Cuentos de amor

Part 4

Chapter 43,885 wordsPublic domain

--No me sorprende el paso que usted da, pero le ruego que me crea, y le empeño palabra de honor de que es la pura verdad cuanto voy á decirle. Considero el caso de la señora de Cardona el más raro que en mi vida me ha sucedido. No sólo no poseo ni he poseído jamás los documentos á que esa señora se refiere, sino que no he tenido nunca el gusto...--porque gusto sería--de tratarla... ¡Repito que lo afirmo bajo palabra de honor!

Era tan inverosímil la respuesta, que no obstante el tono de sinceridad absoluta del Marqués, yo puse cara escéptica, quizás hasta insolente.

--Veo que no me cree usted--añadió el Marqués entonces.--No me doy por ofendido. Lo descontaba. Podrá usted dudar de mi palabra, pero ni usted ni nadie tiene derecho á suponer que soy hombre que rehuye, por medio de subterfugios, un lance personal. Si lo que busca usted es pendencia, me tiene á su disposición. Sólo le suplico que antes de resolver esta cuestión de un modo ó de otro, consulte... al señor de Cardona. He dicho _al señor_. No me mire usted con esos ojos espantados... Oigame hasta que termine. Doña Leonor Cardona, que según opinión general es una señora honradísima, ha debido de padecer una pesadilla y soñar que teníamos relaciones, que nos veíamos, que me había escrito, etc. Bajo el influjo de ilusorios remordimientos, le ha contado á su marido _todo_... es decir, _nada_... pero _todo_ para ella; y el marido ha venido aquí, como usted, sólo que más enojado, naturalmente, á pedirme cuentas, á querer beber mi sangre. Si yo no la tuviese bastante fría, á estas horas pesa sobre mi conciencia el asesinato de Cardona..., ó él me habría matado á mí (no digo que no pudiese suceder). Por fortuna no me aturdí, y preguntando á Cardona las épocas en que su esposa afirmaba que habían tenido lugar nuestras entrevistas criminales, pude demostrarle de un modo fehaciente que á la sazón me encontraba yo en París, en Sevilla ó en Londres. Con igual facilidad le probé la inexactitud de otros datos aducidos por doña Leonor. Así es que el señor Cardona, muy confuso y asombrado, tuvo que retirarse pidiéndome excusas. Si usted me pregunta cómo me explico suceso tan extraordinario, le diré que creo que esa señora, á quien después he procurado conocer (por la memoria de mi madre le juro á usted que antes, ni de vista...!), sufre alguna enfermedad moral..., y ha tenido una visión...; vamos, que se le ha aparecido un espectro de amor..., y ese espectro ¡vaya usted á saber por qué! ha tomado mi forma. Y no hay más... No se admire usted tanto. Dentro de diez años, si trata usted algunas mujeres, se habituará á no admirarse casi de nada.

Salí de casa del marqués en un estado de ánimo indefinible. No había medio de desmentirle, y al mismo tiempo la incredulidad persistía. Impresionado, no obstante, por las firmes y categóricas declaraciones del _dandy_, me dediqué desde aquel punto, no á cortejar á Leonor, sino á observar á Cardona. Procuré hablarle mucho, hacerle hablar, y fuí sacando, hilo por hilo, conversaciones referentes á la fidelidad conyugal, á los lances que pueden originar un error, á las alucinaciones que á veces sufrimos, á los estragos que causa la fantasía... Por fin, un día, como al descuido, dejé deslizar en el diálogo el nombre del marqués de Cazalla y una alusión á sus conquistas... Y entonces Cardona, mirándome cara á cara, con gesto entre burlón y grave, preguntó:

--¿Qué? ¿Ya te han enviado allá á ti también? ¡Pobrecilla Leonor, está visto que no tiene cura!

No necesité más para confesar de plano mis gestiones, y Cardona, sonriendo, aunque algo alterada su sonora voz, me dijo:

--Has de saber que cuando fuí á casa del marqués de Cazalla, ya llevaba yo ciertos barruntos y sospechas de la alucinación de Leonor, de la cual me convencí plenamente después. Si bien no parezco celoso, y hasta se diría que me pierdo por confiado, he vigilado á Leonor siempre, porque la quiero mucho, y en ninguna época hubiese podido ella cometer, sin que yo me enterase, los delitos de que se acusaba. Comprendí que se trataba de una fantasmagoría, de un sueño, y me resigné á la hipótesis de una falta imaginaria... ¡Quién sabe si ese fantasma de pasión y arrepentimiento la sirve de escudo contra la realidad! Lo que te aseguro es que Leonor, viviendo yo, nunca saldrá de la región de los fantasmas... ¡Y no volvamos á hablar de esto en la vida!

Aproveché el aviso, y de allí en adelante evité quedarme á solas con Leonor, y hasta fijar la mirada en sus obscuros ojos, nublados por la quimera.

La perla rosa

Sólo el hombre que de día se encierra y vela muchas horas de la noche para ganar con qué satisfacer los caprichos de una mujer querida (díjome en quebrantada voz mi infeliz amigo) comprenderá el placer de juntar á escondidas una regular suma, y así que la redondea, salir á invertirla en el más quimérico, en el más extravagante é inútil de los antojos de esa mujer. Lo que ella contempló á distancia como irrealizable sueño, lo que apenas hirió su imaginación con la punzada de un deseo loco, es lo que mi iniciativa, mi laboriosidad y mi cariño van á darla dentro de un instante... y ya creo ver la admiración en sus ojos, y ya me parece que siento sus brazos ceñidos á mi cuello, para estrecharme con delirio de gratitud.

Mi único temor, al echarme á la calle con la cartera bien lastrada y el alma inundada de júbilo, era que el joyero hubiese despachado ya las dos encantadoras perlas color de rosa que tanto entusiasmaron á Lucila la tarde que se detuvo, colgada de mi brazo, á golosinear con los ojos el escaparate. Es tan difícil reunir dos perlas de ese raro y peregrino matiz, de ese hermoso oriente, de esa perfecta forma globulosa, de esa igualdad absoluta, que juzgué imposible que alguna señora antojadiza como mi mujer, y más rica, no las encerrase ya en su guardajoyas. Y me dolería tanto que así hubiese sucedido, que hasta me latió el corazón cuando vi sobre el limpio cristal, entre un collar magnífico y una cascada de brazaletes de oro, el fino estuche de terciopelo blanco donde lucían misteriosamente las dos perlas rosa orladas de brillantes.

Aunque iba preparado á que me hiciesen pagar el capricho, me desconcertó el alto precio en que el joyero tasaba las perlas. Todas mis economías, y un pico, iban á invertirse en aquel par de botoncitos, no más gruesos que un garbanzo chiquitín. Me asaltó la duda--¡soy tan poco experto en compras de lujo!--de si el joyero pretendería explotar mi ignorancia pidiéndome, sólo por pedir, un disparate, creyendo tal vez que mi pelaje no era el de un hombre capaz de adquirir dos perlas rosa. A tiempo que pensaba así, observé, al través del alto y diáfano vidrio de la tienda, que pasaba por la acera mi antiguo condiscípulo y mejor amigo Gonzaga Llorente. Ver su apuesta figura y salir á llamarle fué todo uno. ¿Quién mejor para ilustrarme y aconsejarme que el elegante Gonzaga, tan al corriente de la moda, tan lanzado al mundo, tan bien relacionado, que cada visita que hacía á nuestra modesta y burguesa casa--y hacía bastantes desde algún tiempo acá--yo la estimaba como especialísima prueba de afecto?

Manifestando cordial sorpresa, Gonzaga se volvió y entró conmigo en la joyería, enterándose del asunto. Inmediatamente se declaró admirador de las perlas rosa, y añadió que sabía que andaban bebiendo los vientos por adquirirlas ciertas empingorotadas señoras, entre las cuales citó á dos ó tres de altisonantes títulos. En un discreto aparte me aseguró que el precio que exigía el joyero no tenía nada de excesivo, en atención á la singularidad de las perlas. Y como yo recelase aún, molestado por el piquillo que en aquel momento no me era posible abonar, Gonzaga, con su simpática franqueza, abrió la cartera y me entregó varios billetes, bromeando y jurando que si yo no admitiese tan pequeño servicio, en todos los días de su vida volvería á mirarme á la cara. ¡Qué miserables somos! No debí aceptar el préstamo; no debí llevar á mi casa sino lo que pudiese pagar al contado... pero la pasión me dominaba, y hubiese besado de rodillas la mano que me ofrecía medio de satisfacerla. Convinimos en que Gonzaga almorzaría con nosotros al día siguiente, en celebración del estreno de las perlas rosa, y con el estuche en el bolsillo me dirigí á mi casa disparado; quisiera tener alas.

Lucila trasteaba cuando yo entré, y al verme plantado delante de ella, diciéndola con cara de beatitud «Regístrame», comprendió y murmuró «Regalo tenemos». Viva y traviesa (¡su manera de ser!) revolvió mis bolsillos haciéndome cosquillas deliciosas, hasta acertar con el estuche. El grito que exhaló al ver las perlas, es de eso que no se olvida jamás. En la efusión de su agradecimiento, me sobó la cara y hasta me besó... ¡Puede que en aquel instante me quisiese un poco! No acertaba á creer que joya tan codiciada y espléndida fuese suya; no podía convencerse de que iba á ostentarla. Y yo mismo, desabrochando los sencillos aretes de oro que Lucila llevaba puestos, enganché las perlas rosa en las orejitas pequeñas, encendidas de placer. Me hace mucho daño acordarme estas tonterías, pero me acuerdo siempre.

Al otro día, que era domingo, almorzó en casa Gonzaga y estuvimos todos bulliciosos y decidores. Lucila se había puesto el vestido de seda gris, que la sentaba muy bien, y una rosa en el pecho,--una rosa del mismo color de las perlas.--Gonzaga nos convidó al teatro y nos llevó á Apolo, á una función alegre, en que sin tregua nos reimos. Al otro día volví con afán á mis quehaceres, pues deseaba saldar cuanto antes el pico, resto de las perlas. Regresé á mi casa á la hora de costumbre, y al sentarme á la mesa, mi primera mirada fué para las orejas de Lucila. Dí un salto y lancé una interjección al ver que faltaba del diminuto cerco de brillantes una de las perlas rosa.

--¡Has perdido una perla!--exclamé.

--¿Cómo una perla?--tartamudeó mi mujer echando mano á sus orejas y palpando los aretes.--Al ver que era cierto, quedóse tan aterrada, que me alarmé, no ya por la perla, sino por el susto de Lucila.

--Calma--la dije.--Busquemos, que parecerá.

Excuso decir que empezamos á mirar y registrar por todas partes, recorriendo la alfombra, sacudiendo las cortinas, alzando los muebles, escudriñando hasta cajones que Lucila afirmaba no haber abierto desde un mes antes. A cada pesquisa inútil, los ojos de Lucila se arrasaban de lágrimas. Mientras revolvíamos, se me ocurrió preguntarla:

--¿Has salido esta tarde?

--Sí... creo que sí...--respondió titubeando.

--¿A dónde?

--A varios sitios... es decir... Fuí... por ahí... á compras...

--Pero... ¿á qué tiendas?

--¡Qué sé yo! A la calle de Postas... á la plazuela del Angel... á la Carrera...

--¿A pie ó en coche?

--A pie... Luego tomé un cochecillo.

--¿No recuerdas el punto... el número?

--¿Cómo quieres que lo recuerde? ¡Válgame Dios! Si era un coche que pasaba--objetó nerviosamente Lucila, que rompió á sollozar con amargura.

--Pero las tiendas sí las recordarás... Dímelas, que iré una por una, á ver si en el suelo ó en el mostrador... Pondremos anuncios...

--¡Si no me acuerdo! ¡Por Dios, déjame en paz!--exclamó tan afligida, que no me atreví á insistir, y preferí aguardar á que se calmase.

Pasamos una noche de inquietud y desvelo; oí á Lucila suspirar y dar vueltas en la cama, como si no consiguiese dormir. Yo, entretanto, discurría modos de recuperar la perla rosa. Levantéme temprano, me vestí, y á las ocho llamaba á la puerta de Gonzaga Llorente. Había oído decir que la policía, en casos especiales, averigua fácilmente el paradero de los objetos perdidos ó robados, y esperaba que Gonzaga, con su influencia y sus altas relaciones, me ayudaría á emplear este supremo recurso.

--El señorito está durmiendo, pero pase usted al gabinete, que dentro de diez minutos le entraré el chocolate y preguntaré si puede usted verle--dijo el criado, al notar mi insistencia y mi premura.

Me avine á esperar. El criado abrió las maderas del gabinete, en cuyo ambiente flotaban esencias y olor de cigarro. ¡Cuando pienso en lo distinta que sería mi suerte si aquel criado me hace pasar inmediatamente á la alcoba...!

Lo cierto es... que al primer alegre rayo de sol que cruzó las vidrieras, y antes de que el criado me dijese «tome usted asiento», yo había visto brillar sobre el ribete de paño azul de la piel de oso blanco, tendida al pie del muelle diván turco, ¡la perla, la perla rosa!

Si esto que me sucedió le sucede á usted, y usted me pregunta qué debe hacerse en tales circunstancias, yo respondo de seguro con gran energía: «Coger una espada de la panoplia que supera el diván, y atravesársela por el pecho al que duerme ahí al lado, para que nunca más despierte.»

¿Sabe usted lo que hice? Me bajé; recogí la perla; la guardé en el bolsillo; salí de aquella casa; subí á la mía; encontré á mi mujer levantada y muy desencajada; la miré, y no la ahogué; con voz tranquila la ordené que se pusiese los pendientes; saqué la perla del bolsillo... y cogiéndola entre dos dedos, la dije: «Aquí está lo que perdiste. ¿Qué tal, lo encontré pronto?»

Es cierto que al acabar me dió no sé qué arrechucho ó qué vértigo de locura; eché mano á aquellas orejas diminutas, arranqué de ellas los pendientes, y todo lo pisoteé. Por fortuna, pude dominarme en el acto... y bajar la escalera y refugiarme en el café más próximo, donde pedí _cognac_...

¿Que si he vuelto á ver á Lucila?... Una vez... Iba del brazo de _otro_, que ya no era Gonzaga. Por cierto que me fijé en que el lóbulo de la oreja izquierda lo tiene partido. Sin duda se lo rasgué yo... involuntariamente.

Un parecido

No hay discusión más baldía que la de la hermosura. Mil veces la entablamos, en aquella especie de senadillo de gentes al par desengañadas y curiosas, donde se agitaban tantos problemas á un tiempo atractivos é insolubles; y siempre,--aunque no escaseaban las disertaciones,--quedábamos en mayor confusión. Uno sostenía que la belleza era la corrección de líneas; otro, que la armonía del color; éste, que la fusión de ambos elementos; aquél, que la juventud; el de más allá, que la salud y robustez, ó el donaire, chiste y garabato, ó el arte del tocador, ó la melodía de la voz, y hasta hubo alguno que identificó la belleza con la bondad y con la inteligencia... Y el original de Donato Abreu, que solía escuchar callando, al fin se descolgó con la sentencia siguiente:--La belleza no es nada.

Acostumbrados á sus salidas, callamos para ver cómo se desenredaba, y fué así:

--No es nada, nada absolutamente. Si nos ataca á los presentes una oftalmía, se acabaron líneas, colores, aire de salud, juventud, adorno... Todo eso estaba en nuestra retina... y en ninguna parte más.

--¡Vaya una gracia!--exclamamos.--Si empieza usted por dejarnos ciegos...

--Es que lo están ustedes ya cuando tienen por realidad lo que no existe fuera de nosotros. ¡Déjenme continuar! Yo aduciré ejemplos. Ante todo, ¿supongo que se trata de la belleza femenil?

--¡Ah, pícaro!--protestó el escultor.--¡Se refugia usted ahí... porque es donde menos refutación tienen sus herejías! A los escultores no vale cegarnos: acuérdese usted de aquel que privado de la vista admiraba con las yemas de los dedos el torso de una estatua griega...

--¡Bah! Tampoco ustedes reconocen ley fija, tipo inalterable... La _Venus dormida en su concha_, que presentó usted hace dos años y se llevó la medalla, no se asemeja á la Venus clásica, y no por eso deja de ser hermosa... es decir, de parecerlo... Pero no nos salgamos del terreno general, porque el arte es patrimonio de pocos. ¿Hablábamos de mujeres, sí ó no?

--¿De mujeres? ¡Siempre!--afirmó el vizconde de Tresmes, el cual, según malas lenguas, tenía un pasado asaz borrascoso.--¿Qué otra cosa merece la pena de discutirse en este mundo?

--Entonces, pleito ganado--insistió Donato recalcándose en la butaca.--¿Sostienen ustedes que la hermosura de determinada mujer es la causa de los sentimientos especiales que esa mujer nos inspira?

--¿Pues qué había de ser?--repuso Tresmes.--¿Su fealdad? O es hermosa, ó hermosa la creemos, y de esa belleza nos enamoramos... más ó menos... ¡que en eso cabe una escala infinita de grados y matices!

--Oigan--suplicó Donato--no mis razones, sino la historia muy verdadera de un amigo mío que se ha muerto en el extranjero, porque no logrando aliviarse de un delirio amoroso, se dedicó á viajar, y en Roma una fiebre palúdica--lo que allí conocen por _malaria_--le curó de la enfermedad de vivir...

Mi amigo era el hijo de segundas nupcias de un señor bastante rico; los otros, fruto del primer tálamo, le adoraban, y le ampararon como padres, cuando todos quedaron huérfanos. Casóse el mayor de sus hermanos con una señorita llamada Jacinta, y mi amigo--Marcelo le diremos, por no divulgar su verdadero nombre--fué á vivir á Madrid con el nuevo matrimonio, para terminar la carrera de arquitecto. Era _muy bella_ la cuñadita Jacinta--ya ven ustedes que me sirvo del lenguaje usual--y Marcelo, un día tras otro, confianza va y halago viene, se prendó de Jacinta con la pasión más tirana. Cuando comprendió su estado, cuando interpretó su afán, se horrorizó de una inclinación tan culpable y se propuso esconderla, como se esconde la mancha y la vergüenza, y no dejar asomar por ningún resquicio ni reflejos de la hoguera que le consumía la médula de los huesos. Y hubiese cumplido su propósito, á no suceder cosa más terrible aún: que la señora, objeto de tan reprobable afición--ó porque la adivinó ó porque se contagió con ella sin adivinarla--al cabo dió en padecer del mismo achaque, y, menos cauta, lo descubrió con indicios tan claros, que Marcelo, sintiéndose débil y vencido antes de pelear, apeló á poner tierra en medio... Dijo á su hermano que se encontraba enfermo--y esto no era sino relativa mentira--y que necesitaba respirar, por receta del médico, aires puros, aires de campo; y el hermano, solícito y compadecido, le envió á un cortijo que había heredado de su suegro, y que por encontrarse en lo más florido y frondoso de la serranía de Córdoba y ser entonces el mes de Abril, debía de estar convertido en vergel delicioso.

--Habrá comodidad suficiente para ti--advirtió--porque el padre de mi Jacinta tenía cariño á ese sitio y lo visitaba de vez en cuando, aunque Jacinta nunca ha puesto allí los pies, ni yo tampoco. He oído susurrar no sé qué de la mujer del capataz...; ¡pero si se creyese cuanto se oye! En fin, lo esencial es que no te faltarán ropas ni muebles... Y si algo te falta, pídelo en seguida.

Marchó Marcelo asaz desesperado á su Tebaida, y el capataz le recibió con agasajo, encargando á su hija, mocita como de veinte años de edad, que sirviese y atendiese al forastero. ¡Imagínense la conmoción que sufriría éste, cuando, al fijar los ojos en el rostro de la hija del capataz, vió en él una copia perfectísima, un acabado trasunto del de Jacinta! Era semejanza, no sólo de facciones, sino de expresión, modales y gesto, y--lo que más turbó á Marcelo--hasta de metal de voz, con un ceceo andaluz que hacía encantador el de Manuelita la cortijera.--Reconoció el enamorado los negros ojos que llevaba clavados en el corazón, el talle cuyas ondulaciones le causaban vértigos, el color quebrado de la suave tez, que le enloquecía, y acordándose de las indicaciones de su hermano acerca de la mujer del capataz, no se asombró de encontrar una nueva Jacinta en la sierra. Al pasar días fue notando que la serrana poseía mil cualidades preciosas: limpia, fina á su modo, viva y lista como nadie; ya alegre, ya melancólica; oportuna en replicar, aguda en comprender, sensible á ratos y arisca á tiempo, sabía además rasguear la guitarra y entonar el polo con un salero que quitaba el sentido. Marcelo, embelesado, pensó que la misma Providencia le deparaba tan sabroso remedio á sus enfermedades morales, y se dedicó á la serrana, galanteándola y persiguiéndola sin tregua, á favor de aquella libertad que da el campo y de las rodadas ocasiones que brinda el vivir bajo un techo mismo. Manuelita se defendió; pero al cabo fue ablandándose, y consintió en acudir á una reja baja, donde sin peligro para su recato podía conversar largamente con Marcelo. Mas lo que suele costar trabajo en estas lides es el primer triunfo, que los restantes vienen fatalmente á su hora, y Manuelita, aunque se hizo muy de rogar, acabó por conceder á Marcelo que una noche, en vez de hablarse por la reja, se hablasen dentro del aposento que la reja defendía...

El narrador se detuvo un instante, como preparando el efecto de lo que le faltaba por contar.

--Marcelo entró en aquel cuarto temblando de gozo, paladeando con la imaginación el bien que esperaba. No se había atrevido Manuelita á encender luz, pero la de la luna entraba á oleadas por la reja--en la cual se apoyaba la muchacha ruborizada y acaso medio arrepentida ya--y alumbraba de lleno su rostro, haciéndolo parecer más descolorido, del tono de los jazmines que lucía apiñados en el negro rodete. Marcelo se adelantó como el que camina en sueños, y al aproximarse á Manuelita, al rodear con los brazos el talle curvo que se doblegaba, al respirar con los labios el perfume de las blancas flores tan próximas á la mejilla fresca y á la garganta tornátil, su boca exhaló, entre hondo suspiro, un nombre... ¡el nombre de _Jacinta_! Y al oirse, al repetir involuntariamente tal nombre, espantado, como si viese á una sierpe, se desprendió, retrocedió, se tambaleó y al fin huyó, subiendo la escalera á tientas y encerrándose en su dormitorio... donde pasó la noche entre remordimientos y lágrimas, para salir á la madrugada camino de Córdoba, y desde Córdoba á París...--¿Comprenden ustedes el motivo de la conducta de Marcelo?

--Que para él sólo existía Jacinta; Manuelita no había existido nunca, sino por la pasajera realidad que le comunicó su parecido con _la otra_...--respondimos algo impresionados, reflexionando á pesar nuestro.

--Exactamente... Veo que son ustedes perspicaces... Al pensar Marcelo que se libertaba de su criminal pasión, lo que hacía era recaer en ella de plano, satisfacerla, entregarse... ¿Y la belleza? Tan guapa era Manuela la cortijerita, como Jacinta la dama. ¡Acaso más!

--Marcelo se me figura demasiado idealista--indicó Tresmes en tono desdeñoso.

--Todos lo somos...--declaró Donato.--Y la belleza, una idea, unas gotas de ilusión, para _uso interno_...

Memento

El recuerdo más vivaz de mis tiempos estudiantiles--dijo el doctor sonriendo á la evocación--no es el de varios amorcillos y lances parecidos á los que puede contar todo el mundo, ni el de ciertas mejillas bonitas cuyas rosas embalsamaron mis sueños. Lo que no olvido, lo que á cada paso veo con mayor relieve, es... la tertulia de mi tía Gabriela, doncella machucha, á quien acompañaban todas las tardes otras tres viejas apolilladas, igualmente aspirantes á la palma sobre el ataud.

Reuníanse las cuatro, según he dicho, por la tarde--pues de noche las cohibían miedos, achaques y devociones--en el gabinetito, desde cuyas ventanas se divisaban los ricos ajimeces góticos y los altos muros de la Catedral; y yo solía abandonar el paseo--á tal hora lleno de muchachas deseosas de escuchar piropos--para encerrarme entre aquellas cuatro paredes vestidas de un papel rameado que fué verde y ya era blancuzco, sentarme en la butaca de fatigados muelles, anchota y blandufa, al cabo también anciana, y recibir de una mano diminuta, seca, cubierta por la rejilla de un mitón negro, palmadita suave en el hombro, mientras una cascada voz murmuraba: «Hola, ¿ya viniste, calamidad? Hoy se muere de gozo Candidita».