Part 17
Muebles y objetos de arte, caballos y coches, todo el fastuoso tren que fue como la decoración en que me moví en estos años de vida en el viejo continente, me esperan ya en el vapor que al romper el día comenzará a cruzar las olas verdosas del enorme Atlántico para ir a fondear en la rada donde se alza, con el eléctrico fanal en la mano, la estatua de la Libertad, modelada por Bartholdi.
Voy a pedirles a vulgares ocupaciones mercantiles y al empleo incesante de mi actividad material lo que no me darían ni el amor ni el arte, el secreto para soportar la vida, que me sería imposible en el lugar donde, bajo la tierra, ha quedado una parte de mi alma. El coche que me llevará a la estación para tomar el tren que me aleje de París para siempre irá primero al lugar donde he pasado las mañanas de los últimos días.
Al llegar a él el 28 de octubre, con una tarde destemplada y húmeda, Marinoni se alejó suplicándome que lo esperara por unos momentos. Seguramente quería estar solo para conmemorar el aniversario. Caminé unos pasos, y al sentir lo mojado del piso, fui a detenerme bajo las ramas de un árbol y cerca de una columna que tenía la inscripción medio borrada por los años la lluvia. Recorrí con las miradas el horizonte cobrizo, sobre el cual cortaban sus negruras finas, como los calados de un encaje, las cimas de los árboles de la entrada, sacudidos por el viento. Allá, lejos, entre las sombras que empezaban a envolver el paisaje, dorada por un rayo del sol, brillaba la cúpula de los Inválidos. Por sobre la ciudad, confusamente delineada, sobresalían las masas negras de las torres de Nuestra Señora, y el cielo rojizo se reflejaba en la corriente del río.
Al bajar los ojos hacia el suelo alfombrado por las hojas marchitas, cuyo olor melancólico estaba respirando en la tristeza del paisaje, tropezaron mis miradas con una rama que pendía, rota, del rosal vecino y cuyas tres hojas se agrupaban en la misma disposición que tienen las del camafeo de Helena. Una mariposilla blanca se detuvo sobre ellas un instante, y levantando el vuelo vino a tocarme la frente.
Sobrecogióme al verla el supersticioso terror que me invadió al ver la otra alzarse de entre el ramo de rosas blancas, en la alcoba de Constanza Lansser; me crispó el recuerdo de la pesadilla de Londres, en que, rodando hacia el fondo de un abismo negro, veía arriba, arriba, las tres hojas de una rama y el revoloteo de la mariposa blanca sobre la claridad azul del cielo; y al recordar el horrible sueño, una ansiedad sin nombre, una impresión de miedo irrazonado e irresistible, me aflojó las piernas y me quitó las fuerzas. Comprendí que iba a caerme en ese instante, ahí, sobre el barro, y a morirme del mismo mal que me hizo caer en el bulevar la última noche del año antepasado, al detenerse el volante y cruzarse los punteros de oro sobre la muestra de alabastro. Las doce campanadas ensordecedoras que oí aquella noche comenzaron a sonarme en los oídos. Dando media vuelta para buscar un punto de apoyo en el monumento que tenía a la espalda, y cerrando los ojos, alcance a cogerme de la verja baja de hierro y de la pilastra que formaba la esquina. Caí de rodillas apoyándome con la mano derecha en el suelo y agarrándome con la izquierda de la baranda de metal frío. El desvanecimiento iba pasando y la impresión de terror disminuía. Abrí al fin los ojos. Vi blanco; hice un esfuerzo horrible para levantarme, y de pie ya, agarrado de la baranda, los volví a cerrar instantáneamente, porque sentí que me volvía el vértigo. De repente di un grito de terror. Había sentido unas manos que se apoyaban en mis hombros. Volví la cabeza. Era Marinoni que había vuelto y me había cogido por detrás.
¿Qué tienes?, preguntó, asustado.
El vértigo..., alcancé a contestarle.
Quédate quieto; deja que te pase; yo te tengo para que no te caigas, dijo y me sostuvo con todo su cuerpo... Suelta la verja; eso es, apóyate en mí. Quédate quieto...
Ya pasó, le dije al sentir que disminuía gradualmente la angustia, y levanté la cabeza. Al hacerlo, leí la inscripción negra sobre el mármol blanco, que encierra la verja; di otro grito, que sonó en todo el cementerio, y caí desplomado.
De ahí hasta el despertar en la alcoba, con la cabeza apoyada en los almohadones y los ojos de Charvet fijos en los míos, no tengo recuerdo ninguno.
Hace doce días hice mi primera salida para ir al cementerio, a donde he vuelto después, todas las mañanas, a cubrir de flores la losa que reza su nombre y dice la fecha y la hora de su muerte. Es la última hora del año, en que agonicé de angustia frente al reloj de mármol negro, viendo juntarse los punteros de oro para marcar el minuto supremo sobre la muestra de alabastro, tras de la cual creí sentir que iba a aparecérseme lo Desconocido. La hora del tren se acerca. Oigo el ruido del coche que se detiene frente a la puerta del hotel.
Viene a buscarme para ir a llevarle las últimas flores que pondré sobre su tumba.
¿Su tumba? ¿Muerta tú?... ¿Convertida tú en carne que se pudre y que devorarán los gusanos?... ¿Convertida tú en un esqueletito negro que se deshace? No, tú no has muerto; tú estás viva y vivirás siempre, Helena, para realzar el místico delirio de las abuelas agonizantes, arrojando en el alma de los poetas ateos, entenebrecida por las orgías de la carne, el pálido ramo de rosas y para hacer la señal que salva, con los dedos largos de tus manos alabastrinas.
¿Muerta tú?... ¡Jamás! Tú vas por el mundo con la suave gracia de tus contornos de virgen, de tu pálida faz, cuya mortal palidez exangüe alumbran las pupilas azules y enmarca la indómita cabellera que te cae en oscuros rizos sobre los hombros.
¿Muerta tú, Helena? ...No, tú no puedes morir. Tal vez no hayas existido nunca y seas sólo un sueño luminoso de mi espíritu; pero eres un sueño más real que eso que los hombres llaman la Realidad. Lo que ellos llaman así es sólo una máscara oscura tras de la cual se asoman y miran los ojos de sombra del misterio, y tú eres el Misterio mismo.
José Fernández, al suspender la lectura, cerró el libro, empastado en marroquí negro, y ajustándole la cerradura de oro con la mano nerviosa, lo colocó sobre la mesa.
Los cuatro amigos guardaron silencio, un silencio absoluto en que se oía el ir y venir de la péndola del antiguo reloj del vestíbulo, el murmullo de la lluvia, que sacudía las ramazones de los árboles del parque, el quejido triste del viento y el revoloteo de las hojas secas contra los cristales del balcón.
Adormecíase en él la semioscuridad carmesí del aposento. El humo tenue de los cigarrillos de Oriente ondeaba en sutiles espirales en el círculo de luz de la lámpara atenuada por la pantalla de encajes antiguos. Blanqueaban las frágiles tazas de china sobre el terciopelo color de sangre de la carpeta, y en el fondo del frasco de cristal tallado, entre la transparencia del aguardiente de Dantzig, los átomos de oro se agitaban luminosos, bailando una ronda, fantástica como un cuento de hadas.
Category:ES-D Categoría:Obras de José Asunción Silva