Part 12
El regalo de Rivington, una copia suntuosamente enmarcada y hecha por mano de maestro del cuadro que adorna su sala, llegó hace cuatro días a mi hotel. Fue en el salón donde abrí la caja, retirando yo mismo los tornillos, levantando las tablas, rompiendo los papeles que lo envolvían, hasta contemplar la ideal imagen de la Idolatrada. Imposible permitir que una mano servil hubiera ejecutado aquella tarea. La pintura es un perfecto espécimen de los procedimientos de la cofradía prerrafaelista; casi nulo el movimiento de la figura noble, colocada de tres cuartos y mirando de frente; maravillosos por el dibujo y por el color los piececitos desnudos que asoman bajo el oro de la complicada orla bizantina que borda la túnica blanca y las manos afiladas y largas, que desligadas de la muñeca al modo de las figuras del Parmagiano, se juntan para sostener el manojo de lirios, y los brazos envueltos hasta el codo en los albos pliegues del largo manto y desnudos luego. El modelado de la cabeza, el brillo ligeramente excesivo de los colores, agrupados por toques, todo el conjunto de la composición se resiente del amaneramiento puesto en boga por los imitadores de los quattrocentistas. Está detallado aquello con la minuciosidad extrema, con todo el acabado que satisfaría al Ruskin más exigente; distingue quien lo mira uno a uno los rayos que forman la aureola que circuye los rizos castaños de la cabeza, los hilos de oro de la orla bordada, las ramazones de los duraznos en flor, los pétalos rosados de éstas, las hojas de las rosas amarillas, sobre la verdura de los matorrales, y en los retoños y yerbas del suelo podría un botánico reconocer una a una las plantas copiadas allí por el artista. Al pie de la pintura, sobre la orla negra, brilla en dorados caracteres latinos la frase:
MANIBUS DATE LILIA PLENIS
¿Quién era el pintor, ese J.F. Siddal, cuyo nombre está al pie de la tela, que con tan extremado amor puso la mística expresión de unción soberana y casi estática en el lienzo que puebla ahora mi casa y mi vida de dulcísimos ensueños?... Ni lo mencionan los críticos que han escrito sobre la Pre Raphaelite Brotherhood, ni figura su nombre en ninguna galería, ni catálogo de museo.
¡Qué me importa el ideal de arte que le dictaba su técnica minuciosa, si ante mis ojos sonríes, con la suave gracia de los largos lineamientos de tu cuerpo delicado, con la misteriosa irradiación de tus pupilas azules que alumbran la sobrenatural palidez del semblante, enmarcado por los sedosos rizos castaños de la destrenzada cabellera!, ¡oh imagen que llenas mi vida y mi alma!...
He aquí lo que he encontrado para que, en el cuarto vecino al escritorio, donde amplia cortina de antiguo tejido y desteñidos matices deja caer sus pliegues a los lados del balcón enmarcándolo, esté junto lo mejor de mí mismo. Sobre las paredes tendidas de oscuro cuero de Córdoba sólo atraen las miradas dos telas: la copia enviada por el doctor Rivington y el retrato de la abuela, con su perfil de Santa Ana y las canas blancas destacándose sobre un fondo oscuro que pintó para mí James Mac'Neil Whistler, el extraño artista que, al decir de un crítico, sabe con extralúcida intuición desprender en sus obras, bañadas de misterio, lo suprasensible de lo real.
Al pie del retrato de Helena, pesada mesa de bronce cincelado sostiene las jardineras llenas de flores que pedí a Cannes por telégrafo. Sube hasta sus pies el aroma de las rosas rojas, de las rosas amarillentas y de las rosas blancas, de los ramos de violetas de Parma que languidecen en altas copas de cristal opalescente, de los montones de claveles blancos, áureos, sonrosados, purpúreos, confundidos con la suave emanación de las mimosas y de los lirios. Aquella oposición de vívidos tonos que cantan, tentaría la paleta de un colorista.
Sobre el verde de los veladores de malaquita contrasta el blanco de las pastas, ornamentadas con las tres hojas y la mariposa, de los tomos de versos que compré en Londres e hice encuadernar a mi antojo. Un solo sillón, donde bajo la mirada apaciguadora de sus ojos azules, voy a leer a Shelley y a Longfellow, y el pesado cofre de hierro donde guardo las joyas, su camafeo, y el ramo de rosas de Ginebra, forman el mobiliario del cuarto.
¡Ese ambiente de espiritualidad es el que requieres, amor de alma, para que vivas con intensa vida, y el único que me parece respirable hoy, en que mi ternura aspira a ti con todas sus fuerzas como débil planta que vuelve sus hojas hacia el sol!
10 de abril
Charvet, fastidiado de esperarme en el despacho, mientras me vestía, estaba acomodado en el sillón, la cabezota contra el espaldar de éste, los quevedos de oro montados en la nariz, y los poemas de Keats en la mano, cuando entré al saloncito.
Los poetas ateos, de jóvenes, no creen en Dios, pero creen en los ángeles y en la Virgen Santísima, dijo levantándose al verme. Hasta ahora éste es el sitio donde he respirado atmósfera más espesa de misticismo... desde que paseo mi persona por este pícaro mundo. Si el pobre Scilly Dancourt entrara a este cuarto, se arrollidaría al ver el retrato colocado en este ambiente de capilla... Se pone usted malo... ¿Qué le pasa a usted?, añadió con cara de sorpresa... ¿He cometido una indiscreción al entrar aquí?... Perdóneme usted; vi la puerta entreabierta y no resistí la tentación de hacerlo; vamos a su escritorio.
Sentado cerca de éste, Charvet, instado por mí, con no sé qué frases locas, para que me explicara qué quería decir con lo que me había hecho temblar de sorpresa al oírlo, me dijo más o menos lo siguiente:
Hizo doce años, a fines de enero, estaba en Provenza huyéndole al frío del invierno, cuando recibí un telegrama de un hotelero de Niza, ofreciéndome gruesa suma por ir a pasar algunos días allí y prestarle mis servicios a un enfermo grave. Era tan halagüeña la oferta que no vacilé en ponerme en camino, para presenciar a mi llegada una de las escenas más angustiosas que he visto en la práctica de mi profesión, tanto más cuanto que mi ciencia nada podía hacer para evitarla. Ahora, al ver ese cuadro, del cual poseo una fotografía regalada entonces por Scilly Dancourt, creo ver a la pobrecilla con la admirable belleza de sus veintitrés años, y recuerdo como si fueran cosas de ayer los horribles sufrimientos del pobre hombre cuando, arrodillado al pie del lecho, bebiéndole el aliento envenenado y besándola, volvía los ojos hacia mí, como pidiéndome que la defendiera contra la muerte. Doctor: ¡sálvela usted y le serviré de rodillas toda mi vida; soy rico; disponga usted de mi fortuna, pero sálvela!, me decía, suplicante; y yo comprendía el paroxismo de dolor que lo crispaba al ver la figura ideal y la mirada de ternura sobrehumana conque lo envolvían los ojos azules de la tísica.
La enfermedad había sido un resfriado, cogido la noche en que salieron de París; pero la frágil constitución de la enferma y quién sabe qué herencia de tuberculosis, hicieron estallar una tisis galopante, ante la cual fueron inútiles mis esfuerzos. Decirle a usted qué especie de dolor, de locura fue la del marido al convencerse de que estaba muerta, sería tarea imposible.
Fuera de esta criatura, me decía, mostrándome días después una chiquitina de cuatro años que parecía comprender el horror de lo que había pasado y lo miraba con los mismos ojos azules de la madre y tenía aspecto delicado como el de una flor enferma, no tengo a nadie en el mundo. Me voy a Africa, me voy a Extremo Oriente, a recorrer toda la América, a viajar por años enteros para no morirme aquí de melancolía. ¡Pobre hombre! Me causó tal impresión verlo en ese estado, que recuerdo hasta sus últimas frases:
Doctor: no se extrañe usted al verme sufrir así, al ver mi desesperación; usted no sabe que era una santa, usted no sabe que todas las de su raza han sido adoradas así, frenéticamente. ¿No ha oído usted contar la historia de Rossetti, el poeta pintor que casó con María Isabel Leonor Siddal, que era de la misma familia de mi mujer, hace veintitantos años?... y que ¿jamás pintó en sus cuadros ni cantó en sus versos a otra que a ella, y que muerta ella depositó en el ataúd el manuscrito de sus poemas para que durmiera junto de la que los había inspirado?... Rossetti estuvo, al morir María Isabel, casi loco; y si años más tarde el cloroformo y la tristeza dieron cuenta de su vida, fue porque no hizo lo que voy a hacer yo, a pedirle a los viajes y al estudio de las religiones la fuerza necesaria para no dejar a esta chicuela sola en el mundo!, decía mostrándome a la niña.
¿Y la fotografía, doctor?...
¡Ah, sí! Ese cuadro que tiene usted es un retrato de la mujer de Scilly Dancourt, hecho por un hermano que abandonó la pintura después, para irse a la India, según me dijo entonces aquél... Y oiga usted... El amanerado imitador de los prerrafaelistas no hizo más que dañar el modelo al sujetarlo a las invenciones de su escuela, porque la muerta era más hermosa todavía; tenía una cabellera castaña de visos dorados, ese color auburn que dicen los ingleses, y unos ojos azules como no he visto otros después. Pobre hombre; no lo he vuelto a ver nunca.
¿Ni a saber de él, doctor?..., le pregunté con mal disimulada impaciencia.
Ni una palabra. Creo que la única persona a quien le escribe en París es al General des Zardes. Sirvió a sus órdenes como Capitán en la guerra con Prusia en 1870, y éste lo tiene en grande estima por su valor... ¿Y cómo vamos de salud?, inquirió, volviendo a sus carneros.
Charvet me autorizó desde ese día para volver a mi vida de antes de la enfermedad:
Está usted hoy más fuerte que la tarde en que vino a mi consulta por primera vez. Goce usted suavemente de la vida... Sea usted feliz, me dijo, golpeándome el hombro al salir.
¡Gozar de la vida sin ella! Gozaré de la vida cuando me arrodille a sus pies. ¡Bendito seas rayo de luz que has caído en la noche de mi alma y que me permitirás encontrarla!
20 de marzo
Cuanto le puedo contar es cuento le he contado; diríjase usted al profesor Mortha, a quien Scilly Dancourt le escribe con frecuencia sobre sus chifladuras de orientalismo y de historia religiosa, dijo, con su voz ruda y levantándose de la silla, en el salón del Círculo, el viejo General des Zardes. Diríjase usted a Mortha... Ahora resulta usted preocupado también de esoterismo y de religiones. Creía que la vida de cuartel que ha llevado lo había preservado de esas vagabunderías. Y es usted joven para ser General, agregó con irónica expresión, torciéndose el viejo mostacho canudo.
Yo no soy General, le contesté, riéndome, al oír aquella salida.
Pues es extraño... Todos los paisanos de usted que yo he conocido en el Círculo, son generales, gruñó, despidién dose.
Poco más había adelantado con la conversación que tuve con él y que acabó con aquella frase evocatoria de las charreteras de fácil adquisición en nuestras repúblicas latinoamericanas. Contóme en ella la campaña hecha por ambos, él como Coronel, Scilly Dancourt como Capitán en la quinta división del ejército mandado por el General de Tailly, las marchas y contramarchas, las indecisiones y los desaciertos de la funesta campaña; me pintó al pobre Emperador átono y decaído, sumido en la incertidumbre y en el silencio; puso por las cumbres a Trochu que, al decir suyo, habría salvado a Francia si hubiera realizado sus planes; llamó imbéciles a Rouher, a Montauban y a Chevreau; insultó a Bazaine, glorificó a Mac Mahon; me describió a gritos y con voces técnicas las batallas de Saint Privat, de Wissenbourg y de Froeschwiller, y el aire de mortal tristeza y de embrutecimiento de Napoleón al ver entrar sucesivamente a la Prefectura de Sedán a Ducrot, a Douay luego, a Lebrun después; el diálogo brutal entre Ducrot y Wimpfen y la salida de éste a parlamentar con el enemigo.
Scilly Dancourt, me dijo energizándose, no vio el fin de la batalla, ni figura su nombre en el registro de las vergonzosas capitulaciones, ni se llevó de Sedán en los ojos el horror de ver a nuestros noventa mil soldados que, inutilizados por los días que pasaron en el campo de la miseria, con los pies metidos entre el barro, empapados por la lluvia, temblando de hambre y de sed, de frío y de vergüenza y sintiendo la trágica sacudida del desmoronamiento del imperio, esperaban a los batallones de reclutas alemanes que habían de llevarlos prisioneros a Prusia. No, Scilly Dancourt no vio nada de esto. Después de animar a los nuestros con su coraje de león, de excitarlos con el grito, con el ademán y con el ejemplo, y de recibir tres heridas, al ver perdida la batalla, desapareció, nadie sabe cómo. Revuelta el alma por las desgracias de Francia, pasó a Inglaterra, donde contrajo matrimonio unos años después con la hija de un actor o de un músico de fama, y cuando murió ésta, se ausentó de Europa... Ya le digo a usted, el único que sabe de él es Mortha, a quien le escribe sobre esas chifladuras de religiones y de orientalismos.
El corazón se me saltaba del pecho al entrar la última vez al entresuelo de techo bajo y ruin aspecto situado en una callejuela del Barrio Latino, donde el autor de «Las Religiones de Oriente» recibe los escasos visitantes que van a distraerlo de sus preocupaciones habituales, la interpretación de seculares textos sagrados, de los viejos himnos litúrgicos y de los cultos primitivos de la humanidad. ¡Voy a hablarle de Scilly Dancourt y va él a decirme dónde encontraré a Helena!, pensaba dentro de mí, sentado ya en un canapé de la pobre y aseada salita que precede el cuarto de estudio, y contemplando una escultura asiria, un cuerpo de león alado con cabeza humana de luenga y rizada barba, coronada por la tiara sacerdotal, que, frente a frente del Budha ventrudo, que sonríe sobre la pobre y negruzca chimenea, forma el único adorno de la estancia.
Mortha es un viejecito adorable, con una cara larguísima cuya amarillenta y apergaminada piel cruzan hondas arrugas verticales, y una cabellera de seda blanca toda despeinada, de la cual le caen pelos sueltos y largos por sobre la frente enorme y los ojos vivísimos y negros. Cuando se ríe hay algo de infantil en la alegría, que le anima la cara, y canas, arrugas y ojos, todo se ríe. Sus libros y la necesidad de obtener indicaciones sobre una inscripción lapidaria fueron la disculpa con que me le presenté hace ya varios días. Me habló en la primera entrevista de unos pergaminos egipcios que estaban para la venta en Londres, hícelos comprar allí por Morrell y Blundell, se los envié y estamos al partir de un confite; me cree un egiptólogo consumado.
Al entrar al cuarto, lleno de papeles, de piedras, de restos de estatuas y de inscripciones, estaba escribiendo algo con su letrica finísima, y un rayo de sol que se colaba por la ventana le hacía brillar como plata las canas blanquísimas.
¿Escribía usted, querido maestro?... preguntéle.
Sí, anotaba la traducción hecha por mi cofrade Máspero, del himno descubierto por Grebaut cerca de las necrópolis de Zaouyet el Anyan. Oiga usted qué sublimidad:
Tú te levantas, benéfico Ammón Ra Harmakouti . Tú te despiertas, verídico Señor de los dos horizontes, ardes, resplandeces, subes y culminas . Los hombres y los dioses se arrodillan ante esa que es tu forma . ¡Oh, Señor de las formas!
Una hora entera en que lo hice hablar y no hablé para que no descubriera mi superchería, y al cabo de la cual lo traje por enredados caminos al asunto en que tengo puesta toda mi alma.
¡Ah, sí! Scilly Dancourt, me dijo; pero Scilly Dancourt no es un especialista, es un hombre que quiere saber todo lo referente a todas las religiones. Los ritos egipcios del Antiguo Imperio los conoce bastante. Hace seis años recibí su última carta, datada en Abydos, donde estaba estudiando los bajorrelieves del templo. Tenía buenos datos para ser dados por un aficionado, pero su fuerte son las religiones de la India. Es uno de los pocos europeos que ha logrado entrar al fondo de los santuarios de Benarés y cultivar relaciones íntimas con los sacerdotes budistas de las pagodas del Sur; pero no vaya usted a creerlo un hombre de ciencia, y sobre todo, un hombre desinteresado en sus estudios. Lo que él persigue es la esencia misma de las religiones, lo sobrenatural, con que nada tenemos que ver los que procedemos de buena fe. No hay religión que no haya estudiado, haciendo para ello enormes viajes e inauditos gastos, visitando los santuarios y recorriendo los lugares en que nació. A estos últimos charlatanismos de la fuerza psíquica y de las telepatías, de las sugestiones a largas distancias y de las apariciones luminosas, los conoce como Crookes, y creo que se ríe de ellos. Estuvo en el Congreso de Religiones de Chicago, en 1893, sin tomar parte en él, y estoy seguro de que les habría podido enseñar algo de la suya a cada uno de los asistentes. Nosotros nos escribíamos hasta hace seis años, y de repente dejó de contestarme. Supe después por mi colega Chennevieres que lo encontró en Roma, que estaba allí con un hijo suyo. Parece que ese joven ha hecho los mismos estudios que el padre, y que fue quien lo indujo a abandonarlos, para entregarse al culto católico con raro fervor. Me ha referido Chennevieres que vivían cerca al Vaticano, que el Papa los recibía frecuentemente y que comulgaban todos los días en la misa dicha por Su Santidad. Yo he seguido escribiéndole a Scilly de acuerdo con la promesa que le hice de comunicarle
los resultados obtenidos en mis estudios de las antiguas religiones de Egipto, pero no me ha vuelto a contestar.
¿Y le escribe usted a Roma sabiendo que él viaja continuamente?..., le pregunté.
No, son sus banqueros quienes corren con dirigirle las cartas; yo las envío a la oficina de Lazard, Casseres y Compañía. Poco más deben de interesarle mis pacientes investigaciones a nuestro amigo, que lo que buscaba en sus viajes no era la ciencia de los orígenes y del desarrollo de las religiones, sino un culto que practicar, y por fin vino a dar al catolicismo, para lo cual sobraban todas las vueltas que dio. ¡Cuando yo le digo a usted que Scilly Dancourt no ha sido nunca un sabio y que sus investigaciones no eran desinteresadas!
Al fin di con el hilo de la luz que busco, con la pista que sigo para encontrarte, ¡oh!, camino que me llevarás hacia ella, pensé sorprendido de la feliz casualidad que me hizo poner en manos de Lazard, Casseres y Compañía, las sumas que había mantenido en casa de Miranda hasta el año antepasado! ¡Bendita seas tú, Actriz de los Bufos, ídolo de mi amigo el instintivo repórter don Vicente, que con tu apetito de diamantes y el dominio que ejerces sobre él y el temor que sentí de que fuera a caer mi oro en tus rosadas manecitas, junto con los patacones de don Mariano, hiciste surgir en mi cerebro la idea de trasladar mis fondos a casa de los judíos!, pensaba subiendo la escalera monumental del escritorio de éstos. Un banquero judío sirve para todo... hasta para decirle a uno dónde está la visión con que sueña. ¡Oh, Israel!, murmuré dentro de mí mismo al empujar la puerta del escritorio.
Nathaniel Casseres, doblado en dos, las narices de águila, los ojos verdosos, el collar de barba rubia, todo él encantado de verme, me estrechó la mano con afectuoso ademán y me juró que su familia había estado consternada con mi enfermedad. Vivió el tipo cuatro años en Buenos Aires y habla español, un español aprendido en Francfort, que destroza los oídos.
¿A qué depemos el fonor de per al señor Fernández en esta su casa?... ¿Tiene compras que hacer u ortenes que tar?...
Y al explicarle que deseaba saber el lugar donde estaba su cliente y que le suplicaba me informara de él:
¡Ah, sí! Puen cliente, puen hombre, puena persona el señor Chilly... Puen cliente, puen hombre, puena persona, pero no puedo informarlo a usted te lo que tesea... y más o menos me explicó esto. Los únicos negocios que la casa de Lazard, Casseres y Compañía tiene con el Conde, consisten en recibir de una compañía de seguros sobre la vida gruesa suma que le paga ésta, a la cual entregó su capital para recibir renta viajera. Al oírlo me corrió un estremecimiento de frío por las espaldas. Y si llegara a morir, ¿qué sería de la suerte de Helena, abandonada, sola, sin fortuna, sin amigos?...
Otra operación hacemos por su cuenta, continuó el obsequioso Nathaniel, es pagar instalamentos de un seguro de vida de una hija suya, para que ésta lo reciba al cumplir veinte años; un seguro fuerte, que le devolverá a la señorita Scilly Dancourt el capital que su padre entregó a la compañía, hábil operación, pero que sobre todo satisface los gustos de nuestro cliente, que no quiere ocuparse de negocios, ni de dinero, y que gira a nuestro cargo por cualquier suma que se le ofrezca, desde cualquier punto de Europa, Asia, América, Africa u Oceanía, donde toman sus cheques nuestros banqueros, porque la casa tiene agentes en todo el mundo, agregó, complacido. Para él no llega aquí más correspondencia que la de un sabio su amigo. Hace tres años recibimos del señor Scilly telegrama de Roma, dando orden de no enviarles esas cartas, y la casa, cumpliendo las suyas, las guarda aquí. El no escribe nunca.
¿Y dónde está fechado el último cheque del señor de Scilly?, pregunté.
He dado a usted todos esos datos en estricta reserva, y así le daré el otro. Permítame usted hablo con el tenedor de libros para informarlo.
De Alejandría, y es por una suma fuerte. Probablemente seguiría para Oriente... El año pasado, por esta época, recibimos un cheque de Benarés... ¡Puen cliente, puen amigo, puena persona el señor de Chilly Tancourt!
Y haciendo reverencias y ofreciéndome que la casa estaría a mis órdenes siempre, me acompañó hasta la puerta, por donde salí desesperado.
¡Dios mío, un mes perdido así, cultivando imbéciles, oyendo referir la batalla de Sedán y leer los himnos a Ammón Ra Harmakouti, y sabiendo por los judíos cómo está colocada la fortuna del padre, todo esto sin encontrar el camino que me lleve hacia ella! Hoy me sé la historia de los Scilly como tal vez no la sabrá el Conde, que no tiene cara de darle importancia a esas vanidades. Cuanto libro he encontrado que pueda darme luz sobre los antepasados de Helena, lo he leído con una paciencia de benedictino. Tengo la cabeza llena de nombres y de hechos que van desde el año de cuarenta y ocho, en que un Scilly, amigo íntimo de Lamartine, figuró en la política, hasta el mil trescientos veintisiete, en que otro partió para la primera Cruzada. Sé sus armas y sus blasones, su escudo de combate y su grito de guerra. ¡Dios mío! ¿Y qué me importa todo eso si pierdo la esperanza de encontrarla y si me desespera perder esa esperanza? ¡Helena, amor mío, Helena, amor mío de mi alma, ven, surge, aparécete ante mis ojos cansados de buscarte y hunde en ellos las penetrantes miradas de tus pupilas azules, para que veas hasta mi alma y que en ella sólo te reflejas tú, como en las aguas de un lago dormido, el cielo constelado de astros!
12 de abril