Defensa obligada contra acusaciones gratuitas

Part 3

Chapter 33,409 wordsPublic domain

¿Cuál fué mi papel en la creación de dichas milicias? Pues sencillamente el de encarecer que para el mando de las mismas se escogieran filipinos de lealtad probada, de aquellos que, siempre fieles á España, jamás habían tomado parte en la _política solapada_ que á los suyos recomendaban las logias, y que tan funestos resultados dió para nuestra dominación en Filipinas. Nunca fuí partidario de que se dieran armas á los que sus justificados antecedentes presentaban como poco leales á la Patria; y me cabe la satisfacción de poder decir que en aquella escandalosa defección general de las Milicias filipinas que siguió al desembarco de Aguinaldo en Cavite, los comandantes de Milicias que los Provinciales y yo recomendamos, ó fueron los últimos en volver las espaldas á España cuando ya les era imposible el resistirse á sus conterráneos, ó permanecieron siempre fieles á la misma, como lo testifican los nombres de D. Pedro Perlas, comandante de las milicias del partido occidental de La Laguna; D. Francisco Valencia, jefe de las de la zona de Naic y Santa Cruz de Cavite, y D. Ramón Lizazo, capitán de las de Biñan, quienes, como es notorio, sufrieron de los aguinaldistas todo género de persecuciones, y hasta el presente perseveran en su inquebrantable adhesión á España.

_B_) Que huyera cobardemente de Manila es un cargo que demuestra la colosal ligereza de mis detractores, que no se fijaron en la palmaria contradicción en que incurrían. Pues si me fugué de la plaza, ¿cómo pude negociar la rendición y ser autor de las demás indignidades que me atribuyen? Lo cierto es, que en su afán de acumular sobre mí todo género de infamias (_haciéndose eco_, claro es, _de la opinión pública_), me confundieron, ó quisieron confundirme, con el Obispo de Nueva Cáceres, D. Fr. Arsenio del Campo, el cual, por prescripción de los médicos, y con licencia expresa del Capitán general Sr. Augustin, se vió en la necesidad de dejar las islas, saliendo para Hong-Kong durante el bloqueo, y luego viniendo á Europa.

Este es el único cargo que, por su evidente contradicción con los demás, mis detractores han retirado tímidamente de la lista de sus acusaciones, después que hecho ya el efecto que se proponían, vieron que insistir en él resultaba contraproducente.

_C_) Mis deberes durante la guerra hispano-americana no fueron otros que responder á la confianza que en mí se hizo nombrándome Presidente de la Junta _civil_ de defensa (no militar, contra lo que han propalado los periódicos), y llenar las atenciones que mi cargo pastoral exigía en aquellas circunstancias. Pedir de mí que empuñara las armas convirtiéndome en jefe de guerrillas, como laudablemente lo hicieron en la última etapa del asedio todas las Autoridades civiles, ó exigirme otro oficio impropio de un Prelado, hubiera sido aberración monstruosa, en la cual nadie cayó en Manila, á pesar de la explosión de sentimientos patrios que entonces enardecía todos los corazones.

Pues bien; en ese orden de cosas, como Presidente de esa Junta civil, y contando con los entusiasmos y extraordinario celo de los vocales de la misma: D. Juan García Aguirre, Gobernador civil de Manila; D. Eugenio del Saz Orozco, Alcalde de Manila; D. Luis Sein Echaluce, Secretario del Gobierno general, y D. Manuel María Rincón, en concepto de Secretario, adopté multitud de disposiciones encaminadas á que el vecindario cooperara activamente á la acción militar, de las cuales recuerdo las siguientes:

En los primeros días de Mayo, cuando se confiaba en la fidelidad de los naturales del país, se hizo que evacuaran la ciudad murada todas las comunidades religiosas de mujeres y los colegios de niñas. Se preparó lo necesario para que también pudieran trasladarse fuera del alcance de los cañones yanquis los enfermos de los hospitales, habilitándose á dicho objeto la casa de los Padres jesuítas en Santa Ana, y los conventos de Dilao, San Sebastián, Tercera Orden de Sampaloc y Guadalupe. Se procuró que en los vecinos pueblos de San Juan del Monte, Santa Ana, Pandacan y barrios apartados de Manila, no faltara alojamiento para los no combatientes. Se gestionó del Ayuntamiento que mandase á la Pampanga un barco, que, burlando la vigilancia del enemigo, trajera á la ciudad reses vacunas, estableciendo tablajerías que vendieran las carnes al precio de coste. Se publicaron bandos, que fueron cumplidos, para que se limpiaran y llenaran todos los aljibes de la población, en previsión (que la experiencia acreditó ser justificadísima) de que nos cortasen el canal de Carriedo, que proveía de agua á la ciudad. Se requirió eficacísimamente del comercio la entrega de los efectos necesarios para aprovisionamiento de las tropas, habiendo habido casa que, á buena cuenta y á pagar cuando se pudiera, dió más de catorce mil litros de vino. Se tomaron los acuerdos necesarios para que los almacenistas, prevalidos de la carestía, no aumentaran el precio de los géneros de subsistencia, con evidente perjuicio del Ejército y de los vecinos. Se trabajó, con el generoso auxilio del Casino Español de Manila (que en estas circunstancias, como desde que estalló la insurrección y respecto al alivio y rescate de los prisioneros, dió muestras de que á nadie cedía en entusiasmo patrio), para que los soldados recibieran en las trincheras refrescos de vino, conservas, galletas, embutidos, tabaco y, á veces, obsequios de dinero. Los Jefes tenían aviso de participar cualquier necesidad que padecieran las tropas, para inmediatamente remediarla en la forma posible, como así se hacía. Se proveyó de impermeables á los defensores de la línea exterior de defensa, que en las trincheras tenían que aguantar á pie firme los recios y continuos temporales de lluvias que por entonces sufrimos; á cuyo efecto, yo mismo encabecé una suscripción que obtuvo el más brillante resultado. Se consiguió del vecindario los caballos precisos para el arrastre de las nuevas baterías que hubo que montar para defensa de nuestras trincheras, regalando yo cuantos tenía y comprando otros para dicho fin. Se distribuyeron los necesarios recursos económicos á voluntarios pobres y á particulares necesitados. Dí catorce mil pesos para acaparar arroz, en previsión de que nos faltaran víveres. Se hizo, en fin, cuanto humanamente era factible en aquellas dolorosas circunstancias, para levantar el ánimo del vecindario y para ayuda del Ejército; en todo lo cual, es justicia plenísima hacer constar que ayudaron al Arzobispo y demás vocales de la Junta civil de defensa, las Comunidades religiosas, las cuales invirtieron en ese patriótico objeto cantidades considerables, además de contribuir con cuantiosos donativos en especie. Ni debe olvidarse el cariñoso hospedaje que recibieron muchas familias españolas (entre ellas merece citarse la viuda del heroico Cadarso y la señora del general García Peña) en los colegios y casas dependientes de la Autoridad eclesiástica, en los conventos, y hasta en las Iglesias, cuando fué preciso.

En el orden religioso y como Prelado, publiqué dos Pastorales, ahora reproducidas por la prensa católica, la una el 26 de Abril, á poco de declararse la guerra, y la otra el 8 de Mayo, ya en pleno bloqueo; por cuyos documentos los americanos y su prensa me calificaron durísimamente, llamándome obispo bárbaro y sediento de sangre americana. (Apéndices núms. 3 y 4). Secundando mi acción, los Directores del Rosario perpetuo, del Apostolado de la Oración y hermanos de San Francisco, dirigieron también á sus asociados arengas tan piadosas como patrióticas. Antes de zarpar nuestros buques de guerra para Subic, se ofrecieron capellanes para cada uno de ellos, presentándose á ese objeto como voluntarios varios religiosos. Ordené rogativas en toda la diócesis. Dispuse, después de la derrota de nuestra escuadra, que en Manila se celebraran cultos extraordinarios, con exposición de Su Divina Majestad, á los que asistió inmensa concurrencia. Se hicieron devotísimas procesiones con las venerandas imágenes de la Virgen del Rosario, patrona de las Islas, y de San Francisco de las Llagas, protector de Manila. En los oratorios de los Colegios y Beaterios estuvo de manifiesto el Santísimo durante muchos días, implorando las divinas misericordias. En la Capilla del Rosario del templo de Santo Domingo se estableció vela continua día y noche, relevándose los Religiosos periódicamente, y permaneciendo infatigables en ese santo y penoso ejercicio por espacio de más de dos meses, ó sea desde que los insurrectos cercaron á Manila. Se repartieron entre los soldados y voluntarios multitud de objetos piadosos, para excitar su confianza en los divinos auxilios. Se atendió como procedía al servicio espiritual del Ejército, destinándose á ese fin el conveniente número de Religiosos que coadyuvasen á los señores Capellanes Castrenses. Después del 5 de Junio se habilitaron salas para hospitales en las casas religiosas de Letrán, Santo Tomás, Ateneo Municipal, Beaterio de la Compañía, Seminario y Tercera Orden de San Francisco; y se dictaron órdenes para que, en caso preciso, hasta las iglesias se convirtieran en albergue de heridos y enfermos, cuidando los Religiosos y las Hermanas de la Caridad de la asistencia material y espiritual de los mismos, y yendo yo mismo, siempre que fué necesario, á visitarlos y consolarlos. Los Catedráticos de la Universidad de Santo Tomás organizaron á sus alumnos en milicias, dirigiendo además los mismos estudiantes una entusiasta arenga á sus paisanos los filipinos, para excitarlos á luchar denodadamente por España.

Implorar la intercesión de lo alto, asistir espiritualmente á los defensores de Manila, ayudarles económicamente en lo posible, y excitar al pueblo para mantenerse fiel á España, era el deber peculiar del Prelado y de su Clero en aquellas circunstancias; y, por la gracia de Dios, puedo asegurar que nada, absolutamente nada, se omitió para el cumplimiento de esa sagrada obligación, como pueden testificarlo cuantas personas se encontraban entonces en Manila, puesto que se trata de _hechos públicos y notorios_.

§ III

Que fuí mal español después de entregada Manila.

(IMPUTACIONES 6, 7, 8, 9, 10, 11 Y 12.)

Esos periódicos que tanto habían ponderado mi españolismo y el de las Ordenes religiosas en diferentes ocasiones, pero muy especialmente desde que estalló la insurrección filipina hasta la época que nos ocupa, como puede comprobarse leyendo sus colecciones de ese período de tiempo; ahora, no sé por qué maravillosa metamórfosis, se convierten en nuestros implacables acusadores, pretendiendo que el mismo tribunal de la opinión pública, que antes nos había preconizado como eximios españoles, nos condene hoy como reos de lesa Patria. Ellos se lo dicen todo: que el Arzobispo de Manila fué un gran patriota, y que el Arzobispo de Manila fué un mal español; que las Ordenes religiosas eran, por su celo y abnegación, el firme sostén de la soberanía española en Oriente, y que las Ordenes religiosas allí todo lo subordinaron á sus intereses egoistas. ¡Válgame Dios! y ¡qué voluble se muestra esa prensa, órgano _soi-dissant_ de la tan traída y llevada opinión pública!

Porque es de todo punto una novela que yo saliera á recibir al ejército yanqui victorioso; que negara ante el nuevo dominador mi nacionalidad española, cuanto más que negociase la americana; que cobrara de los americanos sueldo ni obvención de ningún género; que tratara de arrojar á nuestros soldados del único alojamiento que tenían en las iglesias y los conventos; que visitara diariamente á los Jefes americanos, ni que hiciera un viaje á Cavite para bendecir á los buques yanquis; y, por último, que felicitara á los enemigos de mi Patria en el aniversario de su triunfo. Es cierto, sí, que tuve tratos con los americanos y que los visité varias veces, porque á ello me obligaban los deberes de mi cargo; como tuvieron que entenderse con ellos nuestros Jefes y las Comisiones oficiales que allí quedaron. Porque, desgraciadamente, ellos eran la autoridad que mandaba en Manila; ellos los encargados de suministrar víveres á nuestro ejército; ellos los que tenían la superior inspección de todos los servicios; ellos los que administraban justicia; ellos los que tenían la fuerza; ellos los que, según la capitulación, estaban obligados á la repatriación de nuestras tropas. ¿Qué remedio sino entenderse con ellos?

El Arzobispo, por lo tanto, si quería lograr algo eficaz en pro de los sagrados intereses que le estaban confiados, forzosamente tenía que acudir, como cualquier particular, á las nuevas Autoridades; pero acudió á ellas sólo dentro del justo límite que le imponía su condición de español y Prelado católico. Mis tratos con los americanos y mi permanencia en Manila no obedecieron á otros fines que éstos: 1.º Cumplir mis deberes religiosos de Prelado. 2.º El alivio y, en lo posible, la libertad de los prisioneros españoles en poder de los filipinos. 3.º Asegurar la conservación de las numerosas obras pías españolas existentes en Manila.

_Cumplir mis deberes religiosos como Prelado._--Esa era mi principal obligación, como lo es de un militar mantener el honor de las armas, y de un padre cuidar de sus hijos. Al presentarme el Gobierno español para la sede de Manila, sabía que, una vez expedidas por el Sumo Pontífice las bulas de mi institución, echaba sobre un súbdito suyo un vínculo sacratísimo que le ligaba estrechamente con su grey, interín el Jefe Supremo de la Iglesia no relajara esos lazos. Esto es elemental para cualquiera que haya saludado el Derecho Canónico. Un Pastor no puede nunca abandonar su rebaño, sino cuando lo justifiquen las causas que establecen los cánones y acompañe el permiso de la Silla Apostólica. Los obispos de la Alsacia y la Lorena no abandonaron á sus diocesanos aun después de la guerra franco-alemana, no obstante haber sido presentados para sus respectivas sedes por el Gobierno francés, que perdió entonces aquellas provincias. Los Prelados de Santiago de Cuba y de la Habana no salieron de sus diócesis hasta que la Santa Sede no les otorgó el correspondiente permiso. Y como la Santa Sede, lejos de concederme esa licencia, me ordenó continuara al frente de la Metrópoli de Filipinas, mi deber era cumplir ese soberano mandato; hasta que, por último, en Septiembre de 1900, estando ya en Manila un Delegado Apostólico, recibí autorización para ir á la capital del Cristianismo, con objeto de hacer la visita _ad limina_ é informar personalmente al Papa acerca del estado de la Iglesia católica en el Archipiélago; no para defender los bienes de nadie, como quiere hacer creer á sus despreocupados lectores la prensa sectaria. (Apéndice núm. 16 y 17.)

¿Tenía razones el Sumo Pontífice para obrar de ese modo? Para los buenos católicos, basta saber que así lo hizo. Y los que no lo sean, reflexionen el estado de anarquía en que quedó el Archipiélago á consecuencia de tantas y tan hondas convulsiones; el cisma en que cayó buena parte, aunque la más ignorante y relajada, del clero filipino; y que las diócesis de Nueva Cáceres y de Nueva Segovia carecían de Prelado, porque al primero le habían obligado sus dolencias á salir de las Islas, y al segundo retenían prisionero los tagalos, con cerca de trescientos religiosos y algunas religiosas.

_Alivio y libertad de los prisioneros españoles._--Este fué, desde el primer momento, uno de los cuidados que más vivamente me preocuparon, y al que dediqué toda mi actividad, como, en honor á la verdad, me complazco en decir que en esto trabajaron muchísimo las Comisiones civiles y militares que allí tuvo el Gobierno, todo el comercio español en Manila, el Casino Español, las Ordenes religiosas y varios filipinos y extranjeros, que, lamentando la triste situación de tantos miles de prisioneros, nos prestaron su generoso concurso para tan humanitaria empresa. El resultado de tantos afanes fué, desgraciadamente, estéril, por lo que atañe á la libertad de los cautivos, quienes no pudieron libertarse hasta que las armas americanas fueron batiendo al ejército revolucionario, y sucesivamente apoderándose de todas las provincias del Archipiélago. Pero que se trabajó _por todos_ con entusiasmo á dicho fin, y que se logró aliviar algún tanto el sufrimiento de tanto desgraciado, es cosa evidentísima y palmaria, que consta en la prensa de Manila y de la Península, y de cuya verdad el Gobierno debe poseer abundantes é incontrastables testimonios.

Las gestiones del Arzobispo y del Clero regular á ese fin, fueron, entre otras, las siguientes:

Se telegrafió á Roma y á Baltimore, para que el Delegado Apostólico en Washington, en unión con el Cardenal Gibbons, interesara del Gobierno americano diese á sus representantes en Filipinas órdenes conducentes al alivio y rescate de los prisioneros. Repetidas veces se enviaron al campo insurrecto, en las provincias de Bulacán, Tarlac, Ilocos, Lepanto, Cagayán, Isabela y Camarines, cuantos emisarios indios, chinos y yanquis se pudieron, llevando socorros de víveres y dinero, mereciendo citarse entre esas personas el sacerdote católico del _Olimpia_ Mr. Reaney, que á dicho fin se puso á disposición del Prelado. Se suplicó con grandes instancias al Gobernador Capitán General americano, Mr. Ottis, que enviara á Cagayán un barco de guerra con auxilios para los cautivos de aquella región, en donde sabíamos que los insurrectos los trataban cruelísimamente. Por medio del coronel católico Mr. Smith se entablaron activas negociaciones con el Gobierno de Malolos, á fin de conseguir mejorase el trato que daban á los prisioneros, lo cual, en parte, si bien pequeña, se logró, aunque fracasaron los intentos de rescate. Se envió al Presidente del gobierno insurrecto una Comisión de respetables sacerdotes filipinos, á cuyo frente fué el Dr. D. Mariano Sevilla, que gozaba gran prestigio ante los mismos revolucionarios. Dirigí expresivas cartas á varios de los ministros de Aguinaldo, antiguos discípulos míos; y hasta conseguí que el insigne jurisconsulto filipino D. Cayetano S. Arellano aceptase la cartera de Secretario de Estado, sólo con el patriótico fin de libertar á los prisioneros; intento que también fracasó, porque dicho señor se vió obligado á renunciar su puesto por la ruda oposición que le hicieron los masones que formaban la corte del jefe de la insurrección. El Clero indígena, único que podía seguir ejerciendo su ministerio en el territorio insurrecto, recibió de su Prelado órdenes terminantes para socorrer á los prisioneros, incluso autorizándoles para invertir en esa obra de caridad los fondos de las parroquias y hasta los vasos sagrados; disposición que dió algún resultado, puesto que varios de los militares y paisanos libertados se me presentaron á darme las gracias por los socorros recibidos de sacerdotes indígenas, en cumplimiento de lo mandado. Prestóse con dicho fin el más caluroso apoyo á los generales Ríos y Jaramillo y á los señores del Río y Toral, como fué notorio en Manila, y hasta la prensa de Madrid lo publicó. A muchos de los ya libertados se les facilitó ropa y albergue en Manila, y dinero para su embarque á España. Mantuve igualmente correspondencia con el Gobierno de la Nación, indicándole los medios á mi juicio más oportunos para la más feliz solución de tan triste negocio; y el Gobierno, no sólo aprobó mi conducta, sino que me llegó á decir que hacía muy bien en no salir de Filipinas _mientras hubiera un solo prisionero_.

Era entonces Presidente del Consejo de Ministros D. Francisco Silvela, que fué quien, por despacho cablegráfico, me comisionó para dicho fin, independientemente de los funcionarios civiles y militares que tenían igual encargo. (Apéndice núm. 10.)

No debe omitirse especialmente cuanto hizo el almirante Dewey para salvar al glorioso destacamento de Baler, que mantuvo enhiesta la bandera española más de un año después de arriada en Manila. A ese objeto, valiéndome de la amistad que ya entonces me unía con el capellán del _Olimpia_, escribí á dicho Almirante tuviera la bondad de enviar á Baler un buque menor de su escuadra para recoger y traer libres á Manila á aquellos héroes. Mr. Dewey accedió á mis instancias; pidióme una carta escrita de mi puño y letra al Jefe de aquel destacamento, para que, dando crédito al oficial de la escuadra yanqui que se la presentara, no tuviera inconveniente en seguirle con la fuerza á sus órdenes y trasladarse á bordo del barco yanqui. Pidióme además un plano de la costa de Baler, plano que facilitado por el eminente cartógrafo D. Enrique D’Almonte, también se le envió; y, dispuesto todo, zarpó para Baler el cañonero _Yorktown_. La expedición no pudo ser más desgraciada. Al bajar á tierra, los insurrectos rodearon al oficial y soldados americanos que habían desembarcado; murieron en la refriega dos marineros, y otros fueron heridos; y, agotadas las municiones, se vieron en el trance de rendirse los restantes, quedando en poder de los filipinos un oficial, un contramaestre, dos cabos y nueve soldados.

Mr. Dewey, profundamente apenado por una desgracia que no tuvo que lamentar en el combate de Cavite, después de comunicarme tan triste nueva, tuvo la bondad de visitarme en mi propia casa, por lo cual me creí obligado á devolverle la visita á bordo del buque insignia, repitiéndole las gracias por todo lo hecho en favor de nuestros soldados de Baler. (Apéndice número 13.)

Esa fué la única vez que yo fuí á bahía. A Cavite, ni una sola vez; y, por lo tanto, carece de fundamento la acusación de que bendije á los barcos yanquis en Cavite; de que pronuncié discursos en el aniversario de su triunfo naval, y otros infundios de igual monta. Ignoran, quienes esto dicen, que los americanos tuvieron la gran delicadeza de no celebrar ese aniversario, ni el de la rendición de Manila, indudablemente por no herir las nobles susceptibilidades de los vencidos que allí estábamos.