Defensa obligada contra acusaciones gratuitas
Part 2
El número de personas no combatientes, entre enfermos, heridos, ancianos, mujeres y niños refugiados en intramuros, excedía de treinta mil, según se hace constar en el proceso citado. Hacerlos salir de la ciudad era de todo punto imposible, en razón á que más de cincuenta mil indios cercaban la plaza por tierra, y por mar estábamos bloqueados; y aun cuando los americanos no mostraron oposición á que se refugiaran en los buques mercantes cuantos pudieran, es lo cierto que con eso sólo se lograba poner á salvo un millar de personas, á lo sumo, teniendo forzosamente que quedar en la plaza todos los hospitales y la inmensa mayoría de la población no combatiente.
En estas circunstancias, el General Jáudenes nos convocó, no para pedir nuestro voto respecto á rendir la plaza, pues demasiado sabía que eso le estaba severamente prohibido por las Ordenanzas militares, sino para conocer el estado de la opinión pública respecto al ataque anunciado por los yanquis, y así tener una base popular, si cabe la palabra, en qué fundar su contestación al enemigo.
_C_) Que yo no fuí el primero en hablar, sino el sexto, y que, por lo tanto, es un mito que yo determinara á los demás á seguir mi dictamen, lo prueba igualmente el Acta. Primero, hace constar que «respecto al estado de ánimo del vecindario y opinión del mismo á consecuencia de la proximidad de las operaciones que el enemigo ha anunciado que va á intentar por mar y tierra, se hicieron francas, _patrióticas_ y _terminantes declaraciones_ POR TODOS Y CADA UNO _de los señores del elemento civil_, pues los del elemento militar tenían que reservar las suyas para cuando llegue el momento de reunir el Consejo de Generales que previene la Ordenanza». Luego es evidente que TODOS Y CADA UNO de los señores del elemento civil hicieron allí francas y patrióticas declaraciones en su nombre y en nombre del vecindario, por cuya opinión se les preguntaba. Luego, ni el vecindario de Manila, ni las Autoridades civiles allí convocadas, dieron la menor señal de dudoso ó ambiguo patriotismo. Eso afirma categóricamente el acta oficial, firmada por todos los asistentes al acto; y decir lo contrario es inventar cuentos turcos ó recoger chismes de plazuela.
Prosigue el Acta: «El primero que usó de la palabra sobre el punto en cuestión fué el Sr. Director de Administración civil (D. Lorenzo Moncada), haciendo presente que la opinión pública, sobrexcitada por los sucesos actuales, convencida de que la plaza no cuenta con elementos de resistencia suficientes y de que no hay esperanzas de auxilios, se pronunciaba en favor de una capitulación honrosa antes que llegara el caso de una rendición á discreción, porque con aquélla podrían obtenerse mayores ventajas, sin mengua del honor del Ejército, que está á salvo de toda imputación después de la heroica defensa que ha sostenido.--El Sr. Gobernador civil (D. Juan García Aguirre), manifestó que, por razón de su cargo, había tenido que recibir á muchas familias y muchas indicaciones sobre el tristísimo cuadro que ya se presentaba ante la proximidad de un bombardeo, dada la acumulación de gente y de hospitales dentro de la plaza; aseguró que el ánimo de la generalidad se encontraba abatido ante la perspectiva de una resistencia sin esperanzas de ninguna clase, y que considerando que el valor y la abnegación del Ejército se ha colocado á una altura que causa la admiración de propios y extraños, verían con gusto que la Autoridad militar, por consideraciones de humanidad y estimando que la resistencia extremada sólo ocasionaría víctimas y perjuicios, sin ningún fin práctico para la Patria, aprovechase el momento más oportuno para intentar una capitulación honrosa. Añadió que, al transmitir estas opiniones, como Jefe de la provincia, ha tenido que prescindir por completo del carácter militar que le da su carrera, á fin de que aquéllas fueran el reflejo fiel de la opinión de sus subordinados.--El Sr. Alcalde de Manila (D. Eugenio del Saz Orozco), de conformidad con lo manifestado por el Jefe de la provincia, dijo que la población se halla realmente consternada ante el peligro que la amenaza; y que, fijándose en la finalidad que puede tener la resistencia, ve que ésta ha de ser de ningún resultado práctico para la honra y conveniencias nacionales. Entiende, por lo expuesto, que todo el mundo se hallaría dispuesto á sacrificarse en holocausto de la Patria, si para ésta significase alguna ventaja nuestro sacrificio; pero que, no siendo así, todos deseaban que, en cuanto sea compatible con la honra del Ejército, que es la de España, por más que ésta está ya á salvo con lo hecho, se limite la defensa á lo puramente necesario para lograr tal objeto, sin causar el número de víctimas de seres inocentes que ocasionaría el bombardeo.--El Sr. Fiscal de la Audiencia (D. Joaquín Vidal y Gómez) dice que, no por falta de valor, sino por creer que no puede ya obtenerse resultado alguno beneficioso para la Patria, la opinión pública se inclina á que se eviten mayores é inútiles desgracias, puesto que, á su juicio y al de todo el mundo, el Ejército ha hecho cuanto humanamente puede hacerse para dejar, como siempre, probado su heroísmo.--El Sr. Intendente general de Hacienda (D. Antonio Domínguez Alfonso) manifiesta que, por efecto de la vida de retraimiento que hace, no conoce bien el criterio de la generalidad con respecto á la situación actual de la plaza; pero que, fijándose en los términos de los telegramas del Gobierno, deduce que éste no pide un sacrificio inútil; y, sobre todo, se ve claramente que, al pensar en la rendición de la plaza, desea, prolongando lo posible la resistencia, la conservación de este Ejército».
Tocóme hacer uso de la palabra, y creí un deber de mi sagrado ministerio exponer breve y sucintamente la doctrina que la Iglesia, por medio de sus Maestros de Teología Moral, enseña acerca de cuándo y cómo es lícito en una plaza sitiada sacrificar la vida del soldado y de las personas en ella albergadas. Callar en aquella sazón, y después de haberse expresado tan terminantemente los cinco señores que me habían precedido, hubiera sido indigna cobardía. Disfrazar mi leal opinión y no decir cuanto un obispo católico debe decir en esos trances, hubiera equivalido á manchar mi conciencia traicionando la verdad, que toda entera debía á mi querida Patria en aquellas azarosas circunstancias. Uno y otro recurso repugnaban además á mi condición franca é ingenua, indómita y rebelde á todo género de hipócritas convencionalismos. Hablé, pues, y dije lo que expresa el Acta, en los siguientes términos:
«El Sr. Arzobispo admira, como lo admiran todos, cuanto ha hecho nuestro valiente Ejército, resistiendo con bravura día y noche durante tres meses los ataques de dos enemigos coaligados, sufriendo las inclemencias del tiempo sin un lamento, ni una queja, y llegando á la extenuación física por la carencia de buenos alimentos en estos últimos días; y le desalienta pensar que puedan faltarle al soldado las fuerzas físicas en el momento más crítico, viéndose rendido por la fatiga más que por el fuego del fusil enemigo. Llama muy especialmente sobre esto la atención, manifestando que las resistencias hasta el heroísmo están justificadas cuando se obtiene alguna ventaja nacional; pero, si no la hay, como sucede en la ocasión presente, pues ni esperanzas de auxilio ni de noticias podemos tener, la resistencia extremada para satisfacer un poco más el amor propio del Ejército, sólo traería mayores desgracias, mayores víctimas y mayores quebrantos, y para evitarlo deben imponerse los sentimientos de humanidad. Considera al Ejército sobradamente á salvo de toda duda y digno de la mayor consideración y del entusiasmo que produce la heroica defensa que ha realizado, y pide á la Autoridad superior militar tenga presente en el momento supremo las desgracias y víctimas inocentes que puede ocasionar un exceso de pundonor militar, que si encaja bien en el General, no exime de responsabilidad al Gobernante.»
Mis palabras no necesitan comentarios. Eso creo es lo que debía decir un Prelado, cuya misión es ilustrar las conciencias y evitar inútiles escenas de sangre, salvo el honor del Ejército, y en la hipótesis de que prolongando la defensa no se obtuviera alguna ventaja; lo cual no se veía entonces, porque, como ya he dicho, ignorábamos que se estuviera negociando el armisticio de Washington.
Cumple á mi intento, ya que de la rendición hablo, deshacer una grosera imputación, tan gratuíta como las demás, que con ese motivo se me ha hecho en la prensa.
Se ha dicho que si el Arzobispo se mostró contrario á que se opusiera por nuestro Ejército mayor resistencia que la que se opuso, se debió al ruin y egoista propósito de evitar el incendio y ruina de los edificios religiosos y de las fincas que en Manila poseía la Iglesia. Acusación maliciosa y sectaria, que queda reducida á polvo con sólo recordar que, si esa hubiera sido la razón, no habría manifestado al Clero en masa, como manifestó durante todo el mes de Mayo, y antes de ser cercada la ciudad por los insurrectos, que preferiría mil veces ver incendiada y asolada Manila, antes que se entregara á los americanos, que amenazaban con bombardearla. Entonces, acertadísimamente, y cual es de rigor en tales casos, había dispuesto el General en Jefe que evacuaran la ciudad murada todos los no combatientes en condiciones de efectuarlo. La evacuaron todos cuantos pudieron. Se ideó trasladar á enfermos, mujeres y niños á San Juan del Monte y á las puntos á donde no pudieran llegar los cañones de la escuadra yanqui, dispuestos á defender el territorio nacional, aunque los americanos se apoderaran de la plaza, en la forma que lo efectuó en el siglo XVIII el heroico Anda. Nadie, absolutamente nadie, protestó entonces; y es plena justicia que no me negarán mis detractores, que el Arzobispo y los Religiosos no fueron entonces los últimos en manifestar que antes de rendirse al enemigo preferirían ver la ciudad reducida á escombros. ¿A qué, pues, esa imputación calumniosa? ¡No hubiera estado Manila en el mes de Agosto cercada por mar y tierra, sin esperanza alguna de auxilio, y destituída de suficientes medios ofensivos á juicio de nuestros generales, y se hubiera visto cuán poco pesaba en nuestra consideración la conservación de esas fincas, como no pesó cuando la poderosa escuadra de Dewey, antes de llegar su ejército de tierra, amenazó con bombardearnos!
Continúa el Acta expresando los pareceres del Secretario del Gobierno general y del Presidente de la Audiencia acerca del punto consultado, y dice: «El Secretario del Gobierno general (D. Luis Sein Echaluce), que por orden de colocación tuvo que usar de la palabra en este momento, manifestó que, no habiendo esperanza alguna de recibir auxilios, pues oficialmente sabemos que no vienen, ni esperanzas de noticias de paz, porque, aunque las hubiera, el enemigo cuidaría de que no llegasen á nosotros, y toda vez que está reconocido palmariamente por todos, y hasta por los mismos extranjeros que simpatizan con los norteamericanos, que nuestro valiente ejército ha rebasado los límites del heroísmo, lo más humanitario resulta aceptar una capitulación honrosa, sacando de ella las mayores ventajas posibles, aprovechando para esto el momento más oportuno á juicio de nuestras dignas Autoridades militares.--El Sr. Presidente de la Audiencia (D. Servando Fernández Victorio) manifestó que, por su parte, estaba de acuerdo con todo lo expresado por los señores que le habían precedido en el uso de la palabra; pero creía que las órdenes del Gobierno eran terminantes para que se prolongara la defensa de la plaza; á lo cual se le replicó que del texto de los telegramas no se deduce que la defensa de Manila haya de llegar á extremos inútiles.»
Debo advertir que se nos exhibieron todos los telegramas oficiales, y que en el último de ellos, fechado en Madrid el 1.º de Agosto, el Gobierno se limitaba á comunicar lo siguiente: _Admitidos Academia, todos aprobados exámenes_. Su contenido dice más que los más elocuentes comentarios.
En vista de que los dictámenes de los ocho que allí hablamos, estaban conformes en cuanto al fondo, ¿cuál fué el resultado? ¿Se adoptó, ni remotamente, el pensamiento de capitular? En modo alguno. Véase cómo termina el documento oficial: «El Sr. Presidente, oídas todas las manifestaciones hechas, agradeció á los presentes su atención, asegurándoles que por su parte no ha de olvidar cuantas indicaciones se le han hecho, y que todo aquello que quepa dentro de la honra del Ejército, que es la suya propia, para dar lugar á sentimientos de humanidad, lo ha de hacer sin vacilación. Y no habiendo otro asunto de qué tratar, se acordó levantar la presente Acta, que, suscrita por todos, deberá entregarse al Excelentísimo Sr. General Jáudenes á los efectos que estime oportunos.»
_D_) Que esa junta no influyó para nada en las operaciones militares, ni mucho menos en la capitulación, lo demuestran los datos siguientes:
El mismo 7 de Agosto, ó sea el anterior á la celebración de esa junta, el General Jáudenes había ya contestado á la comunicación de los americanos en esta forma:
«El Gobernador general y Capitán general de Filipinas.--Al Mayor General del Ejército y al Contraalmirante de la Armada, Comandantes respectivamente de las fuerzas de tierra y mar de los Estados Unidos.--Señores: Tengo el honor de participar á SS. EE. que á las doce y media del día de hoy he recibido la notificación que se sirven hacerme de que, pasado el plazo de cuarenta y ocho horas, pueden comenzar las operaciones contra esta plaza, ó más pronto, si las fuerzas de su mando fuesen atacadas por las mías.--Como su aviso es dado con objeto de poner en salvo las personas no combatientes, doy á SS. EE. las gracias por los sentimientos humanitarios que han demostrado, y que no puedo utilizar, porque, hallándome cercado por fuerzas insurrectas, carezco de puntos de evacuación á donde refugiar el crecido número de heridos, enfermos, mujeres y niños que se hallan albergados dentro de murallas.--Muy respetuosamente B. L. M. á SS. EE., _Fermín Jáudenes_, Gobernador general y Capitán general de Filipinas.»
Insistieron los americanos con el siguiente documento:
«Cuartel general de las fuerzas de mar y tierra de los Estados Unidos.--Bahía de Manila, 9 de Agosto de 1898.--Señor Gobernador general y Capitán general de Filipinas.--Señor: Los sufrimientos inevitables que resultarían á los heridos, enfermos, mujeres y niños, en caso de que fuese menester destruir las defensas de la plaza murada, dentro de la cual están refugiados, apelarán con éxito á las simpatías de un General, capaz de hacer la resistencia determinada y prolongada, llevada á cabo por V. E. después de la pérdida de vuestras fuerzas marítimas, y sin esperanza de auxilio. Por consiguiente, creemos, sin perjuicio de los altos sentimientos de honor y deber que V. E. abriga, que rodeado como se halla por todos lados por una fuerza que diariamente se aumenta, con una poderosa escuadra en frente, y privado de toda esperanza de refuerzos y auxilio, resultaría un sacrificio inútil de vidas en caso de un asalto, y, por lo tanto, toda consideración de humanidad impera que usted no someta vuestra ciudad á los horrores de un bombardeo; por ello demandamos la rendición de la ciudad de Manila y las fuerzas españolas á vuestro mando.--Firmado: _W. Merrit_, Mayor general del Ejército de los Estados Unidos L. P.--_George Dewey_, Contraalmirante de la Armada de los Estados Unidos, etc., etc.»
Entonces el General Jáudenes reunió la Junta militar de defensa, en la cual, (según consta del referido proceso), de los quince vocales, reconociendo todos la falta de medios ofensivos, siete se declararon por que desde luego se iniciaran tratos de capitulación, y ocho por que se prolongara la resistencia hasta que se rompiera la línea exterior. Habiendo, pues, un voto de mayoría, el General en Jefe acordó prolongar la resistencia; pero antes dirigió al enemigo la siguiente comunicación:
«El Gobernador general y Capitán general de Filipinas.--Manila, 9 Agosto de 1898. Al Mayor General del Ejército y al Contraalmirante de la Armada, Comandantes respectivamente de las fuerzas de tierra y mar de los Estados Unidos.--Señores: Recibida la intimación de SS. EE. para que, obedeciendo á sentimientos humanitarios que invocan, y de los que yo participo, rinda esta plaza y las fuerzas á mis órdenes, he reunido la Junta de defensa, la que manifiesta no puede acceder á su petición; pero, teniendo en cuenta las circunstancias excepcionalísimas que en esta plaza concurren, SS. EE. exponen, y yo, por desgracia, tengo que reconocer, podría consultar á mi Gobierno, si SS. EE. otorgasen el plazo estrictamente necesario para hacerlo por la vía de Hong-Kong.--Muy respetuosamente B. L. M. á SS. EE., _Fermín Jáudenes_, Gobernador general y Capitán General de Filipinas».
A esto respondieron el 10 de Agosto los Generales americanos denegando el plazo pedido; y el 13 se verificó el ataque combinado de las fuerzas yanquis de mar y tierra, en el cual, una vez rota, por el lado de San Antonio Abad, _la línea exterior_, se izó bandera de parlamento, firmándose la capitulación, sin que el Arzobispo, desde el mencionado 8 de Agosto, tomara parte alguna, ni directa, ni indirectamente, en nada que se refiriera á dicho asunto.
Mientras el ataque del día 13, hallábame yo con mis familiares rezando el rosario, y no supe que se hubiese izado bandera de parlamento, ni que los americanos habían entrado en Manila para acordar con nuestros Jefes la capitulación, hasta que un amigo íntimo vino á comunicarme tan tristísima nueva.
Para concluir este párrafo, no será superfluo notar que los mismos periódicos, _El Imparcial_, _El Heraldo_, _El Liberal_, _El País_, etc., que ahora se rasgan como Caifás las vestiduras, llamándome traidor por lo que dije en la referida Junta, decían lo mismo que nosotros mucho antes que Manila capitulara. Como muestra, y para no cansar á mis lectores, vean las siguientes palabras de _El País_, que el día 21 de Junio de 1898 publicaba con el título _La Rendición de Manila_: «Sentar como regla invariable que todo gobernador de una plaza sitiada se ha de enterrar literalmente en los escombros de sus muros como en Numancia, es una ferocidad que ninguna falta hace á las que desgraciadamente envuelve la guerra. En esta, como en otras muchas cosas, lo absoluto no es lo verdadero ni lo factible, y lo que con exagerar se logra es _extraviar la opinión_..... La guarnición de Manila es posible que capitule, y _no por eso habrá de sufrir tacha en su honra, ni quedar quebrantado el honor nacional_. Reducida al recinto amurallado, que mide poco más de 2.600 metros de circunferencia, y cuya longitud es de 1.000 metros por 500 en su mayor anchura, en tan reducido espacio, que rodea una regular muralla bastionada con su correspondiente foso y contrafoso, á pesar de los baluartes que coronan las citadas murallas, del fuerte de San Gabriel, de la fortaleza de Santiago y de algunas baterías que suponemos carecerán de cañones modernos, sin municiones ni vituallas, aislada de toda comunicación con las comarcas fieles, y sin esperanza de próximos auxilios, la situación de esta ciudad, por mucho que sea el valor y constancia de sus defensores, es _verdaderamente desesperada_. No hay que hacerse ilusiones, _ni debemos engañar al país_: la rendición de Manila, si ya no ha tenido lugar, _será un hecho en plazo breve_, sin que ya puedan evitarla los tardíos refuerzos que se le destinen».
§ II
Que fuí mal español durante la guerra hispano-americana.
(IMPUTACIONES 3, 4 Y 5.)
_A_) Declarada la guerra á España por los Estados Unidos, y sobre todo después del asesinato naval de nuestra escuadrilla de Cavite por la poderosa flota del entonces Comodoro Dewey, la situación de nuestra soberanía en el territorio filipino no podía ser ni más comprometida, ni más angustiosa. El contingente de tropas peninsulares era relativamente exiguo, y distribuído por las Visayas, Mindanao y Joló, sin contar las que guarnecían varias provincias de Luzón, donde todavía se agitaban partidas insurrectas. De la Península, bien se veía que no podíamos esperar refuerzos, los cuales, de recibirse, probabilísimamente llegarían cuando no hicieran falta. Carecíamos de barcos con que comunicarnos con las demás islas del Archipiélago, á consecuencia del riguroso bloqueo establecido por la escuadra americana; y ni cable teníamos, porque el enemigo se había apresurado á recogerlo en cuanto se apoderó de la bahía. En realidad, estábamos abandonados á nuestros propios esfuerzos, y había que apelar á medidas extraordinarias.
Una de ellas fué la creación de las milicias filipinas.
El ejemplo de D. Simón de Anda y Salazar en el siglo XVIII y el reciente del general Primo de Rivera creando varios batallones de Voluntarios provinciales poco antes de la paz de Biacnabató, abonaban esa medida. Discutióse el punto en Junta de Autoridades y de otras personas de gran representación en Manila, y fué aprobado. El país se mostraba entonces acreedor á esa excepcional prueba de confianza; pues como advierte D. Manuel Sastrón en su excelente obra _La Insurrección de Filipinas y guerra hispanoamericana_, cap. IX: «No tardó en adherirse al entusiasmo sentido y por modo admirable expresado en Manila, el de la colonia peninsular residente en las provincias y el de leales insulares, queriendo también en tal ocasión ofrecer sus servicios para la defensa de la causa de España, cabecillas tan importantes como Mójica, Frías, Pío del Pilar, Ricarte, Riego de Dios y otros que no habían ido á Hong-Kong con Aguinaldo. Mas lo que podía considerarse como la demostración más evidente de que los naturales filipinos disponíanse á verter entonces su sangre con la nuestra defendiendo la bandera española, era el hecho de que muchas de las partidas que venían luchando con igual tenacidad que la demostrada antes de aquel pacto, depusieron inmediatamente su actitud facciosa.» Y más adelante, en el capítulo XII, añade: «Es el hecho, que el paréntesis observado en las operaciones de la escuadra Dewey iba alentando los ánimos, y adquirieron éstos mayores bríos entre nosotros por la actitud que señaló gran parte del elemento revolucionario, deponiendo sus injustos odios contra la causa española y mostrándose adheridos á la misma. En un solo día, ocho cabecillas de los de mayor prestigio acudieron á ofrecer sus servicios al General Augustin; los principales jefes de la rebelión en Cavite ofrecieron castigar ellos mismos los tulisanes que habían saqueado el Arsenal y la plaza de Cavite. La adhesión de los revolucionarios filipinos no se limitaba á expresarse por los más conocidos de Manila y Cavite, sino que en las demás provincias de Luzón presentáronse á indulto con iguales protestas de arrepentimiento los cabecillas más significados: bien enérgicas eran las manifestaciones que en defensa de la Patria española contra los americanos elevaron al Capitán general los cabecillas Torres, Gatmaitan, Villavicencio y otros muchos.»