Part 14
La víspera de la boda, Martina le esperaba, como de costumbre, en el gabinetillo. La madre, que vigilaba sus coloquios, no creyó que aquella noche fuese preciso hacer centinela: ocupada en quehaceres múltiples, dejó sola á su hija. Y Martina, en vez de alegrarse, sintió de pronto una pena agobiadora, inmensa, una desolación sin límites, un miedo horrible á algo que no se explicaba, ni se fundaba en nada racional. Tardaba ya Mendoza. Sonó la campanilla, y por instinto Martina se lanzó á la escalera. El criado la presentó una carta que acababa de traer «el asistente del señorito». ¡Una carta! Las piernas de Martina parecían de algodón: creyó que nunca podría andar el trecho que separaba la antesala del gabinete. Se acercó á la lámpara, rompió el sobre, leyó... Antes que sus ojos la había leído su corazón, fiel zahorí.
Aquellas excusas, aquellas forzadas frases de cariño, aquellas mentiras con que se pretendía paliar la infame deserción, las presentía Martina desde una hora antes. Y los motivos de la repentina marcha, bien sabía Martina que no eran los que fingía la carta, sino otros, que no podían decirse, pero que explicaban á la vez el viaje y la continua tristeza, invencible, misteriosa, de su futuro... Llamábale otra vez el abismo; resucitaba lo que sin duda no había muerto. Martina cayó desplomada en el sofá: no lloraba: gemía bajito, como quien reprime la queja de mortal dolor. Sin embargo, la misma violencia del golpe; la indignación,--mil sentimientos confusos,--la impulsaron á levantarse, tomar un fósforo, pegar fuego á la carta, abrir la ventana y echar á volar las cenizas, cual si temiera que la delatasen. Buscando luego á sus padres, les declaró con voz firme y serena que había renunciado, por su gusto y deliberadamente, á casarse con Lorenzo Mendoza, al cual no volverían á ver más, porque salía aquella noche en el tren correo hacia Madrid.
Poseían los padres de Martina una casa de campo no muy distante de la ciudad, y en ella se ocultaron con su hija, para dejar disiparse la primer polvareda de la deshecha boda. Allí pasaron el invierno; Martina parecía contenta. La hablaron de viajes á la corte, al extranjero: rechazó la idea con disgusto. Vino la primavera y ya no pensaron en dejar la residencia campestre. Al acercarse el otro invierno preguntaron á Martina, y pidió, por favor, encarecidamente, un año más de soledad. La misma escena se repitió al siguiente; los padres empezaban á impacientarse: les parecía que ya era hora de que su hija volviese al mundo y se le buscase otro novio formal y auténtico, que borrase de su memoria lo pasado. Mas en esto aconteció que enfermaron los viejos, y con distancia de pocos días sé los llevó al sepulcro, al padre una fiebre reumática, y á la madre un inveterado padecimiento del corazón. Martina, sola ya, de luto riguroso, negóse á recibir pésames, á admitir consuelos de amigas, y se encerró más que nunca entre las paredes de su tapia, y entre los árboles de su solitaria finca. Corrió algún tiempo. En Marineda ya apenas se hablaba de Martina. Los más la creían maniática. No la trataba nadie.
* * * * *
Una tarde golpeó el aldabón de la portalada un jinete, que regía un caballejo castaño. El hortelano salió á abrir, y contestó la frase sacramental: la señora no estaba, y además no acostumbraba admitir visitas.
--Dígale usted--objetó el jinete apeándose--¡que es D. Lorenzo Mendoza!... Puede ser que entonces...
A los diez minutos volvía el hortelano con respuesta negativa, terminante. Mendoza bajó la cabeza é hizo ademán de volver á montar. De pronto, como si variase de parecer y obedeciese á una inspiración súbita, arrollando al hortelano, cruzó la puerta, se metió patio adentro, subió una escalera exterior tapizada de madreselvas, que daba acceso á la casa, y entró en una sala obscura, de vidrieras entornadas, silenciosa. Oyó un grito de mujer; fué derecho á donde sonaba y estrechó á Martina en los brazos. No hubo palabras: todo se expresó con halagos, inarticulados sones, caricias insensatas por parte de él, primero rechazadas débilmente y pagadas luego. Después vinieron las excusas, los ruegos, las explicaciones que Mendoza dió casi de rodillas, y ella oyó trémula, desfallecida, reclinada la cabeza en el hombro del suplicante. Y siguieron las promesas, los juramentos, las protestas de enmienda y lealtad, los plazos de ventura que Mendoza desarrollaba risueño, enclavijando sus dedos en los de Martina, que no oponían resistencia. La noche caía; la luna llena se alzaba blanca y apacible; las madreselvas exhalaban su balsámico aroma. Los antiguos novios eran ya amantes; la primavera se trocaba en estío; y el enajenado Mendoza no echó de ver que Martina, en medio de su delirio, á veces gemía muy bajo, como quien reprime la queja de mortal dolor--como había gemido años antes al recibir la carta de despedida.
A la mañana siguiente, cuando despertó Mendoza, no vió á Martina: la llamó á voces, y no contestó nadie. Por fin acudieron los criados; sabían que su ama se había marchado tempranito, pero ignoraban adonde...
En Marineda se supo sin asombro, á la semana siguiente, que Martina vivía reclusa, como _señora de piso_, en un convento de Compostela. Lo que nunca se divulgó fué que hubiese adoptado tal resolución por evitar el sonrojo de sentirse morir de felicidad cerca de _aquél_ que un día la engañó y vendió.
Apólogo
Habíase enamorado Vicente de Laura oyéndola cantar una opereta en que desempeñaba, con donaire delicioso, un papel entre cómico y patético. La natural hermosura de la cantante parecía mayor, realzada por atavío caprichoso y original, al reflejo de las candilejas, que jugueteaba en la tostada venturina de sus ondeantes y sueltos cabellos, flotantes hasta más abajo de la rodilla. Hallábase Laura en esos primeros años felices de la profesión en que un nombre, después de hacerse conocido, llega á ser célebre; esos años en que la chispita de luz se convierte en astro, y los homenajes, las contratas, los ramilletes, las joyas, los retratos en publicaciones ilustradas, los artículos elogiosos, caldeados por el entusiasmo, llueven sobre la artista lírica, halagando su vanidad, exaltando su amor propio y haciéndola soñar con la gloria. ¿Por qué entre el enjambre de adoradores que zumbaba á su alrededor Laura distinguió á Vicente, escogió á Vicente, oficial que no poseía más que su espada y un apellido, eso sí, muy ilustre: el sonoro apellido hispano-árabe de Alcántara Zegrí?.
Lo cierto es que la elección de Laura fué muy perjudicial á su tranquilidad y dicha. Vicente Zegrí, como le llamaban sus amigos, por atavismo y tradiciones de raza llevaba en la sangre el virus corrosivo de los celos; y si esta enfermedad moral hace estragos donde quiera que aparece, no pueden calcularse sus consecuencias en hombre que ama á mujer de profesión artística, cuyas gracias, en cierto modo, tiene derecho el publico á usufructuar. Antes anduvo Vicente rabioso que gozoso; tragó la hiel cuando aún no gustara la miel, y nunca recibió el divino premio de los halagos de la amada, sin que se lo amargasen con amargor de muerte negras sospechas, infames imaginaciones y desesperados recelos. Tanto pudo con él esta fatiga y desazón celosa, que un día--ó, para no faltar á la verdad, una noche en que á la salida del teatro había acompañado á Laura--ya no acertó á reprimirse, y abrió su corazón, mostrando lo profundo de la llaga.
--Mi sufrimiento es tal--declaró estrujando las manos de su amiga, en aquel momento heladas de terror--que necesito echar por la calle de en medio, realizar una acción decisiva: á seguir así, me volvería loco, y haga lo que haga, quiero hacerlo estando cuerdo, poseyendo la conciencia de mis actos. Cuando te aplauden, siento impulsos de prender fuego al teatro; cuanto se te llena de necios y de osados el _camerino_, se me ocurre sacar la espada y entrar pegando tajos á diestro y siniestro. La tentación es tan fuerte, que por no ceder á ella suelo marcharme á mi casa; pero como me conozco y sé que tarde ó temprano cedería, prefiero consultarte, confesarme contigo, á ver si entre los dos discurrimos modo de salvarnos.
Laura miraba fijamente al oficial, notando con profundo estremecimiento el brillo siniestro de sus pupilas, el temblor involuntario de sus labios cárdenos, lo fruncido de sus cejas, la crispación de sus dedos, la alteración de su voz; y con dulce sonrisa y acento que chorreaba ternura, le preguntó, entre un intento de caricia que rehuyó el celoso:
--¿Y qué has pensado hacer, Vicente mío? Ya que discutimos amigablemente, dímelo sin reparo y te contestaré con franqueza.
--¡He pensado que nos casemos, que seas mi esposa!--declaró Zegrí.
--¿Y que yo... renuncie al arte?
--¡Pues si no renunciases, bonito negocio!--exclamó el enamorado con exaltada vehemencia.--¿Te habrás figurado otra cosa, eh? Desde el momento en que Vicente Zegrí se llame tu marido, á tu marido pertenecerás, y él y sólo él podrá contemplar tus hechizos, oir tu canto y ver desatada esta cabellera.--Al hablar así agarró la profusa mata de pelo, sacudiéndola con furor apasionado.
Púsose Laura más blanca que los encajes de su bata de seda; el tirón había dolido; pero ni la sonrisa se apartó de sus labios, ni un punto cambió la lánguida y acariciadora expresión de sus ojos. Dirigiéndose á Vicente con reposo y dulzura, le interrogó:
--¿Me permites que te cuente un cuento oriental? Me lo refirieron allá en Rusia, donde he cantado hace dos inviernos, y donde tienen muchas ganas de que vuelva una temporadita.
Pasándose la mano por la frente como para espantar una pesadilla, Vicente hizo con la cabeza señal de que estaba dispuesto á oir.
--Parece--empezó Laura--que hubo en Rusia, no sé en qué siglo, un Rey muy malo y feroz, á quien le pusieron por sus desafueros y tiranías el sobrenombre de _Iván el Terrible_. Aunque con Dios no debía de estar muy á bien, el caso es que se le ocurrió construir una catedral magnífica, dedicada á un santo que allí le llaman _Vassili Blagennoi_, lo cual significa _el Bienaventurado Basilio_...
--¿Y qué tiene que ver...?--murmuró Vicente, no sin impaciencia.
--¡Aguarda, aguarda...! El Rey buscó mucho tiempo arquitecto capaz de comprender toda la suntuosidad y grandeza que él deseaba para la catedral, hasta que por fin se presentó uno con un plano asombroso, que dejó al Rey encantado. Elevóse el templo, y fué pasmo y admiración de todos; y el Rey, contentísimo, colmó de regalos y de honores y distinciones al arquitecto.--Un día, terminadas las obras, le llamó á palacio y le preguntó si se creía capaz de erigir otro templo tan magnífico y sorprendente como aquél. El arquitecto, lisonjeado, respondió que sí, y que hasta esperaba idear nuevo edificio que superase al primero en belleza y esplendor. Entonces el bárbaro del Rey, sirviéndose del agudo chuzo de hierro que llevaba siempre á la cintura, le vació al pobre arquitecto los dos ojos uno tras otro, á fin de que jamás pudiese construir para nadie un templo...
Laura calló, y Vicente Zegrí, que acababa de comprender la moraleja del apólogo, la miró con una especie de estravío. Ligera espuma asomó al canto de su boca, y por sus venas serpeó el frío sutil del aura epiléptica, que incita al crimen. Dominándose con esfuerzo supremo se incorporó, dispuesto á marcharse, y articuló pausadamente mientras recogía su airosa capa española:
--Ese Rey hizo mal. Sacar los ojos es acción propia de un verdugo. Si quería inutilizar al arquitecto, debió matarle.
Diciendo así, con súbito impulso se acercó Vicente á Laura, la rodeó con los brazos, y tan violentamente la apretó, de tan insensato modo, incrustándole tan reciamente los dedos en las costillas, que la artista exhaló un grito de miedo, un chillido que salía del fondo de su ser, de esos que sólo dicta el instinto de conservación, el horror á la nada y al sepulcro. Al oir el grito, Vicente la soltó, embozóse en su capa y salió tropezando con las paredes.
Pasóse lo que faltaba hasta el amanecer vagando por las calles, en un estado tan horrible, que dos ó tres veces se recostó en una puerta para llorar. El día que siguió á aquella noche no fue menos cruel. Escribió á Laura cien cartas, que desgarraba después con furia; adoptó y desechó mil planes contradictorios; pensó en echarse de rodillas, en suicidarse, en abrasar el barrio, en secuestrar á su amada á viva fuerza, y, por último, la idea de la muerte fué la que se esculpió en su espíritu con relieve poderoso. Su alma pedía sangre, hierro y fuego, violencia, destrozo y aniquilamiento; el instinto anárquico que tantas veces acompaña al amor, se alzaba rugiente y desatado como racha de huracán. Ya ni siquiera intentaba Vicente recobrar la razón, la cordura y el aplomo: las imágenes suscitadas por los celos, Laura atrayendo á sí los ojos de tantos hombres, que se recreaban en sus gracias y picardías, que bebían su voz, que la admiraban con el cabello suelto, eran flechas de llama que le desatinaban, como al toro la ardiente banderilla. Ni aun creía amar á Laura: la consideraba una enemiga mortal. Figurábase por momentos que la odiaba con toda su voluntad iracunda, y este odio clamaba por saciarse y gozarse en la destrucción.
Llegada la hora de ir al teatro, donde cantaba Laura una de las operetas en que estaba más linda y recogía más aplausos, Vicente, resuelto, algo aliviado por la decisión fiera, concreta, irrevocable, se echó al bolsillo el revólver. Si sufría demasiado... allí tenía el remedio. Ya habían alzado el telón, pero no aparecía Laura; y Vicente, abstraído en su frenesí, hubo de notar por fin que la gente profería exclamaciones de descontento y que la función no era la anunciada, la que Laura debía representar. Alarmado, antes de terminarse el acto dejó su asiento, corrió á informarse entre bastidores... Aquella mañana misma, la cantante había rescindido su contrata perdiendo lo que quiso el empresario, y partido en dirección á San Petersburgo.
A secreto agravio...
Aquella tienda de ultramarinos de la calle Mayor regocijaba los ojos y era orgullo de los moradores de la ciudad, quienes, después de mostrar á los forasteros sus dos o tres monumentos románicos y sus Docks, no dejaban de añadir: «Fíjese usted en el establecimiento de Riopardo, que compite con los mejores del extranjero.»
Y competía. Los amplios vidrios; los escaparates de blanco mármol; las relucientes balanzas; los grifos de dorado latón; el artesonado techo; las banquetas forradas de rico terciopelo verde de Utrecht; las brillantes latas de conservas formando pirámides; las piñas y plátanos maduros en trofeo; las baterías de botellas de licor, de formas raras y charoladas etiquetas, todo alumbrado por racimos de bombillas eléctricas, hacían del establecimiento un suntuoso palacio de la golosina. Así como en Madrid salen las señoras á revolver trapos, en la apacible capital de provincia salían «á ver qué tiene Riopardo de nuevo.» Riopardo sustituía al teatro y á otros goces de la civilización; y los turrones y los quesos y los higos de Esmirna eran el pecadillo dulce de las pacíficas amas de casa y sus sedentarios maridos, por lo cual no faltaban censores mal humorados y flatulentos que acusasen á Riopardo de haber corrompido las costumbres y trocado la patriarcal sencillez de las comidas en fausto babilónico...
Entretanto, el establecimiento medraba, y Riopardo, moreno, afeitado, lucio, adquiría ese aplomo que acompaña á la prosperidad. Los negocios iban como una seda, y esperaba morir capitalista, á semejanza de otros negociantes de la misma plaza que habían tenido comienzos más humildes aún... Hoy convenía trabajar, aprovechando el vigor de los treinta años y la salud férrea. De día, desde las seis de la mañana, al pie del cañón, haciendo limpiar y asear, pesando, despachando, cobrando; de noche, compulsando registros, copiando facturas, contestando cartas... y así, sin descanso ni más intervalo que el de algún corto viaje á Barcelona y Madrid.
De uno de éstos volvió casado Riopardo; su mujer, linda muchacha, hija de un perfumista, apareció en la tienda desde el primer día, ayudando en el despacho á su marido y al dependiente. La cara juvenil y la fina habla castellana de María fueron otro aliciente más para la clientela. Sin ser activa ni laboriosa como su esposo, María era zalamera y solícita y daba gozo verla, bien ceñida de corsé, muy fosca de peinado, cortar con su blanca manecita de afilados dedos una rebanada de Gruyère ó una serie de rajas de salchichón, sutiles como hostias, pesarlas pulcramente y envolverlas en papeles de seda atados con cinta azul. La tienda sonreía, animada por el revuelo de unas faldas ligeras, y nadie como María para aplacar á una parroquiana descontenta, para halagar á un parroquiano exigente, para regalar un cromo á un niño ó deslizar un puñado de dátiles en el delantal de una cocinera gruñona...
El ejemplo de María, su atractivo, su complacencia, habían influído en el dependiente Germán. Mientras estuvo solo con Riopardo, Germán era hosco, indiferente y torpe; no se mudaba, no se rasuraba. María le arregló el cuarto--porque Germán vivía con sus patrones en el piso principal--le surtió de buen lavabo, de toallas; le repasó la ropa blanca y le compró cuellos y puños, con lo cual el dependiente sacó á luz su figura adamada, su rubio pelo rizado con gracia sobre la sien, y las criadas y las mismas señoras compraron de mejor gana en el establecimiento, que al fin las cosas de comer gusta recibirlas de gente aseada, moza y no fea... «También se come con la vista», solían decir.
Una tarde, casi anochecido, Riopardo, volviendo de arreglar asuntos urgentes en la Aduana, prefirió entrar en su casa por la puerta trasera, que caía á la Marina, ahorrándose así diez minutos de callejeo inútil, pues era, á fuer de hombre de acción, avaro de tiempo. Tenía en el bolsillo el llavín: abrió, salvó un pasadizo, y empujó la puerta del almacén, que cedió sin rechinar. El almacén, atestado de latas de petróleo, bocoyes de aguardiente y aceite, y sacas de arroz y harina, estaba á obscuras, y allá á su extremidad, Riopardo creyó percibir un cuchicheo ahogado y suave. Se detuvo, resguardado por una gran barrica, y miró. Al pronto no se ve nada, viniendo de fuera, cuando la luz es poca; pero á los tres minutos, la vista se acostumbra, y algo se percibe. Riopardo logró distinguir dos personas. De pronto, una de ellas, Germán, dijo en alta voz: «Está alguien en la tienda.» Y el modo de separarse, brusco, azorado, fué más inequívoco aún que la proximidad de los dos bultos...
Retrocedió Riopardo: salió por donde había entrado, y sin cuidarse ya de economizar tiempo penetró por la tienda en su casa. Cerróse ésta á la hora habitual; cenaron los tres, marido, mujer y dependiente, y se recogieron en paz á sus respectivos dormitorios los dos últimos. Riopardo volvió á bajar: era el momento de repasar cuentas y manejar libros. Llevaba su linterna sorda que le servía para registrar el almacén, en previsión de un incendio; y ya dentro del vasto recinto, empezó por atrancar la puerta que daba al pasadizo, y probar los cerrojos de la que con la tienda comunicaba.
Después, entregóse á una faena extraña: abrió un centenar de latas de petróleo y las inclinó para que el mineral corriese por el suelo; en seguida, ensopando una gran escoba en los charcos que se formaban, barnizó bien un punto determinado del techo, rociándolo de continuo con hisopazos fuertes. De un rincón trajo brazados de paja, papeles y astillas--residuos de los embalajes de las botellas--y los hacinó hasta formar una pirámide, que con ayuda de una escalera subió á la altura de las vigas del techo, en el mismo punto en que las había untado de petróleo. Hecho esto, siguió destapando latas y dió la vuelta al grifo de un inmenso barril de alcohol. El trajín había sido largo; Riopardo sentía que un sudor helado brotaba de sus cabellos. Descansó un instante y miró el reloj: era la una menos cuarto. Entonces se descalzó, abrió la puerta exterior dejándola arrimada, subió furtivamente la escalera y no paró hasta su alcoba. María dormía ó aparentaba dormir serenamente. La alcoba no tenía ventana. Riopardo, con maravilloso silencio, colocó delante de la vidriera sillas, butacas, ropas, un cofre, cuantos objetos pudo trasladar sin hacer ruido.
Retiróse, y al salir echó por fuera cerrojo y llave á la puerta del gabinete que comunicaba con la alcoba. Descendió otra vez á la tienda, metióse en el almacén, raspó un fósforo, encendió una mecha corta y la aplicó al suelo encharcado de aceite mineral. La llamarada súbita que se alzó le chamuscó pestañas y cabello. Sólo tuvo tiempo de huir á la tienda. El almacén no tardaría tres minutos en ser un brasero enorme.
El marido, con flema, se calzó, se limpió las manos y subió pisando recio. Golpeó á la puerta del dormitorio de Germán, que salió medio desnudo, despavorido. «Creo que hay fuego... Huele á humo... Baje usted... ¡No, antes de pedir socorro hay que cerciorarse!» Germán se precipitó sin más ropa que unos pantalones vestidos á escape y babuchas. Mal despierto aún del primer sueño de los veinte años, casi no comprendía lo que pasaba. Le precedía, Riopardo con la indispensable linterna.
Tienda y portal estaban ya llenos de un humo acre, asfixiante. «Pase usted, mire á ver dónde es...» Titubeaba el dependiente, ciego y atónito; Riopardo le empujó, le precipitó, ya sin disimular, dentro del horno, y aún tuvo fuerzas para correr los cerrojos y huir, saliendo al portal y á la calle. En ella respiró con delicia, cerciorándose de que por allí no andaba el sereno, ni pasaba nadie, y probablemente sucedería lo mismo durante el cuarto de hora necesario...
Sin embargo, á los diez minutos el humo era tal que, temeroso de ver abrirse ventanas y oir voces de socorro, el mismo Riopardo gritó. Al llegar los primeros auxilios, la casa, sobre todo el bajo y principal, no formaban más que una hoguera. Se atendió á aislar las casas vecinas y á salvar con escalas á los inquilinos del segundo y tercero. La fatalidad--observaron las gentes--quiso que el fuego se iniciase en la parte del almacén que correspondía con el dormitorio de la esposa de Riopardo, la cual, asfixiada por el humo, ni pudo levantarse á pedir socorro. Apareció carbonizada, lo mismo que el dependiente, presunto reo de imprudencia temeraria por fumar en el almacén.
No estando aseguradas las existencias del establecimiento, sobre el dueño no recayeron sospechas, sino gran lástima. Arruinado completamente, no faltó quien, estimando sus cualidades mercantiles, su laboriosidad, le adelantase dinero para abrir otra lonja; pero Riopardo dice tristemente á su antigua y fiel clientela:
--Ya no tengo ilusión... ¡Una esposa y un dependiente como los que perdí, no he de encontrarlos nunca!
La religión de Gonzalo
¿Y qué tal tu marido?--preguntó Rosalía á su amiga de la niñez Beatriz Córdoba, aprovechando el momento de intimidad y confianza que crea entre dos personas la atmósfera común, tibia de alientos y saturada de ligeros perfumes, de una berlina bien cerrada, bien acolchada, rodando por las desiertas calles del Retiro á las once de una espléndida y glacial mañana de Diciembre.
--¿Mi marido?--contestó Beatriz marcando sorpresa, porque creía que su completa felicidad debía leerse en la cara.--¿Mi marido? ¿No me ves? ¡Otro así...! Por la de nadie cambiaría yo mi suerte...
Rosalía hizo un gestecillo, el mohín de instinto malévolo con que los mejores amigos acogen la exhibición de la ajena dicha, y murmuró impaciente:
--Mira, yo no te pregunto de interioridades. No soy tan indiscreta... Me refería á las ideas religiosas... ¿No te acuerdas?... ¡Gonzalo era... así... de la cáscara amarga, vamos!