Cuentos de amor

Part 5

Chapter 53,932 wordsPublic domain

De las solteronas, Candidita era la más joven, pues no había cumplido los sesenta y tres. Según las crónicas de los remotos días en que Candidita lozaneaba, jamás descolló por su belleza. Siempre tuvo el ojo izquierdo algo caído y las espaldas encorvadas en demasía. Lo que en ella pudo agradar fué su seráfica condición. Poseía Candidita, en relación con su nombre de pila, alta dosis de credulidad y buena fe. Cuanta paparrucha inverosímil se me antojase inventar, la tragaba Candidita sin esfuerzo; en cambio no había quien la convenciese de la realidad de picardía ninguna. Su alma rechazaba la maledicencia como se rechaza un elemento extraño, de imposible asimilación. Yo me divertía infinito disputando con Candidita cuando se negaba á dar crédito á maldades notorias... y al hacerlo, sentía germinar en mi corazón una especie de ternura, un misterioso respeto por la inocente, que sin quitarse su traje de merino negro y sus zapatos de oreja, subiría al cielo al momento menos pensado.

Mi tía Gabriela, en cambio, era sagaz, lista como una pimienta. Su vida retirada, en una soñolienta ciudad de provincia, la impedía conocer á fondo el mundo, y quizás exageraba las trastadas y gatuperios que en él se cometen, pero acercándose á la realidad y juzgando mil veces con maligno acierto. Preciada de su linaje, con pergaminos y sin talegas, la tía Gabriela era una señora á la vez modesta é imponente, chapada á la antigua, de alma más enhiesta que un lanzón; las otras tres solteronas parecían sus damas de honor, antes que sus amigas.

Doña Aparición era la curiosidad de aquel museo arqueológico. Hermosa y mundana en sus verdores, conservaba, á los setenta y seis, golpes de coquetería y manías de adorno que hacían fruncir los labios á mi tía Gabriela, tan majestuosa con su liso hábito del Carmen. El peluquín de doña Aparición, con bucles y sortijillas de un rubio angelical; su calzado estrecho; sus guantes claros de ocho botones; sus trajes de seda á rayas verde y rosa; sus abanicos de gasa azul, y el grupo de flores artificiales que prendía graciosamente su mantilla, nos daban harto que reir.

Como estaba semiciega y casi sorda y la vestía su fámula, á lo mejor traía la peluca del revés, ó en la nariz el toque de carmín de las mejillas, ó los guantes uno lila y otro pajizo; y como padecía de gota, el cepo de las botitas prietas llegaba á mortificarla tanto, que mi tía la prestaba unas holgadas pantuflas. En caso tal exclamaba infaliblemente doña Aparición: «¡Jesús! Nunca me pasó cosa igual. Un pliegue de la media me desolló el talón... Es un fastidio tener tan fino el cutis.»

No sería doña Peregrina, la cuarta solterona, la que se impusiese torturas para presumir de pie. Al contrario: se declaraba _sans façon_. Reducida á mezquina orfandad, compraba en los ropavejeros sus manteletas color de ala de mosca. Por lo demás, era mujer de empuje y brío, alta, gruesa, de una frescura rancia--si es lícito expresarse así--viva de ojos y arrebatada de color, amiga de la broma, pero gazmoña á ratos, siempre dentro de la nota del buen humor y la marcialidad.

¡Cómo me festejaban aquellas cuatro señoras! Hay sitios adonde vamos atraídos, no por nuestro gusto, sino por el que damos á los demás. Diez años haría tal vez que las solteronas no veían de cerca un semblante juvenil. Mi presencia y mi asiduidad eran un rasgo de galantería de incalculable precio, que halagaba la nunca extinguida vanidad sentimental de la mujer. El mozo que quiera ganar buen nombre, sea amable con las viejecitas, con las desechadas, con las retiradas del juego. Las muchachas nada agradecen. Aquellas cuatro inválidas, con su manso charloteo, me crearon una reputación fabulosa de discreto, de galán, de simpático, de estudioso. A su manera, me allanaban el camino de una lucida posición y de una boda brillante. En los exámenes yo podía contestar mal ó bien, que segura tenía la nota: tal labor subterránea hacían mis solteronas con los catedráticos. En mi salud no cesaban de pensar. «Vienes descolorido, Gabriel... ¿Qué tienes? ¡Ojo con las bribonas!» Y me enviaban remedios caseros, y piperetes, y vinos cordiales, y reliquias milagrosas, y hasta sábanas, por si las de la posada no eran «de confianza» y «bien lavaditas».

A fin de animar la tertulia, se me ocurrió leer en alto versos y novelas románticas. Auditorio semejante no lo ha soñado ningún lector. Diríase que, para escuchar, hasta la respiración suspendían. Según avanzaba la lectura, crecía el interés. Una indignación, cómica á fuerza de ser ingenua, contra los traidores; un terror vivísimo cuando los buenos iban á caer en las emboscadas de los malos; un gozo pueril cuando la virtud salía triunfante... Las exclamaciones me interrumpían. «¿Ese pillo se equivoca y toma el veneno? ¡Castigo de Dios!» «¡Ay, que si Gontrán entra en el bosque encuentra al otro con el puñal! ¡Que no entre, que no entre!» «¡Jesús, al fin le da la puñalada!» «¡Infame!» «Ve usted cómo el niño que robó el titiritero era hijo de la princesa?» etc.--En los episodios vehementes, cuando los amantes se dicen ternezas al claror de la luna, las solteronas se deshacían. Un leve sonrosado animaba las mejillas amarillentas; se humedecían los áridos ojos; los encogidos pechos anhelaban; aparecíase el bello fantasma de la lejana juventud, y un aura dulce y tibia agitaba un momento aquellos espíritus resignados, como el aire primaveral agita el polvo de una tierra seca y estéril.

Llegó el plazo en que yo tenía que emprender mi viaje á la corte, para cursar el doctorado. Dí la noticia á mis solteronas, y aunque no podía sorprenderlas, no fué menor el efecto que produjo. Mi tía Gabriela, sin perder el compás de la dignidad, se puso temblona, y me advirtió, en frases que revelaban verdadera ternura, que era preciso excusar á los viejos si se afectaban en las despedidas, porque no estaban seguros de volver á ver á los que partían. Doña Peregrina manoteó, protestó, bufó, me insultó, y al fin se echó á llorar como una fuente. Doña Aparición suspiró, alzó la vista al cielo y dijo haciendo monerías: «Un joven de estas prendas... naturalmente, ¡va á lucir en la corte! Mañana recibirá usted un alfiler de esmeraldas... que fué de mi papá». Por su parte, Candidita guardó silencio, y á poco se levantó, asegurando que tenía que hacer una visita urgente. Aproveché el pretexto para abreviar la escena; salí con ella, la ayudé á ponerse el mantón, y la ofrecí el brazo por la escalera de peldaños carcomidos.

De repente, en el primer descanso, escuché un ahogado sollozo; unos brazos endebles me rodearon el cuello, y una cara fría como la nieve se pegó á mis barbas. Comprendí de súbito... y, créanlo ustedes, ¡me quedé más volado y más compadecido que si viese á mi propia madre de rodillas ante mí! Noté que Candidita pesaba como pesan los cuerpos inertes; la supuse desmayada y la arrimé al balaustre, tartamudeando lleno de piedad: «Adiós, adiós, ya sabe que se la quiere». Mas como no me soltaba, me encontré ridículo y la rechacé... Al hacerlo, me pareció que estaba degollando á una ovejuela enferma, y la lástima me obligó á volver atrás y corresponder al abrazo de Candidita con una caricia rápida y violenta, filial y santa en la intención. Después eché á correr, y salí á la calle resuelto á no volver por la tertulia. ¡Ah, eso sí! La caridad tiene sus límites...--Y ahora, que también soy viejo yo, suelo acordarme de Candidita... ¡Pobre mujer!

La caja de oro

Siempre la había visto sobre su mesa, al alcance de su mano bonita, que á veces se entretenía en acariciar la tapa suavemente; pero no me era posible averiguar lo que encerraba aquella caja de filigrana de oro con esmaltes finísimos, porque apenas intentaba apoderarme del juguete, su dueña lo escondía precipitada y nerviosamente en los bolsillos de la bata, ó en lugares todavía más recónditos, dentro del seno, haciéndola así inaccesible.

Y cuanto más la ocultaba su dueña, mayor era mi afán por enterarme de lo que la caja contenía. ¡Misterio irritante y tentador! ¿Qué guardaba el artístico chirimbolo? ¿Bombones? ¿Polvos de arroz? ¿Esencias? Si encerraba alguna de estas cosas tan inofensivas, ¿á qué venía la ocultación? ¿Encubría un retrato, una flor seca, pelo? Imposible: tales prendas, ó se llevan mucho más cerca ó se custodian mucho más lejos: ó descansan sobre el corazón, ó se archivan en un secreter bien cerrado, bien seguro... No eran despojos de amorosa historia los que dormían en la cajita de oro, esmaltada de azules quimeras, fantásticas rosas y volutas de verde ojiacanto.

Califiquen como gusten mi conducta los incapaces de seguir la pista á una historia, tal vez á una novela. Llámenme enhorabuena indiscreto, antojadizo, y por contera, entrometido y fisgón impertinente. Lo cierto es que la cajita me volvía tarumba, y agotados los medios legales, puse en juego los ilícitos y heroicos... Mostréme perdidamente enamorado de la dueña, cuando sólo lo estaba de la cajita de oro; cortejé en apariencia á una mujer, cuando sólo cortejaba á un secreto; hice como si persiguiese la dicha... cuando sólo perseguía la satisfacción de la curiosidad. Y la suerte, que acaso me negaría la victoria si la victoria realmente me importase, me la concedió... por lo mismo que al concedérmela me echaba encima un remordimiento.

No obstante, después de mi triunfo, la que ya me entregaba cuanto entrega la voluntad rendida, defendía aún, con invencible obstinación, el misterio de la cajita de oro. Desplegando zalameras coqueterías ó repentinas y melancólicas reservas; discutiendo ó bromeando; apurando los ardides de la ternura ó las amenazas del desamor, suplicante ó enojado, nada obtuve; la dueña de la caja persistió en negarse á que me enterase de su contenido, como si dentro del lindo objeto existiese la prueba de algún crimen.

Repugnábame emplear la fuerza y proceder como procedería un patán, y además, exaltado ya mi amor propio (á falta de otra exaltación más dulce y profunda), quise deber al cariño y sólo al cariño de la hermosa la clave del enigma. Insistí, me sobrepujé á mí mismo, desplegué todos los recursos, y como el artista que cultiva por medio de las reglas la inspiración, llegué á tal grado de maestría en la comedia del sentimiento, que logré arrebatar al auditorio. Un día en que algunas fingidas lágrimas acreditaron mis celos, mi persuasión de que la cajita encerraba la imagen de un rival, de alguien que aún me disputaba el alma de aquella mujer, la vi demudarse, temblar, palidecer, echarme al cuello los brazos, y exclamar, por fin, con sinceridad que me avergonzó:

--¡Qué no haría yo por ti! Lo has querido... pues sea. Ahora mismo verás lo que hay en la caja.

Apretó un resorte; la tapa de la caja se alzó, y divisé en el fondo unas cuantas bolitas tamañas como guisantes, blanquecinas, secas. Miré sin comprender, y ella, reprimiendo un gemido, dijo solemnemente:

--Esas píldoras me las vendió un curandero que realizaba curas casi milagrosas en la gente de mi aldea. Se las pagué muy caras, y me aseguró que, tomando una al sentirme enferma, tengo asegurada la vida. Sólo me advirtió que si las apartaba de mí ó las enseñaba á alguien, perdían su virtud. Será superstición ó lo que quieras; lo cierto es que he seguido la prescripción del curandero, y no sólo se me quitaron achaques que padecía (pues soy muy débil), sino que he gozado salud envidiable. Te empeñaste en averiguar... Lo conseguiste... Para mí vales tú más que la salud y que la vida. Ya no tengo panacea, ya mi remedio ha perdido su eficacia: sírveme de remedio tú; quiéreme mucho, y viviré.

Quédeme frío. Logrado mi empeño, no encontraba dentro de la cajita sino el desencanto de una superchería y el cargo de conciencia del daño causado á la persona que al fin me amaba. Mi curiosidad, como todas las curiosidades, desde la fatal del Paraíso hasta la no menos funesta de la ciencia contemporánea, llevaba en sí misma su castigo y su maldición. Daría entonces algo bueno por no haber puesto en la cajita los ojos. Y tan arrepentido que me creí enamorado; cayendo de rodillas á los pies de la mujer que sollozaba, tartamudeé:

--No tengas miedo... Todo eso es una farsa, un indigno embuste... El curandero mintió... Vivirás, vivirás mil años... Y aunque hubiesen perdido su virtud las píldoras, ¿qué? Nos vamos á la aldea y compramos otras... Todo mi capital le doy al curandero por ellas.

Me estrechó, y sonriendo en medio de su angustia, balbuceó á mi oído:

--El curandero ha muerto.

Desde entonces la dueña de la cajita--que ya no la ocultaba ni la miraba siquiera, dejándola cubrirse de polvo en un rincón de la estantería forrada de felpa azul--empezó á decaer, á consumirse, presentando todos los síntomas de una enfermedad de languidez, refractaria á los remedios. Cualquiera que no me tenga por un monstruo supondrá que me instalé á su cabecera y la cuidé con caridad y abnegación. Caridad y abnegación digo, porque otra cosa no había en mí para aquella criatura de quien había sido verdugo involuntario. Ella se moría, quizás de pasión de ánimo, quizás de aprensión, pero por mi culpa; y yo no podía ofrecerla, en desquite de la vida que le había robado, lo que todo lo compensa: el don de mí mismo, incondicional, absoluto. Intenté engañarla santamente para hacerla dichosa, y ella, con tardía lucidez, adivinó mi indiferencia y mi disimulado tedio, y cada vez se inclinó más hacia el sepulcro.

Y al fin cayó en él, sin que ni los recursos de la ciencia ni mis cuidados consiguiesen salvarla. De cuantas memorias quiso legarme su afecto, sólo recogí la caja de oro. Aún contenía las famosas píldoras, y cierto día se me ocurrió que las analizase un químico amigo mío, pues todavía no se daba por satisfecha mi maldita curiosidad. Al preguntar el resultado del análisis, el químico se echó á reir.

--Ya podía usted figurarse--dijo--que las píldoras eran de miga de pan. El curandero (¡si sería listo!) mandó que no las viese nadie... para que á nadie se le ocurriese analizarlas. ¡El maldito análisis lo seca todo!

La sirena

No es posible pintar el cuidado y desvelo con que la ratona madre atendió á su camada de ratoncillos. Gordos y lucios los crió, y alegres y vivarachos y con un pelaje ceniciento tan brillante que daba gozo: y no queriendo dejar lo divino por lo humano, prodigó á sus vástagos avisos morales sabios y rectos, y les puso en guardia contra las asechanzas y peligros del pícaro mundo. «Serán unos ratones de seso y buen juicio», decía para sí la ratona, al ver cuán atentamente la oían, y cómo fruncían plácidamente el hociquito en señal de gustosa aprobación.

Mas yo os contaré aquí, muy en secreto, que los ratoncillos se mostraban tan formales, porque aún no habían asomado la cabeza fuera del agujero donde los agasajaba su mamá. Practicada en el tronco de un árbol la madriguera, les cobijaba á maravilla, y era abrigada en invierno y fresca en verano, mullida siempre, y tan oculta, que los chiquillos de la escuela ni sospechaban que allí habitase una familia ratonil.

Sin embargo, de los tres de la nidada, uno ya empezaba á desear sacar el hocico, á soñar con retozos, deportes y correteos por el verde prado, que al pie del árbol se extendía alegre é incitante, esmaltado de varias flores y bullente de insectos, mariposas y reptiles. «Me gustaría por los gustares bajar ahí», pensaba el joven ratón, sin atreverse á decirlo en voz alta, de puro miedo á su madre. Un día que se le escapó alguna señal de su deseo, la madre exclamó trémula de espanto: «Ni en broma lo digas, criatura. Si no quieres que me disguste mucho, no vuelvas á hablar de salir al prado.»

¿Creeréis que la prohibición le quitó al ratoncillo las ganas? ¡Bah! Ya sabéis que las prohibiciones son espuela del antojo.--No atreviéndose á bajar aún el antojadizo, se pasaba las horas muertas mirando al prado deleitable. ¡Qué bueno sería trotar por entre aquella hierba suave y perfumada! ¡Qué simpático remojarse en el limpio arroyuelo que bañaba de aljófar las raíces de sauces y mimbreras! ¡Qué divertido dar caza á los viboreznos y lagartijas que se deslizaban estremeciendo el follaje y haciendo relumbrar al sol los tonos metálicos de su elegante cuerpo! ¿Por qué, vamos á ver, por qué prohibía tan inocentes recreos la madre ratona?

Un día que la mamá había salido, según costumbre, en busca de sustento para su prole, el hijo se asomó al agujero, echando más de la mitad del tronco fuera. De pronto sintió como un choque eléctrico y vió cruzar por el prado un ser encantador. Era ni más ni menos que una gatita blanca como la nieve, que fijaba en el ratoncillo sus anchas pupilas de esmeralda.

Quedóse el ratón fascinado, absorto. Nunca había visto cosa más linda que la tal gata blanca. ¡Qué gracia y gentileza en sus movimientos, qué soltura en su flexible andar, qué monería en su cara picaresca, y qué virginal candor en su ropaje de armiño! ¡Y qué decir de aquellos ojos verdes con reflejos áureos, aquellos ojos cuyo mirar derretía, incendiaba el corazón!

A no estar tan próxima la hora en que solía regresar á la guarida la madre, el ratón se hubiese arrojado sin vacilar de su nido para acercarse á la preciosa gata. Le contuvieron el temor y el hábito de obedecer, que siempre reprimen un tanto, al principio, los ímpetus rebeldes; pero lo que no acertó á sujetar fué su lengua, y loco de entusiasmo, refirió á la mamá cómo le tenía fuera de sí la aparición de la gata celeste.

--Qué, ¿has visto á ese monstruo?--exclamó la madre.

--¡Monstruo una criatura tan encantadora!--suspiró el ratoncillo.

--Monstruo horrible, el más funesto, el más sanguinario, el más atroz que, por tu negra suerte, pudiste encontrar. Huye de él, hijo mío, como del fuego: mira que en huir te va la vida; mira que tu padre pereció en las garras de esa maldita fiera, y que todas mis lágrimas son obra suya.

--Madre--repuso atónito el ratoncillo--apenas puedo creer lo que me aseguras. El agua que corre limpia y clara entre las flores del prado no tiene los matices de aquellos cándidos ojos ya verdes, ya azulados, siempre dulces, donde siempre juega misteriosamente la luz. Los pétalos de las azucenas y de los lirios del valle ceden en blancura á su nevada piel, que debe de ser más suave que el terciopelo y más flexible que la seda. ¿Cómo quieres que vea un monstruo sanguinario y horrible en la gata? ¡Ay, madre! desde que la contemplé, sólo en ella pienso. Cuanto no es ella, me parece indigno de existir. Antes me gustaban el prado y el cielo y los árboles. Ahora todo me cansa y todo lo desprecio. Madre, cúrame de este mal, porque me siento tan triste, que creo que se me va á acabar la vida.

Ya supondréis que la pobre ratona haría cuanto cabe para distraer y aliviar á su retoño. A fin de cambiar sus pensamientos en otros más lícitos, llevóle al agujero de unas ratas algo parientas suyas, jóvenes, ricas y honradas, que vivían royendo el trigo de repleto granero; pero el ratón se aburría de muerte entre los montones de grano, en la obscuridad de la troj, y echaba de menos el prado, que iluminaba, antes que el sol, la presencia de la gata blanca. Porque ya varias veces la había visto pasar juguetona y ligera, fijando sus radiantes pupilas en las inaccesibles alturas del árbol, y siempre que la gata aparecía, el ratón sentía ensanchársele la vida y escapársele el alma--sí, el alma, porque el amor hasta en las bestias la infunde--detrás de aquella maga de los verdes ojos.

No hubiese querido la ratona en tan críticas circunstancias separarse un minuto de su hijo, pero era forzoso salir á cazar, á procurar subsistencia para la familia, y llegó una mañana en que habiendo madrugado la ratona á dejar el nido antes de que amaneciese, el joven ratón, pensativo y melancólico, se asomó al agujero para ver nacer el día. Recta faja dorada franjeó el horizonte; poco á poco la bruma se rasgó y fué absorbiéndose en la clara pureza del cielo, por donde el sol ascendía como una rosa de oro pálido; los pajaritos saludaron su gloriosa luz con un himno de alegría alborozado y triunfal, y sobre la hierba, aljofarada aún de rocío, como sobre una red de diamantes, mostróse pasando con aristocrática delicadeza y remilgada precaución, la hermosa gata blanca.

Exhaló el ratón un chillido de júbilo; la gata le miraba, parecía llamarle, invitarle á que descendiese.--¿Quieres jugar conmigo?--preguntóla él, sin reflexionar, sin acordarse para nada de las maternales advertencias.--Baja--pareció contestar con sus ojos misteriosos la gatita. Y el ratón bajó aprisa, disparado, ebrio de felicidad, y el juego dió principio, con muchos saltos y carreras. Fingía huir la gata; escondíase entre sauces y mimbres, y cuando el ratón se cansaba de perseguirla, ella se dejaba caer sobre la muelle alfombra del prado, y escondiendo las uñas recibía con las patitas de terciopelo al ratón, y ya le despedía, en broma, ya le estrechaba, retozando, en deleitosa mezcla é indescifrable confusión de tratamientos ásperos y dulces.

Nunca sabía el ratón, en aquel juego de veleidades, si iba á ser acogido con demostración tierna y mimosa ó con fiero y desdeñoso zarpazo; y en los amados ojos de la esfinge tan pronto veía piélagos de voluptuosidad y relámpagos de risa, como destellos de ferocidad y chispazos sombríos y crueles. Más de una vez creyó notar que las patitas blandas y muertas se crispaban de súbito, y que bajo lo afelpado de la piel surgían uñas de acero. Y ¡cosa rara! no bien pensaba advertir síntomas tan alarmantes, el ratón cerraba los párpados y volvía gozoso y tembloroso á solazarse con la gata blanca.

Duraba aún el juego, cuando por la tarde regresó la ratona y vió de lejos la escena y á su hijo mano á mano con el monstruo. Llorando y desesperada gritóle desde lejos:--Hijo mío, que te pierdes.--El ratón, por supuesto, no la hizo maldito caso. ¡Sí, para oir consejos estaba él! Subido al quinto cielo, nunca el juego le había encantado más. La gata, por el contrario, empezaba á fatigarse y á sospechar que había perdido bastante tiempo con un ratoncillo de mala muerte; y al notar que iba á ponerse el sol, que se hacía tarde--sin modificar apenas su actitud, siempre graciosa y juguetona, como el que no hace nada--torció la cabeza, aseguró con la boca al ratoncillo, hincó los agudos dientes... y le lanzó al aire palpitante y moribundo, para recibirle en las uñas, tendidas con violencia feroz...

A punto que una nube de sangre cubría ya los ojos del desdichado, y el delirio de la agonía ofuscaba sus sentidos, todavía pudo oirse cómo murmuraba débilmente:--¿Quieres jugar conmigo, gatita blanca?

Por eso su madre hizo mal en llorar amargamente al incauto ratón. ¡El espiró tan satisfecho, tan á gusto!

Así y todo...

La sanción penal para la mujer--dijo en voz incisiva Carmona, aficionado á referir casos de esos que dan escalofríos--es no encontrar hombre dispuesto á ofrecerla mano de esposo. Una imperceptible sombra, un pecadillo de coquetería ó de ligereza, cualquier genialidad, la más leve impremeditación, bastan para empañar el buen nombre de una doncella, que podrá ser honestísima, pero que, cargada con el sambenito, ya se queda soltera hasta la consumación de los siglos, sin remedio humano. Sucediendo así, ¿cómo se explica que infinitas mujeres notoriamente infames, y con razón difamadas, si cien veces enviudan, otras ciento hallan quien las lleve al altar? Para probarles este curioso fenómeno, les contaré un suceso presenciado allá en mis mocedades, que me produjo impresión tan indeleble, que jamás en toda mi vida me ocurrió la idea de casarme. Sí; por culpa de aquella historia moriré solero,--y no me pesa, bien lo sabe Dios.