Cosas de España; tomo 1 (El país de lo imprevisto)
Part 2
No hay rey de España: entre la infinidad de reinos que aparecen en las listas, el de «España» no figura: consta _Rey de las Españas_, _Rex Hispaniarum_, no _Rey de España_. Felipe II, llamado por sus conterráneos _el Prudente_, deseando unir a sus heterogéneos súbditos, después de consolidar su dominio con la conquista de Portugal, trató de llamarse rey de España, como en realidad era; pero esta alteración no estuvo al alcance de su despotismo, por oponerse a ella resueltamente Aragón y Navarra, que nunca perdieron la esperanza de sacudir el yugo de Castilla y recobrar su antigua independencia, mientras que las provincias de la vieja y la nueva Castilla rehusaban comprometer en modo alguno su derecho de preeminencia. Estas provincias, antiguamente como ahora, tomaron la primacía en la nomenclatura: _castellano_ es sinónimo de español y de la cepa más genuina. _Castellano a las derechas_ significa ser español hasta la médula; _hablar castellano_ es la expresión más correcta para decir que se habla español. España estuvo mucho tiempo sin la ventaja de una metrópoli fija como Roma, París o Londres, que han sido capitales desde su fundación, y reconocidas y consideradas como tales. En España han sido capital León, Burgos, Toledo, Sevilla, Valladolid y otras. Este cambio constante y la preeminencia poco duradera ha contribuído a hacer insignificante la superioridad de una provincia sobre otra, y ha sido causa de una debilidad nacional que ha originado rivalidades y disputas por el derecho de prioridad, fuente la más copiosa de discusiones en un pueblo de reconocida suspicacia. De hecho, el Rey es el Estado, y dondequiera que se instale allí está _la Corte_, palabra sinónimo de Madrid, que pretende ser la única residencia del soberano--_Die Residenz_, como dirían los alemanes--. Comparada con las ciudades mencionadas anteriormente, es una población moderna que, no teniendo obispo[3] o catedral, como algunas provincias antiguas, que tienen incluso dos, no ha alcanzado el título de ciudad, sino el de villa. En momentos de peligro nacional ejerce poca influencia sobre la Península; al mismo tiempo, por ser la residencia de la Corte y del Gobierno, y por lo tanto el centro del favoritismo y de la moda, atrae a todos aquellos individuos que aspiran a hacer fortuna; pero la capital es presa de las ambiciones más bien que de los afectos de la nación. Los habitantes de las provincias creen de buena fe que Madrid es la Corte mayor y más rica del mundo, pero su corazón permanece fiel a sus respectivas regiones. _Mi paisano_ no quiere decir español, sino andaluz, catalán, etc. Cuando se pregunta a un español: ¿de dónde es usted?, suele contestar: _Soy hijo de Murcia, de Granada_, etcétera. Algo semejante a los «hijos de Israel» y al «Beni» de los moros españoles. Hoy también los árabes de El Cairo se llaman hijos de tal ciudad: _Ibn el Musr_, etc.; asimismo los irlandeses se titulan «hijos de Tipperary», etc., y están dispuestos a pelearse con todos los que no son del mismo origen; y cosa parecida es la unión de los escoceses, que en realidad existe en todas partes, pero no tan extendida como en España, donde el ser de la misma provincia o ciudad crea una especie de masonería que une a sus individuos como compañeros de escuela. En realidad es un _hogar_ (home) movido por las mismas pasiones. Todos sus recuerdos, sus comparaciones, sus elogios se refieren siempre al lugar de su nacimiento; nada para ellos puede rivalizar con su provincia: ésta es su única patria. _La Patria_, que significa España entera, es un motivo de declamación, de hermosas frases, _palabras_, a las que, como los orientales, todos gustan de entregarse, y para las que su idioma grandilocuente les presta facilidad; pero su patriotismo es de parroquia, y la propia persona es el centro de gravedad de todo español. Como los alemanes, gustan de cantar y declamar en honor de la Patria. En ambos casos la teoría es espléndida; pero en la práctica, cada español piensa que su provincia o su pueblo es lo mejor de España y él el ciudadano más digno de atención. Desde tiempos muy remotos hasta el presente a todos los observadores les ha sorprendido este _localismo_, considerándolo como uno de los rasgos característicos de la raza ibera, que nunca quiso uniones, que jamás, como dice Estrabón, puso juntas sus escuelas, ni consintió en sacrificar su interés particular en aras del bien general; por el contrario, en momentos de necesidad siempre ha propendido a separarse en _juntas_ diversas, cada una de las cuales sólo piensa en sus propias miras, totalmente indiferente al daño ocasionado, que debería ser la causa de todos. El peligro y el interés general apenas logran reunirlos, pues la tendencia de todos es más bien huírse que atraerse unos a otros. Alejado el enemigo común, inmediatamente vienen a las manos, sobre todo si hay botín que repartir; apenas alguna vez, como sucede en Oriente, la energía de un hombre puede unir las voluntades sueltas con la fuerza de hierro de una inteligencia privilegiada, como el aro sujeta las duelas de un tonel; pero apenas el aro se afloja, se desunen aquéllas. De este modo se ha neutralizado la virilidad y vitalidad del noble pueblo, que tiene un corazón honrado y miembros fuertes, pero, como en la parábola oriental, necesita «una cabeza» que dirija y gobierne. España es hoy, como siempre ha sido, un conjunto de cuerpos sostenidos por una cuerda de arena, y, como carece de unión, tampoco tiene fuerza y ha sido vencida en grupos sueltos. La frase tan traída y llevada de _Españolismo_ expresa más bien la «antipatía a un dominio extranjero» y el «orgullo» de los españoles--_españoles sobre todos_--, que un patriótico y verdadero amor a su país, a pesar de que coloca sus excelencias y superioridad muy por encima de las de otro cualquiera. Esta opinión está expresada muy gráficamente por uno de esos expresivos proverbios que, en España más que en parte alguna, son el reflejo del sentir popular: _Quien dice España dice todo_. Un extranjero encontrará esto, quizá, demasiado exclusivo y general, pero hará bien en no expresar dudas sobre este asunto, si no quiere ser considerado por todos los indígenas como una persona envidiosa, desconfiada o ignorante o, probablemente, las tres cosas juntas.
La debilidad nacional en España, decía el duque de Wéllington, es alardear de su fuerza. Cada partícula infinitesimal de lo que constituye _nosotros_, como dicen los españoles, hablará de su país como si aún sus ejércitos fuesen conducidos a la victoria por el poderoso Carlos V o los Consejos estuviesen gobernados por Felipe II en lugar de Luis-Felipe. Ventura grande fué, ciertamente, según un predicador español, que los Pirineos ocultasen a España cuando el Malo tentó al Hijo del Hombre con la oferta de todos los reinos del mundo y su gloria. Bien es cierto que esto se practicaba en la ignorante época medieval, pero pocos peninsulares, aun en estos tiempos, dejarían de estar conformes con la consecuencia. No hace muchos días que un extranjero contaba en una _tertulia_ la muy conocida anécdota de la nueva visita de Adán a la tierra. El narrador explicaba cómo nuestro primer padre al aparecer en Italia quedó perplejo y sorprendido; cómo al cruzar los Alpes para ir a Alemania no encontró nada que pudiese comprender; cómo las cosas se le presentaron más obscuras y extrañas en París, hasta que al llegar a Inglaterra se halló completamente perdido, confuso y sin brújula, incapaz de hacer ni comprender nada. España era el sitio que le faltaba: allá se fué, y con gran satisfacción suya se encontró como en su propia casa; tan poco habían cambiado las cosas desde que se ausentó del mundo, mejor dicho, desde que el sol de la creación alumbrara a Toledo. Terminado el cuento, un distinguido español que estaba presente, un poco picado por el tono de guasa del narrador, contestó con anuencia de todos los contertulios: _Sí, señor, Adán tenía razón; España es el Paraíso_. Y, en realidad, este caballero, digno y entusiasta, no estaba equivocado, a pesar de que, según la afirmación de no pocos compatriotas suyos, hay algunas comarcas cuyos habitantes no están limpios, ni mucho menos, del pecado original; así, por ejemplo, los valencianos suelen decir de su deliciosa huerta: _Es un paraíso habitado por demonios_. Asimismo, Murcia, país rebosante de leche y miel, donde Flora y Pomona disputan el premio a Ceres y Baco, tiene, según los naturales, _el cielo y el suelo buenos; el entresuelo, malo_.
Otra anécdota podrá determinar el sentir del país del mismo modo que una paja arrojada al aire señala la dirección del viento. Thiers, el gran historiador, en su reciente viaje por la Península pasó unos días en Madrid. Siendo su inteligencia, como diría un lógico, de forma más _subjetiva_ que _objetiva_, esto es, más sencilla a la consideración del _ego_ y todo lo relacionado con él que a lo ajeno a su persona, durante su estancia en Madrid no se ocupó nada de la capital, lo mismo que hiciera en Londres en una excursión semejante. «Mirad, dijeron los españoles, a ese gabacho; no se atreve a quedarse ni a levantar los ojos del suelo, en este país cuya gran superioridad hiere su vanidad nacional y personal». La cosa no tiene nada de extraño. Hay en Castilla la Vieja un dicho antiguo que reza: _Si Dios no fuese Dios, sería rey de las Españas, y el de Francia, su cocinero_. Lope de Vega, sin renegar de estas pretensiones paradisíacas, tiene más consideración para Inglaterra. Su soneto en la romántica excursión a Madrid dice:
«Carlos Stuardo soy. Que, siendo amor mi guía, al _cielo de España_ voy, por ser mi estrella María».
Debe recordarse que la Virgen, cuyo nombre llevaba esta infanta, es considerada por los españoles como la luz más brillante y la única reina del cielo.
Capítulo II.
Siendo España el país más meridional de Europa, es muy natural que los que nunca han estado en él y que en Inglaterra critican a los que han estado, se figuren que su clima es más benigno que el de Italia o Grecia. Muy distinta es la realidad. Algunas costas y llanuras resguardadas de las provincias del Mediodía y Levante son ciertamente templadas en invierno y sufren los rigores de un sol africano en el estío; pero las comarcas del Norte y del Oeste son húmedas y lluviosas la mayor parte del año, mientras que el centro es, o frío y triste, o asoleado y azotado por el viento: ha habido inviernos tan crudos en Madrid que hasta se ha helado algún centinela, y con mucha frecuencia se interrumpe la comunicación entre las dos Castillas a causa de la nieve que se acumula en los puertos. Por esta causa, a todo el que intenta viajar por la Península se le advierte que debe hacer su itinerario previamente y determinar las regiones que ha de visitar en cada una de las estaciones del año, con objeto de evitar los inconvenientes que resultarían de visitarlas en época poco apropiada.
Una ojeada a un mapa de Europa dará más clara idea de la situación de España respecto a los demás países que muchas páginas impresas; y ésta es una ventaja que cualquier niño de la escuela le lleva a los Plinios y Estrabones de la antigüedad; los antiguos se conformaban con comparar la forma de la Península a una piel de vaca, semejanza que en realidad no está mal hallada. No cansaremos a los lectores con detalles de longitud y latitud, pero sí mencionaremos que la superficie total de la Península (incluyendo Portugal) es de unas 19.000 leguas cuadradas, de las cuales algo más de 15.500 corresponden a España; ésta, pues, resulta casi dos veces mayor que las Islas Británicas y solamente una décima parte más pequeña que Francia; la línea de costa está calculada en unas 750 leguas. Este aislado y compacto territorio, habitado por una raza fuerte, hermosa, guerrera, hubiera debido competir con Francia en poder militar, al mismo tiempo que su posición entre los dos grandes mares, dueños del comercio del viejo y el nuevo mundo, su extensa línea de costas, llenas de bahías y puertos, le ofrecía todas las ventajas para poder rivalizar con Inglaterra en empresas marítimas.
La Naturaleza ha proporcionado salidas para las infinitas producciones de un país, que es rico tanto en lo que puede hallar en la superficie como en las entrañas de la tierra, porque las minas y canteras contienen gran cantidad de preciosos metales y mármoles, desde el oro al hierro y desde el ágata al carbón. Su fértil suelo y el clima tan variado permite cultivar los productos de la zona templada a la tropical: así en Granada, la caña de azúcar y el algodonero se muestran lujuriantes de verdura al pie de los montes, cubiertos eternamente de nieve, ofreciendo un ancho campo al botánico, el cual puede ascender por zonas y estudiar sucesivamente toda la variedad de capas vegetales, desde la planta de estufa, que crece al aire libre, hasta el duro liquen. Se necesita, en verdad, una fuerza enorme de apatía y mal gobierno para neutralizar la abundancia de cualidades con que la Providencia ha favorecido pródigamente a este país, el cual, bajo la dominación de los romanos y de los árabes, semejaba un Edén, un jardín exuberante y delicioso, cuando, según las palabras de un autor, no había nada baldío ni estéril--_nihil otiosum, nihil sterile in Hispaniá_--. Este aspecto ha cambiado notablemente; y ahora la masa de la Península ofrece un aspecto de abandono y desolación moral y física que entristece el ánimo; la naturaleza, así como la inteligencia del hombre, han sido empequeñecidas y reducidas, o se han abandonado, y su fertilidad natural ha desbordado en hierbas inútiles, de las cuales se ven más que en ningún país del mundo, o sus energías han sido mal dirigidas y la capacidad para el bien se ha convertido en la misma fuerza para el mal; pues aquí, como en todas partes, _la altivez y la pereza son llaves de pobreza_.
La geología de España es muy peculiar y distinta de la de otros países; es casi una montaña o una aglomeración de montañas, como han tenido ocasión de comprobar nuestros compatriotas que han tomado parte en la construcción de ferrocarriles.
Desde la orilla del mar comienza a elevarse hacia el interior, y en la parte central llega a haber mesetas más altas que en ningún otro país de Europa, pues fluctúan entre 2 y 3.000 pies sobre el nivel del mar, y aun desde estas altas llanuras se elevan cadenas de montañas que alcanzan alturas mucho mayores. Madrid, que se halla situado en una de estas mesetas, está a 2.000 pies sobre el nivel de Nápoles, población colocada en la misma latitud. La latitud de Madrid es de 59°, mientras que la de Nápoles es 63° 30´, debiendo atribuírse la diferencia de clima y la que existe en la producción vegetal de las dos capitales a la distinta elevación de ambas. Frutas que se dan en las costas de Provenza y en Génova, situada cuatro grados más al norte que una gran parte de España, rara vez se encuentran en el elevado interior de la Península; en cambio, en las zonas marítimas bajas y asoleadas se da perfectamente toda la vegetación tropical. El aspecto general montañoso de la costa es casi el mismo en el circuito que se extiende desde las Provincias Vascongadas al Cabo de Finisterre, y ofrece notable contraste con las llanuras secas que se extienden de Cádiz a Barcelona, las cuales se suelen asemejar mucho en las producciones: higos, naranjas, granadas, áloe, algarroba y otras que crecen en profusión en todas ellas, excepción hecha de aquellos sitios en donde las montañas bajan rápidamente hasta el mar mismo. También las comarcas centrales, formadas por llanuras y estepas: _parameras_, _tierras de campo_, _secanos_, son muy semejantes entre sí, lo mismo en su aspecto monótono y pelado y la escasez de frutas y bosques, que en la abundancia de cereales.
Los geógrafos españoles han dividido la Península en siete cordilleras diferentes, comenzando por los Pirineos y terminando por la bética o andaluza: estas _cordilleras_ o cadenas de cumbres se elevan desde las llanuras intermedias que fueron antaño las hoyas de los lagos internos, hasta que las aguas acumuladas rebosando los obstáculos que las oprimían se abrieron camino hacia el Océano. La inclinación del país es de este a oeste, y, por lo tanto, los ríos más caudalosos, que forman los desagües y las principales vertientes de la mayor parte de la superficie, desembocan en el Atlántico; su curso está en dirección transversal y casi paralela: el Duero, el Tajo, el Guadiana y el Guadalquivir corren hacia su desembocadura entre sus distintas cordilleras. Las fuentes de estos ríos principales están situadas en la línea longitudinal de montañas que desciende, atravesando toda la Península, inclinándose más bien a la costa este que a la oeste. Por esta causa el curso de estos ríos es muy largo, sobre todo comparándolo con el Ebro, que desemboca en el Mediterráneo.
El geógrafo árabe Alrasi fué el primero que consideró la diferencia de clima como la regla para dividir la Península en distintas comarcas; y algunas autoridades modernas, poniendo en práctica la idea, han trazado una línea imaginaria, nordeste al sudoeste, separando así la Península en parte norte o boreal y templada, y parte sur o tórrida, y subdividiendo éstas en cuatro zonas. No es esta división en modo alguno arbitraria, por cuanto no puede estar sujeto a capricho o equivocación lo que se basa en pruebas derivadas del mundo vegetal: las costumbres pueden hacer al hombre, pero sólo el sol modifica la planta; el hombre llegará por las necesidades sociales a convertirse en una masa dúctil, pero los elementos no podrían nunca civilizarse: la Naturaleza no puede hacerse cosmopolita, lo que el cielo no permita.
_La primera de las zonas norte es la cantábrica_, o europea, que se extiende a lo largo de la base de los Pirineos y comprende parte de Cataluña y Aragón, Navarra, las Provincias Vascongadas, Asturias y Galicia. Es la región más húmeda, y como el invierno es largo, y la primavera y el otoño lluviosos, sólo debe visitarse en verano. Se compone de colinas y cañadas, atravesadas por multitud de riachuelos y arroyos abundantísimos en pesca, los cuales riegan los prados, ricos en pastos. Los valles constituyen la comarca lechera de España, que ahora se mejora mucho, mientras que los montes encierran los mejores bosques de la Península. En algunos sitios apenas se produce el trigo; en cambio, otros son abundantes en cereales; también se fabrica la sidra y un vino corriente. Es una región habitada por una raza fuerte, independiente y rara vez vencida, ya que la naturaleza del país ofrece medios naturales de defensa: con un ejército pequeño sería inútil intentar la conquista, y uno numeroso no hallaría elementos de subsistencia en las comarcas hambrientas.
_La segunda zona es la ibérica_ o de Levante. En su parte marítima, es más asiática que europea, y sus habitantes de las clases bajas tienen mucho del carácter griego y cartaginés: son falsos, crueles y traidores, al mismo tiempo que vivos, ingeniosos y aficionados a los placeres. Esta zona comienza en Burgos, y la integran el mediodía de Cataluña y Aragón, con algo de Castilla, Valencia y Murcia. La costa debe visitarse en primavera y otoño, épocas en que es verdaderamente deliciosa. En verano es demasiado caliente y está infestada de millones de mosquitos. La parte de cerca de Burgos es de las más frías de España, y en ella el termómetro alcanza temperaturas mucho más bajas que en los sitios más fríos de nuestro país; como al mismo tiempo no tiene gran cosa para llamar la atención del viajero, será bueno abstenerse de visitarla, excepto en los meses de riguroso verano. La población es seria, sobria y castellana. Su elevación es muy considerable; el valle superior del Miño y algunos lugares de Castilla la Vieja y de León están situados a más de 6.000 pies sobre el nivel del mar y la nieve dura muchas veces en ellos más de tres meses.
_La tercera zona es la lusitana_ u occidental, que es la mayor de todas y comprende algo de España y Portugal. El interior de esta zona, principalmente las provincias de las dos Castillas y la Mancha, en la condición del suelo, así como en la moral de sus habitantes, presenta el punto de vista menos favorable de la Península. Estas estepas interiores están calcinadas por el sol en verano y muy castigadas por las tempestades y el viento en invierno. La total carencia de árboles, setos y cercas expone sus extensas e indefensas llanuras a la inclemencia de los elementos. Miserables casas de barro, desperdigadas aquí y acullá en la desolada planicie, proporcionan un mezquino hogar a una población pobre, orgullosa e ignorante; pero estas comarcas, que tan poco tienen en sí de agradable y de provechoso para el viajero, se avaloran con algunos sitios y ciudades de tan gran interés, que nadie que trate de conocer España puede pasarlas por alto. Las mejores épocas de visitar esta parte de España son mayo y junio, o septiembre y octubre.
Los distritos más occidentales de esta zona lusitana no son tan desagradables. En la parte alta abunda el acebo y el castaño, y en las llanuras se dan magníficas cosechas de trigo y muy exquisito vino tinto. La meseta central, muy semejante a la de Méjico, constituye cerca de la mitad del área de la Península. La particularidad del clima es la sequedad; no es, sin embargo, malsano, y se ve libre del paludismo, muy frecuente en las llanuras bajas, en los terrenos pantanosos y en los arrozales de Valencia y Murcia.
Las lluvias son tan escasas en esta comarca, que la cantidad anual de agua no pasará de tres pulgadas. Donde menos llueve es en la región montañosa de Guadalupe y en las mesetas altas de Cuenca y Murcia: en ellas se pasan ocho y nueve meses del año sin caer una sola gota. Las tormentas apenas hacen sentar el polvo, pues la humedad se seca más pronto que las lágrimas de una mujer. La superficie de la tierra está tostada, atezada, seca como una verdadera _terra cotta_; todo semeja muerto y quemado en una pira mortuoria. Parece milagroso que el germen de la vida se conserve en la hierba cuando se ve marchita y muerta, y, sin embargo, apenas empieza a llover, brota la vegetación, cual nuevo ave fénix, de las cenizas, lujuriante de vida. Las simientes caídas en el suelo germinan alfombrando el desierto de verdura, alegrando la vista con flores y embriagando los sentidos con su perfume. La tierra, agrietada y seca, absorbe con fruición la lluvia, y despertando después, como un gigante que refresca con vino, desarrolla todas sus fuerzas. Y de lo que es la vegetación en los sitios en que la humedad se combina con el gran calor, no puede darse idea el que haya vivido siempre en países de sol tibio. Los períodos de lluvias suelen ser en invierno y primavera, y cuando son abundantes se producen toda clase de granos y uvas. Los olivares sólo se encuentran en pocas regiones.