Cosas de España; tomo 1 (El país de lo imprevisto)
Part 9
Los muleros de España gozan de justo renombre; el término genérico es _arriero_, de su _¡arre arre!_ completamente árabe, como lo son casi todos los vocablos relacionados con su arte, pues los moriscos fueron durante mucho tiempo los trajinantes en España. Viajar con un arriero, cuando el viaje es corto o va una persona sola, es seguro y barato; además, muchos de los rincones más pintorescos del país, Ronda y Granada, por ejemplo, difícilmente pueden visitarse sino a pie o a caballo. Estos hombres, que están siempre por las carreteras, arriba y abajo, son las personas que pueden proporcionar más lujo de detalles; sus animales pueden alquilarse todos, pero una reata entera no es cosa cómoda para viajar, pues siempre van uno detrás de otro. El primero lleva una campanilla de cobre, con badajo de madera, para ir anunciando su marcha. Este cencerro semeja a un molde de hacer helados, y a veces tiene dos pies de largo, cuelga del cuello como si de propósito se quisiera que tropezase con las patas del animal y así pudiera emitir la mayor cantidad de melancólicos sonidos, que, según el piadoso origen de todas las campanas, parece hecho para alejar al diablo. El portador de este sonoro instrumento es elegido por su docilidad y su destreza en escoger el camino. Los demás le siguen si le ven, y si no, por el ruido de su cencerro. Van muy cargados, pero científicamente, si así puede decirse. La carga de cada uno se divide en tres partes: una colgando a cada lado del lomo y otra en medio. Si no está bien equilibrado el peso, el arriero lo descarga o lo arregla, añadiendo una piedra a la parte más ligera, compensándose el aumento de peso que esto supone con la comodidad que representa el llevar una carga igual. Estas acémilas van vistosamente adornadas con arreos llenos de colorines y flecos. La cabezada es de estambre, de varios colores, y en ella van sujetos muchos cascabeles y campanillas: de aquí la frase _mujer de muchas campanillas_, que se aplica a las que son aficionadas a lucir mucho, a hacer ruido y tienen pretensiones. El arriero va a pie junto a sus burros o montado en uno encima de la carga, con las piernas colgando junto al cuello, postura que no es tan incómoda como a primera vista puede creerse. Una escopeta vieja, «pero que aun sirve» y se carga con postas, va colgada junto a él, y con ella, muchas veces, una guitarra. Estos emblemas de vida y muerte pintan la eterna indiferencia de Iberia, donde los extremos se tocan siempre y donde un hombre se va al otro mundo como un cisne, cantando. Así ataviados, como dice Byron, «con todo lo que significa promesa de placer o de muerte», la proximidad de la caravana se advierte desde lejos por la voz gutural del arriero. «¡Qué alegre canta ahora el arriero!» Pues el tiempo que no está ocupado en fumar o en blasfemar, lo pasa constantemente canturreando una canción monótona, cuya tonada no suele estar en armonía con el sentido de las palabras o su buen humor: son por lo común muy melancólicas y poco musicales, como es el verdadero tipo de la melodía oriental. La misma ausencia de ideas que se muestra en Inglaterra silbando se despliega en España cantando. _Quien canta sus males espanta_, es un consuelo filosófico para viaje, tan antiguo y clásico como Virgilio: «Cantantes licet usque, minus via taedet, eamus», que traducido al inglés dice:
If we join in dolefull chorus, the dull highway will much less bore us[29].
El arriero español es un hombre agradable, inteligente, activo y sufrido; resiste hambre y sed, calor y frío, humedad y polvo; trabaja tanto como su ganado y nunca roba ni le roban. Mientras los que se tienen por mejores en este país dejan todo para mañana, excepto la quiebra, él es puntual y honrado, de temple y nervios de acero, típico en el traje. Hemos andado muchas leguas y muy largas con estas caravanas; hemos escuchado sus interminables cuentos de salteadores, a los que no prestábamos gran atención, y no podemos negar que estas cabalgatas son verdaderamente nacionales y pintorescas. Mezclados recuas de mulas y hombres a caballo, van siguiendo las líneas en zig-zag del camino que pasan, por desfiladeros de montañas, unas veces atravesando por aromáticos matorrales, otras ocultándose entre rocas y olivares, más tarde emergiendo alegres y brillantes al sol, dando vida y movimiento a la Naturaleza solitaria y rompiendo el silencio con el tintineo de las campanillas y el canturreo de los arrieros, que, aun cuando sea monótono en sí y poco armonioso, está en relación con el paisaje y con los agrestes caminos españoles; exactamente lo mismo que el agrio chirrido de la hoz al afilarse está en armonía con la dulce primavera y las praderas recién segadas.
Hay una clase de arrieros muy poco conocida de los viajeros europeos: los _maragatos_, cuyo centro está situado en _San Román_, cerca de _Astorga_; ellos, al igual de los judíos y los gitanos, viven exclusivamente entre los suyos, conservan sus trajes primitivos y nunca se casan fuera de su región. Son tan nómadas y errantes como los beduinos, sin más diferencia que llevan mulas en vez de camellos; su honradez y su laboriosidad son proverbiales. Son gente formal, seria, poco expresiva, positivista y muy comerciante. Cobran caro, pero su honradez compensa este defecto, pues puede confiárseles oro molido. Son los que hacen todo el tráfico entre Galicia y las dos Castillas, y por rara excepción llegan a las provincias del Mediodía o Levante. Van vestidos con una especie de justillo de cuero muy entallado, como una coraza, que les deja los brazos libres. La ropa interior es ordinaria, pero muy blanca, especialmente el cuello de la camisa. Llevan a la cintura un ancho cinto de cuero con un bolsillo. Los calzones, iguales a los de los valencianos, se llaman _zaragüelles_, palabra árabe, con la que se denomina el tonelete o los calzoncillos anchos, y no se encontrará ningún burgomaestre de Rembrandt que esté más ampliamente cimentado. Sus piernas van embutidas en polainas de paño con ligas encarnadas; llevan el pelo cortado al rape, por lo general, aun cuando a veces se dejan unos tufos extraños. Un gran sombrero de alas anchas y caídas completa el traje, impropio para viajar y digno de un holandés; pero estas modas son tan inmutables como las leyes de los medos y persas, y ningún maragato consentiría en modificar su traje mientras no lo hiciera su modelo de madera pintada que da las horas en la plaza de Astorga, _Pedro Mato_, otra estatua vestida que adorna una veleta de la catedral, que es el arquetipo de la indumentaria. Y, en el fondo, este traje especial es, como el de los cuáqueros, una garantía para su tribu y su respetabilidad: Cordero, el rico diputado maragato, se presentó en las Cortes con su traje regional.
El de la maragata es también típico y peculiar; si son casadas llevan un tocado especial, el _caramiello_, en forma de media luna, con la parte redonda sobre la frente, cosa completamente morisca y que recuerda las mujeres de los bajo-relieves de Granada. Llevan el pelo suelto, colgando sobre los hombros; la saya va abierta delante y detrás y se sujeta de un modo muy curioso a la espalda por medio de un cinturón, y el corpiño es escotado por delante en cuadro. En las grandes fiestas se adornan con largas cadenas de metal y corales, con cruces, reliquias y medallas de plata. Los pendientes que usan son muy pesados y cuelgan de hilos de plata, como los llevan las judías de Berbería. Las bodas son sus fiestas mayores: en ellas se reúne mucha gente y se elige un presidente, el cual pone en una bandeja la cantidad de dinero que le parece, y todos los invitados tienen que dejar otro tanto. La novia se envuelve en un manto, que no se quita en todo el día, y no se vuelve a poner hasta el día en que muere su marido. Ella no baila en el baile de bodas. A la mañana siguiente, tempranito, se llevan a la alcoba de los novios dos pollos asados. Por la noche abren el baile la novia y su marido al son de la _gaita_. Las danzas son graves y serias, como corresponde a su carácter.
Los _maragatos_, con su continente sencillo y su tez curtida, van con sus recuas por la carretera de La Coruña andando casi siempre y cantando como los demás arrieros españoles y, al mismo tiempo, ocupados constantemente en tirar piedras a las caballerías y en dirigirles improperios.
Toda la tribu se reúne dos veces al año en Astorga, en las fiestas del Corpus y la Ascensión; entonces bailan el _canizo_, que comienzan a las dos de la tarde y terminan precisamente a las tres. Si alguno que no sea _maragato_ se une a ellos, lo echan inmediatamente. Las mujeres no salen casi nunca de sus casas y, en cambio, los hombres están poquísimo en ellas. Llevan la misma vida de trabajo que las antiguas mujeres ibéricas, y ahora, como entonces, se las puede ver labrando el campo, desde antes de salir el sol hasta mucho después de puesto, y resulta muy triste contemplarlas sufriendo las penalidades de ocupaciones tan poco femeninas.
El origen de los _maragatos_ no está claro. Unos los consideran como una reminiscencia de los celtíberos o visigodos; la mayoría, sin embargo, los tienen más bien por descendientes de una caravana de beduinos. Es inútil preguntarles a ellos por su historia y su origen, pues, como los gitanos, carecen de tradiciones y no saben nada de nada. _Arrieros_ lo son, desde luego, y esta palabra, como tantas otras relativas al caballo y al oficio de trajinante, es árabe y demuestra el origen de donde el sistema y la ciencia se derivaron por los españoles.
Los _maragatos_ son célebres por sus hermosas bestias de carga; las mulas de León gozan de justo renombre, y los burros son espléndidos y numerosos, especialmente mientras más se acerca uno a la sabia Universidad de Salamanca. Los _maragatos_ ocupan un lugar preferente en los caminos: son los dueños de la carretera por ser el alma del comercio en un país donde las mulas y los burros constituyen los trenes de mercancías. Saben su importancia, y que ellos son la regla general, y la excepción, los viajeros por placer. Los arrieros españoles no son mucho más corteses que sus caballerías, y aunque resulta pintoresco, no es muy divertido encontrarse con una recua de éstas en un camino estrecho, especialmente si tiene un precipicio a un lado: _cosa de España_. Los _maragatos_ no ceden el camino; sus caballerías no se mueven de su sitio, y como la carga sobresale a uno y otro lado, igual que los remos de un barco, ocupan toda la vereda. Pero todos los detalles de caminos en el interior genuino de España están calculados para _el fardo_, como ocurría en Inglaterra un siglo atrás, y no se dedica el menor pensamiento al forastero, que no es deseado, mas aún, resulta molesto. Las posadas, las carreteras, todo es propio para los naturales del país y sus caballerías, y no se apartarán un punto de su línea para satisfacer las exigencias o caprichos de un extranjero. La típica Península es demasiado poco recorrida por sus habitantes para que se implanten las comodidades interesadas de Suiza, este país de fondistas y traficantes de coches.
Capítulo VIII.
Un individuo que viaja en un coche público deja de tener personalidad propia para convertirse en un número del pasaje conforme al sitio que ocupe; se le asienta en un libro como un paquete que debe ser entregado por el conductor. En cambio, ¡cuán libre y dueño de sí se siente ese mismo viajero si cabalga en su fogoso corcel, que con su piafar y sus relinchos parece como que demuestra su impaciencia por salir! ¡Qué fresco y qué delicioso resulta el libre aire del cielo después de respirar la enrarecida atmósfera de un interior lleno de gente extraña que, a causa de los efectos narcóticos del tabaco, olvidan la existencia del jabón, el agua y la ropa limpia! Viajar a caballo, placer tan poco frecuente para los ingleses, ha sido la forma primitiva y en un tiempo general en Europa, y aun lo es en Oriente; la humanidad, sin embargo, se ha acostumbrado pronto a otros medios de locomoción y olvida lo muy reciente de su introducción. Fynes Moryson dió hace dos siglos a los que viajaban por Inglaterra el consejo que hoy puede darse a los que visiten España: que abandonen las carreteras frecuentadas por los coches y se internen por caminos de herradura y veredas, con lo que explorarán rincones poco frecuentados, ciertamente, pero no por eso los menos interesantes de la Península. Hemos tenido la suerte de formar parte de varias de estas expediciones a caballo, unas veces solos y otras en compañía. En una ocasión fuimos desde Sevilla a Santiago atravesando Extremadura y Galicia y volviendo por Asturias, Vizcaya, León y las dos Castillas, en el mismo caballo, cerca de dos mil millas, acompañados solamente por un criado andaluz que era la primera vez que salía de su provincia. Dos amigos con dos criados hicieron poco después la misma excursión; y ni ellos ni nosotros tuvimos que vencer obstáculos ni dificultades que pudieran tener el carácter de aventura o que nos pusieran en el menor peligro. En otra ocasión recorrimos, acompañados de una señora inglesa, Granada, Murcia, Valencia, Cataluña y Aragón, para no hablar de repetidas excursiones a todos los rincones y escondrijos de Andalucía. El resultado de todas estas experiencias, unido al testimonio de varios amigos que han _paseado a caballo_ la Península entera, nos permite recomendar este sistema a la gente joven, sana y aventurera, como el más agradable y, en realidad, según ya hemos dicho, el único utilizable en las dos terceras partes del país.
Los caminos reales que ponen en comunicación la capital con los principales puertos son realmente buenos, pero están trazados generalmente en línea recta, por lo cual, muchas de las ciudades más antiguas quedan a un lado; e igualmente lugares históricos, sitios donde se han librado batallas, ruinas antiguas y paisajes verdaderamente bellos, sólo son asequibles a caballo. En España hay infinidad de comarcas completamente desconocidas de la Sociedad Geográfica. Aquí, ciertamente, encontrará terreno abonado todo el que quiera en estos tiempos de tan escasas novedades publicar algo nuevo: hay paisajes para llenar una docena de portfolios y asunto para una veintena de volúmenes en cuarto. ¡Cuántas flores se marchitan sin figurar en ningún tratado de botánica! ¡Cuántas rocas se deshacen sin que se las mencione en la geología! ¡Y cuántos paisajes dignos de ser dibujados, cuántos osos y ciervos que cazar, cuántas truchas que pescar y comerse, cuántos valles tienden su pecho deseosos de abrazar a sus visitantes ocultos, cuántas bellezas vírgenes desconocidas hasta ahora esperan al feliz miembro del Travellers’ club (club de los viajeros), que en diez días puede cambiar el aburrimiento del eterno Pall Mall por estos sitios solitarios! ¡Y qué gloria para él en descubrir una _tierra incógnita_ y rivalizar con Mr. Mungo Park![30]. Y ni siquiera falta una guía desde que nuestro buen amigo John Murray, el rey de las Guías, proclama desde Albemarle Street, _Il n’y a plus de Pyrénées_.
Como quiera que en las grandes extensiones de terreno que se hallan situadas entre las carreteras hay gran escasez de medios de comunicación, poco tráfico y nadie exige comodidades de ningún género, se hace difícil incluso encontrar mulas o caballos; por esta razón, nosotros hemos preferido siempre llevar a estas largas excursiones nuestras propias caballerías. Las ventajas y seguridades que proporciona esta previsión las hemos apreciado cumplidamente comparando con frecuencia las molestias sufridas por otras personas que confiaron en hallar facilidades y medios de locomoción en regiones apartadas y miserables. El viajero, por regla general, debe llevar consigo todo aquello de que no puede prescindir por costumbre y necesidad. Lo esencial es reunir, en el menor espacio posible, la mayor cantidad de comodidad portátil, teniendo cuidado de no cargar más que con lo indispensable, pues no hay nada tan molesto como dificultar los viajes con cosas inútiles. Esta manera de viajar no ha sido estudiada muy al detalle por la mayoría de los autores, que, por su parte, no se han separado mucho del camino trillado ni han emprendido largas caminatas a caballo, y, por lo tanto, se inclinan más bien a exagerar los peligros y dificultades de un sistema que ellos no han utilizado. Al mismo tiempo, bueno será advertir que no es este plan recomendable para señoras elegantes o caballeros delicados, ni para los que padecen un poquito de reúma o tiemblan ante las obscuras imágenes que la gota incipiente suscita.
Los que tienen resistencia y curiosidad para afrontar una excursión por Sicilia pueden, desde luego, salir para España; los ferrocarriles y los caballos de posta van seguramente más de prisa; pero el placer y el provecho de un viaje suelen estar en razón inversa de la facilidad y rapidez de las jornadas. Además del conocimiento exacto del país que se adquiere por este medio (pues no hay mapa que sustituya a una inspección ocular), y de ponerse en relación con mucha gente, y no de la peor, para un paisano, una expedición a caballo equivale a un servicio de campaña. Obliga a emprender una nueva vida que, al principio, se acepta por necesidad; pero que pronto se hace completamente natural, por estar en perfecta armonía con todo lo que con ello se relaciona, por muy extraña y distinta que sea a todas las costumbres y nociones anteriores; le sacan toda presunción del cuerpo para el resto de su vida y le hacen sufrido y contenido. Es una perfecta escuela de disciplina moral, como los mares más duros forman a los mejores marineros. Y se pueden aprender áureas reglas de paciencia, perseverancia, buena educación y compañerismo, contribuyendo a que sobresalga la individualidad para bien o para mal. En estas ocasiones en que la riqueza y la jerarquía son despojadas de los auxiliares de superioridad convencional, el hombre se verá obligado a utilizar sus propios recursos morales y físicos con más frecuencia que una carta de crédito, y su ingenio se aguzará por la necesidad de arbitrar medios.
Entonces se sacudirá la torpe pereza, y la acción, la demosténica acción, será el santo y seña. El viajero borrará de su diccionario la fatal palabra española _luego_, calle que lleva a la casa de _nunca_, pues ya hay un dicho que reza: _por la calle de después se va a la casa de nunca_. Obligado a ingeniárselas por sí mismo, comprenderá el mal de los gastos inútiles y la locura de la imprevisión y la falta de orden. Llegará a hacer caso omiso de la excusa constante de la pereza, el español _no se puede_. Tropezando con dificultades pronto se convencerá de lo fácil que es vencerlas, como con un frote duro se convierte en suave y sedeña la ortiga, que pincharía con solo tocarla ligeramente, y al mismo tiempo verá que el medio más firme de conseguir el objeto que uno se propone es el conocimiento moral de que se puede y se quiere hacerlo. Nunca deberá detenerse por obstáculos ligeros como el aire, que donde una puerta se cierra otra se abre, y el que empuja llega. Y después de todo no está mal que sepan algunas fatigas los acostumbrados al sibaritismo, aun cuando no sea más que por la novedad y porque el harto suele comer con más gusto cuando se ve privado de alguna cosa, pues, como dice Cervantes, el hambre es la mejor salsa, y como ésta nunca falta al pobre, de ahí la razón de que para ellos el comer sea su mayor fiesta.
Además, esta clase de expediciones independientes son también beneficiosas para la salud; después de pasado el cansancio de los primeros días el cuerpo se _hace de bronce_ y el jinete se convierte en un verdadero centauro. La vida al aire libre, la excitación continuada de lo nuevo, el ejercicio y la ocupación constante, son dulcificadas por la buena voluntad, que hace hasta del trabajo un placer, inoculando nueva savia y vigor en los huesos y en los músculos; acostarse temprano y levantarse temprano[31], si no hace a todos los cerebros sabios y sanos, al menos vigorizan los jugos gástricos y hace al hombre olvidar que tiene hígado--el almacén de la miseria física--, bilis, píldoras e hipocondría. Esta salud es uno de los secretos de los encantos inherentes a este sistema de viajar, a pesar de todas las molestias aparentes de que va acompañado a primera vista. ¡Oh! ¡Qué delicia esta vida bohemia, nómada, de beduino, sazonada con una libertad sin límites! Armamos la tienda donde uno quiere y allí se tiene la casa, lejos de las cartas urgentes que contestar y distante de comidas, visitas, criadas, sombrereras, mayordomos, majaderos y lacayos.
Recién salidos del barrio aristocrático de Londres nos encontramos transportados a un mundo nuevo; el panorama varía a diario, y se alegra el corazón y se pone uno de buen humor contemplando las llanuras, rebosantes de leche y miel, o rientes, cubiertas de aceite y vino, o bien los naranjos y limoneros iluminados por la gloria del sol, la palmera sin el desierto, la caña de azúcar sin el esclavo. A poco, nos hallamos perdidos entre silenciosos ventisqueros coronados por las nubes, en parajes donde las rocas de granito se agrupan como fragmentos de un mundo deshecho por la magnificencia de la Naturaleza, que, poco cuidadosa de la admiración de los mortales, prodiga con soberana indiferencia sus mayores encantos a los lugares ocultos y sus más grandiosas formas a lo menos accesibles. Todos los días y en todas partes encontramos infinidad de tesoros y placeres, que almacenados en nuestra imaginación--así la miel de las abejas--endulzarán y alegrarán nuestra vida en la gustosa remembranza cuando los dejemos tranquilizarse en nosotros mismos como los posos del vino en un tonel. Y aun habiendo sido verdaderamente deliciosos en la realidad pasada, su encanto aumenta a medida que avanzamos en edad y sentimos que no podremos volver a emprender estas hazañas de nuestra juventud, tan dulces como la juventud misma. De una cosa puede estar seguro el lector, y es de que siempre será grato para él, como lo es hoy para nosotros, el recuerdo de aquellas caballadas agrestes y fatigosas a través de la tostada España, en las que el cansancio desaparecía antes de sentirse; aquellas colinas airosas, aquellos riscos y torrentes, aquellos frescos valles, que comunican su frescura al corazón; aquel gusto con que saboreábamos los manjares más vulgares sazonados por la salsa del hambre, que no inventó Ude; aquellos tranquilos sueños en duras camas, ganados por la fatiga, que es la almohada más blanda; los nervios dominados, el espíritu alegre, elástico y animoso; aquella carencia de preocupaciones; aquella salud de cuerpo y alma, que es siempre el premio de la íntima comunión con la Naturaleza, y el verse libre de las enojosas y ficticias exigencias del círculo estrecho de la artificial ciudad.