Part 15
Beatriz guardó silencio algunos instantes; y después, como si se resolviese á completas revelaciones, de esas que hacemos más por oirnos á nosotros mismos que porque un amigo las escuche, se volvió hacia su compañera de encierro, y alzando el velito á la altura de la nariz para emitir libremente la voz, habló aprisa:
--¡La irreligiosidad de Gonzalo! ¿Y si te dijese que por ella estuvimos á punto de no casarnos nunca? La pura verdad. Tú ya sabes que Gonzalo es mi primo, y mi familia y la suya siempre soñaron con hacer la boda, hasta que la mala reputación de Gonzalo en materias religiosas desbarató por completo el proyecto. Bien conociste á la pobre mamá, y no extrañarás si te digo que llegó al extremo de cerrarle la puerta á Gonzalo á piedra y lodo; vino diez veces lo menos, ¡y siempre habíamos salido! «Reconozco--decía mamá--que mi sobrino es muy simpático, que ha recibido una educación escogida, que posee una ilustración más que mediana; no puedo negar su hermosa figura, ni su clara inteligencia, ni su caballerosidad; tiene mi sangre, no le faltan bienes de fortuna... pero me horroriza pensar que no cree en nada, y ni se toma el trabajo de disimularlo. Malo es padecer desvaríos del alma y peor no ocultarlos siquiera.» Al escuchar estas cosas, yo salía á la defensa de Gonzalo; no me era posible dejar de quererle... un poco... es decir ¡mucho! Francamente, le seguía queriendo, incapaz de olvidar los tiempos en que le consideraba mi novio. Mamá notó de qué pie cojeaba su hija, y, para desimpresionarme, arregló mis bodas con Leoncio Díaz Saravia, el que ahora es subsecretario de Gobernación; era muchacho de valía, y se le presentaba un porvenir brillante; pero así y todo, yo no estaba entusiasmada: á lo sumo me resignaba, sin frío ni calor, al casamiento. ¡Somos tan raros! Lo único que me prestaba cierta tranquilidad, lo que me daba fuerzas cuando sentía sobre mí el peso abrumador de una tristeza involuntaria, era la voz que corría de que Gonzalo no quería amores, de que había resuelto no casarse jamás. «Eso lo hace por mí, por mi recuerdo», pensaba yo; y me consolaba al pensarlo.
--El que no se consuela...--murmuró sonriendo Rosalía, mientras alisaba con repetidos pases la blanda y densa piel de su manguito.
--Un día... no, una noche, porque estábamos en el teatro cuando nos enteramos... cundió la noticia de que Gonzalo, en un café, la había emprendido á bofetadas con un sujeto, y que se encontraban desafiados; lance serio, en condiciones de las que ya no se estilan, á quedar uno sobre el terreno... ¿Causa del conflicto? Voz unánime: «Una mujer.» El mismo Gonzalo lo confesaba, según decían los bien informados: tratábase de una señora, insultada delante de Gonzalo, y cuya defensa había tomado éste hiriendo el rostro del villano ofensor... ¡Lo que yo sentí! ¡En qué estado volví á casa! ¡Qué noche pasé, querida Rosalía! Es lo que no puede pintarse... Aparte del terror de que matasen á Gonzalo, otra cosa me encendía la sangre y me atirantaba los nervios...
--¿Los celos?--preguntó Rosalía con malicia gozosa.
--¿Quién lo duda?--Figúrate que se venían á tierra todas mis ilusiones. Que Gonzalo no me quisiese, pase, y era mucho pasar; pero que quisiese á otra tanto, hasta abofetear á la gente, hasta jugarse la vida... Yo había estado soñando por lo visto... ¡soñando como una necia! Mi novio de los primeros años, mi oculto anhelo de siempre, ni se ocupaba de mí; por otra iba á cruzar la espada, por otra á quien secretamente también prefería... ¿Quién era aquella mujer? ¿De qué sílabas se componían su nombre y su apellido? ¿Soltera? ¿Casada? Casada de seguro, cuando tal misterio la envolvía, que Gonzalo se negaba á nombrarla... Y yo daba vueltas en la cama, y la almohada se impregnaba de lágrimas calientes... Entonces me parecía estúpida mi resignación, inconcebible, absurda mi obediencia, absurda mi boda; y apenas amaneció, me fuí derecha al dormitorio de mi madre, y me abracé á ella en tal estado de aflicción y de trastorno, que la pobrecilla (bien recordarás lo extremosa que era en quererme) me dijo así: «Pequeña, serénate... Voy á ver qué le ha sucedido al talabarte de mi sobrino... Si está herido, te prometo cuidarle como su propia madre le cuidaría...»
Herido estaba en efecto, pero no de gravedad; su adversario sí que se llevó una buena estocada, ¡que á no resbalar en una costilla...! Así que Gonzalo pudo salir--y fué muy pronto--vino apresurado á dar las gracias á mamá. ¡Ay, Rosalía! ¡Qué impresión! Noté que me miraba... vamos... como otras veces... y á las primeras palabritas que deslizó, estando los dos en el hueco de una ventana que daba al jardín... no lo pude remediar... solté la pregunta difícil...
--¿Esa mujer por quien te has batido...?
Se puso encarnadísimo, lo cual me pareció mala señal, y contestó muy confuso y medio riendo:
--¡Mujer!... Sí, ¡una mujer ha sido la causa!...
Hice un movimiento para separarme, para huir (estaba furiosa, le hubiese pegado), y entonces él, con ese modo que tiene de decir las cosas, que no hay remedio sino creerle, exclamó:
--Beatriz, no caviles... A mí no me ha dado en qué pensar, en cierto terreno y por cierto estilo, ninguna mujer sino una... ¡que tú conoces mucho...! Ea, no te alteres, no pongas esa cara... Si no te burlas, te enteraré... El bárbaro á quien di una lección estaba injuriando...
--¿A quién?--pregunté con afán al ver que Gonzalo se paraba.
--A... ¡á la Virgen María!...
--¡A la Virgen María!--repetí yo atónita.
--Justamente... Por mi honor que es verdad... Ya conozco que te parecerá raro... Por eso no permití que se divulgase; más vale que se figuren otra cosa; así al menos no se reirán de mí... no me llamarán Quijote...
--Pero tú... Gonzalo... tú... Entonces, mamá, que dice que tú... que tus creencias... tartamudeé, temiendo asfixiarme de alegría.
--¿Qué tienen que ver las creencias?--me replicó él casi con dureza.--La Virgen es una mujer... y delante de quien tenga vergüenza y manos, á una mujer no se la ofende...
* * * * *
Rosalía callaba sorprendida; Beatriz, conmovida, afectaba mirar hacia fuera, á los árboles despojados de hoja, finos como arborizaciones de ágata sobre el cielo puro.
--¿Y después, sin más, os casásteis?--interrogó la amiga con picardía y sorna.
--Sin más--respondió con energía Beatriz.--Mamá dijo que Gonzalo, á su manera, tenía religión, tenía una fe... el honor, ¿sabes? y que la Virgen haría lo que faltaba... Y lo hizo, Rosalía. Mi marido, cuando yo voy á misa... no se queda ya á la puerta!
El panorama de la Princesa
El palacio del Rey de Magna estaba triste, muy triste, desde que un padecimiento extraño, incomprensible para los médicos, obligaba á la Princesa Rosamor á no salir de sus habitaciones. Silencio glacial se extendía, como neblina gris, por las vastas galerías de arrogantes arcadas y los salones revestidos de tapices, con altos techos de grandiosas pinturas; y el paso apresurado y solícito de los servidores, el andar respetuoso y contenido de los cortesanos, el golpe mate del cuento de las alabardas sobre las alfombras, las conversaciones en voz baja, susurrantes apenas, producían impresión peculiar de antecámara de enfermo grave. ¡Tenía el Rey una cara tan severa, un gesto tan desalentado é indiferente para los áulicos, hasta para los que antaño eran sus amigos y favoritos! ¿A qué luchar? ¡La Princesa se moría de languidez... Nadie acertaba á salvarla, y la ciencia declaraba agotados sus recursos!
Una mañana llegó á la puerta del palacio cierto viejo de luenga barba y raida hopalanda color avellana seca, precedido de un borriquillo cuyos lomos agobiaba enorme caja de madera ennegrecida. Intentaron los guardias desviar con aspereza al viejo y á su borriquillo, pero titubearon al oir decir que en aquella caja tosca venían la salud y la vida de la Princesa Rosamor. Y mientras se consultaban, irresolutos, dominados á pesar suyo por el aplomo y seguridad con que hablaba el viejo, un gallardo caballero desconocido, mozo y de buen talante, cuya toca de plumas rizaba el viento, cuya melena obscura caía densa y sedosa sobre un cuello moreno y erguido, se acercó á los guardias, y, con la superioridad que prestan el rico traje y la bizarra apostura, les ordenó que dejasen pasar al anciano, si no querían ser responsables ante el Rey de la muerte de su hija; y los guardias, aterrados, se hicieron atrás, el anciano pasó, y el jumentillo hirió con sus cascos las sonoras losas de mármol del gran patio donde esperaban en fila las carrozas de los poderosos. En pos del viejo y el borriquillo, entró el mozo también.
Avisado el Rey de que abajo esperaba un hombre que aseguraba traer en un cajón la salud de la Princesa, mandó que subiese al punto; porque los desesperados de un clavo ardiendo se agarran, y no se sabe nunca de qué lado lloverá la Providencia. Hubo entre los cortesanos cuchicheos y alguna sonrisa reprimida pronto, al ver subir á dos porteros abrumados bajo el peso de la enorme caja de madera, y detrás de ellos al viejo de la hopalanda avellana y al lindo hidalgo de suntuoso traje á quien nadie conocía; pero la curiosidad, más aguda que el sarcasmo, les devoraba el alma con sus dientecillos de ratón, y no tuvieron reposo hasta que el primer Ministro, también algo alarmado por la novedad, les enteró de que la famosa caja del viejo sólo contenía un panorama, y que con enseñarle las vistas á la Princesa aquel singular curandero respondía de su alivio. En cuanto al mozo, era el ayudante encargado de colocarse detrás de una cortina sin ser visto, y hacer desfilar los cuadros por medio de un mecanismo original. Inútil me parece añadir que al saber en qué consistía el remedio, los cortesanos, sin perder el compás de la veneración monárquica, se burlaron suavemente y soltaron muy donosas pullas.
Entre tanto, instalábase el panorama en la cámara de la Princesa, la cual, desde el mismo sillón donde yacía recostada sobre pilas de almohadones, podía recrearse en aquellas vistas que, según el viejo continuaba afirmando terminantemente, habían de sanarla. Oculto é invisible, el galán hizo girar un manubrio, y empezaron á aparecer, sobre el fondo del inmenso paño extendido que cubría todo un lado de la cámara, y al través de amplio cristal, cuadros interesantísimos. Con una verdad y un relieve sorprendentes, desfilaron ante los ojos de la Princesa las ciudades más magníficas, los monumentos más grandiosos y los paisajes más admirables de todo el mundo. En voz cascada, pero con suma elocuencia, explicaba el viejo los esplendores, verbigracia, de Roma, el Coliseo, las Termas, el Vaticano, el Foro; y tan pronto mostraba á la Princesa una naumaquia, con sus luchas de monstruos marinos y sus combates navales entre galeras incrustadas de marfil, como la hacía descender á las sombrías Catacumbas y presenciar el entierro de un mártir, depuesto en paz con su ampolla llena de sangre al lado. Desde los famosos pensiles de Semíramis y las colosales construcciones de Nabucodonosor, hasta los risueños valles de la Arcadia, donde en el fondo de un sagrado bosque centenario danzan las blancas ninfas en corro alrededor de un busto de Pan que enrama frondosa mata de hiedra; desde las nevadas cumbres de los Alpes hasta las voluptuosas ensenadas del golfo partenópeo, cuyas aguas penetran vueltas líquido zafiro bajo las bóvedas celestes de la gruta de Azur, no hubo aspecto sublime de la historia, asombro de la naturaleza ni obra estupenda de la actividad humana que no se presentase ante los ojos de la Princesa Rosamor--aquellos ojos grandes y soñadores, cercados de una mancha de livor sombrío, que delataba los estragos de la enfermedad.--Pero los ojos no se reanimaban; las mejillas no perdían su palidez de transparente cera; los labios seguían contraídos, olvidados de las sonrisas; las encías marchitas y blanquecinas hacían parecer amarilla la dentadura, y las manos afiladas continuaban ardiendo de fiebre ó congeladas por el hielo mortal. Y el Rey, furioso al ver defraudada una última esperanza, más viva cuanto más quimérica, juró enojadísimo que ahorcaría de muy alto al impostor del viejo, y ordenó que subiese el verdugo, provisto de ensebada soga, á la torre más eminente del palacio, para colgar de una almena, á vista de todos, al que le había engañado. Pero el viejo, tranquilo y hasta desdeñoso, pidió al Rey un plazo breve: faltábale por enseñar á la Princesa una vista, una sola, de su panorama, y si después de contemplarla no se sentía mejor, que le ahorcasen enhorabuena, por torpe é ignorante. Condescendió el Rey, no queriendo espantar aún la vana esperanza postrera, y se salió de la cámara, por no asistir al desengaño. Al cuarto de hora, no pudiendo contener la impaciencia, entró, y notó con transporte una singular variación en el aspecto de la enferma; sus ojos relucían; un ligero sonrosado teñía sus mejillas flacas; sus labios palpitaban enrojecidos y su talle se enderezaba airoso como un junco. Parecía aquello un milagro, y el Rey, en su enajenación, se arrancó del cuello una cadena de oro y la alargó al viejo, que rehusó el presente. La única recompensa que pedía era que le dejasen continuar la cura de la Princesa, sin condiciones ni obstáculos, ofreciendo terminarla en un mes. Y, loco de gozo, el Rey se avino á todo, hasta á respetar el misterio de aquella vista prodigiosa que había empezado á devolver á su hija la salud.
No obstante--transcurrida una semana y confirmada la mejoría de la enferma, mejoría tan acentuada que ya la Princesa había dejado su sillón, y, esbelta como un lirio, se paseaba por el aposento y las galerías próximas, ansiosa de respirar el aire, animada y sonriente,--anheló el Rey saber qué octava maravilla del orbe, qué portentoso cuadro era aquel cuya contemplación había resucitado á Rosamor moribunda. Y como la Princesa, cubierta de rubor, se arrojase á sus pies suplicándole que no indagara su secreto, el Rey, cada vez más lleno de curiosidad, mandó que sin dilación se le hiciese contemplar la milagrosa última vista del panorama. ¡Oh sorpresa inaudita! Lo que se apareció sobre el fondo del inmenso paño negro, al través del claro cristal, no fué ni más ni menos que el rostro de un hombre, joven y guapo, eso sí, pero que nada tenía de extraordinario ni de portentoso. El rostro sonreía con dulzura y pasión á la Princesa, y ella pagaba la sonrisa con otra no menos tierna y extática... El Rey reconoció al supuesto ayudante del médico, aquel mozo gallardo, y comprendió que, en vez de enseñar las vistas de su panorama, se enseñaba á sí propio, y sólo con este remedio había sanado el enfermo corazón y el espíritu contristado y abatido de la niña; y si alguna duda le quedase acerca de este punto, se la quitaría la misma Rosamor, al decirle confusa, temblorosa y en voz baja, como quien pide anticipadamente perdón y aquiescencia:
--Padre, todos los monumentos y todas las bellezas del mundo no equivalen á la vista de un rostro amado...
Remordimiento
Conocí en su vejez á un famoso calaverón que vivía solitario, y al parecer tranquilo, en una soberbia casa, cuidándose mucho y con un criado para cada dedo, porque la fortuna--caprichosa á fuer de mujer, diría algún escritor de esos que están tan seguros del sexo de la fortuna como yo del mosquito que me crucificó esta noche--había dispuesto (sigo refiriéndome á la fortuna) que aquel perdulario derrochase primero su legítima, después las de sus hermanos, que murieron jóvenes, luego la de una tía solterona, y al cabo la de un tutor opulento y chocho por su pupilo. Y, por último, volvieron á ponerle á flote el juego ú otras granjerías que se ignoran, cuando ya había penetrado en su cabeza la noción de que es bueno conservar algo para los años tristes. Desde que mi calvatrueno (llamábase el vizconde de Tresmes) llegó á persuadirse de que interesaba á su felicidad no morirse en el hospital, cuidó de su hacienda con la perseverancia del egoismo, y no hubo capital mejor regido y conservado. Por eso, al tiempo que yo conocí al vizconde--poco antes de que un reuma al corazón le llevase al otro barrio--era un viejo rico, y su casa--desmintiendo la opinión del vulgo respecto á las viviendas de los solteros--modelo de pulcritud y orden elegante.
Miraba yo al vizconde con interés curioso, buscando en su fisonomía la historia íntima del terrible traga-corazones, por quien habitaba un manicomio una duquesa, y una infanta de España había estado á punto de echar á rodar el infantazgo y cuanto echar á rodar se puede.--Si no supiese que veía al más refinado epicúreo, creería estar mirando los restos de un poeta, de un artista, de uno de esos hombres que fascinan porque su acción dominadora no se limita á la materia, sino que subyuga la imaginación. Las nobles facciones de su rostro recordaban las de Volfango Goethe, no en su gloriosa ancianidad, sino más bien en la época del famoso viaje á Italia; es decir, lo que serían si Goethe, al envejecer, conservase las líneas de la juventud. Aquella finura de trazo; aquella boca un tanto carnosa; aquella nariz de vara delgada, de griega pureza en su hechura; aquellas cejas negrísimas, sutiles, de arco gentil, que acentúan la expresión de los vivos y profundos ojos; aquellas mejillas pálidas, duras, de grandes planos, como talladas en mármol, mejillas viriles--pues las redondas son de mujer ó niño;--aquel cuello largo, que destaca de los bien derribados hombros la altiva cabeza... todo esto, aunque en ruinas ya, subsistía aún, y á la vez el cuerpo delataba en sus proporciones justas, en su musculosa esbeltez, algo recogida, como de gimnasta, la robustez de acero del hombre á quien los excesos ni rinden ni consumen. Verdad que estas singulares condiciones del vizconde las adivinaba yo por la aptitud que tengo para restar los estragos de la vejez y reconstruir á las personas tal cual fueron en sus mejores años.
Gustaba el vizconde de charlar conmigo, y á veces me refería lances de su azarosa vida, que no serían para contados, si él no supiese salvar los detalles escabrosos con exquisito aticismo, y cubrir la inverecundia del fondo con lo escogido de la forma. No obstante, en las narraciones del vizconde había algo que me sublevaba, y era la absoluta carencia de sentido moral, el cinismo frío, visible bajo la delicada corteza del lenguaje. Punzábame una curiosidad, y pensaba entre mí: «¿Será posible que este hombre, que para sus semejantes ha sido no sólo inútil, sino dañino; que ha libado el jugo de todas las flores sacando miel para embriagarse de ella, aunque la destilase con sangre y lágrimas; este corsario, este negrero del amor, repito, será posible que no haya conservado nada vivo y sano bajo los tejidos marchitos por el libertinaje? ¿No tendrá un remordimiento, no habrá realizado un acto de abnegación, una obra de caridad?»
Un día me resolví á preguntárselo directamente.
--Porque al fin--le dije--en las batallas que usted solía ganar hay muertos y heridos; sólo que, como en las heridas de florete, la hemorragia es interna, pues el honor manda callar y sucumbir en silencio. ¡Cuántos maridos, cuántos hermanos, cuántos padres (sin hablar de las propias víctimas) habrán ardido por culpa de usted en un infierno de vergüenza!
--¡Bah! No lo crea usted--respondía el don Juan sin alterarse en lo más mínimo.--En estas cuestiones, los expertos somos un poquillo fatalistas. ¡Lo escrito se cumple! Y lo que yo, por escrúpulos más ó menos justificados, desperdiciase, otro lo recogería, quizá con menos arte, tino y miramiento que yo. La pavía madura cuelga de la rama y va por instantes á desprenderse del tallo. El que pasa y la coge suavemente, le ahorra el sonrojo de caer al suelo, de mancharse, de ser pisada...
Al ver que su extraño razonamiento me dejaba algo perplejo, el vizconde añadió:
--A pesar de todo, confieso que hice un acto de abnegación y que tengo un remordimiento...
Esperé, y el viejo, apoyando la barba en dos dedos de la mano izquierda, habló con lentitud y en tono menos irónico que de costumbre:
--Ha de saber usted que tuve una hermana que se casó y se murió casi en seguida (en mi casa todos murieron jóvenes y tísicos, excepto yo, que absorbí la fuerza que debía repartirse entre los demás). Mi cuñado, poco después, se cayó de un caballo y no sobrevivió á la caída. Quedó una niña, bonita como un serafín. Yo era su tutor, y aunque cuidé bien de su educación y de sus intereses, la veía poco, porque no me gustan los chiquillos. Vino la pubertad, y entonces la criatura tomó formas menos seráficas y más apetecibles para los humanos. Y, cosa rara, si de chiquilla, al verme, se deshacía en fiestas y se volvía loca de gozo, ya de mujercita no parecía sino que la afligía mi presencia, y me acuerdo que hasta sufrió un síncope porque la dí un beso paternal... Paternal (se lo afirmo á usted bajo palabra de honor), porque tenemos la tontería de figurarnos que los que conocimos niños no llegan nunca á personas mayores...
Con todo, ciertos errores pronto se disipan, y como los síntomas iban acentuándose, no tardé en conocer la índole de la enfermedad... La muchacha repito que era una hermosura. Le enseñaré á usted su retrato, y me dirá si exagero. Aparte de esto de la belleza, nunca ví mujer que más traspasada se mostrase. Rendida ya, vencida por fuerza superior á su albedrío, lejos de huirme, me seguía y buscaba incesantemente, y se leía en sus ojos, en su voz y en sus menores acciones, que era tan mía, tan mía que podía yo marcarla en la frente la S y el clavo. Mi edad era entonces la de las pasiones violentas: tenía treinta y ocho años... pero ¡así y todo!...
--¿No se resolvió usted á coger la pavía?
--No era pavía, como usted verá--respondió el calaverón frunciendo las cejas.--Lo que puedo decir á usted es que al comprender la realidad, huí de mi sobrina, viajé, estuve ausente más de un año, y al ver á mi regreso á la niña enferma de pasión y amartelada como nunca, la hablé lo mismo que un padre, la pinté mi vida y mi condición y hasta mis vicios...
--Leña al fuego--interrumpí.
--¡Leña al fuego, sí, tal vez!... En fin, la dije redondamente que estaba resuelto á no casarme nunca; que no me casaría ni con Eugenia de Montijo, emperatriz de Francia...
--¿Y ella?...
--Ella... Ella... después de llorar y de ponerse más pálida y más roja y más temblorosa que una sentenciada... acabó por decirme que... soltero ó casado, malo ó bueno, rico ó pobre...
--¡Comprendo!...
--Bien, pues yo... no sólo rehusé, desvié, contuve, sino que busqué marido, joven, guapo, bueno... y con todo mi ascendiente, con mi mandato, lo hice aceptar...
--¡Ya me parecía!--exclamé entusiasmada.--¡Una acción generosa, bonita! ¡Si no podía menos!
--Una acción detestable--repuso el vizconde, cuyos labios temblaron ligeramente.--Así que se casó mi sobrina, se me cayeron á mí las escamas de los ojos, y me hice cargo de que me estaba muriendo por ella... Y la busqué, y la perseguí, y la asedié, y agoté los recursos, y sólo encontré repulsa, glacial desdén, rigor tan sistemático y tan perseverante, que me dí por vencido, y me salieron las primeras canas...
--Vamos, la sobrinita se encontraba bien con el marido que usted eligió...
--Tan bien--añadió el don Juan sombríamente--que a los seis meses mi sobrina enfermó de pasión de ánimo; y á los diez, en la agonía, me llamó para despedirse de mí y decirme al oído que... ¡como siempre!
Tresmes bajó la cabeza y me pareció ver que una nube cruzaba por su frente olímpica.
--Ahí tiene usted--murmuró después de una pausa,--mi remordimiento. Nadie debe salirse de su vocación, y la mía no era conducir á nadie al sendero del deber y la virtud.
Temprano y con sol...
EL empleado que despachaba los billetes en la taquilla de la estación del Norte no pudo reprimir un movimiento de sorpresa cuando la infantil vocecica pronunció, en tono imperativo:
--¡Dos de primera... á Paris!...