Part 6
Elocuentes discursos resonaban en el augusto recinto; frenéticos aplausos recompensaban los arranques oratorios de la gloriosa tribuna española, sin rival por la majestad y la grandeza; las pesadas máquinas tipográficas, a las cuales aligera el tenue vapor, giraban incesantes despidiendo la palabra escrita; el pueblo se apoderaba con ansia del delgado papel mensajero de la buena nueva; la plaza pública convertíase en palenque de controversia, y con aquella emulaban la cátedra, el palacio, el círculo y la humilde vivienda del jornalero; cantaba el poeta, en inspiradas estrofas, el triunfo de la igualdad; el estadista ponía en tortura su inteligencia, buscando una fórmula de todo punto niveladora; meditaban los sabios; la osada presunción daba a los vientos de la publicidad las más peregrinas soluciones; conmovíase el país desde sus cimientos; la nación en masa deliberaba; pero la resolución del problema, el procedimiento verdaderamente igualador seguía en pie.
Los altos poderes, en los cuales reside la facultad de hacer las leyes, acordaron que el Estado se incautase de todo, obra hacedera en quien disponía de la fuerza; pero el Estado, a su vez, debía repartir la masa común entre los españoles, en proporciones completamente iguales; empresa ante la cual mostrábanse perplejas las Cortes, indeciso el Gobierno, impaciente la plebe y suspensos los ánimos de todos.
Proponían unos que la riqueza se repartiese a prorrata; pero ¿cómo se dividía una ciudad, por ejemplo, aunque no fuese más que entre sus habitantes, dadas las diferentes condiciones de los edificios, ni aun una casa entre sus inquilinos, variando el valor de cada piso, ni una comarca, en vista de la discrepancia de los terrenos, ni siquiera una propiedad rural, cuando las divisiones no podían ser homogéneas?
Pedían otros, entre los cuales predominaba el elemento ministerial, que el Estado repartiese los bienes según las obras de cada uno; pero ¿qué orden, qué equidad ni qué justicia presidirían a la distribución en un país donde la mayor parte de los destinos públicos, los ascensos y las mercedes venían siendo, más que recompensa del mérito, de la virtud o de los servicios, producto de la cábala política, del ciego favor o del nepotismo erigido en sistema? Semejante medio pugnaba con el principio nivelador votado por las Cortes, pues constituiría, al cabo, el más irritante de los privilegios: el privilegio del valimiento.
¿Y qué diré de los que querían apelar a la insaculación para el reparto, creando la aristocracia del azar?
Un partido numeroso inclinábase al comunismo _icario_ de Cabet, confiando al Estado las funciones de curador de todos los españoles; pero ¿qué fuera de estos a merced de la omnipotencia administrativa con todo el lujo de expedientes inacabables, de resoluciones contradictorias y de leyes y reglamentos arbitrariamente interpretados? ¿Qué de la libertad individual en perpetua tutela de una burocracia opresora e indolente?
Los _sansimonianos_, que también los había, proclamaban la excelencia de sus doctrinas; mas ¿qué igualdad era de esperar en un sistema eminentemente jerárquico?
Los _falansterianos_ pretendían, en vano, levantar cabeza. El pueblo mostrábase refractario a la vida monacal laica.
Triunfante la negación, que constituía la base del socialismo, ni los legisladores, ni la prensa, ni el instinto del pueblo presentaban una afirmación práctica que obtuviese la aquiescencia del mayor número.
Agolpábase la multitud en la plaza de las Cortes, y pedía a voces que estas diesen inmediata solución al asunto entonces objeto de caluroso debate, y la fórmula igualadora, con tanto afán buscada, no adelantaba un paso.
Crecía la inquieta muchedumbre allí reunida; cual río desbordado, las oleadas de gente invadían el peristilo; desgajábanse los árboles al peso de la curiosa juventud; el popular tumulto ensordecía el aire, y todo era confusión, bullicio, despecho y desenfreno en la plaza, y sobresalto, duda, miedo e incertidumbre, dentro del augusto recinto de la Cámara.
De pronto rechinaron los goznes de la puerta principal, que permanece generalmente cerrada, abriéronse de par en par las macizas hojas, y apareció bajo el dintel un anciano decrépito, de grave aspecto y reposado continente.
Era un diputado, objeto de universal consideración, aunque no siempre oído por el Congreso.
A su presencia apaciguáronse algún tanto los ánimos; retrocedieron las invasoras turbas, dejando libres las gradas del Palacio; poco a poco se fue apagando el clamoreo, y por fin, al levantar el viejo la mano en actitud de que iba a hablar, hízose la calma en medio de la apiñada muchedumbre.
Reinaba profundo silencio, interrumpido tan solo por el aire al azotar la gloriosa bandera enhiesta en lo más alto del monumental edificio, cuando el venerable anciano, adelantándose hasta el borde de la meseta, soltó la voz a semejantes razones:
«Ciudadanos: Las Cortes, doblegándose a vuestra voluntad, votaron la nivelación de los bienes de fortuna; pero las Cortes, en su elevada sabiduría, no encuentran ¿a qué negarlo? el medio práctico, ordenado y pacífico de dar cumplimiento a su acuerdo.
»La propiedad, como la naturaleza, es varia y múltiple en sus diferentes manifestaciones, y distribuirla por igual entre todos los españoles, pretensión que no cabe más que en la desordenada fantasía de los dementes, en la cándida ignorancia de los ilusos, o en la torcida intención de los malvados.
»Mas aunque fuese obra fácil y hacedera esa distribución de bienes, ¿olvidáis acaso que, apenas conseguida, produciría forzosamente una reacción, dando al traste con la igualdad, el trabajo sobreponiéndose a la pereza, la inteligencia a la ignorancia, la economía al despilfarro, y el espíritu esforzado e iniciador al instinto pusilánime y rutinario?
»No os queda, pues, más recurso que apelar al Estado, para que este distribuya equitativamente el producto del capital y del trabajo entre todos los españoles.
»Pues bien: quiero admitir en ellos una perfección ajena a la naturaleza humana. Supongamos que seguirán trabajando en provecho de la comunidad con el mismo ardor y constancia con que se sacrifican por el propio interés, por el de sus familias y por el porvenir de sus hijos; supongamos una organización administrativa superior a todo encarecimiento en el Estado, y supongamos, en fin, que este recaude íntegramente cuantos beneficios obtengan los españoles de ambos hemisferios en concepto de rentas, sueldos, jornales, honorarios, etc., y que después distribuya el total por partes iguales: ¿sabéis cuánto corresponde a cada individuo?
»Voy a demostrároslo con la elocuente lógica de las cifras.
»No hay en España datos oficiales bastantes para poder apreciar con exactitud los beneficios del capital y del trabajo; pero tomando por punto de partida el presupuesto, no será aventurado suponer que ascienden aquellos a una cantidad diez veces mayor que la recaudación obtenida por el Estado.
»Los presupuestos de la Península y Ultramar se elevan a las siguientes cifras:
Pesetas
Península. 802.876.886 Cuba. 179.301.248 Filipinas. 81.079.367 Puerto Rico. 19.323.072 Fernando Poo. 373.420
TOTAL. 1.082.453.993
»Si esta es la décima parte de las utilidades de todos los españoles, resulta que aquellas ascienden a la cifra anual de 10.824.589.930 pesetas.
»Y tened en cuenta que si de algo peco en este cálculo, es de exageración; pues en Francia, con un presupuesto de 3.561.978.092 francos, los beneficios por todos conceptos obtenidos por los habitantes de aquella República se evalúan solo en unos 20.000 millones.
»Admitamos, sin embargo, la cifra de 10.824.539.980 pesetas. Esto es en último caso (y suponiendo que todos sigan trabajando como hasta ahora) lo que puede repartirse anualmente entre los españoles.»
La muchedumbre, que durante el discurso del orador había dado varias veces muestras de impaciencia, al oír la enorme cifra de diez mil ochocientos y pico de millones anuales a repartir, prorrumpió en frenéticos aplausos.
«¡Ya tenemos la solución! —decían las gentes—; ¡ya está resuelto el problema! ¡Que se incaute el Estado de cuanto perciban los españoles por el capital y por el trabajo en todas sus manifestaciones, y que lo distribuya por igual entre los ciudadanos! ¡Esta sí que es la verdadera nivelación!»
Los aplausos atronaban el aire; los espectadores abrazábanse unos a otros; los periódicos preparaban suplementos; la oficiosidad novelera corría desaforada, anunciando por doquier la forma niveladora; el telégrafo no se daba punto de reposo, transmitiendo a las provincias y a los remotos dominios españoles la buena nueva; todo era algazara y regocijo, y fiestas, y entusiasmo indescriptible.
El anciano, entretanto, indiferente al general alborozo, de pie en el peristilo del Congreso, cruzados los brazos, miraba con irónica sonrisa al agitado auditorio que invadía la plaza y sus avenidas.
Al cabo de buen espacio de tiempo restableciose la calma y el orador prosiguió su discurso.
«Vamos a ver, dijo, el número de españoles que existen, según los últimos datos estadísticos oficiales, y la cantidad que a cada uno corresponde.
»Debo advertir que incluyo a todos, pues ante la igualdad, lo mismo debemos considerar al prócer que al humilde indio que en las apartadas regiones del extremo Oriente contribuye con su sangre y con el sudor de su frente a la defensa y a la prosperidad de la patria común.
»La población de España y de sus dominios de Ultramar es la siguiente:
Habitantes
Península, islas adyacentes y posesiones de la costa septentrional de África. 16.625.860 Filipinas. 5.561.232 Cuba. 1.449.182 Puerto Rico. 754.313 Posesiones del Golfo de Guinea. 35.000
TOTAL HABITANTES. 24.425.587
»Hay que dividir, pues, las 10.824.539.993 pesetas que obtienen de beneficio los habitantes de España y de sus Indias, por 24.425.587 a que ascienden estos, lo cual nos da un cociente de 443 pesetas 163 milésimas.
»Esto es lo que correspondería a cada español al año si no tuviésemos deudas sagradas, contraídas con extranjeros, las cuales nuestra honradez y nuestra hidalguía nos obligan a satisfacer.
»Dichas deudas representan los siguientes intereses anuales:
Pesetas
Intereses de la renta al 3 por 100, reconocida al Gobierno de Dinamarca. 97.500 Idem de la deuda perpetua al 4 por 100 exterior. 78.846.040 Idem del 2 por 100 exterior. 6.529.135 Anualidad del empréstito Rothschild. 3.750.000 Idem del anticipo Fould. 2.575.000 3 por 100 exterior no convertido. 900.000
TOTAL. 92.697.675
»Si dividimos estas 92.697.675 pesetas por los 24.425.587 habitantes de España y de sus provincias ultramarinas, resulta que cada uno debería contribuir para el pago de las deudas exteriores con 4 pesetas 122 milésimas.
»Deduciendo esta cantidad de las 443 pesetas y 163 milésimas, quedan 439 pesetas y 40 milésimas.
»Tal es la asignación anual, dentro del criterio más optimista, a que tendríais derecho, en la suposición quimérica de que no variasen las condiciones del trabajo desde el momento en que el producto de este fuese propiedad del Estado.
»A lo sumo, pues, corresponderían a cada español 439 pesetas y 40 milésimas al año, o sea UNA PESETA Y VEINTE CÉNTIMOS próximamente al día.
»¡Tal es la verdad! ¿Os conformáis con este jornal?...»
—¡Jamás! ¡Jamás! ¡Abajo la verdad! ¡Fuera! ¡Fuera! —gritó la muchedumbre indignada, arrojándose sobre el indefenso y venerable anciano...
* * *
Y desperté cuando la Verdad, investida con el carácter de legislador, era atacada por las ciegas pasiones de la plebe; y al encontrarme otra vez en el mundo real, seguía el atropello.
EL HOMBRE ÚNICO
En una isla de la Polinesia, que por su pequeñez ni siquiera consta en los mapas, reinaba, sin oposición ni émulos platónicos, un jefe de tribu, que, en las alocuciones y mensajes dirigidos a sus fieles súbditos, dábase a sí propio el dictado de Emperador del mundo. Un navegante europeo que por acaso abordó aquellas playas, trató de disuadir a Su Majestad Universal de sus errores geográficos; mas este se limitó a contestarle: «No existe ni puede existir otro mundo fuera de mi isla, porque sé de muy buena tinta que el Sol, mi ilustre antecesor, fundó aquí su única casa solariega, y no tiene más descendientes que yo y mis vasallos: por lo tanto, los que venís en el buque debéis ser espectros en figura humana.»
La persona que te voy a presentar, lector benévolo, sin los conocimientos genealógicos de aquel monarca de antiquísima alcurnia, ni pretender compartir con él tan claro linaje, fue más allá en su opinión sobre sus semejantes.
Poseído de extraña aberración mental, que no reveló jamás, porque fue loco vergonzante, antojósele que en el mundo no existía más personalidad corpórea que la suya, y que los hombres y los demás seres animados eran vanos fantasmas hechos para su servicio, mortificación o entretenimiento.
Algunas veces extremaba su extravagante hipótesis, juzgando quiméricos cuantos objetos herían sus sentidos, de lo cual deducía que él monopolizaba el mundo de las ilusiones. A decir verdad, no tuvo sobre este punto opinión constante, fija y concreta, pero sí sobre lo primero, que llegó a ser para él verdad inconcusa.
No conoció a sus padres, porque los había perdido siendo muy niño; circunstancia que le libró de la dura necesidad de no creer en ellos y de sacrificarlos al principio fundamental de sus convicciones.
Era español, y llamábase Tomás Solitario.
Como el mundo había sido hecho para su uso exclusivo, propendía naturalmente a la vanidad, al orgullo y a la soberbia; llegando a tanto su locura, que se creyó inmortal, sospechando que sus ilusorios prójimos simulaban la muerte solo para engañarle sobre la caducidad de la vida.
Sin miedo ni temor alguno a seres que se disipaban apenas volvía las espaldas o cerraba los ojos, nada era capaz de oponerse a los arrebatados ímpetus de su valor temerario.
Cauteloso y taimado como quien temía siempre ser víctima del dolo de fantasmas astutos creados para molestarle, revelaba un carácter prudente, mesurado y taciturno; hablaba poco, se reía menos, aquilataba las palabras y medía su significación, y aun así, muchas noches antes de dormirse se arrepentía de algunas indiscreciones; tal es la funesta propensión humana a la locuacidad, que aun los más precavidos, el tipo más acabado de la prudencia, han de confesarse con la almohada y expiar la culpa a costa del sueño.
Muy pronto dio claros indicios de sus felices disposiciones para el mando; pues en los juegos infantiles representaba siempre el principio de autoridad entre sus tiernos compañeros, ora a guisa de cochero, ora con la investidura de capitán, si no de general.
Consideraba como la peor de las malas sombras hechas para su tormento a un tío suyo, y tutor a la vez, el cual, harto de semejante sobrino, no tuvo punto de reposo hasta que lo vio en el colegio de cadetes de Toledo.
Los antiguos pusieron a duras pruebas la paciencia del _apóstol_, como llamaban allí a los nuevos; pero Tomás Solitario opuso tal resistencia a las novatadas, que a los pocos días de su ingreso en el colegio era considerado como el prototipo del valor y del arrojo. Verdad es que esta fama la obtuvo a costa de sus costillas; pero como era hombre de suyo sufrido y resignado, hubiera preferido perder la inmortalidad a expresar una queja. Con todo, alguna vez flaqueó su ánimo, abrumado por el dolor, y acaso entonces le asaltaba la duda de si los golpes que había recibido su humanidad unipersonal procedían de espíritus deletéreos o de hombres como él, de carne y hueso; aunque nada he hallado que confirme esta suposición mía, fundada en la poderosa virtud del palo, ese don del Cielo, como le llamaban los antiguos, para poner en razón a los cuerdos y amansar a los locos rematados.
La declaración de la guerra de Marruecos en 1859 coincidió con la promoción a subteniente de nuestro personaje, por lo cual deducirá el lector que se trata de un contemporáneo. Incorporado a un batallón de cazadores, dirigiose a Málaga, donde vio por vez primera el mar. Al contemplar aquella inmensa y líquida llanura, llevado de su rara demencia, decía para sí: «¿Es esto verdad, o mis mentidos semejantes me presentan una decoración de teatro para hacerme creer que los mapas no discrepan un punto de lo que me enseñaron en el colegio?»
Embarcose en aquel puerto, y con los brazos sobre la obra muerta del buque, y los ojos fijos en las ondulantes aguas, pasó la noche reflexionando acerca de las causas que producen aquel movimiento; y perturbado tal vez por el mareo, antojósele que entre las fosforescentes olas veía vagar las sombras de los que consideraba como enemigos suyos, que se entretenían en mover el mar con objeto de mortificarle y para que la ilusión del viaje fuese completa.
«¡Pronto —decía para su poncho— harán salir al Sol con la regularidad de todos los días, y me presentarán una tierra, a la cual debo llamar Continente africano, y en ella comparsas de fantasmas con el nombre de moros, con los cuales debo batirme! ¡Necios, si creéis que vais a amedrentarme! ¡Conozco vuestro juego, hombres en apariencia, espíritus burlones, vanas sombras, que me juzgáis condenado a perpetuo engaño! ¿Quién es más fuerte aquí? ¿Los que me consideran víctima de sus maquinaciones, o yo, que las adiviné desde que tuve uso de razón?»
Desembarcó en Ceuta, y a los pocos días tomó parte en las primeras acciones de guerra de aquella gloriosísima campaña, distinguiéndose de tal suerte, que obtuvo cruces, grados y ascensos, y renombre de bizarro, siendo proverbial su valor en todo el ejército. ¿Era acaso de extrañar tanto denuedo en quien no creía en la muerte y juzgaba en su extravagante desvarío cadáveres o heridos simulados a cuantos caían en la pelea?
Tanto pudo su locura, que una noche, estando de servicio en las avanzadas, echose junto a un montón de cadáveres insepultos, y fingiéndose dormido, miraba con el rabillo del ojo a aquellos fantásticos muertos para ver si, creyéndole desprevenido, variaban de postura; mas como no daban la menor señal de vida, exclamaba para sí: «¡Qué taimados! ¡Capaces son de no moverse hasta la consumación de los siglos, y hacer que se pudren y se convierten en polvo si saben que he de volver a pasar por este sitio! ¡Qué admirable tenacidad! ¿Qué poder sobrenatural rige y gobierna esa aparente humanidad, esa ilusión que me persigue por todas partes, ese espejismo maravilloso que miente sin cesar en medio del árido desierto de mi vida?»
Donde tuvo empero uno de los mayores raptos de enajenación mental fue en el campamento del Hambre. Una cena opípara que siguió a tres días de privaciones y de insomnio, perturbó de tal manera su cerebro que, saliendo de la tienda a tomar el aire, veía todos los objetos dobles, y meditando sobre el caso se decía: «¡Yo siempre he creído en un mundo ilusorio, pero no en dos! Ahora me parece que coexisten. ¡Si tendrá el mundo el don de la ubicuidad!»
Con tan raros pensamientos echose a dormir, y a la mañana siguiente, reflexionando sobre lo que le aconteció por la noche, discurría de esta manera disparatada: «La embriaguez me hizo ver los objetos dobles; ordinariamente los veo sencillos; luego en estado normal soy víctima de una alucinación a medias.»
En fin, sus heroicos hechos, y jamás el bajo valimiento, eleváronle a los primeros puestos de la milicia. Terminada la guerra, era ya comandante, y las contiendas civiles que sobrevinieron algunos años después a nuestra patria sin ventura, fueron grande parte para que tuviese ocasión de completar su merecido encumbramiento.
Cuando yo le conocí en el _Casino de Madrid_, ceñía la faja de general. Hasta entonces no comenzó a figurar en la política.
Antojósele ser diputado, y no faltaron electores fantásticos que le votasen.
Como hablaba poco y su continente era grave, todo el mundo le tenía por político ducho y de talla, y cierto periódico habló de él como de un hombre providencial, llamándole «rayo de luz en medio de las tinieblas que envolvían los destinos de la nación», y «áncora salvadora con que íbamos a dar fondo en el seguro puerto de la felicidad de la patria».
Estas figuras retóricas produjeron su efecto, porque el Ministerio que había logrado antes aquel puerto entendió que hombre tan extraordinario era muy a propósito para dar lustre al nombre español en extranjeras tierras; y así, antes de que se formase el partido de los _solitarios_, proyecto que estaba ya en gestación, propuso a nuestro héroe un cargo diplomático en una de las principales cortes de Europa. El cual fue aceptado sin modestas resistencias. ¿Quién era superior a él? ¡Los grandes hombres de Estado, los reyes, los emperadores, se le representaban a sus ojos como espíritus aventajados, como eminentes artistas, como primeros actores del teatro en que se consideraba único espectador!
Desempeñó su embajada, y fue tenido por el primer diplomático de su tiempo. Había resuelto el gran problema: no decir más que lo que quería. Nadie pudo competir con él en arte tan de suyo difícil.
En la corte donde estaba acreditado, conoció a una gentil doncella, la más hermosa entre las beldades de aquel reino. Sin amarla quiso casarse con ella: aspiraba a la envidia universal, si aquellos duendes podían envidiarle.
Consiguió su objeto; pero no contaba con el huésped en forma de suegra, el más horroroso de los fantasmas, el _spirito folletto_, la pesadilla de la humanidad-yerno.
Y huyendo de aquel azote, renunció el destino y vínose a Madrid.
Y el Ministerio tembló, y los periodistas no dieron paz a la pluma.
Pero aquel hombre era muy otro. No quería nada. El tedio, esa crónica dolencia de los hombres extraordinarios, minaba su alma. La idea de la inmortalidad le infundía espanto.
Deseaba tener sucesión, y la esterilidad de su espiritual consorte causábale profunda pesadumbre.
«¡Es claro —decía para sí—, los seres producen otros seres a ellos semejantes! ¿Qué ha de nacer de un hombre y de un espectro? Sería un producto híbrido no previsto por la naturaleza, si existe algo que merezca este nombre.»
Una noche, al volver más temprano que de costumbre a casa, sorprendió a su esposa de tertulia con un apuesto joven. Aquella se turbó al pronto; pero repuesta del sobresalto, con la sonrisa en los labios, exclamó:
—¡Tomás, te presento a mi primo Rafael!
Y Solitario no dudó de aquel vínculo de familia.
Mas como para esto le era forzoso admitir la posibilidad de parentesco entre los espíritus, inventó, en consonancia con su disparatada hipótesis, una teoría sobre la afinidad de determinados fluidos psíquicos.
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Vivió hasta el fin de sus días sospechando de todo, menos de la virtud de su mujer.
¡Estaba predestinado a tener fe ciega en lo que nadie creía!
* * *
¡Cuántos como Tomás Solitario son externos de los manicomios porque sienten el rubor de sus íntimos desvaríos!
¡Si saliese a luz toda la demencia latente en los cerebros humanos, tal vez sería imposible encontrar loqueros!...
LO PRESENTE
JUZGADO POR LO PORVENIR
EN EL SIGLO XX
El vapor con sus múltiples aplicaciones constituyó la principal gloria del siglo XIX. La aplicación de la electricidad como fuerza motriz es, sin duda alguna, la verdadera causa del progreso que, en el orden material, hemos alcanzado en el siglo XX.