Part 26
Aún más que la creación de nuevos factores concurrentes, es prueba de ser necesaria una evolución social el hecho de transformar á los existentes, acomodándolos al propio fin. Así han cooperado al imperio del mismo espíritu materialista y radical, fuerzas disidentes y al parecer antagónicas. El aplastamiento del Sur aristocrático, y la accesión del rebaño negro á la ciudadanía; las enormes y rápidas fortunas levantadas con los ferrocarriles, las minas, las industrias varias, todas las formas de la especulación agrícola y fabril, en contraposición con la riqueza territorial de las familias coloniales; la conmoción prolongada de la guerra civil que, al desarraigar temporalmente á millones de trabajadores, les infundió el gusto de la aventura y los preparó para la ruda existencia de empresa y campamento que el Oeste les brindaba; el desarrollo creciente de la producción material y la adaptación combinada y cada vez más íntima de los gustos nacionales á la fabricación doméstica:—todos estos hechos, sin duda, son contingentes directos del americanismo. Parecía, sin embargo, que el engrosamiento anual de la avenida inmigratoria pudiera hacer equilibrio á dicho americanismo, manteniendo íntegra la influencia europea. Sucedió lo contrario. Las muchedumbres arrojadas del viejo continente por las guerras, las anexiones y el pauperismo, emprendían el éxodo del destierro sin ánimo de volver más; daban para siempre la espalda á la tierra madrastra. Proscriptos de la miseria, encontraban una patria en el Canaán del bienestar inmediato y de la fortuna posible; sus brazos enérgicos y sus oficios manuales eran armas que ponían al servicio del exclusivismo americano; y la pronta naturalización aceleraba los efectos del medio transformador. Entre las grandes ciudades americanas, la menos europea por el espíritu, los gustos y la índole, es precisamente Chicago, donde la población europea representa una enorme mayoría. Por fin, el mismo proteccionismo manufacturero del Este se combinaba con el materialismo del Oeste para contrarrestar la preponderancia secular. En tanto que aumentaban la población y la producción local, la importación europea disminuía. Ahora bien: el espíritu civilizador no se transporta en estado puro; necesita el vehículo y la amalgama del producto tangible; y la merma de la mercancía material anuncia la de la influencia moral.
Todos esos elementos heterogéneos, desde el más noble hasta el más vil, desde el residuo del espíritu puritano y colonial hasta el socialismo cosmopolita, se han derretido y combinado en el inmenso crisol efervescente de los Estados Unidos actuales. Sin duda que el resultado de la amalgama dista mucho de ser perfecto; pero es suficientemente homogéneo en su parte central para que se pueda predecir su naturaleza futura. Esta parte central es Chicago.
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Entre todas las inducciones é hipótesis asentadas por Herbert Spencer, creo que sea la más sólida su identificación del progreso en cualquier organismo colectivo, con la diferenciación creciente de sus partes constituyentes. Ahora bien: parece muy evidente que, en lo fundamental—las ideas, los gustos, las aptitudes y las funciones sociales—la novísima evolución de los Estados Unidos se caracteriza por una marcha continua hacia la homogeneidad. Su progreso material, entonces, equivaldría á un regreso moral; y ello sería la confirmación de que la absoluta democracia nos lleva fatalmente á la universal mediocridad. Deseo que mis estudios ulteriores me conduzcan á una conclusión menos desesperante. Nos hallamos, quizá, en la primera etapa del éxodo futuro. Sólo alcanzamos un momento del ciclo humano, y nos toca ser prudentes en la apreciación del porvenir. Acaso, volviendo á la imagen anterior, la mezcla y fundición de los elementos heterogéneos no sea, como en el tratamiento metalúrgico, más que una aleación pasajera y un encaminamiento necesario á la separación futura ...
En todo caso, cumple estudiar el momento presente; y no es posible desconocer la evidencia. En la fusión de los ingredientes, de valor y calidad tan diversos, el resultado de la combinación tiene que ser un promedio: la masa resultante es inferior al componente más noble, y superior al más vil. La muchedumbre democrática de los Estados Unidos ocupa, sin duda, un nivel más elevado que el del paisano ó proletario europeo; pero, siendo así que este mismo pueblo corresponde socialmente, con pocas excepciones, á nuestra clase media dirigente, no es discutible su inferioridad respecto á aquélla, y queda evidenciada la conclusión. La felicidad material del mayor número se ha comprado con el descenso de la minoría, del grupo que lleva la enseña de la civilización; se han arrasado las cumbres para terraplenar los valles y obtener esta vasta llanura ilimitada.
¿Qué es lo que vale más, en definitiva? Lo ignoro aún, y estoy aquí para estudiarlo. Entre tanto, lo que se trata de dejar fuera de cuestión, para despejar la vía, es el carácter incompleto y provisional, _primitivo_, en medio de su enormidad grandiosa, de la civilizacion actual, que ha querido ella misma exhibirse y compendiarse en una exposición levantada á orillas de su ciudad más representativa. El hecho en sí mismo es tan interesante, que resume, si no reemplaza, años enteros de estudios y observaciones. Se ostentan al descubierto, lo repito, en este emporio comercial del Oeste, los caracteres inequívocos de todas las civilizaciones primitivas:—el amor á la enormidad, á la masa, al número; la confusión ingenua de la cantidad con la calidad y de la grandeza con la belleza; un sentimiento de la propia importancia, candorosamente combinado con la docilidad más sumisa y torpe en la imitación—y, por en medio de todo ello, una sorda sensación de fuerza elemental y de savia juvenil que revienta provisionalmente en ciclópea fantasía—pero que, á pesar de todo, infunde no sé qué extraña simpatía mezclada de admiración y terror ...
Probemos, pues, á desenredar la impresión resultante de mil impresiones sucesivas y fragmentarias, que la vista y el contacto de Chicago y de su exposición—de la madre y de la hija—dejan en la memoria, en el espíritu, en el corazón ...
XV
CHICAGO
III
LA CIUDAD Y LA EXPOSICIÓN
El hombre de bien que se meta por estos Estados Unidos tiene que precaverse contra los juicios anticipados. Si en Méjico ó San Francisco, verbigracia, le ha tocado soportar el chorro entusiasta de un inocente turista que se volvió «petaca» de un viaje anterior; y si luego agrega á ello la absorción de algunas guías y pinturas de Chicago, en ese estilo de dentista emérito, que aquí reina: es muy difícil que no se deje «sugestionar»—para emplear una palabra que felizmente empieza á pasar de moda. Señalo el peligro porque lo he corrido; _non ignarus mali ..._ que dijo el otro. Lo que lógicamente infería yo de los elogios de Bertoldo y los reclamos de Barnum, era que iba á encontrarme en la _World’s Fair City_ con un mamarracho monumental; tal es en mí la forma ordinaria de la sugestión.
Pero las cosas de este mundo no se gobiernan por la lógica pura. El simple _snob_ no expresa únicamente su opinión personal. ¡¿Qué felicidad mayor, para un filósofo, que ver desplegarse una necedad de buena ley, maciza y esterlina, en su marco natural, es decir, en los labios de un necio? Ahora bien: estas satisfacciones son raras. Casi siempre el sufragante universal combina lo que realmente siente con lo que ha oído tocar por el organillo de la esquina. Aplaude en la ópera, y con las mismas manos, á _Ruy Blas_ y _Lohengrin_; á raíz de deleitarse con Ohnet, concede que Maupassant «también tiene cosas bonitas»; decide por sí y ante sí que Lombroso es un gran pensador, sin negar á Darwin las consideraciones de su particular estima ... Y si lo primero es alegre, lo segundo es triste; pues debiera ser el destino infalible del hombre superior el ser llamado tonto por Bertoldo ...
No he encontrado, pues, la «ciudad ventosa» tan displicente como las descripciones de marras me lo hicieran temer. Tiene su belleza especial. Más aún: acompaño á los chicagoenses en su convicción de que Chicago es la ciudad más bella de los Estados Unidos;—sólo disentimos, según creo, en el punto de aplicación de nuestro común entusiasmo ... La misma vida material es muy soportable. Si eran sofocantes algunos días de verano, las noches solían ponerse deliciosas, con la brisa fresca del Michigán. Algunas veces el carbón ambiente contrariaba las mucosas y dañaba un tanto á la estética, pero un vago perfil de foguista no deshonra á nadie; y he oído decir—en Chicago—que una atmósfera compuesta por partes iguales de humo espeso y polvo sutil, es excelente para el pulmón: _¡no consumptive!_—Tenía mi buen cuarto, con _bay-window_, naturalmente, sobre Michigan Avenue; y cuando me sentía el alma un poco «despeada», bastábame contemplar el desfile de los carruajes y biciclos para reirme solo. Me libraba del mal servicio de los hoteles, con no tener ninguno. Á la calle por cualquiera provisión ó utensilio: es decir, á la próxima botica, donde encontraréis, como en una pulpería de la pampa, cuanto podáis necesitar: ropa, bebidas, guantes, diarios, estampillas, cigarros, velas, etc. El mismo alquimista diplomado (_cost_ $160) no tiene á menos serviros un _ice-cream_. Pululan las oficinas de mensajeros; pero el mandadero me quedaba casi siempre más lejos que el mandado. Además, hay mensajes delicados: si v. g. vuestro frac reclama un planchazo, lo más prudente es envolverlo en un diario y cargar con el bulto por esas veredas. Recomiendo la receta á mis amigos del Círculo de Armas: para el efecto, ningún _Herald_ ni _Tribune_ pueden medirse con nuestra «sábana gris»[28]. En cuanto á otras reparaciones de carácter más personal, sin incurrir en inmodestia creo que nunca tuve botones mejor cosidos; por ahí anda todavía mi dedal ...
También se ha exagerado mucho lo defectuoso del servicio culinario. Cierto es que, en el mejor restaurant, os quedáis unos cuarenta minutos delante del mantel limpio—he escrito allí casi todos mis apuntes;—pero todo se explica cuando el negro arremete con la bandeja de abundancia y os sirve todo de una vez. ¿De qué os quejáis? Lo tenéis todo por delante en fuentecitas japonesas, desde el caldo y la mazamorra de avena (_oat-meal_) hasta el asado y la fruta; podéis picar en contorno como en un ejercicio de «copófono»; se establece un equilibrio de temperatura entre los platos diversos, de suerte que, al postre, si el café está un poco frío, en cambio el helado resulta casi caliente. ¡Hay que ser justo!—La prueba, por otra parte, de que no atribuía yo mismo tanta importancia á estos detalles gastronómicos, es que, teniendo cerca el excelente restaurant Kinsley, muy superior á las caravaneras del Auditorium y Palmer House, solía almorzar en el Lexington de la esquina, cuando no en una barraca de «Midway Plaisance». Así asegurada la paz de «la bestia», provisto de buena salud y humor pasable, con algunas relaciones cordiales de chicagoenses que sólo me encontraban un poco «peculiar», he podido conocer bien el antro de Polifemo, y describirlo con equidad y simpatía puesto que no me he aburrido en él.
En su vasto conjunto material, Chicago puede ser considerado bajo dos faces distintas: la primera y la más evidente es la que perciben y admiran desde luego los _snobs_ transeuntes; es también la que los naturales y los guías ensalzan con _inexhaustible_ fervor. Esta faz vulgar carece en absoluto de carácter y originalidad, es el aspecto estereotípico de las ciudades americanas, cuyos edificios parecen fabricados por gruesas, á manera de juguetes de un Nuremberg ciclópeo. Nacida la última, desarrollada en veinte años con los derrames del Este y de Europa, sin tener á la vista otros modelos y ejemplos de gusto que sus hermanas mayores, es natural que la Chicago arquitectónica carezca por igual de elegancia y acentuación. Anchas calles paralelas y perpendiculares, bien edificadas y pavimentadas en los barrios centrales, plagadas de baches y cubiertas de casuchas en los excéntricos; acá y allá, elevadísimos _buildings_, sin la menor sospecha de la armonía necesaria entre su altura y su base,—cuya arquitectura participa de la garita y del palomar; interminables avenidas idénticamente bordadas de residencias, cuyo tipo fundamental se repite hasta el enervamiento: la _villa_ ó el _cottage_ de ladrillo y madera, de dos pisos y buhardilla, con techo de pizarra ó listón, la galería externa, la saliente ventana con vidriera, el parche de césped hasta la enlosada vereda, y sus filas de robles ó álamos delgados que se prolongan hasta el confín del horizonte, delante de otras mil residencias análogas ... Es lo pintoresco de pacotilla, la ornamentación convencional y de confección, el ideal _ne varietur_ que algunos arquitectos de lance han aderezado á gusto y satisfacción de esos _settlers_ y mercaderes, cuya dudosa burguesía data desde el gran incendio. Multiplicad por dos ó por veinte, según el caso, el número de _blocks_ incompletamente edificados, y tendréis, como ya dije, el patrón sempiterno de la misma agrupación norteamericana, nacida de ayer ó anteayer, en California ó el Colorado, con el mismísimo sello de elegancia adocenada y de confortable al por mayor. Al principio, el contraste de esta «novedad» urbana con los villorrios coloniales del Perú y Méjico, causa una agradable sorpresa. Pero cansa muy pronto lo flamante y ficticio de estas estalagmitas de fabricación humana, sin sólido cimiento ni larga tradición, en que las paredes han crecido más de prisa que las arboledas. Se comprueba muy luego que la monotonía de las casillas pintadas es más abrumadora que la de los escombros; y, más allá de estos efímeros hogares que no alcanzan á abrigar una generación, la fantasía enternecida evoca aquellas nuestras pobres aldeas seculares, hechas lentamente á la medida del grupo y de la familia sedentaria, donde á la sombra del campanario amigo el hombre no ha vivido solamente de pan, y cuyas cabañas y calles retorcidas parecían adaptarse á la fisonomía del habitante, trasmitiéndose de padres á hijos, cada vez más resistentes, más venerables, más impregnadas de humanidad ...
Chicago disputa enérgicamente á Cincinatti y Pittsburg el calificativo de «ciudad ahumada» (_Smoky City_). Una capa de hollín cubre los edificios más recientes, y, reemplazando la noble pátina del tiempo, confunde bajo el mismo matiz sombrío todas las pinturas exteriores y los materiales de construcción. Su aspecto general es el de la vejez precoz, bien distinta de la pensativa antigüedad. En seis meses, la _White City_ de la exposición había descendido del blanco deslumbrador al tono del granito obscuro, lo propio que el Correo y el Auditorium. Ello, por cierto, no contribuye á ennoblecer el carácter arquitectónico de la enorme ciudad, pero tampoco le quita mucho. Semejante á una mujer fea á quien sobrevienen viruelas, como llovido sobre mojado, Chicago tenía poco que perder.—Acaso el efecto más marcado de este color negruzco sea el achicamiento aparente de las construcciones más colosales. Sabido es que esa ilusión óptica se demuestra y explica científicamente. He asistido cien veces, en el tramway de Wabash Avenue, á la decepción de los forasteros delante del hotel mammoth: «¿Es _eso_ el Auditorium?»—Esos cándidos visitantes lo habían admirado en las guías y en las fotografías.
Es bastante curioso comprobar la armonía preexistente entre esa arquitectura de poco más ó menos y su reproducción por la fotografía: la musa del _cliché_ ha cobijado amorosamente ambos destinos; y todo lo que con ésta pierde la verdadera obra de arte, lo gana el mamarracho decorativo. Los yankees tienen que ser los primeros fotógrafos del mundo: desde luego han _revelado_ en la Exposición bellezas monumentales que hacen ilusión, pues sólo existen en la placa sensible. El hecho tiene su explicación estética; pero resultaría un poco larga, para ser completa. Sabido es que un retrato fotográfico bien tomado tiende á deslucir la hermosura y á mejorar la fealdad. La fotografía es la democracia en el arte. Pero, en el efecto á que he aludido, obran otras razones complementarias que deduciré cuando tenga tiempo. Sea como fuere, el espíritu del Oeste, esencialmente desbastador, ha procedido por instinto cual pudiera hacerlo por cálculo. En esa clientela trashumante de la Exposición, los conocedores no eran la minoría, sino la excepción: no están los que son artistas y no son los que están. ¡Adelante, entonces, con las fotografías y las descripciones grotesco-líricas! El _boasting_ y el _humbug_ son las dos columnas de la novísima civilización, y por eso es que Barnum formaba parte del Congreso americano.
Dije ya que el tamaño, el número, la _cantidad_, constituyen el canon y la base del criterio de todas las civilizaciones primitivas: no se llega sino después de un largo refinamiento á la sobria elegancia, á la gracia discreta, á la _calidad_. Todo es aquí excesivo, recargado, desproporcionado: el mamut lo simboliza exactamente, así en el conjunto como en los detalles; desde la extensión del país, que corresponde á un continente, hasta sus ríos, sus rasgos geográficos, sus producciones y sus empresas. Este pueblo estaba destinado á encontraren su suelo árboles de 400 pies, comparados con los cuales nuestros robles y cedros parecen arbustos. Ha ajustado á la realidad ambiente su informe ideal, y los _sequoias_ gigantescos de Yosemite Valley parecen el modelo del colosal telescopio de Lick—_the largest in the world_—que se yergue en el condado vecino. Estamos como Gulliver en el reino de Brobdingnag. Toda apreciación comparativa se ajusta al tamaño y al costo material; lo demás es accesorio. Las descripciones se reducen generalmente á dar las dimensiones de los edificios y la suma del dinero invertido.—Parece imposible que se cometa un error arquitectónico en el diseño de un obelisco: ahora bien, el vulgarísimo «Monumento de Washington», en la capital, está malogrado, y la pirámide terminal es demasiado aguda; pero con esta punta suplementaria se ha llegado á la altura de 555 pies y «cuatro pulgadas». Es el monumento más alto del mundo: _era_, mejor dicho; pero los yankees se consuelan, consignando que la absurda torre Eiffel no es sino de hierro (_but is built of iron_), y quedan siempre como dueños orgullosos de la más alta masa de albañilería levantada por el hombre (_the loftiest structure of masonry ever reared by man_). ¡Tal es la forma de su Excelsior!—Oyeron decir que todos los pueblos poseían parques nacionales, más ó menos extensos: entonces el Congreso decretó la formación del Yellowstone Park para «recreo del pueblo». El parque—que, por otra parte, tiene bellezas naturales incomparables—se halla á unas 2500 millas de la capital, en el rincón noroeste del Wyoming; tiene una extensión de 3575 millas cuadradas y se necesita una semana para recorrerlo rápidamente.—Y así con todo. No encontraréis en Chicago una plaza cuadrada con edificios alrededor; pero sí ochenta millas de bulevares que circundan la ciudad, con una anchura que, para el de Drexel, alcanza á 250 pies, y 2000 acres de parques cubiertos de céspedes, árboles, estanques y lagunas, flores é invernáculos. Lincoln Park es el «Bosque» de Chicago, y _Lake Shore Drive_ su «Avenida de los Campos Eliseos». En este último bulevar, que orilla el Michigan, se suceden las mansiones lujosas, imitaciones de castillos feudales y villas italianas, descomunal batalla de órdenes y estilos cosmopolitas con más colgajos y adornos externos que una pagoda, y más dorados interiores que un ídolo oriental.—La residencia de la bella é inteligente Mrs. Potter Palmer es, por fuera y por dentro, una cuasi reproducción del castillo de Miramar; cuéntase que ha sido rehecho dos veces, casi al techarse, para seguir la voluble fantasía del propietario, que se daba cuenta del plano cuando la fábrica estaba ya en pie. Lincoln Park tiene 250 acres y está en una situación admirable; á falta de imponentes arboledas, posee magníficos céspedes y macizos de flores, lagunas, fuentes pintorescas, estatuas y monumentos. La colección zoológica—el _Zoo_, como aquí dicen—atrae á los muchachos, el desfile por el Lake Shore atrae á las mujeres, las carreras y regatas atraen á los hombres—y la vista del Michigan, azul é infinito como un mar, no atrae á nadie. Los monumentos de Grant y Lincoln son tenidos aquí por obras magistrales; los encuentro vulgares y «fotográficos», inferiores al «grupo indio» de bronce, y sobre todo al _Schiller_ vecino. Pero el primero costó 100.000 dollars y el segundo 50.000: por consiguiente figuran entre «las más bellas esculturas del universo».
Los otros parques del oeste y del sud, algunos más extensos que el de Lincoln, como el de Washington y el Jackson Park de la feria, tienen el mismo carácter de dilatación en el vacío, acrecentado por el gusto mezquino y pueril de la ornamentación: no se ven más que confecciones rústicas, emblemas, iniciales, odiosos dibujos vegetales, «monos» informes y caricaturales que deberían atraer la lapidación, como se dice que ciertas profanaciones atraen el rayo. Esos adefesios son objeto de un culto admirativo; en sendos librotes publicados para eterna memoria del gran advenimiento, se reproducen todos esos _flower beds_ y _floral designs_—éstos, sobre todo, con especial esmero: hay hombres que reman, segadores acostados, ginetes con sombrero cilíndrico y botas de pocero, todos ellos fabricados con terrones de césped y que recuerdan los vestigios del arte troglodita.
Ese carnaval arquitectónico despliega sus máscaras y disfraces por las calles y avenidas, por todos los intersticios de la madrépora colosal. Todos los estilos se chocan ó amalgaman sin plan aparente ó pretexto disculpable, sin discernimiento en el plagio ni conciencia en la parodia. Las columnas y capiteles de cualquier orden se superponen, lo propio en el macizo _City Hall_ que en el hotel de _Palmer House_; los mismos arcos de granito y el mismo aspecto carcelario decoran el _Art Institute_ y el almacén por mayor de Marshall Field (_Known throughout the civilized world!_). ¿Pensábais que esa masa de once pisos, recargada de molduras y salidizos, con base románica, cuerpo medieval y cumbre Renacimiento, fuese—además de un pesado despropósito—algún «hotel mammoth»? Pues bien: es un templo, el _Temperance Temple_; pero no lo confundáis con el _Pullman building_, que ostenta por ahí cerca idénticos encantos. La confusión, por otra parte, no sería muy grave: algunas iglesias neogriegas y pseudogóticas, _desafectadas_ por razones diversas, se alquilan para depósitos, y no se sabe cuándo su estructura correspondió mejor á su destino. Hospitales ó colegios, estaciones ó residencias particulares, iglesias ú hoteles, bancos ó cárceles, constituyen indistintamente un conglomerado de ojivas, cariátides, balaustres y cornisas, en que el capitel corintio flanquea el rosetón gótico, los tréboles y encajes moriscos coronan el medio punto romano, y los macizos y cuadrados marcos asirios soportan una _loggia_ italiana ó—como el Auditorium—esbeltas volutas jónicas, á manera de un elefante que carga un niño ... Es natural que todos esos plagios y rapsodias de fórmulas exóticas barajadas al tanteo, seduzcan el gusto bárbaramente infantil de estos primitivos, que han traslucido un reflejo de la civilización anterior: así los monjes del siglo quinto zurcían indiferentemente centones de Virgilio ó Claudiano para fabricar poemas á la Virgen.—Todo ello, artísticamente hablando, nace muerto; está vacío de substancia y vida orgánica: á semejanza de esos mosaicos de voces extraídas de veinte vocabularios, que los visionarios de la filología nos presentan como una futura lengua universal, fabricada con detritus de todas las otras. La lengua estética que hablan las calles de Chicago es el volapük de la arquitectura.