Cuentos de amor

Part 13

Chapter 133,917 wordsPublic domain

En mi pueblo, como sabéis, no suele haber grandes emociones, y cualquier cosa se vuelve acontecimiento. Todo constituye distracción, rompiendo la monotonía de aquel vivir.--Hará cosa de tres años, en primavera, nos alborotó la llegada de una tribu errante de gitanos ó zíngaros. Plantaron sus negruzcas tiendas y amarraron sus trasijadas monturas en cierto campillo árido, cercano á uno de los barrios en construcción, y formamos costumbre de ir por las tardes á curiosear las fisonomías y los hábitos de tan extraña gente.

Nos gustaba ver cómo remendaban y estañaban calderos y componían jáquimas y pretales, todo al sol y con la cabeza descubierta, porque dentro de las tiendas no se rebullían. Comentábase mucho la noticia de que el jefe de una taifa tan sórdida y desarrapada hubiese depositado en el Banco, el día de su arribo, bastantes miles de duros en ricas onzas españolas, de las que ya no se encuentran por ninguna parte. Viajaban con su caudal, y por no ser desbalijados, al sentar sus reales lo aseguraban así. Se decía también que poseían á docenas soberbias cadenas de oro y joyeles bárbaros de pedrería; pero es la verdad que, al exterior, sólo mostraban miserias, andrajos y densa capa de mugre, no teniendo poco de asombroso que tan mala capa no bastase á encubrir ni á degradar la noble hermosura y pintoresca originalidad de los bohemios que admirábamos.

Resaltaba esta belleza en todos los individuos jóvenes de la tribu; pero, como es natural, yo prefería observarla en las mujeres, y solía acercarme á la tienda donde habitaba una gitanilla del más puro tipo oriental que pueda soñarse. Esbelta, de tez finísima y aceitunada; de ojos de gacela, tristes, almendrados é inmensos; de cabellera azulada á fuerza de negror y repartida en dos trenzas de esterilla á ambos lados del rostro, la gitana estaba reclamando un pintor que se inspirase en su figura. Aunque era, según supe después, esposa del jefe de la tribu, su vestimenta se componía de una falda muy vieja y un casaquín desgarrado, por cuyas roturas salía el seno, y en lugar de los fantásticos joyeles del misterioso tesoro, adornaba su cuello una sarta de corales falsos. Su tierna juventud y su singular beldad resplandecían iluminando los harapos y el interior de la tienda, por otra parte semejante á un capricho de Goya, donde humeaba un pote sobre unas trébedes y un fuego de brasa, atizado por una gitana vieja, tan caracterizada de bruja, que pensé que iba á salir volando á horcajadas sobre una escoba.

Así que me vió la gitanilla, con voz muy melodiosa y con gutural pronunciación extranjera me pidió la mano para echarme la buenaventura. Se la tendí, con dos pesetas para señalar, y después de oídas las profecías que dicen siempre las gitanas, dejé gustoso las dos pesetas en su poder. La mujer hablaba aprisa, porque un chiquillo desnudo, de cobriza tez, arrastrándose por el suelo, lloriqueaba; así que su madre le tomó en brazos, calló agarrando el seno. De súbito la gitana exhaló un chillido de dolor: el crío acababa de morderla cruelmente, y ella, casi en broma, aplicó dos azotes ligeros á la criatura. No sé que fué más pronto, si romper el chico en llanto desconsolador ó entrar en la tienda el jefe de la tribu, un arrogante bohemio de enérgicas facciones y pelo rizado en largos bucles; y sin encomendarse á Dios ni al diablo, profiriendo imprecaciones en su jerigonza, soltarle á su mujer un feroz puntapié que la echó á tierra.

Indignado por tal brutalidad, me precipité á levantarla; se alzó pálida y temblando; sus ojos oblongos, tan dulces poco antes, fulguraban con un brillo sombrío, que me pareció de odio y furor, pero al fijarse en mí destellaron agradecimiento. No lo pude remediar; aunque por sistema con nadie ni en nada me meto, aquella escena me había trastornado: apostrofé é increpé al gitano, y hasta le amenacé, si maltrataba de tal suerte á una criatura indefensa, con denunciarle á la autoridad, que le aplicaría condigno castigo. No sé qué pasaría por dentro del alma del bohemio: sé que me escuchó muy grave, que chapurreó excusas, y al mismo tiempo, á guisa de amo de casa que hace cortesía, me acompañó, sacándome fuera de su domicilio, á pretexto de enseñarme los caballos y los carricoches; en términos que, al despedirme de aquel hombre, me creí en el deber de aflojar otras monedas... que aceptó sin perder la dignidad.

Al día siguiente, y los demás, volví al campamento y fuí derecho á la tienda de la gitana... ¡No arméis alboroto ni me déis broma! Yo no sentía nada parecido á lo que suele llamarse, no ya amor, sino sólo interés ó capricho por una mujer. Quizás por obra de la suciedad salvaje en que vivía envuelta la gitana, ó por el carácter exótico de su hermosura de dieciséis abriles, lo que me inspiraba era una especie de lástima cariñosa unida á un desvío raro: yo no concebía, con tal mujer, sino la contemplación desinteresada y remota que despiertan un cuadro ó un cachivache de museo. A veces me creía inferior á ella, que procedía de raza más pura y noble, de aquel Oriente en que la humanidad tuvo su cuna; otras, por el contrario, se me figuraba un animal bravío, un ser de instinto y de pasión á quien yo dominaba por la inteligencia. Y encontraba gusto en ir á verla, únicamente porque ella, al aparecer yo, mostraba una alegría pueril, una exaltación inexplicable, sonriendo con labios muy rojos y dientes muy blancos, diciéndome palabras zalameras, contándome sus correrías, sus fatigas y sus deseos de regresar á una patria donde el firmamento no tuviese nubes, ni llorase agua jamás. «Feo cuando llueve», repetía. A esto se redujo nuestro idilio... No tengo nada de héroe, y así que noté que el arrogante gitano fruncía las negrísimas y correctas cejas al encontrarme en sus dominios, espacié mis visitas, y ni siquiera me despedí de mi amiga--pues los bohemios levantaron el campo de improviso una mañana, y desaparecieron, sin dejar más huellas de su paso que varios montones de carbón y ceniza en el real, y dos ó tres hurtos de poca monta que se les atribuyeron, quizás falsamente.

Hasta aquí la historia es bien sencilla... Lo novelesco empieza ahora... y consiste en un solo hecho, que ustedes explicarán como gusten... pues yo me lo explico á mi modo, y acaso esté en un error! Al mes de alejarse de mi ciudad la tribu zíngara, se supo por la prensa que en las asperezas de la sierra de los Castros habían descubierto unos pastores el cuerpo de una mujer muy joven, cuyas señas inequívocas coincidían con las de mi gitanilla. El cuerpo había sido enterrado á bastante profundidad, pero venteado por los perros y desenterrado prontamente, dió á la justicia indicios de que se hallaba sobre la pista de un horrendo crimen. Se inició el procedimiento sin resultado alguno, porque los de la errante tribu estuvieron conformes en declarar que la gitanilla había huído separándose de ellos, y que ellos no se habían acercado ni á veinte leguas de la sierra de los Castros. La muerte de la gitanilla fué un negro misterio más, de tantos como no desentraña la justicia nunca. Sólo yo creí ver claro en el lance... Acordéme de las palabras que Cervantes pone en boca del gitano viejo: «Libres y exentos vivimos de la amarga pestilencia de los celos; nosotros somos los jueces y verdugos de nuestras esposas y amigas; con la misma facilidad las matamos y las enterramos por las montañas y desiertos, como si fuesen animales nocivos; no hay pariente que las vengue, ni padres que nos pidan su muerte...»

El encaje roto

Convidada á la boda de Micaelita Aránguiz con Bernardo de Meneses, y no habiendo podido asistir, grande fué mi sorpresa cuando supe al día siguiente--la ceremonia debía verificarse á las diez de la noche en casa de la novia--que ésta, al pie del mismo altar, al preguntarle el Obispo de San Juan de Acre si recibía á Bernardo por esposo, soltó un _no_ claro y enérgico; y como reiterada con extrañeza la pregunta se repitiese la negativa, el novio, después de arrostrar un cuarto de hora la situación más ridícula del mundo, tuvo que retirarse, deshaciéndose la reunión y el enlace á la vez.

No son inauditos casos tales, y solemos leerlos en los periódicos; pero ocurren entre gente de clase humilde, de muy modesto estado, en esferas donde las conveniencias sociales no embarazan la manifestación franca y espontánea del sentimiento y de la voluntad.

Lo peculiar de la escena provocada por Micaelita, era el medio ambiente en que se desarrolló. Parecíame ver el cuadro, y no podía consolarme de no haberlo contemplado por mis propios ojos. Figurábame el salón atestado, la escogida concurrencia, las señoras vestidas de seda y terciopelo, con collares de pedrería, al brazo la mantilla blanca para tocársela en el momento de la ceremonia; los hombres con resplandecientes placas ó luciendo veneras de Ordenes militares en el delantero del frac; la madre de la novia, ricamente prendida, atareada, solícita, de grupo en grupo, recibiendo felicitaciones; las hermanitas, conmovidas, muy monas, de rosa la mayor, de azul la menor, ostentando los brazaletes de turquesas, regalo del cuñado futuro; el Obispo que ha de bendecir la boda, alternando grave y afablemente, sonriendo, dignándose soltar chanzas urbanas ó discretos elogios, mientras allá en el fondo se adivina el misterio del oratorio revestido de flores, una inundación de rosas blancas, desde el suelo hasta la cupulilla, donde convergen radios de rosas y de lilas como la nieve, sobre rama verde, artísticamente dispuesta; y en el altar, la efigie de la Virgen protectora de la aristocrática mansión, semioculta por una cortina de azahar, el contenido de un departamento lleno de azahar que envió de Valencia el riquísimo propietario Aránguiz, tío y padrino de la novia, que no vino en persona por viejo y achacoso--detalles que corren de boca en boca, calculándose la magnífica herencia que corresponderá á Micaelita, una esperanza más de ventura para el matrimonio, el cual irá á Valencia á pasar su luna de miel.--En un grupo de hombres me representaba al novio, algo nervioso, ligeramente pálido, mordiéndose el bigote sin querer, inclinando la cabeza para contestar á las delicadas bromas y á las frases halagüeñas que le dirigen...

Y por último, veía aparecer en el marco de la puerta que da á las habitaciones interiores una especie de aparición, la novia, cuyas facciones apenas se divisan bajo la nubecilla del tul, y que pasa haciendo crujir la seda de su traje, mientras en su pelo brilla como sembrado de rocío la roca antigua del aderezo nupcial... Y ya la ceremonia se organiza, la pareja avanza conducida por los padrinos, la cándida figura se arrodilla al lado de la esbelta y airosa del novio... Apíñase en primer término la familia, buscando buen sitio para ver amigos y curiosos, y entre el silencio y la respetuosa atención de los circunstantes... el Obispo formula una interrogación, á la cual responde un _no_ seco como un disparo, rotundo como una bala. Y--siempre con la imaginación--notaba el movimiento del novio, que se revuelve herido; el ímpetu de la madre, que se lanza para proteger y amparar á su hija, la insistencia del Obispo, forma de su asombro, el estremecimiento del concurso, el ansia de la pregunta transmitida en un segundo: «¿Qué pasa? ¿Qué hay? ¿La novia se ha puesto mala? ¿Que dice _no_? Imposible... ¿Pero es seguro? ¡Qué episodio!...»

Todo esto, dentro de la vida social, constituye un terrible drama. Y en el caso de Micaelita, al par que drama, fué logogrifo. Nunca llegó á saberse de cierto la causa de la súbita negativa.

Micaelita se limitaba á decir que había cambiado de opinión y que era bien libre y dueña de volverse atrás, aunque fuese al pie del ara, mientras el _sí_ no partiese de sus labios. Los íntimos de la casa se devanaban los sesos, emitiendo suposiciones inverosímiles. Lo indudable era que todos vieron, hasta el momento fatal, a los novios satisfechos y amarteladísimos; y las amiguitas que entraron á admirar á la novia engalanada, minutos antes del escándalo, referían que estaba loca de contento, y tan ilusionada y satisfecha que no se cambiaría por nadie. Datos eran estos para obscurecer más el extraño enigma que por largo tiempo dió pábulo á la murmuración, irritada con el misterio y dispuesta á explicarlo desfavorablemente.

A los tres años,--cuando ya casi nadie iba acordándose del sucedido de las bodas de Micaelita, me la encontré en un balneario de moda donde su madre tomaba las aguas. No hay cosa que facilite las relaciones como la vida de balneario, y la señorita de Aránguiz se hizo tan íntima mía, que una tarde, paseando hacia la iglesia, me reveló su secreto, afirmando que me permite divulgarlo, en la seguridad de que explicación tan sencilla no será creída por nadie.

--Fué la cosa más tonta... De puro tonta no quise decirla; la gente siempre atribuye los sucesos á causas profundas y trascendentales, sin reparar de que á veces nuestro destino lo fijan las niñerías, las _pequeñeces_ más pequeñas... Pero son pequeñeces que significan algo, y para ciertas personas significan demasiado. Verá usted lo que pasó; y no concibo que no se enterase nadie, porque el caso ocurrió allí mismo, delante de todos; sólo que no se fijaron, porque fué, realmente, un decir Jesús.

Ya sabe usted que mi boda con Bernardo de Meneses parecía reunir todas las condiciones y garantías de felicidad. Además, confieso que mi novio me gustaba mucho, más que ningún hombre de los que conocía y conozco; creo que estaba enamorada de él. Lo único que sentía era no poder estudiar su carácter: algunas personas le juzgaban violento; pero yo le veía siempre cortés, deferente, blando como un guante, y recelaba que adoptase apariencias destinadas á engañarme y á encubrir una fiera y avinagrada condición. Maldecía yo mil veces la sujeción de la mujer soltera, para la cual es un imposible seguir los pasos á su novio, ahondar la realidad y obtener informes leales, sinceros hasta la crudeza--los únicos que me tranquilizarían. Intenté someter á varias pruebas á Bernardo, y salió bien de ellas; su conducta fué tan correcta, que llegué á creer que podía fiarle sin temor alguno mi porvenir y mi dicha.

Llegó el día de la boda. A pesar de la natural emoción, al vestirme el traje blanco reparé una vez más en el soberbio volante de encaje que lo adornaba, y era regalo de mi novio. Había pertenecido á su familia aquel viejo Alenzón auténtico, de una tercia de ancho--una maravilla--de un dibujo exquisito, perfectamente conservado, digno del escaparate de un museo. Bernardo me lo había regalado, encareciendo su valor, lo cual llegó á impacientarme, pues por mucho que el encaje valiese, mi futuro debía suponer que era poco para mí.

En aquel momento solemne, al verlo realzado por el denso raso del vestido, me pareció que la delicadísima labor significaba una promesa de ventura, y que su tejido tan frágil y á la vez tan resistente prendía en sutiles mallas dos corazones. Este sueño me fascinaba cuando eché á andar hacia el salón, en cuya puerta me esperaba mi novio. Al precipitarme para saludarle llena de alegría, por última vez antes de pertenecerle en alma y cuerpo, el encaje se enganchó en un hierro de la puerta, con tan mala suerte, que al quererme soltar oí el ruido peculiar del desgarrón, y pude ver que un girón del magnífico adorno colgaba sobre la falda. Sólo que también vi otra cosa: la cara de Bernardo, contraída y desfigurada por el enojo más vivo; sus pupilas chispeantes, su boca entreabierta ya para proferir la reconvención y la injuria... No llegó á tanto, porque se encontró rodeado de gente; pero en aquel instante fugaz se alzó un telón y detrás apareció desnuda un alma.

Debí de inmutarme; por fortuna, el tul de mi velo me cubría el rostro. En mi interior algo crujía y se despedazaba, y el júbilo con que atravesé el umbral del salón se cambió en horror profundo. Bernardo se me aparecía siempre con aquella expresión de ira, dureza y menosprecio que acababa de sorprender en su rostro; esta convicción se apoderó de mí, y con ella vino otra: la de que no podía, la de que no quería entregarme á tal hombre, ni entonces, ni jamás... Y, sin embargo, fui acercándome al altar, me arrodillé, escuché las exhortaciones del Obispo... Pero cuando me preguntaron, la verdad me saltó á los labios, impetuosa, terrible...

Aquel _no_ brotaba sin proponérmelo; me lo decía á mí propia... ¡para que lo oyesen todos!

--¿Y por qué no declaró usted el verdadero motivo, cuando tantos comentarios se hicieron?

--Lo repito: por su misma sencillez... No se hubiesen convencido jamás. Preferí dejar creer que había razones de esas que llaman serias...

Martina

Hija única de cariñosos padres que la habían criado con blandura, sin un regaño ni un castigo, Martina fué la alegría del honrado hogar donde nació y creció. Cuando se puso de largo, la gente empezó á decir que era bonita, y la madre, llena de inocente vanidad, se esmeró en componerla y adornarla para que resaltase su hermosura virginal y fresca. En el teatro, en los bailes, en el paseo de las tardes de invierno y de las veraniegas noches, Martina, vestida al pico de la moda y con atavíos siempre finos y graciosos, gustaba y rayaba en primera línea entre las señoritas de Marineda. Se alababa también su juicio, su viveza, su agrado, que no era coquetismo, y su alegría, tan natural como el canto en las aves. Una atmósfera de simpatía dulcificaba su vivir. Creía que todos eran buenos, porque todos le hablaban con benevolencia en los ojos y mieles en la boca. Se sentía feliz, pero se prometía para lo futuro dichas mayores, más ricas y profundas, que debían empezar el día en que se enamorase. Ninguno de los caballeretes que revoloteaban en torno de Martina atraídos por la juventud y la buena cara, unidas á no despreciable hacienda, mereció que la muchacha fijase en él las grandes y rientes pupilas arriba de un minuto. Y en ese minuto, más que las prendas y seducciones del caballerete, solía ver Martina sus defectillos, chanceándose luego acerca de ellos con las amigas. Chanzas inofensivas, en que las vírgenes, con malicioso candor, hacen la anatomía de sus pretendientes, obedeciendo á ese instinto de hostilidad burlona que caracteriza el primer período de la juventud.

Así pasaron tres ó cuatro inviernos; en Marineda empezó á susurrarse que Martina era delicada de gusto, que picaba alto y que encontrar su media naranja le sería difícil.

Sin embargo, al aparecer en la ciudad el capitán de artillería Lorenzo Mendoza, conocióse que Martina había recibido plomo en el ala. Lorenzo Mendoza venía de Madrid: era apuesto, cortés, reservado, serio, más bien un poco triste, aunque en sociedad se esforzaba por aparecer ameno y expansivo; su vestir y modales revelaban el hábito de un trato escogido y de un respeto á sí mismo que no degeneraba en fatuidad ni en afectación; sin que presumiese de buen mozo, era en extremo simpática su cara morena, de obscura barba y facciones expresivas. Con todo esto, hay más de lo necesario para sorber el seso á una niña provinciana, hasta sin pretenderlo, como en efecto no lo pretendía Mendoza al principio. Las bromas de los compañeros, la fama de _picar alto_ de Martina y también sus atractivos y gracias, su belleza en plena florescencia entonces, impulsaron á Mendoza á acercársele, á preferir su conversación y, poco á poco, á cortejarla.

El pintor que quisiese trazar una personificación de la dicha pudo tomar á Martina por modelo en aquella época deliciosa en que creía sentir que su sangre circulaba como río de néctar y su corazón se iluminaba como ardiente rubí en la perpetua fiesta de sus esperanzas divinas.

Al ocupar Lorenzo la silla libre al lado de la muchacha, ésta se ponía alternativamente roja y pálida: sus oídos zumbaban, brillaban sus ojos, enfriábanse sus manos de emoción; y á las primeras palabras del capitán, un gozo embriagador fijaba en la boca de Martina una sonrisa como de éxtasis.

Rara vez dejan de provocar envidia estas felicidades, y más cuando no se ocultan, como no ocultaba la suya Martina, que no veía razón para esconder un sentimiento puro y legítimo. Si no fué la envidia, fué la curiosidad la que escudriñó el pasado de Mendoza, como se registra una casa para encontrar un arma oculta y herir con ella. Y averiguóse sin gran esfuerzo--porque casi todo se sabe, aunque se sepa truncado y sin ilación lógica,--que Mendoza, al venirse, había cortado una de esas historias pasionales, borrascosas, largas, complicadas, un imposible adorado y funesto, de esos lazos que obligan á huir á los confines del mundo y que, elásticos á medida de la ausencia, no siempre se rompen por mucho que se estiren. Con la falta de penetración que caracteriza al vulgo, opinaban los curiosos de Marineda que Mendoza habría olvidado inmediatamente á su tirana, la cual, sobre costarle desazones y amarguras sin cuento, ni era niña ni hermosa. Al lado de aquel capullo, de aquella Martina cándida y radiante como un amanecer y que llevaba en sus lindas manos un caudal, ¿qué podía echar de menos el bizarro capitán de artillería?

Así y todo, almas caritativas se deleitaron en enterar de la historia vieja al padre de Martina, seguros de que él, solícito é inquieto, á su hija se lo había de contar. No se equivocaban: una noche, en el paseo del terraplén, á la hora en que la salitrosa brisa del mar refresca el rostro y vigoriza el ánimo, y en que la música militar, sonora y vibrante, cubre la voz y sólo permite el cuchicheo íntimo y dulce de los enamorados, Martina preguntó lealmente, y Lorenzo contestó turbado y sombrío... ¿Quién se lo había dicho?... Tonterías. Eran cosas pasadas, bien pasadas; muertas y bien muertas. Mendoza no comprendía ni por qué las recordaba nadie ni á santo de qué las sacaba á relucir Martina... Y ella, alzando los ojos llenos de lágrimas y relucientes de pasión, sonriendo de aquel modo extático, olvidando el lugar donde se encontraba, murmuró hondamente: «No me he de casar con otro sino contigo, y me parece justo saber si hay algo que lo estorbe». Conmovido, sin darse cuenta de lo que hacía, Mendoza se inclinó, y buscando disimuladamente la mano de la muchacha, y estrechándola con apretón furtivo entre el remolino de los paseantes, que encubre tales expansiones, la murmuró al oído:

--Pues no hay nada... y por mí que sea prontito... ¡Te quiero!

Al acabar la frase Mendoza, Martina se volvió hacia su padre, que venía detrás, exclamando:

--No estoy bien... Llévame á sentarme... ¡El brazo!

Pronto se repuso, porque la alegría puede trastornar, pero hace daño rara vez: y de allí á dos semanas, la boda de Martina y de Mendoza era noticia oficial, y se sabía el encargo del equipo y galas, y se discutía el mobiliario y alojamiento de los novios.

Se fijó la ceremonia para fines de Septiembre. ¿Qué falta hacía esperar? El amor que está en sazón debe cogerse, como la fruta madura. Iban llegando cajones con ropa blanca, trajes de seda, capotitas, estuches de joyas: en la sala de los padres de Martina servía de escaparate ancha mesa; amigas y amigos venían, contemplaban, aprobaban, censuraban y salían contentos, displicentes ó taciturnos, según su carácter más ó menos generoso. Martina, todas las mañanas, arrancaba triunfalmente una hoja del calendario, cortado ya por la fecha de la boda. ¡Qué pocas hojas faltan! ¡Diez... ocho... una semanita no más! Este domingo es el último de soltera... Cuatro días... Mañana... Sí, mañana á las ocho; ahí están el vestido blanco, los guantes blancos, el abanico, el azahar que llegó de Valencia y que embalsama el ambiente. Lorenzo venía por las noches á hacer tertulia á su novia y se mostraba galán, aunque siempre grave.