Dramas (1 de 2): Hernani; El Rey se divierte; Los Burgraves
Part 2
D.ª JOSEFA (_Sacando su rosario._)--¡Santiago apóstol! ¡Sacadnos en bien de este mal paso! (_Siguen llamando._)
HERNANI (_Indicando el armario á don Carlos._)--Ocultémonos ahí.
D. CARLOS.--¿En el armario?
HERNANI.--Entrad, yo me encargo de que los dos quepamos.
D. CARLOS.--¡Pardiez! Es demasiado ancho.
HERNANI.--Huyamos por allí. (_Por la puerta secreta._)
D. CARLOS.--Huid vos; yo me quedo aquí.
HERNANI.--¡Ah! Me pagaréis esta jugada.
D. CARLOS (_Á Josefa._)--Abrid la puerta.
HERNANI.--¿Qué dice?
D. CARLOS (_Á la dueña indecisa._)--Que abráis, os mando.
(_Siguen llamando. La dueña va á abrir temblando._)
D.ª SOL.--¡Estoy muerta!
ESCENA III
Los mismos, DON RUY GÓMEZ DE SILVA (barba y cabellos blancos, traje negro).--Criados con antorchas.
D. RUY.--¡Hombres á estas horas en el cuarto de mi sobrina! Venid todos, que es cosa de ver. ¡Por San Juan de Ávila! Doña Sol ¿qué es esto? ¿Qué hacen aquí estos caballeros? En tiempos del Cid y de Bernardo, aquellos gigantes de España y del mundo, iban ellos por ambas Castillas honrando á los ancianos y protegiendo á las doncellas. Eran hombres fuertes que tenían por menos pesado el hierro de sus armas que vosotros el terciopelo de vuestros vestidos.
[Ilustración]
Aquellos hombres tenían en respeto las canas, santificaban su amor en las iglesias, no hacían traición á nadie y sabían muy bien guardar el honor de sus casas. Si querían mujer, tomábanla á la clara luz del día, delante de todo el mundo, con la espada, el hacha ó la lanza en la mano. Y en cuanto á estos traidores que, fiando sólo á la noche sus infames fechorías, á espaldas de los esposos roban el honor de las mujeres, yo afirmo que el Cid los hubiera tenido por viles y degradando su usurpada nobleza, hubiera abofeteado sus blasones con la vaina de su espada. He aquí lo que harían los hombres de otro tiempo con los hombres de hoy... ¿Qué habéis venido á hacer aquí? ¿Acaso á decir que soy un viejo de que los jóvenes se ríen? ¿Se van á reir de mí, antiguo soldado de Zamora? Y cuando pase con mis honradas canas, ¿se reirán también de mí? ¡Ira de Dios! Pues á lo menos vosotros no habéis de ser quienes se rían.
HERNANI.--Señor duque...
D. RUY.--¡Silencio! ¡Cómo se entiende! Disponéis de la espada y la daga y la lanza, la caza, los festines, las jaurías, los halcones, los cantares de amor, las plumas en el fieltro, las danzas, las corridas y cañas, la juventud, la alegría; y á toda costa queréis tener un juguete y tomáis á un anciano. ¡Ah! romped, romped el juguete; pero ¡plegue á Dios que os salte en astillas al rostro! Seguidme.
HERNANI.--Señor duque...
D. RUY.--¡Seguidme! ¡Cómo! Hay en mi casa un tesoro, que es el honor de una doncella, el honor de toda una familia. Esta doncella, á quien amo, es de mi sangre, sobrina mía, que en breve ha de ser mi esposa. Yo la creo casta y pura y sagrada para todos los hombres; y si yo, don Ruy Gómez de Silva, tengo que salir una hora, no puedo hacerlo sin peligro de que un ladrón de honras se deslice en mi hogar. ¡Atrás, hombres desalmados! lavaos las manos... que mancháis á nuestras mujeres sólo con tocarlas. Está bien. Continuad... ¿Tengo algo más? (_Se arranca el collar._) Tomad, pisotead mi Toisón de oro. (_Tira su sombrero._) Deshonrad mis canas...
D.ª SOL.--¡Ah! señor...
D. RUY (_Á sus criados._)--¡Venid en mi ayuda! ¡Mi hacha, mi puñal, mi daga de Toledo! (_Á los intrusos._) Seguidme los dos.
D. CARLOS (_Dando un paso._)--Duque, no se trata precisamente de eso ahora; trátase, ante todo, de la muerte de Maximiliano, emperador de Alemania.
(_Descubriéndose._)
D. RUY.--¡Aún os burláis!... ¡Ah! ¡Santo Dios! ¡El Rey!
D.ª SOL.--¡El Rey!
HERNANI.--¡El Rey de España!
(_Clavándole los ojos vengativo._)
D. CARLOS (_Con gravedad._)--Sí, Carlos primero. Mi augusto abuelo, el emperador, ha muerto, según he sabido esta misma noche, y he venido en persona y sin demora á darte la noticia, á ti, mi leal súbdito, y á pedirte consejo, de noche y de incógnito. Ya ves si el negocio era para tanto ruido.
(_Ruy Gómez despide á sus criados con una seña y se acerca al Rey, á quien Sol examina con sorpresa y temor, mientras Hernani permanece aislado mirándole también con ojos fulgurantes._)
D. RUY.--Pero ¿cómo tardar tanto en abrirme la puerta?
D. CARLOS.--Venías tan acompañado... Cuando un secreto de Estado me trae á tu palacio, no era cosa de ir á decirlo á todos tus sirvientes.
D. RUY.--Perdonad, señor. Las apariencias...
D. CARLOS.--Bien, duque, te hice gobernador del castillo de Figueras; pero ¿á quién debo hacer ahora tu gobernador?
D. RUY.--Señor, perdonad.
D. CARLOS.--Basta: no hablemos más de esto. Pues, como decía, el emperador ha muerto.
D. RUY.--¡Ha muerto vuestro augusto abuelo!
D. CARLOS.--Ya me ves, duque, poseído de tristeza.
D. RUY.--¿Y quién ha de sucederle?
D. CARLOS.--Un duque de Sajonia está en la lista, y Francisco primero de Francia es otro de los pretendientes.
D. RUY.--¿Dónde van á reunirse los electores del imperio?
D. CARLOS.--Han elegido, según creo, Aquisgrán... ó Spira... ó Francfort.
D. RUY.--Y nuestro Rey y señor, que Dios guarde, ¿no ha pensado nunca en el imperio?
D. CARLOS.--Siempre.
D. RUY.--Á nadie sino á vos pertenece.
D. CARLOS.--Bien lo sé.
D. RUY.--Vuestro augusto padre, señor, fué archiduque de Austria, y creo que el imperio tendrá presente que era abuelo vuestro quien acaba de morir.
D. CARLOS.--Además soy ciudadano de Gante.
D. RUY.--En mis primeros años tuve el honor de ver á vuestro ilustre abuelo. ¡Ah! ¡Cuán viejo soy! ¡todo ha muerto ya! Era un emperador poderoso y magnánimo.
D. CARLOS.--Roma también está por mí.
D. RUY.--Valiente, enérgico, pero nada despótico... ¡Oh! aquella corona sentaba muy bien al viejo cuerpo germánico. (_Se inclina y besa la real mano._) ¡Cuánto os compadezco señor! ¡Tan mozo y hundido ya en tanto duelo!
D. CARLOS.--El papa desea recobrar la Sicilia, que un emperador no puede poseer. Me apoya para que como hijo agradecido y sumiso, le entregue luégo su presa. Tengamos el águila y después... veremos si he de darle á roer los alones.
D. RUY.--¡Con qué gusto vería aquel veterano del trono ciñendo su corona á su ilustre nieto! ¡Ah! ¡Con vos hemos de llorar todos á aquel pío y máximo emperador!
D. CARLOS.--El Padre Santo es hábil. ¿Qué es la Sicilia? Una isla que pende de mi reino, una pieza, un girón, que apenas conviene á España y á su lado se arrastra. «¿Qué harías, hijo mío, de esa isla, atada al cabo de un hilo? Tu imperio está mal hecho. Pronto, venid aquí. Unas tijeras y cortemos.» Gracias, Santísimo Padre, porque de esos girones, como tenga yo fortuna, he de coser más de uno al sacro imperio, y si otros me arrancaran, remendaría mis estados con islas y ducados.
D. RUY.--Consolaos: hay otro reino de justicia, donde parecen los muertos más santos y augustos.
D. CARLOS.--El rey Francisco I es un ambicioso. Muerto el viejo emperador, al punto ha puesto los ojos en el imperio. ¿No tiene á la Francia Cristianísima? ¡Ah! la herencia es pingüe y bien merece que le tenga apego. Decía al rey Luís el emperador mi abuelo: «Si yo fuera Dios Padre y tuviera dos hijos, haría Dios al primogénito y al segundo, rey de Francia.» ¿Crees que Francisco pueda tener algunas esperanzas?
D. RUY.--Es un rey victorioso.
D. CARLOS.--Sería preciso cambiarlo todo. La bula de oro prohibe elegir á un extranjero.
D. RUY.--Según eso, señor, sois rey de España.
D. CARLOS.--Soy ciudadano de Gante.
D. RUY.--La última campaña ha ensalzado mucho al rey Francisco.
D. CARLOS.--El águila que va á nacer en mi cimera puede también desplegar sus alas.
D. RUY.--¿Entendéis el latín?
D. CARLOS.--Mal.
D. RUY.--Es lástima. La nobleza alemana gusta mucho de que le hablen en latín.
D. CARLOS.--Ya se contentará con castellano altivo, pues, creedme á fe de Carlos, cuando la voz habla alto, poco importa la lengua que se habla. Ahora voy á Flandes, y es menester, mi querido Silva, que vuelva emperador. El rey de Francia va á removerlo todo; quiero anticiparme á él y partiré dentro de poco.
D. RUY.--¿Nos dejáis, señor, sin purgar antes á Aragón de esos nuevos bandidos que al abrigo de sus montañas levantan sus audaces frentes?
D. CARLOS.--Ya he dispuesto que el duque de Arcos acabe con ellos.
D. RUY.--¿Dais también orden al capitán de la gavilla para que se deje exterminar?
D. CARLOS.--¿Quién es ese bandolero? ¿Su nombre?
D. RUY.--Lo ignoro; pero dicen que es audaz.
D. CARLOS.--Yo sólo sé que por ahora está en Galicia y ya enviaré alguna fuerza para que dé cuenta de él.
D. RUY.--Entonces son falsas las noticias que por aquí lo suponen.
D. CARLOS.--Falsas serán... esta noche me hospedo en tu casa.
D. RUY.--¡Ah! ¡Señor! ¡tanta honra!... (_Inclinándose profundamente._) ¡Hola! (_Acuden los criados._) Honrad todos al Rey mi huésped.
(_El duque forma en dos filas á los criados con antorchas hasta la puerta del fondo. Mientras, se acerca Sol á Hernani. El rey los cela._)
D.ª SOL (_Á Hernani._)--Mañana á media noche, bajo mi ventana, sin falta. Darás tres palmadas.
HERNANI.--Mañana.
D. CARLOS (_Aparte._)--¡Mañana! (_Á Sol con galantería._) Permitidme que para salir os ofrezca la mano. (_La conduce hasta la puerta._)
HERNANI (_Con la mano en el pecho._)--¡Ay, puñal mío! ¿cuándo saltarás?
D. CARLOS (_Volviendo. Aparte._)--¡Qué cara pone! (_Á Hernani._) Os concedí el honor de chocar vuestra espada con la mía, caballero. Por cien razones me sois sospechoso; pero el rey don Carlos odia la traición. Idos, pues. Todavía me digno proteger vuestra fuga.
D. RUY (_Volviendo._)--¿Quién es este caballero? (_Indicando á Hernani._)
[Ilustración: D. CARLOS.--_...Permitidme que para salir os ofrezca la mano._] D. CARLOS.--Es de mi séquito y parte.
(_Salen con los criados, precediendo al rey el duque con una antorcha en la mano._)
ESCENA IV
HERNANI
Sí, de tu séquito ¡oh rey! de tu séquito soy. De noche y de día, en efecto, y paso á paso te sigo, con el puñal en la mano y los ojos fijos en tu huella. En mí persigue en ti mi raza á tu raza. Y como si no fuera bastante, has venido también á ser mi rival. Hubo un momento en que me quedé indeciso entre amar y aborrecer. Mi corazón no era bastante ancho para ella y para ti, y amándola olvidé el odio que te tengo; pero una vez que tú lo quieres, una vez que vienes tú á recordármelo, en buen hora, lo recuerdo. Mi amor hace inclinar la incierta balanza y cae del lado de mi odio. Sí, soy de tu séquito; tú lo has dicho. ¡Oh! ningún cortesano de tu maldita elevación, ningún señor de los que lamen tus manos y besan tus piés, ningún perro de palacio adiestrado en seguir á un rey seguirán jamás tus huellas más tenaces y asiduos que yo. Lo que quieren de ti todos esos cortesanos es algún título ó juguete de relumbrón; para querer tan poco, no querría yo nada; lo que yo quiero de ti no es un vano favor, es el alma de tu cuerpo, la sangre de tus venas, lo que un puñal ansioso hurgando largo tiempo puede arrebatar á un corazón. Vé delante; yo te seguiré. Mi vigilante venganza me acompaña siempre y me habla al oído. Vé, aquí estoy yo; yo espío y escucho, y sin ruido mi paso busca el tuyo y lo sigue y persigue. De día ¡oh rey! no podrás volver la cabeza sin verme inmóvil y sombrío en tus solemnidades; ni de noche podrás tampoco volverla sin encontrar mis ojos fulgurantes detrás de ti.
(_Vase._)
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO II
EL BANDIDO
ZARAGOZA
Un patio del palacio de Silva.--Á la izquierda los grandes muros del palacio con una ventana con balcón. Por debajo de la ventana una puerta pequeña. Á la derecha y en el fondo casas y calles.--Noche.--En las fachadas de los edificios algunas ventanas iluminadas.
PERSONAJES
DON CARLOS. HERNANI. DOÑA SOL. DON SANCHO. DON MATÍAS. DON RICARDO. UN MONTAÑÉS.
ESCENA I
DON CARLOS, DON SANCHO SÁNCHEZ DE ZÚÑIGA, conde de Monterey, DON MATÍAS CENTURIÓN, marqués de Almunan, DON RICARDO DE ROJAS, señor de Casapalma
(_Llegan los cuatro siguiendo á don Carlos, con los sombreros gachos y embozados en sendas capas que dejan ver por debajo las puntas de las espadas._)
D. CARLOS (_Examinando el balcón._)--He aquí el balcón, la puerta... Me hierve la sangre. (_Mirando la ventana._) Todavía no hay luz. Y la hay en todas partes donde no me conviene, menos en esta ventana, donde me convendría.
D. SANCHO.--Señor, y volviendo á ese traidor, ¿le dejasteis partir?
D. CARLOS.--Así es la verdad.
D. SANCHO.--Y acaso fuera el jefe de la banda.
D. CARLOS.--Jefe ó capitán, yo no he visto jamás testa coronada con más altivez.
D. SANCHO.--¿Y se llama?...
D. CARLOS.--Muñoz... Fernan... No, un nombre que acaba en i.
D. SANCHO.--¿Hernani tal vez?
D. CARLOS.--Eso, Hernani.
D. SANCHO.--Es él.
D. MATÍAS.--Hernani es.
D. SANCHO.--¿Y no recordáis su conversación?
D. CARLOS (_Sin dejar de mirar á la ventana._)--¡Pardiez! No oía nada en aquel maldito armario.
D. SANCHO.--Pero, señor, ¿cómo lo soltasteis, teniéndolo ya en vuestras manos?
D. CARLOS (_Mirándolo fijamente._)--Conde de Monterey, ¿me interrogáis? (_Los dos señores retroceden y callan._) Y por otra parte, no es eso lo que más me interesa. Yo voy tras de su amada, no tras él. Estoy verdaderamente enamorado. ¡Qué ojos negros tan hermosos, amigos míos! ¡dos espejos! ¡dos antorchas! De todo el coloquio no oí más que estas palabras: Hasta mañana á la noche. Pero es lo esencial. Ahora mientras ese bandido con cara de galán se entretiene en alguna fechoría, me anticipo yo y le robo la paloma.
D. RICARDO.--Hubiera sido un golpe completo matar á la vez el buitre.
D. CARLOS.--¡Buen consejo! Tenéis la mano muy ligera, conde.
D. RICARDO.--Señor ¿con qué título os place que sea conde?
D. SANCHO.--Ha sido una equivocación.
D. RICARDO.--El Rey me ha nombrado conde.
D. CARLOS.--Basta. He dejado caer ese título; recogedlo y en paz.
D. RICARDO (_Inclinándose._)--Gracias, señor.
D. SANCHO.--¡Gran título! Conde por equivocación.
(_El Rey se pasea por el fondo mirando con impaciencia hacia las ventanas iluminadas. Los otros hablan entre sí en el proscenio._)
D. MATÍAS (_á D. Sancho_).--Pero ¿qué hará el rey, una vez sorprendida la dama?
D. SANCHO.--La hará condesa, después dama de honor, y cuando tenga un hijo de ella, lo hará rey.
D. MATÍAS.--¡Pardiez! ¡Á un bastardo! Conde, enhorabuena; pero no así como quiera se puede sacar un rey de una condesa.
D. SANCHO.--Entonces la hará marquesa, mi querido marqués.
D. MATÍAS.--Los bastardos se guardan para los países conquistados, y se les hace virreyes, única cosa para que sirven.
D. CARLOS (_Mirando con cólera las ventanas iluminadas._)--¡Pardiez! Diríase que son ojos celosos que nos espían. Ahora se oscurecen dos. ¡Sea enhorabuena! ¡Qué largos son los momentos de espera! ¿Quién hará adelantar la hora?
D. SANCHO.--Eso es lo que decimos muchas veces en palacio.
D. CARLOS.--Mientras en los vuestros mi pueblo lo repite. La última ventana se oscurece. (_Mirando á la de Sol._) ¡Maldita vidriera! ¿Cuándo te iluminarás tú? ¡Oh doña Sol! Ven pronto á brillar como un astro en las sombras de esta noche. (_Á don Ricardo._) ¿Es ya media noche?
D. RICARDO.--Muy pronto será.
D. CARLOS.--Es preciso acabar cuanto antes. Á cada momento puede llegar el otro. (_Se ilumina la ventana de Sol._) ¡Por fin, amigos míos, sale el sol! Ved la sombra de la dama á través de los cristales. No perdamos tiempo y hagamos la señal que espera. Hay que dar tres palmadas. Pero acaso se alarme viendo aquí tanta gente. Retiraos allá á la sombra á guardarme las espaldas. Compartamos estos amoríos: la dama para mí; para vosotros el bandido.
D. RICARDO.--Muchas gracias, señor.
D. CARLOS.--Si viene á estorbarme, dadle bonitamente una estocada, y mientras se recobra, me llevaré yo la dama. Pero ¡cuenta con matarlo! Al cabo es un valiente, y la muerte de un hombre, cosa grave.
(_Los tres caballeros se inclinan y salen. Don Carlos hace luégo la señal dando las tres palmadas, y á la última se asoma Sol al balcón, vestida de blanco._)
ESCENA II
DON CARLOS, DOÑA SOL
D.ª SOL.--¡Eres tú, Hernani!
D. CARLOS (_Aparte._)--¡Pardiez! No hablemos.
(_Vuelve á hacer la señal._)
[Ilustración]
D.ª SOL.--Bajo al momento.
(_Cierra la ventana y muy luégo se abre la puerta pequeña apareciendo Sol con una lamparilla en la mano y un manto al hombro._)
D.ª SOL.--¿Hernani?
(_Don Carlos se cala el sombrero y se le acerca precipitadamente._)
D.ª SOL (_Dejando caer la lámpara._)--¡Dios mío! ¡No es su paso!
(_Quiere retroceder, pero el rey la detiene por el brazo._)
D. CARLOS.--¡Doña Sol!
D.ª SOL.--¡Cielos! ¡No es su voz! ¡Desdichada de mí!
D. CARLOS.--¿Qué voz quieres más amorosa? Siempre es la voz de un amante y de un amante real.
D.ª SOL.--¡El Rey!
D. CARLOS.--Pide, manda... un reino te ofrezco; porque éste, cuyo amor desdeñas, es el rey, tu señor; es Carlos, tu esclavo.
D.ª SOL (_Pugnando por desasirse._)--¡Socorro! ¡Hernani!
D. CARLOS.--No te espantes: es el rey quien te tiene, no el bandido.
D.ª SOL.--No, el bandido sois vos. ¿No os da vergüenza? ¿Son estas las hazañas que han de daros fama? ¡Venir de noche y por fuerza á robar una doncella! ¡Ah, mi bandido vale cien veces más que vos! Oíd, rey de Castilla. Si el hombre naciera donde lo eleva su alma, si Dios concediera la jerarquía á la altura del corazón, el rey sería él, y el bandido vos.
D. CARLOS.--Señora...
D.ª SOL.--¿Olvidáis que mi padre era conde?
D. CARLOS.--Yo os haré duquesa.
D.ª SOL.--Basta. ¡Qué vergüenza! (_Retrocediendo algunos pasos._) Nada, nada puede haber entre nosotros, don Carlos. Mi padre derramó por vos su sangre y yo soy doncella noble, y celosa de mi sangre y de mi honor;... soy mucho para manceba y muy poco para esposa.
D. CARLOS.--¿Princesa?
D.ª SOL.--Rey don Carlos, id con vuestros amoríos á mujerzuelas dignas de ellos, pues si os atrevéis á tratarme á mí con tal infamia, podré muy bien demostraros que soy dama y que soy mujer.
D. CARLOS.--Pues bien, venid á compartir mi trono: seréis reina, emperatriz...
D.ª SOL.--Comprendo la añagaza. Concluyamos: prefiero con mi Hernani vivir errante fuera del mundo y de la ley, con hambre y sed, compartiendo su destino, abandono, guerra, destierro, persecución, miseria, á ser emperatriz con un emperador.
D. CARLOS.--¡Cuán dichoso es ese hombre!
D.ª SOL.--Es pobre y hasta proscrito.
D. CARLOS.--Hace bien en ser pobre y hasta proscrito, puesto que es tan amado. Yo estoy solo y un ángel le acompaña á él. En fin, ¿me odiáis?
D.ª SOL.--No os amo.
D. CARLOS (_Asiéndola con violencia._)--Pues bien, me améis ó no, vendréis conmigo; mi mano es más fuerte que la vuestra. Vendréis. Yo lo quiero así. ¡Pardiez! Vamos á ver si soy rey de España y de las Indias para nada.
D.ª SOL (_Forcejeando._)--¡Ah! ¡Señor, por piedad! Pues sois el rey, duquesa, marquesa ó condesa, no tenéis más que escoger: las damas de la corte tienen siempre amor para vuestro amor. Pero mi proscrito ¿qué ha recibido del avaro cielo? Vos tenéis á Castilla, Aragón, Navarra, Murcia, León y diez reinos más, y Flandes y las Indias con sus minas de oro; tenéis un imperio en que nunca se pone el sol; y con todo esto ¿habréis de quitarle á él lo único que tiene... yo?
(_Se hinca de rodillas á los piés del rey._)
D. CARLOS.--Ven, no escucho nada. Ven; si correspondes á mi amor te doy á elegir entre mis Españas.
D.ª SOL.--No quiero más de vos que este puñal. (_Se lo arranca del cinto y el rey la suelta y retrocede._) Atreveos ahora. Dad un paso no más.
D. CARLOS.--¡Qué hermosa está! No extraño ya que ame á un rebelde.
(_Va á dar un paso y Sol alza el puñal._)
D.ª SOL.--Un paso hacia mí y os mato y me mato. (_El rey retrocede más. Sol se desvía y grita._) ¡Hernani! ¡Hernani!
D. CARLOS.--¡Callad!
D.ª SOL.--Un paso y todo acaba.
D. CARLOS.--Señora, ya que á tal extremo reducís mi bondad, sabed que para obligaros tengo ahí tres hombres de mi séquito.
HERNANI (_Surgiendo á su espalda._)--Habéis olvidado uno.
(_Vuélvese el rey y ve á Hernani con los brazos cruzados bajo su larga capa y con el ala del sombrero levantada. Sol da un grito y corre á abrazarle._)
ESCENA III
DON CARLOS, DOÑA SOL, HERNANI
HERNANI.--¡Oh! El cielo me es testigo que hubiera ido de buen grado á buscarlo más lejos.
D.ª SOL.--Hernani, sálvame.
HERNANI.--Cálmate, vida mía.
D. CARLOS.--¿Qué diablos hacen mis amigos por allá? ¡Haber dejado pasar á este capitán de bandoleros! (_Llamando._) ¡Monterey!
HERNANI.--Vuestros amigos están en poder de los míos. No reclaméis la ayuda de sus espadas impotentes: para tres que vinieran á ayudaros, vendrían á ayudarme á mí sesenta, y vale cualquiera de ellos por vosotros cuatro. Así, arreglemos los dos solos nuestras cuentas. ¡Conque pusisteis la mano en esta doncella! Ha sido una imprudencia, señor rey de Castilla, y una cobardía.
D. CARLOS (_Con desdén._)--Señor bandido, de vos á mí no hay reproche.
HERNANI.--¡Se chancea! ¡Oh! Yo no soy rey; pero cuando un rey me agravia y se chancea además, se me sube á mí la cólera á la altura de su orgullo. Y cuenta que en afrentándome se teme más al rubor de mi frente que á la púrpura de un rey. Sois un insensato, si abrigáis la más mínima esperanza. (_Agarrándolo del brazo._) ¿Conocéis bien la mano que os aprieta? Escuchad. Vuestro padre hizo morir al mío, y os odio. Me habéis quitado mis bienes y mis títulos, y os odio. Amáis á la mujer que yo amo, y os odio, os odio, os odio con toda mi alma.
D. CARLOS.--Bien está.
HERNANI.--Esta noche, sin embargo, ni me acordaba de vos: sólo sentía un anhelo, un ardor, una necesidad: doña Sol. Y anheloso y ardiente de amor vengo y... ¡por vida mía! os encuentro en vías de robármela. ¡Cuando ya os había olvidado, os interponéis vos mismo en mi camino! Señor rey de Castilla, os repito que sois un insensato. Caísteis en vuestras propias redes: ni fuga, ni socorro. ¡Oh te tengo asediado! Solo, rodeado por todas partes de encarnizados enemigos ¿qué has de hacer?
D. CARLOS (_Con altivez._)--¿También me interrogáis?
HERNANI.--¡Bah! ¡bah! No quiero que un brazo oscuro te hiera. Ni quiero que se me escape mi venganza. Nadie te tocará, sino yo. Defiéndete. (_Saca su espada._)
D. CARLOS.--Yo soy vuestro rey y señor. Matadme, sea; pero sin duelo.
HERNANI.--Pronto has olvidado que anoche tu espada se cruzó con la mía.
D. CARLOS.--Anoche ignoraba yo vuestro nombre, y vos ignorabais también mi jerarquía. Hoy vos sabéis quién soy yo, y yo quién sois vos.
HERNANI.--Enhorabuena. Defiéndete.
D. CARLOS.--No acepto el duelo. Asesinadme.
HERNANI.--Pero ¿crees tú que los reyes son para mí sagrados? ¡Á ver si te defiendes!
D. CARLOS.--Asesinadme: no me defiendo. ¡Ah! ¿Creéis, bandidos, que vuestras viles gavillas pueden extenderse impunemente por las ciudades? (_Hernani retrocede. Don Carlos le mira con ojos de águila._) ¿Creéis que manchados de sangre y cargados de crímenes, podréis, después de todo, pasar por generosos? ¿Creéis que nosotros, víctimas de vuestras violencias, hemos de ennoblecer vuestros puñales con el choque de nuestras espadas? No; el crimen os posee y por donde quiera lo arrastráis. ¡Duelos con vosotros! No, no: asesinad.
(_Hernani, sombrío y pensativo, vacila un momento en herir. De repente quiebra la espada contra el suelo y se vuelve hacia el rey._)
HERNANI.--Vete. Mejores encuentros tendremos. Vete, pues.
D. CARLOS.--Está bien. Dentro de algunas horas, yo vuestro rey, volveré al palacio ducal y mi primer cuidado será llamar al juez. ¿Han puesto á precio vuestra cabeza?
HERNANI.--Sí.
D. CARLOS.--Bien. Desde hoy os tengo por rebelde y traidor. Por todas partes he de perseguiros. Estáis avisado. Voy á decretar vuestra proscripción del reino.
HERNANI.--Ya está decretada.
D. CARLOS.--Otra vez más.
HERNANI.--Por fortuna, Francia está cerca y me servirá de asilo.
D. CARLOS.--Voy á ser emperador de Alemania y quedaréis proscrito del imperio.
HERNANI.--Me queda el resto del mundo, para seguir odiándote.
D. CARLOS.--¿Y si fuera mío el mundo?
HERNANI.--Entonces... entonces me quedaría la tumba.