Cosas de España; tomo 1 (El país de lo imprevisto)
Part 11
Estas _alforjas_ españolas son, por el nombre y el aspecto, el árabe _al horeh_ (la _f_ y la _h_, como la _b_ y la _v_, y la _x_ y la _j_, son casi equivalentes y se usan indistintamente en la cacografía española). Generalmente son de algodón y estambre y tienen bordados en colorines caprichosos dibujos; lo más elegante es que lleven en una de sus orillas el nombre del propietario, el cual debe estar bordado por la delicada mano de su adorada dama. Las fabricadas en Granada son muy buenas; las morunas, especialmente las procedentes de Marruecos, van adornadas con una porción de borlitas. Cuando los campesinos bajan de sus cabalgaduras al entrar en los pueblos, y los monjes mendicantes cuando van pidiendo limosna para sus conventos, se echan las alforjas al hombro.
Una de las cosas que para todo el mundo es conveniente llevar en la alforja del lado derecho, para alcanzarla con más facilidad, es un par de anteojos azules o antiparras, pues la oftalmía es muy común en España, y especialmente en las llanuras calcinadas del centro; no hay nada de verdura que amortigüe el resplandor constante; el aire es seco y las nubes de polvo son irritantes en extremo, pues van cargadas de nitro. Un remedio muy eficaz contra esta afección es lavarse frecuentemente los ojos con agua caliente y no tocárselos en absoluto cuando se tenga la menor inflamación, como no sea con el codo: _los ojos_, _con los codos_. Los españoles nunca bromean con sus ojos o con su religión; en muchos casos parecen más aficionados a los primeros, no ya cuando brillan bajo las cejas arqueadas de una morena, sino sencillamente cuando están colocados en su propia cabeza. «Te quiero más que a mis ojos» es una expresión vulgar de afecto; y aun en los casos en que le tiene más rabia al más odiado enemigo, jamás le desea nada malo para sus órganos visuales.
Todo el arte de las _alforjas_ consiste en colocar en ellas lo que se necesita con más frecuencia y en el sitio más propio y asequible. Se debe llevar, pues, en ellas dinero suelto para el lisiado y el ciego y los mil casos de miseria y dolor humanos que el viajero ha de contemplar necesariamente en un país donde, suprimida la sopa conventual, aun están sin nombrar los empleados que deben aplicar la nueva ley contra la mendicidad; esta caridad de la _bolsa de Dios_ nunca empobrece la bolsa del hombre, y el hombre caritativo, aun cuando esté muy en oposición con los economistas modernos, es siempre alabado en ese libro pasado de moda que se llama la Biblia. El lado izquierdo de las alforjas debe reservarse para los estuches de escribir y de aseo, que, cuanto más pequeños sean, tanto mejor.
No hay que descuidar el pasto espiritual. La biblioteca del viajero, al igual que los compañeros de viaje, debe ser escogida y buena: _libros y amigos_, _pocos y buenos_. Las ediciones en dozavo son las mejores, pues un libro pesado mata al caballo, al jinete y al lector. Los libros son cuestión de gusto: unos prefieren a Bacon, otros, a Pickwick; a todo evento debe incluírse una edición de bolsillo de la Biblia, de Shakespeare y del _Quijote_; y de creer que debe seguirse el consejo del bueno del doctor Johnson, uno de aquellos libros que pueden ser llevados en _la mano_ y leerse al lado del fuego. Marcial, una gran autoridad en materia de Manuales españoles, recomendaba «libros de este tamaño como compañeros de un largo viaje». Los en cuarto y los infolio, decía, se deben dejar en casa en los estantes:
«Scrinia da magnis, _me manus una_ capit»[35].
También se guardará en ellas el pasaporte, esta molestia y azote de los viajes continentales, a la que un libre británico no puede nunca acostumbrarse; sin embargo, prescindir de él, a lo que un inglés siempre está propicio, entrégase a la peor y más impertinente gentuza de la tierra. Los pasaportes en España, en cierto modo, substituyen ahora a la Inquisición y están, además, empeorados por formas vejatorias copiadas de la burocrática Francia.
Aparejado todo de esta manera, en el arzón de la silla debe siempre añadirse una _bota_ y la pistola de bolsillo de Hudibrás. Y digamos una palabra de esta _bota_, que es tan necesaria para el jinete como la silla para el caballo. Este utensilio tan asiático y tan español sirve de botella y de vaso al mismo tiempo a los peninsulares que van de camino, y no se parece en nada a los cacharros de vidrio o de peltre que se usan en Inglaterra. Tan fácilmente iría una española a la iglesia sin su abanico, como un español a la feria sin su navaja, como se pondría en camino un viajero sin su _bota_. La nuestra, la fiel confortadora de muchos caminos secos, compañera de largas jornadas, hoy reliquia de un pasado feliz, está colgada, como un ex voto al Baco ibero, al modo como los marineros de Horacio colgaban sus vestiduras húmedas en ofrenda a la deidad que les librara de los peligros del mar. Su piel, arrugada ahora por la edad y añorando infructuosamente el vino, conserva aún la fragancia del líquido rubí, sea el generoso _Valdepeñas_ o el rico _vino de Toro_, y refresca nuestro olfato si por casualidad nos acercamos a su boca, teñida de rojo. El rancio perfume del vino perdura en ella, haciéndonos la boca agua y quizá trayéndola también a los ojos. ¡Qué ensueño de aromas españoles, buenos, malos e indiferentes, despierta en nosotros nuestra amiga la _borracha_! ¡Qué recuerdos se amontonan, despidiendo el balsámico aroma del Mediodía: de las olorosas llanuras y los montes cubiertos de tomillo, en donde Flora llama a sus pequeñas amigas las abejas; de las iglesias nubladas de incienso; de las cabras y los frailes, barbudos y odoríferos; de las ciudades, cuyo vaho de ajo, ollas, aceite y tabaco se eleva al cielo, mezclado con las mil fragancias que percibe el olfato de un hombre, ya desembarque en Calais o en Cádiz! Ahí está colgada nuestra aromática bota, ahora un grato recuerdo. Cumplió su tiempo, y ya nunca se verá henchida, en la ardiente y sedienta España, para vaciarla de nuevo, que es aún mejor.
Esta _bota_, de donde se derivan los términos _butt_ de Jerez, _bouteille_ y botella, es la vasija oriental de cuero más antigua a que se hace alusión en el libro de Job, cap. XXXII, V. 19: «Mi vientre está a punto de estallar, como las vasijas nuevas»; y en la parábola de San Mateo, cap. IX, v. 17: «Ni echan vino nuevo en odres viejos. De otra manera se rompen los odres, y se vierte el vino y se pierden los odres. Mas echan vino nuevo en odres nuevos, y así se conserva lo uno y lo otro». Esta parábola pierde gran parte de su sentido con nuestra palabra _bottle_ (botella), que, siendo de vidrio, no se estropea con el tiempo como una vasija de cuero. Una «botella de agua» de esta clase fué una de las pocas cosas que Abrahán dió a Agar cuando echó a la madre de los árabes, cuyos descendientes introdujeron su uso en España. Tiene forma de una gran pera o de bolsa de perdigones, y su cabida varía entre media arroba y cinco cuartillos. La parte del cuello va provista de una especie de taza de madera, por donde se bebe. La manera de usarla es la siguiente: Se coge el cuello con la mano izquierda y se coloca la taza junto a los labios; después se va subiendo con la mano diestra, poco a poco, el extremo más ancho de la bolsa, hasta que el líquido, obedeciendo a leyes hidrostáticas, sube de nivel y llena la taza, en la que se bebe sin molestia alguna. La gravedad con que esto se hace, la larga, pausada, sostenida y sanchopancesca devoción de los valientes españoles cuando se les ofrece un trago de una bota ajena, son verdaderamente edificantes y tan profundos como el suspiro de satisfacción con que, después de haber trasegado vino hasta no poder más, se devuelven el precioso pellejo. No vierten ni una gota del divino líquido, como no sea algún chapucero o novato que, levantándola antes de tiempo, se moje toda la cara. El agujero de la taza se estrecha con una espita de madera, perforada a su vez, y que se tapa con una pequeña estaquilla. Los que no quieren tomar un trago muy grande no quitan la espita, sino solamente el tapón pequeño, y entonces sale el vino en un chorrito delgado. Los catalanes y aragoneses casi siempre beben de este modo; nunca tocan el vaso con los labios, sino que lo mantienen a cierta distancia y dirigen el chorro a la boca o más bien a la mandíbula de abajo. Para los que no tienen práctica es mucho más fácil verterse directamente a la garganta que a la boca. Ellos lo hacen a la perfección, pues las botellas para beber están hechas también con un pitorro largo y se llaman _porrones_.
La _bota_ no debe confundirse con la _borracha_ o _cuero_, el pellejo de vino, que es entero y hace las veces de barril. La bota es el recipiente al por menor; el _pellejo_ es el de al por mayor. Es la típica piel de cerdo, cuya adoración en la Península sólo es comparable a la que se siente por el cigarro, por el duro y, a veces, hasta con el culto a la Virgen. En la mayor parte de las ciudades de España hay tiendas de boteros, en las cuales se pueden ver las sopladas pieles del sucio animal alineadas como los carneros en nuestras carnicerías. Al curtirlas y trabajarlas se les conserva la forma del cerdo, con patas y todo, excepto una: la piel va vuelta del revés para que la parte del pelo quede por dentro, y, además, esta parte es embreada cuidadosamente, como el casco de un barco, con objeto de que no se rezume; de aquí cierto sabor peculiar a cuero y resina, que se llama _la borracha_, muy característico de los vinos españoles, excepción hecha del jerez, que, como se hace generalmente por extranjeros, se conserva en toneles, según demostraremos al ocuparnos de los vinos. A un hombre ebrio, cosa mucho más rara en España que en Inglaterra, se le llama _borracho_, término muy poco lisonjero. Estos _cueros_, llenos, se cuelgan en las _ventas_ y demás sitios de su culto, y se economizan la bodega, los toneles y el embotellado: tales fueron los panzudos monstruos a que Don Quijote atacara.
La _bota_ está siempre cerca de la boca del español que puede procurársela; todas las clases sociales se hallan siempre dispuestas, al igual de Sancho, a dar «mil besos», no sólo a la propia, sino a la del vecino, que suele ser más codiciada que la mujer; por lo tanto, ningún viajero precavido viajará un paso por España sin llevar la suya, y cuando la tenga no la guardará vacía, sobre todo si tropieza con un buen vino. Cualquier individuo que os acompañe en España sabrá instintivamente dónde puede encontrarse buen vino, pues éste no necesita ramo, heraldo ni pregonero. En esto nuestra experiencia concuerda con el proverbio: _más vale vino maldito que no agua bendita_. En la escala de las comparaciones podemos decir que allí se hallará buen vino, mejor vino y el mejor vino, pero nunca vino malo. Los españoles son tan buenos catadores de vino como de agua; pero rara vez los mezclan, pues dicen que es hacer una cosa mala de dos buenas. Vino _moro_ no quiere decir que va sucio, ni que tenga cualquier otra imperfección herética de las que implica la palabra, sino, sencillamente, que está limpio de todo bautizo con agua; por lo que de los pequeños tenderos asturianos, que tan mala fama tienen, se dice que por su arraigado hábito de adulterarlo todo, hasta _aguan el agua_.
Es una equivocación suponer que los españoles sienten una repugnancia oriental hacia el vino por el hecho de vérseles borrachos muy rara vez, y de que cuando van de viaje beban tanta agua como sus caballerías; su regla es: _Agua como buey y vino como Rey_. La gran cantidad de vino que beben, siempre que se les obsequia con él, hace pensar que su sobriedad habitual está más en relación con su pobreza que con su voluntad. A muchos de estos honrados ciudadanos se les puede conquistar por la panza en este clásico país, en donde el dios tutelar de los taberneros aun tiene guardadas las llaves de las bodegas y de los corazones--_Aperit præcordia Bacchus_--. Y este culto oriental no deja de estar motivado por los sabrosos manjares administrados previamente. Independientemente de las obvias razones que el buen vino ofrece para ser bebido, la naturaleza excitante de la cocina española induce a ello en gran manera. El uso continuo de condimentos fuertes y de pimienta, que es muy ardiente, provoca la sed, lo mismo que el bacalao, el jamón y los embutidos; ya lo dicen los proverbios: _La pimienta escalienta_ y _A torrezno de tocino, buen golpe de vino_.
Esta digresión acerca de la _bota_ nos será perdonada por todos los que hayan viajado por España y sepan, en consecuencia, lo indispensable de su uso. El viajero recordará, desde luego, el consejo que el bellaco del _Ventero_ da a Don Quijote, de que siempre debe llevar camisas y dinero. «Pon dinero en tu bolsa», dice también el honrado Yago, pues una vacía es un miserable compañero en la Península y en todas partes. No se debe nadie poner en peregrinación hacia Roma o Santiago sin llevar dinero abundante y una buena cabalgadura: _Camino de Roma, ni mula coja ni bolsa floja_.
Puede decirse que, prácticamente, en España no hay papel moneda. En las grandes ciudades se encuentran, naturalmente, billetes, pero en provincias la promesa de pagar al portador de un papel no tiene para los ladinos indígenas el mismo valor que el pago en dinero. Ellos dan con gusto los billetes a los extranjeros, pero prefieren para su propio uso esos anticuados símbolos de la riqueza, el oro y la plata, y sienten por las más ínfimas fracciones de ellos la más profunda veneración. Se cuenta generalmente por _reales de vellón_, y éstos están subdivididos en _maravedises_, la vieja moneda de la Península. Hay fracciones menores aún de cuartos, que consisten en pedazos infinitesimales de cualquier metal, de campanas fundidas, cañones viejos, etc., etc., con nombres y valores desconocidos en absoluto en nuestro país, donde, felizmente, poco puede comprarse por un ardite. En España, donde la baratura de los productos de la tierra sólo da para vivir pobremente, todo, incluso un botón viejo, sirve para hacer un maravedí. Al cambiar un duro en calderilla, por vía de experimentos, nos dieron en el mercado de Sevilla una porción de monedas españolas de todas épocas, y hasta algunas romanas y árabes, que circulan sin dificultad.
El _duro_ de España es muy conocido en todo el mundo por haber sido la forma en que se ha exportado generalmente la plata de las colonias españolas del sur de América. Es el italiano _colonato_, llamado así por que las armas de España descansan sobre las dos columnas de Hércules. La acuñación es descuidada: se atiende más al peso del metal que a la forma, pues los españoles, como los turcos, no son tan buenos obreros o mecánicos como devotos adoradores del oro. Fernando VII continuó algún tiempo acuñando monedas con la efigie de su padre, sin variar más que la inscripción; del mismo modo los Trajano del primer tiempo tienen la imagen de Nerón. Cuando las Cortes entraron en Madrid, después de la victoria del duque en Salamanca, prohibieron patrióticamente la circulación de toda clase de moneda con el busto del intruso rey José. Sin embargo, los duros de esta época, como estaban hechos con la plata robada en las iglesias, dorada y sin dorar, valían más intrínsecamente que los legítimos; y esto fué una durísima prueba para aquellos cuyo único rey y dios es el dinero. Tal decreto era digno de los senadores que andaban más ocupados en borrar del Diccionario los tropos franceses que en echar a las tropas francesas de su territorio. Los chinos, más avisados, toman igualmente las monedas de Fernando que las de José, llamando a las dos dinero de la «cabeza del diablo». Estos prejuicios injustificados contra las buenas monedas han desaparecido ante el progreso intelectual; y es más, las piezas de cinco francos con la inteligente efigie de Luis Felipe amenazan quitar el puesto a los columnarios. La plata de las minas de Murcia es exportada a Francia, donde se acuña y vuelve de esta forma. Por tal manera, Francia gana un bonito tanto por ciento, y acostumbra a la gente a la imagen de su poderío, que llega a ellos del modo más agradable: en moneda acuñada.
En España el dinero, el delicioso dinero, gobierna la Corte, el campo, el bosque; de aquí el crédito extraordinario de tres millones exigido recientemente para los gastos secretos de las Tullerías, y el entusiasmo oficial y la unanimidad asegurada en el negocio de Montpensier. El decálogo en Madrid puede encerrarse en un mandamiento: amar a Dios, representado en la tierra, no por su vicario el Papa, sino por su lugarteniente Don Ducado.
«El primero es amar Don Dinero. Dios es omnipotente; Don Dinero es su lugarteniente».
En consecuencia, los grandes y los empleados en España (tanto los gubernamentales como los que están en el papel) han preferido en estos días las piezas de cinco francos a las insignias de la Legión de Honor; y teniendo en cuenta los petardistas en cuyos pechos ha sido prostituída esta condecoración de Austerlitz, no andaban muy errados los cálculos de estos dignos castellanos, si es que hay alguna verdad en el catecismo de Falstaff.
El cuño de oro es magnífico y digno del país y del período de los que se proveyó en Europa de este precioso metal. La moneda mayor, la _onza_, vale diez y seis duros: unas tres libras y seis chelines; y al mismo tiempo que avergüenza al diminuto Napoleón de Francia y al soberano de Inglaterra, habla muy alto de la riqueza española de otros tiempos, y hace resaltar el contraste con la pobreza presente y la escasez de metálico. Pero estas grandes monedas están tan _trabajadas_, no por el sol, sino por los judíos, propios y extraños, y más esquiladas que las mulas españolas o los perros de agua franceses, de tal modo, que rara es la que tiene el peso debido. Por esta causa son miradas con desconfianza en todas partes. Los comerciantes de una gran ciudad sacan, como Shylock, los platillos de la balanza, mientras que en los pueblos, un encogimiento de hombros, unos _ajos_ y expresiones negativas son el cambio que se ofrece. Muchas veces, aun cuando estén convencidos de que tienen el peso debido, no se avienen a dar por ella los diez y seis duros, ni tampoco quieren los que tienen tanto dinero a mano que la cosa se sepa. Los españoles, como los orientales, tienen miedo de que se crea que guardan dinero en casa; se exponen con ello a ser robados por ladrones de todas clases, profesionales o legales: por el _alcalde_, la mayor autoridad del pueblo, y el escribano, por no decir nada del recaudador del señor Mon, pues las contribuciones, muchas de las cuales se reparten entre los habitantes de cada distrito, cargan más sobre los que tienen o se supone que tienen más dinero.
Las clases humildes en España, como las orientales, son, por lo general, avaras. Ven que la riqueza procura seguridad y fuerza allí donde todo es venal; la falta de seguridad les hace ansiosos de invertir lo que tienen en una masa pequeña y de fácil ocultación, _en lo que no habla_. Por consiguiente, y en defensa propia, son muy aficionados a ahorrar. La idea de hallar tesoros ocultos, que está tan extendida en España como en Oriente, no deja de tener algún fundamento, pues en todos los países que han sido invadidos por extranjeros y en que ha habido guerras civiles y revoluciones interiores, y donde no existían medios seguros de inversión, en los momentos de peligro para la propiedad todo se convertía en dinero y alhajas, y se escondía de modo ingenioso. La desconfianza que los españoles sienten unos de otros se extiende a menudo en cuestiones de dinero a los parientes más próximos, incluso a la mujer y a los hijos. Una superstición muy antigua en España es la de que los que han nacido en Viernes Santo, el día del dolor, tienen el don de poder ver el fondo de la tierra y descubrir los tesoros escondidos. Uno de los escondrijos más usados en todo tiempo ha sido las sepulturas, pretendiendo sin duda confiar a los muertos lo que no podían defender los vivos; esto explica la universal profanación de tumbas y cementerios durante la invasión napoleónica. Los galos escarbaban en los cementerios como perros, despojaban los cuerpos, ya hechos ceniza, de todas las prendas con que les adornara el afecto, o, como decía Burke al hablar de sus disensiones domésticas: desplumaban a los muertos para emplumar a los vivos. Estas hordas, en su huída ante el avance del duque, escondieron también mucha parte de su botín, que hoy se busca con afán. ¿Quién puede haber olvidado la gráfica pintura que hace Borrow[36] de Mol, el buscador de tesoros? Precisamente en este momento las autoridades de San Sebastián vigilan estrechamente las excavaciones que una anciana francesa está haciendo, porque, en su país, un ladrón moribundo le ha revelado el secreto de una olla enterrada, llena de onzas de oro.
Habiéndose abastecido de columnarios, esos nervios metálicos de la guerra, que también hacen que pueda andar el mundo en paz, un prudente amo, si pretende ser considerado como tal, debe tener en sus manos la bolsa, y, además, ojo avizor sobre ella, pues el tintineo de las monedas hace despertar, incluso de una siesta española, y causa desvelos a todo el que lo escucha, desde el mendigo a la Reina Madre.
Capítulo X.
El primer pensamiento de Don Quijote cuando decidió salir a recorrer España, fué procurarse un caballo; el segundo, buscar un escudero; y así como la narración de sus jornadas es una buena guía para el viajero moderno, tampoco debe desdeñarse su ejemplo. Un buen Sancho Panza será, en fin de cuentas, para un caballero andante, de más utilidad que la misma Dulcinea. El conseguir un buen sirviente es de un interés capital para todo el que haga excursiones internándose por la Península, pues, como suele ocurrir en Oriente, ha de servir no sólo de cocinero, sino de intérprete y compañero de su amo; por lo tanto, es de suma importancia procurarse un hombre con que se pueda intimar en estos agrestes parajes. Conseguido esto, llega a formarse una relación tan estrecha que por parte del servidor es en muchos casos fidelidad canina, tanto, que no es raro ver que un español abandone su hogar, caballo, asno y mujer por seguir a su amo, lo mismo que un perro, hasta el fin del mundo. De diez veces, nueve tiene la culpa el amo de que el criado sea malo. _Tel maître, tel valet: Al amo imprudente, el mozo negligente._
Debe acostumbrárseles a empezar desde luego y con exactitud el cumplimiento de su deber; el único modo de obligarles a hacer una cosa es, como decía el duque, atemorizarles y determinarles una línea de conducta firme. Es muy difícil hacerles comprender la importancia de los detalles y de ejecutar las órdenes exactamente como las reciben, pues ellos tratan siempre de evadir todo el trabajo que pueden; es muy conveniente determinar con claridad su obligación al principio, y reprender inmediatamente y con toda seriedad las primeras y más pequeñas faltas, sean de la clase que sean, y así se gana pronto la victoria moral sobre ellos. El ejemplo del amo, cuando es activo y ordenado, es la mejor lección para el criado: _mucho sabe el ratón, pero más el gato_. Aquiles, Patroclo y los héroes de Homero, guisaban sus comidas, y muchos que no han llegado a héroes, como Lord Blayney, no se han desdeñado el seguir el ejemplo épico en una venta española. De todos modos, un buen criado, que sabe su obligación y quiere trabajar, es una verdadera joya, y en cualquier ocasión merece ser bien tratado; pero teniendo en cuenta que _quien se hace miel le comen las moscas_, y que _con hijo de gato no se burlan los ratones_. La cuestión es acostumbrarles a que se levanten temprano y a conocer el valor del tiempo, pues _tiempo y hora no se atan con soga_, y _el que se levanta tarde, ni oye misa ni compra carne_. Si, lo que pronto se advierte, el criado no responde, cuanto antes se le cambie, mejor, pues sólo servirá para gastar tiempo y jabón; que el que no vale para nada en su pueblo, no valdrá más en Sevilla o en otra parte, como dice el proverbio.