Cosas de España; tomo 1 (El país de lo imprevisto)

Part 3

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_La cuarta zona es la bética_, que es la más meridional y africana; costea el Mediterráneo, apoyándose en el pie de las montañas que se elevan a su espalda y forman la masa de la Península. Esta barrera constituye una protección contra los vientos fuertes que barren la región central. Nada más emocionante que descender desde las mesetas altas hasta las fajas marítimas; en pocas horas cambia por completo el aspecto de la Naturaleza, y el viajero pasa de la vegetación y el clima de Europa al de Africa. La característica de esta región es una atmósfera abrasadora y seca durante una gran parte del año. Los inviernos son cortos y benignos, más bien lluviosos que fríos, pues en los valles del Mediodía apenas si se conoce el hielo, como no sea en los helados; la primavera y el otoño son deliciosos, sobre toda ponderación. La mayor parte del cultivo es de regadío, sistema establecido por los árabes de una manera muy perfecta. El agua, con este sol abrasador y vivificante, es en realidad la sangre de la tierra y sinónimo de fertilidad. Las producciones son tropicales: caña de azúcar, algodón, arroz, naranja, limón, dátiles. El _algarrobo_ y la _adelfa_ son considerados como vegetación limítrofe entre esta _tierra caliente_ y las regiones más frías porque está circundada.

Tales son las divisiones geográficas de la naturaleza con la cual tan íntimamente unidas están las producciones vegetales y animales; ahora entramos más de lleno a estudiar el clima de España, del cual están tan orgullosos los españoles como si lo hubieran hecho ellos mismos.

Esta zona bética, Andalucía, de la que forman parte muchas de las más interesantes ciudades y algunos de los lugares más bellos de la Península, debe ser objeto de preferencia para el viajero, y cada una de sus bellezas, considerada particularmente, abarca una gran extensión de variadas perspectivas y objetos, y, por lo tanto, como es accesible fácilmente, puede ser visitada durante la mayor parte del año. El invierno puede pasarse en Cádiz, Sevilla o Málaga; el verano, en las frescas sierras de Ronda, Aracena o Granada, siendo, sin embargo, preferibles siempre los meses de abril, mayo y junio, o septiembre, octubre y noviembre. Los que vayan en primavera deben reservar junio para las montañas; los que hagan el viaje en otoño deberán comenzar por Ronda y Granada, terminando por Sevilla y Cádiz.

España, como ya se ha dicho, es una montaña o, mejor dicho, un conjunto de montañas, porque las líneas principales y las secundarias están todas ellas unidas más o menos y descienden serpenteando a través de la Península con una inclinación marcada hacia el oeste. La Naturaleza, dislocando de este modo el país, parece haber iniciado, mejor aún, impuesto a los habitantes el localismo y el aislamiento, pues encontrándose en sus valles y pueblos completamente incomunicados con sus vecinos, es inútil que se les induzca a sostener relaciones de amistad.

La comunicación interior de la Península, dividida por cordilleras, se lleva a efecto por carreteras bastante buenas, pero pocas y distantes unas de otras. Están constituídas salvando los accidentes demasiado penosos del terreno, procurando que vayan por los sitios en que el declive es menor y las pendientes menos rápidas. Estos pasos entre montañas se llaman _puertos_ (_portæ-puertas_). Hay sendas y veredas que unen entre sí varios puntos de la cordillera; pero suelen ser difíciles y peligrosos, y como en ellos no hay ventas, ni cruzan por pueblos, resultan más propios para contrabandistas y bandidos que para ciudadanos pacíficos, siendo por lo tanto, el mejor camino y el más corto, la carretera.

Las montañas españolas tienen generalmente un carácter triste y áspero, no exento de grandeza; las alturas están, por lo común, cubiertas de nieve, que brilla con el sol haciendo recortarse sobre el fondo azul del cielo la silueta escarpada y dentellada de las desnudas lomas; rara vez están cubiertas de bosque. Las masas graníticas se elevan sobre los verdes valles o los amarillos sembrados, semejando los castillos de un señor feudal, dueño de todo lo que está a sus pies, pero demasiado orgulloso para descender a tener nada de común con ello. Para ver estas montañas sin perder detalle de su forma, las mejores horas son a la salida y a la puesta del sol, pues durante el día los rayos verticales borran los contornos alejando las sombras.

Desde la costa se eleva el terreno directamente en las provincias del Noroeste y de algunas del Sur y de Levante hasta una faja intermedia seca y prominente; pero al terminar la ascensión no hay bajada propiamente dicha, sino que se encuentra el viajero en una vasta altiplanicie. Los caminos, _aparentemente_, tienen subidas y bajadas; pero, en realidad, no varía gran cosa la altura media; las llanuras y colinas interiores son ondulaciones de una misma montaña.

El viajero se engaña muchas veces por el bajo nivel aparente de las montañas nevadas, como el Guadarrama; y es que hay que añadirles la gran elevación de sus bases sobre el nivel del mar. El palacio del Escorial, emplazado en una especie de llano al pie mismo del Guadarrama, está situado a 2.725 pies sobre Valencia; y la residencia veraniega de los reyes en _La Granja_, en la misma cordillera, está 30 pies más alta que la cima del Vesubio. Esto, en verdad, es un castillo en el aire, un _château en Espagne_, digno del mayor potentado de Alemania, que es la dueña de aquel elemento, como Inglaterra lo es del mar.

La temperatura media de la meseta central de España es de 15° Reaumur, mientras que la de la costa llega a 18 ó 19°, aparte de la protección contra los vientos fríos que le proporciona las montañas que la guardan.

No se engaña menos el viajero que con la altura de las montañas interiores, con las campiñas y mesetas llanas. La vista alcanza un vastísimo espacio limitado por el horizonte o por una línea lejana de sierra; este espacio, que parece un desierto plano, está interrumpido por profundos _barrancos_, en los cuales se agrupan algunos pueblos y corren _arroyos_ completamente inadvertidos. Otro efecto digno de tener en cuenta de esta planicie central es la completa oquedad y el enrarecimiento del aire, que suele ser muy perjudicial para los extranjeros; la puesta del sol, que es muy tentadora en un país cálido, produce fácilmente oftalmías, irritaciones intestinales e inflamaciones y trastornos pulmonares y de otros órganos vitales. Estas causas pueden producir la _pulmonía_, enfermedad que en pocos días acaba con el individuo y que es la plaga de Madrid. El viento helado del Guadarrama sorprende al incauto en las encrucijadas de las calles que arden bajo un sol abrasador. ¿Es de extrañar, pues, que esta capital sea tan malsana? Una persona que da un paseo higiénico, cruza con los poros abiertos por una cámara frigorífica viniendo de una estufa, se resfría, y el resfriado presenta al médico español, quien, a su vez, no tarda en presentar al funerario.

Como los Pirineos ofrecen un interés europeo en estos momentos en que el Napoleón de la paz pretende anular su existencia, que retó a Luis XIV y a Buonaparte, no estará de más dar algunos detalles acerca de ellos. Esta barrera gigantesca que separa España de Francia tiene semejanza con el espinazo que baja de Tartaria y Asia. Se extienden mucho más allá de la cadena transversal, pues las montañas de las Provincias Vascongadas, de Asturias y Galicia, son continuación suya. Los Pirineos, propiamente dichos, van de este a oeste en una extensión aproximada de 270 millas, alcanzando las mayores proporciones en las partes centrales, donde el ancho tiene hasta 60 millas y la altura excede de 11.000 pies. Las estribaciones de este espinazo atraviesan por ambos lados los valles, saliendo de él como las costillas. El núcleo central se inclina gradualmente del este al gentil Mediterráneo, y por el oeste, al fiero Atlántico, en ondulaciones largas y desiguales.

Esta cordillera era llamada por los romanos _Montes_ y _Saltus Pyrenei_, y por los griegos, Πνρηνη, probablemente por alguna palabra ibérica que ellos--cogiéndola al oído sin atender al significado--relacionaban con su Πυρ, y para afirmar su errónea derivación forjaron una leyenda que casara con el nombre. En ella, unos atribuían el origen de éste a _un fuego_, mediante el cual se descubrieron algunos metales preciosos, y otros, a que las cimas por su gran elevación eran perfectamente batidas por los rayos y dislocadas por los volcanes. Según los iberos, Hércules, en su viaje para _robar_ sus ganados a Gerión, fué recibido con amable hospitalidad por Bebryx, una especie de gobernador secundario de estas montañas; entonces el semidiós se emborrachó y violó a la hija de su huésped, _Pyrene_, la cual murió de pesadumbre; y Hércules, cuando se despejó, pesaroso de su acción, hizo resonar por toda la cordillera el nombre de ella. Esta leyenda, como otras muchas en España, está por confirmar. Los fenicios llamaban a estas montañas _Purani_, por sus bosques, pues en hebreo _Pura_ significa madera. Los vascos también tienen su etimología, diciendo unos que la verdadera raíz es _Biri_, elevación, mientras otros prefieren _Bierri enac_, «los dos países», los cuales, separados por la sierra, fueron gobernados por Túbal. Pero cuando los españoles comienzan a hablar de Túbal, el mejor partido es cerrar el libro.

La _Maladetta_ es el pico más alto, a pesar de que el _Pico del Mediodía_ y el _Canigú_ se han considerado mucho tiempo como los de mayor elevación, pues como se alzan rápidamente desde una llanura, parecen más altos de lo que son; pero ya han sido destronados estos usurpadores franceses. Vista de lejos la cordillera parece ser una línea de montañas con muchas alturas interrumpidas, que, en realidad, son dos líneas distintas, paralelas y no continuas. La que está delante es la que comienza en el Océano y avanza lo menos 30 millas más hacia el sur que la línea correspondiente, que comienza en el Mediterráneo. El centro es el punto de dislocación, y aquí la red de ramificaciones aparece más intrincada, como que es la clave del sistema, el cual está afianzado por _las tres Sorellas_: _Monte Perdido_, _Cilindro_ y _Marboré_. Las fuentes del Garona se hallan en este punto; la perspectiva del paisaje es magnífica y los valles laterales son los más extensos. En las estribaciones menores también hay valles por los cuales corren algunos ríos: el Ebro, el Garona y el Bidasoa se alimentan en los manantiales de estas montañas. Estos tributarios son generalmente llamados en Francia _gaves_[4], y en la parte española, _gabas_. Pero _gav_ significa _río_, y puede ser hallado en nuestro _Avon_; Humboldt lo deriva del vasco _gav_, «_caverna_ o _cueva_». La corriente de estas aguas al norte o al sur marca la línea divisoria entre Francia y España; sin embargo, parte de _Cerdaña_ pertenece a Francia, mientras que _Aran_ es de España, con lo que resulta que cada país tiene un pie en el territorio vecino. Es raro que esto no se arreglase mediante un cambio cuando se discutió la cuestión de límites entre Carlos IV y la República Francesa.

La mayoría de los pasos de esta barrera alpina son impracticables para carruajes, y continúan en el mismo estado que en tiempos de los árabes, quienes llamaban a la cordillera pirenaica _Albort_, del latín _Portæ_, la sierra de los «puertos». Muchos de ellos sólo son conocidos de los naturales del país y de los contrabandistas; gran parte del año están cerrados a causa de la nieve, y aun en verano son peligrosos por las nieblas y los fortísimos huracanes. Las dos líneas de comunicación mejores están en ambos extremos: la del oeste por Irún y la del este por Figueras.

Los Pirineos españoles ofrecen pocos atractivos a los aficionados a las comodidades de la ciudad; pero el paisaje, el aliciente de las excursiones, la geología y la botánica son verdaderamente alpinos y compensarán con creces a los que se atrevan a «pasar trabajos» viajando por ellos. El contraste que presenta la parte española, poco frecuentada, con la opuesta es notable. A pesar de ser ésta más abrupta y más castigada por la nieve, los muchos establecimientos de baños de los Pirineos franceses son muy frecuentados y están llenos de caminos, diligencias, hoteles, caseríos donde se puede hacer alto para comer, _cicerones_, borriquillos de alquiler, etc., etc. Todo esto para los bobos de París que se pasan la vida decantando las excelencias de los verdes campos y de los _belles horreurs_; pero que no suelen alejarse mucho.

En pocas partes se dará una prueba más evidente de falta de gusto y de amor a lo bello y elevado--dice Mr. Erskine Murray--que en los Pirineos franceses, donde la mayor parte de la gente desconoce en absoluto la belleza de sus montañas, las cuales han sido exploradas principalmente por los ingleses, que aman la Naturaleza con alma y vida y la admiran lo mismo en sus formas más sencillas que en las más salvajes y bravías. Sin embargo, en la parte norte no es difícil encontrar algunas comodidades y facilidades para el turista; es más, los inválidos y las señoras que buscan lo pintoresco pueden ascender a la _Brèche de Roland_. Apenas se pasa la frontera la cosa cambia de aspecto por completo, en cuanto a facilidades y medios de locomoción. Agrio es el saludo primero del «duro país de Iberia», escaso el alimento, así corporal como espiritual, y difícil el acomodarse, lo mismo las personas que los animales; y todo esto, sencillamente porque no hay costumbre de que nadie viaje; ningún español va a los Pirineos por gusto. De aquí que sea una comarca entregada a los contrabandistas y cabras monteses.

La falta de curiosidad oriental por las _cosas_, las piedras viejas, los paisajes agrestes, etc., se une aquí a las razones políticas y al miedo. El vecino, desde los celtas hasta nuestros días, ha sido siempre codicioso, saqueador y el terror de España; sus _tretas de zorro_, fuego y rapiña, son demasiado numerosas para ser disimuladas o borradas y demasiado terribles para que puedan olvidarse: la venganza se convierte en un deber sagrado. Por más que hayan cambiado los gobiernos, la política de Francia es inmutable. La perfidia unida a la violencia _ruse doublée de force_ es el programa desde Luis XIV y Buonaparte[5] hasta Luis Felipe. El principio es el mismo aun cuando el instrumento empleado haya sido unas veces la espada y otras el anillo de boda. La débil España se ha visto unida a su vecina, más fuerte, que la ha hecho víctima de sus engaños y manejos, la ha degradado hasta convertirla en un mero satélite y la ha arrastrado tras el fiero Marte. Francia la ha obligado siempre a sufrir sus desgracias; pero nunca la ha hecho partícipe de sus éxitos; la ha uncido al carro de sus derrotas, pero no la ha permitido montar en el de sus triunfos. Su amistad ha tenido siempre la tendencia de desnacionalizar España, y perpetuando la forzada enemistad de Inglaterra le ha causado la pérdida de sus barcos y de sus colonias del Nuevo Mundo.

«La frontera pirenaica--dice el duque de Wéllington--es la más vulnerable de Francia, quizá la única. En consecuencia, siempre ha procurado desguarnecer las defensas españolas y alentar las insurrecciones y _pronunciamientos_ en Cataluña, porque la enfermedad de España es la ocasión de ellos, y, sin embargo, el resto de Europa suele creer a España fuerte, independiente y capaz de defender su llave de los Pirineos.

En tanto que Francia ha cultivado sus medios de aproximación y de invasión, España, para quien el pasado es una profecía del futuro, ha aumentado los obstáculos y ha dejado su barrera protectora tan quebrada y hambrienta como lo hubiera hecho su divinidad tutelar. Los habitantes de estas montañas no son más asequibles que sus fortalezas de granito. Están pobladas por contrabandistas, cazadores furtivos y toda clase de individuos que viven fuera de la ley; aquí se cría el campesino duro, que, habituado a escalar picachos y a luchar con los lobos, es materia perfectamente dispuesta para formar un _guerrillero_; y ningún enemigo fué nunca más terrible para Roma y Francia que los adiestrados en estos riscos por Sertorio y Mina. Apenas truena el toque de alarma, de cada roca, de cada matorral, surge un enjambre de hombres armados que, como son lo peor de cada casa, se juegan la vida sin reparo. El odio al francés, que, según el duque, «forma parte de la naturaleza española», parece aumentar en razón directa de la proximidad, pues cuanto más se acercan más rozamientos se ocasionan; es la antipatía que produce lo antitético, la incompatibilidad del triste y torpe con el listo y activo; del orgulloso, sufrido y asceta, con el vano, voluble y sensual; del enemigo de toda innovación y cambio, con el apasionado de las variaciones y novedades. Por mucho que se empeñen los embaucadores que auguran en las doradas galerías de Versalles que _Il n’y a plus de Pyrénées_, esta pared medianera de los Alpes, esta barrera cubierta de nieve y azotada por los huracanes existe y existirá siempre. Colocada aquí por la Providencia--dijo San Isidoro--ha evitado y evitará en el porvenir las proclamas de una alianza antinatural, como en los días de Silius Italicus:

«Pyrene celsâ nimbosi verticis arce divisos celtis laté prospectat Hiberos atque æterna tenet magnis _divortia_ terris».

Si el águila de Buonaparte no consiguió anidar en la sierra aragonesa, la flor de lis de los Borbones no echará raíces seguramente en la llanura de Castilla; Ariosto canta:

«--Che non lice che’l giglio in quel terreno habbia radice!»

Esta condición inveterada de abierta hostilidad o, mejor dicho, de neutralidad armada, ha hecho que estas regiones fuesen poco agradables para el turista observador. La abrupta y montañosa frontera se compone de poblados solitarios y aislados que constituyen todo el mundo para los naturales del país, los cuales sólo van a los valles para pasar contrabando. Esta vocación es el azote del país; les da una especie de confianza en su propia defensa y constituye un hábito de saqueo e insubordinación que parece ser un elemento de estímulo y de combustión tan necesaria a su sér moral, como el carbón y el hidrógeno lo son para su cuerpo físico.

Su desconfianza habitual contra el extranjero fiscalizador, que es instintiva en los orientales y en los iberos, les hace ver siempre en un curioso viajero un espía o un enemigo. Las autoridades españolas, que casi nunca hacen estas cosas sino por obligación, no comprenden que el inglés, amante de la Naturaleza y curioso de aventuras, se dedique a estudiar la botánica y la geología de estas regiones por su propia cuenta y sin ningún estímulo, fuera de su voluntad. Es posible que el _impertinente curioso_ pase inadvertido en una ciudad española y entre la multitud; pero en estas sierras solitarias no hay que pensar en tal cosa; es observado atentísimamente por aquella gente, que, con sus hábitos de caza y de contrabando, están siempre alerta y ojo avizor, con la mirada penetrante del halcón, el gitano y el ave de rapiña. De algún tiempo acá, los que están más próximos a Francia han visto el brillo de las monedas del turista inglés y se han humanizado algo tratando de sacar algún beneficio en la época de las excursiones.

La geología y la botánica están aún por investigar seriamente. En los Pirineos, tan fecundos en metales, abundan las toscas forjas de hierro; pero todo está montado en pequeña escala, de manera poco científica y probablemente siguiendo el primitivo sistema ibérico. El combustible es escaso, y el transporte del mineral sobre mulos, muy caro. El hierro es muy inferior al inglés y mucho más caro; los utensilios y herramientas usados en ambos lados de los Pirineos son mucho más antiguos que los nuestros, y, en cambio, existen tarifas absurdas que, por prevenir la importación de un artículo mejor y más barato, retrasan los adelantos en agricultura y fabricación y perpetúan la pobreza y la ignorancia entre la población atrasada y a medio civilizar. Los bosques también han sufrido enormemente con la negligencia, el despilfarro e imprevisión de los naturales, que arrancan más de lo que necesitan, y nunca repueblan.

La caza en estas comarcas es excelente, por cuanto donde el hombre no penetra la feraz naturaleza se multiplica; el oso, sin embargo, va haciéndose raro, porque se concede un premio por cada uno que se mate. Lo que más se caza es la _cabra montés_[6] o _rupicapra_, el _steinbock_ alemán, el _bouquetín_ francés, el _rebeco_ (_ibex_, becco, bouc, bock, buck). El encanto de su persecución, semejante a la de la gamuza de Suiza, se presta a muchos y muy graves accidentes, pues este arisco animal se encarama a los sitios más inaccesibles y hay que acecharle con una gran destreza. La caza, en la parte norte, es muy inferior, como que los cocineros de grandes hoteles han declarado la _guerra al cuchillo_, y casi casi al tenedor, hasta contra los _petits oiseaux_; bien es verdad que el _artiste_ francés persigue igualmente a los pececillos, pues es aficionado a probar toda clase de _sports_ y diversiones, y siempre con miras al estómago. Los españoles, menos materialistas y gastrónomos, dejan en una paz relativa a las tribus aladas y de aletas. En consecuencia, los riachuelos están poblados de truchas, y los que vierten en el Atlántico, de salmón. Los Altos Pirineos no son únicamente alambiques de cristalinos y fríos torrentes, sino que también tienen, como el corazón de Safo, manantiales de agua caliente bajo un lecho de nieve. Los más célebres están en la parte norte, o por lo menos son los más conocidos y frecuentados, pues los españoles son poco aficionados a baños ni a aguas medicinales. En la parte española apenas hay medio de acomodarse en los baños que existen, y los de Francia son mezquinos, comparados con los Spas de Alemania, y sucios e indecentes, si se ponen en parangón con los ingleses. El paisaje es completamente alpino: una mezcla de montañas, precipicios, ventisqueros y bosques, animados por los torrentes y los huracanes. Los naturales, cuando no son contrabandistas o _guerrilleros_, son rudos, sencillos y bucólicos; pobres y pintorescos, como toda la gente que puebla las montañas. La _llanura_, donde se produce el pan, será más rica, seguramente; pero ¿qué partido puede sacar de ella un turista o un pintor?

En los parajes agrestes, los montañeses conducen en verano sus rebaños a lo alto de la sierra, y allí viven en sus chozas luchando con la miseria y las fieras, ahuyentando materialmente al lobo de delante de la puerta; tienen mastines magníficos; las ovejas parecen un ejército instruído frente al enemigo; conocen la voz del pastor o, mejor dicho, su silbido y sus gritos especiales; la lana es llevada a Francia de contrabando, y, una vez fabricada toscamente, vuelve a entrar en España de la misma manera.

Capítulo III.

En España hay seis grandes ríos, arterias que corren entre las siete cordilleras, vértebras del sistema geológico. A cada uno de ellos afluyen varios de menor cuantía; de los que son, a su vez, tributarios innúmeros arroyuelos que corren por valles y quiebras.