Cosas de España; tomo 1 (El país de lo imprevisto)
Part 8
El _zagal_ procura imitar el traje del mayoral hasta donde sus medios se lo permiten. Este es el que está siempre dispuesto para hacer toda clase de servicios. Viendo el incesante movimiento de estos individuos no sería justo tacharles de indolentes, condición que se ha atribuído indistintamente a todas las clases humildes españolas; va corriendo al lado del coche, coge piedras para tirarlas a las mulas, ata y desata nudos y derrocha un caudal de resuello y de juramentos desde que emprende el trabajo hasta que lo deja. Alguna vez se le permite que se suba al pescante y se siente junto al mayoral, para lo cual se coge siempre a la cola de la mula trasera para ayudarse a subir a su asiento. El aparejar los seis animales es una operación difícil; primeramente se colocan todos los arreos en el suelo, y luego va llevándose cada mula o caballo a su sitio y poniéndole los arneses correspondientes. La salida es una cosa muy importante, y, como ocurre con nuestros correos, atrae a todos los desocupados de los alrededores. Cuando el tiro está enganchado, el mayoral toma todo el manejo de riendas en sus manos, el _zagal_ se llena de piedras la faja, y los mozos de la venta enarbolan sus estacas; a una señal convenida cae sobre el tiro una lluvia de palos, silbidos y juramentos que le hacen arrancar, y, una vez en movimiento, sigue adelante balanceando el coche sobre rodadas tan profundas como los prejuicios de la rutina, con su lanza, que sube y baja como un barco en el mar revuelto, y continúa con un paso vivo, haciendo unas veinticinco o treinta millas diarias. Las horas de salida son siempre temprano, con objeto de evitar el calor del mediodía. En esto, las costumbres españolas son poco más o menos las mismas de los italianos, y siempre se puede dejar en libertad al _calesero_ para que arregle y disponga las horas de partida y todos los detalles pequeños, que varían según las circunstancias.
Cuando hay un mal paso se le advierte a los animales del tiro llamándoles por sus nombres y gritándoles _¡arre, arre!_ alternando con _¡firme, firme!_ Los nombres de las mulas o caballos son siempre sonoros y de varias sílabas, acentuando la última, que siempre se alarga y se pronuncia con un énfasis particular. _Capitanaaa_, _Bandoleraaa_, _Generalaaa_, _Valerosaaa_, todos estos nombres los gritan a voz en cuello y, seguramente, debe ser un magnífico ejercicio para los pulmones, al mismo tiempo que útil para ahuyentar a los cuervos del campo. El tiro lleva muchas veces más de seis animales y nunca menos, predominando las hembras; generalmente suele ir un macho que hace el número siete y que se llama _el macho_ por antonomasia, como el Gran Turco, o un substantivo en un discurso de Cortes, que rara vez va seguido de menos de media docena de epítetos; invariablemente se le coloca en el sitio de más trabajo y de peor trato, lo cual merece, pues el macho es infinitamente más torpe y más vicioso que la mula. Alguna vez hay un caballo de la casta de Rocinante, al cual se le llama también sólo _el caballo_, y éste es, por lo común, el mejor tratado del tiro. Ser un _caballero_ significa en español ser un hombre correcto y bien nacido, y es el modo de dirigirse unos a otros, y se usa constantemente por las clases bajas, que nunca han montado en más cuadrúpedos que mulas o borricos.
El guiar un _coche de colleras_ es una ciencia especial, y en las _diligencias_ se siguen sus reglas. Es la diversión favorita del _majo_, que encuentra en ello un placer mucho mayor que sus similares de Inglaterra; el arte no está precisamente en manejar las riendas, sino en la apropiada modulación de la voz, pues el ganado se maneja llamando a cada animal por su nombre, pronunciando siempre muy de prisa las primeras sílabas: el «macho», que es el más castigado, es el único que no tiene nombre propio; repiten la palabra varias veces seguidas, con objeto de hacerla más larga: _macho, macho, machooo_, comenzando por una semicorchea para ir en crescendo hasta llegar a una breve y componer al fin entre todas una palabra polisílaba. El «caballo» también es llamado así sencillamente, sin otro nombre especial, como tienen todas las mulas, y al que atienden perfectamente; los dueños de ellas suelen decir que entienden sus nombres y todas las palabras pintorescas y gráficas que les dirigen lo mismo que «cristianas»; pero, a decir verdad, algunas veces parece que se escandalizan y se molestan más que los bípedos de sus mismas creencias. Si el animal aludido no atiende levantando las orejas o aligerando el paso, entonces entra en juego la «vara», el gran argumento de los cocheros, políticos y maestros de escuela, los cuales suelen decir que _no hay razón como la del bastón_, pues consideran que obra más directamente que la simple elocuencia. Los moros también tienen una idea muy elevada del palo, tanto que la consideran como un don de Alá al justo. Se usa _a priori_ y _a posteriori_ con las mulas y con los chicos; _al hijo y al mulo para el culo_. Si el macho cae en falta y se le castiga para animar a los otros, suele añadir a los silbidos alguna frase como _qué perrooo_, o una alusión poco decorosa a su madre; todo ello acompañado de pedradas a los delanteros, pues no les alcanzan con el látigo desde el pescante. Después que se han dirigido a una mula por su nombre, si su pareja ha de ser corregida, rara vez la nombran, sino que dicen la _otraaa, aquella otraaa_, atendiendo siempre el animal, pues la costumbre le hace saber que es a ella a quien se dirigen. El tiro obedece a la voz de una manera maravillosa y pocas cosas son más divertidas que guiar, sobre todo por malas carreteras; pero hace falta conocer muy bien el idioma y los juramentos españoles.
Entre las muchas órdenes contravenidas en España, la de «no jurar» no es la menor. «Nuestro ejército juraba fuerte en Flandes»--dice Uncle Toby. Pocas naciones, sin embargo, llegarán a los españoles en lo del maldecir; este hábito no tiene más límites que sus conocimientos anatómicos, geográficos, astronómicos y religiosos. Se emplea tanto con los animales--_un muletier à ce jeu vaut trois rois_--, que dijérase ser las blasfemias e imprecaciones la única manera de dirigirse a ellos; y como casi siempre la acción va unida a la palabra, la combinación surte efectos maravillosos. Como una gran parte del tiempo tiene que pasarlo el viajero entre mulas, cocheros y arrieros, que no son muy diferentes entre sí, no estará de más que tenga alguna noción de los dichos y acciones más corrientes; poder hablar con ellos en su lenguaje, mostrar interés en sus cosas y en las de los animales siempre da buen resultado. _Por vida del demonio, más sabe usía que nosotros_, es un cumplido muy común. Una vez establecida la igualdad, la inteligencia superior pronto se hace la dueña. El gran juramento español, que no debe decirse ni escribirse, es en la práctica la base del lenguaje de la clase baja; es una antigua reminiscencia de la abjuración fálica del mal de ojo, la tremenda fascinación que aun perturba la mente de los orientales y que no ha podido ser desterrada de España y de Nápoles[23]. La palabra termina en _ajo_, es dura, y la _j_ se pronuncia con una aspiración gutural completamente árabe. La palabra _ajo_ es también un condimento que está tan frecuentemente como la palabreja en bocas españolas, y es exactamente lo que gustaba a Hotspur, un «juramento que llena toda la boca», enérgico y miguel-angelesco. El retruécano se aplica por extensión a la cebolla, y así, diciendo «ajos y cebollas», se significa palabrotas. El intríngulis del juramento está en el «ajo», pues las mujeres y los hombres sensatos que no gustan de hablar mal, sino que en algunas ocasiones quieren dar más fuerza a la frase, vigorizarla un poquito, darla un saborcillo a ajo o subrayar discretamente su discurso, quitan el final ofensivo y dicen _car_, _caray_ _caramba_. La palabreja se usa como verbo, como substantivo, como adjetivo o a gusto de la gramática o del furor del que la emplea. También equivale a un sitio donde puede vivirse. _Vaya usted al c... ajo_ es la forma más dura de la cólera, que, un poco más suave en _vaya usted al demonio_ o _a los infiernos_, es una mezcla caprichosa de cortesía y de furor.
Estas imprecaciones vegetales tienen en España su antiguo sabor egipcio y encanto místico, pues en el Nilo, según Plinio, los ajos y las cebollas eran considerados como divinidades. Los españoles también han añadido muchos de los juramentos góticos del Norte, imprecatorios a la oriental y groseramente sensuales. Y basta de esto. El viajero que en España tenga que entendérselas con mulas y asnos de dos o cuatro patas, no necesitará ningún manual que le enseñe los setenta y cinco o más _serments espagnols_, sobre los que Mons. de Brantôme escribió un tratado. Más correcto será que el inglés no jure, aun cuando puede permitírsele algún _caramba_; por otra parte, la costumbre es más aceptada por aquello de contravenir una orden que por uso, y como es sabido: _En la casa del que jura no falta desaventura_.
Antes de alquilar uno de estos coches de colleras, que es, ciertamente, una diversión cara, es conveniente tomar toda clase de precauciones y puntualizar los detalles de lo que ha de hacerse y el precio, pues los _caleseros_ españoles rivalizan con sus colegas italianos en falsedad, bellaquería y falta de honradez, que parecen ser patrimonio de los que andan entre caballos y distintivo de la gente que maneja la fusta, chalanea y guía coches. Lo que ha de darse al cochero no debe incluírse nunca en el ajuste, pues siendo este _ítem_ voluntario y dependiente de la conducta del que lo ha de recibir, es un freno seguro para los excesos de la gente de camino. En justicia, sin embargo, hay que decir que esta clase de españoles son, por lo general, amables, atentos y resistentes para el trabajo, y como no están acostumbrados a las cicaterías o a las esplendideces de los ingleses en Italia, suelen ser tan justos en sus transacciones cuanto puede serlo un ser humano que está constantemente entre ruedas y cuadrúpedos. Ofrecen al artista infinitos asuntos pintorescos. Todo lo que tiene relación con ellos está lleno de color y originalidad. No hacen nada, ya coman, duerman, guíen o se sienten, que no se preste a un cuadro, y lo mismo puede decirse de sus animales y arneses. Todo el que sepa dibujar nunca encontrará bastante largo el descanso del mediodía para aprovechar la infinita variedad de motivos que le ofrece el paisaje, en el cual tan bien encajan el coche y sus ocupantes; asimismo nuestros poetastros contemporáneos los considerarán tan dignos de ser cantados en versos inmortales como el trajinante de Cambridge Hobson, elegido por Milton.
Capítulo VII.
Hablemos ahora de cuadrúpedos españoles, ya que hemos colocado a los coches delante de los caballos. De éstos, el andaluz es el que ocupa la primera línea, es el que alcanza más precio, y los españoles, en general, le prefieren a cualquiera otra casta. Consideran su configuración y sus cualidades como lo más perfecto, y en muchos respectos llevan razón, pues no hay caballo más elegante ni más ligero de movimientos; ningún otro le iguala en tranquilidad y docilidad; ninguno más inteligente para aprender monadas o hacer maravillas de agilidad. Tiene poco de común con el caballo inglés de raza; su crin es suave y sedosa y muchas veces va trenzada con cintas de vivos colores; la cola es larga y se le deja todas las proporciones que le da la naturaleza, sin cortarla ni desmocharla, costumbre que tan mal le parecía a Voltaire:
«Fiers et bizarres anglais, qui des mêmes ciseaux, coupez la tête aux rois, et la queue aux chevaux.»[25]
A algunos les arrastra hasta el mismo suelo, y ellos la manejan perfectamente, moviéndola a uno y otro lado, como un elegante juguetea con su bastoncillo; así es que cuando se va de viaje, es costumbre doblarla y atarla arriba, a la moda de las antiguas coletas de nuestros marineros. El caballo andaluz es de cuartos redondos, aun cuando más bien pequeño de grupa y ancho de pecho; lleva siempre la cabeza alta, sobre todo cuando va al trote; tiene patas largas, y eso favorece su alzada, que algunas veces llega a diez y seis palmos. Sin embargo, no tiene el modo de andar largo y gracioso del pura sangre inglés, pierde fácilmente el aire y vacila, y es muy frecuente que se alcance. Su paso es, no obstante, sumamente agradable. Por estar mucho tiempo trabados sus movimientos, son interrumpidos, como si los provocasen los muelles de un coche. Su típico _paso castellano_, muy sosegado, es algo más que el paso corriente, y no llega al trote; es realmente sosegado, parecido al movimiento de una silla de manos, y cuadra muy bien con un grave _Don_ dado como un turco al tabaco y a la vida contemplativa. Los caballos andaluces que muy jóvenes caen en manos de los oficiales en Gibraltar, adquieren maneras completamente distintas, se entregan mejor a su trabajo y ganan mucho en velocidad domados por el sistema inglés. Pero, de todos modos, adiestrados o sin adiestrar, su paso es muy propio de caballeros, y como se lee en los versos de Beaumont y Fletcher:
«Think it noble, as Spaniard do in riding, in managing a great horse, which is princely».[26]
Según se ha dicho en muchas ocasiones, la manera más digna de representar a un rey de España, verdadero Φιλιπποι, es a caballo, encantando al mundo con su noble apostura.
Otras varias provincias tienen razas que son más útiles, aun cuando menos vistosas que la andaluza. El caballo de Castilla es un animal fuerte y resistente, el más a propósito de España para la caballería pesada. Los caballitos de Galicia, aunque feos y bastos, son insustituíbles para aquella comarca montañosa y su laboriosa población; necesitan poco cuidado y se satisfacen con cualquier clase de forraje y maíz. Los caballos de Navarra, tan celebrados un tiempo, son aún muy apreciados por su gran fuerza; pero han degenerado por abandono en jacos, que, sin embargo, aun son bellos de formas, resistentes, muy seguros y excelentes trotadores. En la mayor parte de las ciudades grandes de España hay una especie de mercado en el que se venden caballos; pero la feria de Ronda, en mayo, es el gran Howden y Horncastle de las cuatro provincias de Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada y el punto de reunión de todos los pintorescos pilletes del Mediodía. Los lectores de _Don Quijote_ pueden estar ciertos de que la raza de Ginés de Pasamonte no se ha extinguido; los _chalanes_ españoles o tratantes en caballos tienen muchos conocimientos; pero el más listo es un niño comparado con la perfección de bellaquería a que llega un profesional inglés en materia de transformar, arreglar y pintar un caballo.
La cría de caballos en España fué muy cuidada por los gobiernos antes de la invasión francesa, en cuya época se destruyeron y robaron los sementales y las yeguadas y se incendiaron los establos.
Las sillas que se usan, por lo común son árabes, de borrén muy alto delante y detrás; los estribos de hierro son una especie de caja triangular. El pienso es asimismo oriental y consiste en «cebada y paja», como se dice en la Biblia. Aun recordamos el horror de nuestro criado andaluz, la primera vez que llegamos a Galicia, cuando se precipitó en nuestra busca exclamando que los animales se morirían, pues no había que darles de comer más que avena y heno. Con mucha dificultad pudimos convencerle de que probase a ver si lo comían; lo cual hicieron con gran asombro suyo. Tal es, sin embargo, la costumbre, que pronto empezaron a desmejorarse y no se repusieron hasta que las brumosas montañas se cambiaron por las áridas llanuras de Castilla.
Los españoles, en general, prefieren las mulas y los asnos al caballo, que es más delicado y necesita más atención y es de pie menos seguro en terrenos quebrados y escarpados. La mula representa en España el mismo papel que el camello en Oriente y tiene en su moral (junto a su acomodamiento al país) algo de común con el carácter de sus dueños: es voluntariosa y terca como ellos, tiene la misma resignación para la carga y sufre con la misma estoicidad el trabajo, la fatiga y las privaciones. La mula se ha usado siempre mucho en España y la demanda de ellas es grande; sin embargo, por un extraño error de la economía política (cosa muy española), se ha querido prohibir hace mucho tiempo la cría de mulas para favorecer la del caballo. Una de las razones que se alegaban era que la mula es un animal que no se reproduce, argumento que se podía o se debía aplicar igualmente al fraile, que es una casta en la que España podía aspirar al primer premio, en cantidad y en corpulencia, en concurrencia con todas las naciones de la cristiandad. Esta tentativa de forzar la producción de un animal menos a propósito para las necesidades y costumbres del pueblo, resultó estéril, como podía suponerse. Las dificultades sólo consiguieron elevar el precio de las mulas, que siempre han sido y son caras; una buena cuesta de 25 a 50 libras, mientras que un caballo regular puede comprarse por 20 a 40 libras. Las mulas fueron siempre muy caras; ya Marcial, sintiéndose un verdadero andaluz, habla de una que «cuesta más que una casa». Las más estimadas son las nacidas de yegua y asno _garañón_[27], algunos de los cuales son de extraordinario tamaño: uno que don Carlos tenía en su yeguada de Aranjuez, en 1832, era de una alzada de más de quince palmos. Este colosal asno era digno de un infante de España.
En este país las mulas, lo mismo que en Oriente, llevan el pelo cuidadosamente rapado o esquilado, a rayas unas veces, como las cebras, y otras, formando caprichosos dibujos, al estilo de los tatuajes de un jefe de Nueva Zelanda. La costumbre de esquilar es con objeto de que los animales estén más frescos y preservarlos de algunas afecciones cutáneas. En las provincias del Sur suelen hacer la operación los gitanos, que son chalanes, caldereros y vagabundos en España como en todas partes. Su manera de esquilar recuerda el «mulo curto» en que Horacio llegó hasta Brundusium. Estos operadores rivalizan en talento con aquellos dignos franceses que esquilan a los perros de lanas en Pont-Neuf, en el corazón y el cerebro de la civilización europea. Sus colegas españoles pueden ser reconocidos por las tijeras, enormes y de forma clásica como las de Láquesis[28] y sus hermanas, que llevan en la faja. Su especialidad está en esquilar las patas, que según ellos deben estar tan limpias de superfluos pelos como la palma de la mano de una mujer.
Los asnos españoles han sido inmortalizados por Cervantes; se han granjeado nuestra simpatía por el cariño de Sancho y su talento de imitación: el escudero del hidalgo rebuznó tan bien, como recordaréis, que todo el coro de orejudos se unió a un ejecutante a quien, según propia confesión, sólo le faltaba el rabo para ser un perfecto burro. Los alcaldes españoles, según Don Quijote, tienen aptitudes especiales para rebuznar, pero, excepción hecha del oeste de Inglaterra, en todas partes se puede decir lo mismo.
El humilde asno, _burro_, _borrico_, es la guía, el _as in præsenti_ y el ornato de todo paisaje español: constituye un elemento esencial y apropiado de todas las calles y carreteras. Donde quiera que dos o tres españoles se reunan, en el mercado, en una «junta» o concurso, es seguro que entre ellos habrá, por lo menos, un burro; es el sufrido compañero de las clases humildes para quienes el trabajo es la mayor desgracia: la resignación es la virtud común de ambas castas. Unos y otros quizá protesten cuando el señor Mon les eche encima una nueva carga o un nuevo impuesto, pero pronto, en cuanto se convencen de que la cosa no tiene remedio, la llevan con paciencia y la soportan: por esta comunidad de sentimientos, amo y animal se quieren entrañablemente, aun cuando por los juramentos y maldiciones que le aplica, un observador superficial puede suponer que el primero tiene cierta vergüenza de confesar en público su predilección. Es indudable que aun quede oculto algo de los antiguos prejuicios de la caballería; pero Cervantes, que conocía tan a fondo la naturaleza humana en general y la española en particular, insistió mucho en el cariño que Sancho Panza sentía por su _rucio_ y marcó la reciprocidad del animal, tan cariñoso como inteligente. En la Sagra, cerca de Toledo, se le llama _el vecino_, y nadie puede mirar a un borrico español sin que note una expresión especial en él que demuestra que el muy tonto se considera como uno de _la familia_. La Mancha es el paraíso para las mulas y los burros; seguramente en este momento más de un Sancho estará acariciando y abrazando a su rocín, su _chato_, _chatito_, _romo_, o cualquier otra variación _sin nariz_ con que cuando no le maltrata se complace en nombrar a su compañero. En España, como dice Safo, el amor es γλυχυπιχρον una mezcla agridulce: no hay ninguna Sociedad protectora de animales; todo individuo tiene derecho a maltratar a su capricho a los animales de su propiedad, lo mismo que cualquier filantrópico yanqui puede azotar a su negro; nadie se atrevería a ponerse por medio en tales momentos, así como tampoco lo harían en una disputa de un hombre con su mujer, y cuenta que no nos referimos a ofensas de palabra. Se dice _in piam memoriam_ de algunos asnos españoles católicos romanos que trataron de hacer apearse por las orejas a cierto Tomás Trebiño y otros herejes cuando los conducían a la hoguera, pues estaban indignados de que los montasen tales monstruos. Todo campesino español tiene una verdadera pesadumbre si se causa cualquier daño a un burro, porque suele constituír el único modo de ganarse la vida; y si le pierde no es ya fácil que al ir a buscarle se encuentre con un reino, como otra vez ocurrió, ni aun con un gobierno, como Sancho. Sterne hubiera hecho mejor colocando la escena de sus sentimientos por la muerte de un asno en España, no en Francia, donde esta especie de cuadrúpedos es mucho más rara. En España, donde los carros pequeños y carretillas son casi desconocidos y el conducirlos es considerado indigno de un hombre, lo que los sustituye, un jumento, es utilizado constantemente. Unas veces va cargado con sacos de trigo, otras con pellejos de vino, con cántaros de agua, con estiércol o con cadáveres de bandidos, echados como sacos sobre el lomo, con las piernas y los brazos atados bajo la barriga del animal. La _leche de burra_ es muy recomendada en primavera. Las mujeres morenas la toman para clarificar el cutis y _refrescar la sangre_; los clérigos y los _empleados_, para quienes es como leche maternal, la toman para tonificar los jugos gástricos. Montar en burro era considerado como una ofensa y degradación para el hidalgo godo, y los españoles del siglo XVI montaban en ellos a los _cornudos pacientes_. Hoy, a despecho de todos estos prejuicios, los grandes y sus señoras e inclusive algunos graves embajadores extranjeros, durante la jornada real en Aranjuez, se complacen en montar en estos animales de mal agüero y las _borricadas_, o sea excursiones en pollino, son la última moda.