Cosas de España; tomo 1 (El país de lo imprevisto)
Part 5
La población y la renta se han exagerado generalmente y de todas las notas se debe descontar algo; al presente se puede calcular la población en unos once o doce millones de almas, con paulatina tendencia al aumento. Es una cifra bien baja para un país tan extenso y que, según datos fidedignos, en tiempo de los romanos estuvo habitado por enorme multitud de habitantes industriosos y trabajadores como hormigas; ciertamente, el período más largo de tranquilidad y gobierno fijo que este desgraciado país ha tenido fué durante las tres centurias en que era incontestable el poderío de Roma. En esta época rara vez se encuentra la Península nombrada por los autores, y esto es una prueba de su felicidad, pues en las sangrientas páginas de la Historia sólo se registran grandes calamidades, plagas, pestes, guerras, batallas o fenómenos de la Naturaleza, ante los cuales los ángeles lloran. Seguramente una de las causas que han contribuído a cambiar este estado de cosas ha sido las numerosas y terribles invasiones a que España ha estado expuesta; su belleza y su clima han causado su desgracia, pues han atraído siempre la codicia del extranjero. Los godos, que tienen en España peor nombre del que en realidad merecieron, fueron arrojados por los árabes, los verdaderos destructores, ciertamente, quienes trajeron al obscuro occidente el lujo, el arte y las ciencias orientales, sin tener nada que aprender del conquistado; para ellos no fué el godo un maestro como para éste lo fuera el romano; ellos despreciaban a sus antecesores, con cuyas necesidades y trabajos no simpatizaban, al tiempo que odiaban su doctrina considerándola como idólatra y politeísta, acabando con todos los altares e imágenes. No hubo ciudad, por bella que fuese, que no destruyeran; exterminaron, dicen los anales, hasta las aves.
Los godo-españoles, en el transcurso del tiempo, se vengaron y combatieron a los invasores con sus mismas armas, aventajándoles en la destrucción, que éstos les enseñaran. Los efectos de estas guerras emprendidas sin organización, sin cuartel y sostenidas por el país y la religión, fueron marcadísimos en aquellas partes de España que tuvieron por teatro. En consecuencia, grandes extensiones de Extremadura, el sur de Toledo y Andalucía, que naturalmente son de lo más fértil y rico del mundo, están hoy convertidas en _dehesas y despoblados_, patrimonio exclusivo de las abejas; todo el país está lo mismo que si acabasen de ser derrotados los moros. Las antiguas crónicas de españoles y musulmanes abundan en relatos de los saqueos que se infligían unos a otros y a los cuales estaba siempre expuesta cualquier comarca fronteriza. El objeto de estas _guerrillas_ limítrofes era la destrucción: _talar, quemar y robar_, el «pillaje», las «razzias»[12]. La lucha sanguinaria se sostenía por rivalidades de nación y de creencias. La cosa era verdaderamente oriental y tal como la describe Ezequiel, que también conoció a los fenicios: «Id tras él a través de la ciudad y destruíd; que ni vuestros ojos ni vuestro corazón tengan piedad; matad a todos, jóvenes y viejos, muchachas, y niños y mujeres». El deber religioso de acabar con el infiel excluía la misericordia en ambos campos, porque las católicas cruzadas eran imagen exacta de las musulmanes _algara_ y _algihad_, en tanto que las razones militares empujaban a convertir todo en un desierto, con objeto de crear una frontera edomita de miseria y desolación, una llanura defensora, a través de la cual ningún ejército invasor pudiera pasar ni vivir, puesto que «sólo se criaban en ella las bestias del campo». La Naturaleza, de tal modo abandonada, reclamó sus derechos y borró toda huella del anterior cultivo, y las comarcas que fueron granero de romanos y árabes ofrecen hoy el más triste contraste con aquella antigua industria y prosperidad.
A estos horrores sucedieron otros ocasionados por la política y el fanatismo: la expulsión de los judíos dejó a España sin banqueros y la de los moriscos, últimos restos de los árabes, la privó de sus más hábiles e industriosos agricultores.
En nuestros tiempos ha sido renovado nuevamente el espectáculo de las fatales contiendas entre moros y cristianos con la lucha por la independencia contra los invasores bonapartistas, los cuales no respetaron edad ni sexo, ni cosas sagradas o profanas; la ruina reina por todo el país: un vandalismo de pocas horas bastó para deshacer la obra de varias edades de piedad, abundancia, instrucción y buen gusto. La retirada de los franceses fué peor que el avance; furiosos por el mal éxito y los desastres sufridos, los Soult y los Masséna desahogaron su despecho sobre los indefensos campesinos y sus caseríos. Dejemos al general Foy relatar sus proezas: «Ainsi que la neige précipitée des sommets des Alpes dans les vallons, nos armées innombrables détruisaient en quelques heures, par leur seul passage, les ressources de toute une contrée; elles bivouaquaient habituellement, et à chaque gîte nos soldats démolissaient les maisons bâties depuis un demi-siècle, pour construire avec le décombres ces longs villages alignés qui souvent ne devaient durer qu’un jour: au défaut du bois des forêts les arbres fruitiers, le végétaux précieux, comme le mûrier, l’olivier, l’oranger, servaient à les réchauffer; les conscrits irrités à la fois par le besoin et par le danger contractaient _une ivresse morale_ dont nous ne cherchions pas à les guérir»[14].
«So France gets drunk with blood to vomit crime, and fatal ever have her saturnalia been».[15]
¿Quién puede dejar de comparar estas costumbres de las legiones de Buonaparte con la descripción que hace Hosea del «grande y fuerte pueblo» que ejecutó los terribles juicios de Dios? «El fuego devoraba todo a su paso y detrás dejaban ardiendo la llanura; el país antes de llegar ellos es el jardín del Edén, después, un yermo desolado, y más aún; nada debe escapar».
Apenas los intrusos fueron batidos por el duque, la población empezó a rehacerse, como las aplastadas florecillas se levantan después que el talón de hierro de las hordas las ha hollado. Luego surgieron las guerras civiles, que limpiaron el país de varones y de cuya sangría aun no se ha repuesto España. La falta de seguridad de personas y haciendas son siempre una rémora para el matrimonio y el aumento de población.
Una calamidad más profunda y permanente ha obrado sin tregua en España durante las dos últimas centurias; pero los autores españoles no se han atrevido a hacer alusión a ella. Atribúyese la despoblación de Extremadura a la multitud de individuos descendientes de Cortés y de Pizarro que marchan al Nuevo Mundo en busca de fortuna, y creen que la misma necesidad y el deseo de aventuras empujan hacia América a los habitantes de Cádiz y Sevilla. Pero la colonización nunca debilita a un Estado vigoroso y bien acondicionado; ejemplo, el rápido y diario aumento de población en nuestra propia isla, la cual, lo mismo que antiguamente Tiro, constantemente envía fuera millares de hombres y en casi todos los mares mece en las amplias alas de su flota mercante las bendiciones de paz, religión, libertad, orden y civilización, cumpliendo la misión de extenderlas que se ha impuesto la Gran Bretaña.
La causa real y permanente de la decadencia de España, de la falta de cultivo y de la tristeza y miseria, es el MAL GOBIERNO, civil y religioso, que puede observarse por todas partes, en el campo solitario y en las silenciosas ciudades. Pero España será incapaz de entrojar la semilla de este fértil origen de eternos males, si no miente la anécdota tan corriente en el país: Cuando Fernando III tomó Sevilla y murió, como era santo, escapó al purgatorio, y, al llegar al cielo, Santiago le presentó a la Virgen, la cual en el acto le permitió que pidiera algunos favores para su amada España. El monarca deseó que se le concediera aceite, vino y trigo, y le fué concedido; un sol claro y cielo alegre, hombres valientes y mujeres bonitas, y se le otorgó todo; cigarros, reliquias, ajos y toros, y no hubo inconveniente alguno; un _buen gobierno_.--No, no--dijo la Virgen--; no es posible concederte eso, pues si te lo concediese, ningún ángel querría quedarse veinticuatro horas más en el cielo.
La renta actual puede calcularse en 12 ó 13 millones de libras esterlinas; pero los españoles comparan el dinero con el aceite, que siempre se pega a las manos del que lo maneja; y tanto es lo que se roba y se negocia, tales la malversación oficial y el mal arreglo, que resulta sumamente difícil averiguar nada concreto cuando de dinero se trata. Además, las rentas se cobran mal y con un tanto por ciento ruinoso, y durante el último siglo nunca han bastado para las necesidades nacionales. Se ha recurrido al expuesto ensayo de onerosos empréstitos y confiscaciones al por mayor. En un tiempo no había en el presupuesto gubernamental más partida casi que lo que se saqueaba a la Iglesia. De este modo se podía demostrar con facilidad, de acuerdo con Vatel, que el deber primero de un clérigo rico era socorrer a los necesitados, y tanto más si el pobre era el Estado; los báculos no son compañeros de las bayonetas. El sistema, necesariamente, no puede perdurar. Desde el reinado de Felipe II se han cometido toda clase de infamias. Las obligaciones públicas no se han cumplido; no se han pagado intereses y el capital se ha derrochado. Ningún país del viejo ni del flamante Nuevo Mundo ha alcanzado un descrédito financiero tan grande. Todos deben ser cautos para aventurarse en especulaciones españolas: a pesar de todas las promesas que se hagan en el programa, tarde o temprano vendrá la decepción; y ya sea el negocio en forma de empréstito, en tierras o caminos, nunca habrá seguridades _efectivas_; son siempre meros castillos en el aire, _châteaux en Espagne_. «La tierra, como el agua, tiene sus engaños, y éste es uno de ellos».
Para conocimiento de aquellos que han estudiado el comercio ibérico, diremos que en Madrid se fundó una _Bolsa de Comercio_ el año 1831. Se puede asegurar que es el lugar más _frío_ de la ciudad y el más _ocioso_, puesto que el usual «city article» es escaso, _sin operaciones_, porque no hay nada que vender o comprar. Pueden compararse a una tumba que tuviera por inscripción: «Aquí yace el crédito de España». Si hay algo que la _Pérfida Albión_, nación de comerciantes, odie más que un asignado francés, es un insolvente. Un detalle no da lugar a duda: que el _pundonor_ castellano prefiere arreglar sus cuentas con el frío acero y la cálida ofensa más bien que con oro y agradecimiento.
La Bolsa de Madrid se estableció, primero, en la calle de San Martín, el santo que partió su capa con un pordiosero. Como las comparaciones son odiosas y el mal ejemplo cunde, ha sido trasladada recientemente a la calle del Desengaño, sitio que no juzgarán mal elegido los que sean víctimas de algún fraude.
Como todos los individuos que están en el Poder utilizan sus conocimientos para obtener ventajas en el mercado, la Bolsa comparte con la Corte y el Ejército la influencia de la situación o crisis del momento: siendo listos, como lo son los ministros de París, resultan verdaderos novicios comparados con los españoles en el arte de manejar el telégrafo, la gaceta, etc., etc., y de este modo llevar plumas a su propio nido.
La Bolsa de Comercio está abierta desde las diez de la mañana hasta las tres de la tarde; allí pueden, los que deseen adquirir fondos españoles, comprarlos tan baratos como la menos codiciada mercancía; porque cuando el 3 por 100 inglés está a 98, no deja de ser tentador el 5 español si está a 22. Los valores son numerosos y convenientes para todos los gustos y bolsillos, bien los emitidos por Aguado, Ardouin, Toreno, Mendizábal, o los de Mon, todos «personas honorables», pero cuyo objetivo financiero es cobrar lo más posible y pagar en razón inversa, tendiendo siempre a embolsarse el interés y el capital. Como ya hemos dicho, el dinero y el aceite se pegan a las manos de quienes los manejan: los ministros y los asentistas de Madrid hicieron fortunas, y actualmente las hacen los hebreos de Londres, lo mismo que sus antepasados despojaron a los egipcios. Pero desde Felipe II acá no han faltado teólogos que defiendan el peligroso, aun cuando poco agradable, deber de la quiebra, sobre todo si se contrata con herejes usureros.
Cuando un extranjero se asome a la banca de Madrid hará bien en no mostrar curiosidad por ver la oficina de pagos de dividendos, para no herir susceptibilidades. Sea el que quiera el fin que nuestro lector persiga en la Península, debe:
«Neither a borrower nor lender be, for loan oft loseth both itself and friend[16]».
Hay que guardarse del comercio español, pues a despecho de los documentos oficiales y los laberintos aritméticos que, tan intrincados como un arabesco, son muy bonitos en el papel, pero ininteligibles, a pesar de las ingeniosas conversiones, fondos públicos, cupones--activo, pasivo y otros antipáticos términos y tiempos, excepto el presente--, la inseguridad es siempre la misma y ésta es la piedra de toque, desde el momento en que el crédito nacional depende de la buena fe y del exceso de ingresos; ¿cómo puede un país pagar intereses por una deuda cuyas rentas ni antes ni ahora han sido suficientes para las necesidades del gobierno? No es posible sacar sangre de una piedra; _ex nihilo nihil fit_.
La memoria de Mr. Macgregor sobre España, una exposición exacta de ignorancia comercial, negligencia en los tratados y contratos, describe sus _seguridades_ públicas, pasadas y presentes. Ciertamente tienen nombres y títulos muy rimbombantes: _Juros_, _Bonos_, _Vales reales_, _Títulos_, etc., etc., mucho más regios, grandes y poéticos que nuestros prosaicos _Consols_[17]; pero ningún juramento puede dar valor efectivo a un papel inútil y desprestigiado. Según algunos financieros, la deuda de España antes de 1808 ascendía a 83.763.966 libras esterlinas, que de entonces acá han llegado a la cifra de 279.083.089 en números redondos. Es posible que haya exageración en esto, porque el Gobierno no facilita dato alguno de sus especulaciones y manejos. Según Mr. Henderson, 78.649.675 libras de esta deuda se deben a ingleses exclusivamente, y les deseamos que no encuentren dificultades cuando vayan a Madrid. En tiempos de Jaime I, Mr. Howell fué enviado con un encargo parecido, y cuando volvió, «el montón de quejas sin satisfacción era más alto que él mismo». De todos modos, España está hasta el cuello de deudas y es irremediablemente insolvente. Y, sin embargo, si se tiene en cuenta la fertilidad de su suelo, sus magníficas posesiones en el país y fuera de él, la frugalidad de sus habitantes, pocos países hallarían menos motivos de preocupación; pero el cielo le ha concedido todas las bendiciones, menos un Gobierno bueno y honrado. Suele el Gobierno ser, o fanfarrón o cobarde; satisfacción en veinticuatro horas, _a lo Bresson_, o una escuadra en línea de batalla frente a Málaga--receta de Cromwell--, son los únicos argumentos que comprenden estos medio moros; las palabras conciliadoras son consideradas como debilidad; en un momento se puede obtener de su miedo lo que nunca se lograría de su sentimiento de justicia.
Capítulo V.
De las muchas falsedades que se han dicho sobre España, ninguna más repetida que la referente a los peligros y dificultades a que se supone expuesto el viajero. Este país, el más romántico, típico y característico de Europa, puede visitarse de parte a parte, por mar y por tierra, con facilidad y seguridad, como lo saben todos los que han estado en él. La falta de sentido de las críticas de ingleses de baja estofa, que nunca le han visto, predisponen con sus relatos a los turistas pusilánimes: los barcos son regulares, los correos y diligencias excelentes, los caminos pasaderos y las mulas muy seguras; además, las _posadas_ han aumentado y los ladrones han disminuído, tanto, que se necesita mucha ingenuidad para ser engañado o robado. Aquellos, sin embargo, que se desviven por cosas extraordinarias, o desean hacer un capítulo o un cuadro, en una palabra, llevarse una aventura para casa, pueden satisfacer su anhelo alardeando de imprudencia y charlatanería y ofreciendo un cebo tentador, aun cuando se ahorrarían tiempo, molestias y dinero ensayando el experimento mucho más cerca de su país.
Como la mayoría de nuestros lectores viven en una isla, empezaremos por el mar y los barcos.
La «Peninsular and Oriental Navigation Company» expide barcos tres veces al mes desde Southampton a Gibraltar. De ordinario emplean setenta horas en llegar a La Coruña, y aquí se toma el correo directo a Madrid, que efectúa el viaje en tres días y medio. Los navíos son excelentes, con tripulación y maquinaria inglesa. La travesía hasta Vigo se hace en menos de tres días, y el viaje a Cádiz, tocando en Lisboa, rara vez excede de seis. El cambio de clima, paisaje, gentes y costumbres que se observa en esta excursión de una semana es realmente notable. En dejando el Canal de la Mancha se entra en el inquieto Golfo de Vizcaya, en donde el petrel anunciador de tormenta está en su casa y donde el gigantesco oleaje del Atlántico es refrenado primeramente por la barrera férrea de la costa de España, el rompeolas de Europa. Aquí puede verse el _Océano_ en toda su magnificencia y soledad: grandioso en la tormenta, grandioso en calma, tranquilo como un espejo y nunca más admirable que por la noche, cuando las estrellas, en un cielo claro y limpio de niebla, titilan como diamantes sobre aquellos «que abajo navegan en barcos por el mar, y alaban las obras del Señor, y admiran sus maravillas». La tierra desaparece y el hombre tiene conciencia de su debilidad y de su fuerza; una línea muy tenue le separa de otro mundo, a pesar de que ha puesto su mano sobre las olas y ha dominado el Océano, haciéndole el camino del comercio y el lazo de unión de las naciones.
Los buques que navegan por la costa de Levante, desde Marsella a Cádiz, son más baratos; pero en modo alguno son tan buenos, ni aprovechan el tiempo--cosa esencial en los negocios--con regularidad inglesa. Están construídos en el extranjero y tripulados por españoles y franceses. Suelen detenerse un día en Barcelona, Valencia y otras capitales importantes, lo que les proporciona ocasión de aprovisionarse de carbón y de pasar contrabando. Un viajero que lleve prisa puede de este modo hacer una ligera visita a las ciudades del litoral, y así es como los autores que creen enterarse de los países extranjeros con una mirada de águila obtienen materiales para varios volúmenes sobre la historia, artes, ciencia, literatura y carácter de los españoles. Pero, como Mons. Feval observa a propósito de algunos de sus inteligentes compatriotas, no tienen éstos mas que rascarse la cabeza, según la expresión de Horacio, y salen a la luz una porción de volúmenes, hasta encuadernados ya en piel, ni más ni menos que Minerva saliera de la cabeza de Júpiter armada de todas armas.
El Mediterráneo es un mar peligroso y falso, encantador y falaz como Italia: las turbonadas son repentinas y terribles; en ellas las tripulaciones blasfeman o invocan a San Telmo, según sean sus ideas... Nosotros hemos sido sorprendidos navegando en estas pérfidas aguas en embarcación extranjera y hemos pensado con los españoles, que escapar es un milagro. La hilaridad producida en presencia del guirigay, confusión y procedimientos de los lobos de mar, estaba muy lejos de disipar los temores presentes y futuros. Algunos de nuestros infelices marinos, en un caso de guerra, puede que no escapen a la suerte con que les amenaza este lago francés. Ningún turista sensato deberá hacer el viaje por mar si puede hacerlo por tierra, tanto más cuanto que contemplar las costas de España con un anteojo desde la cubierta y pasar algunas horas en un puerto no es una manera muy satisfactoria de conocer el país.
Las carreteras de España, asunto muy importante para el viajero, son algo de lujo moderno, pues sólo se empezaron a construír con regularidad en tiempo de los Borbones. Los árabes y los españoles, que viajan a caballo y no en coches, tienen suficiente con las magníficas calzadas que los romanos construyeron en toda la Península: hay lo menos veintinueve de primer orden, que eran absolutamente indispensables a una nación de conquistadores colonizadores para mantener sus comunicaciones militares y comerciales. La más importante de todas, que, como la Vía Appia, puede llamarse Reina de los caminos, es la que va desde Mérida, capital de Lusitania, hasta Salamanca. Fué trazada como una muralla ciclópea, y los restos que de ella se conservan con su línea gris granítica, serpenteando a través del yermo fragante, semejan las vértebras de un mammut. Hemos seguido unas cuantas leguas su trazado, que se descubre por las columnas miliarias que emergen de los jarales; aquí y acullá algunos árboles frondosos crecen en el pedregoso suelo, y demuestran el tiempo que aquellos lugares están abandonados a la Naturaleza, que recobra sus derechos desplazando y removiendo los enormes bloques. Festonea las ruinas con guirnaldas de flores y enredaderas, y disimula las grietas y las huellas del tiempo inmemorable o de la negligencia humana como una doncella bonita adorna con diamantes a una marchita viuda. Los arrieros españoles caminan a lo largo de ellas, pero bordeándolos por veredas trilladas en la arena o los guijarros, como si se avergonzaran de pasar por el centro o consideraran que no era necesario un camino tan ancho para su modesto tráfico. Muchas de estas calzadas fueron destruídas por los frailes para edificar conventos, por los burgueses para labrar sus casas o por los militares para levantar fortificaciones: de todos modos, no quedan restos de casi ninguna.
Los caminos medievales de España fueron obra del clero, y aquí, como en muchas partes, los barbudos frailes fueron los exploradores de la civilización; ellos hicieron recto, amplio y fácil el camino que conducía a su convento, a su residencia principal, su milagrosa reliquia, o a cualquier punto de peregrinación que se ofrecía a los devotos: el comercio se combinaba con la devoción, y la codicia con el amor de Dios. Esta imitación de la práctica oriental que es costumbre en la Meca, la confirma la palabra española _feria_, que significa al mismo tiempo fiesta religiosa y día de fiesta. Aun los santos accedieron a ser protectores de caminos y tomar título de alguno de primer orden. Por ejemplo, Santo Domingo de la Calzada se llamó así por haber sido el primero en trazar un camino que atravesaba una parte de Castilla la Vieja en beneficio de los peregrinos hacia Compostela; y también esta ciudad lleva el mismo honroso título.