Part 19
No le reconocen; pero Luisa Hauser exclama: «Es Ulrico, mamá». Y la madre, aunque la sorprenden los blancos cabellos, se convence de que es Ulrico.
Éste deja que se acerquen, que le toquen; pero no contesta á ninguna de las preguntas que le hacen. Y le llevan á Loëche donde los médicos declaran que ha perdido la razón.
Nadie ha sabido nunca lo que fué de su compañero.
Y la pobre Luisa Hauser, este verano ha estado á punto de morir de una enfermedad de tristeza y languidez que se atribuye al frío y á las nieves de la montaña.
AMOR TRES PÁGINAS DEL LIBRO DE UN CAZADOR
...Acabo de leer un drama de amor en la sección de noticias de un periódico. Él la ha matado y se ha matado después; luego, la quería. ¿Qué importa Él ó Ella? Su amor es lo único que me interesa; y no me interesa porque me enternezca, me asombre, me conmueva ó me haga soñar, sino porque me recuerda un suceso de mi juventud, un extraño recuerdo de caza en que se me apareció el Amor como á los primeros cristianos se les apareció la cruz en medio del cielo.
Yo he nacido con todos los instintos y todos los sentidos del hombre primitivo, templados por razonamientos y emociones de civilizado. La caza me gusta con delirio, y la bestia sangrienta, la sangre en las plumas y la sangre en mis manos, me crispa el corazón hasta el extremo de hacerme desfallecer.
Aquel año, á fines de otoño, los fríos hicieron bruscamente su aparición, y uno de mis primos, Karl de Rauville, me invitó á que fuese con él á matar patos.
Mi primo, un mocetón de cuarenta años, rubio, muy fuerte y muy barbudo, gentilhombre de campo, un bruto amable, de carácter alegre y dotado de ingenio natural merced al cual la medianía resulta agradable, vivía en una especie de castillo-granja enclavado en extenso valle que un río partía en dos. Espesos bosques poblaban las colinas que se alzaban á derecha é izquierda, viejos bosques señoriales con árboles magníficos y cuya caza menor, sobre todo las aves, era la más extraordinaria de esa parte de Francia. Algunas veces, en ellos se mataban águilas, y las aves de paso, que casi nunca vienen á los lugares poblados, se detenían casi infaliblemente en sus ramas seculares como si conocieran ó reconociesen algún rinconcito del antiguo bosque allí olvidado para que les sirviese de abrigo en su corta y nocturna etapa.
En el valle se criaban extensos herbajes, regados por infinidad de arroyuelos y separados por setos; más lejos, el río, canalizado hasta allí, se derramaba formando vasto pantano. Y aquel pantano, la región de caza más hermosa que he visto en mi vida, acaparaba toda la atención de mi primo que lo cuidaba como si fuese un parque. Á través de los inmensos cañaverales que le cubrían y le daban vida, ruido y movimiento, había practicado estrechas avenidas por las que, barcas de fondo plano, conducidas y dirigidas con ayuda de pértigas, pasaban mudas sobre esas aguas muertas, rozando los juncos, haciendo huir los peces á través de las hierbas y zambullirse á las pollas de agua, cuyas negras y puntiagudas cabezas desaparecían bruscamente.
El agua me inspira desordenada pasión: la mar, aunque demasiado grande, inquieta é imposible de poseer; los hermosos ríos, aunque pasan, huyen y se van; y, sobre todo, los pantanos, en los que palpita toda la desconocida existencia de los animales acuáticos. El pantano es un mundo entero dentro de la tierra, un mundo distinto, con su vida propia, sus habitantes sedentarios, sus viajeros de paso, sus voces, sus ruidos y, sobretodo, su misterio. No hay nada que á veces turbe, inquiete y asuste más que un pantano. ¿Por qué el miedo se cierne sobre esas tierras bajas cubiertas de agua? ¿Se debe á los vagos rumores de las cañas, á los extraños fuegos fatuos, al silencio profundo que los envuelve en las tranquilas noches, ó á las caprichosas nieblas que por los juncos van como arrastrando trajes de muertas, ó bien al imperceptible chapoteo, ligero, suave, más terrorífico á veces que el cañón de los hombres ó el rayo del cielo, que hace semejar los pantanos á países de ensueño, á temibles países que ocultan enigmas desconocidos y peligrosos?
No. Otra cosa se desprende, otro misterio más profundo y más grave flota en las espesas nieblas. ¡El misterio de la creación tal vez! Porque, ¿no fué en el agua estancada y fangosa, en la pesada humedad de las tierras mojadas bajo el calor del sol donde se agitó, vibró y se abrió á la luz el primer germen de vida?
* * * * *
Llegué á casa de mi primo por la noche, y hacía un frío capaz de helar las piedras.
Durante la comida, en el salón en que muebles, paredes y techo estaban cubiertos de pájaros disecados, con las alas extendidas ó posados en ramas sujetas con clavos, gavilanes, garzas, búhos, buitres, halcones, chotacabras, cernícalos y terzuelos, mi primo, semejante él mismo á extraño animal de país frío, vestido con una zamarra de piel de foca, me contaba las disposiciones que había tomado para esa misma noche.
Teníamos que salir á las tres y media de la madrugada á fin de llegar una hora más tarde al sitio escogido para el acecho, en donde habían construido una choza con pedazos de hielo, para resguardarnos un poco del viento helado y terrible que precede al día, ese viento que como sierra rasga la carne, la corta como afilada hoja, la pincha con alfileres envenenados, la retuerce como las tenazas, y la quema como el fuego.
Mi primo se frotaba las manos y decía:
--Nunca he visto una helada como ésta. Á las seis teníamos ya doce grados bajo cero.
Inmediatamente después de comer me tendí en la cama y me dormí al calor de la hermosa lumbre que ardía en la chimenea.
Á las tres en punto me despertaron, me puse una piel de carnero y encontré á mi primo Karl envuelto en una de oso. Después de habernos tragado dos tazas de café hirviendo seguidas de dos copitas de coñac, nos fuimos con un guarda y nuestros perros, Buzo y Pierrot.
En cuanto hubimos andado un poco sentí que se me helaban los huesos. Era una noche de ésas en que la tierra parece muerta de frío, en que el aire helado hace tanto daño que parece que se toca: no se mueve, y muerde, pincha, mata árboles, plantas é insectos, y hasta los mismos pajaritos que desde las ramas caen al suelo, quedan duros, como si el frío les hubiese petrificado.
La luna, en cuarto menguante, se inclinaba á un lado, muy pálida, y tan débil que ni siquiera se podía marchar, y permanecía en el espacio rígida también y paralizada por los rigores del cielo. Difundía por el mundo su luz triste y seca, esa claridad moribunda y macilenta que derrama cada mes cuando llega al fin de su carrera.
Karl y yo andábamos encorvados, con las manos en los bolsillos y con la escopeta debajo del brazo. Nuestras botas, que estaban envueltas en lana á fin de poder andar por el helado río sin resbalar, no hacían ningún ruido, y yo me fijaba en el humo blanco que producía el aliento de nuestro perros.
No tardamos en llegar á orillas del pantano y nos internamos en ese monte bajo, siguiendo una de las avenidas de cañas que lo cruzan. Nuestros codos, al rozar las hojas, tan largas que parecían cintas, dejaban tras nosotros un ligero ruido; y yo sentí como nunca había sentido la poderosa y singular emoción que en mí despiertan los pantanos. Y aquél estaba muerto, muerto de frío, pues andábamos á pie firme por en medio de su pueblo de juncos secos.
En la revuelta de una de aquellas avenidas distinguí la choza de hielo que se había construido para que nos abrigásemos, y en ella entré, pues aún teníamos que esperar casi una hora para que los pájaros errantes empezasen á despertar, y me envolví como pude en la manta con objeto de calentarme.
Echado boca arriba me puse á contemplar la deformada luna, que parecía doble á través de las paredes vagamente transparentes de aquella guarida polar.
Pero el helado frío del pantano, el frío de la choza y el que parecía caer del cielo, me penetraron de tal modo que empecé á toser.
Mi primo Karl se alarmó y dijo:
--Si matamos poco, tanto peor, pero como no quiero que te enfríes, encenderemos lumbre.
Y dió órdenes al guarda para que cortase cañas.
En medio de la choza, cuyo techo taladramos para que saliese el humo, encendimos una hoguera, y cuando las llamas empezaron á enroscarse, las paredes de cristal se pusieron á sudar. Karl, que se había quedado fuera, me llamó.
--Ven á ver--me dijo.
Y cuando hube salido me quedé turulato de asombro. Nuestra cabaña, en forma de cono, semejaba un diamante monstruoso con el corazón de fuego que hubiese surgido de pronto del agua helada del pantano. Y dentro se veían sombras fantásticas, las de nuestros perros que se calentaban.
Un grito extraño, un grito errante pasó por encima de nuestras cabezas: el resplandor de nuestra hoguera despertaba á los pájaros salvajes.
Nada me conmueve tanto como ese primer clamor de vida, que no se ve y cruza el obscuro cielo, tan de prisa, tan lejano, antes de que aparezca el primer albor de los días de invierno. Se me antoja que, á esa hora glacial del alba, el grito que con el ave se aleja es un suspiro del alma del mundo.
Karl dijo:
--Apagad el fuego: ya amanece.
En efecto, el cielo empezaba á palidecer y las bandadas de patos arrastraban por el firmamento sus rápidas y fugitivas manchas.
Vivísimo resplandor rasgó las tinieblas: Karl acababa de tirar y los dos perros corrieron.
Á partir de entonces y de minuto en minuto, unas veces él y otras yo, disparábamos con presteza en cuanto por encima de las cañas aparecían las volantes sombras. Y Pierrot y Buzo, cansados y gozosos, nos traían las ensangrentadas aves, cuyos abiertos ojos parecía que nos miraban.
Se había levantado el día, un día claro y azul; el sol asomaba por el fondo del valle, y pensábamos marcharnos, cuando dos grandes pájaros, recto el cuello y tendidas las alas, pasaron rápidamente por encima de nuestras cabezas. Tiré, y uno de ellos cayó á mis pies. Era una cerceta, cuyo vientre parecía de plata. Entonces, en lo alto, un pájaro chilló, y chilló como si se quejase, pero con queja corta, repetida y desgarradora; y el pájaro vivo empezó á dar vueltas por encima de nuestras cabezas, en el azul del cielo, mirando á su compañera muerta que yo tenía entre mis manos.
Karl, de rodillas, encarada la escopeta y la mirada ardiente, la acechaba esperando que estuviese bastante cerca.
--Has matado á la hembra--me dijo--y el macho no se irá.
Y efectivamente, no se fué y siguió dando vueltas á nuestro alrededor y quejándose. Jamás gemido alguno de sufrimiento me ha desgarrado el corazón como aquel reclamo desolado, lamentable reproche de aquel pobre animal perdido en el espacio.
Á veces, ante la amenaza de la escopeta que le seguía en su vuelo, parecía alejarse dispuesto á continuar solo su camino, pero no se decidía y volvía á buscar á su hembra.
--Déjala en el suelo--me dijo Karl--verás cómo se acerca.
Y se acercó, despreciando el peligro, enloquecido por su amor de animal por el otro que yo había matado.
Karl tiró, y pareció como si hubiesen cortado la cuerda á que el pájaro estaba suspendido. Vi una cosa negra que bajaba, oí en las cañas el ruido de un cuerpo que cae, y Pierrot lo atrapó.
Los metí, fríos ya, en el mismo zurrón... y aquel mismo día volví á París.
EL HOYO
_Muerte ocasionada por golpes y heridas._ Ésta era la base fundamental de la acusación que hacía comparecer ante el jurado al tapicero Leopoldo Renard.
En torno suyo se hallaban los principales testigos: la viuda de la víctima, la esposa del muerto Flamèche, y los llamados Luis Ladureau, oficial ebanista, y Juan Durden, plomero.
Cerca del acusado y vestida de negro, su mujer, una mujer pequeñita, fea, una mujer que parecía una mona vestida.
Y he aquí cómo Leopoldo Renard explicó el drama.
--«Santo Dios, fué una desgracia cuya primera víctima he sido yo, y en la que mi voluntad no tomó ninguna parte. Señor presidente, los hechos se comentan por sí mismos. Yo soy un hombre honrado, un trabajador que hace dieciséis años ejerce su oficio en la misma calle, conocido, querido, considerado y respetado por todo el mundo como han dicho mis vecinos y mi portera que no suele mostrarse amable. Me gusta trabajar, soy económico, y me gustan las gentes honradas y los placeres recatados. Y eso me ha perdido, tanto peor para mí; pero como mi voluntad no ha tomado ninguna parte en ello, sigo creyéndome merecedor al respeto, y yo mismo me respeto.
«En fin, desde hace cinco años, todos los domingos, mi esposa aquí presente y un servidor, vamos á pasar el día en Poissy. Así tomamos el aire sin contar con que nos gusta muchísimo pescar, ¡oh! nos gusta más pescar con caña que comer. Amelia me infundió esa afición, la muy...; le gusta más que á mí, la muy maldita, pues van ustedes á ver que por ella me ocurre lo que me ocurre.
«Yo soy fuerte y tranquilo por temperamento y ni por pienso conozco el mal; pero ella, ¡oh! ella, aunque no lo parece, porque es pequeñita y flaca, es más mala que la quina. Claro está que tiene cualidades, y cualidades que tienen su importancia para un comerciante. Pero su carácter... Pidan informes por el vecindario, ó á la misma portera que tan bien ha hablado de mí hace un momento, y ya verán, ya verán.
«Todos los días me hacía mil reproches por mi amabilidad: «No soy yo quien me dejaría tratar así; no soy yo quien se dejaría tratar asá». Y de haberla escuchado, señor presidente, lo menos hubiera andado á cachetes tres veces al mes».
La mujer le interrumpió diciendo: «Habla, habla, que al freír será el reir».
Él, volviéndose hacia ella, replicó candorosamente:
--«Puedo hacerte cargos puesto que no se trata de ti...».
Y volviéndose luego hacia el presidente, continuó:
«Bueno, adelante. He dicho que todos los sábados nos íbamos á Poissy para ponernos á pescar al romper el alba. Es una costumbre que, como se dice, para nosotros ha llegado á ser una segunda naturaleza. Tres años hará este verano que descubrí un sitio... ¡Vaya un sitio! Á la sombra y con ocho pies de agua, tal vez diez, en fin, un hoyo, uno de esos hoyos que son verdaderos nidos de peces, paraísos para un pescador. Y aquel hoyo, señor presidente, podía considerarlo como mío, pues yo había sido su Cristóbal Colón. En el país todo el mundo lo sabía y todo el mundo lo respetaba. «Es el sitio de Renard» decían, y nadie lo hubiera ocupado, ni el señor Plumeau, tan conocido, dicho sea sin ofenderle, por su costumbre de quitar los sitios á los demás.
«De manera que, seguro de mi sitio, allí iba como si me perteneciese en propiedad. En cuanto llegábamos montaba en el _Dalila_ con mi esposa.--El _Dalila_ es un barco que mandé construir en casa de Fournaise, un barco ligero y seguro.--Digo, pues, que montábamos en el _Dalila_ para cebar. Y dicho sea de paso, no hay quien cebe como yo, y eso lo saben todos los compañeros. Tal vez ustedes me preguntarán con qué cebo, pero yo no contestaré porque es mi secreto y además no tiene nada que ver con el accidente. Más de doscientas personas me lo han preguntado, y para hacerme hablar me han pagado copas, fritadas y hasta comidas, pero como si no... La única persona que lo sabe es mi mujer, que aun cuando es habladora no lo dirá; antes le cortan la lengua. ¿Verdad, Amelia?
El presidente le interrumpió para decir:
--«Á los hechos y lo más pronto posible».
El acusado respondió: «Á ellos voy, á ellos voy. Pues, el sábado 8 de julio, salimos en el tren de las cinco y veinte, y antes de comer, y como todos los sábados, nos fuimos á cebar. El tiempo prometía ser magnífico, y le dije á mi mujer: «Mañana, de rechupete». «Así parece» me contestó; y no hablamos más porque no acostumbramos á hablar nunca.
«Luego nos fuimos á comer. Yo estaba contento y tenía sed. Y en eso estriba la causa de todo, señor presidente. Yo le dije á mi mujer: «Amelia, como hace buen tiempo, creo que debería beber una botella de _gorro de dormir_». Es un vinillo blanco que hemos bautizado así, porque si se bebe mucho no deja dormir y reemplaza el gorro. ¿Comprenden ustedes?
«Ella me respondió: «Haz lo que quieras; pero te pondrás malo y mañana no habrá quién te levante». Eso era justo, lógico, prudente y perspicaz, lo confieso. Sin embargo no me pude contener y me bebí la botella. De ahí viene todo.
«Resultado, que no pude dormir hasta las dos de la mañana, y me quedé como un tronco, como duermo yo, que ni la trompeta del juicio final me despertaría.
«Para concluir, mi mujer, después de sacudirme mucho, logró que me vistiese á las seis. Me lavé la cara, y montamos en el _Dalila_. ¡Ya era tarde! Cuando llegué á mi hoyo, encontré á otro, cosa que en tres años, señor presidente, no había sucedido nunca. Me produjo el mismo efecto que si me hubiesen desvalijado á mis ojos, y no hice más que decir: «Cuerno, cuerno, recuerno...». Pero mi mujer empezó á molestarme. «Tómalo ahora, ahí lo tienes tu gorro de dormir. Borracho... ¿Estás contento, animal?».
«Yo no contestaba porque tenía razón, y á pesar de todo desembarqué en el mismo sitio para aprovechar las sobras. Además, tal vez aquel hombre no pescaría nada y se marcharía.
«Era flacucho, llevaba un traje de dril blanco, y á la cabeza un enorme sombrero de paja. Y también le acompañaba su mujer, una gorda que hacía ganchillo á su lado.
«Cuando vió que nos instalábamos cerca de ellos murmuró:
--«¿No hay otro sitio en el río?».
«Y mi mujer, que estaba rabiosa, contestó:
--«Las gentes que saben vivir, se informan de las costumbres de los países antes de ocupar los sitios reservados».
«Pero como á mí no me gustan los líos, le dije:
--«Calla, Amelia, calla; déjalos, y ya veremos».
«Atamos el _Dalila_ bajo los sauces, saltamos á tierra, y Amelia y yo nos pusimos á pescar á pocos pasos de los otros dos.
«Y ahora, señor presidente, preciso es que entre en detalles.
«Cinco minutos hacía que estábamos allí, cuando el flotador de mi vecino se hundió tres veces y sacó un animal grande como mi pantorrilla... un poco menos tal vez, pero no le faltaba mucho. Me palpitó el corazón y empecé á sudar. Mi mujer me dijo: «Borracho, ¿has visto eso?».
«En aquel momento, Bru, el tendero de ultramarinos de Poissy, que pasaba en barca, me gritó. «¡Eh! ¡Renard! ¿Le han quitado el sitio?». Y yo respondí. «Sí, amigo mío; en este mundo hay gentes tan poco delicadas que no respetan nada».
«El hombrecito del traje de dril no se daba por entendido, ni su mujer tampoco, una gorda... una vaca suiza...».
El presidente le interrumpió por segunda vez para decirle: «Mucho cuidado, que está usted insultando á la viuda del señor Flamèche, aquí presente».
Renard se excusó: «¡Oh! perdónenme; la pasión me ha arrebatado.
«Pues bien, aún no había pasado un cuarto de hora cuando el hombrecito del traje de dril sacó otro pez, y luego otro y otro.
«Yo casi lloraba de rabia y además sentía que mi mujer estaba hirviendo, pues me decía á cada momento: «Mira, mira como te está robando la pesca. Y tú no pescarás nada, ni una rana: sólo al pensarlo se me revuelve la sangre».
«Yo me decía para mis adentros: «Esperemos á que den las doce: ese bandido se irá á almorzar y yo entonces recobraré mi sitio». Porque yo, señor presidente, todos los domingos almorzaba á orillas del río.
«Pero, como no morena. Las doce dieron, y el hombrecito sacó un pollo asado que llevaba envuelto en un periódico, y mientras comía pescó uno gordo.
«Amelia y yo comimos también, pero sin apetito, y la comida nos parecía veneno.
«Para hacer la digestión cogí el periódico; todos los domingos leo el _Gil Blas_, á la sombra y junto al agua, pues es el día de Colombina, ya saben ustedes, Colombina, la que escribe artículos en el _Gil Blas_. Yo tenía costumbre de hacer rabiar á mi mujer diciéndola que conocía á esa Colombina, lo cual no es verdad porque no la conozco ni la he visto nunca, lo que no impide que escriba muy bien y que por ser mujer diga cosas muy bien dichas. Simpatizo con ella, y me gusta mucho su género.
«En fin, empecé á dar la tabarra á mi esposa, pero como ella se enfureció me callé.
«En aquel momento llegaron de la orilla opuesta los testigos que aquí están, Ladureau y Durdent; no nos conocíamos más que de vista.
«Á todo esto el hombrecito se había puesto á pescar otra vez, y su mujer le dijo: «El sitio es excelente: aquí vendremos siempre, Desiderio».
«Á mí se me heló la espalda, y mi mujer no hacía más que repetir: «Tú no eres un hombre, no lo eres, y tienes sangre de gallina en las venas».
«Yo contesté: «Antes que hacer una barbaridad prefiero marcharme».
«Y entonces murmuró estas palabras que me produjeron el mismo efecto que si me hubiesen metido un hierro candente en la nariz: «No eres hombre, pues te vas rindiendo la plaza. ¡Quita de ahí, calzones!».
«Aunque aquello me llegó al alma no me moví; pero el otro, en el mismo instante, sacó una brema como en la vida había visto otra.
«Y mi mujer empezó de nuevo á hablar alto como si pensase. Decía: «Esto es robar, pues nosotros cebamos el sitio: por lo menos tendrían que devolvernos el dinero gastado en cebo».
«Entonces, la gorda del hombrecito con traje de dril, replicó:
--«¿Se refiere usted á nosotros?».
--«Hay ladrones de pescado que se aprovechan del dinero gastado por otros».
--«¿Nos llama usted ladrones de pescado?».
«Y como las palabras se enredan siempre como las cerezas, también se enredaron entonces. ¡Diablo! ¡Las que soltaron aquel par de mujeres! Gritaban tanto, que los testigos que se encontraban en la orilla opuesta dijeron para bromear: «¡Eh! Un poco de silencio, que no dejarán pescar á los maridos».
«El caso es que ni el hombrecito del traje de dril ni yo nos habíamos movido, y estábamos allí mirando al agua como si no oyésemos nada.
«Y, ¡bendito sea Dios! oíamos, ya lo creo que oíamos: «Usted es una embustera.--Y usted una arrastrada.--Y usted una cualquier cosa.--Y usted una barrendera.--». Y arriba y abajo, en fin, que un marinero no hubiera dicho más.
«De pronto oí ruido detrás de mí y volví la cabeza. La gorda acometía á mi mujer sacudiéndola á sombrillazos. Pan, pan; Amelia recibió dos. Amelia se enrabió, y cuando se enrabia pega. Agarró á la gorda por el moño, y las bofetadas cayeron como llovidas del cielo.
Yo las hubiese dejado que se las compusiesen solas; pero el hombrecito del traje de dril se levantó prestamente y quiso lanzarse sobre mi mujer. ¡Ah! Eso no, hasta ahí podían llegar las bromas. Le salí al encuentro y le recibí con el puño. Y sacudí; uno en la nariz, otro en la tripa, y el hombrecito levantó los brazos, los pies, y cayó de espalda en el río, en el hoyo precisamente.
«Es seguro que hubiera intentado sacarle, señor presidente, pero para mayor colmo, á mi mujer le tocaban entonces las de perder, y aun cuando hubiera podido socorrerla después de haber evitado que el otro echase un trago, como no podía imaginar que llegase á ahogarse, me dije: «¡Bah! Así se refrescará».
«Corrí, pues, para separar á las dos mujeres, y recibí algunos cachetes, no pocos arañazos y más de una dentellada. ¡Diablo, qué par!
«En fin, que para separarlas empleé cinco minutos ó más.
«Me volví, y nada. El agua estaba tranquila como un lago. Del otro lado gritaban: «Sácalo, sácalo».
«Eso se dice fácilmente; pero yo no sé nadar y menos bucear.
«Por fin vino el encargado de la presa con dos señores que llevaban bicheros; pero ya había pasado un cuarto de hora bien largo.
«Y le encontraron en el fondo del hoyo, á ocho pies de profundidad como yo había dicho; sí señor, el hombrecito del traje de dril estaba allí.
«Esto es lo ocurrido, y por la salvación de mi alma juro haber dicho la verdad; soy inocente».
Y como los testigos habían declarado en el mismo sentido, el acusado fué absuelto.
EL INVÁLIDO
Lo que voy á referir me ocurrió en 1882.
Acababa de instalarme en un rincón del coche vacío y había cerrado la portezuela con la esperanza de quedarme solo, cuando se abrió bruscamente y oí una voz que decía:
--Cuidado, señor, cuidado: estamos en el cruce de líneas y el estribo está muy alto.
Otra voz respondió: