiguiera lo que desea!
YAGO.
Véte detras del padre: cuenta el caso por las plazas: amotina á todos los parientes, y aunque habite en delicioso clima, hiere tú sin cesar sus oidos con moscas que le puncen y atormenten: de tal modo que su misma felicidad llegue á él tan mezclada con el dolor, que pierda mucho de su eficacia.
RODRIGO.
Hemos llegado á su casa. Le llamaré.
YAGO.
Llámale á gritos y con expresiones de angustia y furor, como si de noche hubiese comenzado á arder la ciudad.
RODRIGO.
¡Levantaos, señor Brabancio!
YAGO.
¡Levantaos, Brabancio! ¡Que los ladrones se llevan vuestra riqueza y vuestra hija! ¡Al ladron, al ladron!
(_Aparece Brabancio en la ventana._)
BRABANCIO.
¿Qué ruido es ese? ¿Qué pasa?
RODRIGO.
¿Teniais en casa toda la familia?
YAGO.
¿Estaban cerradas todas las puertas?
BRABANCIO.
¿Por qué esas preguntas?
YAGO.
Porque os han robado. Vestíos presto, por Dios vivo. Ahora mismo está solazándose con vuestra blanca cordera un macho negro y feo. Pedid ayuda á los ciudadanos, ó si no, os vais á encontrar con nietos por arte del diablo. Salid.
BRABANCIO.
¿Te has vuelto loco?
RODRIGO.
¿No me conoceis, señor?
BRABANCIO.
No te conozco. ¿Quién sois?
RODRIGO.
Soy Rodrigo, señor.
BRABANCIO.
Pues lo siento mucho. Ya te he dicho que no pasees la calle á mi hija, porque no ha de ser esposa tuya, y ahora sales de la taberna medio borracho, á interrumpir mi sueño con gritos é impertinencias.
RODRIGO.
¡Señor, señor!
BRABANCIO.
Pero has de saber que mi condicion y mi nobleza me dan fáciles medios de vengarme de tí.
RODRIGO.
Calma, señor.
BRABANCIO.
¿Qué decias de robos? ¿Estamos en despoblado ó en Venecia?
RODRIGO.
Respetable señor Brabancio, la intencion que á vos me trae es buena y loable.
YAGO.
Vos, señor Brabancio, sois de aquellos que no obedecerian al diablo aunque él les mandase amar á Dios. ¿Así nos agradeceis el favor que os hacemos? ¿O será mejor que del cruce de vuestra hija con ese cruel berberisco salgan potros que os arrullen con sus relinchos?
BRABANCIO.
¿Quién eres tú que tales insolencias ensartas? Eres un truhan.
YAGO.
Y vos... un consejero.
BRABANCIO.
Caro te ha de costar, Rodrigo.
RODRIGO.
Como querais. Sólo os preguntaré si consentisteis que vuestra hija, á hora desusada de la noche, y sin más compañía que la de un miserable gondolero, fuera á entregarse á ese moro soez. Si fué con noticia y consentimiento vuestro, confieso que os hemos ofendido, pero si fué sin saberlo vos, ahora nos reñis injustamente. ¿Cómo habia de faltaros al respeto yo, que al fin soy noble y caballero? Insisto en que vuestra hija os ha hecho muy torpe engaño, á no ser que la hayais dado licencia para juntar su hermosura, su linaje y sus tesoros con los de ese infame aventurero, cuyo orígen se ignora. Vedlo: averiguadlo, y si por casualidad la encontrais en su cuarto ó en otra parte de la casa, podeis castigarme como calumniador, conforme lo mandan las leyes.
BRABANCIO.
¡Dadme una luz! Despierten mis criados. Sueño parece lo que me pasa. El recelo basta para matarme. ¡Luz, luz! (_Brabancio se quita de la ventana._)
YAGO.
Me voy. No me conviene ser testigo contra el moro. A pesar de este escándalo, no puede la República destituirle sin grave peligro de que la isla de Chipre se pierda. Nadie más que él puede salvarla, ni á peso de oro se encontraria otro hombre igual. Por eso, aunque le odio más que al mismo Lucifer, debo fingirme sumiso y cariñoso con él y aparentar lo que no siento. Los que vayan en persecucion suya, le alcanzarán de seguro en el Sagitario. Yo estaré con él. Adios.
(_Se va._) (_Salen Brabancio y sus servidores con antorchas._)
BRABANCIO.
Cierta es mi desgracia. Ha huido mi hija. Lo que me resta de vida será una cadena de desdichas. Respóndeme, Rodrigo. ¿Dónde viste á mi niña? ¿La viste con el moro? Respóndeme. ¡Ay de mí! ¿La conociste bien? ¿Quién es el burlador? ¿Te habló algo? ¡Luces, luces! ¡Levántense todos mis parientes y familiares! ¿Estarán ya casados? ¿Qué piensas tú?
RODRIGO.
Creo que lo estarán.
BRABANCIO.
¿Y cómo habrá podido escaparse? ¡Qué traicion más negra! ¿Qué padre podrá desde hoy en adelante tener confianza en sus hijas, aunque parezcan honestas? Sóbranle al demonio encantos y brujerías con que triunfar de su recato. Rodrigo, ¿no has visto en libros algo de esto?
RODRIGO.
Algo he leido.
BRABANCIO.
Despertad á mi hermano. ¡Ojalá que la hubiera yo casado con vos! Corred en persecucion suya, unos por un lado, otros por otro. ¿Dónde podríamos encontrarla á ella y al moro?
RODRIGO.
Yo los encontraré fácilmente, si me dais gente de brios que me acompañe.
BRABANCIO.
Id delante. Llamaremos á todas las puertas, y si álguien se resiste, autoridad tengo para hacer abrir. Armas, y llamad á la ronda. Sígueme, Rodrigo: yo premiaré tu buen celo.
(_Se van._)
ESCENA II.
=Otra calle.=
OTELO, YAGO y criados con teas encendidas.
YAGO.
En la guerra he matado sin escrúpulo á muchos, pero tengo por pecado grave el matar á nadie de caso pensado. Soy demasiado bueno, más de lo que convendria á mis intereses. Ocho ó diez veces anduve á punto de traspasarle de una estocada.
OTELO.
Prefiero que no lo hayas hecho.
YAGO.
Pues yo lo siento, porque anduvo tan provocativo y tales insolencias dijo contra tí, que yo que soy tan poco sufrido, apenas pude irme á la mano. Pero dime, ¿os habeis casado ya? El senador Brabancio es hombre de mucha autoridad y tiene más partido que el mismo Dux. Pedirá el divorcio, invocará las leyes, y si no consigue su propósito, os inquietará de mil modos.
OTELO.
Por mucho que él imagine, más han de poder los servicios que tengo hechos al Senado. Todavía no he dicho á nadie, pero lo diré ahora que la alabanza puede honrarme, que desciendo de reyes, y que merezco la dicha que he alcanzado. A fe mia, Yago, que si no fuera por mi amor á Desdémona, no me hubiera yo sometido, siendo de tan soberbia condicion, al servicio de la República, aunque me dieran todo el oro de la otra parte de los mares. Pero ¿qué antorchas veo allí?
YAGO.
Son el padre y los parientes de Desdémona, que vienen furiosos contra tí. Retírate.
OTELO.
No, aquí me encontrarán, para que mi valor, mi nobleza y mi alma dén testimonio de quién soy. ¿Llegan?
YAGO.
Me parece que no, por vida mia.
(_Salen Casio y soldados con antorchas._)
OTELO.
Es mi teniente con algunos criados del Dux. Buenas noches, amigos mios. ¿Qué novedades traeis?
CASIO.
General, el Dux me envia á que os salude, y desea veros en seguida.
OTELO.
Pues ¿qué sucede?
CASIO.
Deben de ser noticias de Chipre. Es urgente el peligro. Esta noche han llegado uno tras otro, doce mensajeros de las galeras, y el Dux y muchos consejeros están secretamente reunidos, á pesar de ser tan avanzada la hora. Os llaman con mucha prisa: no os han encontrado en vuestra posada, y á mí me han enviado más de una vez en busca vuestra.
OTELO.
Y gracias á Dios que me encontrasteis. Voy á dar un recado en mi casa, y vuelvo inmediatamente.
(_Se va._)
CASIO.
¿Cómo aquí, alférez Yago?
YAGO.
Calculo que esta noche he alcanzado buena presa.
CASIO.
No lo entiendo.
YAGO.
El moro se ha casado.
CASIO.
¿Y con quién?
(_Sale Otelo._)
YAGO.
Con... ¿En marcha, capitan?
OTELO.
Andando.
CASIO.
Mucha gente viene buscándoos.
YAGO.
Son los de Brabancio. Cuidado, general, que no traen buenas intenciones.
(_Salen Brabancio, Rodrigo y alguaciles con armas y teas encendidas._)
OTELO.
Deteneos.
RODRIGO.
Aquí está Otelo, señor.
BRABANCIO.
¡Ladron de mi honra! ¡matadle! (_Trábase la pelea._)
YAGO.
Ea, caballero Rodrigo: aquí, á pié firme, os espero.
OTELO.
Envainad esos aceros vírgenes, porque el rocío de la noche podria violarlos. Venerable anciano, vuestros años me vencen más que vuestra espada.
[Ilustración]
BRABANCIO.