Del Plata al Niagara

Part 27

Chapter 273,656 wordsPublic domain

No sería extraño que el gusto cuaternario reinara aquí con autocrática potencia: lo que agrava el caso es lo de teorizar esa deformidad. El Oeste es bárbaro con plena convicción y por razón demostrativa. Cuando Matthew Arnold, el más latino de los críticos sajones, procuraba enseñarles por qué el materialismo advenedizo no es compatible con el concepto artístico de la vida, comenzaban por injuriarle y concluían oponiéndole esta triunfante réplica: «_No hay razón_ para que nuestros monumentos y paseos no sean los mejores del mundo, _puesto que_ no se ha ahorrado gasto en su construcción—_for no expense was spared_»!... ¿Qué podéis contestar á tales razones? ¿Cómo persuadir al cíclope de que su ojo único no realiza el ideal de la belleza, por más que tenga dimensiones de claraboya? Para cambiar instantáneamente las ideas que brotan en ese cráneo rudimentario, habría que romperlo y rehacer el molde cerebral.

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La doble noción que, cual semilla dehiscente, engendra los mil árboles de esta selva moral, es, lo repito, que el tamaño y el costo venal de cualquiera producción humana dan la medida de su valor absoluto. Ahora bien: la prueba de ser este el criterio dominante la encontráis patente en cualquier orden de manifestación material ó moral, individual ó colectiva. Escuchad una estrofa del himno de Polifemo, que parece compuesto por el millonario Carnegie[29]:

«El Oeste americano es la primera región de los Estados Unidos—y, por consiguiente, del mundo,—puesto que no tiene rival en la rapidez de su desarrollo agrícola, comercial y fabril. Poco importa que su agricultura extensiva consista en desflorar y agotar en veinte años el suelo virgen, para producir por hectárea una mitad menos que en las buenas y viejas tierras europeas; que su industria y su comercio dependan de tarifas draconianas, y que un cambio de frente de Inglaterra pueda arruinar los Estados mineros ó derribar sus bancos como castillos de naipes. Chicago será mañana el centro del mundo (desatendamos la nota más aguda que ya lo proclama hoy), por todo lo que sabéis de sus _Stock-yards_, de sus elevadores, de sus ferrocarriles, de sus casas de quince pisos—en una palabra, de su prodigioso incremento de veinte años. Y si admitimos, como cosa evidente, que el signo primordial de la civilización sea el desenvolvimiento de la actividad alimenticia, siendo el vientre el órgano que nos distingue de las especies inferiores: claro está que quien puede lo más puede lo menos—¡y que le ha bastado á Chicago distraer una mínima parte de su savia orgánica, hacia las ramas accesorias de dicha civilización, para sobresalir en ellas como en todas las demás!—De su arquitectura no hablemos más, para no humillar al resto del mundo; de sus bellas artes, basta decir que el _Art Institute_, construído de granito y mármol (_cost_ 800.000 pesos), tendrá 320 pies de largo por 170 de alto; de su enseñanza superior, basta este solo dato, más elocuente que todas las disertaciones: el edificio de la Universidad costará ocho millones, pagando un tercio del total el célebre John D. Rockefeller, el rey del aceite. ¿Cómo dudar, entonces, que será superior de primer golpe á la de Harvard, cuyo valor material no pasa de cinco? _Et sic de cœteris._»

Pero ningún monumento de Chicago alcanza la importancia material y simbólica del Auditorium. Es el Panteón, el Coliseo, la Santa Sofía, el palacio de San Marcos—la maravilla de las maravillas americanas. Sería necesario pedir á un literato local su pincel-escoba para celebrarlo dignamente, con ese estilo peculiar en que alterna el lirismo descabellado con el cálculo positivo de las dimensiones, el volumen cúbico y el peso de los materiales, rematando la descripción ¡con el costo total que pasa de cuatro millones de dollars! Un libro que tengo á la vista condensa la admiración de los pan-americanos, que lo visitaron en 1889, en un grito de entusiasmo del señor Zelaya, de Honduras: «¡Conozco el universo entero: no existe nada igual!». Su dedicación, en diciembre del mismo año, fué una solemnidad nacional: el presidente Harrison vino desde Washington para inaugurar el hotel-teatro ...

Es una ciclópea y negruzca contrucción de piedra que para cárcel parecería muy lúgubre. El exterior es el de una maciza fortaleza cuadrada, en que las estrechas ventanas parecen troneras ó nichos sepulcrales; no hay una _loggia_, un balcón, un relieve que alegre la vista del prisionero ó del espectador. El hall es obscuro; los cuartos requieren luz á medio día; y los arcos rebajados, la selva de pilares de mármol y granito, el pavimento de mosaico, la monacal desnudez de las paredes ó, por partes, sus recargados ornamentos, completan el aspecto abrumador de un hipogeo egipcio. El conjunto no es bello ni feo, ni acepta epíteto alguno que pueda convenir á cualquiera producción arquitectónica: es monstruoso, elefantino, cuaternario.

El Auditorium propiamente dicho, vale decir la sala de espectáculo, contiene 7000 asientos, y es del mismo estilo que el resto del edificio. Una inmensa bóveda circular, sin más relieve que sus arcos paralelos, remata en el escenario que remeda una chimenea colosal. La cruda luz eléctrica reverbera en las superficies desnudas: allá en las paredes del paraíso, perdidos en la obscuridad, se adivinan dos frescos borrosos, que probablemente ganan con no ser vistos. Además de los asientos—todos ocupados, en la noche única que estuve allí,—la muchedumbre cuajaba las galerías, los pasadizos, las escaleras. Representaban algo así como un _Excelsior_ yankee: _America_, en cuyas escenas Colón y Washington alternaban con los saltos de los _minstrels_ y las cabriolas de los acróbatas. Durante cuatro ó cinco meses, fué necesario asegurar la entrada con una semana de anticipación; había dos funciones diarias, y los inevitables Abbey y Grau han levantado una fortuna ... Era el tiempo en que los conciertos sinfónicos de la Exposición fueron brutalmente suprimidos «porque _no pagaban_».—Y en ese coliseo enorme, con sus «vomitorios» y su anfiteatro repleto de espectadores, me volvían recuerdos de los circos romanos, de los hipódromos del Bajo Imperio, y comparaba en mi imaginación esta barbarie con esa decadencia ... Estaban al lado mío algunos amigos de Chicago; una señora, literata, música, que había educado á su hija en Roma: había visto durante cinco años, San Pedro, el Vaticano, las ruinas imponentes y los museos maravillosos ... Y ella fué la que me preguntó si no encontraba el Auditorium más bello que la Ópera de París ... ¡Contesté que sí! con un entusiasmo que el mismo señor Zelaya—de Honduras—me hubiera envidiado ...

Los hallo «impermeables» á todo lo que sea gusto y verdadera civilización. Sus diarios, sus piezas de teatro, sus conversaciones, sus adornos, sus joyas, sus procesiones, sus comidas: todo es _mammoth_. Su ingenuidad es tan enorme, que llega á ser grandiosa. Y si se logra echar en olvido, por algunos días, todas las nociones de la belleza, heredadas ó adquiridas con el estudio y la contemplación de las obras maestras artísticas; si se contempla esa acumulación material, cual se hiciera con las manifestaciones proporcionales de otro planeta mayor que el nuestro,—poco á poco se experimenta una sensación de asombro é inquietud que casi viene á ser estética.—Á eso aludía, al decir que Chicago tenía su belleza propia, en cierto modo superior, por su ruda y descomunal primitividad, á las imitaciones europeas de las metrópolis del Este. El espectáculo prolongado de la fuerza inconsciente y brutal alcanza á cierta hermosura «calibanesca».—La inmensidad de los corrales, el vaivén de los trenes, del _elevated_ y de los carros de tramway que pasan eternamente rellenos de pueblo; las atrevidas construcciones que rebosan afanada muchedumbre, los inmensos _buildings_ comerciales; las sesenta líneas férreas que irradian de las estaciones centrales, con sus millares de vagones estacionados y que parecen destinados á no moverse jamás; los túneles debajo del río, los puentes movedizos que se abren por segundos ante los buques cargados; y ese mismo río negruzco y plebeyo, cuajado de mástiles, con sus riberas obstruídas de elevadores y depósitos; el potente rumor de las maquinarias en actividad; los silbidos que desgarran el oído, y, en cualquiera parte, hasta el fondo de los teatros y el silencio de los congresos, cortan bruscamente la palabra de los oradores ó cubren la música, con no sé qué desdén salvaje de esas puerilidades de otra civilización, aquí fuera de su lugar:—todo ello á la larga produce una sensación indecible. Se viene recordando que esa mole prodigiosa ha brotado casi toda en veinte años; y se experimenta, ante esa manifestación de la fuerza irresistible, la impresión de respeto y asombro que inspiraría el levantamiento de una montaña. El monumento no es airoso, ni esbelto, ni definitivamente organizado; toda su estructura revela el apuro, la factura provisional y al por mayor: pero es formidable, incomparablemente colosal, y al lado suyo, por un momento, cualquiera otro parecería desmedrado y mezquino.

Con esas ideas embrionarias y tendencias primitivas, apoyadas en una fuerza de empuje irresistible, es como han emprendido y realizado su feria universal. Creo que en las páginas anteriores se encuentra implícitamente descrita. Además, no puede ser materia de actualidad documentaria lo que ya no existe. Quizá en otra forma razonada y metódica aparezca su estudio positivo; ó acaso bosqueje algún día, en una fábula novelesca, su compleja y contrastada psicología: pues, al cabo, ese organismo monstruoso y efímero, ha vivido, ha tenido su _alma_ exótica y fugaz ...

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¡Pobre _White City_! La volví á mirar por vez postrera durante una tarde agria y descolorida de este invierno precoz, en el siniestro _désarroi_ de las mudanzas y demoliciones. Retumbaban los vastos edificios solitarios bajo los martillazos de los embaladores; los rieles de las vías volantes se alargaban por las calles desiertas; los céspedes helados ostentaban el pisoteo de un campo de batalla; y una gran melancolía se desprendía de esas ruinas nuevas, de ese sueño disparatado y colosal, pero sueño brillante al fin, ¡entregado como un cadáver gigantesco á la labor de destrucción! Yo mismo, que he vivido allí algunos meses, surcado veinte veces las lagunas y los canales que bañaban las graderías de los palacios de yeso y su endeble armazón, completando con algunas góndolas importadas esa parodia de Venecia americana; yo mismo recuerdo de algunas tardes de verano cuyos tintes apagados armonizaban los chillones edificios griegos é italianos, los grupos escultóricos, las cúpulas flamantes, prestando á esas frágiles confecciones un reflejo de belleza y una apariencia de verdad. No todo fué allí vulgaridad y desencanto.—Y aunque sólo fuera por esa noche deliciosa en que, idealmente iluminados los follajes por la luna y los invisibles focos de la luz eléctrica, se representó, en un parque real de álamos y encinas, la vaga y encantadora comedia de _As you like it_, perdonaría á Midway-Plaisance su brutal exotismo. Experimenté allí una sensación exquisita y única de olvido y rejuvenecimiento; la olvidada poesía llegaba hacia mí, envuelta en la brisa del próximo lago, refrescando con su caricia mi frente entristecida. Me sentía á mil leguas de las manufacturas y las máquinas, volvía á vivir en la región azul de los ensueños juveniles; y en esta selva de los Ardennes poblada de apariciones vaporosas, de Rosalindas que se desvanecían en las misteriosas espesuras, cantaban tan melodiosos los versos del divino Shakespeare, que el aleteo de algunos pájaros ocultos, turbados por la música, remedaba un ensayado arrullo que diera la réplica al ruiseñor inmortal ... Por esta sola hora de olvido y éxtasis, no he de hablar sin emoción de la Feria difunta. Con todas sus vulgaridades y atentados contra el gusto artístico, quedará absuelta en mi memoria; tornándose más bella cuanto más lejana, se esfumará lentamente en el pasado irrevocable, y, soñador incorregible, seguiré siempre con la mirada enternecida la dorada copa del rey de Thule, que cayó vacía en las ondas obscuras del lago Michigan ...

XVI

WASHINGTON

I

EL DISTRITO FEDERAL

«Washington es una necrópolis». Tal es la fórmula corriente ... ¿La repetiremos porque anda estereotipada y nos hallamos en país de sufragio universal? ¿La desecharemos con desdén por el solo hecho de ser trivial y socorrida? Ni lo uno ni lo otro. Entre las variedades del _snobismo_ viajero, sólo una actitud es más odiosa que la del admirador por encargo y sugestión de la _Guía Baedeker_: la del humorista á todo trance, que llega á negar la evidencia por el prurito de singularizarse, y persigue una fácil originalidad á expensas de la exactitud. Aunque enemigo de las frases hechas, no retrocedo ante el _cliché_ si él traduce la verdad, siquiera sea exagerada ó aproximativa. Todos los forasteros han comprobada esta primera sensación de vaciedad que Washington produce. Ahora bien: á pesar de ser vulgar esta opinión y combatida por el gran geógrafo Reclus,—quien, por otra parte, describiera el Distrito federal desde su retiro de Clarens, refrescando sus efímeros recuerdos con gran acopio de planos y datos estadísticos,—no vacilo en reproducirla con ciertas reservas, porque la encuentro estampada repetida é ingenuamente en mis apuntes de cartera, que nada deben á la influencia extraña ni á la preocupación.

Ora se llegue del oeste por Chicago y Cincinnati, ora del litoral atlántico por Nueva York y Baltimore (tengo hecho el experimento por uno y otro itinerario), el efecto es idéntico; hay más: se reproduce cada vez la sensación primitiva. Se cree penetrar en una inmensa aldea, más silenciosa y reposada que Santiago de Chile, y cuyas amplias alamedas amojonadas de estatuas, casi sin tráfico fuera de la arteria central (_Pensylvania Avenue_), diseñan un marco suntuoso á las dispersas residencias de dos pisos y á los vastos edificios oficiales. Este fin de otoño septentrional (noviembre) acrecienta sin duda el aspecto de mustio abandono y desalojamiento, sobre todo para quien acaba de pasar el verano en el tumultuoso exotismo de la Exposición. Dentro de algunas semanas hará su entrada el invierno; caerán las primeras nieves del año, más silenciosas que las últimas hojas secas de los plátanos, y, en un callado y gris amanecer de diciembre, sonarán alegremente las campanillas de los trineos que se resbalan sobre el acolchado asfalto ... Entonces se abrirá la _season_ política.

La sesión legislativa en el Capitolio; algunas fiestas oficiales, cuya fácil descripción se encuentra en todas partes; uno que otro recibo diplomático, con el mismo elenco más ó menos pintoresco; dos ó tres grandes conciertos, en que lo detestable fraternizará con lo exquisito, sin que lo último conmueva ni lo primero escandalice al público; el paseo meteórico de Adelina Patti, Coquelin, Henry Irving por los teatros vacíos, que sólo se llenarán con la grosera farsa provincial _In Mizzoura_ y el actor Goodwin—á quien los sucesores de Webster y Calhoun ofrecerán un banquete en el propio _Senate Reception Room_, bajo la pintura mural de Washington presidiendo su consejo de ministros; una estrepitosa exhibición de crisántemos _mammoth_, tan enormes y fenomenales, que llegan á ser feos y no parecen de verdad; por fin, tal ó cual procesión de «caballeros» de cualquier orden: tal es el celebrado programa de invierno que romperá la quieta monotonía de la capital, sin quitarle su carácter indeleble de extenso villorrio deshabitado, cuyas «magníficas distancias»[30] se acentúan con sus innumerables plazoletas circulares y _squares_ vacíos, desde el Capitolio hasta los parques y cementerios nacionales de los alrededores ...

Los viajeros europeos suelen comparar á Washington con Versailles y Weimar, lo que vale tanto como asimilar una flamante casa de huéspedes á un secular palacio que sólo vive de estética nobleza y gloriosa tradición. Un tanto diferente es el símil que me ocurre el primer día: me acuerdo de La Plata, la reciente y nunca terminada capital de la provincia de Buenos Aires; pero se trata, naturalmente, de una _Plata_ magnificada, que guardara proporción con las comarcas y el destino respectivos. Es el mismo carácter grandiosamente artificial, como que se ha obedecido en ambos casos á un concepto abstracto y teórico, haciendo caso omiso de las leyes profundas que rigen el desarrollo de todo organismo. El arquitecto francés L’Enfant, que fué encargado de trazar el plano de Washington[31], adoptó un criterio escolar y realmente _infantil_, á saber: que una ciudad se proyecta y distribuye _a priori_, como un edificio particular.

Son muy conocidas las largas y enojosas discusiones á que dió lugar la designación de la capital federal: reflejaban fielmente las incertidumbres de la situación, durante los años que siguieron el fin de la guerra de la Independencia. Adoptada en 1787 la constitución federal por los delegados de los trece Estados originarios, reunióse dos años después en Nueva York el primer Congreso, y, desde luego, se planteó el problema de la capital, á que aludía la Constitución (I, 8), y cuyo estudio se había aplazado prudentemente. Al punto estalló el conflicto entre los Estados rivales, revelando lo frágil del reciente vínculo de «unión perpetua»: Nueva York, Filadelfia, Baltimore y diez poblaciones menores, se disputaron la elección, y el Congreso tuvo que disolverse antes de arribar á un acuerdo. Entonces, como después, el sitio material no era sino el símbolo tangible de la Unión misma; y ello explica la gravedad de una cuestión al parecer accesoria; del propio modo que, setenta años después, este mismo carácter representativo justifica el encarnizamiento con que los ejércitos federal y confederado se disputaron la posesión de este punto sin importancia estratégica. Al comenzar la segunda sesión (1790), fué introducido un nuevo _bill_ tendente á suplantar todas las pretensiones localistas, designando un sitio desierto sobre el Potomac, un poco al norte de Alexandría y quince millas arriba de Mount Vernon, residencia del presidente Washington. Era notorio, y muy natural, el apoyo que éste prestara al proyecto; fué bastante eficaz para hacerlo adoptar, á despecho de vivísimas resistencias;—y acaso, ante el historiador filósofo, esta actitud sencillamente humana no contribuya poco á reducir las proporciones legendarias de aquella figura un tanto convencional.

El sitio en que se delineó la capital futura—que tomó el nombre de Washington en 1791, en el acto de colocarse su piedra fundamental—no parecía destinado por la naturaleza á tan ilustre destino. Entorno de la colina donde se alzara el Capitolio, el terreno se extendía estéril y pantanoso hasta el río; el movimiento comercial, á tan corta distancia de la metrópoli del Maryland y poco favorecido por el Potomac escasamente navegable, había de permanecer casi nulo; el clima era insalubre; por fin, después de ser durante muchos años un punto céntrico de la Unión primitiva, si bien de acceso bastante difícil, más tarde el prodigioso avance de la conquista yankee hacia el Pacífico volvería á poner en cuestión, á pesar de los ferrocarriles y telégrafos, la conveniencia de conservar tan al este la capital federal de una región inmensa, que tiene en Chicago ó Saint Louis su centro de gravedad[32]. Á estas condiciones naturales, bastante desfavorables, se unieron otras de carácter circunstancial.

Determinada el área del distrito federal[33], confióse al «admirable ingeniero» y arquitecto francés L’Enfant el plano y traza de la ciudad. Hemos dicho que el nuevo Anfión transportó lisa y llanamente sobre el terreno el dibujo hecho en el papel: alrededor del Capitolio central irradió una serie de avenidas divergentes á todo rumbo, que cortaban, no sólo las calles en ángulo recto de los futuros _blocks_, sino también otras avenidas extensas y paralelas á las centrales, multiplicando las encrucijadas ó _circles_ uniformes de la moderna Tebas. Así logró L’Enfant dotar á su patria adoptiva de la ciudad «mejor diseñada del mundo» (_the best-planned city in the world!_); y fué tal la satisfacción del creador, que su arrogancia creció á proporción de su criatura y hubo de despedírsele antes de comenzar la construcción. Las consecuencias de tan bellos dibujos no se hicieron esperar. Habíase delineado una ciudad de un millón de habitantes, que debía eclipsar á Nueva York y Filadelfia; la superficie entera del distrito fué seccionada para solares urbanos, y, especialmente en torno del Capitolio, ya proyectado con su fachada principal hacia el este, los propietarios fijaron precios tan fantásticos á sus terrenos, que la población se corrió más lejos y al lado opuesto del monte Capitolino, dejando desierta la región teóricamente favorecida. Por eso se encuentra el Capitolio en situación parecida á la de nuestra Fortaleza colonial, que tenía sobre el río su fachada más imponente. Á pesar de los enérgicos esfuerzos del presidente popular, el impulso estaba dado y, como siempre, la civilización se dirigió y ha seguido caminando hacia el oeste.

El aspecto actual de Washington no desdice de sus orígenes tan artificiales; la uniformidad y la simetría—cánones rigurosos y primitivos de la estética que reina despóticamente en estos Estados Unidos[34]—no sólo se han aplicado en la arquitectura oficial y particular, en la repetición de los pórticos y frontis griegos, en las torres y arcos góticos de los templos, en el único molde y patrón de las residencias, tan previsto como el de las aceras urbanas; sino que se han impuesto á las manifestaciones edilicias que, al parecer, podían sustraerse mejor á la reglamentación. Después de recorrer las avenidas idénticas y las calles iguales, denominadas por números ó letras del alfabeto, se cae infaliblemente en una plazoleta ó _circle_, que irradia la misma rosa de veredas á todas direcciones y ostenta en su centro un monumento de bronce sobre pedestal de granito; y la más de las veces, aunque la estatua ecuestre deba representar á generales tan distintos como Scott, Mac Pherson, Thomas, Greene, etc., etc.,—pues los tales _circles_ han dado para todo el Estado mayor de Grant,—resulta vaciado el mismo general, sobre el mismo caballo, y con el mismo «chambergo» á guisa de quitasol—todo ello igualmente elegante y decorativo. Y este culto simétrico completa el carácter de laberinto que la capital brinda al forastero, quien, durante la primera quincena, vaga perdido por estas soledades, sin otro polo visible que el omnipresente Capitolio ó el obelisco de Washington, que se levanta hasta las nubes «como el faro de aquel mar».

Hay felizmente algunas excepciones, fuera de los dos monumentos que acabo de mencionar—y que tienen aquí una importancia incomparable y simbólica. Si bien carecen de originalidad, agradan por su correcta imitación ó sus imponentes proporciones, el ministerio de Hacienda (_Treasury_) con su enorme columnata jónica, el del Interior (_Patent Office_) de estilo dórico, el de la Agricultura (renacimiento), la _Smithsonian Institution_, de estilo enigmático, etc., etc.; sin contar el bello monumento de La Fayette, por Falguière y Mercié (_cost_, $50.000), el cual, naturalmente, no se confunde con los del general Jackson (de perfil tan extraordinario) ó del almirante Farragut ... Pero no ha de exigir el lector que yo entre en competencia desleal con las guías de forasteros; y, por otra parte, estos detalles no rompen la armonía estereotipada del conjunto. En esta ciudad de las estatuas, ha sido rasgo de ingratitud no erigir una á Urania, la musa de la Geometría ...