Part 10
--Hija, en mi entender, hizo usted muy mal--la decía el Padre Incienso, viéndola bañada en lágrimas al pie del confesionario.--Un chico formal, laborioso, dispuesto á casarse, no se encuentra por ahí fácilmente. Hasta el aguardar á tener posición para fundar familia, lo encuentro loable en él. En cuanto á lo demás... á esas figuraciones de usted... Los hombres... por desgracia... Mientras está soltero, habrá tenido esos entretenimientos... Pero usted...
--¡Padre--exclamó la joven--créame usted, pues aquí hablo con Dios! ¡Le quería... le quiero... y por lo mismo... por lo mismo, padre! ¡Si no le dejo... le imito! ¡Yo tambien...!
Afra
La primera vez que asistí al teatro de Marineda--cuando me destinaron con mi regimiento á la guarnición de esta bonita capital de provincia--recuerdo que asesté los gemelos á la triple hilera de palcos, para enterarme bien del mujerío y las esperanzas que en él podía cifrar un muchacho de veinticinco años no cabales.
Gozan las marinedinas fama de hermosas, y vi que no usurpada. Observé también que su belleza consiste principalmente en el color. Blancas (por obra de naturaleza, no del perfumista), de bermejos labios, de floridas mejillas y mórbidas carnes, las marinedinas me parecieron una guirnalda de rosas tendida sobre un barandal de terciopelo obscuro. De pronto, en el cristal de los anteojos que yo paseaba lentamente por la susodicha guirnalda, se encuadró un rostro que me fijó los gemelos en la dirección que entonces tenían. Y no es que aquel rostro sobrepujase en hermosura á los demás, sino que se diferenciaba de todos por la expresión y el carácter.
En vez de una fresca encarnadura y un plácido y picaresco gesto, vi un rostro descolorido, de líneas enérgicas, de ojos verdes, coronados por cejas negrísimas, casi juntas, que les prestaban una severidad singular; de nariz delicada y bien diseñada, pero de alas movibles, reveladoras de la pasión vehemente; una cara de corte severo, casi viril, que coronaba un casco de trenzas de un negro de tinta; pesada cabellera que debía de absorber los jugos vitales y causar daño á su poseedora... Aquella fisonomía, sin dejar de atraer, alarmaba, pues era de las que dicen á las claras desde el primer momento á quien las contempla: «Soy una voluntad. Puedo torcerme, pero no quebrantarme. Debajo del elegante maniquí femenino, escondo el acerado resorte de un alma.»
He dicho que mis gemelos se detuvieron, posándose ávidamente en la señorita pálida del pelo abundoso. Aprovechando los movimientos que hacía para conversar con unas señoras que la acompañaban, detallé su perfil, su acentuada barbilla, su cuello delgado y largo, que parecía doblarse al peso del voluminoso rodete, su oreja menuda y apretada, como para no perder sonido. Cuando hube permanecido así un buen rato, llamando sin duda la atención por mi insistencia en considerar á aquella mujer, sentí que me daban un golpecito en el hombro, y oí que me decía mi compañero de armas Alberto Castro:
--¡Cuidadito!
--Cuidadito ¿por qué?--respondí bajando los anteojos.
--Porque te veo en peligro de enamorarte de Afra Reyes, y si está de Dios que ha de suceder, al menos no será sin que yo te avise y te entere de su historia. Es un servicio que los hijos de Marineda debemos á los forasteros.
--¿Pero tiene historia?--murmuré haciendo un movimiento de repugnancia; porque, aún sin amar á una mujer, me gusta su pureza, como agrada el aseo de casas donde no pensamos vivir nunca.
--En el sentido que se suele dar á la palabra historia, Afra no la tiene... Al contrario, es de las muchachas más formales y menos coquetas que se encuentran por ahí. Nadie se puede alabar de que Afra le devuelva una miradita, ó le diga una palabra de esas que dan ánimos. Y si no, haz la prueba: dedícate á ella; mírala más; ni siquiera se dignará volver la cabeza. Te aseguro que he visto á muchos que anduvieron locos y no pudieron conseguir ni una ojeada de Afra Reyes.
--Pues entonces... ¿qué?... ¿Tiene algo... en secreto? ¿Algo que manche su honra?
--Su honra, ó si se quiere, su pureza... repito que ni tiene ni tuvo. Afra, en cuanto á eso... como el cristal. Lo que hay te lo diré... pero no aquí; cuando se acabe el teatro saldremos juntos, y allá por el Espolón, donde nadie se entere... Porque se trata de cosas graves... de mayor cuantía.
Esperé con la menor impaciencia posible á que terminasen de cantar _La bruja_, y así que cayó el telón, Alberto y yo nos dirigimos de bracero hacia los muelles. La soledad era completa, á pesar de que la noche tibia convidaba á pasear, y la luna plateaba las aguas de la bahía, tranquila á la sazón como una balsa de aceite, y misteriosamente blanca á lo lejos.
--No creas--dijo Alberto--que te he traído aquí sólo para que no me oyese nadie contarte la historia de Afra. También es que me pareció bonito referirla en el mismo escenario del drama que esta historia encierra. ¿Ves este mar tan apacible, tan dormido, que produce ese rumor blando y sedoso contra la pared del malecón? ¡Pues sólo este mar... y Dios, que lo ha hecho, pueden alabarse de conocer la verdad entera respecto á la mujer que te ha llamado la atención en el teatro! Los demás la juzgamos por meras conjeturas... ¡y tal vez calumniamos al conjeturar! Pero hay tan fatales coincidencias; hay apariencias tan acusadoras en el mundo... que no podría disiparlas sino la voz del mismo Dios que ve los corazones y sabe distinguir al inocente del culpado.
«Afra Reyes es hija de un acaudalado comerciante; se educó algún tiempo en un colegio inglés, pero su padre tuvo quiebras, y por disminuir gastos recogió á la chica, interrumpiendo su educación. Con todo, el barniz de Inglaterra se le conocía: traía ciertos gustos de independencia y mucha afición á los ejercicios corporales. Cuando llegó la época de los baños no se habló en el pueblo sino de su destreza y vigor para nadar; una cosa sorprendente.
»Afra era amiga íntima, inseparable, de otra señorita de aquí, Flora Castillo; la intimidad de las dos muchachas continuaba la de sus familias. Se pasaban el día juntas; no salía la una si no la acompañaba la otra; vestían igual y se enseñaban, riendo, las cartas amorosas que las escribían. No tenían novio, ni siquiera demostraban predilección por nadie. Vino del Departamento cierto marino muy simpático, de hermosa presencia, primo de Flora, y empezó á decirse que el marino hacía la corte á Afra, y que Afra le correspondía con entusiasmo. Y lo notamos todos: los ojos de Afra no se apartaban del galán, y al hablarle, la emoción profunda se conocía hasta en el anhelo de la respiración y en lo velado de la voz. Cuando á los pocos meses se supo que el consabido marino realmente venía á casarse con Flora, se armó un caramillo de murmuraciones y chismes y se presumió que las dos amigas reñirían para siempre. No fue así; aunque desmejorada y triste, Afra parecía resignada, y acompañaba á Flora de tienda en tienda á escoger ropas y galas para la boda. Esto sucedía en Agosto.
»En Septiembre, poco antes de la fecha señalada para el enlace, las dos amigas fueron, como de costumbre, á bañarse juntas allí... ¿no ves? en la playita de San Wintila, donde suele haber mar brava. Generalmente las acompañaba el novio, pero aquel día sin duda tenía que hacer, pues no las acompañó.
»Amagaba tormenta; la mar estaba picadísima; las gaviotas chillaban lúgubremente, y la criada que custodiaba las ropas y ayudaba á vestirse á las señoritas, refirió después que Flora, la rubia y tímida Flora, sintió miedo al ver el aspecto amenazador de las grandes olas verdes que rompían contra el arenal. Pero Afra, intrépida, ceñido ya su traje marinero, de sarga azul obscura, animó con chanzas á su amiga. Metiéronse mar adentro cogidas de la mano, y pronto se las vió nadar, agarradas también, envueltas en la espuma del oleaje.
»Poco más de un cuarto de hora después salió á la playa Afra sola, desgreñada, ronca, lívida, gritando, pidiendo socorro, sollozando que á Flora la había arrastrado el mar...
»Y tan de verdad la había arrastrado, que de la linda rubia sólo reapareció, al otro día, un cadáver desfigurado, herido en la frente... El relato que de la desgracia hizo Afra entre gemidos y desmayos, fué que Flora, rendida de nadar y sin fuerzas, gritó «me ahogo»; que ella, Afra, al oirlo, se lanzó á sostenerla y salvarla; que Flora, al forcejear para no irse á fondo, se llevaba á Afra al abismo; pero que, aun así, hubiesen logrado quizá salir á tierra, si la fatalidad no las empuja hacia un trasatlántico fondeado en bahía desde por la mañana. Al chocar con la quilla, Flora se hizo la herida horrible, y Afra recibió también los arañazos y magulladuras que se notaban en sus manos y rostro...
»¿Que si creo que Afra...?
»Sólo añadiré que al marino, novio de Flora, no volvió á versele por aquí; y Afra, desde entonces, no ha sonreído nunca...
»Por lo demás, acuérdate de lo que dice la Sabiduría: el corazón del hombre... selva obscura. ¡Figúrate el de la mujer!»
Cuento soñado
Había una princesa á quien su padre, un rey muy fosco, caviloso y cejijunto, obligaba á vivir reclusa en sombría fortaleza, sin permitirla salir del más alto torreón, á cuyo pie vigilaban noche y día centinelas armados de punta en blanco y dispuestos á ensartar en sus lanzones ó traspasar con sus venablos agudos á quien osase aproximarse. La princesa era muy linda; tenía la tez color de luz de luna, el pelo de hebras de oro, los ojos como las ondas del mar sereno, y su silueta prolongada y grácil recordaba la de los lirios blancos cuando la frescura del agua los enhiesta. En la comarca no se hablaba sino de la princesa cautiva y de su rara beldad, y de lo muchísimo que se aburriría entre las cuatro recias paredes de la torre, sin ver desde las ventanas alma viviente, más que á los guardias inmóviles, semejantes á estatuas de hierro.
Los campesinos se santiguaban de terror si casualmente tenían que cruzar ante la torre, aunque fuese á muy respetuosa distancia. En la centenaria selva que rodeaba la fortaleza, ni los cazadores se resolvían á internarse, temerosos de ser cazados. Silencio y soledad alrededor de la torre, silencio y soledad dentro de ella: tal era la suerte de la pobre doncellita, condenada á la eterna contemplación del cielo y del bosque, y del río caudaloso que serpenteaba lamiendo los muros del recinto.
De pechos sobre el avance del angosto ventanil, la princesa solía entregarse á vagos ensueños, aspirando á venturas que no conocía, de las cuales formaba idea por referencias de sus damas y por conversaciones entreoídas, sorprendidas--pues estaba vedado tratar delante de la princesa del mundo y sus goces.--Así y todo, reuniendo datos dispersos y concordándolos con ayuda de la fantasía, la secuestrada suponía fiestas magníficas, iluminaciones mágicas suspendidas entre el follaje de arbustos cuajados de flor y que exhalaban embriagadores aromas; oía los acordes de los instrumentos músicos, aladas melodías que volaban como cisnes sobre la superficie de los lagos, y veía las parejas que, cogidas de la cintura, luciendo sedas, encajes y joyas, danzaban con incansable ardor, deslizando los galanes palabras de miel al oído de las damiselas, rojas de pudor y felicidad, sueltos los rizos y anhelante el seno. Mientras la princesa se representaba estos cuadros, las nubes se teñían de carmín hacia el Poniente, un murmullo grave y hondo ascendía del río y del bosque, y la cautiva, oprimida de afán de libertad, murmuraba para sí: «¿Cómo será el amor?»
Allá donde la montaña escueta dominaba el río y el bosque, una cabañita muy miserable, de techo de bálago, servía de vivienda á cierto pastorcillo, que por costumbre bajaba á apacentar diez ó doce ovejas blancas en la misma linde de la selva. Más resuelto que los otros villanos, el mozalbete no recelaba aproximarse al castillo y deslizarse por entre la maleza con agilidad y disimulo, para mirar hacia la torre. Después de encontrar un senderito borrado casi, que moría en el cauce del río, logró el pastor descubrir también que al final del sendero abríase una boca de cueva; y metiéndose por ella intrépidamente, pudo cerciorarse de que, pasando bajo el río, la cueva tenía otra salida que conducía al interior del recinto fortificado. El descubrimiento hizo latir el corazón del pastorcillo, porque estaba enamorado de la princesa (aunque no la había visto nunca). Supuso que aprovechando el paso por la cueva lograría verla á su sabor, sin que se lo estorbasen los armados, los cuales, bien ajenos á que nadie pudiera introducirse en el recinto, casi al pie de la torre, no vigilaban sino la orilla opuesta y el río. Es cierto que entre la torre de la cautiva y el pastor, se interponían extensos patios, anchos fosos y recios baluartes; con todo eso, el muchacho se creía feliz: estaba dentro de la fortaleza, y pronto vería á su amada.
Poco tardó en conseguir tanta ventura. La princesa se asomó, y el pastorcillo quedó deslumbrado por aquella tez color de luna y aquel pelo de siderales hebras. No sabía como expresar su admiración y enviar un saludo á la damisela encantadora; se le ocurrió cantar, tocar su caramillo... pero le oirían; juntar y lanzar un ramillete de acianos, margaritas y amapolas... pero era inaccesible el alto y calado ventanil. Entonces tuvo una idea extraordinaria. Procuróse un pedazo de cristal, y así que pudo volver á deslizarse en el recinto por la cueva, enfocó el cristal de suerte que, recogiendo en él un rayo de sol, supo dirigirlo hacia la princesa. Esta, maravillada, cerró los ojos, y al volver á abrirlos para ver quién enviaba un rayo de sol á su camarín, divisó al pastorcillo que la contemplaba extático. La cautiva sonrió, el enamorado comprendió que aceptaban su obsequio... y desde entonces, todos los días, á la misma hora, el centelleo del arco iris despedido por un pedazo de vidrio alegró la soledad de la princesita y la cantó un amoroso himno, que se confundía con la voz profunda de la selva allá en lontananza...
De pronto sobrevino un cambio radical en la vida de la princesa. Murieron en una batalla su padre y su hermano, y recayó en ella la sucesión del trono. Brillante comitiva de señores, guerreros, obispos, pajes y damas, vino á buscarla solemnemente y á escoltarla hasta la capital de sus Estados. Y la que pocos días antes sólo conversaba con los pájaros, y sólo esperaba el rayo de sol del pastorcillo, se halló aclamada por millares de voces, aturdida por el bullicio de espléndidos festejos, y admiró las iluminaciones entre el follaje, y oyó las músicas ocultas en el jardín, y giró con las parejas que danzaban, y supo lo que es la gloria, la riqueza, el placer, la pasión delirante y la alegría loca...
Habían pasado muchos, muchos años, cuando la princesa, reina ya,--y casi vieja ya,--tuvo el capricho de visitar aquella torre donde su padre, por precaución y por tiránica desconfianza, la mantuvo emparedada durante los momentos más bellos de la juventud. Al entrar en el camarín, una nostalgia dolorosa, una especie de romántica melancolía se apoderó de la reina y la obligó á reclinarse en el ajimez, sintiendo preñados de lágrimas los ojos. La tarde caía inflamando el horizonte; el bosque exhalaba su melodioso y hondo susurro... y la reina, tapándose la cara con las manos, sentía que las gotas de llanto escurrían pausadamente al través de los dedos entreabiertos. ¿Lloraba acaso al recordar lo sufrido en el torreón; el largo cautiverio, la soledad, el aislamiento, el fastidio? ¡Mal conocéis el corazón de las mujeres los que á eso atribuís el llanto de tan alta señora!
Sabed que, desde el momento en que pisó la torre, la reina echaba de menos el rayo de sol, que todos los días, á la misma hora, la enviaba el pastorcillo enamorado por medio de un trozo de vidrio. Por aquel trozo de vidrio daría ahora la soberana los más ricos diamantes de su corona real. Sólo aquel rayo podía iluminar su corazón, fatigado, lastimado, quebrantado, marchito. Y al dejar escurrir las lágrimas, sin cuidarse de reprimirlas ni de secarlas con el blasonado pañuelo, lloraba la juventud, la ilusión, la misteriosa energía vital de los años primaverales... Nunca volvería el pastorcillo á enviarla el divino rayo.
Los buenos tiempos
Siempre que entrábamos en el despacho del Conde de Lobeira, atraía mis miradas--antes que las armas auténticas, las lozas hispano-moriscas y los retazos de cuero estampado que recubrían la pared--un retrato de mujer, de muy buena mano, que por el traje indicaba tener, próximamente, un siglo de fecha.--«Es mi bisabuela, doña Magdalena Varela de Tobar, vigésima segunda Condesa de Lobeira»--había dicho el Conde, respondiendo á mi curiosa interrogación en el tono del que no quiere explicarse más ó no sabe otra cosa. Y por entonces hube de contentarme, acudiendo á mi fantasía para desenvolver las ideas inspiradas por el retrato.
Este representaba á una señora como de treinta y cinco años, de rostro prolongado y macilento, de líneas austeras, que indicaban la existencia sencilla y pura, consagrada al cumplimiento de nobles deberes y al trabajo doméstico, ley de la fuerte matrona de las edades pasadas. La modestia del vestir, en tan encumbrada señora, parecíame ejemplar; aquel corpiño justo de alepín negro, aquel pañolito blanco sujeto á la garganta por un escudo de los Dolores, aquel peinado liso y recogido detrás de la oreja, eran indicaciones inestimables para delinear la fisonomía moral de la aristocrática dama. No cabía duda: doña Magdalena había encarnado el tipo de la esposa leal, casta y sumisa, fiel guardadora del fuego de los lares; de la madre digna y venerada, ante quien sus hijos se inclinan como ante una reina; del ama de casa infatigable, vigilante y próvida, cuya presencia impone respeto y cuya mano derrama la abundancia y el bienestar. Así es que me sorprendió en extremo que un día, preguntándole al Conde en qué época habían sido enajenadas las mejores fincas, los pingües estados de su casa, me contestase sombríamente, señalando al retrato consabido.
--En tiempo de doña Magdalena.
El dato inesperado acrecentó mi interés. A fuerza de fijarme en el retrato observé que aquella pintura ofrecía una particularidad rara y siempre sugestiva: en cualquier punto de la habitación que me colocase para mirarla, me seguían los ojos de doña Magdalena con expresión imperiosa y ardiente. Casual acierto del pincel, ó alarde de destreza del pintor, las pupilas del retrato estaban tocadas por tal arte que pagaban con avidez y energía la mirada del que las contemplase desde lejos. Algunas veces, sin querer, levantaba yo la vista como si me atrajese tal singularidad y los ojos me llamasen. La severidad del fondo obscuro en que se destacaba la cabeza, la única nota clara del rostro y del pañolito, aumentaban la fuerza del extraño mirar.
Aunque el Conde de Lobeira es de carácter reservado y frío, hay instantes en que el corazón más tapiado se abre y deja salir el opresor secreto. Uno de esos momentos, siempre transitorios en ciertas organizaciones, llegó para el Conde el día en que, incitada por mi imaginación, traidora cuanto fecunda, me arrojé á trazar la silueta de doña Magdalena, modelo de cristianas virtudes, emblema de otros tiempos y otras edades en que el hogar olía á incienso como el sagrario, y la familia tenía la sólida estructura del granito.
--¡Por Dios, no siga usted!--exclamó mi interlocutor, dejando de atizar la chimenea y volviéndose hacia el retrato como nos volvemos hacia un enemigo.--El error más craso de cuantos pueden cometerse es juzgar del pasado por la impresión que nos causan sus reliquias. Cáscara vacía, huella de fósil en la piedra, ¿qué verdad ha de contarnos un retrato, un mueble ó un edificio ruinoso? Los soñadores como usted son los que han falseado la historia, poetizado lo más prosaico y embellecido lo más horrible. En ninguna época fué la humanidad mejor de lo que es ahora; pero las iniquidades pasadas se olvidan y un lienzo embadurnado y lleno de grietas basta para que nos abrume el descontento de lo presente. Ya que también usted cae en esa vulgarísima y temible preocupación de que se nos han perdido grandes virtudes, merece usted que para desilusionarla le cuente la historia de doña Magdalena, tal como la he entresacado de nuestro archivo y de otros documentos... ¡que obran en archivos judiciales!
Esa señora que está usted viendo, retratada con su jubón de alepín y su honesto pañolito, al casarse con mi bisabuelo, llevándole rica dote y el condado de Lobeira, se mostró apasionada hasta un grado increíble, despótico y furioso. Mi bisabuelo pasaba por el mozo más gallardo de toda la provincia, y doña Magdalena por una señorita fanáticamente devota: se susurraba que usaba cilicio y que se disciplinaba todas las noches. Fuese ó no verdad, lo que es á su marido cilicio le puso doña Magdalena, y hasta grillos, para que de ella no se apartase ni un minuto. Poco después de la boda, los que vieron al Conde pálido, demacrado y abatido, esparcieron el rumor absurdo de que su esposa le daba hierbas y filtros para subyugarle y para que ardiese más viva la tea del amor conyugal.
Duró esta situación, sin que la modificase el nacimiento de varios hijos. No obstante, á los diez ó doce años de matrimonio, observóse que el Conde, habiéndose aficionado á cazar y haciendo frecuentes excursiones por la montaña--pues pasaban largas temporadas en el campo, en el palacio solariego de Lobeira, según costumbre de los señores de entonces--recobraba cierta alegría y parecía rejuvenecido.
Como yo no estoy graduando el interés de mi historia, sino que se la cuento á usted descarnada y sin galas--advirtió al llegar aquí el narrador--diré inmediatamente lo que produjo la mejoría del Conde. Fué que, algún tanto aplacada aquella pasión de vampiro de su mujer, pudo respirar y vivir como las demás personas. Usted objetará que todo el delito de doña Magdalena consistía en amar excesivamente á su esposo, y que eso merece disculpa y hasta alabanza. Si yo discutiese tan delicado punto, temería ofender sus oídos de usted con algún concepto malsonante. Indicaré que hay cien maneras de amar, y que el santo nombre de amor cubre á veces nuestros bárbaros egoismos ó nuestras morbosas aberraciones. Y basta, que al buen entendedor... Ya continúo.
Como á veces se guardan bien los secretos en las aldeas, doña Magdalena tardó bastante en enterarse de que su marido, al volver de la caza, solía descansar en la choza de cierto labriego que tenía una hija preciosa. En efecto era así: el Conde de Lobeira prefería á los suculentos manjares de su cocina señorial, la _brona_ y la leche fresca servidas por la gentil rapaza, que, con la inocencia en los ojos y la risa en los labios, acudía solícita á festejarle. Doña Magdalena, ya informada, no pensó ni un minuto que allí existiese un puro idilio; vió desde el primer instante el pecado y la injuria. Y acaso acertase: no pretendo excusar á mi bisabuelo, aunque las crónicas afirman que era honesta y sencilla su afición á la hija del colono.