De sobremesa

Part 3

Chapter 34,151 wordsPublic domain (Wikisource)

La idea de la lucha contra el mal la domina ahora... hay que luchar... un año destinado a vencerlo será suficiente. En plena salud más tarde ganará el tiempo perdido; tules diáfanos y blancuras de mimosas y de camelias velarán sobre lo túrgido del seno las manchas de los cáusticos y del yodo, y el cuerpo entero ostentará la coloración suave de la sangre vivificada por el aire tibio y salino del Mediterráneo. ¡Hay que luchar, hay que vivir! Hay que pintar las Santas Mujeres, guardando el sepulcro. La Magdalena sentada, de perfil, el codo apoyado en la rodilla derecha y la barba en la mano, con el ojo átono, como si no viera nada, pegada a la piedra que cierra el sepulcro y con el brazo izquierdo caído en una postura de infinito cansancio. En la actitud de María, de pie, tapándose la cara con la mano, y con los hombros levantados por un sollozo, destacando la silueta oscura sobre el cielo plomizo del crepúsculo, debe adivinarse una explosión de lágrimas, de desesperación, de dejo, de agotamiento definitivo. A lo lejos, entre la semioscuridad de la hora trágica que esfuma los contornos de las cosas, se adivinarán las formas de los que acaban de enterrar al Cristo y sobre el lienzo flotará la atmósfera sombría de un dolor infinito. Hay que pintar; hay que pintar a Margarita, después del encuentro con Fausto, con el seno agitado y los ojos brillantes y las mejillas encendidas por el fuego de amor que le hacen correr por las venas las palabras del gallardo caballero. El cuadro de Sèvres no la satisface; hay que pintar otro en pleno aire como los de Bastien y encerrar en él un paisaje de primavera, donde por sobre una orgía de tonos luminosos, de pálidos rosados, de verdes tiernos, se oigan cantos de pájaros y murmullos cristalinos de agua y se respiren campesinos olores de savia y de nidos; la calle, ese canal de piedra, por donde pasa el río humano, hay que estudiarla, verla bien vista, sentirla, para trasladar a otros lienzos sus aspectos risueños o sombríos, los efectos de niebla y de sol; entre las líneas geométricas de las fachadas, el piso húmedo por la lluvia reciente, los follajes pobres de los árboles que crecen en la atmósfera pesada de la ciudad, y sobre el banco del boulevard exterior, quietas y en posturas de descanso para sorprender en ellas, no el gesto momentáneo de la acción sino el ritmo misterioso y la expresión de la vida, hay que pintar dos chicuelas flacuchas, ajadas por la pobreza y el vicio ancestral y un bohemio grasiento y lamentable con la cara encendida y los ojos encarnados por el uso de venenosos alcoholes, que sigue, melancólicamente, con la mirada turbia y vaga, el humo de la pipa que se está fumando; pero no, ese cuadro por perfecto que sea no será el desiderátum, porque está viciado de canallería moderna, como dice Saint Marceaux, hay que hacer algo grande y noble... Concluidos ésos, será Homero quien da el tema, y se lavará los ojos de toda la vulgaridad de la vida diaria, forjando en un lienzo enorme a Alcinoos y a la Reina, sentados en el trono, en una galería de altas columnas de mármol rosado, rodeados por la Corte, mientras que Nausicaa, apoyada en una de las pilastras, oye a Ulises contarle al Rey sus aventuras interminables y Demodocuos, cuyo canto ha interrumpido el viajero, malhumorado como un poeta a quien no oyen, apoya en las rodillas la lira y vuelve la cabeza para mirar hacia afuera... Hay que pintar eso pero pintarlo de veras, en plena pasta, con una factura potente, rica, sólida donde nadie reconozca una manecita de mujer; hay que pintarlo vívido, caliente, amplio de tal modo que el que vea el cuadro sienta lo que sintió ella al manejar los pinceles y las brochas. ¡Hay tanto que hacer para llegar allá! Todos esos cuadros requieren estudios previos, composiciones complicadas, preparación de detalles y querría estarlos haciendo ya, haberlos hecho, no perder un minuto... Hay tanto que hacer y la vida es tan corta... Los proyectos de escultura la fascinan porque la escultura es honrada y no engaña al ojo con los colores, ni admite farsas ni tapujos... Modelará todo lo que sueña: moribunda de amor y de tristeza, caída sobre las arenas de la playa al ver huir en el horizonte la vela del barco que lleva a Teseo, una Ariadna con el pecho lleno de sollozos; luego un bajo relieve colosal con seis figuras sorprendidas en actitudes llenas de gracia, y las esculturas serán tales que Saint Marceaux mismo se entusiasme, y las pinturas tendrán tal arte que el jurado imbécil no podrá menos de darle la primera medalla, en un salón próximo. ¡Ah! la medalla, cómo la ha deseado, cómo la desea desde hace tiempo, cómo la ha perseguido, cómo la ve en sus sueños; la medalla la hará comprender que hizo bien en consagrarse a la pintura, que no se ha equivocado, que es alguien, que puede amar, pensar, vivir como viven todos, tranquila, sin atormentarse con tantas ambiciones. Cuando se la den podrá vivir como todo el mundo, y entonces sus fuerzas, dirigidas en otro sentido la llevarán lejos, muy lejos, se abandonará a la delicia de sentir, la dominará una pasión profunda por un hombre superior que la entienda, irá a respirar por temporadas el aire perfumado y tibio de Niza, de San Remo, de Sorrento, volverá a España, a Toledo, a Burgos, a Córdoba, a Sevilla, cuyos nombres ennoblecen con sólo pronunciarlos, a Granada, a embelesarse con las policromías de las arquitecturas árabes, con los follajes frescos de los laureles rosa y de los castaños gigantes, con lo azul del cielo; a Venecia, donde sube hacia el firmamento, por entre ruinosos palacios de mármol, una fiebre sutil de los canales verdosos, a ver la melancólica fiesta que son las pinturas de Tiépolo; a Milán, donde sonríen las creaciones del Vinci y a Roma, sobre todo, a Roma, la ciudad madre, la metrópoli, el único lugar

Al ponerse el Sol tras de las cúpulas de la Basílica, centro de la cristiandad, alumbra las huellas del arte de hace veinticinco siglos, la complicación de la vida moderna más fastuosa y más amplia y sugiere a las almas pensativas la fórmula de lo que será la sensibilidad de mañana.

¡Ah! Dios mío, y Rusia, Rusia, la madre, la patria, la tierra del nihilismo, y de los zares, con su semicivilización tan diferente de la civilización latina, sus costumbres peculiares, su pueblo supersticioso y medio salvaje, su aristocracia gozadora; su arte propio y su singular literatura; Rusia la reclama: irá a Petersburgo, donde la recibirá la Corte, a Moscú, a Kieff, la ciudad santa, llena de catedrales y conventos; volverá a respirar en los campos solariegos el aire que en la niñez le infundió la fiebre que la anima, y esos múltiples viajes, esas experiencias casi opuestas de la vida los alternará con las temporadas de París, en el salón aquel lleno de hombres de genio; con días distribuidos entre las fiestas mundanas, donde seducirá a todos su elegancia, y la lectura de filósofos y la audición de las músicas de Haendel y de Beethoven y la continuación de sus estudios, de otros estudios nuevos con que sueña, sociología, política, lenguas orientales, historia y literatura de pueblos que no conoce bien y cuya alma se asimilará para agrandar su visión del universo. Vivirá así y todo eso lo hará con todos sus nervios, con toda su alma, con todo su ser, arrancándole a cada sensación, a cada idea, un máximo de vibraciones profundas!

Ahora un desfallecimiento interior la embarga; ha sentido una picada ahí, en el punto que el médico le mostró como foco de la enfermedad que la devora y el punzante dolor vuelve a traerla a la realidad... ¡Ah!, sí, la tos, el sudor, el insomnio, los cáusticos, las unturas de yodo, el viaje al mediodía, el aniquilamiento... la muerte... el fin, todo eso está cerca. ¿Y Dios, en dónde está si la deja morir así, en plena vida, sintiendo esa exuberancia de fuerzas, esos entusiasmos locos por verlo todo, por sentirlo todo, por comprender el Universo, su obra?... ¿Dios, en dónde está si la deja morir así, después de haber sido buena, después de no haber hablado nunca mal de nadie, ni proferido una queja por las amarguras que le han tocado en suerte, de haber derramado a su alrededor el oro para enjugar lágrimas, después de regalar su esmeralda favorita para distraer a alguien, que no la quiere, de un sufrimiento de un instante?... ¿Después de haber llorado por los dolores ajenos, de haber llevado su piedad hasta querer a los animales humildes? Si existe, si es la bondad suprema, ¿por qué la mata así, a los veintitrés años antes de vivir y cuando quiere vivir?... ¿Dónde está el buen Dios, el Padre Eterno de las criaturas?... ¡Ah! no existe. Spinoza, se lo ha enseñado, las lecturas científicas, le han mostrado el universo como una eterna reunión de átomos, regida, desde los millones de soles que arden en el fondo del infinito hasta el centro misterioso de la conciencia humana, por leyes oscuras e inconmovibles, que no revelan una voluntad suprema tendiente al bien... sí, un torbellino de átomos en que las formas surgen, se acentúan, se llena, se deshacen para volver a la Tierra y renacer en otras formas que morirán a su vez arrastradas por la eterna corriente... No. Eso no puede ser. Ella no es atea, ella quiere creer, ella cree. La Biblia contiene las palabras que calman y confortan; los versos del Salmo XCI, «Te cubrirá con sus alas poderosas; en seguridad estarás bajo su abrigo», le cantan en la memoria; el Salvador, con la cabeza aureolada y los brazos abiertos camina ahora sobre las agitadas olas negras del océano de sus pensamientos y dice las palabras suaves que le derraman en el alma una divina paz inefable: «Bienaventurados los que tengan hambre y sed de justicia porque ellos serán hartos...». Y desfalleciente ella de mística emoción, mentalmente se prosterna a los pies del Divino Maestro...

Súbita asociación de ideas fórjase en su cerebro y esa dulce imagen huye disipada por el recuerdo de las obras de Renán y de Strauss, en que éstos, con su análisis de concienzudos exegetas, muestran al Cristo al través de los textos interpretados con rígido criterio, no como al Hombre Dios, encarnado para purgar los pecados del mundo, sino como la más alta expresión de la bondad humana. Los libros de crítica y de historia religiosa que he leído allí mismo en el silencio de ese gabinetico de estudio donde está sentada ahora, ahuyentan al divino fantasma del consolador de los hombres... No hay a quién invocar en los momentos de desesperante angustia... y la muerte viene, la muerte está cerca. Un sudor frío le moja las sienes, el cansancio la dobla, y en la claridad fría y difusa del amanecer que se filtra por los cristales y va atenuando, atenuando la luz tibia de la lámpara que alumbró la velada pensativa, siente un escalofrío que la obliga a levantarse, a absorber dos cucharadas de jarabe de opio para conciliar el sueño por una hora y a amontonar sobre el catre de bronce dorado los blandos edredones forrados en suave seda, para devolverle calor a su cuerpecito endeble, minado por la tisis, que dormirá ahora, en el tibio nido por breve espacio, y para siempre, dentro de unos meses, en el fondo de la tumba, bajo el césped húmedo del cementerio!...

Mañana estará levantada desde temprano, se sonreirá al contemplar en el espejo su tez aterciopelada y rósea como un durazno maduro, los grandes ojos castaños que se sonríen al mirar; la espesa cabellera que le cae sobre los hombros de graciosa curva, y ebria de vida, y hambrienta de sentir comenzará el día, lleno de las mismas fiebres, de los mismos sueños, de los mismos esfuerzos y de los mismos desalientos de la víspera.

Es así como la he visto al leer el Diario. Esa es la composición del lugar, que para proceder de acuerdo con los métodos exaltantes de Loyola, el sutil psicólogo, he hecho para sentir todo el encanto de aquella a quien Mauricio Barrés propone que veneremos bajo la advocación adorable de Nuestra Señora del Perpetuo Deseo... Jamás figura alguna de virgen, soñada por un poeta, Ofelia, Julieta, Virginia, Graziella, Evangelina, María, me ha parecido más ideal ni más tocante que la de la maravillosa criatura que os dejó su alma escrita en los dos volúmenes que están abiertos ahora, sobre mi mesa de trabajo y sobre cuyas páginas cae, al través de las cortinas de gasa japonesa que velan los vidrios del balcón, la diáfana luz de esta fresca mañana de verano parisiense...

Junio 20

Si es cierto que el artista expresa en su obra sueños que en cerebros menos poderosos, confusos, existen latentes; y que por eso, sólo por eso, porque las líneas del bronce, los colores del cuadro, la música del poema, las notas de la partición, realzan, pintan, expresan, cantan, lo que habríamos dicho si hubiéramos sido capaces de decirlo, el amor que a la Bashkirtseff profesamos algunos de hoy, tiene como causa verdadera e íntima que ese Diario, en que escribió su vida, es un espejo fiel de nuestras conciencias y de nuestra sensibilidad exacerbada. ¿Por qué has de simpatizar tú con la muerta adorable a quien Barrés venera y a quien amamos unos cuantos, ¡oh! grotesco doctor Max Nordau, si tu fe en la ciencia miope ha suprimido en ti el sentido del misterio; si tu espíritu sin curiosidades no se apasiona por las formas más opuestas de la vida; si tus rudimentarios sentidos no requieren los refinamientos supremos de las sensaciones raras y penetrantes?... ¿Qué hay de extraño en cambio en que un hombre a quien las veinticuatro horas del día y de la noche no le alcanzan para sentir la vida, porque querría sentirlo y saberlo todo, y que, situado en el centro de la civilización europea, sueña con un París más grande, más hermoso, más rico, más perverso, más sabio, más sensual y más místico, se entusiasme con aquella que llevó en sí una actividad violenta y una sensibilidad rayana en el desequilibrio?...

Hay frases del Diario de la rusa que traducen tan sinceramente mis emociones, mis ambiciones y mis sueños, mi vida entera, que no habría podido jamás encontrar yo mismo fórmulas más netas para anotar mis impresiones.

Escribe después de una lectura de Kant:

«No sé por dónde comenzar, ni a quién ni cómo preguntárselo, y me quedo así, estúpida, maravillada, sin saber para dónde coger y viendo por todos lados tesoros de interés: historias de pueblos, lenguas, ciencias, toda la Tierra, todo lo que no conozco; yo que querría verlo, conocerlo y aprenderlo todo junto».

Escribe seis meses antes de morir:

«Me parece que nadie adora todo como yo; lo adoro todo: las artes, la música, los libros, la sociedad, los vestidos, el lujo, el ruido, el silencio, la tristeza, la melancolía, la risa, el amor, el frío, el calor; todas las estaciones, todos los estados atmosféricos, las sabanas heladas de Rusia y los montes de los alrededores de Nápoles; la nieve en invierno, las lluvias de otoño, la alegría y las locuras de la primavera, los tranquilos días del verano y sus noches consteladas, todo eso lo admiro y lo adoro. Todo toma a mis ojos interesantes y sublimes aspectos, querría verlo, tenerlo, abrazarlo, besarlo todo, y confundida con todo, morir, no importa cuándo, dentro de dos o dentro de treinta años, morir en un éxtasis para sentir el último misterio, el fin de todo o ese principio de una vida nueva. Para ser feliz necesito TODO, el resto no me basta!...».

¡Feliz tú, muerta ideal que llevaste del Universo una visión intelectual y artística y a quien el amor por la belleza y el pudor femenino impidieron que el entusiasmo por la vida y las curiosidades insaciables se complicaran con sensuales fiebres de goce, con la mórbida curiosidad del mal y del pecado, con la villanía de los cálculos y de las combinaciones que harán venir a las manos y acumularán en el fondo de los cofres el oro, esa alma de la vida moderna! ¡Feliz tú que encerraste en los límites de un cuadro la obra de arte soñada y diste en un libro la esencia de tu alma, si se te compara con el fanático tuyo que a los veintiséis años, al escribir estas líneas, siente dentro de sí, bullir y hervir millares de contradictorios impulsos encaminados a un solo fin, el mismo tuyo: poseerlo TODO; feliz tú admirable Nuestra Señora del Perpetuo Deseo!

Después de haber creído por algún tiempo que el universo tenía por objeto producir de cuando en cuando, un poeta que lo cantara en impecables estrofas, y a los pocos meses de haber publicado un tomo de poesías «Los primeros versos», que me procuró ridículos triunfos de vanidad literaria y dos aventuras amorosas que infatuaron mis veinte años, la intimidad profunda que trabé con Serrano y su alta superioridad intelectual y su pasión por la filosofía, cambiaron el rumbo de mi vida. Fue un año inolvidable, aquel en que, desprendido de toda preocupación material, libre de toda idea de goce, de todo compromiso mundano, los días y las noches huyeron, divididos entre los largos paseos matinales por la avenida de pinos de la Universidad, la lectura de los filósofos de todas las edades, al mediodía, en la biblioteca silenciosa donde sólo se oía el voltear de las páginas, tornadas por las manos de los estudiantes, y las noches pasadas en el aposento silencioso del más noble de los amigos, disertando con él sobre los más apasionadores problemas que pueden solicitar al espíritu humano! ¡Tranquilidad de los nervios apaciguados por el régimen calmante y por el aislamiento, conversaciones en que los nombres de Platón, de Epicuro, de Empédocles, de Santo Tomás, de Spinoza, de Kant y de Fichte mezclados a los de los pensadores de hoy, Wündt, Spencer, Madsley, Renan, Taine, irradiaban como estrellas fijas sobre la majestad negra del cielo nocturno; vértigo de la inteligencia que, desprendida del cuerpo inquiere las leyes del ser; noble vida de pensador, en que la única figura de mujer que pasaba por mi imaginación como depurada de sensualidad por las altas especulaciones intelectuales, era la de la abuela, con sus largas guedejas de plata cayéndole sobre las sienes y su perfil semejante al de la Santa Ana del Vinci, cuán lejos estáis del vértigo y del frenesí gozador de mi vida de hoy! La muerte repentina de Serrano, la llegada de mi mayor edad, la necesidad de administrar una fortuna cuantiosa y situada en valores fácilmente aumentables dieron fin a aquel período casi monástico de vida. Devuelto al torbellino del mundo, dueño de un caudal enorme para la vida de mi tierra natal, bulléndome en las venas los instintos, animado por la rabia de acción de los Andrade; suelto, libre, sin padre, sin madre ni hermanos, recibido y cortejado dondequiera, lleno de aspiraciones encontradas y violentas, poseído de una pasión loca por el lujo en todas sus formas, fui el Alcibíades ridículo de aquella sociedad que me abrió paso como a un conquistador. ¡Años de locura y de acción en que comenzaron a elaborarse dentro de mí los planes que hoy me dominan, en que la comprimida sensualidad reventó como brote vigoroso bajo el sol de primavera, en que las pasiones intelectuales comenzaron a crecer y con ellas la curiosidad infinita del mal; soplo de la suerte que me hizo conservar la fortuna heredada sin que el fabuloso derroche alcanzara a disminuirla, ambiciones que haciéndome encontrar estrecho el campo y vulgares las aventuras femeninas y mezquinos los negocios, me forzasteis a dejar la Tierra, donde era quizás el momento de visar a la altura, y venir a convertirme en el rastaquoere ridículo, en el snob grotesco que en algunos momentos me siento! ¡Vanidad que te solazas al leer el suelto en que el Gil Blas anuncia que el richissime Américain don Joseph Fernández y Andrade compró tal cuadrito de Raffaeli, y te hinchas como un pavo real que abre la verdeléctrica cola constelada de ojos, cuando al rodar la victoria de la Orloff, al paso rítmico de la pareja de moros por la Avenida de las Acacias, entre la bruma vaga que envuelve el Bosque a las seis de la tarde, algún gomoso zute, murmura fascinado por la elegancia de los caballos o la excentricidad del vestido de la impure y le dice al compañero:  ...Tiens, regarde, ma vieille! Epatante la maitresse du poete!... debes estar satisfecha, Vanidad!...

Sí, ésa es la vida, cazar con los nobles, más brutos y más lerdos que los campesinos de mi tierra, galopando vestido con un casacón rojo, tras del alazán del Duque chocho y obtuso; vestirse con otro casacón blanco, con un chaleco de seda bordado de colores y con medias y zapatos femeninos para hacer piruetas de maromeros y grotescos dengues al poner el cotillón en casa de Madame la Princesse Tres Estrellas; acompañar a la novicia recién casada que quiere ponerse al corriente, a casa de costureras y modistas, para dirigirle la hechura de los vestidos que no podría escoger sola; perder una hora conversando con el camisero para sugerirle la idea de una pechera de batista plegada y rizada y cinco minutos escogiendo la flor rara que debe adornar la solapa del frac; sí, vanidad, satisfácete, ¡ésa es la vida y son ésas las ocupaciones del hombre que pasó su vigésimo año leyendo a Platón y a Spinoza!

Es ridículo. Escribo e involuntariamente cedo a mis exageraciones. Esa no es toda mi vida. Junto a ese mundano fatuo está el otro yo, el adorador del arte y de la ciencia que ha juntado ya ochenta lienzos y cuatrocientos cartones y aguas fuertes de los primeros pintores antiguos y modernos, milagrosas medallas, inapreciables bronces, mármoles, porcelanas y tapices, ediciones inverosímiles de sus autores predilectos, tiradas en papeles especiales y empastadas en maravillosos cueros de Oriente; el adorador de la ciencia que se ha pasados dos meses enteros yendo diariamente a los laboratorios de psicofísica; el maniático de filosofía que sigue las conferencias de La Sorbona y de la Escuela de Altos Estudios, y cerca de ese yo intelectual funciona el otro, el yo sensual que especula con éxito en la Bolsa, el gastrónomo de las cenas fastuosas, dueño de una musculatura de atleta, de los caballos fogosos y violentos, de Lelia Orloff, de las pedrerías dignas de un rajá o de una emperatriz, de los mobiliarios en que los tapiceros han agotado su arte, de los vinos de treinta años que infunden vigor nuevo y calientan la sangre; y por encima de todo eso está un analista que ve claro en sí mismo y que lleva sus contradictorios impulsos múltiples, armado de una voluntad de hierro, como llevaban los cocheros dóricos los cuatro caballos de la cuadriga en las carreras de las Olimpiadas!

Y estás satisfecho, Pangloss, me pregunta ahora la voz interior que habla en las horas de análisis íntimo... No, jamás, esa vida que a tantos les parecería increíble por su intensidad no sirve sino para excitar mis deseos de vivir... Más! todo! grita el Monstruo que llevo por dentro... No eres nadie, no eres un santo, no eres un bandido, no eres un creador, un artista que fije sus sueños con los colores, con el bronce, con las palabras o con los sonidos; no eres un sabio, no eres un hombre siquiera, eres un muñeco borracho de sangre y de fuerza que se sienta a escribir necedades... Ese obrero que pasa por la calle con su blusa azul lavada por la mujercita cariñosa y que tiene las manos ásperas por el trabajo duro, vale más que tú porque quiere a alguien, y el anarquista que guillotinaron antier porque lanzó una bomba que reventó un edificio, vale más que tú porque realizó una idea que se había encarnado en él! Eres un miserable que gasta diez minutos en pulirse las uñas como una cortesana y un inútil hinchado de orgullo monstruoso!... ¡Oh! un plan a qué consagrar la vida, bueno o malo, no importa, sublime o infame, pero un plan que no sean los que tengo hoy, ni la casa de comercio en Nueva York para especular en grande y doblar mi fortuna, ni el viaje alrededor del mundo para almacenar sensaciones e ideas, ni la vida en el archipiélago para pescar perlas que me den más oro; no, un plan que no se refiera a mí mismo, que me saque de mí, que me lleve como un huracán, sin sentirme vivir!...

Bâle, 23 de junio