Part 2
Y pasaron centenares de mujeres, viejas y mozas, lindas y feas, morenas y pelirrubias, melancólicas y vivarachas; y á todas las eché los anteojos y en todas noté que del corazón sólo tenían el sitio, pero que el órgano, ó no había existido nunca, ó se había perdido tiempos atrás. Y todas, todas sin excepción alguna, al querer yo devolverles el corazón de que carecían, negábanse á aceptarlo, ya porque creían tenerlo, ya porque sin él se encontraban divinamente, ya porque se juzgaban injuriadas por la oferta, ya porque no se atrevían á arrostrar el peligro de poseer un corazón.--Iba desesperando de restituir á un pecho de mujer el pobre corazón abandonado, cuando por casualidad, con ayuda de mis prodigiosos lentes, acerté á ver que pasaba por la calle una niña pálida, y en su pecho ¡por fin! distinguí un corazón, un verdadero corazón de carne, que saltaba, latía y sentía. No sé por qué--pues reconozco que era un absurdo brindar corazón á quien lo tenía tan vivo y tan despierto--se me ocurrió hacer la prueba de presentarla el que habían desechado todas; y he aquí que la niña, en vez de rechazarme como las demás, abrió el seno y recibió el corazón que yo, en mi fatiga, iba á dejar otra vez caído sobre los guijarros.
Enriquecida con dos corazones, la niña pálida se puso mucho más pálida aún: las emociones, por insignificantes que fuesen, la estremecían hasta la médula; los afectos vibraban en ella con cruel intensidad; la amistad, la compasión, la tristeza, la alegría, el amor, los celos, todo era en ella profundo y terrible; y la muy necia, en vez de resolverse á suprimir uno de sus dos corazones, ó los dos á un tiempo, diríase que se complacía en vivir doble vida espiritual queriendo, gozando y sufriendo por duplicado, sumando impresiones de esas que bastan para extinguir la vida. La criatura era como vela encendida por los dos cabos, que se consume en breves instantes. Y, en efecto, se consumió. Tendida en su lecho de muerte, lívida y tan demacrada y delgada que parecía un pajarillo, vinieron los médicos y aseguraron que, lo que la arrebataba de este mundo era la ruptura de un aneurisma. Ninguno (¡son tan torpes!) supo adivinar la verdad: ninguno comprendió que la niña se había muerto por cometer la imprudencia de dar asilo en su pecho á un corazón perdido en la calle.
Mi suicidio
A Campoamor.
Muerta _ella_; tendida, inerte, en el horrible ataúd de barnizada caoba que aun me parecía ver con sus doradas molduras de antipático brillo, ¿qué me restaba en el mundo ya? En ella cifraba yo mi luz, mi regocijo, mi ilusión, mi delicia toda... y desaparecer así, de súbito, arrebatada en la flor de su juventud y de su seductora belleza, era tanto como decirme con melodiosa voz--la voz mágica, la voz que vibraba en mi interior produciendo acordes divinos: «Pues me amas, sígueme.»
¡Seguirla! Sí; era la única resolución digna de mi cariño, á la altura de mi dolor, y el remedio para el eterno abandono á que me condenaba la adorada criatura huyendo á lejanas regiones. Seguirla, reunirme con ella, sorprenderla en la otra orilla del río fúnebre... y estrecharla delirante, exclamando: «Aquí estoy. ¿Creías que viviría sin tí? Mira como he sabido buscarte y encontrarte y evitar que de hoy más nos separe poder alguno de la tierra ni del cielo.»
* * * * *
Determinado á realizar mi propósito, quise verificarlo en aquel mismo aposento donde se deslizaron insensiblemente tantas horas de ventura, medidas por el suave ritmo de nuestros corazones... Al entrar olvidé la desgracia, y pareciome que _ella_, viva y sonriente, acudía como otras veces á mi encuentro, levantando la cortina para verme más pronto, y dejando irradiar en sus pupilas la bienvenida, y en sus mejillas el arrebol de la felicidad.--Allí estaba el amplio sofá donde nos sentábamos tan juntos como si fuese estrechísimo; allí la chimenea hacia cuya llama tendía los piececitos, y á la cual yo, envidioso, los disputaba abrigándolos con mis manos, donde cabían holgadamente; allí la butaca donde se aislaba, en los cortos instantes de enfado pueril que duplicaban el precio de las reconciliaciones; allí la gorgona de irisado vidrio de Salviati, con las últimas flores, ya secas y pálidas, que su mano había dispuesto artísticamente para festejar mi presencia... Y allí, por último, como maravillosa resurrección del pasado, inmortalizando su adorable forma, ella, ella misma... es decir, su retrato, su gran retrato de cuerpo entero, obra maestra de célebre artista, que la representaba sentada, vistiendo uno de mis trajes preferidos, la sencilla y cándida bata de blanca seda que la envolvía en una nube de espuma. Y era su actitud familiar, y eran sus ojos verdes y lumínicos que me fascinaban, y era su boca entreabierta, como para exclamar, entre halago y reprensión, el «¡qué tarde vienes!» de la impaciencia cariñosa; y eran sus brazos redondos, que se ceñían á mi cuello como la ola al tronco del náufrago, y era, en suma, el fidelísimo trasunto de los rasgos y colores, al través de los cuales me había cautivado un alma; imagen encantadora que significaba para mí lo mejor de la existencia... Allí, ante todo cuanto me hablaba de ella y me recordaba nuestra unión; allí, al pie del querido retrato, arrodillándome en el sofá, debía yo apretar el gatillo de la pistola inglesa de dos cañones--que lleva en su seno el remedio de todos los males y el pasaje para arribar al puerto donde _ella_ me aguardaba...--Así no se borraría de mis ojos ni un segundo su efigie: los cerraría mirándola, y volvería á abrirlos, viéndola no ya en pintura, sino en espíritu...
La tarde caía; y como deseaba contemplar á mi sabor el retrato al apoyar en la sien el cañón de la pistola, encendí la lámpara y todas las bujías de los candelabros. Uno de tres brazos había sobre el _secreter_ de palo de rosa con incrustaciones, y al acercar al pábilo el fósforo, se me ocurrió que allí dentro estarían mis cartas, mi retrato, los recuerdos de nuestra dilatada é íntima historia. Un vivaz deseo de releer aquellas páginas me impulsó á abrir el mueble.
Es de advertir que yo no poseía cartas de ella: las que recibía devolvíalas una vez leídas, por precaución, por respeto, por caballerosidad. Pensé que acaso ella no había tenido valor para destruirlas, y que de los cajoncitos del secreter volvería á alzarse su voz insinuante y adorada, repitiendo las dulces frases que no habían tenido tiempo de grabarse en mi memoria. No vacilé--¿vacila el que va á morir?--en descerrajar con violencia el primoroso mueblecillo. Saltó en astillas la cubierta, y metí la mano febrilmente en los cajoncitos, revolviéndolos ansioso.
Sólo en uno había cartas.--Los demás los llenaban cintas, joyas, dijecillos, abanicos y pañuelos perfumados.--El paquete, envuelto en un trozo de rica seda brochada, lo tomé muy despacio, lo palpé como se palpa la cabeza del ser querido antes de depositar en ella un beso, y acercándome á la luz, me dispuse á leer. Era letra de ella: eran sus queridas cartas. Y mi corazón agradecía á la muerta el delicado refinamiento de haberlas guardado allí, como testimonio de su pasión, como codicilo en que me legaba su ternura.
Desaté, desdoblé, empecé á deletrear... Al pronto creía recordar las candentes frases, las apasionadas protestas y hasta las alusiones á detalles íntimos, de esos que sólo pueden conocer des personas en el mundo. Sin embargo, á la segunda carilla, un indefinible malestar, un terror vago, cruzaron por mi imaginación, como cruza la bala por el aire antes de herir. Rechacé la idea; la maldije; pero volvió, volvió... y volvió apoyada en los párrafos de la carilla tercera, donde ya hormigueaban rasgos y pormenores imposibles de referir á mi persona y á la historia de mi amor... A la cuarta carilla, ni sombra de duda pudo quedarme: la carta se había escrito á otro, y recordaba otros días, otras horas, otros sucesos, para mí desconocidos...
Repasé el resto del paquete; recorrí las cartas una por una, pues todavía la esperanza terca me convidaba á asirme de un clavo ardiendo... Quizá las demás cartas eran las mías, y sólo aquella se había deslizado en el grupo como aislado memento de una historia vieja y relegada al olvido... Pero al examinar los papeles; al descifrar, frotándome los ojos, un párrafo aquí y otro acullá, hube de convencerme: ninguna de las epístolas que contenía el paquete había sido dirigida á mí... Las que yo recibí y restituí con religiosidad, probablemente se encontraban incorporadas á la ceniza de la chimenea; y las que, como un tesoro, _ella_ había conservado siempre, en el oculto rincón del secreter, en el aposento testigo de nuestra ventura... señalaban, tan exactamente como la brújula señala el norte, la dirección verdadera del corazón que yo juzgara orientado hacia el mío... ¡Más dolor, más infamia! De los terribles párrafos, de las páginas surcadas por rengloncitos de una letra que yo hubiese reconocido entre todas las del mundo saqué en limpio que _tal vez_... al _mismo tiempo_ ó _muy poco antes_... Y una voz irónica gritábame al oído: «Ahora sí... ahora sí que debes suicidarte, desdichado!»
Lágrimas de rabia escaldaron mis pupilas; me coloqué, según había resuelto, frente al retrato; empuñé la pistola, alcé el cañón... y apuntando fríamente, sin prisa, sin que me temblase el pulso... con los dos tiros... reventé los dos verdes y lumínicos ojos, que me fascinaban.
La última ilusión de don Juan
Las gentes superficiales, que nunca se han tomado el trabajo de observar al microscopio la complicada mecánica del corazón, suponen buenamente que á don Juan, el precoz libertino, el burlador sempiterno, le bastan para su satisfacción los sentidos y á lo sumo la fantasía, y que no necesita ni gasta el inútil lujo del sentimiento, ni abre nunca el dorado ajimez donde se asoma el espíritu para mirar al cielo cuando el peso de la tierra le oprime. Y yo os digo en verdad que eses gentes superficiales se equivocan de medio á medio y son injustas con el pobre don Juan, á quien sólo hemos comprendido los poetas, los que tenemos el alma inundada de caridad y somos perspicaces... cabalmente porque, cándidos en apariencia, creemos en muchas cosas.
A fin de poner la verdad en su punto, os contaré la historia de cómo alimentó y sostuvo don Juan su última ilusión... y cómo vino á perderla.
Entre la numerosa parentela de don Juan--que dicho sea de paso, es hidalgo como el Rey--se cuentan unas primitas provincianas muy celebradas de hermosas. La más joven, Estrella, se distinguía de sus hermanas por la dulzura del carácter, la exaltación de la virtud y el fervor de la religiosidad, por lo cual en su casa la llamaban _la beatita_. Su rostro angelical no desmentía las cualidades del alma: parecíase á una Virgen de Murillo, de las que respiran honestidad y pureza (porque algunas, como la morena _de la servilleta_, llamada _Refitolera_, sólo respiran juventud y vigor). Siempre que el humor vagabundo de don Juan le impulsaba á darse una vuelta por la región donde vivían sus primas, iba á verlas, frecuentaba su trato, y pasaba con Estrella pláticas interminables. Si me preguntáis qué imán atraía al perdido hacia la santa, y más aún á la santa hacia el perdido, os diré que era quizás el mismo contraste de sus temperamentos... y después de esta explicación, nos quedaremos tan enterados como antes.
Lo cierto es que mientras don Juan galanteaba por sistema á todas las mujeres, con Estrella hablaba en serio, sin permitirse la más mínima insinuación atrevida; y que mientras Estrella rehuía el trato de todos los hombres, veníase á la mano de don Juan como la mansa paloma, confiada, segura de no mancharse el plumaje blanco. Las conversaciones de los primos podía oirlas el mundo entero: después de horas de charla inofensiva, reposada y dulce, levantábanse tan dueños de sí mismos, tan tranquilos, tan venturosos, y Estrella volaba á la cocina ó á la despensa á preparar con esmero algún plato de los que sabía que agradaban á don Juan. Saboreaba éste, más que las golosinas, el mimo con que se las presentaban, y la frescura de su sangre y la anestesia de sus sentidos le hacían bien, como un refrigerante baño al que caminó largo tiempo por abrasados arenales.
Cuando don Juan levantaba el vuelo, yéndose á las grandes ciudades en que la vida es fiebre y locura, Estrella le escribía difusas cartas, y él contestaba en pocos renglones,--pero siempre.--Al retirarse á su casa al amanecer, tambaleándose, aturdido por la bacanal ó vibrantes aún sus nervios de las violentas emociones de la profana cita; al encerrarse para mascar, entre risa irónica, la hiel de un desengaño--porque también don Juan los cosecha;--al prepararse al lance de honor templando la voluntad para arrostrar impávido la muerte; al reir, al blasfemar, al derrochar su mocedad y su salud cual pródigo insensato de los mejores bienes que nos ofrece el cielo, don Juan reservaba y apartaba, como se aparta el dinero para una ofrenda á Nuestra Señora, diez minutos que dedicar á Estrella. En su ambición de cariño, aquella casta consagración de un ser tan delicado y noble representaba el sorbo de agua que se bebe en medio del combate y restituye al combatiente fuerzas para seguir lidiando. Traiciones, falsías, perfidias y vilezas de otras mujeres podían llevarse en paciencia, mientras en un rincón del mundo alentase el leal afecto de Estrella la beatita. A cada carta ingenua y encantadora que recibía don Juan, soñaba el mismo sueño; se veía caminando difícilmente por entre tinieblas muy densas, muy frías, casi palpables, que rasgaban por intervalos la luz sulfurosa del relámpago y el culebreo del rayo; pero allá lejos, muy lejos, donde ya el cielo se esclarecía un poco, divisaba don Juan blanca figura velada, una mujer con los ojos bajos, sosteniendo en la diestra una lamparita encendida y protegiéndola con la izquierda. Aquella luz no se apagaba jamás.
En efecto, corrían años; don Juan se precipitaba más, despeñado por la pendiente de su delirio, y las cartas continuaban con regularidad inalterable, impregnadas de igual ternura latente y serena. Eran tan gratas á don Juan estas cartas, que había determinado no volver á ver á su prima nunca, temeroso de encontrarla desmejorada y cambiada por el tiempo, y no tener luego ilusión bastante para sostener la correspondencia. A toda costa deseaba eternizar su ensueño, ver siempre á Estrella con rostro murillesco, de santita virgen de veinte años. Las epístolas de don Juan, á la verdad, expresaban vivo deseo de hacer á su prima una visita, de renovar la charla sabrosa; pero como nadie le impedía á don Juan realizar este propósito, hay que creer, pues no lo realizaba, que no debía de apretarle mucho.
Eran pasados dos lustros, cuando un día recibió don Juan, en vez del ancho pliego acostumbrado, escrito por las cuatro carillas y cruzado después, una esquelita sin cruzar, grave y reservada en su estilo, y en que hasta la letra carecía del abandono que imprime la efusión del espíritu guiando la mano y haciéndola acariciar, por decirlo así, el papel. ¡Oh mujer, oh agua corriente, oh llama fugaz, oh soplo de aire! Estrella pedía á don Juan que ni se sorprendiese ni se enojase, y le confesaba que iba á casarse muy pronto... Se había presentado un novio á pedir de boca, un caballero excelente, rico, honrado, á quien el padre de Estrella debía atenciones sin cuento; y los consejos y exhortaciones de _todos_ habían decidido á la santita,--que esperaba, con la ayuda de Dios, ser dichosa en su nuevo estado y ganar el cielo.
Quedó don Juan absorto breves instantes; luego arrugó el papel y lo lanzó con desprecio á la encendida chimenea. ¡Pensar que si alguien le hubiese dicho dos horas antes que podía casarse Estrella, al tal le hubiese tratado de bellaca calumniador! ¡Y se lo participaba ella misma, sin rubor, como el que cuenta la cosa más natural y lícita del mundo!
Desde aquel día don Juan, el alegre libertino, ha perdido su última ilusión; su alma va peregrinando entre sombras, sin ver jamás el resplandorcito de la lámpara suave que una virgen protege con la mano; y el que aún tenía algo de hombre, es solo fiera, con dientes para morder y garras para destrozar sin misericordia. Su profesión de fe es una carcajada cínica, su amor un latigazo que quema y arranca la piel haciendo brotar la sangre...
Me diréis que la santita tenía derecho á buscar felicidades reales y goces siempre más puros que los que libaba sin tregua su desenfrenado ídolo. Y acaso diréis muy bien, según el vulgar sentido común y la enana razoncilla práctica. ¡Que esa enteca razón os aproveche! En el sentir de los poetas, menos malo es ser galeote, del vicio que desertor del ideal. La santita pecó contra la poesía y contra los sueños divinos del amor irrealizable.--Don Juan, creyendo en su abnegación eterna, era, de los dos, el verdadero soñador.
Desquite
Trifón Liliosa nació raquítico y contrahecho, y tuvo la malaventura de no morirse en la niñez. Con los años creció más que su cuerpo su fealdad, y se desarrolló su imaginación combustible, su exaltado amor propio y su nervioso temperamento de artista y de ambicioso. A los quince, Trifón, huérfano de madre desde la cuna, no había escuchado una palabra cariñosa; en cambio había aguantado innumerables torniscones, sufrido continuas burlas y desprecios, y recibido el apodo de _Fenómeno_; á los diez y siete se escapaba de su casa, y, aprovechando lo poco que sabía de música, se contrataba en una murga, en una orquesta después. Sus rápidos adelantos le entreabrieron el paraíso: esperó llegar á ser un compositor genial, un Weber, un Listz. Adivinaba en toda su plenitud la magnificencia de la gloria, y ya se veía festejado, aplaudido, olvidada su deformidad, disimulada y cubierta por un haz de balsámicos laureles. La edad viril--¿pueden llamarse así los treinta años de un escuerzo?--disipó estas quimeras de la juventud. Trifón Liliosa hubo de convencerse de que era uno de los muchos llamados y no escogidos; de los que ven cercana la tierra de promisión, pero no llegan nunca á pisar sus floridos valles. La pérdida de ilusiones tales deja el alma muy negra, muy ulcerada, muy venenosa. Cuando Trifón se resignó á no pasar nunca de maestro de música á domicilio, tuvo un ataque de ictericia tan cruel, que la bilis le rebosaba hasta por los amarillentos ojos.
Lecciones le salían á docenas, no sólo porque era en realidad un excelente profesor, sino porque tranquilizaba á los padres su ridícula facha y su corcova. ¿Qué señorita, ni la más impresionable, iba á correr peligro con aquel macaco, cuyo talle era un jarrón, cuyas manos desproporcionadas parecían, al vagar sobre las teclas, arañas pálidas á medio despachurrar? Y se lo espetó en su misma cara, sin reparo alguno--al llamarle para enseñar á su hija canto y piano,--la madre de la linda María Vega. Sólo á un sujeto «así como él», le permitiría acercarse á niña tan candorosa y tan sentimental. ¡Mientras mayor inocencia en las criaturas, más prudencia y precaución en las madres!
Con todo, no era prudente, y menos aún delicada y caritativa la franqueza de la señora. Nadie debe ser la gota de agua que hace desbordar el vaso de amargura, y por muy convencido que esté de su miseria el miserable, recia cosa es arrojársela al rostro. Pensó sin duda la inconsiderada señora que Trifón, habiéndose mirado al espejo, sabría de sobra que era un monstruo; y ciertamente, Trifón se había mirado y conocía su triste catadura; y así y todo le hirió, como hiere el insulto cobarde, la frase que le excluía del número de los hombres; y aquella noche misma, revolviéndose en su frío lecho, mordiendo de rabia las sábanas, decidió entre sí: «Esta pagará por todas: ésta será mi desquite. ¡La necia de la madre, que sólo ha mirado mi cuerpo, no sabe que con el espíritu se puede seducir á las mujeres que tienen espíritu también!»
Al día siguiente empezaron las lecciones de María, que era en efecto una niña celestial, fina y lánguida como una rosa blanca, de esas que para marchitarlas basta un soplo de aire. Acostumbrado Trifón á que sus discípulas sofocasen la carcajada cuando le veían por primera vez, notó que María, al contrario, le miraba con lástima infinita, y la piedad de la niña, en vez de conmoverle, ahincó su resolución implacable. Bien fácil le fué observar que la nueva discípula poseía un alma delicada, una exquisita sensibilidad, y la música producía en ella impresión profunda, humedeciéndose sus azules ojos en las páginas melancólicas, mientras las melodías apasionadas apresuraban su aliento. La soledad y retiro en que vivía hasta que se vistiese de largo y recogiese en abultado moño su hermosa mata de pelo de un rubio de miel, la hacían más propensa á exaltarse y á soñar. Por experiencia conocía Trifón esta manera de ser, y cuanto predispone á la credulidad y á las aspiraciones novelescas. Cautamente, á modo de criminal reflexivo que prepara el atentado, observaba los hábitos de María, las horas á que bajaba al jardín, los sitios donde prefería sentarse, los tiestos que cuidaba ella sola; y prolongando la lección sin extrañeza ni recelo de los padres, eligiendo la música mas perturbadora, cultivaba el ensueño enfermizo á que María iba á entregarse.
Dos ó tres meses hacía que la niña estudiaba música, cuando una mañana, al pie de cierta maceta que regaba todos los días, encontró un billetito doblado. Sorprendida, abrió y leyó. Más que declaración amorosa, era un suave preludio de ella: no tenía firma, y el autor anunciaba que no quería ser conocido, ni pedía respuesta alguna: se contentaba con expresar sus sentimientos, muy apacibles y de una pureza ideal. María, pensativa, rompió el billete; pero al otro día, al regar la maceta, su corazón quería salirse del pecho y temblaba su mano, salpicando de menudas gotas de agua su traje. Corrida una semana, nuevo billete,--tierno, dulce, poético, devoto;--pasada otra más, dos pliegos rendidos, pero ya insinuantes y abrasadores. La niña no se apartaba del jardín, y á cada ruido del viento en las hojas pensaba ver aparecerse al desconocido, bizarro, galán, diciendo de perlas lo que de oro escribía. Mas el autor de los billetes no se mostraba, y los billetes continuaban, elocuentes, incendiarios, colocados allí por invisible mano, solicitando respuestas y esperanzas. Después de no pocas vacilaciones, y con harta vergüenza, acabó la niña por trazar unos renglones, que depositó en la maceta, besándola;--eran la ingenua confesión de su amor virginal.--Varió entonces el tono de las cartas: de respetuosas se hicieron arrogantes y triunfales; parecían un himno; pero el incógnito no quería presentarse; temía perder lo conquistado; ¿á qué ver la envoltura física de un alma? ¿qué le importaba á María el barro en que se agitaba un corazón? Y María, entregado ya completamente el albedrío á su enamorado misterioso, ansiaba contemplarle, comerle con los ojos, segura de que sería un dechado de perfecciones, el sér más bello de cuantos pisan la tierra. Ni cabía menos en quien de tan expresiva manera y con tal calor se explicaba, que María, sólo con releer los billetes, se sentía morir de turbación y gozo. Por fin, después de muchas y muy regaladas ternezas que se cruzaron entre el invisible y la reclusa, María recibió una epístola, que decía en substancia: «Quiero que vengas á mí»; y después de una noche de desvelo, zozobra, llanto y remordimiento, la niña ponía en la maceta la contestación terrible: «Iré cuando y como quieras.»