Part 7
«Así que se me quitó de la imaginación la madre, empecé á cuidar de la niña. No tenía otra cosa para qué mirar en el mundo. Me propuse que no había de perderse, ni arrimarme otro tiznón, y no la dejé salir ni al portal. Aunque me dijese, es un verbigracia:--«Padre, tengo ganas de correr» ó--«Padre, me pide el cuerpo ir á la plazuela»--nada, yo sujetándola, que se divirtiese con su canario, ó con los pliegos de aleluyas, ó con la maceta de albahaca, ¡pero sin sacar un dedo fuera! Y así que fué espigando, y me hice cargo de que era muy bonita, tan bonita como su madre, y parecida á ella como una gota á otra gota... y con una voz de ángel también, se me abrieron los ojos de á cuarta, y dije:--No, lo que es tú... no has de echarme el borrón.--Y me convertí en espía, y la velé hasta el sueño, y no contento con guardarla dentro de casa, me paseaba por la callejuela debajo de su ventana, á ver si andaba por allí algún zángano; tanto que la castañera de la esquina me dijo así:--Abuelo, está usted chiflado. ¿A quién se le ocurre rondar á su propia hija? ¡Qué viejos mas escamones!--Pero no lo podía remediar. Toda cuanta candidez y buena fe había tenido con la madre, ahora se me volvía desconfianza; se me había clavado aquí, entre las cejas, que mi hija se perdería, que era infalible que se perdiese, sobre todo si daba en cantar; y me eché de rodillas delante de ella, y la obligué á que me jurase que no cantaría nunca, así se hundiese el mundo. Y me lo juró: sólo que, como ya no era yo aquel de antes, de allí á pocas mañanas, acechando desde la esquina, la veo que abre la ventana, que se pone á regar las macetas, y que al mismo tiempo, á competencia con el canario, rompe á cantar... Me dió la sangre una vuelta redonda y se me quedaron las manos frías. Volví á casa, entré en el cuarto de la muchacha, la cogí por el pelo y debí de pegarla bastante, porque gritó y estuvo más de una semana con una venda. ¿Creerá usted, Padre, que se enmendó? A los quince días vuelvo á rondar y vuelve á asomarse, y otra vez el canticio, y enfrente un grupo de mozalbetes que se para y la dice muchos olés... Callé; no entré á castigarla; y por la tarde, mientras batía mi suela, me parecía que una voz rara, como de algún chulo que se reía de mí, me decía lo mismo que doce años antes:--No tienes vergüenza... Había que matarla.--Cené muy triste, y después de que me acosté, la misma voz, erre que erre: Matarla, matarla...--Entonces me levanté despacio, cogí la herramienta, fuí en puntillas, me acerqué á la cama, y de un solo golpe... Ahora hagan de mí lo que quieran, que ya tengo mi honra desempeñada.»
--¿Creerán ustedes,--añadió el Padre Téllez, que no le pude quitar la tema de la honra? Se arrepentía... pero á los dos minutos volvía á porfiar que era un caballero, y su conducta, más que culpable, ejemplar... En este terreno casi murió impenitente...
--Estaría loco--dijimos, á fin de consolar al sacerdote, que se había quedado muy abatido al terminar su relato.
Primer amor
¿Qué edad contaría yo á la sazón? ¿Once ó doce años? Más bien serían trece, porque antes es demasiado temprano para enamorarse tan de veras; pero no me atrevo á asegurar nada, considerando que en los países meridionales madruga mucho el corazón, dado que esta víscera tenga la culpa de semejantes trastornos.
Si no recuerdo bien el _cuándo_, por lo menos puedo decir con completa exactitud el _cómo_ empezó mi pasión á revelarse. Gustábame mucho--después de que mi tía se largaba á la iglesia á hacer sus devociones vespertinas--colarme en su dormitorio y revolverle los cajones de la cómoda, que los tenía en un orden admirable. Aquellos cajones eran para mí un museo: siempre tropezaba en ellos con alguna cosa rara, antigua, que exhalaba un olorcillo arcáico y discreto, el aroma de los abanicos de sándalo que andaban por allí perfumando la ropa blanca. Acericos de raso descolorido ya; mitones de malla, muy doblados entre papel de seda; estampitas de santos; enseres de costura; un _ridículo_ de terciopelo azul bordado de canutillo; un rosario de ámbar y plata, fueron apareciendo por los rincones: yo los curioseaba y los volvía á su sitio. Pero un día--me acuerdo lo mismo que si fuese hoy--en la esquina del cajón superior y al través de unos cuellos de rancio encaje, ví brillar un objeto dorado.... Metí las manos, arrugué sin querer las puntillas, y saqué un retrato, una miniatura sobre marfil, que mediría tres pulgadas de alto, con marco de oro.
Me quedé como embelesado al mirarla. Un rayo de sol se filtraba por la vidriera y hería la seductora imagen, que parecía querer desprenderse del fondo obscuro y venir hacia mí. Era una criatura hermosísima, como yo no la había visto jamás sino en mis sueños de adolescente, cuando los primeros estremecimientos de la pubertad me causaban, al caer la tarde, vagas tristezas y anhelos indefinibles. Podría la dama del retrato frisar en los veinte y pico; no era una virgencita cándida, capullo á medio abrir, sino una mujer en quien ya resplandecía todo el fulgor de la belleza. Tenía la cara oval, pero no muy prolongada; los labios carnosos, entreabiertos y risueños; los ojos lánguidamente entornados, y un hoyuelo en la barba, que parecía abierto por la yema del dedo juguetón de Cupido. Su peinado era extraño y gracioso: un grupo compacto, á manera de piña de bucles al lado de las sienes y un cesto de trenzas en lo alto de la cabeza. Este peinado antiguo, que remangaba en la nuca, descubría toda la morbidez de la fresca garganta, donde el hoyo de la barbilla se repetía más delicado y suave. En cuanto al vestido..... Yo no acierto á resolver si nuestras abuelas eran de suyo menos recatadas de lo que son nuestras esposas, ó si los confesores de antaño gastaban manga más ancha que los de hogaño; y me inclino á creer esto último, porque hará unos sesenta años las hembras se preciaban de cristianas y devotas, y no desobedecerían á su director de conciencia en cosa tan grave y patente. Lo indudable es que si en el día se presenta alguna señora con el traje de la dama del retrato, ocasiona un motín; pues desde el talle (que nacía casi en el sobaco) sólo la velaban leves ondas de gasa diáfana, señalando, mejor que cubriendo, dos escándalos de nieve, por entre los cuales serpeaba un hilo de perlas, no sin descansar antes en la tersa superficie del satinado escote. Con el propio impudor se ostentaban los brazos redondos, dignos de Juno, rematados por manos esculturales..... Al decir _manos_ no soy exacto, porque en rigor, sólo una mano se veía, y esa apretaba un pañuelo rico.
Aún hoy me asombro del fulminante efecto que la contemplación de aquella miniatura me produjo, y de cómo me quedé arrobado, suspensa la respiración, comiéndome el retrato con los ojos. Ya había yo visto aquí y acullá estampas que representaban mujeres bellas; frecuentemente, en las _Ilustraciones_, en los grabados mitológicos del comedor, en los escaparates de las tiendas, sucedía que una línea gallarda, un contorno armonioso y elegante, cautivaba mis miradas precozmente artísticas; pero la miniatura encontrada en el cajón de mi tía, aparte de su gran gentileza, se me figuraba como animada de sutil aura vital; advertíase en ella que no era el capricho de un pintor, sino imagen de persona real, efectiva, de carne y hueso. El rico y jugoso tono del empaste, hacía adivinar, bajo la nacarada epidermis, la sangre tibia; los labios se desviaban para lucir el esmalte de los dientes; y, completando la ilusión, corría alrededor del marco una orla de cabellos naturales, castaños, ondeados y sedosos, que habían crecido en las sienes del original. Lo dicho: aquello, más que copia, era reflejo de persona viva, de la cual sólo me separaba un muro de vidrio..... Puse la mano en él, lo calenté con mi aliento, y se me ocurrió que el calor de la misteriosa deidad se comunicaba á mis labios y circulaba por mis venas. Estando en esto, sentí pisadas en el corredor. Era mi tía que regresaba de sus rezos. Oí su tos asmática y el arrastrar de sus pies gotosos. Tuve tiempo no más que de dejar la miniatura en el cajón, cerrarlo, y arrimarme á la vidriera, adoptando una actitud indiferente y nada sospechosa.
Entró mi tía sonándose recio, porque el frío de la iglesia le había encrudecido el catarro ya crónico. Al verme se animaron sus ribeteados ojillos, y, dándome un amistoso bofetoncito con la seca palma, me preguntó si le había revuelto los cajones, según costumbre.
Después, sonriéndose con picardía:
--Aguarda, aguarda--añadió--voy á darte algo, que te chuparás los dedos.
Y sacó de su vasta faltriquera un cucurucho, y del cucurucho tres ó cuatro bolitas de goma adheridas entre sí, como aplastadas, que me infundieron asco.
La estampa de mi tía no convidaba á que uno abriese la boca y se zampase el confite: muchos años, la dentadura traspillada, los ojos enternecidos más de lo justo, unos asomos de bigote ó cerdas sobre la hundida boca, la raya de tres dedos de ancho, unas canas sucias revoloteando sobre las sienes amarillas, un pescuezo flácido y lívido como el moco del pavo cuando está de buen humor... Vamos, que yo no tomaba las bolitas, ¡ea! Un sentimiento de indignación: una protesta varonil se alzó en mí, y declaré con energía:
--No quiero, no quiero.
--¿No quieres? ¡Gran milagro! ¡Tú que eres más goloso que la gata!
--Ya no soy ningún chiquillo--exclamé creciéndome, empinándome en la punta de los pies--y no quiero dulces.
La tía me miró entre bondadosa é irónica, y al fin, cediendo á la gracia que le hice, soltó el trapo, con lo cual se desfiguró y puso patente la espantable anatomía de sus quijadas. Reíase de tan buena gana, que se besaban barba y nariz, ocultando los labios, y se le señalaban dos arrugas, ó mejor, dos zanjas hondas, y más de una docena de pliegues en mejillas y párpados; al mismo tiempo, la cabeza y el vientre se le columpiaban con las sacudidas de la risa, hasta que al fin vino la tos á interrumpir las carcajadas, y entre risas y tos, involuntariamente, la vieja me regó la cara con un rocío de saliva... Humillado y lleno de repugnancia, huí á escape y no paré hasta el cuarto de mi madre, donde me lavé con agua y jabón, y me dí á pensar en la dama del retrato.
Y desde aquel punto y hora ya no acerté á separar mi pensamiento de ella. Salir la tía y escurrirme yo hacia su aposento, entreabrir el cajón, sacar la miniatura y embobarme contemplándola, todo era uno. A fuerza de mirarla, figurábaseme que sus ojos entornados, al través de la voluptuosa penumbra de las pestañas, se fijaban en los míos, y que su blanco pecho respiraba afanosamente. Me llegó á dar vergüenza besarla, imaginando que se enojaba de mi osadía, y sólo la apretaba contra el corazón, ó arrimaba á ella el rostro. Todas mis acciones y pensamientos se referían á la dama; tenía con ella extraños refinamientos y delicadezas nimias. Antes de entrar en el cuarto de mi tía y abrir el codiciado cajón, me lavaba, me peinaba, me componía, como ví después que suele hacerse para acudir á las citas amorosas.
Me sucedía á menudo encontrar en la calle á otros niños de mi edad, muy armados ya de su cacho de novia, que ufanos me enseñaban cartitas, retratos y flores, preguntándome si yo no escogería también _mi niña_ con quien cartearme. Un sentimiento de pudor inexplicable me ataba la lengua, y sólo les contestaba con enigmática y orgullosa sonrisa. Cuando me pedían parecer acerca de la belleza de sus damiselillas, me encogía de hombros y las calificaba desdeñosamente de _feas_ y _fachas_. Ocurrió cierto domingo que fuí á jugar á casa de unas primitas mías, muy graciosas en verdad, y que la mayor no llegaba á los quince. Estábamos muy entretenidos en ver un estereóscopo, y de pronto una de las chiquillas, la menor, doce primaveras á lo sumo, disimuladamente me cogió la mano, y conmovidísima, colorada como una brasa, me dijo al oído:
--Toma.
Al propio tiempo sentí en la palma de la mano una cosa blanda y fresca, y ví que era un capullo de rosa, con su verde follaje. La chiquilla se apartaba sonriendo y echándome una mirada de soslayo; pero yo, con un puritanismo digno del casto José, grité á mi vez:
--¡Toma!
Y le arrojé el capullo á la nariz, desaire que la tuvo toda la tarde llorosa y de monos conmigo, y que aún á estas fechas, que se ha casado y tiene tres hijos, no me ha perdonado probablemente.
Siéndome cortas para admirar el mágico retrato las dos ó tres horas que entre mañana y tarde se pasaba mi tía en la iglesia, me resolví por fin á guardarme la miniatura en el bolsillo, y anduve todo el día escondiéndome de la gente lo mismo que si hubiese cometido un crimen. Se me antojaba que el retrato, desde el fondo de su cárcel de tela, veía todas mis acciones, y llegué al ridículo extremo de que si quería rascarme una pulga, atarme un calcetín ó cualquiera otra cosa menos conforme con el idealismo de mi amor purísimo, sacaba primero la miniatura, la depositaba en sitio seguro y después me juzgaba libre de hacer lo que más me conviniese. En fin, desde que hube consumado el robo, no cabía en mí; de noche lo escondía bajo la almohada y me dormía en actitud de defenderlo; el retrato quedaba vuelto hacia la pared, yo hacia la parte de afuera, y despertaba mil veces con temor de que viniesen á arrebatarme mi tesoro. Por fin lo saqué de debajo de la almohada y lo deslicé entre la camisa y la carne, sobre la tetilla izquierda, donde al día siguiente se podían ver impresos los cincelados adornos del marco.
El contacto de la cara miniatura me produjo sueños deliciosos. La dama del retrato, no en efigie, sino en su natural tamaño y proporciones, viva, airosa, afable, gallarda, venía hacia mí para conducirme á su palacio, en un carruaje de blandos almohadones. Con dulce autoridad me hacía sentar á sus pies en un cojín, y me pasaba la torneada mano por la cabeza, acariciándome la frente, los ojos y el revuelto pelo. Yo le leía en un gran misal, ó tocaba el laúd, y ella se dignaba sonreirse, agradeciéndome el placer que la causaban mis canciones y lecturas. En fin, las reminiscencias románticas me bullían en el cerebro, y ya era paje, ya trovador.
Con todas estas imaginaciones, el caso es que fuí adelgazando de un modo notable, y lo observaron con gran inquietud mis padres y mi tía.
--En esa difícil y crítica edad del desarrollo, todo es alarmante--dijo mi padre, que solía leer libros de medicina y estudiaba con recelo las ojeras obscuras, los ojos apagados, la boca contraída y pálida, y sobre todo, la completa falta de apetito que se apoderaba de mí.
--Juega, chiquillo; come, chiquillo--solían decirme.
Y yo les contestaba con abatimiento:
--No tengo ganas.
Empezaron á discurrirme distracciones; me ofrecieron llevarme al teatro; me suspendieron los estudios, y diéronme á beber leche recién ordeñada y espumosa. Después me echaron por el cogote y la espalda duchas de agua fría, para fortificar mis nervios; y noté que mi padre, en la mesa ó por las mañanas cuando iba á su alcoba á darle los buenos días, me miraba fijamente un rato y á veces sus manos se escurrían por mi espinazo abajo, palpando y tentando mis vértebras. Yo bajaba hipócritamente los ojos, resuelto á dejarme morir antes que confesar el delito. En librándome de la cariñosa fiscalización de la familia, ya estaba con mi dama del retrato. Por fin, para mejor acercarme á ella, acordé suprimir el frío cristal: vacilé al ir á ponerlo en obra; al cabo pudo más el amor que el vago miedo que semejante profanación me inspiraba, y con gran destreza logré arrancar el vidrio y dejar patente la plancha de marfil.
Al apoyar en la pintura mis labios y percibir la tenue fragancia de la orla de cabellos, se me figuró con más evidencia que era persona viviente la que estrechaban mis manos trémulas. Un desvanecimiento se apoderó de mí, y quedé en el sofá como privado de sentido, apretando la miniatura.
Cuando recobré el conocimiento ví á mi padre, á mi madre, á mi tía, todos inclinados hacia mí con sumo interés; leí en sus caras el asombro y el susto; mi padre me pulsaba, meneaba la cabeza y murmuraba:
--Este pulso parece un hilito, una cosa que se va.
Mi tía, con sus dedos ganchudos, se esforzaba en quitarme el retrato, y yo, maquinalmente, lo escondía y aseguraba mejor.
--Pero chiquillo... ¡suelta, que lo echas á perder!--exclamaba ella. ¿No ves que lo estás borrando? Si no te riño, hombre... yo te lo enseñaré cuantas veces quieras; pero no lo estropees; suelta, que le haces daño.
--Déjaselo--suplicaba mi madre--el niño está malito.
--¡Pues no faltaba más!--contestó la solterona.--¡Dejarlo! ¿Y quién hace otro como ese... ni quién me vuelve á mí á los tiempos aquéllos? ¡Hoy en día nadie pinta miniaturas... eso se acabó... y yo también me acabé y no soy lo que ahí aparece!
Mis ojos se dilataban de horror; mis manos aflojaban la pintura. No sé cómo pude articular:
--Usted... el retrato... es usted...
--¿No te parezco tan guapa, chiquillo? ¡Bah! veintitrés años son más bonitos que... que... que no sé cuántos, porque no llevo la cuenta; nadie ha de robármelos!
Doblé la cabeza, y acaso me desmayaría otra vez; lo cierto es que mi padre me llevó en brazos á la cama, y me hizo tragar unas cucharadas de Oporto.
Convalecí presto y no quise entrar más en el cuarto de mi tía.
La inspiración
Temporada fatal estaba pasando el ilustre Fausto, el gran poeta. Por una serie de circunstancias engranadas con persistencia increíble, todo le salía mal, todo fallido, raquítico, como si en torno suyo se secasen los gérmenes y la tierra se esterilizase. Sin ser viejo de cuerpo, envejecía rápidamente su alma, deshojándose en triste otoñada sus amarillentas ilusiones. Lo que le abrumaba no era dolor, sino atonía de su ardorosa sensibilidad y de su imaginación fecunda.
Acababa de romper relaciones con una mujer á quien no amaba; aquello principió por una comedia sentimental, y duró entre una eternidad de tedio, el cansancio insufrible del actor que representa un papel antipático, que ya va olvidando de puro sabido, en un drama sin interés y sin literatura. Y, no obstante, cuando la mujer mirada con tanta indiferencia le suplantó descaradamente y le hizo blanco de acerbas pullas que se repetían en los salones, Fausto sintió una de esas amarguras secas, irritantes, que ulceran el alma, y quedó, sin querérselo confesar, descontento de sí, rebajado á sus propios ojos, saturado de un escepticismo vulgar y prosaico, embebido de la ingrata convicción de que su mente ya no volvería á crear obra de arte, ni su corazón á destilar sentimiento.
Sí; Fausto se imaginaba que no era poeta ya. Así como los místicos tienen horas en que la frialdad que advierten les induce á dudar de su propia fe, los artistas desfallecen en momentos dados, creyéndose impotentes, paralíticos, muertos. Recluído en su gabinete, Fausto llamaba á la musa; pero en vano brillaba la lámpara, ardía la chimenea, exhalaban perfume los jacintos y las violetas, susurraba la seda del cortinaje: la infiel no acudía á la cita, y Fausto, con la frente calenturienta apoyada en la palma de la mano--actitud familiar para todos los que han luchado á solas con el ángel rebelde--no sentía fluir ni una gota del manantial delicioso: solo veía rocas negras, áridos arenales caldeados por el sol del desierto.
En aquellos momentos de agonía, su conciencia le acusaba, diciéndole que la decadencia del artista procedía del indiferentismo del hombre; que la poesía no acude á los páramos, sino á los oasis, y que si no podía volver á amar, tampoco podría volver á aparear versos--como quien unce parejas de corzas blancas al mismo carro de oro.--Las mujeres que le habían burlado y abandonado eran, sin duda, indignas de su amor; pero tampoco él--Fausto, el poeta, el soñador, el ave--se había tomado el trabajo de quererlo inspirar, ni menos de sentirlo. El desierto no era el alma ajena, era su alma; quien sólo ofrece llanuras candentes y peñascales yermos, no extrañe que el viajero cansado no se siente á reposar, ni quiera dormir larga y dulce siesta, como la que se duerme á la sombra de las palmeras verdes, al lado del fresco pozo...
Paseábase Fausto una tarde de Septiembre, á pie y sin objeto, por una de las solitarias rondas madrileñas, y al borde de un solar cercado de tablas divisó grupos de gente que examinaba con muestras de vivísimo interés, algo caído en el suelo. Las cabezas se inclinaban, y del corro salían exclamaciones de lástima y admiración. Fausto iba á pasar sin hacer caso; pero una sensación indefinible de curiosidad cruel le empujó al remolino. Pensó que la realidad es madre de la poesía, y que á veces del incidente más vulgar salta la chispa generadora. No sin algún trabajo consiguió abrirse camino, y ya en primera fila, pudo ver lo que causaba el asombro de aquel gentío humilde.
Sobre la hierba enteca y mísera que á duras penas brotaba del terreno arcilloso, yacía tendida una mujer joven, de sorprendente belleza. La palidez de la muerte, y esa especie de misteriosa dignidad y calma que imprime á las facciones, la hacían semejante á perfectísimo busto de mármol, y el ligero vidriado de los árabes ojos no amenguaba su dulzura. El pelo, suelto, rodeaba como un cojín de terciopelo mate la faz, y la boca, entreabierta, dejaba ver los dientes de nácar entre los descoloridos y puros labios. No se distinguía herida alguna en el cuerpo de la joven, y sus ropas conservaban decente compostura. Estaba echada de lado. Una faja de lana unía su cintura á la de un mocetón feo y tosco, muerto también, de un balazo que, entrando por el oído, había roto el cráneo. Sin duda en la agonía de los dos enamorados la faja debió de aflojarse, pues la mujer aparecía algo vuelta hacia la derecha, y el mozo á la izquierda, como desviándose de su compañera en el morir.
Con mezcla de piedad y de enojo, los albañiles, las lavanderas y los guardias de orden público comentaban el trágico suceso.--Tratábase de un doble suicidio, concertado de antemano, y hasta anunciado por el bruto del mozo, en una taberna, la noche anterior.--La oposición de los padres de ella, las malas costumbres de él, y el haber caído soldado, eran la causa. Ella no podía resignarse á la separación: ella misma, la mujer apasionada, había lanzado la terrible idea, acogida con fruición estúpida por el hombre celoso y feroz: morir, irse abrazados á donde Dios dispusiese; no apartarse ya nunca; pese á quien pese, desposarse en el ataúd... Sin dilación adquirió el revólver, y después de una mañana que pasaron juntos almorzando en un ventorro, los dos amantes se habían recogido al extraviado solar, donde, arrollando primero la faja del mozo alrededor de ambas cinturas, ella había tendido con sublime confianza el seno izquierdo, sin que, ni al sentir sobre el corazón el cañón del arma, se borrase de sus labios aquella sonrisa que aún conservaba fija en la boca, ¡aquella sonrisa que lucía los dientes de nácar entre los descoloridos y puros labios!
Por la noche, al retirarse Fausto á su casa, percibió una fiebre singular que conocía de antemano, pues solía experimentarla cada vez que se renovaba su ser con afectos nunca sentidos. Semejante excitación nerviosa señalaba, como la manecilla del reloj, las etapas sucesivas de su vida moral. La alegría extremada, la pena vehemente é inconsolable se anunciaban igualmente para Fausto con un desasosiego raro, una inquietud del corazón, que ya acelera sus latidos, ya se aquieta y desmaya hasta el síncope. Las horas nocturnas las contó desvelado en la cama: no podía apartar del pensamiento la imagen de la muchacha muerta; y mientras volvía á ver el solar, el corro de curiosos, el grupo trágico de los amantes que abrazados emprenden el viaje sin regreso, un bullir confuso de rimas, un surgir de estrofas incompletas, un rodar oceánico de versos sonoros ascendía de su corazón palpitante á su cerebro, y bajaba después, á manera de corriente impetuosa, á su mano impaciente ya de asir la pluma...