Part 1
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.
* Se ha actualizado la ortografía y se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.
* Se han añadido viñetas de adorno al final de algunos capítulos que, en el original impreso y por necesidades de paginación, no las llevan.
DEBERES DE BUENA SOCIEDAD
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DEBERES DE BUENA SOCIEDAD
POR EL EXCMO. SR. D. CAMILO FABRA MARQUÉS DE ALELLA
—— 5.ª EDICIÓN ——
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BARCELONA Sucesores de Blas Camí--Libreros Editores, Unión, 26 1914
ES PROPIEDAD DE LOS EDITORES
Imp. Elzeviriana — Borrás, Mestres y C.ª — R. de Cataluña, 12 y 14
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PRÓLOGO
La educación es para la cultura lo que el pulimento para el diamante. La ilustración nos dice dónde lo serio de la educación termina y dónde el ridículo comienza, ese ridículo tan empalagoso de los hombres y de las mujeres que creen que la existencia no tiene más objeto que llenar fórmulas y cumplir reglas. Producen los tales efecto tan lastimoso como el que compra un cuadro por el marco sin fijarse para nada en la pintura. La existencia es el lienzo, esto es, lo principal, lo que tiene realmente valor: el marco es la educación, destinada a poner más de relieve las bellezas de la pintura, pero sin que la absorba y sin que en él se fije demasiado la atención. La educación ha de ser muy recatada: se sienten sus efectos, se nota su acción, su influencia, pero queda en segundo lugar porque no es lo que debe ser si quiere hacerse visible. Como la violeta, perfuma el ambiente permaneciendo escondida. Estará tanto más educada una persona cuanto menos afecte saberlo.
La educación es ley imperiosa que, como tantas otras, se impone a la sociedad y, por lo tanto, al individuo, para que su esfera de acción esté más desembarazada. La educación comienza por limitar, así como las leyes que, al afirmar un derecho, señalan deberes o límites para que aquel sea respetado y pueda ejercerse libremente. Los deberes que la educación impone y los derechos que concede han tenido sus comentaristas, sus tratadistas y sus compiladores, como lo prueba el libro a que estas líneas sirven de prólogo y en el cual su autor ha procurado abarcar todos los accidentes y manifestaciones de la vida, marcando las reglas por que han de regirse. La materia está presentada con claridad y sencillez, con más preceptos que digresiones: cualidad muy estimable en libros de esta naturaleza, pues el que desee consultarlo, con ojear el capítulo correspondiente se enterará de cuanto le interese saber, expuesto con conocimiento de causa.
La educación tiene principios fijos, pero las ideas de los pueblos han regulado su aplicación a través de las edades, llegando hasta lo infinito en la variedad y ofreciendo los más extraños contrastes. Telémaco dice a su madre que se retire a sus habitaciones a hilar, y no falta a la educación ni a los deberes filiales. Así como en las sociedades cristianas la mujer es colocada en consideración y respeto a mayor altura que el hombre, en las paganas era poco más que una cosa. Se la estimaba por su belleza y acaso por sus cualidades, pero se la tenía en poco y se la relegaba al granero algunas veces, donde con frecuencia estaban sus habitaciones. Nunca fue igual al hombre ni ocupó lugar principal en la familia hasta que el cristianismo la redimió elevándola, pues al derramar sobre ella rayos de luz divina puso a la vista del hombre la belleza de su alma, de su corazón y de sus sentimientos, belleza admirada y poetizada desde entonces por el que antes apenas concedía a la mujer el derecho de ocupar un puesto en su hogar; y fue tanto más respetada cuanto mayor era su debilidad. La educación no tenía gran cosa que ver con la mujer en los tiempos del paganismo.
Desde los héroes de Homero tanto han cambiado los moldes de las relaciones sociales que apenas si acertamos a explicarnos cosas que fueron lógicas dadas las épocas, que es necesario estudiar y comprender para formarnos concepto de los hechos y apreciarlos en su justo valor. Ya no es la hora prima la del saludo y la visita, ni al ser invitados a comer hemos de llevar la servilleta; ya no se ve obligada la dama a extremar su habilidad para que la miga del pan le deje libres de salsa los dedos que han hecho las veces de tenedor, ni sirve la paja seca de alfombra en habitaciones regias donde escasean los muebles; no son en nuestros tiempos las comidas lo que fueron en la decadencia del imperio romano, ni los muros y fosos del castillo feudal separan las clases como en la Edad Media: la vida social es hoy más dulce, más expansiva, más sencilla en todas sus manifestaciones y, por lo tanto, más necesaria la educación para mantenerlas en sus justos límites. ¿Cuáles son estos? No es posible fijarlos con precisión, pero sí indicarlos. El que toma como absoluto lo que es relativo y se sujeta a las reglas de educación sin discernimiento y con la exactitud sistemática de las manecillas del reloj al recorrer la esfera, está expuesto al riesgo de convertirse con harta frecuencia en ser ridículo. No es gracioso el que quiere serlo, sino el que lo es: lo mismo podemos decir de la educación. Los que toman las reglas por lo esencial y solo de ellas cuidan, olvidan que la unidad social está en la diversidad que caracteriza a los individuos, diversidad que ha de tener muy en cuenta cada cual en sus relaciones sociales. Este discernimiento no admite principios fijos, pero sí indicaciones hijas de la observación, indicaciones que están perfectamente presentadas en la obra a la que estas líneas sirven de prólogo.
TEODORO BARÓ.
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AL LECTOR
Al ofrecer al público esta recopilación de costumbres y usos que, con ligeras variantes, son las de la buena sociedad, me guía el propósito de suplir, dentro de la medida de mis fuerzas, la falta que se nota de una especie de código que evite en determinados casos de la vida, el tener que preguntar qué conducta se debe seguir para no singularizarse.
Si mi modesto propósito halla buena acogida y personas más competentes completan mi obra, pues la historia de la cortesía en los tiempos antiguos y modernos es materia que presta para escribir voluminosos libros; y uniendo la erudición al conocimiento del _savoir vivre_ llegan a hacer amena la lectura de esta clase de escritos, conseguiré el fin que me he propuesto y me daré por satisfecho con haber delineado el cuadro, para que otros lo presenten acabado y realzado con los vivos colores del ingenio.
A los que no hayan leído tratados de educación, han de sorprenderles ciertas observaciones que les parecerán nimiedades; pero los que conozcan los publicados en el extranjero y en España, recordarán que en ellos abundan párrafos y reglas sobre minuciosidades que los tratadistas, en particular los ingleses, han considerado dignas de atención; y cuando estos, que hoy dan el tono a la alta sociedad, así proceden sin que nadie muestre sorpresa, señal es de que tiene cabida en tales libros lo que en otros holgaría. A pesar de su autoridad, solo por excepción consigno en esta obrita algunas de dichas observaciones, por creerlas no todas absolutamente necesarias.
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Presentaciones
Las presentaciones son el comienzo de relaciones entre personas que no se conocían o no se trataban, y constituyen una de las bases más importantes del trato social.--No es posible fijar reglas de cortesía sin hablar más o menos directamente de las presentaciones. Por lo mismo que en esos actos se hablan por primera vez dos personas, aquella a quien se hace la presentación, que equivale a un homenaje, debe mostrarse muy cortés y afable cuidando de dar pie a la conversación y sostenerla, procurando el presentado no apartarse de aquella y mantenerla en el tono que se le dé.
El diálogo no se prolonga por lo regular mucho tiempo, fuera de circunstancias especiales, y el presentado ha de mostrar exquisita galantería, sin pretender intimar desde aquel instante las relaciones; poniendo mucha atención en que sus frases den a comprender que sabe que aquel acto no tiene más consecuencias que las que quiera darle la persona a quien se ha hecho la presentación, pues de lo contrario podría verse en él la audacia propia del entrometido.--Por lo mismo que los deberes son tan estrictos, aquel a quien se presenta una persona ha de tener en cuenta que de él depende la mayor o menor expansión del acto, y le dará la que crea conveniente, marcando los grados que las relaciones hayan de tener desde aquel momento, o reduciéndolas sencillamente a las superficiales que de la presentación nazcan.
Presentaciones fortuitas en una comida
Aunque no es costumbre hacer presentaciones formales con ocasión de una comida, la dueña o el anfitrión están en el deber de presentar a la señora el caballero que ha de acompañarla a la mesa si no son conocidos, sin que se requiera para este acto la previa venia de la señora.
Si los más de los invitados fuesen desconocidos, los principales de entre ellos deben ser presentados unos a otros por los huéspedes antes de pasar al comedor.
Después de la comida y mientras estén las señoras en el salón, la dueña hará entre estas las presentaciones recíprocas, si lo considera oportuno.
Presentaciones en un baile
En un baile, cuando la dueña trata de proporcionar pareja a una señora, ha de consultar previamente al caballero si desea ser presentado a aquella.
En ningún otro caso se solicita la venia de un caballero para presentarle a una señora.
Presentaciones en visita matinal
No suelen hacerse presentaciones formales en las visitas; en las de día, no obstante, la dueña presenta mutuamente a las personas que se encuentran en el salón, si comprende que no se conocen; esta presentación es simplemente una formalidad que tiene por objeto que la conversación no recaiga sobre alguno de la familia de los presentes o sobre un punto que pueda serles desagradable.
Presentaciones formales
Las presentaciones formales no deben hacerse sin saber de antemano que desean relacionarse las personas que se trata de presentar.
Sus requisitos
Para la presentación de dos personas de distinto rango, bastará saber el deseo de la superior.
Para la de personas de diferente sexo, únicamente hay que consultar la voluntad de la señora.
Para la de personas de igual categoría, consultaremos primero a la que tratemos con menos intimidad.
Cuando un caballero desea ser presentado a una señora, la etiqueta exige que suplique la mediación de un amigo de ambos.
Su etiqueta
Al efectuarse la presentación, la persona inferior en rango es presentada a la superior; el caballero a la señora, y la señora soltera a la casada, si esta no es de menor categoría.
Las personas que acaban de ser mutuamente presentadas se hacen una cortesía, dirigiéndose frases de cumplimiento propias del caso, pero sin estrecharse la mano.
No obstante, en tal circunstancia el ofrecer la mano es una muestra de benevolencia en una señora de rango superior, o en la dueña a quien en su propia casa se hace una presentación, sea mediante un común amigo, sea por efecto de invitación.
También se estrechan la mano al ser presentadas, las personas que tienen amistad íntima con el que presenta.
Presentación para ser invitado
El que es presentado en una casa para ser invitado a un baile o reunión, debe procurar que la presentación se haga algunos días antes, pero nunca el mismo de la fiesta.
Si a pesar de haber sido presentado para el indicado objeto, no recibe invitación especial, no debe asistir a ella.
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Visitas
Las relaciones sociales exigen las visitas para conservar el calor de aquellas, pues de lo contrario, podrían irse enfriando hasta extinguirse. Se ha de poner mucho cuidado en que las visitas no lleguen a ser enojosas para los demás, molestándose a sí propio.--La discreción que ha de presidir todos los actos de la vida social, ha de regularlas, cuidando que no se hagan pesadas, y teniendo siempre en cuenta la necesidad de que un acto de cortesía y muestra de afecto no se convierta en cosa molesta.--Debe darse por terminada la visita cuando la conversación deje de ser animada, indicando esto que se ha prolongado bastante, pues como sería grosería que la indicación fuese directa, es necesario comprender el menor síntoma de fatiga.--Más vale que pequen de breves que de largas, pues en el primer caso se tiene la seguridad de no haber sido molesto, mientras que en el segundo se deja la impresión del fastidio.
Los cumplidos pueden degenerar en ridículos, en particular cuando se trata de pasar. El --¡Pase Vd.! --No, Vd. --A Vd. corresponde, repetido mucho, es más bien señal de cortedad y falta de trato social que de cortesía, pues por lo mismo que esta es excesiva, revela que no se conocen sus verdaderos límites.--En las primeras frases que se cambien en las visitas, se ha de evitar la vulgaridad, que indica pobreza de ingenio, pues principiar la conversación siempre de la misma manera, equivale a recitar la parte de un diálogo aprendido de memoria, en las que las fórmulas --_Gracias, señora._ --_Es Vd. muy buena_, ocupan el mayor espacio.
Al dar la mano, hay que tener en cuenta que a veces la negligencia en la señora, tendiendo la izquierda con familiar distinción, indica la intimidad y cariño con que se distingue a la persona para quien se prescinde de las reglas estrictas de la etiqueta.--El buen tono puede infringirlas para darlas mayor realce; mas ha de tener en cuenta que la infracción ha de estar dispensada por distinción exquisita.
Fueron los guantes, en los primeros tiempos en que se usaron, considerados de muy distinta manera que ahora, pues no se veía en ellos señal de galantería y respeto. Caprichosa es la costumbre, que unas veces los ha exigido y otras los ha proscrito, si bien ha querido diesen señales de presencia, aunque no se llevasen puestos.
De los antiguos usos aún queda algo, pues el estar sin guante la mano que se da, revela consideración a la persona.
En dar la mano no hay que ser pródigo; en particular tratándose de señoras, es preciso esperar que la acción parta de ellas.
En el trato social se ha de tener muy presente que el ridículo está muy expuesto a manifestarse, y se debe poner mucho cuidado en evitarlo, particularmente al presentarse y al despedirse, por cuanto si se da la mano una por una a todas las señoritas, parece que se pasa revista de inspección a una compañía, y si los que lo hacen son varios, uno detrás de otro, entonces la escena es sencillamente cómica; y aunque sea descortesía y grave falta el soltar la risa, en grave apuro han de verse las personas de fino trato para contenerla.
Los caballeros pueden dar la mano a las señoras, pero no sin que antes la señora haya demostrado con una expresión ligerísima de su semblante que los autoriza a ello. Pero sobre este punto hay que observar que no debe de ningún modo darse la mano cuando el motivo de verse no sea visita o invitación. Un caballero no la dará a una señora sin que medie bastante intimidad o en otras ocasiones ella se la haya dado primero. Los que por su profesión o carrera ven cada día a determinadas personas, no deben darles la mano cada vez que les hablan, pudiendo solo usar de esta familiaridad al despedirse por algún tiempo o después de una ausencia.
La intimidad o la urgencia pueden obligar a recibir en el comedor o estando ya en la mesa; en este caso sería falta de tacto y de prudencia del que llega el dar la mano, por grande que sea la intimidad que exista con las personas presentes.
No es regular que los dependientes de un comercio den la mano a las señoras que acudan allí para sus compras, ni siquiera los principales, cuando no medie intimidad.
Horas y días de visita
Las visitas se hacen por la tarde de cuatro a siete; la hora de cuatro a cinco es la más ceremoniosa, la de cinco a seis la de menos cumplido, y la de seis a siete amistosa y de confianza.
Si no hay intimidad, ha de hacerse la visita precisamente el día en que la casa tiene costumbre de recibir. En el caso de no haberlo señalado, todos son buenos menos los festivos. Solo por motivos muy especiales pueden hacerse visitas antes del mediodía, aun cuando haya intimidad.
Motivos de visita de cumplido
Las visitas de cumplido se hacen con diversos motivos.
Al fijar el domicilio en una población, si la persona tiene alguna representación social debe visitar a las autoridades y aquellos individuos a quienes sus cargos indiquen como merecedores de tal distinción. No hallándoles en casa, ha de dejar tarjeta sin repetir la visita mientras no le sea devuelta.
Al marcharse por algún tiempo y al regresar tras larga ausencia, debe visitar a los amigos cuyas relaciones se aprecian.
Cuando se recibe aviso de la enfermedad de un amigo, cumple visitarle en seguida, sin entrar en la habitación del paciente a no instar este o la persona que le cuida. Debe enviarse a preguntar por su estado, siendo proporcionada la frecuencia a la gravedad, sin volver a visitarle hasta que pase aviso de que puede recibir.
Al salir de una enfermedad se devuelve la visita a los amigos que se han interesado por su salud.
Visitas de pésame
Debe hacerse una visita de pésame a las personas con quienes nos unen relaciones de amistad, bastando haberla tenido íntima con el difunto, aunque se dé el caso de conocer apenas a la familia. Los que están de luto riguroso no las hacen, limitándose a escribir una carta muy afectuosa, que mandarán por el criado, no por el correo.
Para esta clase de visitas las señoras vestirán traje negro u obscuro; los caballeros, levita.
Si la visita se hace a una señora, los caballeros le dan la mano y las señoras la abrazan.
En semejantes visitas no se piden noticias de la salud, ni se hace mención del difunto, a no ser que hable de él la persona visitada. Por lo mismo que son penosas han de ser muy breves, y se hacen pasado el tercer día después del entierro, pero antes del octavo.
Visita de año nuevo
El día primero de Enero se hará la visita de año nuevo a los abuelos, a los padres y a las personas de rango superior.
Visita a recién casados
Una visita a recién casados se hace a los quince días de participada la boda, y se devuelve antes de dos meses de recibida.
Visita después de un convite
La visita hecha después de una invitación, y en particular después de una comida, se devolverá a los tres días, y todo lo más a los ocho. A ser imposible, se escribirá una carta excusándose.
Visita con motivo de un fausto o adverso suceso
Es necesario felicitar por escrito o personalmente al amigo que acaba de ser elevado a un alto cargo o ha sido agraciado con alguna honorífica distinción; si no hay intimidad, conviene que la felicitación no revele apresuramiento, porque entonces podría parecer oficiosa e interesada. En cambio, al amigo que cae en desgracia se le visitará inmediatamente, porque así se le demuestra sincera amistad.
Individuos de la familia que visitan
Los casados hacen las visitas juntos; pero, por regla general, la señora visita sola, a menos que tenga una hija adulta que la acompañe.
Es frecuente ir juntas dos señoras amigas para visitar a otra que lo sea de entrambas.
Solo en casos muy especiales hacen la visita todos los individuos de una familia, pero nunca con los niños.
Visita en coche
Cuando una dama visita en coche, mandará a su lacayo a preguntar si la señora recibe.
«No estar en casa»
La señora de la casa jamás descuidará de advertir a su criado, después del almuerzo o antes de las horas de recibir, si tiene intención de estar en casa o no para las visitas que vinieren.
«No estar en casa» o «no recibe» son las fórmulas convencionales, admitidas en buena sociedad y que a nadie pueden ni deben ofender, para expresar que se desea no recibir por motivos especiales.
Es indispensable que la contestación «no está en casa» la dé el criado pronto y sin titubear, pues si bien se trata de una ficción, molesta que la vacilación de un doméstico la evidencie.
Si en el momento en que llega una visita la señora se dispone a salir, el criado podrá manifestar esta circunstancia, ofreciendo pasar recado por si puede recibir. La persona que visita, salvo casos excepcionales y muy justificados, debe limitarse entonces a dejar tarjeta.
Deberes del criado para con las visitas
Excepción hecha de las personas de grande intimidad, el criado precede a la visita para guiar y anunciarla.
El criado no ha de llamar a la puerta de la sala o gabinete donde se recibe, ni tampoco a la del comedor.
Si la señora de la casa no estuviese en la sala o gabinete, el criado dirá a la visita: «La señora estará con usted al momento.»
Inmediatamente cerrará la puerta, y la visita quedará esperando, sentándose las señoras, pero no los caballeros.
La más vulgar prudencia aconseja no entablar conversación con la servidumbre de la casa que se visita, y menos preguntar cosa alguna que pueda revelar indiscreta curiosidad.
Jamás anunciará el criado a una segunda visita que ya haya otra, ni preguntará a la señora si quiere recibirla, limitándose a hacer lo que hizo con la primera.
Etiqueta de las visitas
El caballero que ha de aguardar en la sala, tendrá el sombrero en la mano hasta que haya saludado a la señora, después de lo cual, si esta se lo ruega, lo colocará sobre una silla. Al salir no se cubrirá antes de llegar al recibimiento.
Sin embargo, hoy se admite que se deje el sombrero en el recibimiento o antesala.
Dejan siempre el sombrero en el recibimiento los individuos de la familia, las personas muy íntimas y las invitadas a reuniones familiares, tes, almuerzos, comidas, etc.
Las señoras dejarán en el recibimiento los abrigos y paraguas o sombrillas, así como los caballeros el gabán o paraguas.
Al entrar se hará un saludo general, debiendo dirigirse luego a la señora de la casa, para saludarla en particular, dándole la mano solo a ella si la ofrece.
Hay que sentarse sin aguardar otra indicación en cuanto lo haga la señora, y si esta brinda con un asiento a su lado es preciso aceptarlo.
Si entra en el salón una señora, los caballeros se levantan y las señoras saludan inclinando la cabeza; pero entrando una señora de la casa, se levantan todos.
Cuando varios visitantes se encuentran en la puerta del salón, han de pasar sin cumplido, según su posición social; las señoras de más edad van delante, luego las viudas y casadas, después las más jóvenes, saliendo los últimos los caballeros.
No se mirarán con curiosidad los objetos de arte y los muebles del salón, ni los dueños de la casa llamarán la atención sobre ellos.
Las visitas de cumplido son cortas, de quince minutos próximamente. Si durante la visita la señora recibiera una carta, pliego, etc., hay que suplicarla que lo lea; si no accede, será conveniente anticipar la despedida sin dar a entender el motivo. No obstante, siempre que la señora inste para que la visita continúe algo más, es preciso acceder aunque se tenga prisa.
Si dos personas en visita, señoras o caballeros, sostienen una ligera conversación, no por esto se darán la mano al despedirse si no se conocían, a no ser que durante aquella hubiese mediado la presentación. De no mediar bastará un saludo al despedirse. En el caso de presentación formal, cosa muy rara en visitas, también bastará una inclinación de cabeza al marcharse, a no ser que las relaciones hubieran progresado tan rápidamente gracias a la conversación o por conocerse de nombre antes que personalmente, pues entonces se tratarán al despedirse como si mediara alguna intimidad.
Cuando una visita se despide, las señoras no se levantan. Si solo hubiere un caballero, abrirá la puerta a la señora que salga; pero no la acompañará sino a ruego de la dueña de la casa. La visita le dará las gracias con una inclinación de cabeza, mas sin darle la mano.