Part 5
¡Obra gigantesca reservada solo al genio ibérico, como perpetuo testimonio de su elevada y civilizadora misión en el continente africano!
LA TAZA DE LECHE
Asturias es una de las comarcas de la Península ibérica más dignas de ser visitadas.
El viajero que recorra aquella privilegiada provincia, admirará por todas partes soberbios monumentos y venerandas ruinas, brillantes páginas de la gloriosa historia de la Reconquista; risueños valles circundados por elevadas y caprichosas montañas, en cuyas laderas la Naturaleza, pródiga y liberal, ha derramado sus variados y magníficos dones; bullidoras cascadas que se precipitan de las quiebras de las rocas, formando cristalinos arroyos y pausados ríos que culebrean por las verdes hondonadas; blancas y extendidas playas que en suave declive penetran en el mar, casi siempre agitado, flanqueadas por una costa, ya acantilada, ya compuesta de hacinados y cavernosos peñascos, contra los cuales se estrellan furiosas las olas; y, salpicados sobre tan hermoso panorama, ricos pueblos, risueñas aldeas, y pintorescos caseríos que habitan gente de cariñoso trato, alegre carácter y dulce lenguaje. Y mientras suspende los sentidos la contemplación de tantas bellezas, el aire puro del Océano, saturado de las emanaciones de una flora exuberante, renueva suave la escondida llama de la existencia, y un cielo rara vez despejado, con sus opacas nubes que se ciernen en el espacio, y sus flotantes nieblas que cortan el horizonte, convida blandamente a la concentración del espíritu y a ese apacible bienestar, a esa vaga transición que separa la vigilia del sueño; reflejo acaso de la eterna dicha que espera el alma, libre de sus carnales lazos.
¡Oh! ¡cuán triste la ausencia para el que ha nacido en aquella venturosa tierra, y desde extraño suelo aviva la memoria del bien perdido, recordando el añoso castaño que sombrea la rústica casita; el hórreo o la panera sobre toscos pilares de piedra sustentados; la fuente murmuradora que se desliza por el copioso prado; la enhiesta torre de la antigua iglesia, por donde trepa la hiedra, asomando por las grietas el verde helecho; la lejana y escueta cumbre del elevado monte; la frondosa colina cuajada de manzanos; los oscuros robles de aterciopeladas hojas, notables por su altura y corpulencia; el fúnebre ciprés y el poético sauce, que a veces turban la monotonía del bosque; los cercados maizales que generosamente ofrecen el pan del campesino; la casi siempre solitaria higuera, el humilde avellano y el altanero y pomposo nogal, cuyos gustosos y abundantes frutos son el regalo del rico y el alimento del pobre; la conseja, al amor de la lumbre, referida por un anciano, mientras chisporrotea el nudoso tronco de una encina; el familiar regocijo con que sangran allí el tonel repleto de sazonada sidra; las alegres y animadas ferias y romerías al son de los tambores, las gaitas y las panderetas; los cadenciosos bailes populares y el antiquísimo de la Danza prima, acompañado de canto melodioso; los sencillos goces de la infancia placentera, los tiernos afectos que a su calor nacieron, y en fin a la patria remota, que la imaginación reviste de sus más brillantes colores, y que no se aparta jamás del santuario del pensamiento!
Tan dulces recuerdos contristaban el corazón de Casimiro. Era este un joven de débil complexión y de enérgico espíritu, hijo de honrados y pobres labradores de la Riera, en el concejo de Cangas de Onís, el cual, llevado del propósito de aliviar la mísera condición de sus ancianos padres, se acogió al remedio a que apelan todos los años millares de españoles deseosos de mejor fortuna, que es el pasarse a las repúblicas de la América latina o a la isla de Cuba.
A esta última llegó nuestro asturiano cuando contaba apenas tres lustros, y a fuerza de trabajos sin cuento, de indomable perseverancia y de paciente resignación, al frisar con los veinticinco años viose dueño de 15.000 pesos, mezquino caudal a los ojos del rico y del ambicioso, y considerable para el pobre que ha pasado una existencia llena de privaciones, y cifra su ventura en vivir modestamente en el rincón de una provincia. Mas las fatigas con tan firme voluntad arrostradas, robando al sueño y al esparcimiento del ánimo sus naturales fueros, y, sobre todo, la idea fija de la patria lejana, minaron lentamente aquella naturaleza raquítica y gastada; y a la nostalgia, dolencia a que tanto propenden los emigrados de nuestras provincias del Norte, siguió la calentura que resiste a todos los febrífugos, la calentura terrible de la tisis, casi siempre mensajera de la muerte.
No la creía cercana Casimiro, porque se despertó en él una confianza absoluta, una fe ciega en el remedio de sus males: la patria. Allí estaban la alegría, la salud, la vida.
Volver a ella, abrazar a sus ancianos padres, cobijarse bajo el humilde techo de la casa solariega; recrear la vista en los seres y en los objetos inanimados, confidentes y testigos de su infancia; sentir el dulce calor del propio hogar; respirar el perfumado ambiente de los aires nativos; ir al cercano santuario de Covadonga, y allí sentarse a la mesa de piedra, al pie de la gigantesca Cueva, junto a la bullente cascada, y beber una taza de leche servida, como en sus años juveniles, por su adorada madre: tal era el ardiente anhelo del pobre enfermo. ¡Inmensa dicha, felicidad suprema para aquel desterrado, consumido por fiebre lenta e incesante!
En vano el solícito ruego de la amistad y el porfiado consejo de la ciencia pretendieron librarle de los azares de larga navegación, mayormente por coincidir con la época del equinoccio: Casimiro tomó la vuelta de España, y al rayar el alba de uno de los primeros días del mes de octubre avistaba desde el vapor el promontorio a cuyos pies se asienta Gijón, el gran centro industrial, marítimo y mercantil de Asturias.
¿Cómo describir la emoción del viajero al saludar las costas de su patria después de tan larga ausencia? De pechos sobre la obra muerta, fija la mirada, llorosos los ojos, anhelante el aliento, suspenso el ánimo, contemplaba aquella bendita tierra que óptica ilusión iba acercando poco a poco hacia él, mientras el buque, a impulsos del comprimido vapor, avanzaba majestuosamente. No parecía sino que los abruptos y salientes cabos de Torres y de San Lorenzo, que flanquean la ancha y espaciosa concha, en cuyo centro se alza la península de Santa Catalina, eran dos gigantescos brazos que se extendían en medio de la inmensidad del Océano para dar la bienvenida al recién llegado, y que el Sol, al asomarse por los balcones orientales, rasgando las blancas brumas que invadían el horizonte, señalaba, allende los montes cubiertos de espléndida verdura que a la izquierda mano se mostraban, el venturoso y suspirado término del viaje.
Mas ¡cuán lenta es la marcha del tiempo a medida que nos aproxima al bien que ansiamos! ¡Qué distancia no separa al fervoroso deseo de su próxima y segura satisfacción! Soporta resignado el navegante largas y mortales horas de mar, pero no puede resistir sin impaciencia la última.
Rechinó por fin el cabrestante del ancla, la cual, desprendiéndose de proa, sumergiose con grande estrépito en el mar, estremeciendo la flotante mole con el rápido rodar de la pesada cadena.
Casimiro lanzó un grito de inefable gozo. Allí, en el muelle, con los brazos extendidos hacia él, preñados los ojos de lágrimas, temblando de emoción, enajenados de alegría, le aguardaban sus ancianos padres. Quiso gritar pronunciando este dulce nombre, y no pudo; pretendió arrojarse a la escala, y una fuerza irresistible paralizó sus miembros; intentó respirar, y parecía que hasta el aire le negaba el vital aliento, y sin ser poderoso a otra cosa, cayó de golpe desmayado sobre la cubierta del buque.
La noche que sobrevino a aquel día, con tanto afán esperado, sorprendió al mísero enfermo tendido en el lecho en una modesta casa de la villa. Sus padres, dominados por medrosa ansiedad, llenos de tierna solicitud, clavada la vista en aquel cuerpo exánime, aguardaban anhelantes y suspensos que volviera a la vida.
De pronto, dando un profundo suspiro, abriendo los ojos como atónito y embelesado, y cogiendo con crispada mano la que su madre le tendía, comenzó a hablar de esta suerte:
«—¡Madre!... ¡Me ahogo!... ¡Siento las ansias de la muerte... pero todavía puedo sanar!... ¡Partamos, partamos en seguida!... ¡Tú puedes devolverme la vida!... ¡Tú puedes renovar la llama de esta existencia que se extingue!... ¿Te acuerdas de Covadonga?... ¿Recuerdas las placenteras horas que pasaba en tu regazo a la sombra de aquella cueva altísima?... ¿Se han borrado de tu memoria los besos que te prodigaba cuando tú, al verme jugar al borde de la oscura poza, cuna del Deva, me llamabas sobresaltada y yo corría a arrojarme a tus brazos?... ¿Has olvidado aquel día en que mi padre compró cerca del santuario la vaca blanca, y tú quisiste que yo fuera el primero en gustar del sabroso licor de sus henchidas ubres?... ¡Ah! ¡Me parece que lo estoy viendo con los ojos del alma! Allí, en el fondo del anfiteatro que forman los montes al cerrar estrecha cañada, destácase la gigantesca cueva en las entrañas de elevado peñasco que le sirve de cúpula colosal, y suspendida en mitad de aquella, como el nido de la mística paloma, la capilla de la Virgen milagrosa. De la inmensa cavidad, en cuyas grietas crecen innumerables arbustos y hierbas que con su diversa verdura y varias formas contrastan con los tonos de las rocas ya peladas y escuetas, ya cubiertas de húmedo musgo, salta el agua pura y transparente, que, formando bullidoras cascadas y escalonados remansos, se precipita al hondo valle, llevando la vida, la fertilidad y la abundancia a la tierra, y la admiración y el asombro a los sentidos... Yo estaba allí sentado en duro banco, blando y mullido para el cansado peregrino que va a apagar la sed en el santo manantial que brota copioso; bañaba el Sol los agrestes contornos del sagrado recinto; el sordo y cavernoso ruido del agua despeñada juntábase con el pausado son de la campana de la iglesia, y a lo lejos y a intervalos oíase el lastimero balido de descarriada ovejuela; por la ladera del monte frontero trepaba una robusta aldeana con paso pausado, arqueados los brazos, la cabeza erguida, y sobre ella, sosteniendo en equilibrio la cónica ferrada; en un sotillo de la revuelta del río, el toro y el caballo partían fraternalmente, sin recelo alguno, la abundante hierba que liberal les ofrecía el suelo; conducía una rapaza por un verde sendero un hato de tiernos novillos, que triscaban alegres y juguetones; un anciano, encorvado bajo el peso de los años, vestido de groseras pieles, subía, apoyándose en tosco cayado, el áspero camino del vecino puerto; un romero, con el bordón en la mano y el sombrero y la esclavina cuajados de conchas, dirigíase con grave y mesurado andar a la venerada mansión que la piedad de los fieles ha consagrado a Nuestra Señora: todo era paz, todo ventura, todo apacible bienestar y dulce recogimiento.
»Convaleciente de grave dolencia; fatigado de la penosa cuesta que, bordeando el riachuelo, conduce al santuario; débil y desmayado el cuerpo y atento el ánimo contemplando el magnífico panorama que se ofrecía a mi vista, acometiome profundo y deleitoso sueño, del que me sacó tu voz, tu dulce voz, madre querida, y el suave aliento de tus puros labios al depositar un ardoroso beso en mi mejilla helada.
»—¡Pobre hijo mío! —exclamaste—. ¡Estás yerto! Espera un instante y devolveré el calor a tu cuerpo frío. — Y solícita y diligente, me trajiste la escudilla de leche de la vaca blanca. ¡Delicioso instante aquel! ¡Cómo apuré el tibio y espumoso licor por tus manos servido! ¡Cómo confortó mis fuerzas con su virtud reparadora y su calor suave! ¡Cómo sentí restaurar en mí el vital sostén, pujante y vigoroso!... Mas también ahora lo recobraré... ¡Partamos, partamos a Covadonga! Vea yo aquellos santos lugares, aspire las balsámicas auras de nuestro escondido valle, sacie mi sed en la rica leche de las vacas que se apacientan en sus fértiles y accidentadas praderas, y volverán la dicha y el placer a mi contristado espíritu, y la salud y la vida a mi cuerpo enfermo y desfallecido!»
* * *
Casimiro consiguió ver el estrecho y sonriente valle que sin cesar se representaba en su memoria, y la casita humilde donde abrió los ojos a la luz del día, y el encendido hogar, piadoso asilo en las largas horas de invierno, y el hórreo pintoresco suspendido en el aire como arca santa que guarda el fruto de la madre tierra, y las corrientes y cristalinas aguas del encauzado Deva, y las agrestes montañas, testigos mudos y poderosos auxiliares de la primera victoria de la restauración cristiana y de la independencia de un pueblo, y la célebre y sagrada Cueva, amparo de los débiles y oprimidos, refugio de la fe, asombro de la Historia y veneración del mundo.
Extenuado por la terrible dolencia, sin vigor en los flacos miembros, ni brillo en los ojos desencajados, ni color en las mejillas enjutas y hundidas, trepó, con la ayuda de los temblorosos brazos de sus padres, la larga escalera de piedra, que, flanqueando aquella rocosa e imponente cavidad, conduce a la capilla, suspendida sobre el abismo. Detúvose un instante en el balcón que precede al pequeño templo, bajó la vista al fondo, y sintió el horror del vacío que seduce y atrae y turba los sentidos; admiró las maravillas debidas al ardiente o incansable celo de un prelado,[7] reparando las injusticias de los tiempos, la indolencia del poder y el olvido de los españoles; y puesto de hinojos ante el sagrado altar, elevó tierna plegaria al cielo, lleno de fervor, de unción y de místico recogimiento.
[7] El Excmo. Sr. don Benito Sanz y Forés, obispo que fue de Oviedo, y actualmente cardenal y arzobispo de Sevilla, a quien se debe principalmente la restauración del santuario de Covadonga.
En tanto, las cóncavas peñas repercutían el eco de la campana herida, y el sol coronaba la alta cumbre del frontero monte; y el hondo valle inundábase de luz radiante y de extendidas sombras; y retumbaban las cascadas del naciente río; y los operarios de la basílica que se está alzando en una eminencia cercana, entregábanse al trabajo hormigueando por las tortuosas veredas; y el viento, ligeramente alterado, estremecía las ramas y las hojas de una vegetación espléndida; por todas partes, en el cielo, en el aire, en la tierra, el movimiento y la vida, menos en el sin ventura Casimiro.
—¡Dadme una taza de leche!... —exclamó, sintiéndose desvanecer—. ¡Aún es tiempo!... ¡Aún puedo recobrar la salud!
Y le bajaron a la entrada de la Cueva, y sentado a la mesa de piedra, cogiendo con ambas manos la taza que su madre le presentaba, apurola con avidez y delicia, y exhaló un profundo suspiro, que fue el postrero. ¡Grata emoción que aceleró las contadas horas del apasionado amante de su patria, quien vivió bien ajeno de que en el placer de recobrarla hallaría la verdadera!
EL PADRE CARMELO
En el convento de Carmelitas Descalzos de Madrid, sobre cuyo solar se levanta ahora el teatro de Apolo, había a principios de este siglo un fraile de los de más campanillas que vieron los pasados tiempos.
Era, según el vulgo, un pozo de ciencia; los padres graves le llamaban la lumbrera de la orden, y los legos y novicios, en sus arrebatos de fervor doméstico y de espíritu de corporación, solían darle el dictado de asombro de las gentes y pasmo del mundo.
Y sin embargo, el padre Carmelo, que así se llamaba aquel prodigio enclaustrado, ni en la cátedra del Espíritu Santo, que no ocupó jamás, ni en la sala capitular, donde guardaba absoluto silencio, ni aun en el trato familiar, en el cual, con aparente modestia, parecía conformarse siempre con la opinión ajena, sin revelar la propia, tuvo ocasión de poner de manifiesto el claro entendimiento, la vasta erudición y la profunda sabiduría que le atribuían sus hermanos de religión y el concepto público.
El padre Carmelo debía su fama y la dispensa que le relevaba de asistir al coro de madrugada, a la fecundidad de su pluma.
Verdad es que nadie había leído sus escritos; pero las largas horas de reclusión en la celda, las resmas de papel de barba consumidas y los estantes llenos de voluminosos tomos, cuidadosamente numerados, que aumentaban de día en día, ofrecían vehementes indicios de la laboriosidad incansable de aquel siervo de Dios, que, humilde entre los humildes, hizo voto de no gozar en vida de las dulzuras de la gloria científica y literaria.
El célebre e inédito escritor carmelita, era, pues, un pozo de ciencia, cerrado a cal y canto; una lumbrera que, como las linternas sordas, alumbraba solo por dentro; la representación viviente de la sabiduría oculta y subjetiva.
Las gentes creían, sin embargo, en ella de la misma suerte que tienen fe ciega en otras muchas cosas que están fuera del orden natural o del verdadero sentimiento religioso, siempre respetable; es decir, por un acto de la voluntad o por costumbre fuertemente arraigada, de todo punto ajenos a la reflexión o al raciocinio.
—¡Oh, el padre Carmelo! —exclamaban los frailes del convento de la calle de Alcalá, esquina a la del Barquillo—. ¡Oh, el padre Carmelo! —repetía el vulgo de Madrid. Y esta frase ganó las tapias de la capital de España, y propagándose por la Península e islas adyacentes, acabó por adquirir carta de naturaleza, no solo en nuestros dominios ultramarinos, sino también en cuantos países del Nuevo Mundo conservan el mermado tesoro de la lengua castellana.
¡Qué gloria para las letras patrias, y sobre todo para la excelsa Orden a que pertenecía su autor, cuando saliesen a luz las magistrales obras del gran Carmelo, émulo del celebérrimo Tostado! ¿Eclipsaríase la fama de este insigne obispo? ¿Substituiríase la frase vulgar de «ha escrito más que el Tostado» por la de «ha escrito más que Carmelo»? ¡Problema de la acción reformadora del tiempo!
Por fin, después de larga vida consagrada, al parecer, a la meditación, al estudio y sobre todo a escribir, gastando resmas y más resmas de papel de barba, el padre Carmelo prolongó un día, más que de ordinario, las horas de siesta, porque no volvió a despertar.
La noticia de su muerte produjo universal expectación; iban a conocerse las obras del nuevo Bossuet, del águila de la calle de Alcalá.
Celebráronse con pompa extraordinaria los funerales, y después la comunidad se trasladó procesionalmente a la celda del difunto, para proceder al inventario de sus numerosos manuscritos. Rotas las cerraduras de los estantes, por no encontrarse la llave, se sacaron de aquellos hasta quinientos veintisiete tomos, numerados y puestos con el mayor orden, los cuales fueron conducidos en triunfo a la sala capitular, donde el padre prior anunció que iba a leer el primer volumen.
La ansiedad pintada en todos los semblantes; fijos los ojos del venerable cónclave en las rugosas manos del superior del convento, quien temblaba de emoción y al peso de los años; su hábito blanco y castaño oscuro, iluminado por un polvoriento rayo de sol que descendía a través de ojival ventana, y en la pared frontera un lienzo al óleo representando a San Elías, que, con su actitud y la inmovilidad de sus pupilas parecía fascinar al monacal concurso: tal era el cuadro.
El prior sacó de la manga un pañuelo de hierbas, limpiose el copioso sudor de la calva, se puso los anteojos, tosió, y señalando los tomos colocados sobre varias mesas, dijo:
—Vamos a recoger la herencia, fruto de la labor infatigable, de los desvelos y vigilias, del claro entendimiento y de la profunda sabiduría de aquel eminente varón que fue nuestro hermano, y que goza ahora de la bienaventuranza eterna.
—Amén —contestó la comunidad.
—Como la lectura ha de durar algunos meses, procedamos con orden; leeremos un volumen cada día. He aquí el primero. Sentaos.
Y todos se sentaron.
Y el padre prior asió un monumental infolio, y doblando la primera hoja, leyó:
«OBRAS COMPLETAS DEL PADRE CARMELO, DE LA ORDEN DEL CARMEN. — TOMO PRIMERO. — CAPÍTULO PRIMERO Y ÚNICO. — _De la extraña facilidad con que se engañan los hombres._»
El resto del volumen y los otros quinientos veintiséis, estaban en blanco.
Y los frailes, no pudiendo tener la risa, salieron a la desbandada de la sala capitular, exclamando:
—¡Qué padre Carmelo!
* * *
Tal es el origen, alterada por un metaplasmo (síncopa), de la voz CAMELO.
EL TRIUNFO DE LA IGUALDAD
La insensata tiranía de las masas inconscientes, ciegas y fanáticas, amenazaba a Europa en el orden económico. Los hijos de la industria miraban con recelo la perfección de la máquina, destinada a substituir o a simplificar la fuerza humana. La oposición que en los talleres de la fabril Cataluña despertaba cada adelanto en los medios de producción trascendía a los ricos campos jerezanos, donde proferíanse amenazas de muerte contra el trabajador que emplease en las faenas agrícolas aquellos instrumentos manuales de uso más fácil y expedito.
A la utilidad egoísta, acaso momentánea, intentábase sacrificar el porvenir de la industria; al temor irreflexivo de un exceso de producción, la baratura del género, y a las asociaciones opresoras, fraguadas tal vez en el misterio, merced a la intimidación, la libertad individual y el espíritu de iniciativa, inagotables fuentes de riqueza y de progreso.
La propia voluntad y generosos impulsos del obrero supeditábanse al capricho de las colectividades veleidosas, y ante ellas enmudecía el sentimiento de justicia, y ante ellas, la razón, el sentido práctico, y hasta el personal interés, no se atrevían a levantar voces de protesta; que a tal obcecación conduce el espíritu de clase en las perturbadas inteligencias.
A los delirios de los fundadores de las escuelas socialistas de este siglo sucedieron las extravagancias del vulgo ignorante; a las atrevidas concepciones de la imaginación creadora, el bajo instinto de la torpe envidia; a las brillantes teorías del visionario, hijas quizá de un sentimiento generoso, la pasión desenfrenada, ávida tan solo del botín; a la revolución social, basada en sistemas quiméricos, las concupiscencias de la plebe, el vértigo de lo desconocido, la fascinación de la anarquía, la atracción del caos.
Entregado una noche a tales reflexiones, y meditando sobre las consecuencias que podría tener el reparto de la riqueza pública que acaricia la imaginación del vulgo, lentamente desvaneciéronse las ideas en mi cerebro, y tomando formas vagas, incoloras y difusas, no sé si de pronto o al cabo de un buen espacio —porque es imposible medir la misteriosa cadena que enlaza la vigilia con el sueño— me hallé en ese mundo lleno de claridades en medio de las tinieblas, de olvidados recuerdos que despiertan, de obstáculos que se allanan, de marchitas esperanzas que reverdecen, de acontecimientos que surgen sin lugar ni tiempo, de conceptos lógicamente enlazados o de pronto interrumpidos con extravagantes ideas; en ese estado, en fin, en que descansa la razón y vela la locura.
Imaginé que me hallaba en una tribuna del Congreso. Las Cortes españolas acababan de votar la nivelación social. No más ricos, ni pobres, ni propiedad: todos los españoles de ambos hemisferios debíamos ser iguales ante la fortuna: la demencia del equilibrio de la suerte era señora del mundo.
Mas ¿cómo hacer el reparto? He aquí el difícil, arduo y pavoroso problema que absorbía por entero la atención de los legisladores y del pueblo.