Deberes de buena sociedad

Part 3

Chapter 34,218 wordsPublic domain

Se ponen de rodillas las señoras al entrar el Papa en la galería donde están aguardando, y no se levantan hasta que se lo indica Su Santidad.

Al ser introducido en el salón de audiencia el postulante, en vez de las tres reverencias que se hacen a un soberano, tres genuflexiones, una al entrar, otra a la mitad del salón, y otra junto a Su Santidad, quedándose arrodillado hasta terminada la audiencia, o hasta que el Papa le invite a ponerse en pie.

Petición de audiencia a un soberano

Para obtener audiencia de un soberano, se envía a mano del mayordomo de palacio una petición explicando claramente y sin difusión la causa por que se solicita la audiencia, incluyendo otra petición breve y concisa dirigida al soberano.

Traje

Preséntanse a esta audiencia las señoras con traje sencillo, elegante y de colores no vistosos, sin llevar manguito ni abrigo, que dejarán siempre en la antecámara; los caballeros de frac, corbata blanca y guante blanco, si bien la moda autoriza el blanco-perla, llevándose puesto solo el de la mano izquierda. Si la audiencia fuese por la mañana, se llevará levita. Vestirán de uniforme, si pertenecen a un cuerpo, orden o instituto que les autorice a llevarlo.

Ceremonial

El interesado debe llegar con mucha exactitud a la hora fijada. Nunca se ha de dar ocasión a que el que concede la audiencia pueda repetir la frase de Luis XIV: «He estado a punto de esperar...»

Al entrar en el salón de espera, saluda si hay gente, desde la puerta, y en seguida toma asiento en una butaca o en una silla, según sea señora o caballero, aguardando a que el gentil hombre de servicio pronuncie su nombre en alta voz.

Entonces, saludando a los que quedan en la sala, pasa al salón de audiencia.

Al entrar en él hará una reverencia; a los pocos pasos la segunda, y al acercarse al soberano la tercera, esperando respetuosamente a que este le dirija la palabra.

Terminada la audiencia, se retirará el peticionario, haciendo una reverencia en medio de la sala y otra junto a la puerta.

A un ministro, obispo o príncipe de la Iglesia

Se solicita la audiencia de un ministro, de un cardenal o de un obispo, mediante una petición dirigida a la secretaría, que se envía franqueada por el correo, o se manda a mano, que es lo más regular.

Traje

Para presentarse a un príncipe de la Iglesia los caballeros llevan guante blanco; las señoras guante negro, con traje y velo del propio color.

A la audiencia de obispo o ministro van las señoras con traje sencillo; los caballeros con guantes de medio color y levita ajustada.

Ceremonial

Se hace una reverencia al ser introducido en el salón donde recibe el personaje a quien se visita, y otra al llegar a su presencia.

Los hombres permanecen de pie durante la audiencia; las mujeres toman asiento si se les ofrece.

El peticionario espera que se le invite a hablar para exponer su pensamiento, en forma breve y respetuosa, despidiéndose en cuanto se le significa que la audiencia está terminada.

Al salir hará una reverencia junto a la puerta del salón.

Tratamientos

Es excusado advertir que en las audiencias se da al personaje visitado el mismo tratamiento que en la petición escrita.

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Bodas

Invitaciones

Las invitaciones para una boda deben repartirse con quince días de anticipación. No se invita a los amigos para el matrimonio de una viuda, aunque se celebre, como es lo más regular, después de espirado el bienio de luto.

Si se casa un viudo con una soltera se observa la etiqueta como si fuese soltero, especialmente si el matrimonio se verifica después del periodo de luto.

Al matrimonio de una señorita de más de treinta años, que se celebra de mañana sin pompa, como el de una viuda, se invita solo a los parientes verbalmente o por carta.

Regalos

Toda persona invitada a una boda ha de hacer un regalo a la novia. Muchos lo hacen antes de recibir la invitación; algunos en cuanto se les comunica que los novios están prometidos formalmente y que la boda no tardará en realizarse.

Sería una grosería dejar de invitar a una persona que mandó regalo.

Algunos días antes de la boda suelen enseñarse por la tarde los regalos si son numerosos y de gran valor: es bonita moda el rodearlos de flores.

Estos regalos se remitirán después sin tardanza, para servirse de ellos, al domicilio de los recién casados. El guardarlos aparte para enseñarlos a las visitas no revelaría buen gusto.

Trajes

La desposada vestirá traje blanco o claro. Siendo ya de cierta edad, no debe ponerse flor de azahar, pero sí otras flores.

La viuda que vuelve a casarse tampoco lleva la flor de azahar, ni velo nupcial: llevará sombrero o mantilla negra de tul o de blonda y vestido de color, si bien de matiz pálido.

Si quiere puede quitarse el anillo de sus primeras nupcias, o ponerlo en otro dedo; pero lo más usual es ponerse el segundo sobre el primero en el dedo anular izquierdo.

Una viuda enlutada vestirá de medio luto el día de boda de una hija suya.

Nadie debe asistir de luto a una boda: la persona que lo lleve reciente obrará bien excusando su asistencia.

Entrada en el templo

Todos los invitados han de llegar al templo antes que la novia a fin de esperarla; como también el novio y su padrino, que tomarán puesto a la derecha del altar.

Esperan a la novia en el pórtico del templo la madrina con su madre.

Se entiende por madrinas o doncellas de honor, un número de amigas que la novia invita para que le formen una especie de corte: estas señoritas visten casi siempre de blanco.

Esta costumbre, poco generalizada en España, lo es tanto en el extranjero que no solo tienen madrinas las novias pertenecientes a las principales familias, sino hasta las obreras.

Si la novia tiene hermana que sea madrina, esta se adelantará hacia el templo en compañía de su madre, y a poco rato seguirá aquella acompañada por su padre; si no tiene hermana, se adelantará su padre hacia el templo para recibirla en el pórtico cuando llegue acompañada por su madre. En ambos casos la novia va a la iglesia en el carruaje de su padre.

Al llegar la novia, toma el brazo derecho de su padre o del pariente que en su representación la espera en el atrio del templo, y se dirigen al altar o sitio donde debe verificarse la ceremonia.

Sígueles inmediatamente, formando pareja con una compañera, la madrina, que comúnmente es una hermana soltera de alguno de los novios.

Tras la madrina va la madre de la novia, apoyada en el brazo de su hijo o de otro pariente.

Luego viene la madre de la madrina, y finalmente las señoritas en parejas, excepción hecha de la última fila, en que van tres si es preciso.

Esta procesión nupcial es la única admitida en tales ceremonias.

En el altar

En el altar la novia se coloca a la izquierda del novio, teniendo a su propia izquierda a su padre o pariente varón más allegado, junto al cual se sitúan la madre, hermanas casadas y demás parientes de la familia.

Inmediatamente detrás de la novia se coloca la madrina y las respectivas madres, siguiendo las demás según el orden en que entraron.

Solo pueden llevar ramillete la madrina y la novia.

Esta, al empezar el oficio se quita los guantes, y los da a guardar junto con el ramillete a su madrina.

Así como los parientes de la novia se colocan a su izquierda, o sea a la derecha del altar, a la izquierda de este se sitúan en análoga disposición los acompañantes del novio, que en general pueden muy bien reducirse a su solo padrino, que durante la función está a la derecha de aquel, un tanto atrás.

Los convidados permanecen de pie o se sientan durante la ceremonia, usando o no devocionarios.

Salida

Después de estrechar la mano a los amigos que dan el parabién (sin abrazar, como antiguamente, a la novia y a la madrina), la recién casada coge el brazo de su marido, y el novel matrimonio baja por la nave central, seguido de las madrinas, con el mismo orden que se observó a la entrada.

Salen los primeros los recién casados, que toman el coche del novio, único carruaje que corre de su cuenta, y se dirigen a casa de la novia. Sale en seguida su madre, puesto que ha de recibir en su casa a los convidados, y luego siguen estos sin guardar orden de preferencia.

Los padres de la novia habrán dispuesto el almuerzo para la comitiva.

Llegada a casa de la novia

Al llegar los convidados, van a dar el parabién a los padres de los novios; las señoras tal como vienen; los caballeros quitados los guantes y sin sombrero, que habrán dejado en el recibimiento.

Luego cumplirán la misma ceremonia con los recién casados, que esperan en el salón, donde se reune toda la comitiva antes del almuerzo.

Antes de ir a la mesa, la madre o el padre de la novia indica a los principales caballeros a cuál de las señoras deben acompañar.

Si el caballero no es conocido de la señora que se le designa, le será presentado en estos términos: «Señora Tal, el señor don N. tendrá el gusto de acompañarla al comedor».

Esta presentación no constituye una relación para lo sucesivo, a no desearlo la señora.

Almuerzo

El séquito para dirigirse a la mesa se forma del modo siguiente:

Abren la marcha los nuevos cónyuges, tomando la esposa el brazo derecho de su marido.

Sigue inmediatamente el padre de la novia, dando el brazo a la madre del novio.

Luego el padre de este con la madre de aquella.

En seguida el padrino con la madrina.

Después los demás convidados en el orden de su rango.

Junto a la novia siéntase su padre con la madre del novio, mientras que inmediatos a este toman asiento la madre de la novia y el padre del novio.

La madrina con el caballero que le haya dado el brazo, se sienta en frente de los recién casados.

Un almuerzo de boda es una verdadera comida y suele empezarse por la sopa.

Cuando el almuerzo se toma de pie, además de la mesa larga en el centro de la sala, se disponen otras pequeñas en un lado.

En el almuerzo de pie se suprime la sopa o se sirve en tazas tapadas que se ponen a lo largo de la mesa, en que alternarán, con los adornos de flores, las garrafas de Jerez.

Los criados no sirven el champagne sino a medida que cada caballero lo pida para sí y la señora o señoras que están junto a él.

Brindis

Al terminar el almuerzo se pronuncian los brindis, que deben ser pocos y cortos, especialmente si se almorzó de pie.

El convidado más distinguido brinda por la salud de los recién casados, contestándole el novio, que brinda además por la salud de la madrina.

En nombre de esta responde el padrino.

Pone término el padre del novio brindando por los de la novia.

Despedida

La recién casada abandona el comedor inmediatamente después de los brindis, acompañándola la madrina si es pariente. Los convidados pasan luego al salón, donde la esperarán para despedirse de ella.

No deben prolongarse más de lo necesario las despedidas siendo la última la de los padres de la novia, que la acompañarán basta la puerta.

Baile

Si hay baile el día de la boda, ábrenlo los dos novios. Antes de terminar se retiran estos sin despedirse.

Luna de miel

Algunos matrimonios prefieren pasar en su nuevo domicilio los ocho o diez primeros días de su luna de miel, más bien que hacer un viaje precipitado a cualquier punto extraño. Ambos procedimientos están admitidos y puede elegirse el que más guste.

Devolución de convites

Los convidados a una comida de boda deben devolver el convite a los recién casados y a sus padres.

En la comida se colocará juntos a los nuevos cónyuges, para los cuales serán todos los honores.

A su vez el novel matrimonio convidará a sus amigos a comer antes de medio año.

Esquelas de participación

Si se mandan esquelas de participación, deben enviarse durante la primera quincena del matrimonio, conteniendo las señas del domicilio conyugal.

Gastos

Los carruajes, así como todos los gastos de la ceremonia, son de cuenta del esposo, al paso que la comida y la fiesta de la noche, si la hay, corren a cargo de la familia de la nueva esposa.

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Banquetes

En los antiguos tiempos era acontecimiento que requería grandes preparativos una comida, y las más de las veces colosal dispendio, debido a la manera especial de vivir de aquella sociedad; hoy se han convertido, siendo cosa corriente, en almuerzos, comidas y cenas, y es obsequio que se ofrece y admite sin darle otra importancia que la que tiene la muestra de consideración que entraña el invitar, a la cual se corresponde aceptando.

Hubo época en que se dio al olvido que se come para vivir y se vive para comer. Absurdas y hasta monstruosas parecen ciertas costumbres en los banquetes admitidas y que conoce hasta el menos experto; pero por fortuna van desapareciendo, siendo sustituidas por otras que convierten los banquetes en reunión agradable, en que la materialidad de la comida es el pretexto.

En los almuerzos, banquetes y cenas debe tenerse en cuenta la observación que acabamos de hacer, puesto que les da su verdadero carácter, y por lo tanto hay que cuidar de que los platos no revelen mal gusto por su número, pues no se muestra más espléndido ni cortés el que da más de comer, sino el que da mejor y con más galantería. La mejor sazón de los manjares es la finura de los anfitriones y la amenidad de la conversación. Siendo la conversación el gran aliciente de estas reuniones, se ha de tener muy en cuenta el carácter y circunstancias de los comensales para su colocación, pues fuera de muy mal gusto poner juntas a dos personas enemistadas o cuya diversidad de opiniones hiciese punto menos que imposible el conversar, porque en este caso, en martirio se convertiría el rato que debiesen permanecer una al lado de otra. La conversación ha de ser culta y variada, sin que se levante la voz ni parezca que se hable en secreto, pues en el primer caso degeneraría en murmullo, porque los rumores al unirse se convertirían en desagradable ruido, y en el segundo se pecaría de descortés, puesto que los demás no podrían oír lo que dice al que está sentado al lado. Sostener conversación con los que están frente a nosotros o algo separados, es cosa que debe evitarse, porque hay necesidad de esforzar la voz, limitándose, en todo caso, a cambiar las palabras puramente necesarias.

De mal gusto son los obsequios, pero el caballero debe mostrarse atento con las señoras que tenga a su lado, cuidando de que su atención no se convierta en empalagosa galantería.

Los brindis están admitidos en las comidas, hasta en las de confianza; mas tengan presente los que a brindar se sientan impulsados, que nada hay tan expuesto al ridículo, y que en él incurre el que se levanta a brindar fuera de tiempo y sazón, y, en particular, sin que lo haya hecho el que debe tomar la iniciativa, que es siempre el que invita.

Al levantarse, se coge la copa que luego se deja sobre la mesa, volviendo a cogerla al pronunciar las últimas palabras. El brindis ha de ser breve, ingenioso, y como no todos están dotados de las cualidades del ingenio, se procurará no suplir su falta con la charlatanería. Por lo mismo que el brindis ofrece grandes dificultades, por más que parezca lo contrario, no ha de instarse a nadie a que brinde, porque se le expone a que se encuentre colocado en situación desairada, y en este caso pesa sobre todos el mal efecto. No han de ser muy numerosos, y el repetirlos, excepción de contados casos, no es de buen gusto. La persona que los haya iniciado es la que les pone término, y ha de tener especial cuidado en que acaben con verdadera oportunidad.

Diversos son los usos que se siguen respecto a ofrecer el brazo a las señoras, pues mientras en unos países los caballeros les dan el derecho, en otros es el izquierdo.

Dadas las costumbres que marcan el respeto y consideración que una persona nos merece, el brazo derecho ha de ser, pues así les damos la derecha, mientras que en el caso contrario, la señora la daría al caballero, y por lo tanto estaría colocada en situación de inferioridad.

En la colocación pondrá siempre especial cuidado el anfitrión para que cada uno ocupe el puesto que su categoría y circunstancias especiales le indiquen: pero como en todo lo que del hombre depende caben los descuidos y distracciones, no han de promoverse cuestiones de etiqueta en comidas particulares, pues entonces es la vanidad la que las suscita y se tiene el mal gusto de establecer preferencias en el obsequio que se recibe, y se prescinde de la atención que merecen los que invitan. Téngase en cuenta que no es el puesto el que honra a la persona, sino la persona al puesto, y que moralmente la cabecera está siempre allí donde se sienta la persona de más categoría.

El anfitrión procurará remediar los descuidos en cuanto los note y se excusará si no le es posible remediarlos; en cuyo caso se aceptarán las excusas en el acto, cuidando el que las reciba que no se note que da importancia a la cosa, pues en este caso aumentaría la mortificación que ya sufre el dueño de la casa.

Ha de acudirse con puntualidad a las comidas, siendo tan de mal gusto el anticiparse como el hacerse aguardar. Se concede un tiempo de espera a los que tardan, que por lo regular es de quince minutos, espera que no puede prolongarse mucho, porque entonces lo que es prueba de deferencia que los dueños de la casa y los que han llegado dan a los ausentes, perdería este carácter y parecería que por atención a los que no han sido puntuales se desatiende a los que con exactitud se han presentado. Hay casos excepcionales como, por ejemplo, cuando la comida se ofrece especialmente a una persona en quien por su carácter u ocupaciones sea no solo excusable, sino natural la tardanza, como los ministros, autoridades, etc., etc., que pueden hallarse retenidos por asuntos imprevistos o urgentes; si el invitado es un viajero, también la espera ha de prolongarse hasta su llegada, sin que los presentes puedan creerse postergados.

El que llega cuando los demás están ya sentados a la mesa, debe saludar a los dueños de la casa, pero sin darles la mano a menos que ellos se la ofrezcan.

La razón de esta costumbre es muy obvia y está basada en que el que come no desea poner su mano en contacto mientras está comiendo, sino con los objetos de que ha de servirse. Si la comida ya ha terminado, entonces la cosa varía. Excusado es decir que en las grandes comidas no ha de saludarse a cada uno particularmente, porque a nadie puede ocurrírsele semejante cosa, pero ni en las comidas de confianza se hace, bastando un saludo general después del que se hace a los dueños de la casa.

El uso marca diversamente el sitio de preferencia. Antiguamente era la cabecera de la mesa, pero ahora está en los dos centros, siendo el primero el que está frente a la puerta de entrada. Como los anfitriones han de prescindir por completo de la materialidad de la comida, aunque de comer se trata, cuidarán de que las cosas estén tan bien dispuestas que para nada hayan de dirigirse a los criados, y en sus conversaciones no han de hablar de nada que a los platos, servicio, etc., se refiera. Repetir de un plato no se hace, y en el beber ha de mostrarse parquedad. Dejar el plato completamente limpio y apurar la salsa con el pan no revela costumbre de buena sociedad, así como el soplar la comida, porque de ella ha de apartarse todo lo que pueda inspirar repugnancia, y no produce otro efecto el mezclar con lo que se come las emanaciones del aliento.

En otros tiempos era de buen gusto instar a comer, y en época remota hasta la violencia se empleaba para obligar a comer y beber. Las costumbres han variado, y hoy es regla fija dejar a cada cual que coma y beba lo que tenga por conveniente, según sus hábitos y exigencias del estómago; pero debemos advertir que el que en el comer exceda en apetito a los demás, siendo natural lo que en otros fuera glotonería, hará bien en limitarse en los convites a comer con mucha moderación, aunque no quede del todo satisfecho, porque así no llamará la atención y no se pondrá en evidencia.

Como antes hemos indicado, ha de ponerse suma atención en que no aparezca durante las comidas nada que revele falta de aseo, y más vale pecar por sobra de pulcritud que por falta de ella; de ahí que se proscriban en absoluto los llamados obsequios, y que no se beba sin limpiarse los labios con la servilleta para que no quede empañada la copa, volviéndolos a limpiar después de haber bebido. Por igual motivo el enjuagarse la boca después de la comida no puede admitirse en buena sociedad; y al usar el mondadientes ha de procurarse que nadie fije en ello la atención, porque aunque cada cual lo crea cosa natural, le parece repugnante en los demás.

El café no debe tomarse en el mismo comedor, sino en otra pieza, y en este acto no hay orden de colocación ni marcada preferencia, pudiendo tener las conversaciones un carácter más animado y siéndoles permitido a los caballeros pasar de un punto a otro, y también a las señoras el levantarse para conversar mejor.

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Almuerzos

Su utilidad

El almuerzo tiene muchas ventajas, pues permite a la señora de la casa agasajar a los amigos y conocidos sin molestas ceremonias y con escaso dispendio.

Invitaciones

Para los almuerzos familiares se convida solamente verbalmente; mas para los que toman el aspecto de un verdadero convite, al que han de concurrir muchas personas, se hacen invitaciones formales por medio de tarjetas.

Hora

La hora que suele señalarse es la de doce y media a una.

Los invitados llegan dentro de los diez minutos siguientes, considerándose de buen tono la puntualidad.

Llegada

Así como los caballeros dejan los sombreros en la antesala, las señoras no se quitan ni sombreros ni abrigos, a menos que sean de invierno, en cuyo caso se los quitan en el ante-comedor. Las señoras no quedan sin guantes sino al sentarse a la mesa.

Recepción

Al llegar una persona invitada la acompaña un criado a la sala, donde la recibirá la dueña de la casa, la cual hace una especie de mutua presentación entre los convidados desconocidos, durante los diez minutos que suelen transcurrir hasta que se presenta el criado diciendo: «El almuerzo está servido».

El comedor

Entonces la dueña de la casa se dirige hacia la puerta en compañía del dueño, si está presente, y seguido de las demás señoras en aproximado orden de rango, las cuales pasan al comedor, yendo tras ellas la dueña, que les ha cedido la delantera.

En pos de esta van los caballeros.

El dueño puede reunirse a los convidados bien en la sala, bien en el mismo comedor, puesto que no se entra en él por parejas.

Colocación

Los caballeros procurarán sentarse entre dos señoras sin otra consideración que la de colocarse el de rango superior junto a la huéspeda, y el anfitrión, inmediato a la señora de más categoría.

Generalmente los dueños ocupan, como en las comidas, los centros de la mesa.

Convidado tardío

No es costumbre aguardar a un convidado tardío.

Si llega durante el almuerzo, se le introduce directamente hasta el comedor, donde pasa en seguida a saludar a la huéspeda, excusando su tardanza; y esta corresponde con su saludo, pero sin darle la mano, ni levantarse, a menos que la persona recién llegada sea una señora.

El _champagne_ se suele servir a todo pasto en la forma llamada tisana, que consiste en ponerlo en hielo en jarros o botellas de diferente forma de las de agua; queda así bastante aguado para que se puedan beber algunos vasos.

Duración y fin

El almuerzo suele durar, como mínimum, de 30 a 35 minutos.

La dueña de la casa procurará que la conversación sea general. A ella corresponde, como en una comida, dar la señal de levantarse, haciendo una ligera inclinación de cabeza a la señora de más rango al tiempo de ponerse en pie.

Salida del comedor y despedida

El anfitrión o el caballero más próximo a la puerta, la abre para dar paso a las señoras, que vuelven a la sala en el mismo orden con que salieron de ella, siendo la última, la dueña de la casa.