Part 8
Lo más raro de todo era que Fausto, con la fantasía, enmendaba la plana al ciego Destino. La hermosa niña que había recibido en el seno izquierdo la bala, no estaba enamorada del bárbaro y plebeyo borrachín, del perdulario soez que descansaba á su lado, y que la amarró con la faja antes de darle muerte. No: el predilecto de aquella mujer que sabía querer y morir; el que antes de asesinarla había aspirado el aliento de su boca de virgen, era Fausto, el poeta; Fausto, que por fin encontraba su ideal, y que al encontrarlo prefería dejar la tierra, sellando con el sello de lo irreparable tan magnífica pasión.
¿Quién duda que sólo Fausto, capaz de comprender el valor de la acción sublime, merecía haberla inspirado? Corrigiendo la inepcia de los hechos, despreciando la vana apariencia de lo real, Fausto recogía para sí la ardiente flor amorosa, la flor de sangre sembrada en el erial de la ronda madrileña. Él era el compañero de aquella muerta que sonreía; él era quien había apoyado el revólver sobre el impávido seno de la heroina, no sólo tranquila ante la muerte, sino prendada de la muerte que une eternamente, sin separación posible, á los que se quisieron con delirio... Y la sugestión fue tan fuerte, que Fausto arrojó las sábanas, encendió luz y empezó á emborronar papel...
* * * * *
Tal fué el origen del poema _Juntos_, el mejor timbre de gloria de Fausto, lo que consagrará ante la posteridad su nombre, porque _Juntos_ es (lo afirma la crítica) una maravilla de sentimiento verdadero, y se comprende que está escrito con lágrimas vivas del poeta, que corresponde á penas y goces no fingidos,--á algo que no se inventa, porque no puede inventarse.
Champagne
Al destaparse la botella de dorado casco, se obscurecieron los ojos de la compañera momentánea de Raimundo Valdés, y aquella sombra de dolor ó de recuerdo despertó la curiosidad del joven, que se propuso inquirir por qué una hembra que hacía profesión de jovialidad se permitía demostrar sentimientos tristes, lujo reservado solamente á las mujeres honradas, dueñas y señoras de su espíritu y de su corazón.
Solicitó una confidencia y, sin duda, la _prógima_ se encontraba en uno de esos instantes en que se necesita expansión, y se le dice al primero que llega lo que más hondamente puede afectarnos, pues sin dificultades ni remilgos contestó, pasándose las manos por los ojos:
--Me conmueve siempre ver abrir una botella de Champagne, porque ese vino me costó muy caro... el día de mi boda.
--¿Pero tú te has casado alguna vez... ante un cura?--preguntó Raimundo con festiva insolencia.
--Ojalá no--repuso ella con el acento de la verdad, con franqueza impetuosa.--Por haberme casado ando como me veo.
--Vamos, ¿tu marido será algún tramposo, algún perdis?
--Nada de eso. Administra muy bien lo que tiene, y posee miles de duros... miles, sí, ó cientos de miles.
--Chica, ¡cuántos duros! En ese caso... ¿te daba mala vida? ¿Tenía líos? ¿Te pegaba?
--Ni me dió mala vida, ni me pegó, ni tuvo líos, que yo sepa... ¡Después sí que me han pegado! Lo que hay es que le faltó tiempo para darme vida mala ni buena, porque estuvimos juntos, ya casados, un par de horas nada más.
--¡Ah!--murmuró Valdés, presintiendo una aventura interesante.
--Verás lo que pasó, prenda. Mis padres fueron personas muy regulares, pero sin un céntimo. Papá tenía un empleíllo, y con el angustiado sueldo se las arreglaban. Murió mi madre; á mi padre le quitaron el destino... y como no podía mantenernos el pico á mi hermano y á mí, y era bastante guapo, se dejó camelar por una jamona muy rica, y se casó con ella en segundas. Al principio mi madrastra se portó... vamos, bien: no nos miraba á los hijastros con malos ojos. Pero así que yo fuí creciendo y haciéndome mujer, y que los hombres, dieron en decirme cosas en la calle, comprendí que en casa me cobraban ojeriza. Todo cuanto yo hacía era mal hecho, y tenía siempre detrás al juez y al alguacil... la madrastra. Mi padre se puso muy pensativo, y comprendí que le llegaba al alma que se me tratase mal. Y lo que resultó de estas trifulcas, fué que se echaron á buscarme marido para zafarse de mí. Por casualidad lo encontraron pronto, sujeto acomodado, cuarentón, formal, recomendable, seriote... En fin, mi mismo padre se dió por contento y convino en que era una excelente proporción la que se me presentaba. Así es que ellos en confianza trataron y arreglaron la boda, y un día, encontrándome yo bien descuidada... ¡á casarse! y no vale replicar.
--¿Y qué efecto te hizo la noticia? ¿Malo, eh?
--Malísimo... porque yo tenía la tontuna de estar enamorada hasta los tuétanos, como se enamora una chiquilla, pero chiquilla forrada de mujer... de _uno_ de infantería, un teniente pobre como las ratas... y se me había metido en la cabeza que aquel había de ser mi marido apenas saliese á capitán. Las súplicas de mi padre; los consejos de las amigas; las órdenes y hasta los pescozones de mi madrastra--que no me dejaba respirar--me aturdieron de tal manera, que no me atreví á resistir. Y vengan regalos, y desclávense cajones de vestidos enviados de Madrid, y cuélguese usted los faralaes blancos, y préndase el embelequito de la corona de azahar, y á la iglesia, y ahí te suelto la bendición, y en seguida gran comilona, los amigos de la familia y la parentela del novio que brindan y me ponen la cabeza como un bombo, á mí que más ganas tenía de lloriquear que de probar bocado...
--Hija, por ahora no encuentro mucho de particular en tu historia. Casarse así, rabiando y por máquina, es bastante frecuente.
--Aguarda, aguarda--advirtió amenazándome con la mano.--Ahora entra lo ridículo, la peripecia... Pues señor, yo en mi vida había probado el tal Champagne... Me sirvieron la primera copa para que contestase á los brindis, y después de vaciarla me pareció que me sentía con más ánimos, que se me aliviaban el malestar y la negra tristeza. Bebí la segunda, y el buen efecto aumentó. La alegría se me derramaba por el cuerpo... Entonces me deslicé á tomar tres, cuatro, cinco, quizás media docena...
Los convidados bromeaban celebrando la gracia de que bebiese así, y yo bebía buscando en la especie de vértigo que causa el Champagne un olvido completo de lo que había de suceder y de lo que me estaba sucediendo ya. Sin embargo, me contuve antes de llegar á trastornarme por completo, y sólo podían notar en la mesa que reía muy alto, que me relucían los ojos, y que estaba sofocadísima.
Nos esperaba un coche á mi marido y á mí, coche que nos había de llevar á una casa de campo de él, á pasar la primer semana después de la boda.--Chiquillo, no sé si fué el movimiento del coche ó si fué el aire libre, ó buenamente que estaba yo como una uva,--pero lo cierto es que apenas me ví sola con el tal hombre y él pretendió hacerme garatusas cariñosas, se me desató la lengua, se me arrebató la sangre, y le solté de pe á pa lo del teniente, y que sólo al teniente quería, y teniente va y teniente viene, y dale con si me han casado contra mi gusto, y toma conque ya me desquitaría y le mataría á palos... Barbaridades, cosas que inspira el vino á los que no acostumbran... Y mi esposo, más pálido que un muerto, mandó que volviese atrás el coche, y en el acto me devolvió á mi casa.--Es decir, esto me lo dijeron luego, porque yo, de puro borrachina... de nada me enteré.
--¿Y nunca más te quiso recibir tu marido?
--Nunca más. Parece que le espeté atrocidades tremendas. Ya ves; quien hablaba por mi boca era el maldito espumoso...
--¿Y... en tu casa? ¿Te admitieron contentos?
--¡Quiá! Mi madrastra me insultaba horriblemente, y mi padre lloraba por los rincones... Preferí tomar la puerta, ¡qué caramba!
--¿Y... el teniente?
--¡Sí, busca teniente! Al saber mi boda se había echado otra novia, y se casó con ella poco después.
--¿Sabes que has tenido mala sombra?
--Mala por cierto... Pero creo que si todas las mujeres hablasen lo que piensan, como hice yo por culpa del Champagne, más de cuatro y más de ocho se verían peor que esta individua.
--¿Y no te da tu marido alimentos? La ley le obliga.
--¡Bah! Eso ya me lo avisó un abogadito que tuve... ¡El diablo que se meta á pleitear! ¿Voy á pedirle que me mantenga á ese, después del desengaño que le costé? Anda, ponme más Champagne... Ahora ya puedo beber lo que quiera. No se me escapará ningún secreto.
Sor Aparición
En el convento de las Clarisas de S..., al través de la doble reja baja, ví á una monja postrada, adorando. Estaba de frente al altar mayor, pero tenía el rostro pegado al suelo, los brazos extendidos en cruz, y guardaba inmovilidad absoluta. No parecía más viva que los yacentes bultos de una reina y una infanta, cuyos mausoleos de alabastro adornaban el coro. De pronto la monja prosternada se incorporó, sin duda para respirar, y pude distinguir sus facciones. Se notaba que había debido de ser muy hermosa en sus juventudes, como se conoce que unos paredones derruídos fueron palacios espléndidos. Lo mismo podría contar la monja ochenta años que noventa: su cara, de una amarillez sepulcral, su temblorosa cabeza, su boca consumida, sus cejas blancas, revelaban ese grado sumo de la senectud en que hasta es insensible el paso del tiempo.
Lo singular de aquella cara espectral, que ya pertenecía al otro mundo, eran los ojos. Desafiando á la edad, conservaban, por caso extraño, su fuego, su intenso negror, y una violenta expresión apasionada y dramática. La mirada de tales ojos no podía olvidarse nunca. Semejantes ojos volcánicos serían inexplicables en monja que hubiese ingresado en el claustro ofreciendo á Dios un corazón inocente; delataban un pasado borrascoso; despedían la luz siniestra de algún terrible recuerdo. Sentí ardiente curiosidad, sin esperar que la suerte me deparase á alguien conocedor del secreto de la religiosa.
Sirvióme la casualidad á medida del deseo. La misma noche, en la mesa redonda de la posada, trabé conversación con un caballero machucho, muy comunicativo y más que medianamente perspicaz, de esos que gozan cuando enteran á un forastero. Halagado por mi interés, me abrió de par en par el archivo de su feliz memoria. Apenas nombré el convento de las Claras é indiqué la especial impresión que me causaba el mirar de la monja, mi guía exclamó:
--¡Ah! ¡Sor Aparición! Ya lo creo, ya lo creo... Tiene un _no sé qué_ en los ojos... Lleva escrita allí su historia. Donde usted la ve, los dos surcos de las mejillas, que de cerca parecen canales, se los han abierto las lágrimas. ¡Llorar más de cuarenta años! Ya corre agua salada en tantos días... El caso es que el agua no le ha apagado las brasas de la mirada... ¡Pobre Sor Aparición! Le puedo descubrir á usted el _quid_ de su vida mejor que nadie, porque mi padre la conoció moza, y hasta creo que la hizo unas miajas el amor... ¡Es que era una deidad!
Sor Aparición se llamó en el siglo Irene. Sus padres eran gente hidalga, ricachos de pueblo; tuvieron varios retoños, pero los perdieron, y concentraron en Irene el cariño y el mimo de hija única. El pueblo donde nació se llama A... Y el destino, que con las sábanas de la cuna empieza á tejer la cuerda que ha de ahorcarnos, hizo que en ese mismo pueblo viese la luz, algunos años antes que Irene, el famoso poeta...
Lancé una exclamación y pronuncié, adelantándome al narrador, el glorioso nombre del autor del _Arcángel maldito_,--tal vez el más genuino representante de la fiebre romántica;--nombre que lleva en sus sílabas un eco de arrogancia desdeñosa, de mofador desdén, de acerba ironía y de nostalgia desesperada y blasfemadora. Aquel nombre y el mirar de la religiosa se confundieron en mi imaginación, sin que todavía el uno me diese la clave del otro, pero anunciando ya, al aparecer unidos, un drama del corazón de esos que chorrean viva sangre.
--El mismo--repitió mi interlocutor--el célebre Juan de Camargo, orgullo del pueblecito de A..., que ni tiene aguas minerales, ni santo milagroso, ni catedral, ni lápidas romanas, ni nada notable que enseñar á los que lo visitan, pero repite envanecido: «En esta casa de la plaza nació Camargo.»
--Vamos--interrumpí--ya comprendo; Sor Aparición... digo, Irene, se enamoró de Camargo, él la desdeñó, y ella, para olvidar, entró en el claustro...
--¡Chsss!--exclamó el narrador sonriendo;--¡espere usted, espere usted, que si no fuese más! De eso se ve todos los días; ni valdría la pena de contarlo. No; el caso de Sor Aparición tiene miga. Paciencia, que ya llegaremos al fin.
De niña, Irene había visto mil veces á Juan de Camargo, sin hablarle nunca, porque él era ya mozo y muy huraño y retraído: ni con los demás chicos del pueblo se juntaba. Al romper Irene su capullo, Camargo, huérfano, ya estudiaba leyes en Salamanca, y sólo venía á casa de su tutor durante las vacaciones. Un verano, al entrar en A..., el estudiante levantó por casualidad los ojos hacia la ventana de Irene y reparó en la muchacha, que fijaba en él los suyos... unos ojos de date preso, dos soles negros, porque ya ve usted lo que son todavía ahora. Refrenó Camargo el caballejo de alquiler, para recrearse en aquella soberana hermosura; Irene era un asombro de guapa. Pero la muchacha, encendida como una amapola, se quitó de la ventana cerrándola de golpe. Aquella misma noche, Camargo, que ya empezaba á publicar versos en periodiquillos, escribió unos, preciosos, pintando el efecto que le había producido la vista de Irene en el momento de llegar á su pueblo... Y envolviendo en los versos una piedra, al anochecer la disparó contra la ventana de Irene. Rompióse el vidrio, y la muchacha recogió el papel y leyó los versos, no una vez, ciento, mil: los bebió, se empapó en ellos. Sin embargo, aquellos versos, que no figuran en la colección de las poesías de Camargo, no eran declaraciones amorosas, sino algo raro, mezcla de queja é imprecación. El poeta se dolía de que la pureza y la hermosura de la niña de la ventana no se hubiesen hecho para él, que era un réprobo. Si él se acercase, marchitaría aquella azucena... Después del episodio de los versos, Camargo no dió señales de acordarse de que existía Irene en el mundo, y en Octubre se dirigió á Madrid. Empezaba el período agitado de su vida, las aventuras políticas y la actividad literaria.
Desde que Camargo se marchó, Irene se puso triste, llegando á enfermar de pasión de ánimo. Sus padres intentaron distraerla; la llevaron algún tiempo á Badajoz, la hicieron conocer jóvenes, asistir á bailes; tuvo adoradores, oyó lisonjas... pero no mejoró de humor ni de salud.
No podía pensar sino en Camargo, á quien era aplicable lo que dice Byron de _Lara_: que los que le veían no le veían en vano; que su recuerdo acudía siempre á la memoria, pues hombres tales lanzan un reto al desdén y al olvido. No creía la misma Irene hallarse enamorada; juzgábase sólo víctima de un maleficio, emanado de aquellos versos tan sombríos, tan extraños. Lo cierto es que Irene tenía eso que ahora llaman obsesión, y á todas horas veía _aparecerse_ á Camargo, pálido, serio, el rizado pelo sombreando la pensativa frente... Los padres de Irene, al observar que su hija se moría minada por un padecimiento misterioso, decidieron llevarla á la corte, donde hay grandes médicos para consultar y también grandes distracciones.
Cuando Irene llegó á Madrid, era célebre Camargo. Sus versos fogosos, altaneros, de sentimiento fuerte y nervioso, hacían escuela; sus aventuras y genialidades se comentaban. Asociada con él una pandilla de perdidos, de bohemios desenfadados é ingeniosos, cada noche inventaban nuevas diabluras, y ya turbaban el sueño de los honrados vecinos, ya realizaban las orgiásticas proezas á que aluden ciertas poesías blasfemas y obscenas, que algunos críticos aseguran que no son de Camargo en realidad. Con las borracheras y el libertinaje alternaban las sesiones en las logias masónicas y en los comités; Camargo se preparaba ya la senda de la emigración. No estaba enterada de todo esto la provinciana y cándida familia de Irene; y como se encontrasen en la calle al poeta, le saludaron alegres, que al fin era _de allá_.
Camargo, sorprendido otra vez de la hermosura de la joven; notando que al verle se teñían de púrpura las descoloridas mejillas de una niña tan preciosa, les acompañó, y prometió visitar á sus convecinos. Quedaron lisonjeados los pobres lugareños, y creció su satisfacción al notar que de allí á pocos días, habiendo cumplido Camargo su promesa, Irene revivía. Desconocedores de la crónica, les parecía Camargo un yerno posible, y consintieron que menudease las visitas.
Veo en su cara de usted que cree adivinar el desenlace... ¡No lo adivina! Irene, fascinada, trastornada como si hubiese bebido zumo de yerbas, tardó sin embargo seis meses en acceder á una entrevista á solas, en la misma casa de Camargo. La honesta resistencia de la niña fué causa de que los perdidos amigotes del poeta se burlasen de él, y el orgullo, que es la raíz venenosa de ciertos romanticismos, como el de Byron y el de Camargo, inspiró á éste una apuesta, un desquite satánico, infernal. Pidió, rogó, se alejó, volvió, dió celos, fingió planes de suicidio, é hizo tanto, que Irene, atropellando por todo, consintió en acudir á la peligrosa cita. Gracias á un milagro de valor y decoro, salió de ella pura y sin mancha, y Camargo sufrió una chacota que le enloqueció de despecho.
A la segunda cita, se agotaron las fuerzas de Irene, se obscureció su razón y fué vencida. Y cuando, confusa y trémula, yacía, cerrando los párpados, en brazos del infame, éste exhaló una estrepitosa carcajada, descorrió unas cortinas, é Irene vió que la devoraban los impuros ojos de ocho ó diez hombres jóvenes, que también reían y palmoteaban irónicamente...
Irene se incorporó, dió un salto, y sin cubrirse, con el pelo suelto y los hombros desnudos, se lanzó á la escalera y á la calle. Llegó á su morada seguida de una turba de pilluelos que la arrojaban barro y piedras. Jamás consintió decir de dónde venía, ni qué le había sucedido.--Mi padre lo averiguó, porque, casualmente, era amigo de uno de los de la apuesta de Camargo.--Irene sufrió una fiebre de septenarios en que estuvo desahuciada; así que convaleció, entró en este convento--lo más lejos posible de A...--Su penitencia ha espantado á las monjas: ayunos increíbles; mezclar el pan con ceniza; pasarse tres días sin beber; las noches de invierno descalza y de rodillas, en oración: disciplinarse, llevar una argolla al cuello, una corona de espinas bajo la toca, un rallo á la cintura...
Lo que más edificó á sus compañeras, que la tienen por santa, fué el continuo llorar. Cuentan--pero serán consejas--que una vez llenó de llanto la escudilla del agua. ¡Y quién le dice á usted que de repente se le quedan los ojos secos, sin una lágrima, y brillando de ese modo que ha notado usted!--Esto aconteció más de veinte años hace; las gentes piadosas creen que fué la señal del perdón de Dios. No obstante, Sor Aparición, sin duda, no se cree perdonada, porque, hecha una momia, sigue ayunando y postrándose y usando el cilicio de cerda...
--Es que hará penitencia por dos--respondí, admirada de que en este punto fallase la penetración de mi cronista.--¿Piensa usted que Sor Aparición no se acuerda del alma infeliz de Camargo?
¿Justicia?
Sin ser filósofo ni sabio; con sólo la viveza del natural discurso, Pablo Roldán había llegado á formarse en muchas cuestiones un criterio extraño é independiente; no digo que superior, porque no pienso que lo sea,--pero al menos distinto del de la generalidad de los mortales.--En todo tiempo habrán existido estas divergencias entre el modo de pensar colectivo y el de algunos individuos innovadores ó retrógrados con exceso, pues tanto nos separamos de nuestra época por adelantarnos como por rezagarnos.
Uno de los problemas que Pablo Roldán consideraba de modo original y hasta chocante, era el de la infidelidad de la esposa. Es de advertir que Pablo Roldán estaba casado, y con dama tan principal, moza, hermosa y elegante, que se llevaba los ojos y quizás el corazón de cuantos la veían. Un tesoro así debiera hacer vigilante á su guardador; pero Pablo Roldán no sólo alardeaba de confianza ciega, rayana en descuido, sinó que declaraba que la vigilancia le parecía inútil, porque no juzgándose _propietario_ de su bella mitad, no se creía en el caso de guardarla como se guarda una viña, un huerto ó una caja de valores. Una mujer--decía sonriendo Pablo--se diferencia de una fruta y de un rollo de billetes de Banco, en que tiene conciencia y lengua. A nadie se le ha ocurrido hacer responsable á la pavía si un ratero la hurta y se la come. La mujer es capaz y responsable--y vean cómo realmente, pareciendo tan bonachón, soy más rígido que ustedes los celosos extremeños.--La mujer es responsable, culpable... entendámonos: cuando engaña. Claro que la mía, moralmente, no conseguirá nunca engañarme, porque yo sería la flor de los imbéciles si al acercarme á ella no comprendiese la impresión que la produzco; si me ama, ó la soy indiferente, ó no me puede sufrir. Del estado de su alma no necesitará mi esposa darme cuenta: yo adivinaré... ¡No faltaría más! Y al adivinar--tan cierto como me llamo Pablo Roldán y me tengo por hombre de honor--consideraré roto el lazo que la sujeta á mí, y no haré al autor de las almas la ofensa de violentar un alma esencialmente igual á la mía... Desde el día en que no me quiera, mi mujer será _interiormente_ libre como el aire. Sin embargo--pues el nudo legal es indisoluble y la equivocación mutua,--le advertiré que queda obligada á salvar las apariencias, á tener muy en cuenta la exterioridad, á no hacerme blanco de la burla; y yo, por mi parte, me creeré en el deber de seguir amparándola, de escudarla contra el menosprecio. ¡Bah! Amigo mío, esto es hablar por hablar; Felicia parece que aun no me ha perdido el cariño... Son teorías, y ya sabe usted que, llegado el caso práctico, raro es el hombre que las aplica rigurosamente.
No platicaba así Roldán sino con los pocos que tenía por verdaderos amigos y hombres de corazón y de entendimiento; con los demás creía él que no se debían conferir puntos tan delicados. Al parecer, el sistema amplio y generoso de Pablo daba resultados excelentes: el matrimonio vivía unido, respetado, contento. No obstante, yo que lo observaba sin cesar, atraído por aquel experimento curioso, empecé á notar, transcurridos algunos años--poco después de que la mujer de Pablo entró en el período de esplendor de la belleza femenina, los treinta--ciertos síntomas que me inquietaron un poco. Pablo andaba á veces triste y meditabundo; tenía días de murria, momentos de distracción y ausencia, aunque se rehacía luego y volvía á su acostumbrada ecuanimidad. En cambio, su mujer demostraba una alegría y animación exageradas y febriles, y se entregaba más que nunca al mundo y á las fiestas. Seguían yendo siempre juntos; las buenas costumbres conyugales no se habían alterado en lo más mínimo; pero yo, que tampoco soy la flor de los imbéciles, no podía dudar que existía en aquella pareja antes venturosa algún desajuste, alguna grieta oculta, algo que alteraba su contextura íntima. Para la gente, el matrimonio Roldán se mantenía inalterable; para mí, el matrimonio Roldán se había disuelto.