De sobremesa

Part 2

Chapter 23,687 wordsPublic domain (Wikisource)

  Porque no lo entenderían tal vez, como no entendieron los «Cantos del más allá», dijo el poeta con dejadez. ¿Ya no recuerdas el artículo de Andrés Ramírez en que me llamó asqueroso pornógrafo y dijo que mis versos eran una mezcla de agua bendita y de cantáridas? Pues esa suerte correría el poema que escribiera. Es que yo no quiero decir sino sugerir y para que la sugestión se produzca es preciso que el lector sea un artista. En imaginaciones desprovistas de facultades de ese orden, ¿qué efecto producirá la obra de arte? Ninguno. La mitad de ella está en el verso, en la estatua, en el cuadro, la otra en el cerebro del que oye, ve o sueña. Golpea con los dedos esa mesa, es claro que sólo sonarán unos golpes, pásalos por las teclas de marfil y producirán una sinfonía. Y el público es casi siempre mesa y no un piano que vibre como éste, concluyó sentándose al Steinway y tocando las primeras notas del prólogo del Mephisto.

  Fernández, dijo Rovira suspendiendo su interminable paseo para acercarse a la mesa y sacudir la ceniza del puro que fumaba, en un platillo de cobre repujado. Oye, Fernández: no te preocupes con los sermones de este médico, que quiere ser para ti un don Pedro Recio Tirteafuera, ni con escribir unos versos más o menos, para que tus admiradores te proclamen genio al día siguiente del entierro! Más vale vivir tres días en Nare, como decía el minero, que tres siglos en el corazón de la posteridad... Nada, hijo, diviértete, cuídate, busca más caballos árabes y más armas si eso te suena, compra más anticuallas y más chirimbolos, métete hasta las narices en la política, déjate querer por todas las mujeres que se antojen de ti y hazte querer de todas las que se te antojen, no vuelvas a escribir un solo verso si no se te da la gana... Para todo eso te doy mi permiso a cambio de que me satisfagas esta noche un antojo que tengo desde hace mucho tiempo... Quiero oírte leer unas páginas que según me dijiste una vez, tienen relación con el nombre de tu quinta, con un diseño de tres hojas y una mariposa que llevan impreso en oro, en la pasta blanca, varios volúmenes de tu biblioteca, y con aquel cuadro de un pintor inglés... ¿cómo dices tú?, ¿decadente? no... ¿simbolista? no, ¿prerrafaelita? Eso es, prerrafaelita, que tienes en la galería y que no logro entender por más que lo miro cada vez que paso por ahí... ¿Sabes de qué te hablo?...

  Sí, sé de qué me hablas, contestó Fernández levantándose al oír ruidos de voces y de pasos en el cuarto vecino.

El portier pesado de tela roja de Oriente bordado de oro que cierra la entrada de la derecha, se abrió dándoles paso a Luis Cordovez y a Máximo Pérez.

  Buenas noches, te traigo a este hombre para que lo distraigas, dijo Cordovez, tendiéndole la mano a Fernández; Juan, Oscar, saludando familiarmente a los amigos con quienes hablaba Pérez, y vengo yo a desinfectarme de todas las vulgaridades oídas en estas dos horas... Dame una copa de jerez del más seco, y siéntate tú aquí, añadió mostrando un sillón cercano al suyo, necesito oír buenos versos para desinfectarme el alma... ¡Si tú supieras de dónde vengo...!

  Pues no me parece imposible adivinarlo; de una comida en que has estado cerca de una rubia... el vestido lo cuenta... ¡Irreprochable!... añadió Fernández fijándose en la gardenia fresca que llevaba Cordovez en el ojal del frac y en las gruesas perlas que le abotonaban la pechera.

  ¡Ya lo ves, te equivocaste! Los poetas andan siempre soñando cosas deliciosas. Nada, hombre, de una comida dada por Ramón Rey a Daniel Avellaneda, en que se habló de política al comenzar y de religión y de mujeres al concluir. Cuando te digo que necesito que me leas versos de Núñez de Arce para desinfectarme. No, no son versos, añadió dirigiéndole a Fernández una mirada en que se adivinaba su amor casi fraternal y su entusiasmo fanático por el poeta... ¿Sabes?... no son versos de Núñez de Arce... es prosa tuya lo que quiero... vengo a pedirte de soñar como dices tú... hace tres días que no le pido de soñar a nadie por miedo de que me sirvan mal y que estoy pensando a cada momento en que llegue esta noche para suplicarte me leas unas notas tomadas en un viaje por Suiza, que nunca me has mostrado... Nos las vas a leer dentro de un rato, ¿cierto?... Si tú supieras que he pasado hoy un mal día pensando en ti, con la idea fija de que estabas enfermo... Pero estás bien, ¿verdad?...

  Nunca estoy bien en los últimos días del año, contestó Fernández como distraído por algo que lo preocupara; nunca estoy bien en los últimos días de diciembre.

La frescura y la animación de Luis Cordovez, cuyas facciones delicadas y naciente barba castaña recordaban el perfil del Cristo de Scheffer, sin que los rizos oscuros que le caían sobre la frente estrecha, ni el frac que le moldeaba el busto alcanzaran a disminuir el parecido, formaban extraño contraste con la atonía meditabunda del semblante pálido y lo apagado de los ojos grises de Máximo Pérez, cuya flacura se adivinaba, mal disimulada por el vestido de cheviot claro que traía puesto, en las líneas del cuerpo tendido sobre el diván vecino, en una postura de enfermizo cansancio.

  ¿Tú no sigues bien, eh?... ¿aumentan los dolores?... le preguntó Sáenz clavándole los ojos inquisitivos...

  Siguen los dolores, atroces, a pesar de los bromuros y de la morfina... Esta noche me sentía tan mal que me retiraba ya del Club cuando encontré a Cordovez y me hizo el bien de traerme... No saben tus colegas qué es lo que tengo... Fernández, dime, ¿tampoco pudieron hacer diagnóstico preciso de una enfermedad que sufriste en París, de una enfermedad nerviosa de que me ha hablado, Marinoni...? Dime, ¿tú la describiste en algunas páginas de tu diario?... Si nos las leyeras esta noche... Creo que sólo la lectura de algo inédito y que me interesara mucho alcanzaría a disipar un poco mis ideas negras.

  Yo le había instado antes a José para que nos leyera algo relacionado con el nombre de la quinta, con Villa Helena, dijo Rovira malhumorado y como temeroso de no lograr su empeño; ahora tú y Cordovez vienen cada cual con su idea, y va a resultar que José no nos lee nada al fin. Fernández, ¿qué dices?

  Tú querrías leer la última novela de Pereda, ¿no, Cordovez?  dijo el escritor distraído , recuérdame darte el tomo.

  No; te había suplicado que nos leyeras unas notas escritas en Suiza, pero resulta que Rovira desea conocer unas páginas que según dice tienen relación con Villa Helena; Pérez otras que dizque describen una enfermedad que sufriste en París y el doctor Sáenz no opina, está callado como un mudo desde que entramos... ¡habla, Sáenz!

  Fernández no me oye nunca cuando le hablo. Hace cuatro años le vengo diciendo que escriba y no me oye. José, ¿no tienes tú, un cuento o cosa así, que pasa en París, una noche de año nuevo? insinuó el médico... ¿Por qué no nos lo lees?...

  Todo eso es Ella... dijo el escritor, como perdido en un ensueño; esta mañana las rosas blancas en la verja de hierro de Villa Helena; a mediodía el revoloteo de la mariposilla blanca que se entró por la ventana del escritorio... Ahora cuatro deseos encontrados que se juntan para que la nombre... Se pasó la mano por la frente y se quedó callado luego sin que durante diez minutos en que pareció olvidarse de todo y sumirse en honda meditación, ninguno de los amigos se atreviera a distraerlo.

  Fernández, ¿no nos vas a leer nada?, preguntó Rovira impaciente, deteniéndose cerca del sillón de aquél... ¿Tienes dolor de cabeza?... Eso ha sido el trabajo de hoy... ¿Tú para qué trabajas?... ¿no lees algo al fin?...

José Fernández, después de buscar en uno de los rincones oscuros del cuarto, donde sólo se adivinaba entre la penumbra rojiza la blancura de un ramo de lirios y el contorno de un vaso de bronce y de apagar las luces del candelabro, se sentó cerca de la mesa, y poniendo sobre el terciopelo de la carpeta un libro cerrado, se quedó mirándolo por unos momentos.

Era un grueso volumen con esquineras y cerradura de oro opaco. Sobre el fondo de azul esmalte, incrustado en el marroquí negro de la pasta, había tres hojas verdes sobre las cuales revoloteaba una mariposilla con las alas forjadas de diminutos diamantes.

Acomodándose Fernández en el sillón, abrió el libro y después de hojearlo por largo rato leyó así a la luz de la lámpara:

París, 3 de junio de 189...

La lectura de dos libros que son como una perfecta antítesis de comprensión intuitiva y de incomprensión sistemática del Arte y de la vida, me ha absorbido en estos días: forman el primero mil páginas de pedantescas elucubraciones seudocientíficas, que intituló Degeneración un doctor alemán, Max Nordau, y el segundo, los dos volúmenes del diario, del alma escrita, de María Bashkirtseff, la dulcísima rusa muerta en París, de genio y de tisis, a los veinticuatro años, en un hotel de la calle de Prony.

Como un esquimal miope por un museo de mármoles griegos, lleno de Apolos gloriosos y de Venus inmortalmente bellas, Nordau se pasea por entre las obras maestras que ha producido el espíritu humano en los últimos cincuenta años. Lleva sobre los ojos gruesos lentes de vidrio negro y en la mano una caja llena de tiquetes con los nombres de todas las manías clasificadas y enumeradas por los alienistas modernos. Detiénese al pie de la obra maestra, compara las líneas de ésta con las de su propio ideal de belleza, la encuentra deforme, escoge un nombre que dar a la supuesta enfermedad del artista que la produjo y pega el tiquete clasificativo sobre el mármol augusto y albo. Vistos al través de sus anteojos negros, juzgados de acuerdo con su canon estético, es Rosetti un idiota, Swinburne un degenerado superior, Verlaine, un medroso degenerado, de cráneo asimétrico y cara mongoloide, vagabundo, impulsivo y dipsómano; Tolstoy, un degenerado místico e histérico; Baudelaire, un maniático obsceno; Wagner, el más degenerado de los degenerados, grafónomo, blasfemo y erotómano. ¡Dichoso clasificador de manías que no has sentido la vida y no has encontrado en tu vocabulario técnico la fórmula en qué encerrar las obras maestras de las edades muertas!, oye: ¿eran neurópatas consumados los hombres del Renacimiento, cuyas obras, telas y mármoles y bronces, donde el oro y la sombra de los años acumulan misterio sobre misterio, turban a los sensitivos de hoy con el enigma cautivador de sus líneas y de sus medias tintas? Mira los Cristos dolientes y sombríos, más heridas que carne y más alma que cuerpo, que languidecen entre las sombras de los lienzos del Sodoma; interroga la sonrisa ambigua de las figuras del Vinci; respira el hedor que se desprende de las telas de Valdez Leal; contempla la crueldad refinada y bárbara de las crucifixiones del Españoleto; vuelve tus manos rudas hacia el fondo de los siglos y distribuye tiquetes de clasificación patológica a esos que sintieron y expresaron lo que sienten los hombres de hoy! ¡Oh, grotesco doctor alemán, zoilo de los Homeros que han cantado los dolores y las alegrías de la Psiquis eterna, en este fin de siglo angustioso, tu oscuro nombre está salvado del olvido!...

Tus rudas manos tudescas no alcanzaron a coger en su velo la mariposa de luz que fue el alma de la Bashkirtseff, ni a profanar analizándola, una sola de las páginas del diario. «María Bashkirtseff, escribiste, una degenerada muerta joven, tocada de locura moral, de un principio del delirio de las grandezas y de la persecución y de exaltación erótica morbosa». ( Dégénérescence , volumen II, página 121). Y escrita la frase en que acumulaste cuatro entidades patológicas para definir una de las almas más vibrantes y más ardientes del tiempo presente, flotó sobre tus labios gruesos deliciosa sonrisa de satisfacción beata y estúpida!

¡Desde el fondo de la sencilla tumba que guarda tus cenizas en el Cementerio de Passy y a donde irán los intelectuales de mañana a cubrir de flores el mármol que conserva tu nombre, desde el fondo del tiempo donde llegarás agrandada por la leyenda, perdona, ¡oh muerta dulcísima! al maniático seudosabio que te inmortalizó juntándote con Wagner y con Ibsen, en la expresión de su desprecio profundo!

Quiere Mauricio Barrés, en las sutiles páginas que intitula «La leyenda de una Cosmopolita», y en que estudia a la Bashkirtseff, darnos de ella, ya que no un retrato definitivo, tres impresiones instantáneas de tres actitudes suyas y nos la presenta adolescente, en las sabanas heladas de Rusia, dejando desarrollarse en sí el vigor espiritual y sensual que animara su vida; en plena juventud, dándole por fondo del retrato los ramajes oscuros, al través de los cuales vibra la música de una orquesta, al caer de la tarde, en un lugar de aguas de Bohemia y, tocada ya por la mano fría de la tisis que le abrillanta los ojos con artificial brillo y le colora las mejillas pálidas con la agitación de la sangre empobrecida, bajo el sol de Niza, sonriente y con el corpiño florecido por diminuto ramo de mimosas y de anémonas. Ninguno de los negativos del ideólogo me satisface. Cierro los ojos y me la forjo así, de acuerdo con las páginas del Diario: Es alta noche... La familia, cansada de las fatigas triviales del día, duerme tranquilamente. Ella, en el cuarto silencioso donde la rodean sus libros predilectos, Spinoza, Fichte, los más sutiles de los poetas, los más acres de los novelistas modernos, acodada sobre el escritorio, cayéndole sobre la masa de cabellos castaños la luz tibia de la lámpara, la cabeza apoyada en la mano pálida, vela y recapitula el día. Se ha levantado a la madrugada, y al correr las persianas del balcón, para procurarse una noche artificial y favorable al estudio, el paso de un grupo de obreros por la calle, llena de la bruma de la madrugada y azotada por la lluvia, la ha hecho enternecerse al pensar en la suerte de esos miserables. Tras de varias horas de lectura de Balzac, en que ha vivido en comunión con aquel genio enorme, el proyecto del cuadro con que sueña, del cuadro que ha de inmortalizarla, la ha hecho ir a Sèvres, donde la espera, el modelo, y allí en el luminoso paisaje de primavera, las manos temblándole de artística fiebre, los ojos bien abiertos para verlo todo, los nervios tendidos para realizar el milagro de trasladar al lienzo la frescura de los renuevos, la tibieza del sol que ilumina el campo, la carne sonrosada del modelo, sobre la cual flotan las diáfanas sombras de las ramas de un durazno en flor; el verde húmedo de la yerba tierna, el morado de las violetas y el amarillo de los renúnculos que esmaltan el prado, el azul del cielo pálido en el horizonte, ha trabajado, olvidada de sí misma, en un frenesí, en una locura de arte, hora tras hora, el día entero. Por la tarde, rendida, desencantada de la pintura hasta el fondo del alma, convencida de que serán vanos todos sus esfuerzos para alcanzar la meta soñada, hubo un instante en que tuvo que contenerse para no rasgar el lienzo en que trabajó con todas sus fuerzas. Un detalle de elegancia le hace olvidar la momentánea angustia. Doucet, el costurero, la espera para ensayarle un vestido de crespón de seda rosado, que tiene por todo adorno una guirnalda de rosas de Bengala, y que han combinado ambos para que, al lucirlo ella en el próximo baile, la concurrencia, al verla atravesar el salón moderno por entre la corrección de los fracs negros y de las blancas pecheras, tenga la ilusión de contemplar sonriente y animada por la vida, la más hermosa de las pinturas de Greuze. ¡Y el vestido la ha entusiasmado! Por una hora se olvida de la artista que es, del filósofo que funciona dentro de ella y que analiza la vida a cada minuto y a quien preocupan los problemas eternos... No, ella no es eso, siente que ha nacido para concentrar en sí todas las gracias y los refinamientos de una civilización, que su papel verdadero, el único a la medida de sus facultades, es el de una Madame Récamier, que su teatro será un salón donde se junten las inteligencias de excepción y de donde irradie la doble luz de las supremas elegancias mundanas y de las más altas especulaciones intelectuales... Los hombres más ilustres del momento serán los huéspedes de ese centro, allí sonreirá suavemente Renán, moviendo la gran cabeza bonachona, con ademán episcopal; Taine vendrá a veces y se dejará oír, un poco absorto por instantes en su incesante pensar, animado otras, preguntando en frases cortas, netas, precisas como fórmulas; Zolá, ventrudo y pálido, contará el plan de su novela futura; Daudet paseará por sobre las obras de arte que destacan sus cartones sobre las viejas tapicerías desteñidas, la mirada curiosa de sus ojos de miope y apoyará en el brocatel de los sillares la enmarañada melena de piferaro; los pintores, Bastien Lepage, el preferido, chiquitín, enérgico, chatico, con su rubia barba de adolescente; Carrolus Durán, con sus aires de espadachín y de tenorio; el Maestro Tony Robert Fleury, el de la dulce fisonomía árabe y los ojos dormidos; los poetas Coppée, Sully Prudhomme, Theuriet, todos ellos serán recibidos allí como en una casa del arte y se sentirán ajonjeados y mimados como por una hermana. Ella tendrá en las manos el cetro, será la Vittoria Colonna de mañana, rodeada por esa corte de pensadores y de artistas...

¡Oh sueños vanos deshechos como bombas de jabón que nacen, se coloran y revientan en el aire!... Al salir de casa de Doucet, la idea de hablar con el médico, que le dice la verdad respecto del mal que la está devorando, se le impone, ¡Se ha sentido tan enferma en los últimos días, han sido tan agudos los dolores que la han atormentado, tan intensa la fiebre que le ha quemado las venas; tan profundo el decaimiento que la ha postrado por horas enteras!... En el silencio grave del salón de consultas el esculapio la ausculta lentamente, golpea, con blandos golpecitos de las yemas de los dedos, las espaldas gráciles, aplica atento el oído sobre la piel tersa como el raso, del busto delicado, y tras del minucioso examen prescribe cáusticos que queman el seno, aplicaciones de yodo que manchan y desfiguran, drogas odiosas, un viaje al Mediodía que equivale a abandonarlo todo, arte, sociedad, placeres y para justificar las prescripciones rígidas y con su frialdad de hombre de ciencia, acostumbrado al dolor ajeno, suelta las frases brutales. Está tísica... el pulmón derecho destrozado por los tubérculos, el izquierdo invadido ya, esa sordera que la atormenta desde hace meses irá aumentando; la tos que la sacude y la lastima, los insomnios atroces que la agotan, todo eso va a crecer, a tomar fuerza, y a dilatarse como las llamaradas de un incendio, a acabar con ella...

¡Que está tísica! Sí, lo siente, lo sabe. Hubo un momento en que al salir de la casa del sabio se abandonó al desaliento y se sintió cerca de la muerte, pero hace dos horas ha olvidado su mal... Por la gran ventana abierta del taller, cercano al cuartico donde está ahora, se veía el cielo nocturno, de un azul profundo y transparente; la luz de la Luna se filtraba por allí e inundaba la penumbra de su sortilegio pacificador. Sentada ella en el piano, al vibrar bajo sus dedos nerviosos el teclado de marfil, se extendía en el aire dormido la música de Beethoven, y en la semioscuridad, evocada por las notas dolientes del nocturno y por una lectura de Hamlet, flotaba pálido y rubio, arrastrado por la melodía como por el agua pérfida del río homicida, el cadáver de Ofelia, Ofelia pálida y rubia, coronada de flores... el cadáver pálido y rubio coronado de flores, llevado por la corriente mansa...

Verdad que hacía dos horas la magia de la música la hizo olvidarse de todo, de sí misma y de la tisis, pero ahora, desvanecido el encanto, sola, sentada frente al escritorio, acodada sobre éste, la luz tibia de la lámpara, cayéndole sobre la masa de cabellos castaños, la cabeza apoyada en la mano delicada, ahora al recapitular el día, la lectura de Balzac, la furia de trabajo artístico en Sèvres, el ensayo del vestido, el sueño de grandeza mundana, los momentos pasados en el piano, todo se borra ante la realidad cruel de la enfermedad que avanza en el gran silencio religioso de la medianoche; la siniestra profecía del hombre de ciencia llena sola, oscura y siniestra como un horizonte nublado, el campo de su visión interior... Morir, Dios mío, morir así tísica a los veintitrés años, al comenzar a vivir, sin haber conocido el amor, única cosa que hace digna a la vida de vivirla, morir sin haber realizado la obra soñada, que salvará el nombre del olvido; morir dejando el mundo, sin haber satisfecho los millones de curiosidades, de deseos, de ambiciones que siente dentro de sí, cuando el conocimiento de seis lenguas vivas, de dos lenguas muertas, de ocho literaturas, de la historia del mundo, de todas las filosofías del arte en todas sus formas, de la ciencia, de las voluptuosidades de la civilización, de todos los lujos del espíritu y del cuerpo, cuando los viajes por toda Europa y la asimilación del alma de seis pueblos, sólo han servido para desear la vida con ardor infinito y concebir planes cuya realización requeriría diez vidas de hombre! ¡Morir así, sintiéndose el embrión de sí mismo, morir cuando se adora la vida, deshacerse, perderse en la sombra! ¡Imposible!...