Cuentos de amor

Part 11

Chapter 113,951 wordsPublic domain

Lo histórico es que, en una noche de invierno muy obscura y muy larga, la puerta del Pazo se abrió sin ruido para dejar entrar á un hombre robusto, recio, vestido con el clásico traje del país, que hoy está casi en desuso. La Condesa le esperaba en el zaguán: tomóle de la mano, y por un pasadizo obscuro le llevó á una habitación interior, que alumbraba una vela de cera puesta en candelabro de maciza plata.--Era el oratorio.--Detrás de las colgaduras de damasco carmesí que lo vestían, y que replegó la dama, el hombre vió abierto un boquete, á manera de cueva; un agujero sombrío. Repito lo de antes: no busco _efectos_; pero aunque los buscase, creo que ninguno tan terrible como decir sin más circunloquios que el hombre--un _casero_, en las costumbres de entonces casi un ciervo de la Condesa--era el mismo padre de la zagala á quien el Conde solía visitar; y que doña Magdalena, enseñándole el negro hueco, advirtió al labrador que allí ocultarían el cadáver del Conde. En seguida le entregó un hacha nueva, afilada y cortante.

¿Temió aquel hombre por la vida de su hija y por la suya propia? ¿Impulsóle la cobardía ó el respeto tradicional á la casa de Lobeira? ¿Fué la sugestión que ejerce sobre un cerebro inculto y una voluntad irresoluta y débil, la hembra resuelta, de arrebatadas pasiones? ¿Fué codicia, tentación de onzas y de ricos joyeles que la esposa ultrajada le ofrecía en precio de la sangre? El caso es, que si hubo resistencia por parte del labriego, duró bien poco. Según su declaración, hizo la señal de la cruz (¡atroz detalle!) descalzóse, empuñó el hacha y siguió á la Condesa hasta el aposento en que el Conde dormía. Y mientras la señora alumbraba con la vela de cera del oratorio, el labriego descargó un golpe, otro, diez, en la frente, la cara, el pecho... El dormido no chistó: parece que al primer hachazo abrió unos ojos muy espantados... y luego, nada. Sábanas, colchones, el hacha y el muerto, todo fué arrojado al escondrijo; la Condesa lavó las manchas del suelo, cerró la trampa, y atestando de oro la faltriquera del asesino, le despachó con orden de cruzar el Miño y meterse en Portugal.

Un rumor, vago al principio y después muy insistente, se alzó con motivo de la desaparición del Conde de Lobeira. Su esposa hablaba de viajes motivados por un pleito; y en el oratorio, bajo cuyo piso yacía mi bisabuelo asesinado, celebrábase diariamente el santo sacrificio de la misa, asistiendo á él doña Magdalena, lo mismo que la ve usted retratada ahí: pálida, grave, modesta, rodeada de sus hijos, que la besaban la mano cariñosos. En aquel tiempo no había prensa que escudriñase misterios, y la coincidencia de la desaparición del Conde y la del casero y su hija la linda moza, dió pie á que se sospechase que el esposo de doña Magdalena vivía muy á gusto en algún rincón de esos que saben buscar los enamorados. No faltó quien compadeciese á la abandonada señora, en torno de la cual el respeto ascendió, como asciende la marea. Al verla pasar, derecha, macilenta, siempre de negro, la gente se descubría.

Y así corrió un año entero.

Al cumplirse, día por día, á corta distancia del Pazo de Lobeira apareció un hombre profundamente dormido; era el casero de la Condesa; y los demás labriegos, que le rodeaban esperando á que despertase, quedaron atónitos cuando al volver en sí, á gritos confesó el crimen, á gritos se denunció y á gritos pidió que le llevasen ante la justicia. Hay fenómenos morales que no explica satisfactoriamente ningún raciocinio: la mitad de nuestra alma está sumergida en sombras, y nadie es capaz de presentir qué alimañas saldrían de esa caverna, si nos empeñásemos en registrarla. El aldeano, cuando le preguntaron el móvil de su conducta, afirmó con rústicas razones que no lo sabía; que una gana irresistible--un _volunto_, como dicen ahora--le obligó á salir de Portugal y á ver de nuevo el Pazo; y que al avistarlo, le acometió un sueño letárgico, invencible también, y ya despierto, un ímpetu de confesar, de decir la verdad, de ser castigado--porque sin duda, calculo yo, su endeble alma no podía con el peso del secreto, que impenetrable y tranquila guardaba el alma varonil de doña Magdalena.

La prendieron, claro está, y aún se enseña en la cárcel marinedina el negro calabozo donde la Condesa de Lobeira se pudrió muchos meses... El casero fue ahorcado; y para librar á mi bisabuela del patíbulo, empeñóse la hacienda de mi casa. La justicia se comió con apetito tan sabrosa breva, y nuestra decadencia viene de ahí.

* * * * *

Alcé los ojos y busqué los del retrato. La mirada de doña Magdalena se me figuró más tenaz, más intensa, más dolorosa. El biznieto callaba y suspiraba, como si le oprimiese el corazón el drama ancestral, como si percibiese la humedad de las lágrimas evaporadas hace un siglo.

Sara y Agar

Explíqueme usted,--dije al señor de Bernárdez,--una cosa que siempre me infundió curiosidad. ¿Por qué en su sala tiene usted, bajo marcos gemelos, los retratos de su difunta esposa y de un niño desconocido, que según usted asegura, ni es hijo, ni sobrino, ni nada de ella? ¿De quién es otra fotografía de mujer, colocada enfrente, sobre el piano...? ¿no sabe usted? ¿una mujer joven, agraciada, con flecos de ricillos á la frente?

El sexagenario parpadeó, se detuvo, y un matiz rosa cruzó por sus mustias mejillas. Como íbamos subiendo un repecho de la carretera, lo atribuí á cansancio y le ofrecí el brazo, animándole á continuar el paseo, tan conveniente para su salud; como que, si no paseaba, solía acostarse sin cenar y dormir mal y poco. Hizo seña con la mano de que podía seguir la caminata, y anduvimos unos cien pasos más, en silencio. Al llegar al pie de la iglesia, un banco, tibio aún del sol y bien situado para dominar el paisaje, nos tentó, y á un mismo tiempo nos dirigimos hacia él. Apenas hubo reposado y respirado un poco Bernárdez, se hizo cargo de mi pregunta.

--Me extraña que no sepa usted la historia de esos retratos: ¡en poblaciones como Goyán, cada quisque mete la nariz en la vida del vecino, y glosa lo que ocurre y lo que no ocurre, y lo que no averigua lo inventa!

Comprendí que al buen señor debían de haberle molestado mucho antaño las curiosidades y chismografías del lugar, y callé, haciendo un movimiento de aprobación con la cabeza. Dos minutos después pude convencerme de que, como casi todos los que han tenido alegrías y penas de cierta índole, Bernárdez disfrutaba puerilmente en referirlas; porque no son numerosas las almas altaneras que prefieren ser para sí propios á la par Cristo y Cirineo y echarse á cuestas su historia.--He aquí la de Bernárdez, tal cual me la refirió mientras el sol se ponía detrás del verde monte en que se asienta Goyán.

«Mi mujer y yo nos casamos muy jovencitos: dos nenes, con la leche en los labios. Ella tenía quince años, yo diez y ocho. Una muchachada, quién lo duda. Lo que pasó con tanto madrugar fué, que queriéndonos y llevándonos como dos ángeles, de puro bien avenidos que estábamos, al entrar yo en los treinta y cinco, mi mujer empezó á parecerme así... vamos, como mi hermana. La profesaba una ternura sin límites; no hacía nada sin consultarla, no daba un paso que ella no me aconsejase, no veía sino por sus ojos... pero todo fraternal, todo muy tranquilo.

»No teníamos sucesión, y no la echábamos de menos. Jamás hicimos rogativa ni oferta á ningún santo para que nos enviase tal dolor de cabeza. La casa marchaba lo mismo que un cronómetro: mi notaría prosperaba; tomaba incremento nuestra hacienda; adquiríamos tierras; gozábamos de mil comodidades; no cruzábamos una palabra más alta que otra, y veíamos juntos aproximarse la vejez sin desazón ni sobresalto, como el marino que se acerca al término de un viaje feliz, emprendido por iniciativa propia, por gusto y por deber.

»Cierto día, mi mujer me trajo la noticia de que había muerto la inquilina de una casucha de nuestra pertenencia. Era esta inquilina una pobretona, viuda de un guardia civil, y quedaba sola en el mundo la huérfana, criatura de cinco años.--Podíamos recogerla, Hipólito--añadió Romana.--Parte el alma verla así. La enseñaríamos á planchar, á coser, á guisar, y tendríamos, cuando sea mayor, una criadita fiel y humilde.--Dí que haríamos una obra de misericordia y que tú tienes el corazón de manteca.--Esto fué lo que respondí, bromeando. ¡Ay! ¡Si el hombre pudiese prever dónde salta su destino!

»Recogimos, pues, la criatura, que se llamaba Mercedes, y así que la lavamos y la adecentamos, amaneció una divinidad, con un pelo ensortijado como virutas de oro, y unos ojos que parecían dos violetas, y una gracia y una zalamería... Desde que la vimos... ¡adiós planes de enseñarla á planchar y á poner el puchero! Empezamos á educarla del modo que se educan las señoritas... según educaríamos á una hija, si la tuviésemos. Claro que en Goyán no la podíamos afinar mucho, pero se hizo todo lo que permite el rincón este. Y lo que es mimarla... ¡Señor! ¡En especial Romana... un desastre! Figúrese usted que la pobre Romana, tan modesta para sí que jamás la ví encaprichada con un perifollo... encargaba los trajes y los abriguitos de Mercedes á la mejor modista de Marineda. ¿Qué tal?

»Cuando llegó la chiquilla á presumir de mujer, empezaron también á requebrarla y á rondarla los señoritos en los días de ferias y fiestas, y yo á rabiar cuando notaba que la hacían cocos. Ella se reía y me decía siempre, mirándome mucho á la cara:--Padrino (me llamaba así), vamos á burlarnos de estos tontos; á usted le quiero más que á ninguno.--Me complacía tanto que me lo dijese (¡cosas del demonio!) que la reñía sólo por oirla repetir:--Le quiero más á usted...--Hasta que una vez, muy bajito, al oído:--¡Le quiero más, y me gusta más... y no me casaré, nunca, padrino!--¡Por éstas, que así habló la rapaza!

»Se me trastornó el sentido. Hice mal, muy mal, y sin embargo, no sé, en mi pellejo, lo que harían más de cien santones. En fin, repito que me puse como lunático, y sin intención, sin premeditar las consecuencias (porque repito que perdí la chaveta completamente), yo, que había vivido más de veinte años como hombre de bien y marido leal, lo eché á rodar todo en un día... en un cuarto de hora...

»Todo á rodar, no; porque tan cierto como que Dios nos oye, yo seguía consagrando un cariño profundo, inalterable, á mi mujer, y si me proponen que la deje y me vaya con Mercedes por esos mundos--se lo confesé á Mercedes misma, no crea usted, y lloró á mares,--antes me aparto de cien Mercedes que de mi esposa. Después de tantos años de vida común, se me figuraba que Romana y yo habíamos nacido al mismo tiempo, y que reunidos y cogidos de las manos debíamos morir. Sólo que Mercedes me sorbía el seso, y cuando la sentía acercarse á mí, la sangre me daba una sola vuelta de arriba abajo, y se me abrasaba el paladar, y en los oídos me parecía que resonaba galope de caballos, un estrépito que me aturdía.»

--¿Es de Mercedes el retrato que está sobre el piano?--pregunté al viejo.

--De Mercedes es. Pues verá usted: Romana se malició algo, y los chismosos intrigantes se encargaron de lo demás. Entonces, por evitar disgustos, conté una historia: dije que unos señores de Marineda, que iban á pasar larga temporada en Madrid, querían llevarse á Mercedes, y lo que hice fué amueblar en Marineda un piso, donde Mercedes se estableció decorosamente, con una criadita. A pretexto de asuntos, yo veía á la muchacha una vez por semana lo menos. Así, la situación fué mejor... vamos, más tolerable que si estuviesen las dos bajo un mismo techo, y yo entre ellas.

»Romana callaba,--era muy prudente,--pero andaba inquieta, pensativa, alterada; y decía yo: ¿por dónde estallará la bomba? Y estalló... ¿por dónde creerá usted? Una tarde que volví de Marineda, mi mujer, sin darme tiempo á soltar la capa, se encerró conmigo en su cuarto y me dijo que no ignoraba el estado de Mercedes... ¡Ya supondrá usted cuál sería el estado de Mercedes!... y que, pues había sufrido tanto y con tal paciencia, lo que naciese, para ella, para Romana, tenía que ser en toda propiedad..... como si lo hubiese parido Romana misma.

»Me quedé tonto. Y el caso es que mi mujer se expresaba de tal manera, ¡con un tono y unas palabras!, y tenía además tanta razón y tal sobra de motivos para mandar y exigir, que apenas nació el niño y lo ví empañado, lo envolví en un chal de calceta que me dió Romana para ese fin, y en el coche de Marineda á Goyán hizo su primer viaje de este mundo.»

--¿Ese niño es el que está retratado al lado de su esposa de usted, dentro de los marcos gemelos?

--Ajajá. Precisamente. ¡Mire usted: dificulto que ningún chiquillo, ni Alfonso XIII, se haya visto mejor cuidado y más estimado! Romana, desde que se apoderó del pequeño, no hizo caso de mí, ni de nadie, sino de él. El niño dormía en su cuarto; ella le vestía, ella le desnudaba, ella le tenía en el regazo, ella le enseñaba á juntar las letras y ella le hacía rezar. Hasta formó resolución de testar en favor del niño... Sólo que él falleció antes que Romana; como que al rapaz le dieron las viruelas el 20 de Marzo, y una semana después voló á la gloria... y Romana, el 7 de Abril fué cuando la desahució el médico, y la perdí á la madrugada siguiente.»

--¿Se la pegaron las viruelas?--pregunté al señor de Bernárdez, que se aplicaba el pañuelo sin desdoblar á los ribeteados y mortecinos ojos.

--¡Naturalmente... Si no se apartó del niño!

--¿Y usted, cómo no se casó con Mercedes?

--Porque malo soy, pero no tanto como eso--contestó en voz temblona, mientras una aguadilla que no se redondeó en lágrima asomaba á sus áridos lagrimales.

Maldición de gitana

Siempre que se trata, entre gente con pretensiones de instruída, de agorerías y supersticiones, no hay nadie que no se declare exento de miedos pueriles, y punto menos desenfadado que don Juan frente á las estatuas de sus víctimas. No obstante, transcurridos los diez minutos consagrados á alardear de espíritu fuerte, cada cual sabe alguna historia rara, algún sucedido inexplicable, una «coincidencia». (Las coincidencias hacen el gasto.)

La ocasión más frecuente de hablar de supersticiones la ofrecen los convites. De los catorce ó quince invitados se excusan uno ó dos: al sentarse á la mesa, alguien nota que son trece los comensales,--y al punto decae la animación, óyense forzadas risas y chanzas poco sinceras, y los amos de la casa se ven precisados á buscar, aunque sea en los infiernos, un número catorce. Conjurado ya el mal sino, renace el contento; las risitas de las señoras tienen un sonido franco; se ve que los pulmones respiran á gusto. ¿Quién no ha asistido á un episodio de esta índole?

En el último que presencié pude observar que Gustavo Lizana, mozo asaz despreocupado, era el más carilargo al contar trece, y el que más desfrunció el gesto cuando fuímos catorce. No hacía yo tan supersticioso á aquel infatigable cazador y _sportsman_, y extrañándome verle hasta demudado en los primeros momentos, á la hora del café le llevé hacia un ángulo del saloncillo japonés, y le interrogué directamente.

--Una coincidencia--respondió, como era de presumir; y al ver que yo sonreía, me ofreció con un ademán el sofá bordado, en cuyos cogines una bandada de grullas blancas con patitas rosa volaba sobre un cañaveral de oro, nacido en fantástica laguna: se sentó él en una silla de bambú, y rápidamente, entrecortando la narración con agitados movimientos, me refirió su _coincidencia_ del número fatídico.

--Mis dos amigos íntimos--los de corazón--eran los dos chicos de Mayoral, de una familia extremeña antigua y pudiente. Habíamos estado juntos en el colegio de los jesuítas, y cuando salimos al mundo, la amistad se estrechó. Llamábanse el mayor Leoncio y el otro Santiago; y habrá usted visto pocas figuras más hermosas, pocos muchachos más simpáticos y pocos hermanos que tan entrañablemente se quisiesen. Huérfanos de padre y madre, y dueños de su hacienda, no conocían tuyo ni mío: bolsa común, confianza entera, y á pesar de la diferencia de caracteres--Leoncio nervioso y vehemente hasta lo sumo, y Santiago de un genio igual y pacífico--inalterable armonía. A mí me llamaban, en broma, su otro hermano, y la gente, á fuerza de vernos unidos, había llegado á pensar que éramos, cuando menos, próximos parientes los Mayoral y yo.

Apasionados cazadores los tres, nos íbamos semanas enteras á las dehesas y cotos que los Mayoral poseían en la Mancha y Extremadura, donde hay de cuanta alimaña Dios crió, desde perdices y conejos hasta corzos, venados, jabalís, ginetas y gatos monteses.

Con buen refuerzo de escopetas negras y una jauría de excelentes podencos, hacíamos cada ojeo y cada batida, que eran el asombro de la comarca. De estas excursiones resolvimos una cierto día de San Leoncio; no cabe olvidar la fecha. Nos había convidado juntos una tía de los de Mayoral, señora discretísima y madre de una muchacha encantadora, por quien Santiago bebía los vientos: sutilizando mucho, creo que esta pasión de Santiago tuvo su parte de culpa en la desgracia que sucedió: ya diré por qué.

Ello es que nos reunimos en la casa, donde, con motivo de la fiesta, había otros varios convidados: amiguitas de la niña, señores formales, íntimos de la mamá... Y yo, que jamás contaba entonces los comensales, al pasar al comedor, involuntariamente, me fijo en los platos... ¡Eramos trece, trece justos!

Ni se me ocurrió chistar: por otra parte, no sentía aprensión. Estaríamos á la mitad de la comida, cuando lo advirtió el ama de la casa, y dijo riéndose:--«¡Hola! ¡Pues con el resfriado de Julia, que la impidió venir, nos hemos quedado en la docena del fraile! No asustarse, señores; que aquí nadie ha cumplido los sesenta más que yo, y en todo caso seré la escogida.»--¿Qué habíamos de hacer? Lo echamos á broma también, y brindamos alegremente por que se desmintiese el augurio. Y había allí un señor que, presumiendo de gracioso, dijo con sorna:--«Es muy malo comer trece... cuando sólo hay comida para doce».

A la madrugada siguiente tomamos el tren y salimos hacia el cazadero. La expedición se presentaba magnífica; la temperatura era, como de mediados de Septiembre, templada y deliciosa; cada tarde los zurrones volvían atestados de piezas, y para mayor satisfacción, nos habían anunciado que andaban reses por el monte, y que el primer ojeo nos prometía rico botín. Decidimos que este ojeo principiase un miércoles por la mañana, y apenas despachadas las migas y el chocolate, salimos á cabalgar nuestros jacos, que nos esperaban á la puerta, entre el tropel de las escopetas negras y la gresca y alborozo de los perros. Como tengo tan presentes las menores circunstancias de aquel día, recuerdo que me extrañó mucho la furia con que los animales ladraban, y al asomarme fuera, ví, apoyada en uno de los postes del emparrado que sombreaba la puerta, á una gitana atezada, escuálida, andrajosa.

Podría tener sus veinte años, y si la suciedad, la descalcez y las greñas no la afeasen, no carecería de cierto salvaje atractivo, porque los ojos brillaban en su faz cetrina como negros diamantes, los dientes eran piñones mondados y el talle un junco airoso. Los pingajos de su falda apenas cubrían sus desnudos y delgados tobillos, y al cuello tenía una sarta de vidrio, mezclada con no sé qué amuletos. Dije que sus ojos brillaban, y era cierto; brillaban de un modo raro, que no supe definir; los tenía clavados en Santiago--que, lo repito, era un muchacho arrogante, rubio y blanco, y en aquel instante, subido al poyo de montar y con un pie en el estribo, con su sombrero de alas anchas, su bizarro capote hecho de una manta zamorana, de vuelto cuello de terciopelo verde, y sus altos zajones de caza, que marcaban la derechura de la pierna, aún parecía más apuesto y gallardo.--Y á Santiago fué á quien dirigió sus letanías la egipcia, soltándole esos requiebros raros que gastan ellas, y ofreciéndose á decirle la buenaventura. En aquel momento, Santiago, de seguro, pensaba en el dulce rostro de su novia, y el contraste con el de la gitana debió de causarle una impresión de repugnancia hacia ésta; porque era galante con todas las mujeres, y sin embargo, soltó una frase dura y hasta cruel, una frase fatal... yo así lo creo...

--¿Qué buenaventura vas á darme tú?--exclamó Santiago.--¡Para ti la quisieras! ¡Si tuvieses ventura, no serías tan fea y tan negra, chiquilla!

La gitana no se inmutó en apariencia, pero yo noté en sus ojos algo que parecía la sombra de un abismo; y fijándolos de nuevo en Santiago, que estaba á caballo ya, articuló despacio, con indiferencia atroz y en voz ronca:

--¿No quieres buenaventuras, jermoso? Pues toma mardisiones... Premita Dios... Premita Dios... ¡que vayas montao y vuelvas tendío!

Yo no sé con qué tono pudo decirlo la malvada, que nos quedamos de hielo. Leoncio, en especial, como adoraba en su hermano, se demudó un poco y avanzó hacia la gitana en actitud amenazadora; los perros, que conocen tan perfectamente las intenciones de sus amos, se abalanzaron ladrando con furia; uno de ellos hincó los dientes en la pierna desnuda de la mujer, que dió un chillido. Esto bastó para que Leoncio y yo, y todos, incluso Santiago, nos distrajésemos de la maldición y pensásemos únicamente en salvar á la bruja moza, en riesgo inminente de ser destrozada por la jauría. Contenidos los perros, cuando volvimos la cabeza, la gitana ya no parecía por allí; sin duda se había puesto en cobro, aunque nadie supo por donde.

Al llegar aquí de su narración Gustavo, me hirió de súbito un recuerdo.

--Espere usted, espere usted...--murmuré recapacitando.--Creo que conozco el final de la historia... Cuando usted nombró á los Mayoral, empezó á trabajar mi cabeza... El nombre _me sonaba_... Tengo idea de que conozco á los dos hermanos, y ya voy reconstruyendo su figura... Leoncio, vivo, moreno, delgado; Santiago, rubio y algo más grueso... ¿Fué en esa cacería donde?...

--Donde Leoncio, creyendo disparar á un corzo, mató á Santiago de un balazo en la cabeza--respondió lentamente Gustavo, cruzando las manos con involuntaria angustia.--Santiago _volvió tendido_... Perdí á la vez mis dos amigos; porque el matador, si no enloqueció de repente, como pasa en las novelas y en las comedias, quedó en un estado de perturbación y de alelamiento que fué creciendo cada día; y quizás por olvidar cortos instantes la horrible escena, se entregó--él que era tan formalillo que hasta le embromábamos--á mil excesos, acabando así de idiotizarse. ¿Después de saber esta _coincidencia_, extrañará usted que me agrade poco sentarme á una mesa de trece? Por más que quiero dominarme, se me conoce el miedo... ¡El miedo, sí; hay que llamar á las cosas por su nombre!

--¿Y volvió á parecer la gitana?--pregunté con curiosidad.

--¡La gitana! ¡Quién sabe adónde vuelan esas cornejas agoreras!--exclamó Gustavo sombríamente.--Los de esa casta no tienen poso ni paradero... Como dice Cervantes, á su ligereza no la impiden grillos, ni la detienen barrancos, ni la contrastan paredes... Cuando velábamos al pobre Santiago, y tratábamos de impedir que se suicidase el desesperado Leoncio, ya la bruja debía de estar entre breñas, camino de Huelva ó de Portugal.

La bicha

Han leído ustedes á Selgas?--preguntó la discreta viuda, cerrando su abanico antiguo de _vernis Martín_, una de esas joyas que para todo sirven, excepto para abanicarse.--¿Han leído á Selgas?

Los que formábamos _peñita_ en la estufa, huyendo de los sofocados y atestados salones, movimos la cabeza. ¿Selgas? Un autor á quien, como suele decirse, «le ha pasado el sol por la puerta»... Nombre casi borrado ya...