Part 14
Replicó el chico negativamente, y al punto agregose otro bigardón afirmando que el caballero flaco había salido de Palacio con el señor Urra y el señor Echevarría, dirigiéndose al Ayuntamiento, donde se disponían caballos y coches para el séquito del rey. De Sancho dijeron que creían haberle visto en la Caridad ayudando a la saca de los enfermos que debían marchar, y allá corrió Fernando con el organista, que oficioso se prestó a ser su escudero.
Nuevamente fue acometido Calpena, en ocasión de tanto apuro, del recuerdo de Negretti:
«¡Qué bueno sería —pensaba— que nos encontrásemos ahora y lograra yo que me llevase consigo en los carros de la Maestranza!».
Con estas ideas se entremezcló la consideración del cambiazo súbito que le marcaba su destino, y al decir destino daba este nombre indebidamente al soberano gobierno de Dios, que dispone a veces, según su alta voluntad, todo lo contrario de lo que propone nuestra pequeñez ignorante y ciega. Bastaron unos minutos de coloquio con persona que trataba por primera vez, para ver alterado totalmente el rumbo de sus caminos, vueltas del revés sus ideas, y en la esfera de su voluntad sustituidas unas energías por otras. ¡Cuán lejos estaba el soñador Fernando de que su destino, Dios mejor dicho, le preparaba desviaciones más radicales y sorprendentes!
Entró con su ayudante en el patio grande de la Caridad, donde vieron algunos enfermos medianamente acondicionados en camillas para partir con la corte. Eran soldados, oficiales, paisanos, víctimas de la guerra dinástica. Familia o amigos cuidaban de su transporte, y no había ya más dificultad que encontrar músculos vigorosos que cargaran las camillas por lo menos hasta San Prudencio. Los que se hallaban en mejor disposición se acomodaron en los carros de la Maestranza, entre bombas, cartuchería y maquinaria, y algunos fueron llevados a la plaza para agregarse a la impedimenta del _Requeté_ o del 2.º de Guipúzcoa. Recorrieron todo el patio en busca de Sancho, y en una de estas vueltas Calpena se sintió cogido de la esclavina de su abrigo; volviose, y vio a una mujer lacrimosa que, cruzadas las manos y mirándole con vivísima ansiedad de postulante, como los que apremiados por la miseria imploran la caridad pública, le dijo:
—Señor mío, caballero..., no me negará usted que lo es, porque el que ha nacido caballero no lo puede negar... Si es usted tan noble y piadoso como me ha parecido, me atrevo a pedirle que ampare a una familia desgraciada...
Hizo ademán Calpena de sacar limosna, y ella, retirando su mano, prosiguió:
—No, no; la caridad que pido no es esa; pido su auxilio para salir de aquí, para proteger la vida de mi padre...
—Señora —dijo Fernando cortés y compasivo—, mucho siento no poder ampararla... Soy forastero, no conozco a nadie, y busco también quien me facilite la salida. Perdóneme usted..., no puedo...
Se alejó; pero no había dado diez pasos cuando sintió en su corazón el golpetazo de la piedad, en su garganta el ahogo de la conciencia que se rebela contra el egoísmo, y volvió hacia la mujer, que arrimada al muro lloraba sin consuelo.
—Bueno —le dijo—, veamos en qué puedo servirla. No llore y explíqueme... Difícilmente podré yo...
—No me equivoqué —replicó ella—, al pensar que es usted persona hidalga. Entre tantos indiferentes o despiadados, solo en usted, cuando le vi pasar, vi la esperanza.
—¿Pero qué puedo hacer? Soy forastero...
—Yo también. Tanto usted como yo somos aquí gente extraña, enemiga quizás al sentir de ellos... Bien se ve que no es usted de esta tierra...
—En efecto...
—Ni faccioso quizás. ¿Y qué? También hay en la facción caballeros, y usted lo es.
—De tal me precio... Pero... dígame... Lo primero: ¿quién es usted, qué clase de socorro desea?...
—Ya sabrá quién soy, quiénes somos, pues conmigo está mi hermanita, más pequeña que yo. Por el momento, y en este grave apuro, solo digo que tenemos aquí a nuestro padre enfermo, y queremos llevárnoslo, huir, escapar de esta casa y de este pueblo. La vida de mi padre corre peligro... Moriremos nosotros con él, antes que abandonarle... ¿Podremos salir aprovechando esta desbandada?
—Perdóneme... No acabo de enterarme. Su padre de usted ¿dónde está?
—Arriba...
—¿Quién es?
—Don Alonso de Castro-Amézaga, persona de gran posición y nobleza, natural de Laguardia, prisionero, enfermo, condenado a muerte un día, y al siguiente indultado por la piedad de Carlos V; aborrecido del pueblo oñatiense, y de las tropas y servidores de este rey, de quien no quiero decir nada malo. Observe usted que no digo nada malo.
Lo que observó Calpena, en ocasión que los farolillos movibles alumbraban el rostro de la pobre señora, fue que a esta le cuadraba más bien la denominación de moza o señorita. A oscuras y desfigurada por el llanto, habíala creído mujer del pueblo, joven.
—Soy una persona decente —dijo la llorona, comprendiendo que Calpena rectificaba su primer juicio—. Aunque me ve usted en este abandono de vestir, motivado por los trabajos que nos impone nuestra desgracia, mi hermana y yo somos dos señoritas de una familia rica y noble. Cómo hemos venido aquí, cómo nos encontramos prisioneras con mi padre, secuestradas propiamente por nuestro amor filial, sin amparo, sin consuelo, es cosa muy larga de contar. ¿Será usted bastante discreto para no pedirme ahora más explicaciones, y bastante generoso para prestarme, como caballero, antes que se las dé, su apoyo y protección?
—Sí, sí..., veamos.
—No tardará usted en conocer por qué circunstancias y casos tan peregrinos se encuentran aquí dos damitas muy principales, al cuidado de un noble señor a quien sus entusiasmos locos han traído a esta terrible situación.
—Ya voy comprendiendo... Pues apela usted a mi caballerosidad, yo le aseguro que no ha llamado a la puerta del egoísmo... Señora, en lo que de mí dependa... Y ahora, ya que me ha dicho usted el nombre de su desgraciado padre, dígame el suyo.
—¿El mío? Me llamo Demetria... Mi hermana es Gracia, y solo tiene catorce años. Yo he cumplido veinte.
—¡Veinte años! —exclamó Calpena—, ¡y a los veinte años, en posición decente, encontrarse aquí..., así...!
Por un momento dudó Fernando. Pero en aquel punto pasó un fraile que llevaba farol; a la luz de este vio el rostro de la que se había llamado damita, en el cual efectivamente se revelaban, sin que pudiera decir cómo, la principalidad y la buena educación. ¿Era bella? A la fugaz claridad del farol pareciole insignificante. Pero acertó a pasar otra linterna, y la luz de esta pintó la cara de Demetria con formas y matices que se aproximaban a una mediana hermosura.
—Quedamos en que Dios me ha deparado un caballero. Se lo pedí con toda el alma —declaró la joven mostrando su espíritu, gallardo y animoso, ya que no su semblante, que continuaba desvanecido en la penumbra—. Vamos, suba usted conmigo.
—Si el caballero que Dios concede a usted soy yo, señora —dijo Calpena con no menos gallardía—, sepa que cuando se trata de amparar al desvalido no conozco el miedo. Adelante, pues, y Dios sea con nosotros.
XXIII
Subieron a punto que bajaban hombres y mujeres; pero nadie reparó en ellos: cada cual iba derecho a su asunto sin cuidarse del prójimo. En un cuarto mísero, lleno de trastos, el primero que a mano derecha se encontraba, entraron Demetria y su protector, seguidos del chicuelo organista, a quien Fernando mandó retirarse. En la galería había luz: abriendo la puerta de la estancia se podía ver a medias el interior de esta. Demetria entró dando albricias:
—Ya tenemos quien nos salve. Nuestro salvador aquí está: no le conozco; pero no importa. Dios me lo ha deparado.
No distinguía Calpena la figura del don Alonso, que yacía taciturno sobre un montón de esteras liadas. Destacose la figura de Gracia, delicada, esbeltísima, bañado también en lágrimas el rostro, y saliendo a la puerta, expresó su turbación en estos términos:
—¿Y el señor sabe quienes somos?... ¿Le has dicho...?
—En este cuarto —dijo la hermana mayor— dormíamos nosotras. Cuando se empezó a decir que la corte evacuaba la ciudad, no pensamos más que en la manera más fácil y pronta de escapar de aquí. Felizmente, señor... Pero no estará de más que me diga usted su nombre, y así nos entenderemos mejor... Pues sí, señor don Fernando..., felizmente los celadores y enfermeros no hicieron ningún caso de mi padre, y cuando empezaban a sacar heridos, echáronle de la cama y de la sala...
—Como a un perro —añadió la otra niña con rabiosa aflicción.
—¿Qué hacemos ahora? Incapaces nosotras de determinar nada, nos entregamos a la voluntad y a la iniciativa de usted.
—¿Hay algún peligro en que su señor padre salga públicamente... por entre el vecindario?
—Sí, señor; lo hay, puede haberlo..., porque..., verá usted...
En esto llegó arriba presuroso el organista con la nueva feliz de que el señor Sancho había parecido, y estaba en el patio. Rogó Calpena a las niñas que aguardasen un momento mientras bajaba en busca de quien podía prestarle eficaz ayuda en aquel empeño. Presurosa salió Demetria a la escalera para decirle:
—Por Dios, no tarde usted mucho. Si usted no volviera o tardara, nos moriríamos de pena.
—Esté tranquila. Volveré al instante.
—¿Cómo demostrarle que no es conveniente exponer a mi padre a que le vean paisanos y soldados de Oñate en las calles del pueblo? Necesitaría contar a usted una parte larguísima de esta triste historia para que lo comprendiese bien. Pero usted, sin explicaciones, me creerá..., me creerá sin pruebas. ¿Verdad, señor don Fernando?
—Creo..., sí... —afirmó Calpena; y al decirlo, mirándola de abajo arriba, pues ella se paraba en los escalones más altos y él descendía lentamente, vio en sus ojos algo que le infundía ciega fe. Demetria, bien lo observó entonces, era de estatura más que mediana, esbelta y de admirable conformación de cuerpo y talle.
En los últimos peldaños de la escalera le cogió Sancho, endilgándole apremiantes órdenes de su señor:
—Don Aníbal se va con el Infante. Me dice que a usted le acomodará en un birlocho de los señores eclesiásticos, donde irán apretaditos, y a mí en una mula de los mismos, a la grupa del fraile de menos libras. Me dice que...
—¿Más todavía?
—Que recojamos del alojamiento sus pistolas, el abrigo de monte, la gorra de ídem, y las demás prendas que allí tienen los señores, y que con todas estas cosas y nuestras personas nos dejemos caer por el Ayuntamiento, donde él se encuentra con el señor Erro y otros principales de acá.
No necesitó Calpena saber más para concebir con rápido pensamiento un plan y ponerlo en ejecución con voluntad decidida, en la cual no cabían dudas ni vacilaciones.
—Aguárdame aquí: tardaré un cuarto de hora todo lo más. Si no te encuentro cuando vuelva, Sancho, te aseguro que me la pagas. Obedéceme, o sabrás quién soy. Aquí..., no te muevas..., te necesito. Un cuarto de hora...
Corrió a la calle; veinte minutos después hallábase de vuelta, trayendo las pistolas y dos capotones de viaje, uno de los cuales a Rapella pertenecía. El motivo de haber tardado un poco más de lo presupuesto fue que al salir de casa de Iriarte, recogidos los bártulos y pagado el hospedaje, encontró interceptado el paso por la comitiva del rey. Iba Carlos V en su coche, tirado por tres poderosas mulas. Aun en tan desairada y triste ocasión, el pueblo le aclamaba, adorando más bien la idea que la persona, a la cual no veía. Con lentitud atravesó el carruaje la plaza, llena de tropa, y entró en la calle _Zarra_, seguido de otros coches y de innumerables jinetes, entre los cuales descollaba por su militar arrogancia la guardia de honor del estandarte de la Generalísima. Lloviznaba otra vez, y las mujeres se echaban una enagua por la cabeza: los soldados aguantaban impávidos la lluvia como poco antes habían resistido las balas. El tambor sonaba en las calles lejanas, aproximándose por esta parte, alejándose y perdiéndose por la otra. En los corrillos que a su paso encontraba, oyó Calpena un alarmante rumor. Venían, venían los cristinos por San Adrián abajo..., ya estaban cerca de Aránzazu... Antes de amanecer ocuparían la ciudad... ¡Pobre Oñate, pobres casas, infelices mujeres!
—¿Y la caja del señor, y el estuche, afeites y pinturas del señor don Aníbal?... —preguntó Sancho, quedándose como en éxtasis.
—Sube conmigo, y cállate la boca —dijo Calpena entregándole todo lo que había traído, menos las pistolas—. El estuche se lo he mandado al Ayuntamiento con la criada de Iriarte. A nosotros no nos hace falta, porque no nos pintamos. Lo que pudiéramos necesitar, aquí lo tengo ya. Vamos, arriba pronto.
Demetria le salió al encuentro gozosa, cruzando las manos como quien da gracias a Dios. Ya estaba medio muerta de ansiedad, sespechando que su protector no volvería.
—Me detuve, señora doña Demetria, viendo pasar al rey, que ya va camino de San Prudencio y Vergara... Y dicen por ahí que vienen tropas de Oráa a ocupar el pueblo. ¿Esto nos favorece o nos perjudica?
—¡Nos favorece! —exclamó la joven volviendo a cruzar las manos y elevándolas al cielo—. ¡Dios mío, si fuera verdad...! Pero no perdamos tiempo, señor don Fernando... ¿Qué tal está de gente la calle?
—Por aquí escasea ya; en la plaza un gentío inmenso... Vea usted este abrigo largo. Se lo pondremos a su señor padre. Es de un amigo mío que se va con la corte.
—¿Qué trae ahí? Pistolas... ¡Ah! Parece que ha leído usted mis pensamientos, señor de Calpena, o que viene inspirado por Dios. Ya pensé yo que debía usted llevar armas por lo que pueda ocurrir.
—Nos defenderemos si es preciso. ¿Hay alguien aquí que nos estorbe la salida?
—Puede ser... no sé. En la confusión de este momento angustioso para el pueblo, saldremos, o intentaremos salir después de encomendarnos a Dios fervorosamente.
Entró Calpena en la estancia precedido por Demetria y seguido de Sancho. En el suelo había un farol. Don Alonso se había puesto en pie; miraba con espantados ojos a los dos hombres. Era un señor de tipo militar, grave, hermoso, tan horriblemente demacrado, que representaba sesenta años no contando más que cuarenta y siete.
—Son amigos —le dijo Demetria acariciándole—, amigos de los buenos, que nos acompañarán fuera de aquí hasta donde queramos; hasta nuestra casa. ¿Verdad, señores, que nos acompañarán?
—Amigos —balbució el enfermo con torpísima voz, sin quitar de ellos sus atónitos ojos—. ¿De qué tierra...?
—De la nuestra, de allá... Vamos, vamos pronto. Póngase el abriguito que le ha traído este buen señor, y arrópese bien, y cálese la capucha, que hace mucho frío... Así, así... ¿Ve qué bien está?
Calpena se ciñó el cinto de las pistolas. En aquel momento entró una vieja, que presurosa recogió del suelo el farol, diciendo en voz muy baja:
—Ocasión como esta para salir, en toda la noche la hallarán. ¡Ánimo y afuera! Abierto todo... Corpas y Berastegui han ido corriendo a la plaza.
—Este buen señor —indicó Calpena viendo que don Alonso se movía con notoria dificultad— ¿está paralítico?
—Le llevaremos entre todos —dijo la niña mayor, angustiada.
—Sancho —ordenó don Fernando a su escudero en tono que no admitía réplica—, tú que eres fuerte, cógele en brazos. Afuera todo el mundo... Demetria, agárrese usted de mi abrigo por este lado... Gracia, por la izquierda. Déjenme los brazos libres... Buena mujer, haga el favor de llevar este lío de ropa, que es mucho peso para la niña. Yo, con mis dos mujeres, delante; sígueme tú, Sancho, con el señor a cuestas... Vamos. Derechos a la salida por la puerta principal. Y luego todo el mundo a la derecha lo más vivamente posible hasta coger el puente y ponernos al otro lado del río. ¡Dios sea con nosotros! Saldremos sin tropiezo, y al que quiera detenernos no le doy tiempo a respirar.
Salieron en el orden dispuesto, con vivo paso, sin mirar a nadie. Por fortuna, en el patio había poca gente. Sentía Fernando el temblor de las dos muchachas, cada una por un lado, y su ardimiento varonil se centuplicaba entre aquellos dos miedos femeninos... Todo fue muy bien hasta que, franqueada la puerta y torciendo hacia el río, pasaban frente a la Universidad. Dos galeras paradas en medio de la calle obligáronles a un largo rodeo, y en esto se les plantaron delante dos hombres, con boina blanca (_chapelchuris_), que parecían servidores de alguna ambulancia:
—Eh, ¿qué es eso, a dónde van estos pájaros?... Atrás —dijo uno de ellos revelando en la pureza del habla que no era vascongado.
Sin contestarle, Calpena le dio un empujón, diciendo a su escudero:
—¡Vivo, Sancho, vivo!
—¡Atrás! ¿quién es usted? —gritó el otro _chapelchuri_ cortándole el paso.
Fernando le apuntó a la cara diciendo:
—¿Que quién soy? Vas a verlo. Un hombre que te dejará seco ahora mismo, si le estorbas el paso...
Y como los otros retrocedieran, más sorprendidos que atemorizados, añadió en el mismo tono:
—Animales, ¿no veis que acompaño a dos señoras? ¿De qué tierra sois, que no respetáis a las damas?...
—_Semos_ de Cascante. ¿Y qué?
—Pues yo soy de _Cascón_. ¡Paso! No somos ladrones... No nos llevamos nada que no sea nuestro.
—_Pensemos_ que venían de la cárcel.
—Abur, amigos... —dijo Calpena avivando el paso, siempre con la impedimenta de las dos aterradas niñas a un lado y otro—. El que quiera media onza, venga por ella; el que quiera una bala, también...
Y diciéndolo llegaron al puente, y pasáronlo a escape, sin mirar atrás. Las señoritas, adquiriendo por el miedo mismo súbita ligereza, no corrían, volaban, y Fernando con ellas. Sancho, con supremo esfuerzo de sus aceradas piernas, se puso prontamente a mayor distancia. La vieja que cargaba el lío de ropa fue la más rezagada; pero llegó la pobre, renqueando, sin tropiezo alguno.
—Si esos brutos —dijo Calpena cuando pudieron tomar aliento— vienen acá, que escojan entre una buena recompensa por ayudarnos y un par de tiros bien certeros por perseguirnos.
—Señor, no hay que temer —dijo sofocado el escudero, dejando en el suelo a don Alonso—. Esos mostrencos son de Cascante, media legua de mi pueblo, que es Ablitas. Les conozco: están en la facción por compromiso. Son de los que llaman _pasados_, y sirven por los nueve cuartos. Si vienen, con una buena propina le servirán a usted de cabeza.
—No, no; más vale que no vengan. No quiero nada de Oñate, y menos de _chaquelchuris_ o _chapeles_ del infierno. Alejémonos un poco más, y luego tomaremos algún descanso. Ánimo, señoras, que ya estamos fuera. Y tú, Sancho, imita, hasta donde puedas, al bravo Esain, _el burro de don Carlos_. Solo que nuestro pobre don Alonso pesa menos que el rey absoluto. Adelante. Esta buena señora hará el favor de llevar su carga un poquito más lejos. Allí se ve una luz. ¿Qué es aquello? ¿Hacia dónde vamos?
—Es la ermita del Santo Ángel de la Guardia —indicó la vieja.
—Él nos favorezca y nos acompañe —dijo Demetria más animosa, haciendo la señal de la cruz.
—El señor Echevarría ha mandado que se alumbre la imagen toda la noche.
—¡Qué previsión la del señor confesor del rey!, esa luz piadosa nos guía en esta oscuridad —dijo Calpena—. Creo que nadie nos sigue... ¡Eh! Sancho, párate un poco. Cruzamos un camino. ¿Hacia dónde se va por aquí?
—Tirando a la izquierda, vamos a Lamiátegui.
—¿Es camino contrario al que lleva la corte?
—Sí, señor; podremos, faldeando el monte Aloña, subirnos hacia Aránzazu...
—Eso, eso —dijo Demetria prontamente—. Aránzazu... Aránzazu es nuestro camino...
XXIV
Dispuso el jefe de la expedición dirigirse al barrio de Lamiátegui, donde se procurarían medios para alejarse de la villa con más presteza y comodidad. Continuaron su marcha silenciosos, y llegado que hubieron cerca de las primeras casas de la anteiglesia, arrimáronse a un humilladero que les pareció lugar muy apropiado para descansar y orientarse. Puesto en pie don Alonso, sostenido por sus dos hijas, mirábales a todos uno por uno con ojos de sorpresa y terror.
—¿Dónde está Oñate? —preguntó con ronca voz, y mayor espanto en su mirada.
Los cuatro a un tiempo señalaron hacia donde se veían las mortecinas luces de la villa entre montes y espesuras borrosas..., y le hicieron notar el triste son de tambores que hacia aquella parte se oía. Encarose don Alonso, erguido y fiero, con el espacio oscuro salpicado de luces, y cual si estuviera delante de una persona, blandió su bastón, exclamando:
—¡Ca... nallas, lad...!
No pudo concluir: su lengua era como un trapo, y sus esfuerzos por hacerla funcionar no producían más que sordos mugidos. Volvió a gritar:
—¡Ca... nallas!
Y lo que no pudo decir con la boca, decíalo con el bastón, pues más de cinco minutos estuvo apaleando la atmósfera, hasta que sus hijas, haciéndole sentar en el sitio que escogieron como menos incómodo, trataron de sosegarle con palabras cariñosas.
—Sí, sí —dijo Demetria mirando a la villa e increpándola con más amargura que furor—: te hemos maldecido, Oñate; hemos llorado sobre ti más de lo que pudieran llorar por sus pecados todas las generaciones que en ti han vivido. Si logramos perderte de vista para siempre, solo te decimos: «Oñate, quédate con Dios».
En tanto Calpena daba estas órdenes a Sancho, acompañadas del dinero preciso:
—Necesitamos a todo trance víveres y un carro del país. Este pobre señor no puede moverse; ya lo ves. En caballería, si alguna se encontrara, tampoco podríamos llevarle. Busca por las casas de Lamiátegui un carro de bueyes, y lo tratas sin reparar en precio. De paso que haces esta diligencia, te traes la comida que encuentres, y un par de botellas de vino, todo bien acondicionado en una cesta. ¡Figúrate qué noche nos espera si nos lanzamos por esos caminos llevando a cuestas a don Alonso, con estas pobres niñas hambrientas y nosotros desfallecidos! Si tuviéramos la suerte de que bajaran tropas cristinas a ocupar a Oñate, menos mal. Pero me temo que no nos caerá esa breva... Anda, hijo, no perdamos tiempo. Toma más dinero si quieres, y tráeme lo que te digo.
—Un carro si lo hay, que no lo habrá..., y víveres si los encuentro, que los encontraré..., pero no querrán dármelos. Bueno.
—Anda, y no seas agorero... Ya oíste que las señoritas quieren llegar hasta Aránzazu. Tratas el carro; si te preguntan qué clase de pasajeros han de ocuparlo, dices que peregrinos..., que un enfermo..., que un monje..., en fin, di lo que quieras. A tu talento y agudeza lo fío... Vete volando.
Partió el escudero con más diligencia que confianza, desesperanzado de hallar lo que deseaban los fugitivos, y estos aguardaron su vuelta sentados al abrigo del humilladero. Don Alonso, arropado por la vieja, reclinó su cabeza sobre el hombro de Gracia, que le mimaba y arrullaba como a un niño. A la izquierda de este grupo, Demetria y Fernando permanecían en silencio, hasta que la joven lo rompió con estas o parecidas expresiones: