Cuentos de amor

Part 9

Chapter 93,905 wordsPublic domain

Por aquel entonces se anunció la boda de cierta opulenta señorita, y los padres convidaron á sus relaciones á examinar las _vistas_ y ricos regalos que formaban la canastilla de la novia. Encontrábame entretenido en admirar un largo hilo de perlas, obsequio del novio, cuando ví entrar á Pablo Roldán y á su mujer. Acercáronse á la mesa cargada de preseas magníficas, y la gente agolpada les abrió paso difícilmente. La señora de Roldán se extasió con el hilo de perlas: ¡qué iguales! ¡qué gruesas! ¡qué oriente tan nacarado y tan puro! Mientras expresaba su admiración hacia la joya, noté...--¿quién explicaría el por qué me fijaba ansiosamente en los movimientos de la mujer de Pablo?--noté, digo, que se deslizaba hacia ella, como para compartir su admiración, Dámaso Vargas Padilla, mozo más conocido por calaveradas y despilfarros que por obras de caridad, y hube de ver que sobre el color avellana del guante de Suecia de la dama relucía un objetito blanco, inmediatamente trasladado á los dominios de un guante rojizo del Tirol... Y sentí el mismo estremecimiento que si de cosa propia se tratase, al cerciorarme de que Pablo Roldán, demudado y con el rostro color de muerto, había visto como yo, y sorprendido, como yo, el paso del billete de manos de su mujer á manos de Vargas...

Temí que se arrojase sobre los que así le escarnecían en público. No se arrojó; no dió la más leve muestra de cólera ó pesadumbre. Al contrario, siguió curioseando y alabando las galas bonitas, revolviendo y mezclando los objetos colocados más cerca, deteniéndose y obligando á su mujer á que se detuviese y reparase el mérito de cada uno. Tan despacio procedió á este examen, que la gente fué retirándose poco á poco, y ya no quedamos en el gabinete sino media docena de personas. Y cuando me disponía á cruzar la puerta, en una ojeada que lancé al descuido, volví á ver algo que me hizo el efecto de la espantable cabeza de Medusa, paralizándome de horror, dejándome sin voz, sin discurso, sin aliento... Pablo Roldán había deslizado rápidamente en el bolsillo de su chaleco el hilo de perlas, y salía tranquilo, alta la frente, bromeando con su esposa, elogiando un cuadro, en el cual logró concentrar toda la atención de los circunstantes.

Desde el día siguiente empezó á murmurarse sobre el tema del robo, primero en voz baja, después con escandalosa publicidad. Hubo periódicos que lo insinuaron; el _tole tole_ fué horrible. Las muchas personas distinguidas que habían admirado las galas de la novia clamaban al cielo y mostraban, naturalmente, deseo furioso de que se descubriese al ladrón. Se calumnió á varios inocentes, y el rencor buscó medios de herir, devolviendo la flecha. Todos respiraron por fin al saber que el juez, avisado por una delación anónima, acababa de registrar la casa de Pablo, encontrando el hilo de perlas en un armario del tocador de la señora de Roldán...

Sólo yo comprendí la tremenda venganza. Sólo yo logré penetrar el siniestro enigma, sin clave para la propia señora, que no anda lejos de expiar con años de presidio el delito que no cometió. Y un día que encontré á Pablo y le abrí mi alma y le confesé mis perplejidades, mis dudas respecto á si debía ó no revelar la verdad, puesto que la conocía, Pablo me respondió con lágrimas de rabia al borde de los lagrimales:

--No intervengas; ¡paso á la justicia, paso!... Dejó de amarme, y no me creí con derecho ni á la queja; quiso á otro, y únicamente la rogué que no me entregase á la risa del mundo... ¡Ya sabes cómo atendió á mi ruego... ya lo sabes! Antes que consiguiese ridiculizarme, la infamé... ¡Los medios fueron malos, pero... se lo tenía advertido! Si tú eres de los que creen que la venganza pertenece á Dios, apártate de mí, porque no nos entendemos. Amor, odio y venganza... ¿dónde habrá nada más humano?

Me desvié de Pablo Roldán y no quiero volver á verle. No sé juzgarle; tan pronto le compadezco, como me inspira horror.

Más allá

Era un balneario elegante; pero no de esos en que la gente rica, antojadiza y maniática cuida imaginarias dolencias, sino de los que reciben todos los años, desde principios de Junio, retahilas de verdaderos enfermos pálidos y débiles, y donde, á la hora de la consulta, se ven á la puerta del consultorio gestos ansiosos, enrojecidos párpados, y señoras de pelo gris, que dan el brazo y sostienen á señoritas demacradas, de trabajoso andar. Para decirlo pronto: aquellas aguas convenían á los tísicos.

Pared por medio estaban los dos. _Ella_, la niña apasionada y romántica, la interesante enfermita que--indiferente á la muerte como aniquilamiento del ser físico--no la aceptaba como abdicación de la gracia y la belleza; que, á su paso por los salones, cuando los cruzaba con porte airoso de ninfa joven, solía levantar un rumor halagüeño, un murmurio pérfido de mar que acaricia y devora; y defendiendo hasta el último instante su corona de encantos, que iba á marchitarse en el sepulcro, se rodeaba de flores y perfumes, sonreía dulcemente, envolvía su cuerpo enflaquecido en finos crespones de China y delicados encajes, y calzaba su pie menudo de blanco tafilete, con igual coquetería que si fuese á dirigir alegre y raudo cotillón.--_El_, el mozo galán que había derrochado sus fuerzas vitales con prodigalidad regia, despreciando las advertencias de la tierna é inquieta madre y la indicación hereditaria de los dos tíos maternos arrebatados en lo mejor de la edad--hasta que un día sintió á su vez el golpe sordo que le hería el pecho y le disolvía lentamente el pulmón, avivando, en vez de extinguirlo, el incendio que siempre había consumido su alma.

Pared por medio estaban los dos, sin conocerse ni saber que existían, y sin embargo, el mal que los llevaba á la tumba tenía idéntico origen; el mismo anhelo insaciable había atacado en ellos las fuentes de la vida. Ella y él, fascinados por el propio sueño, hicieron de la pasión único ideal de la existencia, y aspiraron á un amor grande, profundamente estético, ardiente y resuelto como si fuese criminal, noble y altivo como si fuese legítimo, puro á fuerza de intensidad, abrasador á fuerza de pureza. Y como quien busca ave fénix ó talismán poderoso, habían buscado ambos la encantada isla de sus ensueños, ella entre los sosos incidentes del diario _flirt_, él entre los episodios no menos vulgares de la calvatronería orgiástica; hasta que una serie de decepciones tristes, cómicas ó indignas les arruinó la salud, dejando intacto el tesoro de ilusiones y aspiraciones nunca satisfechas, la sed de amar inextinta, más bien exacerbada por la calentura y el alta tensión nerviosa, fruto del padecimiento.

¡Quién les dijera que allí, detrás del tabique en cuyo papel de caprichosos dibujos hallaban maquinal entretenimiento los aburridos ojos, se encontraba lo que habían buscado en balde tanto tiempo, lo que necesitaban para asirse otra vez á la existencia!

Porque ya ni él ni ella podían salir del cuarto, ni bajar las escaleras, ni comer en el comedor. Postrados y exánimes, les traían el agua mineral en un vaso puesto boca abajo sobre un platillo; últimamente, hasta no se atrevieron á beber, y el médico, presintiendo fatal desenlace, advirtió que convendría atender al alma, señal casi siempre funestísima para el pobre del cuerpo.

El y ella se prepararon á recibir á Jesucristo con todo el agasajo que tal visita merece. No hubo fuerzas humanas que les impidiesen vestirse y engalanarse como para un sarao. Ella se lavó con esencias fragantes y jabones exquisitos, hizo peinar esmeradamente la negra mata de pelo, se puso traje de blanco gró, y con sonriente coquetería prendió en la mantilla sus agujas de turquesas; él atusó la bien recortada barba, eligió la camisa más bruñida y tersa, el chaleco de mejor caída, y de frac y corbata blanca, esperó á su Dios. Y él y ella, al sentir en los labios la sagrada partícula, gozaron un momento de emoción deliciosa: les pareció que la efusión esperada en vano, el supremo arrobamiento del éxtasis, vendría después de despojada la vestidura carnal, cuando el alma, libre y dichosa, volase al seno de su Creador...

Así fué que tuvieron unas últimas horas edificantes, ejemplares, de un ardor místico sublime, que hacía derramar lágrimas á los que rodeaban el lecho. Sus palabras de esperanza sonaban conmovedoras y misteriosas, dichas desde el borde de la huesa. Hablaban del cielo, y diríase que al nombrarlo lo veían ya; de tal suerte se iluminaban sus ojos y resplandecía en sus rostros la beatitud y la fe que transfigura.

A la misma hora fallecieron, y sus espíritus se encontraron en el camino del otro mundo, antes de tomar rumbos distintos, pues él se encaminaba al purgatorio en forma de llama rojiza, y ella al cielo, convertida en ligero fueguecillo azul. Entonces se vieron por primera vez, y sorprendidos, detuviéronse á contemplarse. Como á aquellas alturas todo se adivina, inmediatamente adivinaron de qué habían muerto y la semejanza de sus destinos durante la vida terrenal. Y así como comprendieron claramente que los dos habían muerto de plétora de pasión no satisfecha ni entendida, advirtieron también con asombro que él era el alma nacida para ella, y ella el corazón capaz de encerrar aquel amor infinito de que él se sentía minado y consumido, como el árbol que todo se derrite en gomas. Y lo mismo fué advertirlo, que juntarse impetuosamente los dos espíritus, mezclándose la llama rojiza con el fueguecillo azul tan estrechamente, que se hicieron una luz sola.

Y sucedió que, unidos ya, él no pudo entrar en el purgatorio por la parte que llevaba de cielo, y ella tampoco pudo ingresar en el cielo por la parte que llevaba de purgatorio. El, generoso, la propuso que se apartasen, yéndose ella á disfrutar las dichas del Empíreo; mas ella prefirió seguir unida á él, aun á costa de la eterna bienandanza; y desde entonces la luz anda errante, y los dos espíritus no hallan otro nido para sus amores póstumos, sino la extremidad del palo de algún buque, donde los marinos los confunden con el fuego de San Telmo.

La culpable

Elisa fué una mujer desgraciadísima durante toda su vida conyugal, y murió, joven aún, minada por las penas. Es verdad que había cometido una falta muy grave, tan grave que para ella no hay perdón: escaparse con su marido antes de que éste lo fuese y pasar en su compañía veinticuatro horas de tren... Después, sucedió lo de costumbre: la recogió la autoridad, la depositaron en un convento, y á los quince días se casó, sin que sus padres asistiesen á la boda; actitud muy digna, en opinión de las personas sensatas.

Ellos no se habían opuesto de frente á las relaciones de Elisa con Adolfo: mas como quiera que no les agradaba pizca el aspirante, y creían conocerle y presentían su condición moral, suscitaron mil dificultades menudas y consiguieron dar largas al asunto y entretenerlo por espacio de cinco años. Consintieron, eso sí, que Adolfo _entrase en casa_, porque tenía poco de seductor y era hasta antipático, y esperaron que Elisa perdiese toda ilusión al verle de cerca. Sucedió lo contrario; en los interminables coloquios junto á la chimenea; en el diario tortoleo, el amante corazón de Elisa se dejó cautivar para siempre, y Adolfo aseguró la presa de la acaudalada muchacha. Después de meditadas y estratégicas maniobras por parte del novio, llegó el instante de la fuga, preliminar del casamiento.

La familia de Elisa tomó muy á pechos el escándalo, por lo mismo que eran gente conocida, bien relacionada, preciada de correcta, intransigente en cuestiones de moralidad exterior. Hubo en la casa uno de esos períodos de disgusto, cerrados, serios, hondos, en que hasta los criados andan mohinos; períodos que á las personas entradas en edad les cavan una cuarta de sepultura. Las dos hermanas de la fugitiva se avergonzaron y corrieron de suerte que en muchos meses no se atrevieron á salir á la calle. Una, en especial, se afectó tanto, que fué preciso sacarla de Madrid para que no se alterase su salud. La madre jamás pronunció el nombre de Elisa sin suspirar, como cuando se nombra á los que fallecieron. El padre extremó el procedimiento: cerróse á la banda y no nombró á Elisa ya nunca. Si le preguntaban cuántas hijas tenía, contestaba que dos. «La otra la perdí», añadía crispando los labios.

Unida ya Elisa con el que había elegido, se propuso ser intachable y perfecta en todo para rescatar la falta. No hubo esposa más tierna y solícita que Elisa, ni casa mejor gobernada que la suya, ni señora que con mayor abnegación prescindiese de sí propia y se eclipsase más modestamente en la sombra del hogar. Como al fin tenía pocos años y á veces la sangre hervía en sus venas con ímpetu juvenil, cuando veía á otras casadas adornarse, cubrirse de joyas, ir á bailes y fiestas y sonreir al espejo, y ella se quedaba recluída y en bata casera, decía para sí: «Bueno; pero esas no se escaparon con su marido antes de la boda.» Y aunque supiese que se escapaban después... ó cosa parecida... con otros,--siempre persistía en tenerlas por de mejor condición.

Hasta tal punto se consideró obligada á prestar fianza de su conducta, que nunca salió sola, ni consintió recibir una visita estando ausente su marido. A los hombres, fuesen jóvenes ó viejos, les hablaba fría y desabridamente, cortando en seguida la conversación. Su traje era obscuro, subido hasta las orejas, y su peinado estudiadamente sencillo y sin coquetería. Aficionada á las esencias y aguas de tocador, las suprimió por completo desde que oyó decir que «la mujer de bien, ni ha de oler mal, ni ha de oler bien». Ser tenida en concepto de mujer de bien, fué su ambición y su sueño; pero desconfiaba de conseguirlo nunca, por _aquello_ de la escapatoria...

Pasada la corta luna de miel, Adolfo comenzó á distraerse, y so color de política, se acostumbró á retirarse tarde, á pasarse los días fuera, sin venir ni á comer. Elisa lloró en silencio: lloró mucho, porque le quería, le quería con toda su alma, y no podía vivir dichosa sino con él y por él, á quien todo lo había sacrificado.

Un día, registrando el ropero de su marido para limpiar y arreglar la ropa, encontró traspapelada en un chaqué de verano una carta inequívoca... El dolor fue tan agudo, que Elisa se metió en la cama y estuvo varios días sin querer comer y con gran deseo de morirse. Así que cobró algún ánimo, se levantó y siguió viviendo. No profirió una queja: ¿con qué derecho? ¡La podían tapar la boca á las primeras palabras! ¡Y si salía á relucir lo de la fuga!.

Vinieron hijos, un niño y una niña; pero Elisa, que sufrió todo el peso de la crianza, no intervino en la educación, ni ejerció jamás esa autoridad de la madre digna y altiva, que lleva la maternidad como una corona. Sus hijos se habituaron á que «no mandaba mamá».

En cuanto á la hacienda, ya se infiere que la regía única y exclusivamente Adolfo, y Elisa no se hubiese arrojado á gastar cincuenta pesetas en nada extraordinario, sin la vénia necesaria. Muerto el padre de Elisa y recogida la legítima, todavía pingüe, aunque mermada por el enojo paternal, Adolfo se hizo cargo de todo y dedicó la mayor parte á sus goces, no sin que muchas veces oyese Elisa reconvenciones duras y alusiones amargas, fundadas en que su padre la había desheredado ó punto menos.

La salud de Elisa se resintió: los médicos hablaron de lesiones al corazón, que degeneraban en hidropesía. Como la enferma se agravase, pidió confesor, y por centésima vez se acusó de su delito, la escapatoria fatal. El confesor la mandó que se acusase de pecados de la vida presente, porque Dios no acostumbra recontar los ya perdonados y absueltos. Mas la absolución del cielo no bastaba á Elisa: ya se sabe que Dios es muy bueno; pero, en cambio, los hombres jamás olvidan ciertas cosas, y la mancha de vergüenza allí está sobre la frente hasta la última hora de vivir!

Con los ojos vidriados de lágrimas, Elisa pidió que viniese Adolfo, y así que le vió á su cabecera, echándole los brazos al cuello, murmuró á su oído: «Alma mía, mi bien, ya sé que no tengo derecho ninguno á pedirte que... que no te vuelvas á casar... ¡pero al menos... mira, en esta hora solemne... perdóname de veras _aquello_... y no me olvides así... tan pronto... tan pronto!»

Adolfo no contestó; no obstante, le pareció natural inclinarse y besarla. Y la culpable, dejando caer la cabeza sobre la almohada, espiró contenta.

La novia fiel

Fué sorpresa muy grande para todo Marineda el que se rompiesen las relaciones entre Germán Riaza y Amelia Sirvián. Ni la separación de un matrimonio da margen á tantos comentarios. La gente se había acostumbrado á creer que Germán y Amelia no podían menos de casarse. Nadie se explicó el suceso, ni siquiera el mismo novio. Sólo el confesor de Amelia tuvo la clave del enigma.

Lo cierto es que aquellas relaciones contaban ya tan larga fecha, que casi habían ascendido á institución. Diez años de noviazgo no son grano de anís. Amelia era novia de Germán desde el primer baile á que asistió cuando la pusieron de largo.

¡Qué linda estaba en el tal baile! Vestida de blanco crespón, escotada apenas, lo suficiente para enseñar el arranque de los virginales hombros y del seno que latía de emoción y placer, empolvado el rubio pelo, donde se marchitaban capullos de rosa, Amelia era, según se decía en algún grupo de señoras, ya machuchas, «un cromo», «un grabado de _La Ilustración_». Germán la sacó á bailar, y cuando estrechó aquel talle que se cimbreaba, y sintió la frescura de aquel hálito infantil, perdió la chaveta, y en voz temblorosa, trastornado, sin elegir frases, hizo una declaración sincerísima, y recogió un _sí_ espontáneo, medio involuntario, doblemente delicioso. Se escribieron desde el día siguiente, y vino esa época de ventaneo y seguimiento en la calle, que es como la alborada de semejantes amoríos. Ni los padres de Amelia, modestos propietarios, ni los de Germán, comerciantes de regular caudal, pero de numerosa prole, se opusieron á la inclinación de los muchachos, dando por supuesto desde el primer instante que aquello pararía en justas nupcias, así que Germán acabase la carrera de Derecho y pudiese sostener la carga de una familia.

Los seis primeros años fueron encantadores. Germán pasaba los inviernos en Compostela, cursando en la Universidad y escribiendo largas y tiernas epístolas; entre leerlas, releerlas, contestarlas y ansiar que llegasen las vacaciones, el tiempo se deslizaba insensible para Amelia. Las vacaciones eran grato paréntesis, y todo el tiempo que durasen ya sabía Amelia que se lo dedicaría íntegro su novio. Este no entraba aún en la casa, pero acompañaba á Amelia en el paseo, y de noche se hablaban, á la luz de la luna, por una galería con vistas al mar. La ausencia, interrumpida por frecuentes regresos, era casi un aliciente, un encanto más, un interés continuo, algo que llenaba la existencia de Amelia, sin dejar cabida á la tristeza ni al tedio.

Así que Germán tuvo en el bolsillo su título de licenciado en Derecho, resolvió pasar á Madrid á cursar las asignaturas del doctorado. ¡Año de prueba para la novia! Germán apenas escribía: billetes garrapateados al vuelo, quizás sobre la mesa de un café, concisos, insulsos, sin jugo de ternura. Y las amiguitas caritativas, que veían á Amelia ojerosa, preocupada, alejada de las distracciones, la decían con perfidia burlona:--Anda, tonta, diviértete... ¡Sabe Dios lo que él estará haciendo por allá! ¡Bien inocente serías si creyeses que no te la pega...! A mí me escribe mi primo Lorenzo que vió á Germán muy animado en el teatro con _unas_....

El gozo de la vuelta de Germán compensó estos sinsabores. A los dos días ya no se acordaba Amelia de lo sufrido, de sus dudas, de sus sospechas. Autorizado para frecuentar la casa de su novia, Germán asistía todas las noches á la tertulia familiar, y en la penumbra del rincón del piano, lejos del quinqué velado por sedosa pantalla, los novios sostenían interminable diálogo, buscándose de tiempo en tiempo las manos para trocar una furtiva presión, y siempre los ojos para beberse la mirada hasta el fondo de las pupilas.

Nunca había sido tan feliz Amelia. ¿Qué podía desear? Germán estaba allí, y la boda era asunto concertado, resuelto, aplazado sólo por la necesidad de que Germán encontrase una posicioncita, una base para establecerse; una fiscalía, por ejemplo. Como transcurriese un año más y la posición no se hubiese encontrado aún, Germán decidió abrir bufete y mezclarse en la politiquilla local, á ver si así iba adquiriendo favor y conseguía el ansiado puesto. Los nuevos quehaceres le obligaron á no ver á Amelia ni tanto tiempo ni tan á menudo. Cuando la muchacha se lamentaba de esto, Germán se vindicaba plenamente; había que pensar en el porvenir; ya sabía Amelia que un día ú otro se casarían, y no debía fijarse en menudencias, en remilgos propios de los que empiezan á quererse. En efecto, Germán continuaba con el firme propósito de casarse así que se lo permitiesen las circunstancias.

Al noveno año de relaciones notaron los padres de Amelia (y acabó por notarlo todo el mundo), que el carácter de la muchacha parecía completamente variado. En vez de la sana alegría y la igualdad de humor que la adornaban, mostrábase llena de rarezas y caprichos, ya riendo á carcajadas, ya encerrada en hosco silencio. Su salud se alteró también: advertía desgana invencible, insomnios crueles, que la obligaban á pasarse las noches levantada, porque decía que la cama, con el desvelo, le parecía su sepulcro; además, sufría aflicciones al corazón y ataques nerviosos. Cuando la preguntaban en qué consistía su mal, contestaba lacónicamente: «No lo sé.» Y era cierto; pero al fin lo supo, y el saberlo la hizo mayor daño.

¿Qué mínimos indicios; qué insensibles pero eslabonados hechos; qué inexplicables revelaciones emanadas de cuanto nos rodea, hacen que sin averiguar nada nuevo ni concreto, sin que nadie la entere con precisión impúdica, la ayer ignorante doncella entienda de pronto y se rasgue ante sus ojos el velo de Isis? Amelia, súbitamente, comprendió. Su mal no era sino deseo, ansia, prisa, necesidad de casarse. ¡Qué vergüenza, qué sonrojo, qué dolor y qué desilusión si Germán llegaba á sospecharlo siquiera! ¡Ah! Primero morir. ¡Disimular, disimular á toda costa, y que ni el novio, ni los padres, ni la tierra, lo supiesen!

Al ver á Germán tan pacífico, tan aplomado, tan armado de paciencia; engruesando, mientras ella se consumía; chancero mientras ella empapaba la almohada en lágrimas, Amelia se acusaba á sí propia, admirando la serenidad, la cordura, la virtud de su novio. Y para contenerse y no echarse sollozando en sus brazos; para no cometer la locura indigna de salir una tarde sola é irse á casa de Germán, necesitó Amelia todo su valor, todo su recato, todo el freno de las nociones de honor y honestidad que la inculcaron desde la niñez.

Un día... sin saber cómo: sin que ningún suceso extraordinario, ninguna conversación sorprendida la ilustrase, acabaron de rasgarse los últimos cendales del velo... Amelia veía la luz; en su alma relampagueaba la terrible noción de la realidad; y al acordarse de que poco antes admiraba la resignación de Germán y envidiaba su paciencia, y al explicarse ahora la verdadera causa de esa paciencia y esa resignación incomparable, una carcajada sardónica crispó sus labios, mientras en su garganta creía sentir un nudo corredizo, que se apretaba poco á poco y la extrangulaba. La convulsión fué horrible, larga, tenaz; y aún no bien Amelia, destrozada, pudo formar frases, rogó á sus consternados padres que advirtiesen á Germán que las relaciones quedaban rotas. Cartas del novio, súplicas, paternales consejos, todo fué en vano: Amelia se aferró á su resolución, y en ella persistió, sin dar razones ni excusas.