Cuentos escogidos

Part 20

Chapter 203,932 wordsPublic domain

--No temas, Lorenzo, me sujeto bien.

Luego apareció una cabeza cubierta con un sombrero flexible, y dos manos que se agarraban con fuerza á las correas que colgaban á los lados de la portezuela, alzaron un cuerpo grande cuyos pies, al chocar con el estribo, produjeron un ruido de palo al golpear el suelo.

Ahora bien, cuando el hombre hubo metido el cuerpo en el coche, vi aparecer, bajo la tela del pantalón, los extremos pintados de negro de dos patas de palo.

Tras el viajero apareció otra cabeza que preguntó:

--¿El señor está bien?

--Sí, muchacho.

--Entonces, ahí van los paquetes y las muletas.

Y un criado, que por su aspecto parecía un soldado viejo, subió y dejó sobre el asiento varios paquetes perfectamente atados. Luego dijo:

--Eso es todo, señor: hay cinco. Los bombones, la muñeca, el tambor, el fusil, y el pastel.

--Muy bien, muchacho.

El criado colocó los paquetes en la redecilla y bajó diciendo:

--Buen viaje, señor.

--Gracias, Lorenzo; salud.

El hombre cerró la portezuela y yo me fijé en mi vecino.

Aunque sus cabellos eran casi blancos, no debía tener más de treinta y cinco años: estaba condecorado, su bigote era grande, y su corpazo acusaba una de esas obesidades de que adolecen los hombres activos y fuertes á quienes una desgracia inmoviliza.

Se enjugó la frente, respiró con fuerza, y mirándome á la cara me dijo:

--¿Le molesta el humo del tabaco, caballero?

--No, señor.

Aquellos ojos, aquella voz y aquella cara, yo los había visto antes. Pero ¿dónde y cuándo? Seguro estaba de que había visto á aquel caballero y de que había hablado con él y le había estrechado la mano. Y hacía tiempo, mucho tiempo; el recuerdo se perdía en esas brumas en las que la imaginación busca á tientas las cosas y las persigue, como á fantasmas fugitivos, sin poderlas coger.

Él también me miraba con la tenacidad y la fijeza del hombre que recuerda algo vago é indefinido.

Nuestros ojos, molestos por el obstinado contacto de las miradas, se apartaron; pero al cabo de algunos segundos, atraídos nuevamente por la voluntad obscura y tenaz de la memoria que trabaja, se encontraron otra vez. Yo, entonces, dije:

--Caballero, me parece que en vez de mirarnos de soslayo durante una hora, sería mejor que buscásemos juntos dónde y cómo nos hemos conocido.

Mi vecino contestó con mucha amabilidad:

--Tiene usted muchísima razón, caballero.

Y le dije mi nombre.

--Me llamo Enrique Bonclair, magistrado...

Vaciló unos segundos, y luego, con esa vaguedad en la mirada y en la voz que siempre acompaña á las grandes tensiones del espíritu, contestó:

--¡Ah! Perfectamente. En otro tiempo, antes de la guerra, hace unos doce años, le encontré varias veces en casa de Poincel.

--Sí, señor... ¿Es usted el teniente Revalière?

--Sí, y fuí el capitán del mismo nombre hasta el día en que perdí los pies... los dos á un tiempo, que me llevó una bala de cañón.

Y, entonces que nos conocíamos, nos miramos de nuevo.

Yo recordaba perfectísimamente haber visto á aquel buen mozo delgado que dirigía cotillones con ímpetu tan ágil y gracioso que le había merecido el apodo de «la Tromba». Pero, tras su imagen, evocada con toda claridad, flotaba aún algo confuso, una historia que había sabido y olvidado, una de esas historias á las que se presta atención benevolente pero corta, y que sólo dejan en la memoria huellas casi imperceptibles.

En todo aquello andaba de por medio el amor. Sentía en mi memoria una particularísima sensación, pero nada más una sensación semejante al humo. Y sin embargo, poco á poco las sombras se aclararon y una figura de muchacha joven se apareció á mis ojos. Luego su nombre estalló en mi cerebro como un petardo: la señorita de Mandal. Y lo recordé todo, todo. Era, con efecto, una historia de amor, pero vulgarísima. Aquella muchacha estaba enamorada del oficial, y cuando les conocí se hablaba de boda como de cosa próxima. Él, por su parte, parecía muy enamorado y muy dichoso.

Fijé los ojos en la redecilla donde estaban los paquetes traídos por el criado de mi vecino, paquetes que temblaban á cada sacudida del tren, y volví á oir la voz del sirviente como si acabase de hablar.

--Eso es todo, señor: hay cinco. Los bombones, la muñeca, el fusil, el tambor y el pastel.

Entonces, en un segundo compuse una novela que, por lo demás, se parecía á cuantas había leído y en las cuales, unas veces el hombre, otras la mujer, se casan con el prometido después de la catástrofe, sea corporal, sea financiera. De manera que, aquel oficial mutilado, había encontrado, terminada la guerra, á su joven prometida; y ésta, en cumplimiento de su compromiso, le había aceptado por esposo.

Yo juzgaba aquello muy hermoso, pero sencillo, como se juzgan sencillas todas las abnegaciones que cuentan los libros y las comedias. Siempre parece en esos ejemplos de magnanimidad, cuando se lee ó cuando se escucha, que uno mismo se hubiera sacrificado con satisfacción y entusiasmo, con arranque magnífico. Y al día siguiente, cuando un amigo desgraciado viene á pedirnos prestado algún dinero, lo recibimos de mal humor.

Repentinamente, otra suposición menos poética pero más realista, susbtituyó á la primera. Quizá se había casado antes de la guerra, antes del horrible accidente, y ella, desolada y resignada, se había visto precisada á recibir, cuidar, consolar y sostener al marido que, habiéndose ido fuerte y hermoso, volvía con los pies segados, espantosamente mutilado, triste jirón condenado á la inmovilidad y á la desgraciada obesidad.

¿Sería un ser dichoso ó un torturado? Un deseo, ligero en un principio, luego creciente y más tarde irresistible, me acometió: hubiera querido conocer su historia, por lo menos los puntos principales que me permitiesen adivinar lo que él no pudiese ó no que quisiese decirme.

Hablaba con él pensando en esto. Habíamos cambiado algunas frases harto vulgares, y yo, con los ojos fijos en la redecilla, pensaba: «Tiene tres hijos: los bombones son para su mujer; la muñeca para la nena, el tambor y el fusil para los niños, y el pastel para él».

De pronto, le pregunté:

--¿Es usted padre, caballero?

--No, señor--me contestó.

Quedé confundido como si acabase de cometer una inconveniencia grave, y repuse:

--Le ruego que me dispense, pero así lo había creído al oir á su criado qué le hablaba de juguetes. Muchas veces se oye sin escuchar, y á pesar de uno mismo se deducen conclusiones.

Él sonrió, y después murmuró:

--No, señor, no. Ni siquiera me he casado. Me quedé en los preliminares.

Entonces fingí un asombro grande, como si recordase de pronto.

--Sí, señor... si mi memoria no me engaña, cuando yo le conocí, tenía usted relaciones con la señorita de Mandal.

--Precisamente, caballero, no se equivoca.

Entonces tuve la audacia de añadir:

--Hasta creo haber oído decir que la señorita de Mandal se había casado con... con...

Con mucha tranquilidad pronunció este nombre:

--Con el señor de Fleurel.

--Eso mismo: recuerdo que oí hablar de esa boda á propósito de su herida.

Yo le miraba á la cara y vi que enrojeció.

Su rostro lleno, mofletudo, que la afluencia constante de sangre purpuraba, se encendió más aún.

Y con viveza, con el repentino ardimiento del hombre que lucha por una causa perdida de antemano perdida en el cerebro y en el corazón, pero que quiere ganar ante la opinión, dijo:

--Caballero, hacen mal pronunciando mi nombre junto con el de la señora de Fleurel. Cuando volví, sin pies, de la guerra, nunca hubiera consentido en hacerla mi mujer. ¿Acaso era posible? Cuando una mujer se casa, caballero, no es para hacer ostentación de generosidad; es para vivir todos los días, todas las horas, todos los minutos y todos los segundos al lado de un hombre; y si ese hombre es deforme como yo, la mujer que con él se case se condena á un sufrimiento que debe durar hasta la muerte. Sí, yo comprendo y admiro todos los sacrificios, todas las abnegaciones, cuando tienen un límite; pero no admito que una mujer renuncie á toda una vida que se promete dichosa, á todos los goces y á todos sus sueños para satisfacer la admiración de la galería. Cuando oigo en el pavimiento de mi habitación el ruido de mis patas de palo y el de mis muletas, ruido que hago á cada paso que doy, me desespero hasta el extremo que estrangularía á mi criado. ¿Cree usted que se puede aceptar de una mujer que tolere lo que uno mismo no soporta? Además ¿puede alguien imaginarse que mis muñones sean bonitos?...

Y calló. ¿Qué contestarle? Tenía razón. ¿Podía despreciarla á ella, motejarla y quitarla la razón? No, y sin embargo, el desenlace conforme á la regla, á la verdad y á la verosimilitud, no satisfacía mi apetito poético. Aquellos muñones heroicos exigían un sacrificio que faltaba, y experimenté una decepción.

Entonces le pregunté:

--¿La señora de Fleurel tiene hijos?

--Sí, uña niña y dos niños. Para ellos son estos juguetes. Tanto su marido como ella son muy buenos para conmigo.

El tren subía la cuesta de Saint Germain. Pasó por los túneles, entró en la estación, y paró.

Yo iba á ofrecer mi brazo al inválido para ayudarle á bajar, cuando por la portezuela abierta dos manos se tendieron hacia él.

--Hola, mi querido Revalière.

--Hola, Fleurel...

Detrás del hombre su mujer sonreía, radiante, linda todavía, saludando al oficial mutilado con su enguantada mano. Á su lado, una niñita saltaba de contento, y dos muchachos miraban con ojos ávidos el tambor y el fusil que de la redecilla del coche pasaban á las manos de su padre.

Cuando el inválido estuvo en el andén, todos los pequeños le besaron. Y luego se pusieron en marcha, y la niña se apoyó en el barnizado travesaño de una muleta como hubiera podido agarrarse, andando á su lado, á la mano de su mejor amigo.

MINUÉ

Las grandes desgracias no me entristecen, dijo Juan Bridelle, viejo solterón que tenía fama de escéptico. He visto la guerra muy de cerca y pasaba por encima de los cadáveres sin apiadarme. Las grandes brutalidades de la Naturaleza ó de los hombres pueden provocar de nuestra parte gritos de horror ó de indignación; pero no nos pellizcan el alma ni nos hacen sentir ese estremecimiento que nos procura la vista de ciertas insignificancias lastimosas.

Ciertamente, el dolor más acerbo que se puede experimentar es, para una madre, la pérdida de un hijo, y para un hombre, la pérdida de una madre. Eso es violento, terrible, eso trastorna y destroza; pero de esas catástrofes se cura como se cura de las heridas graves. Ahora bien, ciertos encuentros, ciertas cosas apenas entrevistas, casi adivinadas, ciertos pesares secretos, ciertas perfidias del destino que agitan todo un mundo doloroso de pensamientos y que de pronto abren ante nosotros la puerta misteriosa de los sufrimientos morales complicados, incurables, tanto más profundos cuanto que parecen benignos, tanto más agudos cuanto que son insignificantes, nos dejan en el alma como un rastro de tristeza, un amargor, una sensación de sequedad que nos cuesta mucho desterrar.

Por mi parte, tengo siempre ante mis ojos dos ó tres cosas que seguramente otros no hubieran observado y que en mí penetraron como punzadas penetrantes, agudas é incurables.

Ustedes tal vez no comprenderán la emoción que en mí ha quedado de esas rápidas impresiones. No referiré más que una, historia vieja, pero que en mí vive como si hubiese ocurrido ayer, y bien puede ser que únicamente mi imaginación sea la única causante de mi enternecimiento.

Tengo cincuenta años; en aquel entonces era joven y estudiaba Derecho. Era algo triste, algo soñador, estaba impregnado de cierta filosofía melancólica, y no me gustaban ni los cafés ruidosos, ni los compañeros alegres, ni las mujeres estúpidas. Me levantaba temprano, y una de las voluptuosidades que más gratas me eran, consistía en pasear solo, á las ocho de la mañana, por el jardín del Luxemburgo.

Ustedes no lo han conocido como entonces estaba. Parecía un jardín olvidado, del otro siglo, un jardín bonito como la dulce sonrisa de una anciana. Tupidas vallas separaban los senderos estrechos y regulares, senderos tranquilos entre dos muros de follaje cuidadosamente cortado. Las tijeras del jardinero igualaban constantemente las hojas y las ramas, y de trecho en trecho se encontraban macizos de flores y arbolillos alineados como colegiales de paseo, grupos de rosales magníficos ó regimientos de árboles frutales.

Un rincón encantador del bosquete estaba habitado por las abejas, y sus casas de paja, convenientemente espaciadas, abrían al sol sus puertas grandes como dedales. Y á lo largo de esos senderos se encontraba á las doradas moscas zumbadoras, dueñas verdaderas de aquel lugar pacífico, verdaderas moradoras de aquellas avenidas que semejaban corredores.

Iba casi todas las mañanas, me sentaba en un banco, y leía. Á veces colocaba el libro sobre mis rodillas para soñar, para oir como París vivía á mi alrededor y gozar del reposo infinito que disfrutaba en aquellas alamedas á lo antiguo.

Pero, pronto advertí que no era solo en frecuentar aquellos lugares en cuanto sus puertas se abrían, y sucedía á veces que, al rodear un macizo, me encontraba frente á frente con un anciano.

Llevaba zapatos con hebilla de plata, casaca de color de tabaco de España, unos encajes á guisa de corbata, y un sombrero gris inverosímil, un sombrero de anchas alas y largo pelo que hacía pensar en el diluvio.

Era delgado, muy delgado, anguloso, arrugado, y siempre sonreía. Sus ojos, vivos, palpitaban, se agitaban bajo un continuo movimiento de los párpados, y constantemente llevaba en la mano un magnífico bastón con puño de oro que para él debía ser espléndido recuerdo.

Aquel buen hombre, en un principio me asombró; luego me interesó sobremanera. Y le acechaba á través de los muros de hojas, y le seguía desde lejos deteniéndome á la revuelta de los bosquetes para que no me viese.

Y he aquí que una mañana, creyéndose perfectamente solo, empezó á moverse de modo singular: primero unos pasitos, luego una reverencia, más tarde movía una pierna, giraba galantemente sobre sus talones, y daba saltitos graciosísimos, sonriendo como si estuviese en público, arqueando los brazos, doblando su cuerpo de fantoche, haciendo, dirigidos al vacío, saludos enternecedores y ridículos. ¡Bailaba!

El asombro me petrificó, y me pregunté cuál de los dos estaba loco: él ó yo.

Pero de pronto se detuvo, avanzó como avanzan los actores en el escenario, se inclinó profundamente con sonrisas graciosas, y con su temblorosa mano envió besos á las hileras de cortados árboles.

Y continuó muy gravemente su paseo.

* * * * *

Á partir de aquel día no le perdí de vista, y todas las mañanas se entregaba á su inverosímil ejercicio.

Me entraron deseos locos de hablarle. Me arriesgué, y después de saludarle le dije:

--Magnífico día, caballero, ¿verdad?

--Espléndido, sí señor, un día de otros tiempos--contestó inclinándose.

Ocho días después conocía su historia. En tiempo del rey Luis XV había sido maestro de baile en la Ópera, y su hermoso bastón era un regalo del conde de Clermont. Y, cuando se le hablaba de baile, no callaba nunca.

Ahora bien, un día me hizo sus confidencias.

--Me casé con la Castris, caballero. Si usted quiere se la presentaré, pero ella no viene hasta más tarde. Este jardín que usted ve, es el único goce de nuestra vida: es lo único que nos queda de aquellos tiempos. Si no lo tuviésemos, creo que no podríamos vivir. ¿Verdad que es vetusto y distinguido? Aquí creo respirar el mismo aire que respiraba en mi juventud. Mi mujer y yo pasamos aquí todas las tardes; pero yo vengo también por la mañana pues me levanto temprano.

En cuanto hube almorzado volví al Luxemburgo y no tardé en distinguir á mi amigo que daba el brazo ceremoniosamente á una vieja pequeñita, vestida de negro, á la que fuí presentado. Era la Castris, la gran bailarina amada por príncipes, amada por reyes, amada por todo aquel siglo galante, y que parecía haber dejado en el mundo un perfume de amor.

Nos sentamos en un banco. Estábamos en mayo, y por las limpias alamedas revoloteaba el perfume de las flores: y el sol, filtrándose por entre las hojas, sembraba en el suelo grandes gotas de luz. El negro traje de la Castris parecía enteramente mojado de claridad.

El jardín estaba vacío, y á lo lejos se oía rodar á los coches de punto.

--¿Quiere usted explicarme--dije al viejo bailarín--lo que era el minué?

Se estremeció.

--El minué, caballero es el rey de los bailes y el baile de los reyes; ¿me comprende usted? Por esto, desde que no hay reyes, no hay minué.

Y empezó, con estilo pomposo, un elogio ditirámbico, del que no comprendí nada absolutamente. Quise que me explicase los pasos, los movimientos y las actitudes, y nervioso y desolado por su impotencia, se desesperaba.

Y repentinamente, volviéndose hacia su anciana compañera, siempre silenciosa y grave, le dijo:

--Elisa ¿quieres?--serás muy amable,--¿quieres que enseñemos á este caballero lo que era?

Ella dirigió, una mirada inquieta á su alrededor, se levantó sin decir palabra y fué á colocarse delante de él.

Y entonces presencié una cosa inolvidable.

Iban y venían con melindres infantiles; sonreían, se balanceaban, sé inclinaban, daban saltitos cual viejas muñecas que antiguo mecanismo hubiese hecho bailar, mecanismo algo estropeado que construyera en otros tiempos un obrero hábil á la manera de su época.

Y yo les contemplaba con el corazón turbado por sensaciones extraordinarias, llena el alma de indecible melancolía. Me parecía estar viendo una aparición lamentable y cómica, la sombra pasada de moda de un siglo, y tenía ganas de reir y necesidad de llorar.

Terminadas las figuras de la danza, se detuvieron, y por espacio de un minuto siguieron de pie, uno frente á otro, haciendo muecas sorprendentes, y después, sollozando, se besaron.

* * * * *

Tres días después me fuí á provincias y no los volví á ver más. Cuando regresé á París, dos años más tarde, el viejo jardín había desaparecido. ¿Qué ha sido de ellos sin aquel jardín querido de otros tiempos, con sus jardinillos laberínticos, con su suave olor de tiempo viejo y sus graciosas alamedas?

¿Habrán muerto? ¿Vagarán por las modernas calles como desterrados sin esperanza? ¿Bailarán, espectros grotescos, un minué fantástico, entre los cipreses de un cementerio, á lo largo de los senderos bordeados de tumbas, á la luz de la luna?

Su recuerdo me atormenta, me obsesiona, me tortura, está conmigo como una herida. ¿Por qué? No lo sé.

Y ustedes, sin duda, encontrarán esto ridículo...

EL LOBO

He aquí lo que el anciano marqués de Arville nos contó en casa del barón de Ravels al terminar la comida de San Humberto.

Se había corrido un ciervo, y el marqués era el único de los invitados que no había tomado parte en la persecución, pues él no cazaba nunca.

Durante la gran comida no se había hablado de otra cosa que de matanzas de animales. Las mismas mujeres escuchaban con interés los relatos sanguinarios y con frecuencia inverosímiles, y los oradores imitaban los ataques y los combates de hombres contra fieras, levantaban los brazos y referían con voz trueno.

El señor de Arville hablaba bien, con cierta poesía algo rimbombante pero llena de efecto. Muy á menudo había tenido que repetir esta historia, pues la contaba corrientemente, sin vacilar en las palabras hábilmente escogidas para dar más fuerza á las imágenes.

--Señores, yo no he cazado nunca, ni mi padre tampoco, ni tampoco mi abuelo ni mi bisabuelo. Este último era hijo de un hombre que cazó más que todos ustedes. Murió en 1764, y ahora diré cómo.

Se llamaba Juan, estaba casado, era padre del niño que fué mi tatarabuelo, y vivía con su hermano menor, Francisco de Arville, en nuestro castillo de Lorena, en pleno bosque.

Por amor á la caza, Francisco de Arville se había quedado soltero.

Los dos cazaban de un cabo del año al otro, sin descanso y sin cansarse. No gustaban de otra cosa, no comprendían otra cosa, y sólo hablaban de caza y vivían para la caza.

Esta pasión terrible, inexorable, había sentado sus reales en sus corazones.

En ella ardían, les había invadido por completo y en ellos no cabía otra cosa.

Habían prohibido terminantemente que cuando cazaban se les molestase fuese por lo que fuese. Mi tatarabuelo nació mientras su padre perseguía á una zorra, y Juan de Arville no interrumpió su carrera; pero juró: «¡Ira de Dios! Ese granuja hubiera podido esperar hasta que la caza terminase...».

Su hermano Francisco era todavía más apasionado que él. En cuanto se levantaba iba á ver á los perros, luego á los caballos, y hasta el momento de salir á montería, tiraba á los pájaros en los alrededores del castillo.

En el lugar les llamaban señor marqués, y señor de Arville, pues los nobles de entonces no hacían como la nobleza de poco más ó menos que hoy quiere establecer jerarquía descendente en los títulos, pues el hijo de un marqués no era conde, ni el hijo de un conde era barón, como tampoco es coronel de nacimiento el hijo de un general. Pero, las mezquinas vanidades de hoy en día encuentran provecho arreglándose de ese modo.

Pero volvamos á mis antepasados.

Según parece, eran desmesuradamente grandes, huesudos, velludos, violentos y vigorosos. El más joven, aún más alto que el mayor, tenía la voz tan fuerte que, si se cree en una leyenda que le llenaba de orgullo, cuando gritaba se agitaban todas las hojas del bosque.

Y cuando los dos montaban á caballo para ir á cazar, ver á aquellos gigantes, debía ser un espectáculo soberbio.

Ahora bien, á mediados del invierno del año de 1764, los fríos fueron excesivos y los lobos estaban furiosos.

Atacaban á los campesinos que se retrasaban, vagaban por los alrededores de las casas, aullaban desde que se ponía el sol hasta que amanecía, y despoblaban los establos.

No tardó en hablarse de un lobo colosal, de pelo gris casi blanco, que se había comido dos niños, devorado el brazo de una mujer, extrangulado á todos los mastines de la comarca, y que saltaba los vallados para olfatear las puertas. Todos los vecinos afirmaban haber sentido sus resoplidos que hacían oscilar las llamas de los hogares, y pronto el pánico se extendió por toda la provincia. En cuanto anochecía nadie se atrevía á salir, y las tinieblas parecían atormentadas por la imagen de ese animal...

Los hermanos Arville resolvieron encontrarlo y matarlo, y organizaron grandes partidas de caza á las que invitaron á todos los gentileshombres de la comarca.

Todo fué en vano. Se batían los bosques, se registraban las breñas, pero nunca daban con él. Mataban lobos, muchos lobos, pero no aquél. Y todas las noches que seguían á las batidas, el animal, como si quisiese vengarse, atacaba al ganado siempre lejos del lugar en que se le había buscado.

Una noche entró en el establo de cerdos del castillo de Arville y se comió los dos mejor criados.

Los hermanos montaron en cólera considerando este ataque como una bravata monstruosa, una injuria directa, un reto. Cogieron los perros más acostumbrados á perseguir bestias peligrosas y salieron al campo con el corazón rebosando furor.

Desde que amaneció hasta que el sol desapareció tras los árboles desnudos, batieron bosques y malezas sin encontrar nada.

Furiosos y desolados volvían al paso de sus caballos por un camino bordeado de malezas, y se asombraban viendo su ciencia burlada por aquel lobo y sintiendo una especie de misterioso temor.

El mayor decía:

--Este animal no es como los demás. Se diría que piensa como un hombre.

El menor contestaba:

--Tal vez tendremos que hacer bendecir las balas por nuestro primo el obispo ó rogar á cualquier sacerdote que pronuncie las palabras necesarias.

Callaron luego, y á poco Juan repuso:

--Mira que rojo está el sol. El lobo hará algo malo esta noche.

Apenas había concluído de hablar, cuando su caballo se encabritó y el de Francisco empezó á cocear. Espeso matorral cubierto de hojas muertas se abrió ante ellos, y una bestia colosal, completamente gris, surgió y echó á correr á través del bosque.